jun 27 2013

El hombre de acero: El cine no es un videojuego

Todo aquello que nazca para ser comercial terminará siéndolo. Por ejemplo, en un guión se pueden incorporar buenas ideas, seriedad narrativa, una estructura coherente. Lo que sea. Pero el afán comercial, ese querer vender a toda costa, lo estropea todo. Un buen guión como locomotora comercial es carne de marketing.
El hombre de acero tiene cosas muy buenas. Un guión que quiere tratar al personaje como el mito que es, unos medios técnicos deslumbrantes; una banda sonora muy bien diseñada (Hans Zimmer firma una partitura muy personal en la que sobresalen los graves para apabullar, una partitura que sin saber el nombre del autor se le adjudicaría a él; le acompaña Junkie XL); y un reparto que cumple más que bien (la sosería infinita de Henry Cavill habrá que perdonarla). Pero todo esto se lo entregan a un histérico que quiere deslumbrar moviendo la cámara sin parar (este no es otro que el realizador Zack Snyder) y todo se viene abajo. Todo a todo volumen, todo a toda velocidad. Y todo se reduce a un alarde vacío que termina por arruinar lo que podría ser un excelente trabajo.
El estruendo constante hace que lo demás -que es lo importante- pase a segundo plano. El ruido ensordecedor y la cantidad de puñetazos, explosiones, edificios derrumbados y aeronaves derribados. El final de la cinta es delirante en este sentido. Muy bien los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Pero El hombre de acero es una película de cine y no un videojuego. Y tanto alboroto no funciona bien.
Si ven la película comprobarán que faltando el ruido, quedando la cámara quieta unos instantes, pasan muchas cosas en la pantalla. Muchas e importantes. Una pena que el guión de David S. Goyer se quede en menos de lo que podría ser. La historia original fue escrita por este guionista y por Christopher Nolan. Como estarán comprobando, hay mucho nombre y mucho ego para un solo trabajo. Este ha podido ser un problema y de los grandes.
La película es irregular. Al querer dejar justificado y explicado casi todo, se pasa de momentos de gran vértigo a la calma absoluta, de una acción frenética a la reflexión profunda, de no decir nada a querer decirlo todo. Una historia que reinventa el mito de Superman aunque incluye todos los elementos que hacen del superhéroe lo que es.
Henry Cavill se podría haber quedado dormido en cualquier toma. Más parado, más inexpresivo y más soso no se puede ser. De hecho, ni se inmuta cuando aparece por allí Amy Adams que no está mal en su papel, pero que no hace pareja con este chico ni a la de tres. Michael Shannon es el villano. Creíble y contenido cuando su papel invita a todo lo contrario. Russell Crowe y Kevin Costner defienden papeles muy cortos aunque están bien plantados frente a la cámara. Hacen lo que les toca.
El hombre de acero es una película excesivamente larga. Lo que cuenta hubiera podido colocarse en una cinta de cien minutos como máximo. Pero como todo se envuelve con grandiosidad técnica y visual, la cosa se va alargando hasta causar pereza. ¿Es una película entretenida? Sí; los golpes, las explosiones y las naves espaciales que explotan, son muy agradecidas. Pero no deja de ser decepcionante. Las expectativas de muchos no han sido cubiertas en absoluto. Demasiados egos en la misma coctelera. Y, sobre todo, demasiado alboroto en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 29 2011

The Fighther: Las raíces más profundas

Excelente película. Sostenida de principio a fin por un actor del que siempre he pensado que era un marmolillo. Christian Bale. Reconozco que en The Fighter interpreta su papel de forma primorosa. Se integra con su personaje al máximo, se transforma físicamente, vocaliza como lo haría el verdadero Dicky Eklund. Fantástico, de verdad. Aunque en el resto de sus películas al que escribe no le diga nada. Otra interpretación de peso es la de Melissa Leo. Contenida, elegante dentro de un personaje cutre y casi ridículo que se rodea de una especie de tribu arcaica (sus hijas).
Excelente película que parece hablar de boxeo cuando, en realidad, lo que trata de explorar es esa relación tan íntima que se crea en las familias y que permite al individuo agarrarse a sus raíces llegado un momento difícil, esa ruptura que llega para dejar sellado por siempre jamás un pacto entre hermanos, padres e hijos que nunca se traiciona, pase lo que pase. El boxeo es un vehículo magnífico que se presenta lejos de los tópicos de siempre, con realismo y la profundidad necesaria, pero sin que arañe un gramo de importancia a lo fundamental.
Excelente película que firma David O. Russell. Este director puede gustar más o menos aunque tiene un indiscutible talento al contar historias y al dirigir actores. Tiene muy claro lo que quiere decir y, sobre todo, cómo ha de hacerlo. En The Fighther demuestra que merece la pena conocer su trabajo. Por cierto, el montaje es de lo más acertado. No hay un minuto que sobre y nada se echa de menos gracias a la focalización perfecta de la acción y la utilización de recursos adecuada.
Excelente película que narra cómo Micky Ward “El Irlandés” (Mark Wahlberg defiende el papel con solvencia) logra luchar por el campeonato de mundo de boxeo. Pegado a su hermano Dicky, viejo boxeador y viejo drogadicto, pegado a su madre, a una familia incómoda. Y a su novia Charlene (Amy Adams; esta defiende su papel a secas). Narra los conflictos que se generan en la familia con las nuevas incorporaciones, como la sabiduría de la experiencia puede subir a un ring con clara ventaja sobre la ilusión o el miedo. Narra como una familia entera claudica ante sí misma si es necesario.
Excelente película por su emotividad, por su música arrolladora, por su autenticidad. Excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


oct 22 2010

La duda (Doubt): Lo implícito mal entendido

El lenguaje es un arma muy poderosa. La contaminación de eso mismo es letal. La imaginación no tiene límites. El miedo puede llegar a destrozar cualquier cosa que se encuentre por delante. Ya sé que el lenguaje, su contaminación, la imaginación o el miedo no adquieren importancia si no hay personas que los usen o ejerzan. Y es en ese momento cuando aparecen nuevos ingredientes que complican mucho cualquier asunto que se trate con o desde esos elementos.
Eso es lo que trata de abordar la película del guionista y director John Patrick Shanley. Y lo hace de una manera muy eficaz, intentando que sea el espectador el que se involucre en la acción para dar sentido a lo narrado. Pero esto resulta ser muy eficaz por tramposo. Alguien con un criterio claro (el que sea) al valorar el cine, alguien que no se deje llevar por cualquier propuesta en la que tenga que asumir tareas que no le corresponden e, incluso, el que demande una dosis de información que aclare lo que está pasando, saldrá irritado de la sala (de cine o de casa) después de ver la película.
Está muy bien sugerir al narrar, esta muy bien expresar para que el espectador crea lo que pasa sin tener que asumir como cierto lo que la voz narrativa dice (podría tener intenciones que nos llevaran a sacar conclusiones erróneas) y está muy bien buscar la forma de contar que no sea exclusivamente informativa. Todo eso está muy bien. Pero el problema es no dar con las dosis adecuadas de cada ingrediente. Recortar la información no puede convertirse en una actitud cicatera con ella. Eso es un error monumental. La propuesta de John Patrick Shanley es esa y la hace apoyándose en algo completamente absurdo. Hablo de la duda y la genero en el espectador para que la experimente. Resultado: todo queda difuso, no pasa nada, los diálogos (que podrían ser brillantes sin esta carga tan pesada) se convierten en palabras huecas. Eso por un lado, pero, por otro, me parece que esa experiencia ofrecida al espectador sobra. No es algo inalcanzable. Con despertarse por las mañanas es suficiente para tenerla sentada a la derecha. Busca el director una salida airosa introduciendo asuntos religiosos, trascendentes, niños (muy impresionantes en estos casos); asuntos prohibidos por las promesas pasadas; asuntos dudosos porque el pasado existe. Cosmética, puro adorno. La película se vacía desde muy pronto. La secuencia en la que el sacerdote abre una taquilla, deja algo dentro y de va ya indica, claramente, que la cámara se moverá al ritmo que demande una trampa enorme, que irá como gallina sin cabeza detrás de la voz que más convenga para llevar al espectador a un territorio lleno de lodos.
Puede colar esta película por otras razones. Como ya he dicho, algunos de los diálogos son estupendos (aunque luego no sirvan de nada al topar con la torpeza de un mago sin chistera); las interpretaciones son notables (Meryl Streep, soberbia; Philip Seymour Hoffman, notable; Amy Adams defendiendo un papel bastante soso con nota alta); la banda sonora se acopla al ritmo narrativo sin estruendo, pero con acierto. En fin, todo en su sitio. Por esto puede colar.
Por no ser injusto, diré que algunos detalles están tratados con acierto. Por ejemplo las apariencias. El sacerdote luce las uñas de las manos algo más largas de lo habitual. Y se las muestra a los niños del colegio para que comprueben que aún así pueden estar limpias, para que les sirva de ejemplo. La directora del colegio, la hermana Beauvier, cuando mira las manos del sacerdote ve las de un hombre con tendencias peligrosas para un colegio de niños. Me vino a la cabeza, cuando veía esta escena, la historia que me contó mi padre en una ocasión. Yo miraba a un muchacho con pendientes (era la primera vez en mi vida que veía algo así, eran otros tiempos), miraba, y cuando iba a decir algo, mi padre levantó la mano para que no lo hiciera. ¿Sabes quiénes son Daoiz y Velarde? Pues son héroes de la guerra de independencia española. Al morir llevaban sus aros colocados en las orejas. Como esos que ves. Era la forma de distinguirse frente a los otros porque habían estado en Filipinas. Así que antes de decir algo te lo piensas. Pero no todas las propuestas que aparecen a lo largo del metraje están bien resueltas. La tacañería en la información y ese afán por generar sensaciones no terminan de funcionar bien. Al cine se va a muchas cosas, pero una de las fundamentales es que vamos a que nos enseñen un cosmos, a que nos lo cuenten desde un lugar privilegiado. Incluso a tener sensaciones y experimentar cosas nuevas. Pero a lo que no vamos es a inventarnos las cosas. Eso lo podemos hacer en casa y gratis.
©Del Texto: Nirek Sabal


may 26 2010

Julie y Julia: Lo que nos llena


Hay días que uno sólo necesita ver la cara amable de las cosas. Hay días que hasta lo más aciago deja de tener peso si encuentras un puntito dulce en el que recrearte y eres capaz de relamerte buscando la dulzura que, a veces, no tiene el día a día.
Las películas de Nora Ephron tienen eso, pueden parecer comedias dulzonas, a veces incluso empalagosas, pero no se dejen engañar. Una fotografía amable, un final feliz, es un bonito disfraz; la noñería puede enmascarar muchas más cosas de las que parecen mostrarnos a priori.
Metan el dedo en la tarta, rebusquen entre la nata y encontraran, como ocurre con el roscón de reyes, una sorpresa. Es el caso de Julie y Julia, una historia de desconcierto, hastío y necesidad de búsqueda de cosas propias que llenen la individualidad, el mundo particular de cada uno. Nuestra intimidad, la necesidad de hacer cosas por nosotros mismos, para deleite o disfrute única y exclusivamente nuestro.
Una mujer Julie Powell (Amy Adams), con vocación literaria y una novela guardada en el cajón de su casa, trabaja para la administración del Estado de Nueva York, escuchando a las víctimas del 11S, y recogiendo las quejas, sugerencias y lamentos de las victimas de aquel suceso. Un trabajo que no la satisface y que la tienen al teléfono, todas las horas del día, escuchado reproches e historias inmensamente tristes. Junto a su marido, cambian de barrio, alejándose del espectacular Brooklyn para instalarse en Queen. Sus amigas, unas obsesionadas con sus puestos directivos y su aspecto físico, le producen una enorme insatisfacción y la sensación de estar fuera del mundo.


Se siente profundamente insatisfecha, sin nada que le permita desconectar de un mundo y conectarse con ella misma. Una afición: la cocina. Una idea: aprender la verdadera cocina francesa. Un objeto: el libro “Dominando el Arte de la Cocina Francesa” (Mastering the art of french cooking), clásico libro de cocina de la célebre cocinera Julia Child (Meryl Streep). Un objetivo: Cocinar todas las recetas del libro en 365 días mientras explica en un blog personal lo que va experimentando, a diario, con su nueva afición. Una consecuencia: el reconocimiento de su capacidad y su vocación como escritora, el relleno del vacío que su vida privada, íntima y personal tenía.
A lo largo de la película, la vida de Julie, el presente, y la de Julia, el pasado, se irán reencontrando, una y otra vez, mostrándonos los continuos paralelismos entre ellas. No en sus vidas del día a día, sino en sus sensaciones, inquietudes y necesidad de lugares propios y únicos.
Me gusta la película. Me gusta mucho. No se dejen engañar, la vida a veces es una mierda, pero cuando encuentras aquello que te llena, a ti (sin intervención de tercero, sin necesidad de complacencias), y puedes dedicarle algún tiempo, por poco que sea, nuestra existencia se convierte en una maravilla. Pónganse un objetivo a corto plazo, hagan una cosa al día que realmente les guste. El mundo cambiará de color. Yo ya he empezado a hacerlo.
© Del Texto: Anita Noire