mar 6 2011

Encontrarás al hombre de tus sueños: Tarde o temprano

Siempre se me ha tachado de ser demasiado realista y racional, pero con el paso del tiempo y con películas como la última de Woody Allen, he llegado a la conclusión de que vivir con ilusiones, y en ocasiones, creerlas, puede aliviar el sufrimiento de la vida. Y además, es gratis. Otra cosa es que me aplique el cuento, porque, será por impaciencia, también he llegado a la conclusión de que, tarde o temprano y por regla general, no llegamos ni a rozarlas. Por tanto, estamos como al principio.
Igual que después de ver Encontrarás al hombre de tus sueños. No siempre los grandes maestros del cine hacen obras maestras. Y menos cuando su filmografía alcanza casi la media centena. Hay que darles un voto de confianza cuando alguno de sus nuevos títulos no nos sorprenden como lo hicieron los precedentes, siempre y cuando, eso sí, no rayen en la mediocridad y nos hayamos sentido cómodos y entretenidos con la película y nos haya hecho pensar mínimamente. Así es Encontrarás al hombre de tus sueños, un enredo de amor, sexo, traiciones, ilusiones y el característico toque de humor de Woody Allen, en el que se entrelazan las historias de Helena, asidua a la bebida y fiel creyente en su adivina Cristal; Alfie, quien se divorcia de ella en un ataque de necesidad por conservar su juventud y que más tarde se compromete con una simpática prostituta llamada Charmaine; Sally, hija de Helena y Alfie, quien se plantea una relación con su nuevo jefe al ver que su matrimonio no marcha muy bien, y Roy, marido de Sally, escritor de un solo libro de éxito, que se vuelve loco por Dia, la vecina de la ventana de enfrente.
Caras conocidas como Naomi Watts (Sally), Anthony Hopkins (Alfie) y Antonio Banderas (Greg, jefe de Sally) forman parte del reparto: personajes bien perfilados, cada uno con su particular ilusión que en ningún caso depende directamente de ellos y puede acabar convirtiéndose en frustración, pero que, de cualquier manera, durante hora y media nos ayudan a creer que todo aquello que se nos pase por la cabeza sembrando una ilusión puede ser posible (aunque no llegue a realizarse): ser madre, encontrar un nuevo amor, mantenerse joven aun en los 60, convertirse en un autor de éxito…  Pero no sin que intervenga la verdadera naturaleza del ser humano. De lo contrario no sería una historia de Woody Allen. La expresión de las emociones, de los sentimientos, en forma de acciones que pueden repercutir en los demás, aparte de en uno mismo, de herir, de causar decepciones…, es la característica de las historias cruzadas de este consolidado director. En esta ocasión, no se observa una homogeneidad en el desarrollo de las historias ya que la de Alfie, a la que no se dedica tanta pantalla como al resto, se descuelga un tanto de las demás, pareciendo incluso forzada, en algunos momentos, por ser la única que aporta el toque de humor. Por su parte, Helena, Sally y Roy, interactúan siguiendo un hilo lógico y natural, sin que falte ese entorno bohemio que tanto le gusta a Allen: literatura, arte, ópera y lo místico de la reencarnación y el más allá. En definitiva, una película agradable, sin mucha chicha teniendo en cuenta quién se halla detrás, que nos da algo de esperanza para nuestros sueños futuros poniéndonos a la vez los pies en la tierra.
© Del Texto: Coletas

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oct 30 2010

Philadelphia: Buenos y malos frente a frente

A finales de los años 80 principios de los años 90, se cernía sobre el mundo una nueva plaga, una epidemia descontrolada, así se calificaba en aquellos momentos. Se susurraba sobre el SIDA, sobre la mortalidad de una enfermedad que algunos consideraban poco menos que un castigo divino. En todo caso, una enfermedad que entonces estigmatizaba, marcaba y mataba. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se había llevado a uno de los galanes del cine pocos años antes, Rock HudsonBenetton la utilizó para lanzar al mundo una campaña publicitaria brutal mostrando a un enfermo terminal de SIDA; Magic Johnson (el jugador de baloncesto de la NBA) hacía pública su enfermedad. Recuerdo aquellos sucesos y otros bastante más próximos. Entre el miedo, el desconocimiento y el silencio, una película trató el tema del SIDA, su incidencia y la trascendencia entre aquellos la paderían y eran injusta y cruelmente tratados por la sociedad.
Philadelphia, dirigida en el año 1993 por Johnnatan Demme, fue protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Denzel Washington, Antonio Banderas y Joanne Woodwar. Y una banda sonora de la mano de The Boss, Bruce Springsteen, que se hizo archifamosísima.
Un elenco de actores nada despreciables. En el caso de Tom Hanks, a quien siempre he considerado un actor más bien normalucho, que acostumbramos a ver en comedias dulzonas y azucaradas, tuvo su papel dramático más importante hasta entonces y, contrariamente a lo que se podría pensar lo bordó. Vimos en todo momento a Andrew Beckett, personaje interpretado por Hanks, sin que, ni por un momento, se antepusiera la persona, el actor, al personaje. Dejamos de ver a Hanks por una vez. Y descubrimos que además de hacer el payaso, este actor sabe hacer otras cosas.
En síntesis, Philadelphia nos muestra en la pantalla las vicisitudes por las que pasa el joven y prometedor abogado Andrew Beckett cuando es despedido por el bufete para el que trabaja al conocerse que ha contraído el SIDA. Frente a ese despido improcedente, Beckett decide demandar al despacho para el que trabajaba y librar una feroz batalla contra aquellos para los que trabajó, contra la sociedad, contra los que le rodean y contra todos aquellos que con motivo de su condición de homosexual y de su enfermedad pretenden apartarle de la sociedad. Una batalla que no será sencilla pues, inicialmente, no encontrará abogado que quiera defenderle en el procedimiento hasta que encuentra a quien asume su defensa. Junto a esa guerra por el reconocimiento de la improcedencia de un despido como medio para devolverle la dignidad y el respeto que merece (como persona y como profesional) deberá combatir su propia enfermedad que, a medida que avanza el procedimiento, se va encarnizando con él. El final, los que la han visto ya lo conocen, los que no lo han hecho, para saberlo, deberán verla, contarlo aquí no procede.
Una película rodada sin morbo alguno. Que se limita a ponernos frente a una experiencia vital, la necesidad de recobrar aquello a lo que todos tenemos derecho; nuestra propia dignidad y reconocimiento. La película en cuestión tiene muchos momentos estelares, uno de ellos cuando Beckett explica la famosa aria La mamma morta, interpretada por María Callas, a su abogado (Denzel Washington) quien, a medida que va conociendo a su cliente, va evolucionando personalmente. Esa escena es tal vez una de las más intensas de toda la película. Los entresijos procesales son interesantes y nos muestran la cara amarga, incluso sucia de una profesión más que denostada, pero que, en el caso de esta película, no hace más que mostrarnos, a través de esos tiburones legales, la cara de la sociedad con la que, en realidad, se estaban enfrentando los enfermos de SIDA.
Algunos la tacharon de simplista, de crear dos bandos (los buenos (el enfermo y los que lo apoyan) y los malos (aquellos que creen que debe ser apartado de la sociedad). Yo no lo creo. No me pareció simplista en absoluto. Esta tarde volví a verla, sigue sin parecérmelo. Los bandos existen, en determinadas cosas no caben las medias tintas.
No se pierdan la escena del aria de María Callas, aunque no les guste la ópera e incluso no les guste la Callas.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 19 2010

The other man: Benditas palomitas

No hay nada nuevo bajo el sol. Las temáticas en el cine están todas quemadas, todas usadas. Filmadas por activa y por pasiva. Lo novedoso radica, única y exclusivamente, en la manera en que, eso tan manido, se va a contar y en cómo finalmente se cuenta.
Crónica de un engaño no es más que una historia de cuernos. No busquen más, no lo hay. Esta película basada en el relato The other man de Bernhard Schlink (escritor, juez en la Corte Constitucional del Estado Federal de Renania del Norte-Westfalia, es el autor, entre otras de la novela espectacular El lector), se queda en película para pasar un ratito. Sin pena ni gloria. No busquen sumergirse en la psicología de los personajes, en el porqué de una infidelidad escondida durante años, en el porqué de la aparente felicidad. Nada nuevo ¿verdad? Pues eso, nada nuevo. La novela, como suele ocurrir, supera con creces a la película que nació con muchas pretensiones, pero se queda en poquita cosa. Y es que su director Richard Eyre generó muchas expectativas con sus anteriores trabajos (Diario de un escándalo, Iris y Belleza prohibida) pero, entiendo, no siempre se puede estar a la altura y eso es precisamente lo que ocurre con Crónica de una engaño.
En síntesis, el argumento de la película, la antesala de una castaña que prometía y no nos dio nada.
Peter (Liam Neeson), empresario de éxito casado con Lisa (Laura Linney), se entera de que su esposa, le ha sido infiel durante año. Tras perder a su esposa, que es cuando se entera del marrón, empieza a intentar destripar la verdad de la relación de ella con Ralph, un playboy español afincado en Milán (Antonio Banderas). Peter le buscará, lo encontrara y establecerá un poco o nada creíble relación de “amistad” con el amante, todo por conocer esa “verdad”.

La película pretendía estar a medio camino entre el un thriller psicológico y un drama y sinceramente no llega ni a uno ni a otro. Se hace lentísima, inconexa, grandilocuente hasta lo triste. Ni siquiera las escenas de bonitos paisajes (en el Lago Como) y ciudades que van a apareciendo, consiguen que olvidemos que estamos ante una nueva estafa cinematográfica. Los actores se muestran fríos y poco creíbles. Liam Nesson estático hasta el paroxismo. Antonio Banderas sobreactuado. Sólo podríamos salvar de la quema a la esposa (Laura Finney). Sin embargo, los diálogos son previsibles y sin ingenio, la música no viene a cuento de nada y todo parece tan mal hilvanado que da hasta grima. Y es, por todo el conjunto, que Eyre nos deja muy mal enfocados, ante el desolador paisaje, triste y fatalmente retratado, de un matrimonio afincado en la mentira.
En definitiva, una película soporífera. Lo mejor, las palomitas que me comí mientras la veía.

© Del Texto: Anita Noire


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