dic 23 2010

Balada triste de trompeta: Me llamo Javier, soy el payaso triste

No es de extrañar que la crítica, la prensa y muchos espectadores dilapiden esta obra del polémico director Alex de la Iglesia. Una película que usa el pretexto de la Guerra Civil como detonante de una etapa, que se extiende hasta nuestros días, para contarnos una historia desgarradora, violenta, de fuertes emociones, veloz como un tren a punto de descarrilar, de sentimientos encontrados, de despecho, de odio. Una oda al pagafantismo con un mensaje político y social que no a todos gustará. Es normal que sea duramente criticada y odiada, pues da una verdadera lección de humildad pero, a la vez nos advierte de una futura sensación de pesimismo, de que si esto sigue así nos vamos a ir a un pozo demasiado oscuro; de que ya es hora de dejarnos de tonterías y estúpidos debates del y yo más.
¿Que de qué coño estoy hablando? De este país. Sí, España; esa palabra en la que muchos escupen, otros adoran y a algunos como yo sólo les dice que es el sitio donde han nacido, viven, estudian y trabajan. El director arremete esta vez contra todo, republicanos, falangistas, ETA, Franco. Ya era hora de no dejar títere con cabeza. Y creo que se queda corto. Arremete contra toda esa España dejada atrás hace treinta años, pero que aún hoy sigue en una especie de lucha en silencio, una especie de guerra fría, que se ha transmitido a las siguientes generaciones con tan solo un sentimiento: odio. Un odio que ya no tiene ningún sentido ni perspectiva, digan lo que digan. Es una lección sobre lo que nos concierne ahora, lo que se debe hacer en el panorama actual, mirando al pasado para no olvidar. Es una crítica atroz a lo que lleva siendo este país desde hace más de 70 años, un completo circo, casposo y pueril, y que Alex de la Iglesia utiliza perfectamente a modo de metáfora centralizando la acción en dos payasos, Javier el ‘’Payaso Triste’’ (Carlos Areces, se come la pantalla este hombre, soberbio) y Sergio el ‘’Payaso tonto’’(Antonio de la Torre). El primero sufrirá la pérdida de su padre a manos del reclutamiento obligatorio de los republicanos en plena guerra, y luego lo volverá a perder a manos de los falangistas, lo que le marcará una vida de sufrimiento y rencor que florecerá cuando conozca a Sergio; el segundo es el jefe del circo donde trabajará Javier, un completo tirano que juega a dos caras y trata a Natalia (Carolina Bang, después de esta película creo que no veré unos pechos iguales y tan perfectos) como un mono de feria al que tirarse y maltratar cuando le dé la gana. Ambos payasos se enzarzarán en una lucha por el amor de una mujer que jugará con los dos cuando le convenga, una mujer sin personalidad, una mujer usada como la metáfora más pura de lo que ha sido este país, un completo putiferio que viene y va sin pedir ni dar explicaciones a nadie. Y que algún día, acabará quebrándose. Cáptenlo como quieran.
Alex de la Iglesia consigue una vez más una película muy personal, muy crítica, que no dejará indiferente a nadie, pero en la que deja un mensaje implícito por encima de todo lo que he hablado y que lo resume en el cameo de Fofito (conocido por todos en nuestra infancia) al principio de la película cuando los republicanos irrumpen en plena actuación obligando a los payasos a reclutarse: No me toque los cojones y dejen hacer mi trabajo. Un homenaje a todas esas personas que solo quieren dedicarse a lo que mejor saben, su arte, su trabajo, su vida. Un homenaje a toda esa gente que quiere mantenerse al margen de ideologías políticas, porque hay cosas más importantes en este mundo que estar matándonos e insultándonos unos a otros durante casi un siglo. Solo hay que abrir los ojos, y sobre todo, escuchar.
La película podría haber sido una obra maestra que por falta de presupuesto, no ha llegado a ser redonda del todo (hubo muchos problemas durante el rodaje y recortes en el presupuesto); su montaje adolece de muchos cortes y elipsis sin ton ni son, y es una pena porque podría haber dado más de sí. Es una historia con un desarrollo frenético, que muchas veces va a trompicones, y al espectador no le sobra tiempo a digerir lo que ve en pantalla, pero que contiene grandísimos momentos, con unas actuaciones notables y un elenco de personajes cuanto menos bizarro. Se queda corta en medios, pero de todas formas, el film es un espectáculo de principio a fin, serie b pura y dura señores. Ah, y genial la música de Roque Baños, como también es una maravilla la presentación de los títulos de créditos del principio, o el maquillaje en general (destaca los protagonistas, obviamente y, sobre todo, el actor Antonio de la Torre desfigurado). Una obra que con el paso de los años irá ganando, ya que como veo en muchos sitios, ha sido nulamente comprendida. Tanto por prensa como por espectadores. Eso sí, disfruté como un niño en dicho circo; en una sala abarrotada de gente, era el único que reía a carcajada limpia. No, no soy Tarantino en el festival de Venecia por si se lo preguntaban. Me llamo Javier, y soy el Payaso Triste, y seguiré leyendo El arte de la guerra en pleno centro comercial mientras escucho Raphael.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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jul 10 2010

Gordos: A medio gas

Cada vez acostumbro a hacer menos caso a las críticas de cine y muchísimo menos caso a las clasificaciones de género que de las películas se hacen. He llegado a pensar que los críticos se chutan algo antes de escribirlas o que la que se lo chuta soy yo cuando las leo. Me explico. Cuando creo que la película es un drama salgo del cine con agujetas de las risas que me he pegado, cuando leo que es una comedia salgo llorando y pensando que el mundo es una pena.
Pues eso mismo es lo que me ocurrió con Gordos. Había leído que se trataba de una comedia de Daniel Sánchez Arévalo graciosísima y yo, inocente de mí, volví a caer en la trampa entre otras cosas empujada por esas críticas que digo y por las ocho nominaciones a los premios Goya del año 2009. De hecho Raúl Arévalo gano el Goya al mejor actor de reparto.
Es una película inquietante. No negaré que tiene algunos golpes de humor, pero hay que tenerlo ciertamente negro para considerar que estamos frente a una comedia. Es un verdadero drama donde se barajan los conflictos típicos del amor, el sexo, la familia, etc, desde el punto de vista del que vive con la obsesión de su gordura y las limitaciones que de todo tipo le supone esa característica ¿física? No sé yo si ser gordo es sólo una cuestión física o tiene mucho de psíquico también.
Primer intento de golpe de efecto de la película: Hacernos comprender que no es lo mismo ser gordos que estar gordo. Segundo intento: clasificación de gordos: el gordo feliz, el gordo inducido, el gordo de circunstancias, el gordo reprimido, el gordo por necesidades del guión, el gordo traumatizado. Tercer y fallido intento: La terapia como medio para solventar carencias y dramas personales que, en este caso, se convierte en un lacónico peregrinar por la vida de distintos gordos. Un ladrillo insoportable, pesado como siete kilos de grasa metida en vena.
Tenía esperanzas en el trabajo de Daniel Sánchez Arévalo. Hacía algún tiempo vi la grandísima Azul oscuro casi negro, su ópera prima y pensé que tras tres años de espera, la película que nos iba a ofrecer iba a ser otra maravilla. Mala suerte, otra castaña al coleto. La película es larga, monótona, aburrida, a los personajes no se los cree ni el tato, las escenas pierden coherencia a medida que va avanzando el metraje , el mensaje y las historias: topicazo sobre topicazo y al final, el resultado es un tueste de impresión.
Contar las miserias humanas no garantiza el éxito de nadie, para eso hay que saber contarlas. Recrearse en ellas no es saber contarlas.

La trama pues está clara, un grupo de gorditos rellenos, que han llegado a gordos por distintos motivos y que se relacionan entre ellos a través de una terapia en la que coinciden todos ellos. Antonio de la Torre interpreta a un gay que es la imagen de una marca de pastillas para adelgazar. Píldoras que él mismo consume hasta quedarse como un figurín pero, vaya por Dios, el estilo le durará bien poquito, en un plis volverá ser gordito relleno. Roberto Enríquez, el terapeuta que conduce la terapia para que los gordos asuman su condición de gordos y aprenda a quererse tal cual y adelgazar, coge tirria a la compañera (Verónica Sánchez) que se ha puesto como una peonza al quedarse embarazada. Vamos que éste lo de predicar con el ejemplo no lo tenía nada claro. La contradicción personificada. Raúl Arévalo es un mojigato con una novia gordita que está más salida que las pistolas del coyote ante la inactividad sexual aparente del novio. Fernando Albizu y Teté Delgado interpretan a una pareja deliciosa, los dos la mar de gordos, la mar de estupendos.
En fin, una película coral que se queda a medio gas. Es verdad que el tema en sí mismo da para mucho, pero no se le ha sacado nada de partido con esta película. La descolocación del que no se acerca a los cánones de belleza imperantes en la sociedad, el desasosiego, desolación y frustración que todo ello genera, pueden ser afrontado desde distintos puntos de vista, la ironía, la comedia o el drama y que lleguen a decirnos algo. En este caso, la mezcla que pretende Sánchez Arévalo no funciona, no toca ni conmueve, la mayoría de las veces no te la crees y el resto está tan cargada de tópicos que dan ganas de salir corriendo. Si les he fastidiado la crítica se siente.
© Del Texto. Anita Noire


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