dic 27 2013

Vidas pequeñas: Refugios

En la misma línea de lo que hizo Altman al adaptar el libro de relatos de Raymond Carver (Vidas cruzadas), Enrique Gabriel propone una reflexión sobre la dureza de la exclusión y autoexclusión social en época de crisis.
Esta película comenzó a rodarse, curiosamente, cuando a los políticos se les llenaba la boca diciendo que España era un festival de luz y de color. Hubo muchos problemas de financiación y el rodaje se alargó hasta que la crisis ya era reina y señora en España y el resto del mundo.
Nos cuentan, desde un guión sólido, bien desarrollado y con un ritmo notable, una serie de historias que se entremezclan y convierten la película en una historia coral (aquí es donde encuentra su parecido con el trabajo de Altman). Si bien las dificultades y la dureza de la vida está presente en cada secuencia, una lectura más profunda hace que todo tome un sentido hondo e importante. Porque descubrimos, poco a poco, que la forma de afrontar los problemas, en situación de clara desventaja social y económica, es encontrar un refugio; el que podemos, el que tenemos a mano, el que improvisamos o estuvimos preparando durante años. Vemos al hombre que rehusa y crea un personaje en el que deja de ser; el escritor que busca el cobijo del olvido y de la pasividad porque su éxito era un fraude; el ir y venir buscando zonas menos dolorosas; el recuerdo como guarida. Son muchos los refugios; tantos como vidas pequeñas; tantos como personas. Es este otro asunto que quiere ventilar el director: todos somos personas, sin excepción.
La fotografía de David Carretero es espléndida. Muchas de las escenas se convierten en claras alegorías que hablan de la crueldad social, de lo papanatas que podemos llegar a ser cuando dedicamos todos nuestros esfuerzos a mirar a otro lado. Exquisita, de verdad.
El reparto está a una altura muy considerable. Se une una dirección actoral que busca y encuentra lo mejor de cada actor. Alicia Borrachero y Ana Fernández defienden sus papeles con uñas y dientes. Están imponentes las dos. Y el resto del reparto, igual. Tal vez, Roberto Enríquez es el que está más flojo. Este actor debería entender que delante de una cámara no puedes parecer un marmolillo. Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina llenan la pantalla con papeles cortos que se convierten en el anclaje de la trama para que encuentre un último sentido. Son tan buenos actores que consiguen cosas así. Las protagonistas están espléndidas y ellos les comen el terreno con papeles secundarios.
El vestuario y la peluquería y el maquillaje cumplen con creces. El trabajo que hacen las maquilladoras con Alicia Borrachero debería ponerse de ejemplo en los manuales de las escuelas de maquillaje. El montaje es inteligente y permite al espectador seguir la trama sin problemas a pesar de la gran cantidad de personajes y tramas tangenciales.
Es una pena que películas como esta no cuenten con el apoyo financiero suficiente, ni con campañas de promoción a la altura del producto. Pasan medio desapercibidas por los cines y son muchos los que ni se enteran de su existencia. Una verdadera lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 26 2012

Els nens salvatges: Buenas intenciones, buena película

Asistí a la premier, en Barcelona, de la película Els nens salvatges de Patricia Ferrera. Venía precedida de un éxito importante en el Festival de Cine de Málaga (Mejor guion, mejor película, mejor actriz de reparto, mejor actor de reparto). Y a mí, lo de los premios, siempre me parece algo sospechoso, con tendencia a estropearme la objetividad y a situarme en la banda de los escépticos, con la ceja levantada. Teniendo en cuenta que se trata de un largometraje protagonizado por adolescentes, esperaba, básicamente, una especie Física y Química ambientada en algún indeterminado lugar de una gran ciudad..
Así que cuando empezó la presentación, con las palabras de su productora, diciendo aquello de ser adolescente es difícil, pero más difícil es hacer una película, o no, tal vez no y ser adolescente sea mucho más difícil, no pude por menos que pensar que tal vez, sólo tal vez, debía empezar a bajar la ceja, y esperar, sin los prejuicios que últimamente me asolan con determinado tipo de cine, y ver.
La historia se sitúa en Barcelona, pero podría ser cualquier otra ciudad y nada sería distinto. Sus protagonistas son tres adolescentes Álex (Alex Monner), Gabi (Albert Baró) y Laura –Oki- (Marina Comas), tres formas de vivir completamente distintas, tres formas de afrontar la vida y sus conflictos, desde los quince años. El rebelde evidente, el deportista por prescripción paterna y la buena niña. Los tres, en cojunto, forman el espíritu rebelde dentro de la aparente pasividad del mundo adulto que confronta con el mundo de los mayores. El etiquetamiento basado en estereotipos absurdos. Y un ser hijos de quien somos.
La película nos muestra la relación de amistad, camaradería de tres chavales y la imposibilidad de conectar con quienes deberían ser sus referentes. Adolescencia en estado puro, sin más, y la insatisfacción por la incapacidad de transmitir, de conseguir que aquellos de quienes dependen; en su casa, en el instituto, en su entorno; les perciba como lo que verdaderamete son y quieren.
Y como no puede ser de otro modo, esa absoluta desconexión de mundos, de consecuencias vitales, de necesidades emocionales tan lejanas una de otros, nos sitúa a los personajes de esta película en dos planos confrontados: el de los adultos agobiados por sus vidas, insatisfechos, neurotizados, que pasan del incomprensible mimo del que todo lo entrega, a la cerrazón más absoluta cuando las expectativas creadas respecto de sus hijos, de sus alumnos, no responden a lo esperado. Y otro plano, el de unos casi críos que de la noche a la mañana se les transforma su vida de botellones, estudios aprobados a medio gas, proyectos que no llegan a nada (porque en la adolescencia a nada se llega nunca), unidos por esa extraña comunión que crea el apoyo al otro, a base de hormonas e incomprensiones enlazadas por la creencia de que el que tienes a tu lado vale un imperio.
Sin embargo, el contraste entre esos dos mundos que se convierten en antagónicos, por el mutuo desconocimiento y el aislamiento, entre unos respecto de los otro, se convierte en el embrión del desastre. Y hasta aquí puedo leer.
El modo en que está articulada la película: Tres chavales unidos por el nexo de camaradería que crea una batalla campal, servirá para presentarnos y adentrarnos en cada uno de sus protagonistas, a los que inicialmente iremos conociendo por las preguntas que les formula un interlocutor al que no veremos nunca, hasta llegar al final de la película. De manera que durante muchos minutos lo que tendremos frente a nosotros, al desnudo, serán los rostros de estos chicos que nos hablarán mucho más por sus expresiones faciales, sus movimientos corporales involuntarios, que por las propias palabras que pronunciaran mientras contestan un interrogatorio aparentemente amable.
Y en cada uno de estos bloques, en los que se nos presenta a cada uno de los muchachos y nos irán relatando la relación que entre ellos sostienen, nos llevarán hasta los escenarios de sus familias, de su instituto, escenarios personales que configurarán sus posteriores comportamientos y decisiones finales. Parques, graffitis, esperanza, baños en el mar, alcohol incontrolado, incomprensión, sordera, necesidad. Y buenas ideas, buenos sentimientos y buenas intenciones absolutamente tergiversadas por la vida misma que terminan colocando a quien las tiene en el disparadero de lo virulento y molesto.
La película, protagonizada por este grupo de chavales junto con otro buen puñado de adolescentes que permaneceran en segundo plano, formando parte del propio escenario de la película, cuenta con la participación de Aina Clotet (Julia), Ana Fernández (madre de Alex), Emma Vilarasau (directora del instituto), y cuenta con unas estupenda fotografía urbana y una música excepcional que acompaña magníficamente a cada uno de los estados por los que, en conjunto atraviesan sus tres protagonistas.
Debo reconocer que estamos frente a una película que encierra un tema mucho más profundo que la superficial rebeldía de la adolescencia y las brutales consecuencias que puede tener en algunos casos. Una buena película, pese que en algunos momentos, los movimientos de cámara un poco excesivos, y la lentitud de algunos pasajes, la hacen peligrar en su conjunto. Sin embargo, debo reconocer, que una vez digerida, y reposada, no puedo por menos que valorarla en su justa medida como una buena película. Y reconocer que bajar la ceja del recelo no fue una mala cosa.
Quizá vale la pena que los padres de adolescente la vean, junto a sus hijos, y reflexionen, cada uno por su cuenta, de lo lejos que acostumbramos a estar uno de otros, de lo desconocidos que somos pese a vivir bajo los mismos techos y compartir gran parte de lo material. La vida misma aunque a veces no queramos verla.
Por último, un ruego, que el hecho de que esté rodada parcialmente en catalán no les impida acercarse a las salas de cine, se perderían una buena película y, visto el panorama actual, no es fácil encontrarlas.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 11 2010

Solas: El día a día en la pantalla

Hay cosas que son buenas porque lo son, una de ellas es la película Solas. La primera vez que vi esta película el corazón me zozobró. Benito Zambrano con su ópera prima consiguió introducirme, desde el minuto uno de su filmación, en un mundo desolado, destruido, machacado en el que, pese a la cantidad de porquería que lo llenaba, existía un nexo de amor brutal y un grito desgarrado a la esperanza. Conjugar eso y llegar hasta allí es difícil. Arrastré la piel de gallina durante toda la proyección, a la que acudí por motivos profesionales y sin ninguna gana. Hoy, once años más tarde, cuando el tema de la violencia o la desestructuración familiar ha sido recreado en cientos de ocasiones, sigue poniéndome los pelos de punta. Reconozco que enmudecí. Sí, lo hice. Aún retumba en mi cabeza el “hueles a macho” de un cabrón que se muere.
El argumento del film es algo más habitual de lo que creemos.
María (Ana Fernández), vive en un barrio de la periferia de una gran ciudad, un lugar oscuro y problemático. Se gana la vida trabajando de limpiadora y ahora, próxima a cumplir los cuarenta años descubre estar embarazada de un hombre que no la quiere. Está sola. Por su parte su madre (María Galiana) ha pasado toda su vida junto a un animal, el padre de María, que la mejor caricia que le ha proporcionado ha sido una paliza. Su hija hace ya mucho tiempo que marchó de su lado y malvive cuidando a un marido enfermo que, ni tan siquiera en los últimos suspiros es capaz de dedicarle una palabra amable. Está sola. Su vecino (Carlos Álvarez), viudo, apura sus últimos años junto a Aquiles, su perro. Está solo. En un momento determinado, el destino aunará a estas tres personas, compartiendo lo que hasta ahora vivieron solas, lo que les permitirá poder seguir enfrentando sus vidas.
Soltar una soflama sobre la violencia familiar, que poco o casi nada tiene que ver con la de género (por mucho que en ocasiones se entremezclen), me sería muy sencillo. Hablarles del miedo en los ojos de quienes la sufren, de la desconfianza en cualquier cambio en sus rutinas, del sentimiento de culpabilidad del que sólo recibe palos, no me costaría nada, pero creo que estoy aquí para otra cosa y, esa cosa es decirles que si quieren un retrato real de lo que es la violencia familiar, se deben arrimar a esta película. Dejen la coraza en casa y entren a tumba abierta en la vida de cada uno de sus personajes, vivan la historia a su lado. No les dejará indiferentes, estoy segura.

Desde el punto de vista cinematográfico puedo decirles que con esta película no sólo se destacó Benito Zambrano, sino todos los actores que interpretaron los personajes de la película. Ana Fernández consigue transmitir toda la rabia del mundo y la impotencia ante la vida que le ha tocado vivir. María Galiana bordó su personaje de mujer doliente sometida a un animal porque eso es lo que toca. Hasta el momento, el trabajo de esta actriz en plena madurez no había sido reconocido más que localmente, sin embargo, a partir de esta película obtuvo la popularidad que la lanzó a participar posteriormente en un buen número de películas y series de televisión, entre ellas la famosa Cuéntame.
En esta película se conjugaron muy buenos elementos. Una estupenda dirección; una ambientación perfecta; dos personajes tan reales que, en algún momento a lo largo de la proyección dejan de ser tales y se transforman en dos mujeres de carne y hueso; y una historia que, quien más quien menos, puede conocer.
Para su realización Zambrano no contó que demasiados medios económicos, sino todo lo contrario, pero lo he dicho en muchas ocasiones, las mejores películas, las que más me tocan (hablo de mí), no suelen ser a las que se les han dedicado presupuestos brutales y artificios espectaculares, sino las que se han rodado con alma, con ganas, sin esperar mucho a cambio.
Explosión de realismo vital, una verdadera joya encapsulada en apenas 100 minutos de filmación. No dejen de verla, estoy segura que no les decepcionará.
© Del texto: Anita Noire


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