oct 17 2011

Brokeback Mountain: La soledad demoledora

Narrar es arriesgar. Sin esa apuesta por parte del autor cualquier forma de contar se queda a medio camino. Y no se trata de arriesgar dinero, ni la capacidad para utilizar alardes técnicos espectaculares, ni se trata de elegir temas o historias polémicos. No, eso es montar escándalos o intentarlo. Arriesgar tiene que ver con el autor. Poner en juego la visión propia de la realidad, lo que sabe, lo que desconoce, lo que dice o lo que calla, su zona más íntima con el fin de construir un mundo de ficción que se pueda sumar a la realidad para formar parte de ella. Sin esta premisa no hay nada que hacer puesto que lo contado se vacía por los cuatro costados.
Esto es lo que hace Ang Lee. Arriesgar. Y, de paso, lo hace utilizando un vehículo cargado de polémica, de zonas claras y oscuras. En Brokeback Mountain logra presentar una propuesta perfecta. La soledad como tema principal. La homosexualidad como vehículo. Dos actores que llenan la pantalla de forma clamorosa. Secundarios que hacen su trabajo con solvencia. Unas localizaciones exteriores que iluminan a los personajes desde el principio hasta el final. Un montaje que hace correr el tiempo con precisión (el tiempo histórico es una vida entera; el tiempo narrativo se ajusta como un guante al histórico para que la trama se resuelva en dos horas; el resultado es un instante que esboza a los personajes). Todo hace de la película una extraordinaria muestra de lo que es el buen cine. Acompaña la excelente partitura de Gustavo Santaolalla con discreción aunque resulta inolvidable.
La propuesta de Ang Lee es arriesgada aunque lo es menos rodeándose de un guión magnífico (Larry McMurtry y Diana Ossana fueron los encargados de adaptar el relato original de Annie Proulx) en el que conviven Ennis del Mar (un enorme Heath Ledger) y Jack Twist (un entregado y trabajador Jake Gyllenhaal). La forma de defender de ambos es una delicia. Sobresale Ledger, pero para ser justos hay que decir que el personaje que encarna es mucho más importante que el de su compañero de reparto. Ennis del Mar ancla la película a su último sentido que no es otro que el de explicar la soledad desde el fracaso. Magníficos ambos actores.
La trama comienza en Wyoming durante el año 1963. Alguien podría pensar que la historia que cuenta la película es el resumen de una historia de amor entre dos hombres. Y es justo todo lo contrario. Es la historia de un amor que no lo fue y que destroza la vida de los protagonistas. Porque en Brokeback Mountain (y esto sirve para la película y para los escenarios elegidos) no hay sitio para eso. Nada puede sobrevivir al mundo, nada que no sea lo que está dentro de la rueda absurda y arrasadora de la vida estándar tiene el más mínimo futuro. Cuenta cómo se conocen, la primera pasión, la separación eterna que sólo se anula (de vez en cuando) regresando a las montañas en las que ellos pueden dejar de fingir. Matrimonios, hijos, vidas aparentemente construidas con lo que la sociedad hipócrita y puritana reclama como decente. Una historia atroz. Y todo rodeado de una estética de vaqueros duros cercana al western que hace más lejana aún cualquier tipo de esperanza. ¿Dos homosexuales haciendo rodeos y cuidando del ganado a 10º bajo cero? Eso no encaja. Lee lo sabe y mide cada detalle.
Brokeback Mountain es algo predecible. Pero lo que es nefasto en otras obras en esta se convierte en una ventaja. Porque hace coherente el planteamiento. Nada puede acabar bien. Lee consigue en su montaje que sepamos que algo va a pasar, pero no cómo ni cuándo. La magia de usar bien los tiempos y los tempos.
Es una película difícil de digerir. No por esa relación homosexual tan explícita y tan apasionada en pantalla. Es el dolor que rebosa lo que la convierte en una prueba para el espectador que se sienta pensando en sus reparos con respecto a la homosexualidad y se encuentra con su propia soledad. Con la de todos.
Desde luego, la película es una obra de arte. Merece la pena echar un vistazo y disfrutar de ella.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 3 2011

Thor: La osadía del hijo de Odín

El Universo Marvel, poco a poco, se va expandiendo, adquiriendo cada vez una más que notable presencia en la gran pantalla; no es de extrañar que, tras fracasos como los intentos de Ang Lee con Hulk, la meada fuera de tiesto que fue la trilogía de Spiderman (con Sam Raimi y los estudios de Sony a la cabeza), o una idiotez como The Punisher; la compañía del tío Stan Lee se haya decidido a producir en gran medida las películas venideras de sus superhéroes más emblemáticos, así como decidirse a hacer reboots (Hulk hecha por Louis Leterrier,  interpretado por Edward Norton en vez del Eric Bana de Ang Lee; y la nueva de Spiderman para el año que viene, que no tiene nada que ver con las anteriores, son una buena muestra de ello). Todo ha sido mediante la adquisición de la Marvel por Disney, y una compañía como la Paramount. De este modo, hemos asistido a productos que no buscan un sesudo tratado de filosofía, sino la esencia más pura del cómic, que no es más que entretener. Como Iron Man 1 y 2, Hulk, ahora Thor, dentro de unos meses El Capitán América, el año que viene Spiderman, y de esta forma, reunir poco a poco a todos Los vengadores en un solo film.

El argumento nos sitúa en el reino de Asgaard, la morada del dios Odín, y sus hijos Thor y Loki, los que velan por la seguridad y la paz en el Universo. Cuando Odín ceremonia el traspaso de la corona a su hijo Thor, se sucede lo inesperado. Antiguos enemigos como los Gigantes de Hielo han invadido la cámara de los trofeos para obtener una reliquia de gran poder que les pertenecía. Thor, en su soberbia, no se explica cómo han llegado hasta allí, sobretodo sabiendo que el dios Heimdall, el guardián que conecta Asgaard con el resto de mundos, que todo lo ve y todo lo escucha, no se ha percatado de la presencia de tales sujetos en la cámara acorazada. Asi que nuestro querido Dios del Trueno, junto con su hermano y hechicero Loki, y otros compañeros de armas, deciden desobedecer a su sabio padre, e ir a dar una lección por tal osadía al mundo de los Gigantes. Cuando llegan, arman lo esperado, haciendo peligrar sus mismas vidas, y obligando a que intervenga Odín, que en su ira por tal desobediencia e imprudencia, destierra a Thor a la Tierra, despojándole de sus poderes y su martillo, Mjolnir. Aquí, entre mortales, tendrá que aprender a diferenciar qué es importante y qué no, saber comportarse, y en definitiva, a dar su ayuda por aquellos que la necesitan, sin ningún afán egoísta por medio. Todo empeora en Asgaard cuando su hermano Loki, empieza adquirir ciertos poderes….

Lo que más sorprende de todo esto es el director elegido para llevar a cabo las peripecias de uno de los superhéroes con más renombre en el Universo Marvel, Kenneth Branagh, al que todos conocemos por sus películas como Frankestein de Mary Shelley o Hamlet, y todo hacía suponer dos cosas: o bien se iba a cometer un desastre debido a la falta de experiencia en temas de acción; o bien, una gloriosa y entretenida historia. Ni lo uno ni lo otro, Kenneth ha dirigido con pulso firme un producto destinado al mero entretenimiento, sin ansias de trascender ni ir más allá de lo establecido, un producto correcto. Con un estilo visual rozando los kitsch, donde sobresale artísticamente todo lo ambientado en el mundo de Asgaard, visualmente impactante, bello y hermoso logrando que nos adentremos en ese mundo ilusorio y lejano; y unos personajes que, a pesar de ser meros estereotipos, con unas líneas de diálogos demasiado sencillas, logran empatizar con el espectador, metiéndolo de lleno en la acción, destacando Anthony Hopkins como el poderoso Odín, Chris Hemsworth como Thor, Tom Hiddleston haciendo de Loki, o Idris Elba como Heimdall (el más extraño de todos los personajes y el más carismático). Sin embargo, el resto del elenco no pasa de la mera mueca, como Natalie Portman o Stellan Skargard, que acaban relegados en un segundo plano. El guión es una constante montaña rusa: momentos dramáticos, aventura, comedia y acción se dan de la mano y el resultado acaba siendo un tanto irregular, sin embargo, como ya he dicho, la cinta es un muy buen entretenimiento para evadirse un rato de la realidad y dejarse fascinar por lo imposible. En cuanto a la música compuesta por Patrick Doyle, no es nada nuevo, y cumple su función de adecuarse a cada momento, engrandeciendo Asgaard cuando lo requiere, o los momentos cumbres donde Thor demuestra su valía como héroe, de hecho, escribo estas palabras mientras la escucho, recomendándola para todo aquel megalómano de las bandas sonoras.

En conclusión, podríamos afirmar que estamos ante un producto que no desmerece en nada el espíritu de los cómics (aún habiendo cambios sustanciales), que mantiene sus guiños constantes a los fans (se empieza a dilucidar SHIELD, Tony Stark/Iron Man, y alguna sorpresa que otra), y que no hace ningún daño a una cartelera que deja más bien que desear, con propuestas llenas de dramas sociales y sesudas historias que vienen a contarnos la misma realidad una y otra vez. Y ya para finalizar, un último dato para todo aquel que la vea, esperad hasta que pasen los créditos finales, como ya he dicho, hay una interesante sorpresa de cara a la película de Los vengadores.

¡¡¡LARGA VIDA AL HIJO DE ODÍN, THOR, DIOS DEL TRUENO!!!
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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