jul 18 2011

El espejo: Tarkovsky por dentro

Hay quien dice que, con el cine de Andrei Tarkovsky, el espectador corre el riesgo de quedar prendado por un movimiento de la cámara, por un encuadre o, en definitiva, por la forma de narrar. Es decir, que cabe la posibilidad de que prime el continente sobre el contenido. Los personajes y sus dramas pasan a segundo plano, el sentido último de una secuencia desaparece. Lo que no saben, o no parecen ver los que afirman esto, es que el cine de Tarkovsky es eso: la percepción a través de la lírica de una historia narrada. El que se queda atolondrado con una imagen (eso y sólo eso) es que no se está enterando de nada. Posiblemente, tampoco se enteraría al leer un poema de César Vallejo. Aclaro que hablo de percepción, de ese no enterarse de nada. No lo hago de comprender. Porque la cosa no es comprender o dejar de hacerlo. Eso está unos escalones más arriba.
El espejo es una de esas películas de las que enterarse es complicado y es una de esas películas que no todo el mundo entiende. Cuando cine es sinónimo de poesía suele ocurrir. Porque El espejo es Tarkovsky y Tarkovsky es la mirada poética. Y porque hay que añadir que el director indaga en las bodegas propias convirtiendo la obra en algo críptico. Ya lo avisa él al comenzar. Vemos cómo una mentalista trata de solucionar un problema del habla a un joven. Es tartamudo. Para hablar bien es necesario abrir las puertas de par en par y dejar que todo brote sin obstáculos. Hay que entrar hasta el fondo, remover y dejar ver. El director convierte esta película en su recuerdo; para ser más exactos, en la forma de recordar y ordenar el pasado. Fragmentos, falta de linealidad, rupturas espacio temporales, mezcla entre sueño y realidad.
Maneja el director el concepto de tiempo con habilidad para que la narración funcione. En realidad, lo que hace Andrei Tarkovsky es presentar una serie de escenas inconexas (eso parece al principio) que encajan, poco a poco, cuando el espectador percibe que es el tiempo lo que ordena todo. El pasado es el motor el presente. Del futuro. Cada instante mueve el todo para que pueda ser. El tiempo es lo único que tiene el hombre. Es escaso y nos convierte en seres ansiosos. Además, ese tiempo es el de todos. El pasado es común, el presente lo vivimos en comunidad y el futuro es el de todos. Por esto, Tarkovsky va y viene en el tiempo narrativo con soltura, sin miedos. Por eso, los personajes de Tarkovsky pueden ser encarnados por los mismos actores (por ejemplo, madre y esposa del narrador son interpretados por la misma actriz).
El director se recuerda a sí mismo. Es ese el primer espejo que aparece en la película. Los otros (hay varios) son en los que se pueden mirar generaciones enteras para ver lo mismo. El pasado es siempre un enorme espejo.
El espejo anuncia asuntos que aparecerán de forma insistente en el cine de Tarkovsky o ya conocidos. La relación entre él y su hijo; el abandono del padre; la educación a cargo de las mujeres; la separación en la pareja; el amor como forma de éxtasis (la escena de la madre levitando y pidiendo calma a su marido porque ella le ama es inolvidable y muy parecida a la de Solaris). Son los aspectos que llenan de contenido la narración. Y lo llenan porque buscan la explicación última del sentido de una vida. Sin pasado no somos nada. Ese es el eje principal que mueve el relato y convierte en una amalgama perfecta esos contenidos que anotaba. Todo buscando explicación a esa falta de confianza que tiene el ser humano en su propia naturaleza.
Tecnicamente, El espejo es una demostración grandiosa de lo que es el cine. Los encuadres, la planificación de cada secuencia; las imágenes que llenas de sonidos, casi de olores, toman una fuerza colosal. Como es habitual en el cine de este director, el agua y el fuego cobran una relevancia especial. Ambos elementos aparecen como reparadores, destructores, amenazantes y envolventes dependiendo de cada momento y de toda la realidad. Cada gota, cada llama, se convierte en momento único. Son esas imágenes compuestas por el agua, el fuego; pero, también, por un objeto que cae o la leche derramada sobre la mesa, las que usa Tarkovsky, junto con la voz en off del narrador, para llevarnos de un lugar a otro, de un tiempo a otro y que se convierte en lugar común gracias a la potencia de la imagen. Esa voz en off corresponde a la propia consciencia del director y no puede ser más acertado el rigor con el que todo se pliega a esa mirada.
Margarita Terejova (por la que siente especial debilidad el que escribe) defiende su papel de madre y esposa con fuerza y credibilidad. El guión de Alexandr Misharin y del propio Tarkovsky es profundo, justo en su medida y toma mucha fuerza expositiva al complementarse con los poemas de Arseni Tarkovsky (padre del director). Una delicia que arrastra hasta lo más profundo del narrador. Hay que sumar la partitura de Eduard Artemiev y los fragmentos de piezas de Bach, Pergolese y Purcell que se colocan con acierto a lo largo del metraje.
La película se mezcla desde una mezcla de realidad, sueño y ficción; tal y como hacemos al recordar. Y es el recuerdo de Tarkovsky dosificado para entender lo que le pasa; tal vez nuestros propios recuerdos dosificados para entender nuestros presentes. No hay futuro sin pasado. Del mismo modo que no habría cine (el que conocemos hoy) sin el de Tarkovsky.
Una maravilla que nadie debería dejar de ver.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 13 2011

Lo excelente, lo bueno, lo malo y lo catastrófico

Siendo jovencito dividía casi todas las cosas en buenas o malas. Incluidas las películas de cine, a sus directores o a los actores y actrices que trataban de defender sus papeles. Ya no. Ahora (me centraré ahora en los directores) lo que hago es meter en un pequeño grupo a los grandes de verdad (Woody Allen, Andrei Tarkovsky, Billy Wilder, Akira Kurosawa, Alfred Hitchkock o Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, aunque no pasan de quince). En otro a los buenos directores que, si bien han logrado muy buenas películas, no terminan de convencerme por una cosa u otra (Steven Spielberg, Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, Oliver Stone, por poner un ejemplo. Aquí se quedan sin nombrar muchos). El tercer hueco lo reservo para los directores del montón. Estos no me dicen ni fu ni fa. No nombraré ninguno porque no me acuerdo de sus nombres o me da pereza escribirlos. Un último grupo lo forman los directores desastrosos (a estos no los nombraré por pura prudencia aunque no creo que merezcan este privilegio).
Parece que es una forma algo más lógica de dividir las cosas. No es posible meter en el mismo saco a Jack Nicholson y a Will Smith. Las carencias de este último convierten en una injusticia la agrupación. Y, además, echando un vistazo a cada grupo, puedo sacar conclusiones sobre el tipo de cine que gusta a un grupo de espectadores u otro. Por otro lado, permite entender el desastre en el que se ha convertido el mundo del cine. Piensen en un director, en una película o en algún actor que les parezca horrible. Ahora busquen en la red, por ejemplo, la taquilla de esa película. Millones. Incomprensible ¿no? Ahora piensen en Tarkovski. ¿Quién le conoce de sus amigos? ¿Cuántas veces le han invitado a pasar la tarde en casa viendo una película de él? ¿Cuántas veces lo han hecho para ver una de Bruce Willis? Si dividimos la cosa entre buenos y malos tendemos a equivocarnos.
Pues bien, todo esto que les he contado no era más que una excusa para que vean un cosa que me parece excelente. Es de Federico Fellini. Este director está en el primer grupo sin duda alguna. Y, para el que quiera sufrir, dejo una muestra de eso que llamo desastre. Es un poupurri de un director actual que gana una pasta, que malgasta un dineral haciendo que el cine sea una risión y que es reflejo de lo que pasa hoy por hoy. No hace falta que les explique nada. Comprueben ustedes mismos que es cierto y verdadero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 18 2010

Ran: Cómo puede un genio cruzarse en su vida

¿Qué sucede cuando alguien se encuentra con un genio por el camino? Puede quedarse perplejo, puede sentir una gran emoción o cualquier otra cosa. Eso depende de cada sujeto. Pero hay algo común, sea quien sea el genio y sea quien sea el que lo encuentra. A partir de ese primer contacto nada será igual. Los esquemas del individuo se modifican de inmediato y su criterio también. Todo lo que esté por debajo de lo que ahora conoce no le interesará. Por ejemplo, uno ve El ángel exterminador de Buñuel y la forma de mirar el cine se modifica. Ese era un genio. Pero si la película que descubre es Stalker de Andrei Tarkovsky pasa lo mismo. Era otro genio. Lo que antes era una película entretenida se convierte en un paquete. El ansia por ir más allá en el conocimiento hace que se evite cualquier pérdida de tiempo con obras menores.
Encontrarse con Akira Kurosawa por el camino es sinónimo de ruptura de esquemas, de amor incondicional por su cine, del descubrimiento del color como elemento esencial de la imagen, del conocer un trabajo riguroso con la luz al rodar, del encuentro con un cine exquisito que resulta inolvidable desde el principio. Encontrarse con Akira Kurosawa es encontrarse con un genio.
Una de sus películas es Ran. Una de sus obras maestras. Tardó diez años en rodarla desde que comenzó su planificación (eso da una idea de cómo trabajaba este director aparte de la falta de presupuesto que, supongo, también influiría en ese largo proceso). La idea nace de una historia protagonizada por un señor feudal japonés (Motonari Mori) que siendo viejo tiene que enfrentarse a un tiempo de grandes conflictos que terminarían con la unificación de los territorios de Japón. Pero, aunque ese es el germen de lo que cuenta Kurosawa en la película, lo que aparece con más claridad para el espectador occidental es la problemática que plantea William Shakespeare en su obra El Rey Lear. Ya saben, traición, avaricia, batallas fraticidas, egoísmo, muerte. Ya que la cultura oriental se le hace extraña al occidental (existe un desconocimiento muy serio de ella) y eso lo sabe el director, elige un momento histórico muy concreto para colocar la acción de modo que sea algo más universal (Era Sengory). Por ejemplo, en el siglo XVI, los samurais podían elegir estar a las órdenes de otro señor si con el que estaban no les agradaba. Así, en ese escenario, los personajes de Ran se mueven con más libertad (aunque corresponden a las costumbres del momento de forma casi exacta) y pueden presentar actitudes mejor entendidas por todos, mucho más flexibles, de paso.
Hiderota Ichimonji (Tatsuya Nakadai, espléndido en su papel) se encuentra mayor y decide dividir sus tierras entre sus tres hijos. Ha sido un guerrero despiadado y ha conseguido su fortuna a base de conquistar tierras, eliminando familias enteras y siendo implacable con el castigo. Los dos hijos mayores (Taro y Jiro) le adulan. Saburo, el menor, pone en duda lo que tiene planeado su padre. El irascible y orgulloso Hiderota le termina desterrando. A partir de aquí, los dos mayores comienzan a planear venganzas y asesinatos; el anciano es desterrado y se ve obligado a vagar por sus tierras encontrándose con el horror que él mismo ha generado; los días de la casa Ichimonji tiene los días contados. Ayuda a que todo se precipite la intervención de la Dama Kaede (esposa del hermano mayor) y que desea una venganza cruel para toda la familia, puesto que el anciano acabó con la suya y con sus posesiones, por lo que conspira haciendo que los hermanos acaben entre sí. En fin, todo venganza, todo deslealtad, todo sangre y muerte. La historia es fascinante, intensa, emocionante y profunda. Aunque es la puesta en escena lo que convierte la película en algo grandioso.
La dirección artística está cuidada al máximo, la fotografía es excelente, el vestuario (su colorido y la exactitud del corte) llena la pantalla por sí mismo; el director consigue que los extras no lo parezcan al dirigirlos con maestría y que se multipliquen como por arte de magia con un movimiento casi matemático de la cámara. Y, por último, el uso de la música y de los colores convierten la película en un espectáculo maravilloso. La escena en la que los ejércitos de los hijos atacan el castillo del padre es impresionante. Mientras vemos la parte más brutal del hombre, el horror de la guerra, escenas de una crueldad asombrosa, suena el Adagio de Toru Takenitzu. Tranquilo, excelente, bello. La suma de lo visual y lo musical hace que todo adquiera un sentido poético asombroso. Colores en movimiento marcado por lo sublime. Y digo colores porque Kurosawa marca a cada ejército con un color distinto (entre otras cosas intentando evitar confusiones en el espectador que sin esa referencia no sabría lo que ocurre en cada toma). El amarillo para el hermano mayor (no cualquier amarillo sino uno muy pálido, algo difuso como el carácter del personaje). El rojo para el segundo de los hermanos (venganza, sangre, muerte). El azul para el pequeño (un azul suave que hace pensar en la calma). Una batalla perfecta desde un punto de vista cinematográfica.
Ran es una película extraordinaria de la que ya se han dicho casi todas las cosas que son posibles. Ran es la película de un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 14 2010

The Matrix: El mesianismo entre bits

Platón ya defendía la existencia de dos mundos. El real (lo que conocemos a través de los sentidos) y el de las ideas. El griego no disponía de luz eléctrica ni nada que se le pareciese. Por eso utilizaba lo que tenía a mano para explicar su filosofía. A través del mito. Así lo hacía. Esto, en concreto, a través del famosísimo mito de la caverna que  intenta dejar claro eso de los dos mundos que conviven entre nosotros.
En La Biblia encontramos la más fascinante narración jamás escrita sobre el mesías y sobre qué papel tendría que interpretar en este mundo.
Budismo y taoísmo en oriente; Marx y Nietzsche (principalmente) en occidente ya nos avisaron sobre el peligro, sobre las terribles consecuencias de la alienación del hombre, de la renuncia que hace de sí mismo ante circunstancias determinadas.
En fin, desde el principio de los tiempos el ser humano se ha preguntado, ha intentado encontrar respuestas a sus máximas preocupaciones. Las diferencias han sido, sobre todo, estéticas ya que se han ido dando vueltas y más vueltas a las mismas cosas, profundizando aquí y allá, retrocediendo o avanzando para colocar las cosas en lugares comunes. Sólo Kant produjo una verdadera conmoción al inaugurar lo que conocemos por idealismo.
Y como modificación estética magnífica (por lo inquietante, sorprendente y perturbadora de la propuesta) apareció en 1.999 la película The Matrix. Que conste que no es mi intención comparar a los Hermanos Wachowski (directores del film) con Platón o con Nietszche; sólo quiero decir que todo lo que se cuenta ya lo habían dicho otros mucho mejor, tal vez mucho más difícil, seguro que con una carga filosófica abrumadora respecto a lo que se dice en The Matrix, pero sin una cámara de cine al lado, sin ordenadores y esas cosas. Y que conste, también, que no quiero (con esto último) rebajar los méritos de la película. Todas las películas, todas las novelas, cuentan lo mismo desde Homero. Era por centrar un poco el asunto.
En The Matrix está lo que ya he apuntado. Pero, también, la novela de Stanislaw Lem (el autor de Solaris) que tituló Ijon Tichy. Los parecidos son muy claros. Y la Alicia de Carroll se deja ver con insistencia entre los personajes (¿Recuerdan eso de elegir entre una píldora u otra, eso de seguir al conejo blanco? Se trata de la referencia literaria más explícita de la película). Hay en The Matrix muchos tipos de harina que llegan en diferentes costales.
Las mayores y más terribles críticas llegaron por este lado. La película se recibió como un refrito de películas y obras literarias que ya se conocían y que las recogía de mala manera para montar un numerito circense de muy poca calidad cinematográfica. Escenas espectaculares, peleitas y cosas así. Como ya he dicho cualquier película podría ser criticada por esa misma razón. No se salvaría ni una.
Mi opinión es, desde luego, muy distinta. Los Hermanos Wachowski lograron unir un guión mucho mejor de lo que podría parecer en un principio (es verdad que no es fácil de entender, pero eso es un problema del que mira la película y no del que lo escribe cuando el guión es bueno), cargado de frases que nos obligan a pensar sobre lo escuchado; una banda sonora muy notable; un montaje extraordinario y una puesta en escena espectacular. Lograron un conjunto difícil de superar si hablamos del género de ciencia ficción. ¿Es Solaris de Tarkovsky mejor película? Es otra cosa bien distinta, es casi imposible comparar a una con otra. Y esa pregunta formulada con respecto a cualquier otro film tendría la misma respuesta. Lo original de The Matrix es su mejor aliado.
Sí creo que se ha exagerado algo al valorar las interpretaciones del reparto. Parecen algo más de lo que son al mezclarse con tanto alarde técnico. Keanu Reeves es muy limitado al actuar y esta vez no iba a ser menos. Es un actor al que le falta mucho para llegar a ser uno de los grandes. Laurence Fishburne se limita a demostrar que las artes marciales están al alcance de todos, pero tampoco hace nada del otro mundo. Hugo Weaving lo mismo. Joe Pantoliano muy discreto. Tal vez la única que logra algo más notable es Carrie-Anne Moss. Sin grandes aspavientos consigue que veamos a su personaje con claridad y solvencia. Muy contenida en todo momento a pesar de que su papel invitaba al alarde facilón (digo tal vez porque la belleza de esa mujer me puede y, es posible, que me deje llevar por mi entusiasmo).
¿Qué cuenta The Matrix? El hombre, ante una situación extrema, destruye el sol para que las máquinas no puedan continuar con su dominación. Pero esas máquinas sustituyen la energía solar por la de los propios seres humanos. A partir de un momento determinado, se crean plantaciones de hombres y mujeres para poder conseguir la energía necesaria y seguir adelante. Sólo unos pocos son los que nacen en libertad y se refugian en Zion (ciudad inaccesible para las máquinas y situada cerca del núcleo del planeta porque es allí donde todavía hace calor). Las máquinas crean una realidad virtual que hace creer al ser humano que el mundo sigue siendo tal y como era antes de la guerra. Lo que vemos en la película es un segundo intento puesto que el primero fue un fracaso. Era un mundo en el que todos podían ser felices e iguales, pero la condición humana lo convierte en un fracaso. The Matrix es el mundo que oculta la verdad, la cárcel de las consciencias humanas. Es, en realidad, un programa informático de una potencia colosal aunque millones de hombres esclavos creen que es la realidad que viven. Thomas Anderson (Keanu Reeves) es informático e intuye que algo no es lo que parece. Termina contactando con Morfeo (Laurence Fishburne) que es un humano liberado en busca del que llama El Elegido, una especie de mesías que salvará al mundo de Matrix. Anderson se convierte en Neo. Y, tras un buen número de aventuras en el ciberespacio, comprende que se enfrenta a un programa informático, que todo está construido sobre parámetros y bits, que se puede hacer trampa y transgredir el sistema. Entre medias, combates, imágenes rodadas a cámara lenta en las que los personajes pueden superar cualquier dificultad que tenga que ver con la fuerza de la gravedad, explicaciones de lo que ha sucedido, huidas por las cloacas del mundo. Todo lo que uno puede imaginar.
Pero ¿de qué habla The Matrix? Los Hermanos Wachowski ya se encargan de formulan preguntas sin respuestas explícitas. Aunque, claramente, esta película habla de la esperanza, de esa que tiene el ser humano al mirarse el ombligo, esa misma que nos dice si destruís el planeta, si algo convierte vuestro mundo en imposible seréis capaces de salir adelante. Habla de la capacidad del hombre para destruir y para crear al mismo tiempo. Lo hace desde ese mesianismo tan antiguo en el que la humanidad siempre creyó. Pero no un mesianismo cristiano (el hombre se salva a través del mismo Dios). No, Neo es el Hombre, todos los hombres. Es el esfuerzo personal que siempre generará una posibilidad. Es el hombre que mira y sabe entender (para vencer a Matrix hay que entender lo que se tiene delante). No hay futuro si no somos capaces de intuir ese futuro. Ese es el sentido de The Matrix. Ya lo decía Platón.
Para los que disfruten con estas cosas, algunos detalles. El nombre del protagonista, Neo, proviene del griego (néos- joven, nuevo). El de Morfeo proviene del griego (morfé-forma). El de Trinity del latín trinitas. El joven, el guardián de los sueños y la trinidad encarnada por uno de los personajes. Paganismo, cristianismo y el propio hombre. Zion es casi lo mismo que Sión (lo que conocemos por Jerusalén, צִיּוֹן ciudad prometida por Dios a los judíos). Todo esto está muy bien (son algunos detalles, busquen más) y es difícil no levantar la ceja cuando se ve la película. Pero, francamente, creo que son guiños que dan lustre a la película. Si están por otra razón todo se desmorona en esta película.
Decir algo más sería repetir lo que se ha dicho un millón de veces sobre The Matrix. Ahora lo que toca es echar un vistazo de nuevo y buscar respuestas. Manta, sillón y una buena merienda.
© Del Texto: Nirek Sabal.

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oct 10 2010

Stalker: Lo mágico de uno mismo

Hay quien necesita que pasen cosas en una pantalla de cine para que lo ve le interese o, simplemente, le agrade. Planos cortos que hacen que la acción avance con gran rapidez, una trama divertida, la música acompañando para que ayude a entender. Cosas así. Hay quien necesita sentir cosas cuando mira la pantalla. La trama tiene una importancia relativa (no es lo más importante); la acción, el ritmo narrativo, se imprime desde la comprensión personal; la música es una ayuda para matizar lo visto. Cosas así.
Son opciones igual de buenas. No seré yo el que critique una u otra. Pero lo que sí me atrevo a afirmar es que la primera impide llegar a entender un tipo de cine que roza la genialidad. Y es una pena. También es verdad que el criterio personal comienza a formarse en territorios superficiales de la realidad observada. Es decir, que pasar por esas primeras fases, buscando entretenimiento y poco más, es necesario. Incluso, no deben olvidarse nunca jamás porque cada momento demanda algo distinto y una de las cosas pedidas puede estar en esa zona de arriba. Dicho esto, conviene recordar que un buen espectador ha de ir dando los pasos necesarios para encontrarse con el cine de peso, con un tipo de cine que propone, más allá de pasar el rato, un encuentro íntimo con nuestra forma de entender algunas cosas.
Que el que escribe es amante del cine de Andrei Tarkovsky no es noticia. Que el que escribe recomienda acercarse a las películas del director ruso sin complejos, con la mente abierta y en disposición de encontrarse con asuntos arduos y feos, está dicho antes. Ya he hablado de Solaris (en dos partes) y de Nostalgia. Que el que escribe mira el cine de Tarkovsky convencido de que pocas películas superan las suyas es algo habitual en sus opiniones. Porque el que escribe intuye que los asuntos que trata este director están muy próximos a la búsqueda de sentido, a la expresión de preocupaciones que el hombre tiene desde que lo es (hombre) y que lo hace desde una simbología y un lenguaje poético que convierte el mundo en algo mucho más importante de lo que algunos quieren que sea. Tarkovsky no hubiera filmado jamás una película sin incluir la exploración del alma humana. Estoy convencido de ello.
Afortunadamente, filmó Stalker que es una película inmensa, grandiosa, genial y, por ello, mal entendida por muchos, incomprensible para otros, aburrida para casi todos. Y no digo que sean más o menos listos o que su gusto esté atrofiado. Ni mucho menos. Creo que el problema está en ese aprendizaje del que hablaba antes, tan necesario para llegar al lenguaje poético, a la expresividad.
El guión de Stalker nace del relato de Arkadi y Boris Strugatski titulado Picnic en el camino. El mismo Tarkovsky lo escribió junto a los autores del original para rebajarlo en gran medida de los materiales propios del género de ciencia ficción. En la antigua Unión Sovietica se consideraba cosa de niños este género y Tarkovsky no mostraba agrado por él. Lo que se cuenta (en la película) es cómo un Stalker acompaña a dos hombres hasta lo que se conoce por La Zona y dentro de ella a una habitación (aquí se puede cualquier deseo y, por eso, las autoridades lo tienen prohibido. ¡¿Quién sabe lo que puede desear una persona?!). La Zona es un territorio prohibido por las autoridades en la que se cree que cayó un meteorito y en la que, sin lugar a dudas, se produjo una gran conmoción. No puede transitarse en línea recta, no puede hacerse el regreso por el mismo camino que se hizo al llegar. El agua ocupa gran parte de La Zona, la vegetación es virgen, el silencio es total, las construcciones están derruidas o en un estado muy precario. Allí pueden verse los restos de armas oxidadas e inservibles, lo que podrían ser cadáveres de personas. El Stalker (Aleksandr Kajdanovsky) acompaña a un escritor (Anatoli Solonitsin, actor preferido del director) y a un científico (Nicolai Grinko). Sólo sabemos su ocupación. Nunca nos dicen el nombre de los personajes. ¿Qué es ese viaje? ¿Dónde lleva? ¿Para qué ha de realizarse? Poco a poco descubrimos que es un viaje en busca del yo personal de cada uno de ellos, que es un viaje que hace bajar a las bodegas de la conciencia; que el sentido de la existencia está al alcance de unos hombres (el escritor y el científico) incapaces de pegarse a la realidad, cegado por lo material uno y por su ego teñido de falsa belleza el otro. Logran hacer el viaje. Logran regresar. El Stalker sabe lo que supone ser feliz. Los otros se acercan a esa felicidad y se verán obligados a modificar sus miradas. Esto es, de forma muy resumida, el asunto que trata de ventilar Tarkovsky. El hombre y Dios. El hombre y el entorno. El hombre y el hombre. La Zona es el lugar en el que se entabla la conversación con uno mismo. La habitación el lugar en el que se habla con Dios.

Planos interminables (Tarkovsky hace que la cámara se pare tanto como sea necesario para que lo relevante aparezca sin posible error), diálogos profundos, una fotografía impresionante ( Alexander Kniajinski hizo un trabajo que casi roza lo perfecto y dejando que el director invadiese ese terreno, casi sagrado y exclusivo, del director de fotografía que tanto le gustaba pisar a Tarkovsky), un sonido evocador y cuidado al máximo (Vladimir Sharun acostumbrado al director logró que todo lo escuchado se acompasara con la imagen hasta extremos delirantes) y unas interpretaciones maravillosas (hay que sumar a la de los tres protagonistas la de Alisa Freindlich que hace de esposa del Stalker). Eso es Stalker.
Las obsesiones de Andrei Tarkovski. Todas están en esta película. Nostalgia y Sacrificio también las recogen, pero ya de una forma menos pura puesto que el director rueda la primera condicionado por su ausencia de Rusia y la segunda sabiendo que la muerte (la suya) estaba por venir con rapidez.

Hay una escena al final de la película que llama poderosamente la atención. Es de una belleza aplastante, pero creo yo que induce a error si no se mira con atención. La hija del Stalker lee un libro. Cuando deja de hacerlo, mira los vasos que hay sobre la mesa. Comienzan a moverse sobre el tablero. Uno llega a caerse al suelo. De fondo el ruido del tren se hace más fuerte. Podría parecer que ese movimiento es producido por la fuerza mental de la niña. Al fin y al cabo, es hija de un Stalker. Sin embargo, al comienzo vemos una escena muy similar. Vasos en movimiento y el paso de un tren cercano. El espectador; al principio, cuando aún no sabe qué es lo que van a contarle; mira la secuencia y ve vasos en movimiento por el efecto de un tren que pasa cerca. Al final, tiende a ver algo sobrenatural aunque si reflexiona se planta ante la secuencia sabiendo que está viendo algo normal y corriente convertido en belleza pura. Y eso es el cine de Tarkovsky. Cuando se mira lo cotidiano intentando ver más allá, buscando lo profundo, todo se puede convertir en milagroso, en algo especial y único. Es magia. La del lenguaje que transporta al interior de cada uno de nosotros. Magia de la de verdad. Sin trucos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 3 2010

Nostalgia: El regreso imposible

Todo lo que se hace en la vida se ve marcado por un antes y un después, por un momento en el que pierdes la inocencia o en el que entiendes que las cosas son como son, muy distintas de lo que tratamos que sean.
Descubrir el cine de Andrei Tarkovsky, para el que escribe, fue lo que dibujó el punto de inflexión entre entender el cine como una forma de entretenimiento que se disfrutaba desde una butaca y entenderlo como la muestra de un universo creado desde una mirada que obliga a eso, a mirar, a crear la propia para entender y hacer propio lo visto. El entretenimiento desplazado por el sentimiento. Dicho de otro modo, me conmocionó tanto como antes lo había hecho la literatura de William Faulkner. Y esto es como decir que el mundo se puso patas arriba.
Antes de Tarkovsky, antes de Faulkner, todo cabía. Había rincones donde guardar cada cosa. A partir de Las palmeras salvajes de Faulkner, la literatura menor, la puramente comercial, desapareció. El interés por ella se quedó en nada. A partir de Nostalgia de Tarkovsky, el cine de entretenimiento, las cosas que se decían sobre el cine (también), se evaporaron. Ya sé que estoy escribiendo sobre una película, sobre la que desplazó mis intereses hasta lugares áridos para muchos e incómodos para otros. Pero crean que lo que van a leer se ha escrito desde un pudor descomunal, sabiendo que todo lo dicho (salvo los datos más técnicos) no sirve de nada cuando se trata de cine auténtico. El objetivo es uno sólo. Acercar al que se deje hasta las profundidades, no ya del cine, sino de uno mismo. Ni siquiera aspiro a ser yo el que lo haga. Me refiero al cine del director ruso que marcó la frontera entre la verdad del cine y la personal de muchos.
Dejé de ver películas. Sólo quería mirar la pantalla buscando otro mirar (el del director, no sólo el de Tarkovsky), construir un mundo desde lo que veía, hacer mío lo necesario para ir trazando las líneas maestras de mi forma de entender el cosmos.
Aprendí algo fundamental. Ya lo sabía por Faulkner, pero en cine me faltaba constatarlo. Los lenguajes son diferentes y todo requiere una fase de aprendizaje. Aprendí que la trama no lo es todo. No es más que un vehículo fundamental que nos lleva hasta el objetivo último, la construcción de esa mirada, de esa voz que nos relata el mundo entero. No es la trama, no, es el lenguaje que se utiliza, lo que convierte en importante lo narrado. En el caso de Tarkovsky, su lenguaje poético y hondo, la imagen que evoca (siempre), el despertar las sensaciones que va acumulando en la pantalla de forma casi mágica. El lenguaje de los sentidos, el lenguaje preciso, el lenguaje universal.
Nostalgia habla del sentimiento que produce la aparición del recuerdo, el que nos hace desear estar en el lugar donde ocurrió eso mismo, recuperar el tiempo perdido durante el que no pudimos vivir eso que añoramos. Pero, en Nostalgia, vemos todo esto envuelto por lo estéril de la sensación, por lo imposible que es conseguirlo dadas las circunstancias en las que se encuentra ese universo que nos propone Tarkovsky. Nuestros recuerdos nunca se ajustan a la realidad sino a lo que aspiramos que sean. Nunca nada será lo mismo excepto en nuestro recuerdo. Y esto es lo mismo que decir que debemos renunciar a nuestro propio yo, a lo que creemos ser, a nuestra conciencia y a nuestro mundo personal. Terrible la idea que maneja este hombre. Por cierto, nunca de forma explícita. Él siempre deja que sea la imagen, la poesía, la que nos lleve a sacar nuestras propias conclusiones.
El personaje principal de Nostalgia es Andrei Gorèakok, poeta ruso que viaja por Italia intentando conseguir información sobre un compositor ya muerto. Lo hace en compañía de Eugenia, su traductora. Ella siente una gran atracción por el poeta que no se ve correspondida. Ella es incapaz de ver más allá de lo material, de entender que el mundo es la suma de todo; no es si o no, es si y no. Y no muestra ninguna capacidad para tener fe. No sólo la fe religiosa sino la que representa la posibilidad de ver, de creer. Una de las primeras imágenes de la película en la que vemos a la mujer incapaz de arrodillarse y de entender lo que ocurre dentro de una iglesia es maravillosa. Lo material frente a lo espiritual en estado puro. Por cierto, en esta escena, Tarkovsky, aprovecha para dejar claro el papel de la mujer en su cine. Ambos se encuentran con Doménico (un hombre que se enclaustró en su casa durante años). Doménico, al contrario que Eugenia, representa la fe misma, la capacidad de ver (no se trata, insisto, de una fe estrictamente religiosa), la posibilidad de traspasar los objetos con la mirada para descubrirlos en su totalidad, de entender lo simbólico una vez descubierto. El poeta representa la imposibilidad absoluta de encontrarse consigo mismo, cansado de contemplar la belleza terrenal y no querer convivir con la zona oscura de ese mismo territorio.
A través de Doménico, el poeta descubre, quizás recuerda, que un hombre en sí es un universo completo, el hombre y su entorno configuran un mundo (la escena en la que entran en casa de Doménico me parece una de las más asombrosas de la historia del cine y descubre, quizás recuerda, que el sacrificio personal es de una importancia infinita). Todo es anuncio de lo que llegaría con la siguiente y última película de Tarkovsky. Sacrificio. Todos toman por loco a Doménico, acomodados en una vida fácil, carente de esfuerzos que tengan que ver con lo espiritual, con el entorno o con algo que no pueda tocarse. El mundo se dibuja como una gran trampa que debemos reinventarnos si queremos pasar por cuerdos. Otra razón más por la que perdemos la conciencia propia, la capacidad de añorar lo que fuimos. Ni siquiera lo sabemos. Nos lo robaron o lo dejamos por el camino.
De eso va, en esencia, esta película. Más no puedo ni quiero decir. Todo esto empieza a parecerme absurdo. Como mucho puedo añadir algún aspecto técnico por si sirve de ayuda. Por ejemplo, no pierdan de vista el uso que hace Tarkovsky de los espejos, de como el reflejo (suelen ser espejos viejos, muy estropeados) nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, pero también con la muerte, con lo que escondemos. Tampoco pierdan de vista el uso que hace este autor del sueño, ese lugar en que todo se mezcla, ese lugar en el que realidad, sueño e invención forma una misma cosa. En esta película esos sueños acumulan buena parte de la intensidad narrativa. Y, por último, presten atención a las imágenes que presentan los objetos que muestran la imposibilidad de sentir nostalgia porque lo deseado desde la distancia ya no existe; lo que nos lleva a sentir nostalgia de nuestra propia nostalgia. Una Biblia, un peine con mechones de pelo enredados y una botella. Esa es una de ellas. Miren con atención e intenten vivir la sensación sin filtros. Sobre todo olvidando todo lo que ha leído aquí. Mirar el cine de Tarkovsky es una experiencia inolvidable que tiene poco que ver con cualquier otra cosa. No dejen de hacerlo.
© Del texto: Nirek Sabal

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sep 25 2010

Sacrificio de Andrei Tarkovsky: Una obra maestra

Durante mucho tiempo, Andrei Tarkovsky defendió que las imágenes de sus películas, los sonidos que insertaba en cada escena (ya fuera el agua corriendo o el viento soplando), cualquier cosa que enseñase, no eran más que eso, lo que veíamos. Buscar símbolos, buscar significados ocultos que no fueran más allá de el propio objeto y cómo lo recibía la capacidad sensorial de cada espectador, era intentar encontrar algo que no estaba. Durante el rodaje de Sacrificio y después, reconoció que esa película estaba llena de esos símbolos. Creo yo que reconocía así que su cine, de forma inevitable, lo estaba. Cosas del arte. Ningún autor, ni en literatura, ni en cine, ni en pintura, ni en cualquier manifestación artística, puede evitar que aparezcan aunque sea muy lejos de sus intenciones. Incluso cuando la intención no existe.

Sacrificio es una de las mejores películas filmadas de todos los tiempos. Es una obra maestra indiscutible. Gustará más o menos, incluso algunos no aguantarán más de quince minutos frente a la pantalla, pero eso no la convierte en mejor ni en peor película. Obra maestra. Sin discusión. Y como todas las grandes obras que se alejan del mundo comercial, del mundo (a secas) para que en sí misma aparezca un cosmos con entidad propia, es difícil de ver y, mucho más de comprender.

Siendo un niño muy pequeño (Tarkovsky), sus padres se separaron. A partir de ese momento vive con su madre, su abuela y su hermana. Según contó el mismo, su casa se sostenía sobre una estructura matriarcal muy acusada. Eso marca al director ruso para siempre. Él se casó en dos ocasiones y, parece ser que su primera mujer era muy parecida a su madre. Quería acaparar la vida de todos, todo giraba a su alrededor. Era como un cuenco en el que la vida de todos cabía. La segunda de sus mujeres fue especialmente incisiva en la vida de Tarkovsky. No como la madre, sino desde fuera. Intentaba controlar cada movimiento del director. Debe ser por eso que las mujeres en el cine de este hombre sólo acceden a papeles amables cuando se trata de mujeres que aglutinan la vida de otros para proteger o son esposas sumisas y amantes perfectas de otros personajes. Si no es así, los personajes femeninos en el cine de Tarkovsky desarrollan rasgos inquietantes, casi agresivos. Hary en Solaris desprende una sexualidad que roza lo hostil. Es miedosa en ese aspecto. En Sacrificio, Adelaida(Susan Fleetwood), roza el histerismo; se mueve por la pantalla intentando ordenar el mundo de todos aunque es incapaz de entender y hacerse entender por otros. Su sexualidad es excesiva en todos los sentidos aunque parece guardada en un mundo propio que es inaccesible. Las mujeres ocupan un lugar extraño en el cine de este director.

En Sacrificio (Offret), Tarkovsky se cuenta a sí mismo. Sobre esto no hay duda posible. Se trata de una película autobiográfica que, además, muestra con toda claridad a los personajes representando a personas reales de su mundo. Y, como ya he dicho, muchas de las cosas que negó antes de rodar esta película aparecen con claridad como realidades arrastradas en su cine desde mucho antes. Esa negación de lo simbólico es, ahora, una puerta abierta a la interpretación por parte del espectador, según el propio Tarkovsky.

Alexander (Erland Josephson) es el protagonista. Es un hombre sin carácter, pero reflexivo, sensible y muy honesto con la forma de entender el mundo y a sí mismo. Después de producirse un desastre nuclear, decide sacrificarse (porque cree en ello) desde su pequeñez para que el mundo vuelva a ser lo mismo. Está convencido de que un esfuerzo personal de cada ser humano modificaría el mundo definitivamente. Es un hombre de cierta edad que, por ello, es capaz de entender las cosas. Y culto. Para él, la naturaleza es la fuente de todo. Es sagrada. Y, desde esa convicción y la capacidad de comprensión que aporta la madurez, comprende que el mundo no puede seguir adelante. Además, no le interesa si su actitud será comprendida o no por el resto de personas. Todo esto es muy de Tarkovsky. Muchas veces habló del mundo como algo sagrado, como algo con lo que hay que interactuar.

Las referencias religiosas a lo largo de la película son muy numerosas. Incluso el personaje de Otto ( Allan Edwall) se puede considerar como un ángel bueno que se dedica a anunciar el camino de salvación a Alexander. Él es, por ejemplo, el que le dice que ha de dormir con María (la elección del nombre no es casual; se trata de una mujer bondadosa y comprensiva). La ofrenda no puede ser sólo dejar de hablar. Ha de dormir con ella, con la que vive junto a la iglesia que ahora está cerrada, con la que es bruja (En el buen sentido, dice el personaje; es decir, la que acumula sabiduría. No piensen en pócimas o verrugas en la nariz). Alexander, así lo hará, y (del mismo modo que en Solaris) ambos personajes tendrán una unión mística que acaba con todas las leyes físicas del mundo. Levitan.

Los sueños se superponen a la realidad. En algún momento de la película, no sabemos si el personaje sueña o ve una realidad que nadie ve. Quizás sean estas las zonas más oscuras y difíciles de interpretar. La reflexión personal de Alexander siempre va más allá de la del resto de personajes que son incapaces de entender nada de lo que ocurre. No parecen personas porque no lo son porque les falta ese entendimiento, esa búsqueda de sí mismos, la búsqueda de lo trascendente.

Creo que no es necesario decir que la cámara de Tarkovsky va moviéndose con una elegancia descomunal. El trabajo del fotógrafo (Sven Nykvist) es magnífico y la iluminación es la exacta en cada toma. Los planos fijos tienen una longitud perfecta. Todo está bien, en su sitio.

Desvelar algo más de la película o intentar explicar parte de la simbología (eso es como explicar un poema, es como matar un poema) sería ridículo. Sólo trataba de recomendar un gran obra a los que no la conocieran. Sólo trataba de animar, a los que ya la vieron, para que repitan. Y sólo trataba de dar alguna pista a los que no pudieron terminarla para que se animen en un nuevo intento. Ya me contarán.

© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 6 2010

Solaris: ¿Siesta o reflexión? (II)

Continuación al comentario sobre Solaris de Andrei Tarkovsky ¿Siesta o reflexión? (I)

Kelvin llega a la estación espacial y escucha un mensaje grabado para él de parte de su compañero Guibarián (muerto). En el mensaje se deja entrever la causa de la muerte. No ha sido por miedo. Eso es lo que sabemos. Da igual cómo sucedió. Lo importante es el porqué. Sabremos junto a Kelvin que la muerte se produjo por vergüenza. Esta vez alguien acaba con su vida por vergüenza. La que le causa ser de ese modo, sus recuerdos, los conflictos sin resolver, la cobardía para afrontar su propia vida, por no entender, la incapacidad de amar, de cuidar el entorno; en definitiva, la falta de humanidad. Otro de los conflictos que plantea Tarkovsky. La solución en la mente del individuo. Sólo. El hombre ha de sentirse estafado por sí mismo. Durante la película, el propio Kelvin experimenta esa vergüenza, pero descubre que es a través del amor, del no renunciar a sí mismo, la única forma de remediar el desastre. El camino es el arrepentimiento, la búsqueda dentro y la proyección sobre otros es la única solución. Amar.

Kelvin regresa a la Tierra. Y este es el final que presenta Tarkovsky, el culmen de esa expiación desde el yo. Kelvin vuelve al mismo escenario del que partió hacia Solaris. Ahora escucha, entiende. En la casa ve a su padre. Dentro de la casa llueve. Ahora comprende que todo es lo mismo, la lluvia, el padre, el paisaje. Agua cargada de simbología que cae sobre el padre. El agua tan necesaria para que la vida se produzca, para que pueda seguir su curso. El se reconoce en ese microcosmos en movimiento, donde creó dolor y quiere que desaparezca. Arrepentimiento. Esta escena es una de las escenas más emotivas e intensas que recuerdo.

Kelvin, enfremo, fuera de sí, vestido con la ropa interior y poco más, habla con su compañero en el pasillo de la estación espacial. Le dice “Al mostrar piedad nos vaciamo. Quizás sea cierto que el sufrimiento da a la vida un aire sombrío, lleno de sospechas. Pero yo no lo reconozco”. Aquí está la clave de toda la propuesta de Tarkovsky. Piedad, amor, entrega. De ese modo la plenitud del hombre es total. Para eso nace un ser humano. Sin ello todo es puro trámite, deja de tener sentido. A través del arte, de la literatura, del conocimiento del cosmos individual, de todo lo material sabiendo que hay algo más de lo que vemos. Todo es simbólico. Detrás de lo que se ve está la realidad. Detrás de lo que queremos ver de nosotros mismos está el yo auténtico. Ya sé que esta lectura es muy antropológica y cargada de mística. Esto es lo que le molestaba a Lem. Tarkovsky se aleja mucho de la ciencia para adaptar la novela.

Por último, Kelvin flota en el comedor de la estación espacial junto a la materialización de Hary. La falta de gravedad hace que floten entre candelabros con sus velas encendidas, entre libros. Un baile armonioso, casi perfecto. Kelvin ha comprendido cuál es el camino. Hary, también, el suyo. Todo sufrimiento es inútil. Se cierra el ciclo. Poco después, el océano de Solaris deja de materializar esos fragmentos de pensamiento de las personas. Sólo falta que Kelvin asimile que ese amor debe ser proyectado sobre la realidad. Por eso regresa a su casa.

Muchos se duermen viendo la película. Es lenta, muy exigente. Los que no ceden y aguantan hasta el final hacen un viaje, un viaje parecido a esos que alguna vez hemos hecho pasando calamidades, a un lugar extraño y lejano, queriendo volver a casa de inmediato, de esos que, una vez digeridos, nos parecen fascinantes porque sabemos que ningún otro nos aportará nada semejante. Así es el cine de Tarkovsky. Una maravilla. Pura reflexión. Una invitación a ella.

© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 6 2010

Solaris: ¿Siesta o reflexión? (I)

Si el que escribe fuera un cinéfilo con alguna importancia dentro del mundillo crítico, debería comenzar este texto diciendo que Solaris de Andrei Tarkovsky es una obra maestra del cine de ciencia ficción. A continuación, llenaría cada párrafo de palabras subidas de tono (sobre todo pedantes), frases difíciles de entender y referencias exquisitas encontradas en las secuencias de la película. Como da la casualidad de que no soy cinéfilo ni tengo importancia en el mundillo crítico, voy a intentar acercar el cine de este director ruso al común de los mortales sin utilizar expresiones grandilocuentes ni pretenciosas. Las cosas son, casi siempre, mucho más sencillas de lo que parecen o de lo que nos quieren hacer creer algunos.

La película de Tarkowsky llega de la mano de una magnífica novela escrita por Stanilaw Lem. Se ajusta en lo que puede y en lo que quiere el director ruso al texto original. Y, según el propio Lem, no fue una adaptación que le hiciera mucha gracia. Le pareció excesivamente melancólica, simbólica y reflexiva. Esto suele pasar cuando se encuentran poetas y novelistas. Tarkowsky es poeta además de director de cine. Lem es novelista con unas características muy especiales. En la película se incluye una primera parte y un final que en la novela no aparecen. Son los lugares en los que Tarkowsky reflexiona más y nos muestra su propia lectura. Pero esto debe quedar en anécdota. Tanto la novela como la película son autónomas y deben valorarse por separado. Una anécdota.

Kris Kelvin (Donatan Banionis) es psicólogo. Ha de viajar a un planeta lejano llamado Solaris para decidir si la misión espacial instalada en ese planeta es viable o no. Los tres tripulantes que habitan la estación (aunque su capacidad en mucho mayor sólo quedan ellos) envían mensajes confusos y alarmantes. Cuando Kelvin llega se encuentra con un panorama desolador. Uno de los tres tripulantes, su amigo Guibarián, ha muerto. Encuentra a Snawt (Anatoli Solonitsin) y a Sartorius (Yuri Yavet). Ambos intentan ocultar lo que tienen en sus habitaciones, tienen un comportamiento alterado y casi violento. Kelvin descubre que Snawt tiene un bebé en su habitación y Sartorius un enano. No entiende nada, claro. Pero él mismo recibe la visita de su esposa Hary (Natalia Bondarchuck) que murió diez años antes después de ingerir veneno por no sentirse querida (por Kelvin). A cada uno se les aparecen recuerdos, sueños o cualquier fragmento de su mente. La tesis que manejan los científicos es que el océano del planeta Solaris es un ente vivo y pensante que puede influir en la mente de los tripulantes. Las materializaciones se componen de neutrinos (no de átomos) que se estabilizan por la influencia del planeta. Pues, sin entrar en detalles, eso es, más o menos, lo que cuenta esta película. Me refiero a la trama, claro, porque la película de Tarkovsky va mucho más allá.

En la antigua Unión Soviética, el cine de ciencia ficción se consideraba cosa de jovencitos. Nadie lo tomaba muy en serio. Tarkovsky tampoco. Debe ser por eso que la estética de la película no se parece a la habitual. de este género. Ni vemos efectos especiales maravillosos (en realidad no los hay ni buenos ni malos), ni los trajes espaciales son sofisticados (en realidad los personajes visten del mismo modo que podrían hacerlo para comprar en unos grandes almacenes) y el mobiliario llega a ser clásico en algún momento (candelabros en las mesas, obras de arte en las paredes, libros…). Sirvan estos apuntes para que imaginen esa estética de la película. Pero Tarkovsky es Tarkovsky y conviene mirar despacio y con cuidado lo que enseña en pantalla. Por ejemplo, la geometría tiene una importancia notable. El círculo; eso que hace del hombre un ser en constante movimiento, eso que puede convertir el mito de Sísifo en nuestro día a día si no le ponemos remedio, si no vamos más allá de lo material; se dibuja constantemente en el espacio en el que se desenvuelven los personajes (ventanas, la propia estación espacial). Si sumamos el encuadre de la pantalla podríamos ver un intento de representación de lo que conocemos como cuadratura del círculo. Son frecuentes, por ejemplo, las tomas en las que la figura humana aparece con el círculo detrás. Sin entrar en más profundidades, lo que quiero decir es que el espacio acompaña al mensaje. Lo evoca y de esa zona debería llegar la reflexión del que mira. Ya sé que esto es difícil de ver. Por eso, pasados treinta minutos de proyección un quince por ciento del aforo, duerme plácidamente y se pierden el resto de la película.

Estamos frente a una película de ciencia ficción con personajes que caminan en calzoncillos, vestidos con ropa convencional, mesas de comedor adornadas con candelabros. Nos explican el mundo desde un lugar lejano y perdido en el cosmos. Un lugar que no podemos entender sin entender el entorno más cercano, nuestro pequeño mundo, el personal. Y es que, en realidad, eso es lo que significa el género de la ciencia ficción. Y todo esto aderezado, bien con el preludio coral en Fa menor de J. S. Bach, bien con los sonidos electrónicos de Eduard Artemiev. Los espectadores van cayendo como moscas. Duermen o se aburren terriblemente. Todo es tremendamente lento, evocador, reflexivo, difícil de comprender. Para muchos un auténtico coñazo. Si no van más allá de lo que se ve en la pantalla no hay nada que hacer. Esa es la propuesta de Tarkovsky. Pero, claro, los hay que lo intentan sin intuir qué evocan las imágenes, la música, por qué hay que reflexionar…

¿Qué es eso que quiere contar el director de la película? ¿Qué esconde tanto rectángulo y tanto círculo? ¿A qué viene tanta melancolía en los personajes? ¿Por que Tarkovsky añade un prólogo y un epílogo en su película si en la novela no parece? ¿Qué es Solaris? ¿Es necesario ser tan lento al narrar? ¿O es que no tan lento ni tan insoportable? A estas alturas del texto (del que están leyendo) muchos ya pueden ir contestando a algunas de esas preguntas. No se me duerman que yo no soy el ruso.

Voy a elegir algunas secuencias que creo que pueden servir de resumen (imperfecto) de la película y, por tanto, del tema que trata.

Vuelvo a insistir en algo muy importante. Hablo de una película y no de la novela.

Primeras escenas que se desarrollan en casa del padre de Kris Kelvin. Antes del viaje espacial. Tarkovsky se recrea en mostrar la relación del protagonista con la naturaleza, con su planeta, se recrea en su pequeñez y en su incapacidad para comprender lo que oye o lo que ve. También en la falta de comunicación con su familia. Me gusta, especialmente, una escena que no parece importante y, sin embargo, a mí me parece una de las claves para entender todo lo demás. Dos niños se encuentran. Se saludan y comienzan a jugar. Sin más. No hay prejuicios. Los adultos, sin embargo, huyen unos de otros, no logran entenderse entre ellos. La conexión de los seres humanos con su entorno y entre ellos se ha perdido. ¿Se puede progresar como persona en esas condiciones? Los niños se comunican entre ellos, quieren saber de los animales, reaccionan ante algo inesperado (una tormenta hace que corran divertidos junto a su perro mientras Kelvin ni se mueve, ni entiende lo que le pasa). La soledad del ser humano dibujada con una categoría fuera de serie. Un personaje que ya ha estado en Solaris le pregunta a Kelvin si quiere destruir lo que todavía no comprenden anulando la misión. Kelvin dice que tiene muy claro su objetivo y para ello ha realizado un estudio técnico mastodóntico. Sólo cree lo que ve, no le interesa nada más. El problema de lo trascendente, la mística de Tarkovsky que se acompaña de música sacra, de la música de Bach. ¿Qué es conocer? ¿Hay algo más allá del objeto, es importante lo simbólico o sólo cuenta lo científico? Ni Tarkovsky ni, por supuesto,el que escribe dan respuestas. Eso es mucho más apetecible que un afán por enseñar. Llega la reflexión del espectador. O una siesta monumental.

© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 1 2010

Cine en la playa o cerca de ella

En verano tendemos a perder el tiempo. De lo lindo. Una forma de fingir que se pierde sin que sea verdad (así no tendremos que dar explicaciones a los que lo pierden a conciencia y nos pueden tachar de raros) es ver películas con un reproductor portátil que podemos llevar incluso a la playa. En el apartamento por el que nos han cobrado una pasta corremos el riesgo de dormirnos y pasar a engrosar las filas de perdedores de tiempo incontrolados.
Hay muchas películas que ver. Pero yo voy a recomendar unas cuantas que no son especialmente conocidas o están algo olvidadas por si alguien quiere echarles un vistazo durante las vacaciones. Escribiré sobre ellas durante el verano aunque (como ya habrán podido observar) mi opinión no les será de gran ayuda.
Si quieren dejarse llevar por un plató y llegar a intuir como funciona esto del cine, no tienen más remedio que ver la película que Cesc Gay dirigió y tituló V.O.S. Pasarán un rato muy agradable. Muy divertida.
¿Les gusta Woody Allen? Pues busquen una copia de La comedia sexual de una noche de verano. Si ya les gustaba su humor se lo pasarán en grande. Si nunca terminó de convencerles su cine, esta vez, caerán rendidos a sus pies.
Recomendar algo de Billy Wilder es algo que puede hacer cualquiera. Da igual la película que sea. Siempre se acierta. Supongo que ya han visto un millón de veces Con faldas y a lo loco o El apartamento. No estoy tan seguro de que hayan tenido ocasión de disfrutar con una película deliciosa que incluye un tema musical inolvidable (Senza Fine de Gino Paoli). Se titula ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (lamentable traducción del original Avanti). Exquisita y divertida.
En verano nos podemos poner exquisitos como si fuera invierno. Parece que es obligatorio liarse a beber cervezas y comer bocatas olvidando lo que nos gusta. Si tienen tiempo y ganas agarren la copia de Solaris. La que firmó Andrei Tarkovsky. Inolvidable. Una buena alternativa podría ser Sacrifio del mismo autor. Si les pescan viendo esto puede que les tomen por loco. No pega nada con la arena de playa este tipo de cine.
Si quieren probar cosas nuevas y no conocen el cine de Michael Haneke pueden hacerlo con Caché. El concepto que maneja este director no deja indiferente a nadie. Se enamoran de él, le quieren asesinar por estafador o le hacen un monumento que cuando se inaugura es derribado por otros que echan espuma por la boca. Una tarde de calor que no quieran salir a sudar pueden aprovechar. No les confesaré en qué bando estoy hasta que pasen unas horas.
Y una última recomendación. ¿Recuerdan aquella película con estética de cómic en la que trabajaba Leonardo DiCaprio, Cameron Diaz y Daniel Day-Lewis? Sí, esa en la comienzan peleándose y terminan peleándose, esa en la que todo se resuelve a guantazos, esa que nos trataba de enseñar los orígenes de Nueva York. Gangs of New York. No es una mala opción. A mí me pareció fascinante. Ya les contaré el porqué.
Pues con estos títulos tienen suficiente para pasar los primeros días del mes de agosto. Prometo comentar cada una de ellas a lo largo de la semana. Mientras, disfruten de la arena, del mar y del cine. Sean buenos.

© Del Texto: Nirek Sabal