feb 24 2011

Secretos de un matrimonio: Cine indecentemente afortunado

Esta profunda autopsia sentimental de Bergman consta de seis diálogos sobre el amor: Inocencia y pánico, El arte de meter asuntos bajo el tapete, Paula, El valle de lágrimas, Los analfabetos y En plena noche, en una casa oscura.
La primera parte, Inocencia y pánico, trata sobre la entrevista que una revista femenina realiza al matrimonio formado por Marianne y Johan. En esta primera parte, dónde se hace una original presentación de los protagonistas, una periodista, que se dirige constantemente a cámara, entrevista a la pareja sobre cuestiones íntimas de su matrimonio. Un matrimonio que Johan define como indecentemente afortunado.
A partir de aquí Bergman nos muestra, de una forma, yo creo, muy digerible, el deterioro de una relación matrimonial desde la placidez de los primeros años hasta el aburrimiento y las discrepancias en El arte de meter asuntos bajo el tapete, dónde los personajes no dejan de discutir sobre su intimidad y dónde la insatisfacción cobra todo el protagonismo. Esta parte es la condena al fracaso del matrimonio camuflada en mil subterfugios y evasivas.
En Paula y El valle de lágrimas Johan, primero, confiesa estar enamorado de una estudiante más joven que él y decide marcharse del país indefinidamente, para luego volver (como siempre) arrepentido y desilusionado de su romance y reencontrarse con Marianne.
En Los analfabetos, Marianne y Johan se reúnen para firmar su divorcio. Aquí se produce la catarsis final del matrimonio cuando, ya sin subterfugios, se deleitan vomitando todos sus miedos, deseos y frustraciones padecidas durante tantos años de reserva.
En plena noche, en una casa oscura me parece simplemente precioso. Pasados unos años, Marianne y Johan han rehecho sus vidas, y aprovechando que sus respectivas parejas están de viaje, deciden pasar un fin de semana juntos en la casa a la que solían ir de vacaciones.
La película termina con la placidez de un matrimonio en la cama a punto de dormir. Un matrimonio que ya no es un matrimonio sino una pareja de amantes. Pero que, creo, deja claro, que el amor, con todo lo que conlleva el término, está por encima de cualquier documento conyugal.
Esta es la bonita historia en la que luego se basaría Woody Allen para su Annie Hall, y en la que encontré muchas, pero muchas referencias de la vida sentimental de Ingmar Bergman.
En cuanto a la premisa de la película no tengo mucho más que decir. No sé mucho más de matrimonios. Yo tuve una agradable y plácida vida conyugal, nada que ver con los rompecabezas de Marianne y Johan. Me es bastante indiferente y apática la cuestión del matrimonio. Sin embargo, es cierto que siempre eché de menos esa sensación de seguridad y protección que te aporta ese vínculo. Una sensación que quizá sea el motivo de peso que nos lleva a unos a firmar unos papeles y a otros a romperlos. Depende de lo indecentemente afortunado que sea uno.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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ene 22 2011

Delitos y Faltas / Match Point: Los genios entremezclados

Mientras un delito no puede confesarse, las faltas deben hacerse públicas (aunque sea a una sola persona), porque todo delito procede de faltas que se mantuvieron en secreto, por miedo o estupidez. Son el génesis de algo mayor.
Esto es de lo que trata la película Delitos y Faltas firmada por Woody Allen. Esto es de lo que trata (más o menos) la película Match Point firmada por Woody Allen. Todos los artistas terminan repitiendo lo que ya contaron aunque el maquillaje se modifique ligeramente. Y no está nada mal que eso pase. Los nuevos matices, la evolución de la mirada del creador, hace que los parecidos sean una anécdota si el producto final es bueno.
Delitos y Faltas o la insignificante frontera entre el hombre y el asesino.
Desde el comienzo todo se llena de contrastes. Amor frente a desamor; lo superficial ante lo trascendente; la percepción de la realidad del hombre frente a la de la mujer; la mirada clara de un niño frente a la ceguera del adulto; el arrepentimiento frente a la ausencia de sensación de culpa; el amor a Dios frente al miedo que genera la justicia divina; lo inevitable frente al libre albedrío; la comedia frente a la tragedia.
Tengo la sensación de que no es la más recordada de las películas de Allen. Y tengo la terrible certeza de que, con un cine ramplón y vacío, algunos están haciendo dinero fácil mientras este tipo de películas van quedando en el recuerdo de algunos y en el olvido de casi todos. Y se trata de una excelente película.
Como casi siempre nos encontramos con personajes a los que les ocurren cosas corrientes, las mismas que le podrían suceder a usted o a mí. Y se desesperan con y por la misma falta de fuerzas que cualquiera de nosotros. Pero los personajes de Allen tienen alma; piensan y sienten; viven y mueren; toman decisiones equivocadas y evolucionan. Como usted o como yo. Por eso las películas de Allen se convierten en ríos llenos de meandros que hay que transitar cuando se buscan respuestas o preguntas cada vez más difíciles de contestar. El sentido se encuentra en la desembocadura. No hay atajos posibles. Cualquier cosa que pudiera parecerlo (un atajo) lleva hasta la falta y, más tarde, al delito inconfesable que hará del equipaje de la persona una carga insoportable.
Las obsesiones de Woody Allen se encuentran recogidas en la película. Todas. En este blog ya se ha hablado mucho sobre ello (Annie Hall, Interiores, Manhattan, Hannah y sus Hermanas o Misterioso Asesinato en Manhattan, por ejemplo) y repetir lo mismo parece estéril.
Los actores y actrices del reparto defienden más que bien sus papeles y Allen realiza un trabajo de dirección con ellos notable. Él mismo forma parte del elenco interpretando al personaje que aporta ingenio y algo de buen humor en una trama oscura y profunda. Ese es uno de los aciertos de Allen. Sabe manejar diferentes registros dentro de una misma trama sin que se pierda intensidad narrativa y sin crear confusión en el espectador. Personalmente me quedo con el trabajo de Anjelica Huston. A pesar de que Martin Landau es el principal y el que soporta toda la carga dramática, Huston sobresale por su naturalidad y credibilidad. Esto no quiere decir que Landau no esté muy bien. Lo está.
Bueno, detrás de todo este lío encontramos al genio ruso de la literatura Fiodor Dostoyevski. Su obra se detecta en cada rincón de la película. Y no sólo Crimen y Castigo. Algo más: lo universal de toda su obra, la construcción de las consciencias, la fluidez en los discursos, todo Dostoyevski.
Match Point o la insignificante frontera entre el azar y el determinismo.
Lo mismo ocurre en Match Point. Aquí tenemos al ruso de principio a fin. Aquí tenemos Delitos y Faltas de principio a fin.
La gran diferencia que presenta Woody Allen en Match Point es que toda la realidad se enfrenta (o llega) a la tragedia. Además, indaga más que otras veces en ese territorio del deseo que el ser humano transita para convertir los caminos en difíciles o casi imposibles. Si el amor va por un lado, el deseo y la pasión van por otro distinto. Si la vida va por un lado, el deseo va por el suyo. Incluye buenas dosis de frivolidad, de dinero, aburrimiento burgués y vidas ajenas a la realidad por su duplicidad como ya hizo en Delitos y Faltas.
El guión, aunque forzado en algunas zonas, es una muestra clara de cómo se debe utilizar un recurso narrativo en cine. Por ejemplo, las elipsis (son abundantes) están traducidas con una maestría espectacular al lenguaje cinematográfico. No deja que el personaje evolucione para que sólo lo haga pasado ese tiempo enmarcado en el recurso y con la aparición de otro personaje que aporta sentido al relato (fundamental la relación del personaje para crecer y que tato se olvida). Del mismo modo, la focalización de la acción es la exacta. Un foco más restringido o más grueso desvirtuarían la intención de la voz. Por supuesto, la lección de elegancia en la puesta en escena y al elegir la música es descomunal (la ópera, piezas trágicas que expresan la sensibilidad del ser humano ante situaciones difíciles como no se puede hacer de otra forma, son protagonistas del trabajo. Donizetti, Bizet, Verdi. Impresionante). Este hombre se rodea de profesionales magníficos y eso se deja notar.
Allen nos dice que, una vez eliminado el problema, el mundo puede seguir adelante. Con todas sus miserias a cuestas. Eso nos dice. Y nos lo dice bien. Con oficio y rigor cinematográfico. Pero (ahora llegan un par de malas noticias) todo se empaña ligeramente por unas interpretaciones algo justas (Jonathan Rhys Meyers forzado, Scarlett Johansson forzada como siempre), un casting que no se entiende muy bien y un error de partida en la idea principal. El azar. Se enfoca mal, se resuelve peor y se confunden cosas que nada tienen que ver. Allen cree que entre el azar y el libre albedrío no hay distancia; y que entre esas y el determinismo no hay distancia. Aquí es donde hace aguas la película.
En cualquier caso, hablamos del cine de un genio. Y el aburrimiento es casi imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 9 2010

Annie Hall: La historia de cualquier pareja

El cine no deja de ser una forma de comunicar. Con su propio código, desde luego, pero no es otra cosa que eso. Por lo tanto, es necesario que se establezca un vínculo entre el espectador y lo narrado. El camino más fácil, el más efectivo y seguramente el único, es que el espectador se vea reflejado en lo que que se cuenta. Como en literatura, el cine es una representación de una realidad compartida por muchos, reconocible y susceptible de ser entendida por el que mira la pantalla. Cualquiera puede comprender qué es lo que le sucede a un personaje y, lo más importante, necesitamos saber más sobre eso que le pasa para poder explicarnos a nosotros mismos, nuestro mundo, el de verdad. Dicho de otra forma, esta es la razón por la que una película gusta o no al espectador.
La importancia del cine que ha hecho Woddy Allen, sobre todo desde que rodó Annie Hall el año 1977, llega desde ese territorio común que ocupan sus películas y la película de cada persona que se sienta a ver su cine. Con este film, Allen da un giro en su producción que le lleva desde una comedia más bufa (en la que sus personajes son una burla de sí mismos y de su entorno) a otra en la que los personajes viven la realidad que les toca sufrir y tratan de comprender. Desde la ironía, el sarcasmo, pero lejos de una comicidad en la que los personajes se dibujan con trazos ajenos.
En Annie Hall la tesis que maneja Allen es que la vida es un desastre aunque, finalmente, se nos hace muy corta; que las relaciones interpersonales, aunque patéticas y dolorosas, son necesarias para todos nosotros. Y digo para nosotros porque la historia que narra bien podría ser la de cualquier pareja del mundo. Comienza la película con ello y termina con eso mismo. Entre medias, nos prepara una comedia inolvidable por inteligente; muy bien contada; repleta de recursos narrativos que intentan convertir, con éxito, al espectador en cómplice; montada sobre unos diálogos que, aun estando salpicados de chistes ingeniosos y efectistas, forman un conjunto extraordinario que lanza a los personajes (especialmente al que interpreta Diane Keaton que no es otro que Annie Hall) hacia una evolución magnífica. Ya no es tan importante el ingenio del director para hacernos reír. Ahora, lo esencial es que nos coloca definitivamente frente a nuestra forma de entender las cosas para que nos planteemos si eso funciona o no.
La interpretación de Diane Keaton es casi perfecta. Dicen que ella tuvo mucho que ver en la construcción del personaje cuando se pensó en él. Quizás por ello, la naturalidad de la actriz es tan arrolladora que, desde el primer momento, el personaje aparece totalmente creíble. Woody Allen es Alvy Singer. Extraordinario también. Aunque el director siempre ha dicho que Singer se parece mucho menos a él de lo que la crítica ha dicho y el público intuye, soy de la opinión de que se parece mucho más de lo que Allen estaría dispuesto a admitir. Tal vez, por ello, su interpretación es, como decía, extraordinaria.
Alvy es el narrador. Nos llevará hasta la casa de sus padres cuando él era niño, de aquí a allá rompiendo la linealidad de la narración; incluso le veremos convertido en un dibujo animado. Tiempo y espacio se pliega a las necesidades narrativas. No sólo para el espectador. También para los personajes. Alvy, Annie y Rob (Tony Roberts) podrán ver (sin intervenir en la acción, por supuesto) lo que sucedía en casa de Alvy muchos años atrás. Original y solvente forma de narrar. Aunque Alvy es el narrador, el punto de vista se modifica en su focalización para que sea el personaje de Annie el que se deje ver y el que más evolucione.
La película tiene un aire que nos recuerda, ligeramente, al documental. Quizás sea por ello por lo que aparezcan las imágenes de el de Marcel Ophüls (Le Chagrin et la Pitié) que es lo único que puede ver el personaje cuando va al cine y que es lo que ve Annie cuando visita Nueva York aunque lo ha visto un millón de veces. Los guiños al cine y a sus autores son muy numerosos durante el metraje.
Si alguien quisiera conocer las obsesiones y los asuntos recurrentes en la obra de este director, viendo esta película podría hacerse una idea casi exacta sobre ellos. La muerte y la relación que el hombre tiene o debería tener con ella; la importancia del psicoanálisis; la familia como origen de la personalidad del individuo; el mundo cultural como nido de anormales y charlatanes; la religión como motivo de aislamiento y un amor devoto por Nueva York que compara a Los Ángeles por ser el contrapunto exacto. Todo Allen está en Annie Hall. Todos nosotros lo podemos estar también. Esa última escena en la que los personajes se encuentran para confirmar que ese encuentro es imposible; esas conversaciones que el director matiza con subtítulos para mostrar que el lenguaje puede estar muy distante de lo pensado; ese enamoramiento que se va convirtiendo en un recuerdo que tapa lo cotidiano; todo esto podría ser la relación de cualquier pareja. Escuchamos a Alvyn dividir a las personas en horribles o miserables. Los horribles son los que están enfermos y pasando una vida horrible. Los miserables el resto. Por ello debemos estar satisfechos. Todos miserables, todos iguales.
A mí me parece una de las mejores comedias de todos los tiempos, una comedia a la que regreso con insistencia. Un peliculón, vaya.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 21 2010

Cuando menos te lo esperas: Vida y amor más allá de los 60

Uno de los actores más camaleónicos y con más cara de perturbado mental que podemos encontrar en el panorama cinematográfico es Jack Nicholson. Una bestia parda de actor y que no es de mis favoritos. Su participación en películas que pasarán a la historia del cine es indiscutible: Alguien voló sobre el nido del cuco, Chinatown, EL honor de los Prizzi, etc. Lo mismo podemos decir de Diane Keaton. Quien no recuerda su intervención en películas como: El padrino, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhatan, etc.
Dos actores que trabajaron, en los 70, en los 80, 90, en el 2000 y que hoy en día siguen haciéndolo. Actores que se han mostrado solemnes, insolentes, indolentes, magistrales, pero a los que no se les han caído los anillos por participar en producciones con menos solera y empaque que algunas de las nombradas, como en la película Cuando menos te lo esperas, una comedia de principio del siglo XXI. Unas risas rodadas en el otoño de la vida de dos actores, que interpretan a dos maduritos,  para goce y deleite de todos. Alguien podrá decir que no estamos ante una gran película, es cierto, podrá decir que ambos actores han caído del Olimpo para terminar rodando peliculitas que bien pueden ser calificadas de buñuelo cinematográfico, pero ¿qué más da? A estas alturas de sus carreras, creo que los dos pueden hacer dos importantes cortes de mangas a quien pretenda que todo el día vayan de solemnes y creo se han ganado el derecho a  divertirse haciendo una película. Y es que por lo visto, ambos, los dos, se lo pasaron en grande rodándola. No sé si será cierto o no, prefiero pensar que fue así (cosas mías).
Cuando menos te lo esperas es una comedia de enredo, divertida, ingeniosa en la que sus  actores principales se encuentran en permanente estado de gracia.  Harry Sanborn (Jack Nicholson), el madurito viejo verde, sólo piensa en ligarse a treintañeras que estén de buen ver aunque tengan el cerebro totalmente hueco, tropieza con Erica Barrry (Diane Keaton), la madre de su última conquista. Y digo tropieza porque el motivo del encuentro es un achuchón cardiopático en la patata (corazón), de Sanborn cuando pasa el fin de semana con su última conquista, la treintañera Marin (Amanda Peet), en la casa que la madre de la chica tiene en los Hamptons. La encargada de cuidar al madurito achacoso es la mamá madurita de la conquista. Y como no podía ser de otro modo, cuando menos se lo esperan, se dan cuenta de que se molan. Así, de sencillo. Los maduros, los que ya están de vuelta de muchas cosas, que tiene achaques, también se enamoran y se dan cuenta de que la patata que tiene ahí cerquita del esternón pues aún funciona, no por la joven y esbelta Marin, ni por el guapísimo doctor Harry (Keanu Revees), sino por dos abueletes achacosos.
La gracia de la película, ver el enamoramiento de dos tipos en la madurez de su vida, ver el cómo afronta sus relaciones sexuales y como se ponen el mundo por montera frente a la evidencia del nacimiento de unos sentimientos que creían desaparecidos de la faz de la tierra. Puede que estemos frente a una película menor, sin grandes argumentos, aunque sí con unas interpretaciones buenísimas de sus protagonistas bajo la dirección de Nancy Meyers, directora de auténticos buñuelos, pero que, en este caso, acertó ofreciéndonos una comedia romántica que se sostiene por los dos grandes pilares que son Nicholson y Keaton. En realidad, ellos lo son todo en esta película.
Una película para desconectar, pasar un rato agradable y disfrutar pensando que en nuestra cabeza y en nuestra patata cardiaca habrá vida más allá de los 60 o incluso de los 70 si la cosa se nos pone de cara.
© Del Texto: Anita Noire

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ago 2 2010

Comedia sexual de una noche de verano: El cine entretenido también existe

¿Sigue usted pensando en ese viejo amor de verano que dejó escapar? ¿Han tenido alguna vez fantasías sexuales con una persona mucho mayor que usted? ¿Es un crápula y cree que no podrá dejar de serlo jamás? ¿Hay algo que le impide tener relaciones sexuales con su pareja? Pues no pasa nada, alégrese. Woody Allen existe y hace cine.

Es verdad que Comedia sexual de una noche de verano no es Misterioso asesinato en Manhattan, ni Annie Hall ni La rosa púrpura de El Cairo. Es una comedia con la que Allen intentó regresar a lo que era después del desastre (entre la crítica y gran parte del público, no para el que escribe) de Recuerdos. Allen en estado puro cuando quiere hacer comedia. Una divertida y alocada película con la que pasar un rato estupendo.

Suena la música. Oh, Mendelsohn, Felix Mendelsohn.

Una casa de campo idílica encuadrada en un escenario de campanillas.

Andrew (Woody Allen) es inventor de aparatos inservibles y absurdos. Su esposa Adrian (Mary Steenborgen) sufre una frigidez preocupante. Dicen estar enamorados uno del otro. Reciben la visita de dos parejas. Ariel (Mia Farrow), antiguo amor platónico de Andrew, se casará al día siguiente con Leopold (José Ferrer), filósofo engreído, arrogante y pedante a más no poder. Un imbécil, vaya. La otra pareja la forman Dulcy (Julie Hagerty), enfermera y completamente desinhibida, a la que acompaña Maxwell (Tony Roberts), médico, vividor y seductor. Es el mejor amigo de Andrew.

La música suena y los secretos que todos tienen y que afectan al resto se van mostrando de la forma más disparatada y enredada posible. Secretos muy pegados al sexo. El caso es que la cosa se complica y las parejas tienden a deshacerse entre revolcones soñados, pasados o reales.

Entre diálogos inteligentísimos, inventos imposibles que convierten la trama en un disparate más que divertido, entre escenas cercanas al cine mudo en las que el lenguaje corporal de los actores es el que manda (magnífico todo el reparto gracias a la dirección de Allen), un montaje muy acertado para lo que trata de contar el director y para lograr un dinamismo notable durante toda la película; entre todo esto, decía, podemos disfrutar de una de las películas más entretenidas de Allen. Entretenida porque no enfrenta lo que quiere contar desde lo profundo sino desde lo más demencial y cercano a la realidad, desde la parodia. Este director que siempre quiso psicoanalizarse y siempre quiso psicoanalizar a medio mundo, se tomó un respiro para alejarse de su admirado Bergman y acercarse más a sus orígenes. No logró la mejor de sus películas aunque sí una de las más asequibles para cualquier espectador.

© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 26 2010

Annie Hall: Autopsia de una relación sentimental


He escuchado muchas tonterías en clases de guión, de análisis fílmico, de obsesos por las autopsias cinematográficas. Creo firmemente que hay cosas que no deberían estudiarse nunca. Creo que el cine es una de esas cosas que se estudian inutilmente. Sin embargo, conservo un bonito recuerdo del análisis que un entrañable profesor mío hizo sobre “Annie Hall” una mañana de bostezos y langostas…
Ese profesor mío intentaba explicar en vano cómo contar una historia de amor de 93 minutos sin recurrir al trillado y soporífero “Te quiero” de otras historias románticas. Para ello, puso de ejemplo esta película, dónde un chico y una chica, que son la monda, se “dicen” que se aman mientras se enfrentan a unas terroríficas langostas en la cocina. La chica ríe a carcajadas y capta con su cámara al chico que grita espantado ante semejantes crustáceos. Se aman.

 

Más tarde, cuando el chico intenta probar con otras chicas la misma escena, a éstas no les hacen ninguna gracia las langostas ni demás crustáceos. La cosa no funciona.
Esta secuencia langosta no es más que el “encuentro” que se produce después de la secuencia “encantamiento” de toda relación sentimental, cuando el chico y la chica se conocen y beben vino en una terraza de geranios multicolores mientras charlan de mentira adulterando un buen lote de subtítulos de verdad, como todos los subtítulos.
Luego, el destino, conspirador y fastidioso en toda relación sentimental, secuestra a la chica con destino a Los Ángeles, con un hortera de esos que sólo habitan en Los Ángeles, y sin billete de vuelta de Los Ángeles. Provocando así un “desencuentro” aéreo, que obliga al desdichado chico a superar, inexcusablemente, su fobia a los aviones.
Si me baso en esta autopsia de ese entrañable profesor mío al que nunca hice ningún caso, y hago un ligero repaso a mi desastroso currículum sentimental, tengo una secuencia “encantamiento” en la que bajo a tomar un vino con un desconocido y vuelvo dos días más tarde con un buen repertorio de subtítulos en mi bolsillo. Una secuencia “encuentro” la tarde en que un tipo al que adoro cocina una carbonara mientras yo lo observo en boxer y calcetines sentada en el fregadero, y una infinidad de “desencuentros” provocados siempre por ese destino mío, totalmente irracional, y loco, y absurdo, pero que supongo, sigo manteniendo, porque yo, como Alvy, también necesito los huevos…
© Del Texto: Sonia Hirsch

Richard Galliano – Sur: Regreso al amor