mar 23 2014

Nebraska: Transcurrir en el camino

La vejez tiene algo de la infancia. Supongo que en parte es por esa cierta ingenuidad. Creo que otro tanto es porque una de las realidades protagonistas de ambas etapas es algo así como el accidente de la carencia. No es que en toda la vida que está entremedio, entre la infancia y la adultez, no padezcamos la carencia (no carezcamos; ¡vaya si así fuera!), sino que se escabulle entre otras circunstancias e incluso, en ocasiones, destructivamente, la generamos. En cambio, en la infancia y en la vejez esa carencia cobra un papel mucho más protagónico. Eso nos pone en víctimas y artefactos de un paso del tiempo o de una falta del paso de él. Permanentemente, en esas etapas de los extremos del camino de la vida se carece de la posibilidad de, y hay que esperar (en la infancia) o hay que asumir que ya pasó el tren. Creo que en el resto de la vida pasa casi idéntico, pero es un problema mucho menos evidente porque en realidad podemos atribuir la carencia a infinidad de cosas. En la infancia o en la vejez las causas se ponen ante nosotros de maneras tan evidentes como desde lo físico, y entonces ya nadie pone en duda esto a lo que me refiero con la noción de accidente.
El anciano que interpreta Bruce Dern en la última película de Alexander PayneNebraska– quiere dos cosas pero no tiene dinero para conseguirlas: un compresor eléctrico y un camión. Infantilmente las quiere. Caprichosamente. Pero sinceramente las quiere. Como acaba de recibir una carta que le comunica algo así como que ganó un millón de dólares, se propone llegar hasta Nebraska donde debe recoger su premio que le permitirá entonces comprarse lo que desea. Así de sencillo, sencillamente. Pero la carta no es más que una tontería engañosa que cuela perfectamente en la ingenuidad de la vejez, como colaría en la infancia, y entonces su esposa y sus hijos intentan hacerle entrar en razones, aunque sin éxito. Es tierno verlo a Woody empecinado en llegar a Nebraska para poder cobrar su premio. Y algo de esta ternura parece penetar en la sensibilidad de su hijo menor, quien finalmente accede a aventurarse con su padre en las carreteras de esta norteamérica profunda que ya nos había mostrado Payne en About Schmidt.
On the road, Woody y su hijo David atraviesan los pueblos de hamburgueserías con la tensión que supone una aventura hecha por parte de uno con total convicción pero también demencia y senilidad, y por el otro, con reticencias y una carga de mucha responsabilidad. Como Woody sufre un pequeño accidente, deben detenerse en un hospital a descansar y entonces deciden interrumpir el viaje para parar en casa de tía Marta, que está de camino. Aquí llegamos al pueblo de la infancia de Woody y se nos abren las puertas para conocer a toda la familia frente al televisor viendo los deportes, y a toda una serie de personajes que habitaron el pasado de este hombre que no parece haber contado a sus hijos exactamente quién fue.
¿Qué otra cosa se puede hacer a esa edad, en el final de la vida, si no es creer en algo para que ocurra alguna cosa y transcurra el camino? Ir a buscar ese premio inexistente es una aventura, y por ello su hijo decide seguirle el juego: porque alguien tiene que jugar con él como alguien tiene que jugar al menos cinco minutos con un niño si queremos evitar que se aburra y demande más y más atenciones. Alguien tiene que abrir el juego. Pero al llegar al pueblo de la infancia, esto que para la familia de Woody es evidentemente un juego (aunque no por ello lo apoyen o lo avalen todos los miembros), para los habitantes del pueblo, tan viejos como el mismísimo Woody, es real. Tan real como los Estados Unidos y su comida chatarra y la cerveza y el bar de toda la vida. Entonces, cada uno dirá lo que tenga de decir en relación a un millón de dolares latentes e inminentes. Habrá quien se quiera cobrar supuestas deudas pendientes. Y Woody… Woody avanza como un niño al que otros chicos mayores, abusándose de la diferencia de edad, le hacen algunas malas jugadas.
Es imposible no recordar Walking Ned Devine al ver este abanico de viejos ambiciosos rondando como moscardones a un viejo supuestamente millonario en medio de un pueblo en blanco y negro (el pueblo irlandés de la película de Kirk Jones no está filmado en blanco y negro pero funciona entonces la frase como metáfora, mientras que para Nebraska es, además, una referencia literal). Así se sucede una serie de inconvenientes y encuentros entre desagradables y desopilantes en torno a un dinero inexistente.
Pero no son solo los colegas del bar los que quieren su tajada. La familia, la gran familia americana, todos reunidos en casa de Marta, empieza a querer hacer ajustes de cuentas de temas pendientes, que salen a relucir como nunca deja de pasar en las grandes familias. La mujer que pone los puntos sobre las íes es la mujer de Woody, una señora, por cierto, entre clásica y transgresora que abiertamente habla de su sexualidad con su hijo, de su pasado arrasador, pero que cumple, al mismo tiempo, un rol castrador e incluso agresivo con su marido; una rara mezcla. Sin embargo, a la hora de poner orden en este ajuste de cuentas, no le tiembla el pulso y sale a relucir el costado más fuerte y vital de esta mujer que defiende a los suyos, a los más cercanos: a sus hijos, pero por sobre todo, a pesar de todo, y encima de todos, a su marido. Y sentencia algo tan cierto como que en general hay que esperar una muerte para que algo así suceda en las familias; cosa que en este caso, ni siquiera.
Con tantas adversidades y adversarios, es evidente que Woody va a tener que sortear una serie de percances para poder alcanzar su meta que es Nebraska. Tiene que sortear trampas pero además tiene que lidiar con una cosa más: con la realidad, porque todo lo que guía el camino de este antihéroe no es más que una fantasía y cuando no hay obstáculos en esa fantasía, lo que hay son personajes que intentan arrastrarlo al lado de las realidades, de los reales inconvenientes.
Tal vez Woody a pesar de todo consigue lo que quiere. Pero si no, lo que igual no puede negarse es la aventura, el juego. Al fin y al cabo, las cosas no tienen que funcionar en relación a una realidad preexistente. Hay caminos que la van construyendo a medida de que avanzan. El camino a Nebraska es un poco la construcción de una nueva realidad que aunque no cambia las cosas pasadas ni futuras, al menos cambia el transcurso. La vida es un transcurrir, la vejez también. Cada minuto lo es. Y de algún modo habrá que transcurrirlos.
© Del Texto: Flor Bea


ene 31 2012

Los descendientes: Sí, pero no

Saltar del sarcasmo al chiste fácil y de ahí a la normalidad. Otra vez. Y otra. Más y más. Ese es el juego que propone Alexander Payne en su última película. Los Descendientes. Naturalmente, lo que sobra es el chiste facilón. Aunque no abusa del recurso. Por eso y porque el trabajo de George Clooney es estupendo, la cinta termina salvándose.
No hace falta decir que ante una tragedia (esta película trata de serlo) caben pocas situaciones para que el humor funcione. Uno de esos espacios es el patetismo, el ridículo. En Los descendientes aparece secuencia sí, secuencia no. Otra de esas zonas es el surrealismo. La cinta se nutre de él sin miramientos. Y todo esto provoca que suenen en las salas de proyección algunas carcajadas y que los más sonrían de principio a fin. Ir al cine para ver esta película es algo así como ir al tanatorio sabiendo que te va a dar la risa. Y eso está muy bien. Pero la cinta tiene muchos problemas aunque algunos se empeñen en decir de ella que es la película del año. No hay que exagerar y, sobre todo, no hay que dejarse llevar por situaciones delirantes, por frases redondas que se vacían con rapidez, una interpretación notable o una partitura agradable (más local que otra cosa y demasiado dispersa al querer llevar un son que le marca lo que no es fundamental de la historia).
No es que sea una mala película. No, al contrario. Pero de obra de arte nada. No es que sea un mal guión, pero las trampas y los guiños a la lágrima fácil y al humor barato ahí están. Clooney está muy bien, de verdad. Pero tampoco es para tanto, no es como para decir que estamos ante la mejor defensa de un papel de los últimos años (tal vez personalmente sí). La fotografía es llamativa y muy eficaz aunque eso lo vemos cada día (no hacer las cosas bien con esos presupuestos es casi imposible). En fin, que es una buena película. Sin más.
Los problemas llegan desde esas repeticiones de las situaciones absurdas que terminan haciendo retroceder a los personajes en su evolución. Desde un narrador que podría ser cualquier otro y no hubiera pasado nada (si un narrador puede ser cualquiera es que la cosa no funciona del todo bien). Desde unos diálogos que terminan siendo difíciles de digerir porque lo que arrastran al principio se lo dejan atrás al llevarnos a zonas similares, una y otra vez. Todo esto rebaja la película desde la excelencia. No pasará mucho tiempo hasta que quede en el olvido. Se puede ver, se puede disfrutar (quiero ser justo a la vez que sensato calificando el trabajo). Pero no se puede elevar algo que tiene limitaciones importantes.
Si George Clooney no estuviera, desde luego, la cosa sería mucho peor. Es la locomotora de la trama, del resto de personajes. Porque el resto del reparto está bien. A secas. El trabajo de expresión corporal de Clooney se lleva por delante el resto. Afortunadamente.
Me pregunto qué es lo que quieren contar los guionistas (el director es uno de ellos). Qué es exactamente. Me temo que todo se reduce a una escena final en la que padre e hijas ven la televisión mientras comen un helado. Demasiado fácil, demasiado poco. Pero se puede ver. Ya que el panorama está como está, se agradece que alguien lo intente con ganas aunque se quede a medio camino. Debe ser por eso por lo que muchos se han lanzado a calificar esta película como lo que no es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 27 2010

Entre copas: Fronteras

En el año 2004 una de las películas más galardonadas del panorama cinematográfico fue Entre copas. No sólo los actores recibieron sus premios, porque estuvieron realmente geniales, sino que también lo hizo su guión, consiguiendo por ello el Oscar, el National Board of Review, el BAFTA, el Globo de Oro y otros muchos. Esta película independiente, consiguió que los que rozaban los cuarenta se lanzaran a las salas de cine para contemplar, decorado por viñedos y demás, las mismas sensaciones, sentimientos y derroteros que tomaban sus vidas. Una gran película.
Me gustó mucho, muchísimo cuando la vi en su día. Hoy cuando la veo de nuevo sigue encantándome, pero, contrariamente a lo que pasó en aquel momento, me arranca menos sonrisas, aunque sí más carcajadas que entonces. Porque en su día los gags me hacían gracia simplemente y hoy, me explota la risa cuando reconozco algunas de las sensaciones y comportamientos de los personajes.
Esta película que bordea la comedia y en momentos se adentra en lo dramático, es una puesta en escena de la crisis de los cuarenta. El vino, una excusa para enmarcar todos esos sentimientos contrapuestos que uno lleva en la mochila cuando cruza el meridiano de su vida.
El director, Alexander Payne, supo escoger con mucho acierto a sus actores y se nota un trabajo elaborado en los diálogos que sostienen los personajes, a los que no les sobra ni una palabra. Puede que haya personas a las que no les interese nada este tipo de cine, que incluso les aburra, porque la gente que aparece es gente corriente, con una vida tan normal como la de cualquiera de nosotros. Una película sobre dos amigos, sobre la madurez, sobre la frustración y los vuelcos que puede tu existencia en un momento dado, pero la gracia está en que podría ser para ponerse a llorar desde el minuto uno. Alexander Payne nos lo pone enfrente con una auténtico guante de seda, sin caer en la cursilería fácil.
Miles (Paul Giamatti), es un profesor de literatura, apasionado de la enología, escritor en sus ratos libres. Tiene una vida anodina de la que quiere, necesita, escapar. Cansado de la soledad, de sus frustraciones, de un divorcio no superado a sus espaldas, la imposibilidad de publicar su única novela escrita, una vida rutinaria y del hastío que siente por sí mismo.
Jack (Thomas Haden Church), un actor de segunda, del que apenas nadie se acuerda, está a punto de casarse, está de capa caída, está a punto de casarse y quiere celebrar su despedida de soltero a lo grande porque cree que después, tras casarse, ya no habrá nada. Los dos andan sumidos en plena crisis emocional, uno porque cree que se le acabó la vida y el otro porque ya le ve el fin. Ambos se embarcaran en la aventura de recorrer el valle, irán de bodega en bodega, degustando los caldos, unas veces con mayor fortuna que en otras. Por el camino, enamoramientos, encuentros sexuales, borracheras, decepciones y risas que transformarán, o no, la vida que en adelante les espera.
Una película con una enorme sensibilidad sin caer en la ñoñería, inteligente, que nos muestra a dos tipos normales con preocupaciones corrientes.
Dudo que esta película pueda gustar a un adolescente, ni a un veinteañero, ni siquiera a un treintañero, pero no me cabe ninguna duda que gustará a los “cuarentañeros”, porque, el que más o el que menos, llegada a esa frontera (que lo es), se habrá encontrado planteándose su vida frente a un espejo, sobre en qué momento comenzó a hacerse viejo, a perder las ilusiones, a hacer una vida que no era la que quería y porque , sólo los que ya han cumplido los cuarenta y se creían de vuelta de muchas cosas, saben que cuando uno menos lo espera, aparece algo/alguien que te devuelve la alegría, la esperanza en que la vida no ha terminado y que hay algo más para esperar pasmando a que llegué el final.
Me gusta la película, me gusta lo que cuenta, cómo lo cuenta, quienes lo cuentan. Me gusta toda ella. Así que no puedo por menos que recomendarles que vayan a la tienda, se compren el DVD, pasen por el colmado que tengan más cercano, compren una buena botella de vino de uva syrah, se sirvan una copa y la gocen mientras ven Entre copas.

© Del Texto: Anita Noire

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