mar 27 2013

Zorba el griego: Celebrar la vida

A pesar de todo, la vida hay que vivirla. Lo mejor que sea posible. Pase lo que pase, sea donde sea. Porque el mundo tiene una característica que no podemos salvar como si no existiera: el mundo es dual, todo tiene su contrario, lo mejor da paso a lo peor y esto, antes o después, cede el puesto a lo mejor. Lo importante es estar vivo y sentirse así. Incluso la muerte ha de tomarse como una cosa más que integra la vida.
Esto podría servir como resumen de la propuesta de Michael Cacoyannis. Zorba el griego pretende hablar del mundo como lugar en el que se pueden presentar todo tipo de posibilidades. Y, sobre todo, un lugar que sigue su curso de forma independiente a lo que le puede suceder a un ser humano concreto. El mundo puede ser una ratonera asquerosa y, al mismo tiempo, un palacio impresionante para cualquiera.
Para narrar su historia y profundizar sobre todo esto, Cacoyannis contó con lo preciso. Un escenario árido en el que parece que nada puede sobrevivir salvo la pobreza y la falta de posibilidades. La única zona con vida (un bosque) pertenece a un monasterio; es decir, es propiedad de Dios (esto lo dice el protagonista en un momento de la película), propiedad de lo que el hombre no puede tocar ni controlar. Pero un escenario en el que hay vida. En el que hay vidas que contar.
Contó con varios personajes profundos en su psicología encarnados por un reparto de lujo. Zorba es Anthony Quinn. Un hombre capaz de afirmar que vivir es un problema, que sólo la muerte no lo es; un hombre que ve en los desastres esplendor. El joven escritor Basil es Alan Bates. Un hombre apocado, encorsetado por los prejucios sociales de un mundo envuelto en sí mismo. La viuda solitaria y deseada por todos los hombres del pueblo es Irene Papas (más guapa no puede ser una mujer). Una mujer que desea vivir lo que es un gran amor y que está condenada desde antes de nacer a no poder experimentar lo que es eso. La dueña del hotel Ritz del pueblo (una casa destartalada y mugrienta) es una extraordinaria Lila Kedrova. La madame del pueblo. Vieja, sola, casi ridícula. Zorba representa el ímpetu, la vida vista desde las ganas de experimentar, la mirada inquieta y rebelde, la valentía. Basil es la estúpida mirada del recato, del temor. La tragedia se encarna en la viuda solitaria; una tragedia inevitable, una tragedia que llega desde las diferencias entre hombres y mujeres. El pasado, lo imposible de un futuro soportado en el recuerdo y en la vejez es lo que representa la dueña del hotel.
Cacoyannis contó con un fotógrafo excepcional (Walter Lassally) y una dirección artística extraordinaria (la película recuerda el feísmo y naturalismo de Federico Fellini). La película se rodó, afortunadamente, en blanco y negro. El realizador estendió que eso que quería contar no se puede presentar de otro modo. Y contó con una banda sonora de Mikis Theodorakis maravillosa y que, pronto, se hizo famosísima.
Con todo eso rodó el director Zorba el griego. Una película sobresaliente. Llena de escenas que apestan a gran cine. La boda de madame Hortense es un ejemplo de ello.
Todas las líneas argumentales resultan tremendas y dolorosas. Hasta las más esperanzadoras arrastran miserias humanas, defectos del individuo, dolor, soledad. Aunque son las mujeres las que acumulan mayor peso trágico. Pone los pelos de punta pensar sobre los personajes femeninos de esta cinta. La viuda y su condena por no ser propiedad de un hombre. El botín en el que se convierte el hotel a manos de las mujeres del pueblo. La forma de mirar el mundo de su dueña, ese no querer morir y morir.
La película se soporta sobre un guión brillante (adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis). Cada frase abre nuevas perspectivas al espectador y, aunque algunas de ellas suenan algo literarias, funcionan muy bien formando un conjunto coherente y lleno de sentido. La película está muy bien contada y finaliza con una escena memorable. Es posible que esa escena fuera la única posible. Es perfecta.
Cualquier amante del cine está obligado a ver esta magnífica cinta.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 21 2010

La hora 25: Cuando la sonrisa desaparece para siempre

Siempre me han gustado las películas que huyen del artificio facilón, las películas honestas. El tiempo me ha enseñado que si alguien tiene algo que decir y sabe cómo hacerlo lo hará sin aspavientos; evitará los artificios narrativos que traten de llevar al espectador a un territorio amable en el que todo funcione. Las cosas bien contadas tienen reservado un lugar único en el que todo fluye sin problemas y en el que todos se colocan sin obligaciones. Esas películas que usan y abusan de la lágrima fácil para conmover, de una violencia desmesurada para causar un horror pasajero; de un discurso bonito, pero vacío para llenar los minutos y que parezca que la inteligencia del lenguaje se instala en cada secuencia; o del chiste ramplón para hacer pasar buenos ratos; esas películas, me parecen una estafa. Lo auténtico nunca se acompaña de bisutería.
La Hora 25 es un buen ejemplo de película que busca narrar, tratar un asunto con claridad (casi inocencia) y que el espectador se coloque sin obligaciones en el único lugar desde donde poder entender. Podrá gustar más o menos la propuesta, pero nadie puede acusar a su director, Henri Verneuil, de jugar con el espectador.
Nos cuentan cómo un campesino rumano es arrastrado a una situación absurda (el jefe de policía de su pueblo está enamorado de su mujer y le envía junto a los judíos detenidos a un campo de trabajo) en la que pasará de una prisión a otra, será reconocido como el hombre de medidas perfectas por un nazi que quiere inaugurar el primer zoo humano, será juzgado por crímenes de guerra y, finalmente, encontrará a su familia destrozada en un lugar extraño. Un disparate que sólo puede ocurrir durante la guerra, cuando la brutalidad se impone a la inteligencia. Anthony Quinn interpreta el papel protagonista, francamente, bien. Ni un gesto de más, ni un exceso. Le acompaña la guapísima Virna Lisi que tiene un protagonismo mucho menor aunque es una pieza fundamental en el desarrollo (escaso) del personaje que interpreta Quinn. La hora 25 es la última de todas las horas. En el momento en que el tiempo se acaba para el hombre, cuando ya no hay solución, toca vivir esa última hora. Es el momento de la guerra, del horror y de la conversión del hombre en un animal salvaje. La bondad y la inocencia (encarnadas por el campesino rumano) no tienen hueco en el mundo, después de la guerra tampoco. Porque nunca lo tuvieron aunque el hombre disfrace su existencia con ropajes luminosos.
A pesar de que la película siempre me gustó mucho, tengo que confesar que hay un par de aspectos narrativos que no terminar de cuadrar bien. El personaje acaba en el mismo lugar que empieza. Sus características son idénticas. Bondadoso, inocente, casi idiota. Un hombre que es pisoteado sin compasión, una y otra vez, por la inteligencia, la ambición, la astucia y todo lo que se les ocurra añadir. Y parece extraño que después de diez años sin familia, habiendo pasado calamidades sin tener que pasarlas, el personaje no sufra el más mínimo cambio. El director intenta ocultar esto con una escena final en la que el campesino es incapaz de sonreír frente a una cámara (antes ha ido preparando todo con el uso de grandes elipsis que suavizan el problema), pero no lo logra puesto que durante la misma escena no para de hacerlo con ganas y rozando lo grotesco, lo esperpéntico. Sabe que, si no lo intenta, el personaje se convierte en una caricatura, en un imbécil que hace que se derrumbe todo el proyecto narrativo. Es verdad que no comprende lo que sucede a su alrededor, que no sabe qué pinta en un lugar o en otro, que vive el momento con plenitud pensando que siempre quedan cosas bellas a las que prestar atención. Todo eso es verdad aunque no termina de digerirse con facilidad, la justificación es algo endeble y está en el límite de lo que se puede permitir. Y más cuando te están diciendo que el ser humano es una especie de monstruo. Pero se queda ahí, en ese límite y cuela. La defensa que hacen los actores de cada uno de sus personajes y la dirección alivian los puntos débiles. El clima creado sirve se sustento a todo lo demás.
La hora 25 es una buena película. Sencilla, que deja un poso para que reflexionemos, que dibuja al ser humano con trazo sencillo y rotundo. Además, se puede ver en familia. La guerra de fondo y ni una escena violenta que pueda causar problemas en los más pequeños. Merece la pena echar un vistazo.
© Del Texto: Nirek Sabal

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