abr 16 2012

Recuerda: Los sueños de diseño

Varias veces, desde los 19 hasta los treinta y tantos, me sometí a sesiones de psicoanálisis más por curiosidad y morbo que por pura necesidad, resultándome siempre una experiencia decepcionante que me dejaba en la más absoluta ruina económica y espiritual. En esas investigaciones mías psicoanalíticas, me interesaban más las respuestas del especialista que mis propias cuestiones. Trataba de poner a prueba a un impasible doctor A. sentado en un despacho verde reluciente relatándole una amplia variedad de sueños, deseos y preocupaciones. Hubo un tiempo, recuerdo, en que sufrí una serie de misteriosos sueños con animales  salvajes. Esos sueños me intrigaban muchísimo por la profundidad y la dificultad de interpretación, la impresión tan agradable que me producían al despertar y el fortísimo recuerdo que me dejaban de calma y quietud, que años más tarde todavía conservo. Cuando le relaté al doctor A. mis madrugadas buceando en lagos del norte con osos negros del Canadá, nadando con delfines celestes en el mediterráneo o persiguiendo a un zorro domesticado de una vecina millonaria en una urbanización marbellí, el doctor A., inexpresivo siempre, lo achacó, simplemente, a mi extrema simpatía y apego por los animales, y me felicitó por esas noches tan exóticas y sublimes de fauna silvestre y marina. Aquella fue mi última visita al doctor A., dejándole la consulta pendiente de abonar y un mogollón de cuestiones sin resolver.
Mucho más efectivas me parecieron las sesiones de la doctora Piterson con John Palantine, amnésico y supuesto asesino. El milagro de descubrir un asesinato y un pasado olvidado, era más o menos lo que yo esperaba del psicoanálisis. Una mezcla de Hitchcock y Dalí llena de pistas oníricas y alucinantes dónde el diccionario de sueños resulta una ciencia exacta. Dónde los médicos son realmente los detectives del subconsciente, los investigadores más fiables y matemáticos.
Los síntomas de desmayo ante la visión de una bata de rayas blancas o una colcha de rayas negras, el sueño de unas cortinas con ojos recortadas con unas enormes tijeras, el jugador barbudo de cartas blancas, el siete de copas, la rueda que cae desde el tejado y la persecución por las enormes alas de un ángel resultan las pistas para delatar al verdadero asesino. Por otro lado, la amnesia es remediada en cuanto el enfermo la asocia con el recuerdo que la provocó, en este caso, un fuerte sentimiento de culpabilidad por la muerte del hermano. Toda esta trama la narra Hitchcock mediante sueños diseñados por Dalí y desde sus ideales planos subjetivos dónde la cámara está dentro del vaso de leche blanca, y los zooms alcanzan hasta la línea más delgada de un batín.
A lo mejor la doctora Piterson me hubiese revelado alguna teoría algo más interesante y morbosa de mis sueños. El porqué tenían que ser osos negros de Canadá y no osos pardos ibéricos. A lo mejor, todas las respuestas estaban escondidas en un pequeño microfilm, secreto y misterioso, oculto bajo las aguas del Yukón, entre montañas costeras y  bahías de glaciares.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 19 2011

La Soga: La negación del crimen perfecto

Mi reflexión sobre La soga es una mezcla entre la teoría del superhombre de Nietzsche y libros como Crimen y castigo y La rebelión de las masas.
El asesinato de un hombre por el mero hecho de parecerle inferior a otros, el dilema de Dostoievski sobre lo conveniente de la muerte cuando uno, parece, no es de utilidad y provecho para la humanidad y la división que hace Ortega y Gasset entre el hombre-masa, hombre ordinario que proclama la vulgaridad, y el hombre selecto, intelectualmente superior, se asemeja mucho a la premisa de Hitchcock en esta película, cuando una pareja de brillantes universitarios asesinan a un compañero sólo por demostrar su valía intelectual trazando un crimen perfecto. Y como si de un juego de competición se tratase, los dos amigos se la juegan dando una cena a familiares y amigos de la víctima sirviendo la mesa sobre el viejo arcón dónde está escondido el cadáver.
Ésta, que fue la primera película en color de Hitchcock, pero que yo recomiendo ver en blanco y negro, es todo un experimento técnico grabado en tiempo real, en un principio pensada para filmarse en un sólo plano secuencia, pero ante la imposibilidad de las cámaras, que sólo podían grabar 10 minutos seguidos, fue rodada con varios planos secuencias fundidos en las chaquetas de los personajes.
La genialidad para grabar en una sola localización interior, manteniéndonos durante toda la película en el mismo apartamento, como hizo en La ventana indiscreta o en Crimen perfecto es una de las, para mí, especialidades de Hitchcock, dónde nos convierte en vouyeurs y cómplices de todos sus crímenes. El resultado es un film de acción continua de apariencia teatral brillante.
El desenlace final, no sólo demuestra, otra vez, que no existe el crimen perfecto, sino que desarma cualquier teoría basada en la superioridad de un superhombre y la inferioridad de un mediocre. A mí, al menos, siempre me ha convencido más la filosofía del perspectivismo, que es la que se encarga de relativizarlo todo. Y en el caso de aparecer un superhombre en esta película, ese hombre se llama Alfred Hitchcock, sin ninguna duda.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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dic 8 2010

Con la muerte en los talones: Espías en el país de las maravillas

Una confusión, por pequeña que sea, puede cambiar la vida de cualquiera. En realidad, la vida sigue su curso entre millones y millones de pequeñas o grandes confusiones. Todo es confusión en un universo que queremos ordenar y nos lleva ventaja en todas las ocasiones.
Esto podría ser excusa para grandes discusiones sesudas y eternas o, por el contrario, convertirse en una de las mejores películas de suspense de la historia. Alfred Hitchkock se decantó por la segunda de las opciones afortunadamente para todos. Con la muerte en los talones es una película fantástica por su ironía, por su ritmo, por lo bien contada que está; por las interpretaciones de Cary Grant, Eva Marie Saint (a decir verdad, algo sosita) y James Mason; por uno de los mejores guiones escritos para una película de suspense (lo firmó Ernest Lehman huyendo de las trampas, de escatimar información y esas cosas que se suelen hacer en este tipo de películas y son un insulto a la inteligencia del espectador) y por ser uno de los rodajes mejor diseñado de la historia del cine.
La dirección de actores de Hitchkock es soberbia. Logra que Eva Marie Saint pase desapercibida (insisto algo sosita) y eso es todo un éxito. De la interpretación de Cary Grant saca petróleo (este actor tenía unas limitaciones muy importantes al defender cualquier papel que se le diera).
La elección de los escenarios aportan una grandeza a la película que no tendría (seguramente) si se hubiera rodado con otros diferentes.
El punto de vista, como siempre fue en las películas de Hitchkock, es el exacto.
En fin, todo en su sitio. Brillantez.
Un ejecutivo del mundo de la publicidad se ve envuelto en una trama peligrosa por una confusión. Alguien le reconoce como un agente de la CIA que, ni siquiera, existe (el agente porque, desgradiadamente, la CIA existe y mucho). Esto le lleva a huir acusado de robo, de asesinato y de cualquier delito que ocurra cerca de él. En esa huida conoce a una mujer bellísima, sosísima y misteriosísima, que será fundamental en el desarrollo de las peripecias del pobre ejecutivo. Y a los malos. También va conociendo malos que quieren acabar con su vida. Kilómetros de escapada, intentos de asesinato, asesinatos terminados, agencias de inteligencia, aviones estrellados o una persecución por el Monte Rushmore, son algunos de los ingredientes de la trama.

La película es, entre otras cosas, una sátira sobre ese mundo tan oscuro y peligroso que protagonizan los espías y las personas sin escrúpulos que desean ganar dinero a costa del bienestar mundial. Con Hitchkock todo eso se convierte en un desastre absoluto, el territorio perfecto para enamorarse, en una ridiculez. Algo sin pies ni cabeza.
El guión se salpica de inteligencia en su conjunto, de ingenio para que se luzca Cary Grant, de nostalgia sobre la que se construye el personaje femenino y de maldad en la que se rebozan los forajidos. El resultado es una fina ironía que cubre el mundo.
Esta es una película que nunca falla. Los jóvenes se divierten, los adultos se divierten. Puede verse en familia y disfrutarse en cualquier momento.
Posiblemente se puedan decir cosas mucho más profundas sobre Con la muerte en los talones. Se han escrito libros completos sobre la película. Sin embargo, yo lo dejo aquí. A veces, lo mejor es tomarse las cosas con calma, sin tanto interés por el fondo de las cosas, sabiendo que tanto pensar puede quedar en nada por un despiste del lector o del que escribe, por un pequeo detalle que lleve a la confusión total. Lean esos libros. Yo me conformo con recordar que esta película es estupenda, que hay que verla y, sobre todo, disfrutar con ella. Es algo que estamos perdiendo de vista con tanta palabrería: el cine hay que disfrutarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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dic 4 2010

Atrapa a un ladrón: Alfred Hitchcock brillante aunque no genial

Hace un día gris, frio, desapacible y lo que menos apetece es salir a la calle. Si miro a la ventana, el tiempo deprime así que, corro las cortinas, y me traslado a la Riviera Francesa, aunque sea mirando una pantalla plana. Para el viaje, una cinta de Alfred Hitchcock. Atrapa a un ladrón.
Durante el verano de 1954, en la Riviera francesa, se dan una serie de robos en los hoteles de lujo y mansiones de la zona. Los principales sospechosos: John Robie (Gary Grant) un ladrón de guante blanco, apodado “El gato”, retirado y afincado en la Costa Azul, es el principal sospechoso junto a Frances Stevens (Grace Kelly), una joven americana, hija de una viuda multimillonaria, Jessi Stevens (Jessi Rossie Landis). Frances es, además de millonaria, voluble, enamoradiza y terriblemente apasionada. John es refinado, meticuloso y calculador. Robie está dispuesto a desenmascarar al autor de los robos y para ello contará con la ayuda de Frances.
Hay películas que desprenden elegancia en la forma, en su contenido, en su estética, en el todo, aunque su trama sea de lo más corriente. Eso es precisamente lo que le ocurre a Atrapa a un ladrón. Puede que no sea una de las mejores películas de Alfred Hitchcock, pero es una estupenda combinación de suspense, misterio, romance y comedia, todo ello sin olvidar la constante carga sensual que esta cinta encierra. Dicen que durante el rodaje la química entre Grant y Kelly fue más alla de lo que se rodaba, pero es que no me extraña, ¿Quién hubiera podía resistirse a Grant? No creo que ni la rubia de hielo (Kelly) pudiera hacerlo ni, si tenemos que hacer caso a los mentideros de la época, lo hiciera. Sin embargo, fue durante el rodaje de esta película cuando conoció Grace Kelly a Rainiero de Mónaco y perdimos a una de las actrices más glamourosas del cine.
Se la considera una obra menor dentro del cine de Hitchcock porque los personajes carecen de profundidad psicológica y el argumento, contrariamente a lo que ocurreen otras películas del cineasta, es excesivamente sencillo. Sin embargo, no termino de entender la fijación de algunos en calificar de malo o mediocre lo que no roza la genialidad. Esta película ni es un relumbrón cinematográfico, ni tampoco es,como algunos la han calificado, una obrita de tres al cuarto.
Si entre las finalidades del cine está divertirnos, entretenernos; no debemos olvidar que esta película lo hace. Nos tiene pendientes de lo que ocurre en la pantalla y de lo que nos cuenta, a la misma vez que nos permite disfrutar de unas magnificas localizaciones de la Costa Azul, incluidas las famosas curvas en las que años más tarde, como un mala casualidad de la vida, Grace Kelly perdería la vida.
Una buena película, pese a las críticas. Estoy segura de que si en lugar de firmarla Afred Hitchcock la hubiera firmado cualquier otro director, la consideraríamos una de las grandes películas de los años 50. Pero, solemos ser feroces con los genios cuando ponen la genialidad a descansar. Sin embargo, no debemos olvidar que es una buena cinta, que nos permite pasar un rato más que agradable aunque sea sencilla y previsible. A buen seguro, cuando lleguen al final de la cinta, quedarán con un buen sabor de boca.
© Del Texto: Anita Noire

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nov 29 2010

Topaz: Las cosas serias desde el ridículo

Si tuviera que dar el nombre de una película que vi siendo niña, de la que no entendí nada, pero de la que sea capaz de recordar alguna escena que me impactara especialmente; esa es, sin duda, es Topaz. Una tarde de domingo, con no más de diez años, en una sesión doble del cine de mi barrio,  fue cuando la vi. Y me enfadé porque yo no entendía nada y mis hermanos mayores hablaban sin parar de ella, sin que yo pudiera decir ni media.
Una película sobre la guerra fría, sobre espías, traiciones y un lío descomunal sobre secretos militares y políticos, sobre Cuba, sobre la ex-Unión Soviética y sobre todas esas cuestiones que durante años preocuparon al mundo y que un día dejaron de importar. Todo eso lo sé ahora, pero lógicamente no cuando por primera vez pude ver, en una sala de cine, de esas de reestreno, esta película dirigida por Alfred Hitchcok.
Creo que muy pocas personas la recuerdan y creo que muchísimas menos saben que es el genio del cine de intriga y suspense quien la dirigió. Creo que ni siquiera yo recordaría nada si no fuera porque me empeñé en tener una copia de esta cinta y, hace ya algún tiempo, me senté a buscar esa escena que recordaba con una claridad meridiana; la de una mujer a la que le sangra abundantemente y deja un rastro que la traicionará y la encaminará a un final fatal.
En 1962, un oficial de los servicios de espionaje soviéticos, Boris Kusenov deserta a Estados Unidos desde Dinamarca junto con su esposa e hija, llevando con el información sobre los acuerdos de misiles entre los rusos y Cuba, así como de la existencia de una organización llamada Topaz, controlada por los franceses, que pasa información de la OTAN a la a la Unión Soviética. Nordstrom (John Forsythe) es el agente de la CIA encargado de interrogar a Kusenov, y solicita la ayuda de su amigo, el agente francés André Devereaux (Frederick Stafford). El francés, junto a su mujer Nicole (Dany Robin), su hija Michèle (Claude Jade) y a su yerno, el periodista François Picard (Michel Subor) viajará a Nueva York, para trabajar en la investigación e interrogar al representante de Cuba que debe hablar ante la ONU. Tras un plan complicadísimo, Devereaux consigue robarle a Rico Parra (John Vernon), el representante cubano, los datos que permiten confirmar las sospechas sobre la existencia de Topaz y la fuga de información. Con todo ello, volará hasta Cuba, donde se encontrará con su amante, Juanita de Cordoba (Karin Dor), una espía contrarevolucionaria, relacionada también con Parra que terminará muerta a manos de éste último. Devereaux regresa a Francia y allí descubre que su mujer, Nicole, es la amante de Jacques Granville (Michel Piccoli), compañero suyo en la resistencia francesa. El yerno, Picard, por su lado, continúa sus investigaciones e interroga al funcionario de la OTAN, Harri Jarré (Philippe Noiret), quien aparece muerto al poco tiempo. Finalmente Picard muestra a la familia un retrato de Jarré y Nicole termina admitiendo que le conoce y, confiesa el nombre del jefe de Topaz, que no es otro que su amante Granville, el topo.
Topaz es una de las últimas películas que dirigió Hitchcok. Una película de traiciones en lo político y en lo personal. Una película que creo que no ha sido demasiado comprendida dentro de la filmografía de este director. La película está basada en la novela de Leon Uris (creo que por mi casa corre un ejemplar, comprada en una librería de lance por el mismo motivo que por el que adquirí la cinta, un impacto infantil).
Puede que una de las cuestiones que llama la atención en esta película es el hecho de que el director renunció a que la misma fuera protagonizada por actores de relumbrón y que apoyara gran parte del desarrollo de la doble trama de la película (la amorosa y la política) sobre los actores secundarios que intervienen. Puede que también sea que, por primera vez, deja de lado a su compositor musical habitual y se hace acompañar por Maurice Jarre o porque el guión, pese a quien le pese (incluso a Truffaut), es bueno, muy bueno.
En su día obtuvo unas críticas fatales (eso me dijeron mis mayores). Sin embargo, cinematográficamente hablando contiene unos estupendísimos planos que son incluso novedosos en la manera de filmar de Hitchcok (pese a que ya estaba llegando al final de su carrera). En todas y cada una de las escenas relevantes de la película encontrarán una doble intención, nada es lo que parece y eso, pese a que dicen que es la película menos hitchcokiana, nos devuelve al maestro una y otra vez.
En su día me impactó la mano sangrante. Hoy me quedo con la muerte de Juanita de Cordoba a manos de Parra. Una muerte vista desde arriba con un despliegue del vuelo de su falda morada que quita el hipo. Una de las imágenes más bonitas de toda la película.
Puede que esta cinta la guarde en mi haber por aquello de las cuestiones sentimentales pero se la recomiendo para que puedan ver como caricaturizando al mundo (no se pierdan el aspecto de los cubanos -todos toscos y, y el de los franceses muy refinados y preparados para dar para el pelo) pueden contarse cosas tan serias como lo hace el genio Hitchcok; la traición, se dé donde se dé, siempre tiene un precio.
Véanla.
© Del Texto: Anita Noire


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nov 6 2010

Los Pájaros: El miedo ante lo inexplicable

Cualquier manifestación artística puede soportar diferentes lecturas, diferentes interpretaciones, pero eso no quiere decir que podamos pensar cualquier cosa, que podamos dejar la imaginación libre para interpretar lo que nos venga en gana. El autor de una obra quiso, al crearla, decir algo muy concreto. Es muy difícil que sea posible llegar a eso tan exacto puesto que los ojos que miran pueden hacerlo bien, mal o regular, aunque el sentido autentico está donde debe estar.
Cuando nos enfrentamos a una película difícil, cargada de sentido, llena de objetos convertidos en símbolos; lo más prudente (al menos durante un primer contacto) es ceñirse a lo que se narra intentando entender. Sin inventar, sin especular. Si esa película, además de compleja, la firma Alfred Joseph Hitchcock, lo mejor es sentarse tranquilamente, dejarse sorprender, buscar la carga irónica en cada secuencia y disfrutar de ella. No quiero decir con esto que sea imposible sacar conclusiones correctas, pero, creo yo, que un buen aficionado al cine no debe hacer un papel que no le corresponde (el de analista profundo del más mínimo detalle), entre otras cosas, porque puede hacerse un lío monumental.
Francamente, después de haberse escrito cientos de ensayos sobre Los Pájaros, después de poner (psicólogos, críticos y cinéfilos de todas las categorías) la película del derecho y del revés, sin que nadie haya sido capaz de aislar soluciones definitivas, supongo que lo mejor es hablar de la película con humildad y sólo de lo que parece más claro. Es lo más saludable.
¿Que es eso de hablar con humildad de una película? Pues comprender, asumir, que las preguntas que se nos plantean (las buenas de verdad) no sirven para encontrar respuestas, sino para que nos hagamos otras. Esto sirve en cine, en literatura o en escultura. Es algo universal.
¿Por qué hacen los pájaros eso? Ni idea. Pero sí nos sirve esa cuestión para plantearnos otra. ¿Para qué sirve todo este follón? Ya nos podemos ir aproximando a lo que podemos agarrar y observar. ¿Qué significado tiene un ataque de los pájaros? Ni idea. Pero ¿qué significa eso para los personajes, cómo les hace evolucionar? ¿Es tan importante el comportamiento de los pájaros? ¿No es mucho más interesante (al menos posible) observar cómo evolucionan los personajes y el escenario de la película? De este modo, preguntando, vamos aislando lo que podemos entender. En definitiva, lo que nos importa para poder acercarnos a lo profundo de la película (lo inexplicable nos mete en problemas, nos deja frente a nuestra debilidad como humanos, nos coloca frente a esa precariedad de la existencia tan incómoda). Y, qué casualidad, ya estamos justo en el lugar que estábamos buscando. Lo inexplicable (el director ya se encargó de no dar una sola pista sobre el verdadero sentido de la película) y de sus consecuencias. Pájaros que hacen añicos el orden y personajes que evolucionan hacia un lugar que, poco a poco, iremos descubriendo a lo largo de la película.
Los Pájaros cuenta cómo Melanie Daniels (Tippi Hendren) conoce en una pajarería de San Francisco a Mitch Brenner (Rod Taylor). Melanie viajará a Bahía Bodega, localidad costera en la que vive Mitch junto a su hermana (repelente) y a su madre (posesiva, inquietante, seca), para entregarle una pareja de periquitos. Por allí encuentra, también, a la maestra de la escuela (fue novia de Mitch). Se entablan relaciones entre todos ellos mientras los pájaros de la zona comienzan a tener un comportamiento extraño que termina en ataques contra la población de Bahía Bodega, con la invasión y destrucción de toda la zona. El resumen es muy breve, ya lo sé. Pero creo que la película ha de verse. Contar aquí más que esto es estéril.
Es mucho más interesante hablar sobre el punto de vista que se utiliza para narrar. Lo subjetivo se impone. La secuencia en la que Melanie va desde un lado a otro de la bahía es un ejemplo perfecto. Vemos los planos que corresponden al personaje intercalados con los que nos enseñan su propia mirada. De este modo, el punto de vista de ella toma una importancia definitiva en la película. El espectador ve lo que Melanie y está obligado a interpretar desde ese territorio. Pero, también, hay planos en los que nos convertimos en pájaros. El momento en que el plano muestra la población desde una altura considerable mientras que el desastre es ya absoluto y van apareciendo pájaros por detrás de la cámara, nos hace ver lo que los pájaros ven. Todo está a su merced. Aparecen y se lanzan al ataque. La fragilidad del ser humano la contemplamos desde los ojos de las aves. Los puntos de vista que se van configurando a lo largo de la proyección van creando un clima que va desde una comedia ligera al más absoluto terror.
Otro aspecto técnico muy interesante es el uso que hace el director del back-projection. Esto es la forma de filmar que utiliza un fondo neutro para proyectar imágenes ya creadas y sobre las que actúa el personaje. Por ejemplo, esas escenas del cine clásico en las que el personaje viaja en coche y vemos como pasa por su espalda una imagen en movimiento para imitar el movimiento real cuando, en verdad, el vehículo está parado. Los exteriores los tenía muy a mano el director. Si hubiera querido podría haber rodado todo utilizando el medio natural. Pero lo hace así porque sabe que, de este modo, el personaje parece ajeno al entorno. Todas las tomas en las que se utiliza esta técnica tienen como protagonista a la guapa Melanie. Esto mismo lo hace Tarantino en Pulp Fiction. ¿Recuerdan, por ejemplo, cuando el mafioso que interpreta John Travolta, se chuta y va en coche hasta la casa de Mia? Pues ahí lo tienen. La misma técnica para sacar al personaje del entorno, para que sea ajeno a lo que pasa a su alrededor.
Los personajes femeninos principales avanzan todos en el mismo sentido. La maestra de escuela, Annie (Suzanne Pleshette), la madre de Mitch (Jessica Tandy) y Melanie sienten miedo a la soledad. Cada una de ellas lo siente por una causa distinta. Pero se adaptan como pueden en el orden que les presenta el mundo. Pero claro, los pájaros destruyen ese orden, convierten todo el un caos absoluto. Los miedos se suman. A la soledad, a no saber, a no poder ordenar la vida con cierto sentido. Es muy interesante observar cómo cada una de las mujeres deja que sus miedos se hagan mayores a medida que se van conociendo, a medida que hablan unas de otras. Aparece una nueva (Melanie) y un pequeño desorden se produce en la vida de todas incluida la propia Melanie. Un caos tan terrible como el que producen los propios pájaros. Porque nuestro pobre héroe (Mitch) es el encargado de proteger a todas ellas, de amarlas como hijo, como amante, como amigo o hermano. Y él está tan desconcertado, tan falto de ideas como ellas. Cuando se encuentran caos y cuando las aves organizan la fiesta terrorífica que Hichcock les tenía preparada, caos.
No hay música. Sólo escucharemos los aleteos y los graznidos o el piar de las aves (por cierto, no se trata de aves horribles, no. Son gaviotas, gorriones y cuervos. Nada del otro mundo). Bernard Herrmann hizo un trabajo con ayuda electrónica que pone los pelos de punta. Si tenemos en cuenta la época en la que se rodó la película, podemos intuir un afán experimentador por parte del director. Era extraño no apoyarse en una banda sonora para matizar cada escena o crear un clima determinado.
Los diálogos son fantásticos. Por sí mismos hacen que la acción progrese, que los personajes ocupen los puestos que tocan. Por ejemplo, la conversación que se mantiene en el bar del pueblo entre una experta en aves que intenta explicar lo que sucede desde los conocimientos científicos, un borracho que alude al fin del mundo y al juicio final (como ven dos extremos opuestos), el protagonista confuso y tratando de hacer lo que puede, es maravillosa. La forma de ridiculizar la razón ante lo inesperado, ante lo incomprensible, me parece que es un ejemplo de lo que se tiene que perseguir cuando se escribe un guión. Eso sí, los decorados son fundamentales para que los matices del lenguaje se vuelvan casi extravagantes. Presten atención a la decoración de la casa de Annie. Discos de música culta, reproducciones de Braque, buena literatura. Todo lo que dice se ve envuelto por esos objetos.
Lo inexplicable, sus consecuencias y nuestro lugar en el mundo. El resto, todo lo que se me ocurre, forma parte de la subjetividad y nada aportaría al lector. Será mejor que se sienten, que pulsen la tecla del mando a distancia y disfruten con Los Pájaros. Y que hagan lo que les pida el cuerpo con sus sensaciones. Todo menos buscar respuestas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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