nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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ene 16 2011

Mar Adentro: lágrimas a mogollón

Pretenciosa, tendenciosa y tramposa. No se me ocurre un calificativo diferente para definir una película que costó un montón de dinero y que sólo sirvió para que una historia compleja se redujera a una visión corta de la realidad por parte de Alejandro Amenábar. Bueno, para eso y para celebrar mucho su aparición en un mundillo del cine que anda buscando, sin parar, cosas que festejar aunque sean un paquete. Así las subvenciones parecen más justificadas.
Esta claro que cada cosa se puede contar de distinta forma. Esta claro que algunos asuntos tienen que enfrentarse con valentía por parte de la sociedad para dar solución a los problemas que hacen sufrir a las personas. Pero ¿es el cine la herramienta adecuada para canalizar las corrientes de opinión sobre aspectos determinados de la realidad? ¿Contar una historia con el fin de entender a su protagonista (que puede estar equivocado) tiene algo que ver con el cine? ¿Añadir aspectos lacrimógenos o elegir sólo una parte de la realidad es hacer buen cine? ¿No es más apropiado elegir una alternativa dentro del cine como, por ejemplo, el documental, para ventilar estas cosas?
Jugar a lo fácil -cuando hablamos de cualquier manifestación artística- suele dar como resultado un desastre. Mar Adentro lo es en muchos sentidos.
El guión de la película busca con insistencia un lugar común en el que empatizar con el espectador, en el que el personaje principal sea reflejo de las consciencias a base de filosofía barata y de una explicación del problema de la eutanasia activa bastante sesgada y, casi, vergonzosa. No se busca narrar sino convencer, enseñar la verdad de un problema (¿?). Los directores de cine deben limitarse a mostrar. Sólo eso. Lo demás es cosa de políticos y sacerdotes.
Los aspectos técnicos se quedan (todos) en normaluchos. Igual que las interpretaciones. El siempre sobrevalorado Javier Bardem no pasa de correcto. El resto del elenco, salvo alguna excepción, igual.
Una clara muestra (este Mar Adentro) de lo que es el cine de Amenábar. Salvando Los Otros y Tesis, el resto de películas se quedan en grandes promesas que no se cumplen.
Todo lo que pueda conmover de Mar Adentro se hace empalagoso al instante. Y de segunda clase. Las lágrimas de los personajes y su histrionismo intentan arrancar las de los espectadores añadiendo dosis inmensas de almíbar. Con ese guión no había otro camino, claro. Porque es mediocre y hace que los personajes terminen en la línea de salida. Ni un milímetro de evolución. Al señor Amenábar deberían explicarle que sin personaje no hay nada. No hay mundo que explicar, que no importa ese momento esencial en que el personaje debería sufrir un cambio brutal y el cosmos debería saltar hecho añicos. Si no hay personaje o hay nada.
Tal vez se libra del desastre Belén Rueda. Esta mujer da la talla, siempre. Y su personaje, a pesar del director, se beneficia de ello. El resto es para olvidar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 10 2010

Ágora: Nada del otro mundo


Bill Perkins – All Of Me

Lo grandioso es poco amigo de lo importante. Cuando algo grande, descomunal, acompaña una historia (por importante que sea) suele pasar que se termina viendo eso, lo enorme, quedando oculto el resto. Si eso que no se ve es lo fundamental, el problema es más que grave.
Un ejemplo. Tenemos un personaje al que ponemos ante situaciones límite secuencia tras secuencia. Accidentes, incendios, una explosión, lo que quieran. ¿Qué tenemos finalmente? Pues de todo menos al personaje. La acción se lo come sin remedio. Y, como da la casualidad de que tanto el cine como la literatura son el personaje y lo demás, tenemos como resultado un conjunto de escenas tan deslumbrantes como huecas. Sólo eso. Un desastre.
Alejandro Amenábar debería saber esto. Es más, creo que lo tiene muy claro. Pero una buena cantidad de millones de euros, las presiones de la productora y no sé qué más cosas, le han llevado (al menos eso parece después de ver la película) a rodar una serie de escenas muy espectaculares, con un despliegue técnico notable, muchos extras yendo de aquí para allá, violencia a cada paso y cosas de este tipo. Todo muy taquillero. Todo muy vacío.
Ágora cuenta la historia de cómo los cristianos se fueron haciendo sitio sacudiendo leña a todo lo que se ponía por delante (menudo descubrimiento), cuenta la historia de cómo un tipejo violento y mostrenco se convirtió en santo de la noche a la mañana gracias al fanatismo de los obispos de la época (otro gran hallazgo), cuenta la historia de unos paganos que, también, se liaban a guantazos en cuanto podían en nombre de sus dioses (quizás lo que Amenabar quería contar es que todos somos iguales lo que sería una auténtica novedad para el ser humano), cuenta la historia de la liberación de los esclavos gracias a unos cristianos que necesitaban de ellos para que lo suyo prosperase (bueno, bueno, bueno, impresionante). Y de paso, cuenta la historia de una mujer que pensaba, que amaba la ciencia, que murió por ello. Y el desastre cultural que supuso la aparición de un cristianismo demoledor que arrasó con toda forma de pensamiento distinto al suyo. Sin ninguna emoción a pesar de contar con Rachel Weisz que interpreta su Hipatia como puede.
Cuenta todo esto de forma espectacular. Estatuas que caen haciéndose añicos, edificios incendiados, encerronas de unos a otros que acaban en masacre. Y, de paso, cuenta la historia de esa mujer. Hagan una prueba. Cronometren los minutos de guantazos. Lo restan al total y tendrán el tiempo dedicado a lo demás. Amenábar juega a contar una cosa cuando, en realidad, cuenta otra. Lo hace justo al revés. Y eso convierte la película en una cosa bastante normalucha. Muy taquillera, pero normalucha.


Sí hay una cosa que me ha gustado mucho de la película. El director hace un juego muy interesante con la cámara cuando simula que llega del espacio exterior. O se aleja dependiendo del momento. Dicho de otra forma, focaliza en un punto concreto del mundo y de la historia. Sólo importa eso, es lo decisivo, cada foco es vital para el resto. Aparece una pregunta ¿quién está detrás de la cámara? ¿Quién cuenta esto? ¿Es importante su presencia con respecto a lo que pasa? Si estas preguntas no tienen respuesta, si se trata de un regate para conseguir justificar una elipsis narrativa, es que el desastre es absoluto y el director debería pensar sobre lo que ha hecho. Imaginemos que detrás de esa cámara está Dios o los dioses paganos. Eso es lo de menos. La cosa cambia mucho. O cualquier otra cosa, pero algo. (esto último lo digo porque siento cierto aprecio por este hombre y trato de encontrar una justificación a lo que ha hecho aunque creo que no sabría contestar a esas preguntas).
Por otra parte, salvo el personaje femenino principal que renqueando es lo mejor de todo, los perfiles de cada uno de los que pasa por la pantalla están muy, muy, en el aire. No terminé de comprender lo que hacían porque no estaba justificado, ni era creíble, casi nada.
En fin, que ya está dicho. Nada del otro mundo. Un montón de dinero tirado a la basura. Y una pena que gente con talento se deje embaucar por el dinero teniendo de sobra para vivir. Y para triunfar sin tanta grandiosidad en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal