may 21 2012

American beauty: Propaganda de la normalidad falsa

Que nada es lo que parece o que, al menos, hay que interpretar las cosas con mucho cuidado, es algo que todos tenemos más o menos claro. Pero es algo, al mismo tiempo, que olvidamos con facilidad. Miramos e inventamos como si no pasara nada. Y esto es algo que sirve para todo tipo de personas. Adultos, ancianos, jóvenes o niños. Tiene su lógica. La vida es un juego en el que las fichas se mueven a su antojo para conseguir ser vistas como quieren y no como son, para tapar miserias y exagerar virtudes.

De todo este lío va la película de Sam Mendes, American Beauty, que el que escribe califica, sin dudarlo, como extraordinaria por muchas razones.

El guión es original y eso hace que los diálogos no se deslicen peligrosamente hacia lo literario. Cambia mucho el lenguaje en un ámbito o en otro. Lo literario en el cine chirría mucho y el lenguaje que se utiliza en el cine trasladado a una novela (sin modificar) convierte el texto en una baratija. Por eso, en esta película, todo es creíble, cercano y accesible, lo que provoca en el espectador que participe de forma natural en la propuesta que tiene delante. Alan Ball, el guionista, presenta un trabajo serio, muy bien trenzado, coherente y, sobre todo, honesto. Desde el principio presenta sus bazas. Es cierto que no me convence demasiado que el narrador sea un muerto que relata desde el recuerdo. El registro que utiliza es el de un vivo que narra en presente histórico. Esto es algo que coloca en la frontera de lo permisible todo el trabajo, pero Ball juega bien sus cartas, con mucho cuidado, avisando de lo que hay desde el primer momento. Por si alguno no se ha enterado, al final de la película, explica alguna cosa para que no se derrumbe el edificio completo. Hábil. Mucho.

Sam Mendes, el director, hace un estupendo trabajo con los actores y actrices. Algunos son adolescentes y, por tanto, con poca experiencia. Sin embargo, este detalle pasa desapercibido. Logra una película rebosante de ironía, muy bien contada y con una focalización de la acción exacta.

Kevin Spacey está magnífico en su papel. Sin excesos, solvente. Annette Bening lo mismo. Todo en la película parece estar en el lugar preciso. Todo alrededor de la película parece estar para arroparla con mimo, para que la criatura nazca con el triunfo debajo del brazo.

Un matrimonio parece perfecto cuando, en realidad, es un desastre. Mi matrimonio es una farsa. Propaganda de lo normales que somos cuando ya no lo somos, dice el personaje protagonista. No hay complicidad, no hay amor, ni deseo, ni comunicación. La hija, adolescente, odia a sus padres (como todos los adolescentes) porque, mientras trata de afianzarse en el mundo, descubre que son lo que son. Normales y corrientes, nada a lo que poder agarrarse de forma definitiva. La madre es materialista e histérica; el padre un hombre que desea tomar oxígeno para soportar una vida vacía. Y la hija una bomba de relojería hormonal a punto de pegar una explosión. Una familia normal y corriente, vaya.

Aparece la infidelidad. La de ambos. Aparece un novio para la bomba. Y, a partir de ahí, el mundo se convierte en un lío monumental. Mejor la ven ustedes y se hacen un resumen mejor que este. A mí no me gusta hacerlos. Eso sí, no dejen de pensar en lo que es capaz de hacer alguien que guarda un secreto y no está dispuesto a que el que lo conoce lo pueda hacer público. La distancia hasta ese territorio es muy pequeña.

La crisis de los cuarenta, la crisis matrimonial, la crisis en el trabajo, el materialismo, el idealismo, la necesidad de un hueco en el mundo, la sexualidad reprimida, la condición sexual escondida, el descubrimiento del mundo desde el único lugar posible que es la observación, la muerte, la belleza de todo si se mira buscándola. Todo eso se encuentra en esta película que describe lo que podría ser una familia cualquiera, lo que podemos encontrar abriendo la puerta del vecino o la de nuestra alcoba. Una película pegada al mundo. Bien pegada a él.

Se estrenó a finales de los años 90 y parece no haber envejecido en absoluto. Suele pasar con las buenas de verdad.

Si ya la vieron en su momento, les recomiendo que busquen una copia y echen un vistazo. Los años han pasado y nosotros sí hemos envejecido. Cuidado. La perspectiva es otra. Hagan la prueba. Si no la vieron ya, no sé que hacen leyendo esto. Corran a por ella. Y si son ustedes jovencitos, miren con atención. Es un manual de instrucciones de lo más detallado.

© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 12 2011

Conociendo a Julia

Las emociones humanas, las inquietudes y los anhelos, casi  siempre son los mismos en todo el mundo. ¿Puede una vida, aparentemente ideal, emponzoñarse con un incomprensible sentimiento de hastío cuando un cree haber tocado techo? ¿Qué es lo que necesitamos las personas para romper la rutina, el tedio de la vida diaria; la aparente docilidad de la realidad, incluida la de pareja, que hace mucho que se transformó? Pues sentirnos especiales, sentirnos admirados.
Pero ese sentirse importante para otro, otro que no sea el que está esperando en casa (da igual que lo haga; en bata o zapatillas; ataviado con la mejor de la galas), no tiene nada que ver con la locura del amor (que sí con la del enamoramiento), nada que ver con querer lanzar algo por la ventana; sino que tiene que ver con la propia vanidad, con la autosatisfacción, con la necesidad de uno mismo de sentirse vivo. Nada más. Por eso, incluso ese objeto-sujeto de vanidad, casi nunca es importante, no es más que un medio de satisfacción íntima y personal, casi siempre muy prescindible aunque no lo parezca.
Y todo eso, todo lo anterior, es lo que precisamente le ocurre a  Julia Lambert (Annette Bening), actriz de éxito, brillante, inteligente, guapísima, divertida, chispeante, que a sus cuarenta y cinco años se encuentra de frente con el feroz aburrimiento de una vida plácida junto a un marido excepcional  Michael Gosselyn (Jeremy Irons). Un compañero perfecto al que ama aunque pueda parecer que no es así. Una mujer que se busca a sí misma y en esa búsqueda tropieza con el joven Tom (Shau Evans), un prodigio del arribismo que tras un romance fraguado en busca de un éxito futuro, devolverá a Julia a su verdadera realidad.
La película, dirigida por Istvan Szabo,  basada en la novela Theatre (1937), del británico W. Somerset Maugham,  es una auténtica delicia de película  que uno no sabría si clasificar como un drama o como una comedía, pero es la historia de una mujer que llegando a la madurez se debate entre enormes vaivenes interiores. Un conflicto que se sostiene y equilibra a través de la inexistente presencia del fallecido Jimmy (Michael Gambón), el director teatral que descubrió a Julia en sus comienzos y que se convierte en la voz de su conciencia a través de ese camino de reencuentro interior.
La película, que como ya he dicho es deliciosa, transcurre en el Londres de los años 40 y está perfectamente ambientada. Pero no sólo desde un punto de vista visual (donde se ha cuidado hasta el más mínimo detalle) sino que nos muestra, con un absoluto rigor, cómo transcurren las jornada de ensayos en el teatro de altura. El vestuario, las localizaciones son perfectas y delicadas, un lujo. La música exquisitamente escogida entre los grandes éxitos del momento, hacen de la película una auténtica gozada para los que adoran la estética de aquellos años inmediatos al inicio de la segunda guerra mundial.
Les recomiendo vivamente esta película, no sólo porque la interpretación que Annette Bening hizo de Julia es soberbia, espectacular y se come la pantalla a dentelladas, sino porque  muchos, llegados a esa edad en la que uno cree haber alcanzado el zénit, se verán reflejados. Porque Julia no es más que la exposición de la insatisfacción personal aún cuando se tiene todo. Es la búsqueda de la chispa perdida y la conclusión de que la chispa está en nosotros mismos. Pero los años son un equipaje valioso. Por eso la recuperación de la chispa, la recuperación del yo, escatimará el uso de la venganza.
Una película divertida, deliciosa y tremendamente fiel a la crisis de los cuarenta.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 17 2011

Los chicos están bien: Daños colaterales mínimos o inventados

Puede que me precipite y equivoque al decir esto, pero creo que los daños colaterales tras los tropiezos de una pareja con hijos no son tan tremendos como los padres piensan. Y ese es el primer error a la hora de empezar a poner soluciones: desviar la mirada hacia ellos, por pura protección, por supuesto (y como es debido), pero también para huir de su propios miedos.
Como en todos los matrimonios los tropiezos también llegan a la perfecta familia de Jules (Julianne Moore) y Nic (Annete Bening), dos madres homosexuales orgullosas de sus hijos adolescentes Joni y Laser, engendrados cada uno por una de ellas utilizando la inseminación artificial y el mismo donante de esperma. Un donante por el que Laser siempre ha sentido curiosidad y, cuando su hermana mayor cumple 18, le pide que descubra su identidad. Paul, que así resulta llamarse el padre biológico, es un hombre atractivo, independiente, vividor, y capaz de seducir a cualquier mujer; que pronto empieza a entablar una estrecha relación con sus hijos (con reticencia por parte de las madres) y a involucrarse en la perfecta familia de lesbianas. Hasta traspasar el límite. Y entonces, el mito del padre biológico perfecto, enrollado y además guapo, en armonía por fin con mis madres se desmorona.
Los chicos están bien (The Kids Are All Right) bien podría ser otro culebrón americano sobre el nuevo prototipo de familia que el hombre moderno ha inventado por necesidad. Sin embargo, Lisa Cholodenko ha sabido adecuar a la perfección el punto de vista. Sería imposible hacer de esta historia una novela y provocar la misma sensación en el lector que en el espectador: Todo es expresividad en esta película en la que no hay una sola escena gratuita, en la que los primeros planos predominan para que el espectador pueda recoger de las caras de cada personaje una pista sobre los valores familiares: un ceño fruncido, unos ojos en blanco, una melena sobre el rostro, una media sonrisa de casanova, unos brazos cruzados; un no parar lleno de señales indicadoras de cómo somos los seres humanos en familia y el modo inconsciente en el que engañamos y nos engañamos a nosotros mismos. Para que al final acabemos haciendo daño a los que más queremos.
Papelones los de Julianne Moore y Annete Bening. Muy bien también Mia Wasikowska (Joni, la hija) y  Josh Hutcherson (Laser, el hijo). Un conjunto muy creíble (incluso para los escépticos) haciendo cierta la posibilidad de que existan familias de madres lesbianas con hijos estupendamente educados y sin más problemas que los normales en cada fase de crecimiento. Una pareja homosexual con un reparto de lujo que se ve desestabilizada por Mark Ruffalo, Paul, el buenorro del donante, también a destacar por su actuación con la que seguro deja a todo el público femenino de la sala sonriendo pícaramente. Si Paul no hubiera irrumpido en la vida de esta perfecta familia, otra circunstancia hubiera sido el detonante porque el matrimonio es difícil, jodidamente difícil, son dos personas caminando a través de la mierda, año tras año, envejeciendo, cambiando, es un maldito maratón, y, a veces, llevan tanto tiempo juntas que dejan de ver a la otra persona; ven extrañas proyecciones de su propia basura. En vez de hablarse la una a la otra, dejan de ser racionales, juegan sucio y hacen elecciones estúpidas.
¿Hay algo más que decir? Ah, sí, que después (suele) llega el arrepentimiento, y el amor vuelve ser lo más importante, o ya es demasiado tarde para plantearse una ruptura si se pueden evitar los daños colaterales. Pero sea lo que sea, no hay que olvidarse de que detrás viene otra generación que, además de tener sus propios problemas, ha tomado buena nota de lo que debe o no debe hacerse, y de las consecuencias que ello puede traer. Y que también tiene voz y voto.
Y seguiremos inventando nuevos prototipos de familia, porque los tiempos cambian, y por necesidad, pero en esencia los valores familiares siempre seguirán siendo los mismos.
Por cierto, merecidísimo Globo de Oro 2011 a mejor película comedia o musical, y a mejor actriz (Annete Bening), además de las cuatro candidaturas a los Oscar y los numerosos comentarios de éxito que ha cosechado. Y eso que la presentación de este largometraje tuvo lugar en el festival Sundance, festival de cine independiente por excelencia. Sin duda, recomendabilísima. (Y no he llegado a comentar la banda sonora y los pequeños detalles y guiños dedicados a esos espectadores excesivamente observadores que buscamos el significado a un simple plano que nos muestra un póster en una habitación de una adolescente, o una marca de ropa en unos pantalones de jardinero).
© Del texto: Coletas


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oct 4 2010

A propósito de Henry o la bola enorme

Supongo que Jeffrey Abrams (guionista se la película A propósito de Henry) una mañana sintió la necesidad de gritar al mundo entero que la inocencia es la única forma de vivir decentemente, que hablar de los seres humanos es una cosa muy seria; que lo material nos ata al mundo aunque es lo espiritual lo que suma finalmente; que la verdadera ruina es perder a un ser querido o que el mundo es un lugar hostil para aquel que lo maneja desde la pureza del alma. Vamos, digo yo que le pasó algo así. Y supongo que una vez que sintió esa incontrolable necesidad agarro la pluma y se puso a escribir páginas y páginas de diálogos pastelosos y lacrimógenos pensando que esa es la única forma de contar algo así. Claro, el resultado fue un mal guión lleno de frases cursis que no llevan a ninguna parte salvo que te pesque con el muelle de llorar flojo.
Supongo que Mike Nichols (director de esta cosa blandengue de la que hablo) recibió el encargo de rodar una película bonita y entretenida. Y aceptó. Tal vez por falta de dinero, tal vez bajo los efectos de sustancias estupefacientes. No lo sé, pero debió ser algo muy grave. Aceptó hacer lo que un buen director de cine jamás debería plantearse. Entretener, hacer llorar a toda costa o explorar los sentimientos humanos desde el lado facilón. A propósito de Henry reúne todo. Es una maravilla de condensación. De verdad.
Supongo que Harrison Ford, hasta los huevos de que le llamasen Han Solo cuando paseaba por la calle, decidió aceptar el papel de Henry Turner que, como su propio nombre indica es el personaje principal, estaba llamado a dejar huella en los sentimientos humanos de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Lo que pasa es que no le salió demasiado bien. En realidad, ni demasiado ni nada bien.
Supongo que Annette Bening quería pasar unos días de vacaciones y si eran pagadas mejor. Recibió una llamada de su representante (supongo) y ella dijo ¡Oh, miel sobre hojuelas!, hizo el petate sin pensarlo y rodó un pestiño del tamaño del Empire State Building.
Puestos a suponer, supongo que Hans Zimmer descolgó una mañana el teléfono y dijo que sí, que sí, que tenía una partitura mugrienta por allí que no se la iba a a colocar ni a Dios. Que seguro que con un par de arreglillos quedaba de puta madre.
Y, entonces, se reunieron y decidieron hacer las cosas así, como a la remanguillé. Poco después se estrenó A propósito de Henry. Una película llena de interpretaciones flojas, de sonidos que quieren parecer una banda sonora, de una fotografía muy justita y de todo lo que quieran que sea flojito.
Lo único que se libra de la quema es la sonrisa de la señora Bening. Porque si hablamos de las pistas que deja el director para que todo cuadre en el gran dramón y lloremos mucho, podemos llegar a vomitar (me refiero, por ejemplo, al asunto de las cartas y de las miradas de la abogada guapa a nuestro Henry). Querían una película redondita y les salió una enorme bola de caca. Pobrecitos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 19 2010

Madres e hijas: Preguntas sobre la ausencia

Rodrigo García Barcha, director de cine, no para de sorprenderme. Tengo aún presente Cosas que diría con sólo mirarla, me quedé colgada de Nueve vidas y, debo reconocer que en mi cabeza aún vaga Madre e hijas. Ando sorprendida, de verdad. Quisiera poder decirles muchas cosas de esta película y no sé si podré hacerlo o si llegaré a transmitir todas las sensaciones, ideas, y majaderías que por mi cabeza cruzaron mientras veía, gozaba y después pensaba en esta película. Quizá porque muchas de ellas son demasiado personales y poco tienen que ver con la cuestión cinematográfica, quizá porque jamás consigo transmitir lo que quiero cuando me pongo a escribir, pero voy a intentarlo.
¿Qué pasaría si mañana descubrieran que no saben nada de su pasado? ¿Si los que creían sus padres no lo fueran? ¿Si su madre les hubiera entregado en adopción cuando nacieron? ¿Cómo le explicarían a su hij@ adoptad@ que no sabe nada de su vida anterior y que eso no importa? ¿Podrían acompañarle en ese sufrimiento sin ser un estorbo para él/ella? ¿Entendería, esa persona, que no importa la biología sino que lo que importa son otras cosas muy distintas, como, por ejemplo, crecer siendo y sabiéndose querido? ¿Podrían vivir sabiendo que entregaron a su hij@ en adopción y que puede estar preguntándose mil cosas que nunca le podrán contar? ¿Qué pasa cuando uno toma una decisión equivocada y ya no cabe el retorno? ¿Qué pasa cuando las cosas no se dicen a tiempo? ¿Se puede querer sin ver, sin tocar, sin nada más que una idea que flota en la cabeza y que se va construyendo a golpe de sensaciones difusas? ¿Se puede parar una bola de nieve que ha empezado a rodar por una pendiente sin fin? ¿Podemos reponernos de los adioses no dichos?
Pues de todo eso es de lo que trata la historia que nos entrega, envuelta de una realidad brutal, alejada de la lágrima fácil, Rodrigo García. He disfrutado esta película. Me emocioné hasta las trancas y salí repitiéndome en la cabeza las preguntas que mencionaba. Preguntas hechas sin que nadie preguntara nada.
Creo que está claro que me pareció una película maravillosa, con mucha miga.
No pienso hablar de cuestiones técnicas, ni de mis cositas personales en relación a las preguntas latentes. Las primeras no me interesan esta vez, y las otras, dudo que a nadie de por aquí le importen. Sólo puede decirles que es una gran película, en la misma línea que las anteriormente realizadas por este director.
Las películas de Rodrigo García siempre están protagonizadas por un elenco importante de mujeres. Repite actrices, una y otra vez, película tras película y las exprime hasta sacarles lo mejor de cada una de ellas. El ritual se repite con Madres e hijas: una película coral. Un grupo de mujeres inmersas en su propio universo en el que los hombres son meros acompañantes sin apenas relevancia; mujeres antes cuestiones y momentos fundamentales de sus vidas, pendientes de resolver; mujeres a las que el azar de un destino trazado de antemano las pone a prueba continuamente. Mujeres que sufren amando y siendo amadas, a veces mucho, a veces poco, incluso nada.
Debo aplaudir la elección de las actrices porque cada una en su papel bordan su personaje. Están todas impresionantes, espectaculares. Tan reales que parece que se las va a encontrar en cuanto salga a la calle.
Elisabeth (Naomi Watts), una mujer de 37 años, adoptada en el momento de su nacimiento por unos padres con los que en ese momento ya no mantiene relación alguna. Es extraordinariamente bella desde su frialdad, tiene la vida montada a su aire, sin compromiso, así no hay expectativas que puedan verse truncadas. Pero la vida, que es tozuda, le da la vuelta a su mundo como si fuera un calcetín. Todo lo que era prescindible se le vuelve fundamental al quedar embarazada a pesar de tener una ligadura de trompas realizada a los 17 años. Karen (Annette Bening, es la personificación del encanto y la belleza de las arrugas que la vida dibuja en el rostro de una mujer madura), una mujer que vive, día a día, la ausencia de una hija que dio en adopción cuando tenía 14 años, siguiendo los consejos de su madre. Día tras día escribe notas con todo aquello que quisiera contar a esa hija que no sabe ni quien es, ni donde está y ni tan siquiera si vive. Sofía (Elpidia Carrillo), la madre que no ha podido perdonarse el haber destrozado la vida de su hija y arrastrará hasta el final de la suya el peso de una decisión que tal vez no le correspondía. Lucy (Kerry Washington), una mujer decidida a tener un hijo, de esos que nacen del corazón porque el vientre está seco. Una decisión tomada en compañía y asumida en la soledad del que pierde a su compañero por el camino por aquello de que la sangre es la sangre. El sufrimiento de la incomprensión y del desengaño.
Una película de ausencias, que se entrecruzan y que, como en la vida misma, te deja sin respiración cuando uno comprende el alcance de lo que le falta.
Una historia para perderse en ella, para pensarla, para pensarnos y para no olvidar que las cosas debemos hacerlas, decirlas, cuando las sentimos porque quizá mañana sea tarde, demasiado tarde.
© Del Texto: Anita Noire

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