ene 10 2012

Dersu Uzala: Entender el sentido de un rayo de sol

Un par de veces en mi vida me he quedado frente a una obra de arte durante minutos sin saber qué decir. Aturdido ante lo que veía. Perplejo. Mantener el silencio es lo mejor cuando lo que tienes delante abruma por su belleza. Yo voy a intentar decir algunas cosas sobre Dersu Uzala (Дерсу Узала) aunque ya advierto que todo lo que diga se quedará chico.
Pocas veces me he emocionado tanto con una toma o con un gesto hecho por un personaje. Pocas veces he estado tan de acuerdo con la tesis que presenta un director. Y pocas veces me ha conmovido tanto mirar el mundo obligado por la necesidad de entender el logos de algo tan insignificante como es un ser humanos.
Durante el año mil novecientos setenta y cuatro, Akira Kurosawa rodó la película Dersu Uzala en los escenarios naturales por los que habían transitado Vladimir Arsèniev y el cazador que da título a la película.

La taiga es un mundo hostil. Pero nadie puede imponerse a él. Gracias al ingenio o la maestría se le puede empatar, pero nunca nadie se puede colocar por encia de él por la fuerza. Dersu Uzala (claramente animista) entabla un diálogo con el entorno. Se adapta, procura comprender los signos que le llegan desde los minerales, las plantas o los animales. Y es que buena parte del mensaje de la película llega desde ese territorio. Todo antes fue mineral, vegetal y, por último, animal. Por eso, cualquier cosa que destruimos significa nuestra propia degradación.

La taiga es una zona hostil en el que sólo sobreviven los que llegan a un acuerdo con ella. Hay que estar en contacto con la naturaleza para vivir.
Tres son los personajes principales de la película de Kurosawa. Arsèniev, Dersu Uzala y el mundo, porque Kurosawa sabía que todo en la Tierra es símbolo y sin interpretarlo nos quedamos a medio camino del conocimiento. Cada toma se debe mirar desde ahí para captar su autenticidad absoluta. Dersu Uzala apaga un leño porque gime cuando arde, habla con un tigre que le sigue, con todo porque todo comprende y ha de ser comprendido. Enfrente el destacamento militar tarda en comprender que sólo así se puede llegar a un acuerdo con la naturaleza.
El espectador está obligado a entender el sentido de un rayo de sol, a observar los distintos colores del otoño, a vislumbrar lo que dice en su rugir el aire de la taiga. Y, entonces, el mundo se hace enorme al mismo tiempo que acogedor y misterioso.
Pero al mismo tiempo nos narran una deliciosa historia de amistad, conmovedora por su hondura, por su verdad. Una amistad que troncha como a una rama la propia amistad. Queriendo hacer feliz a su amigo, Arsèniev lleva hasta la ciudad a su amigo el cazador. Dos mundos contrapuestos, imposibles de reconciliar y que pelearán hasta arrasar con todo.
Aún me emociono recordando la escena en la que los dos amigos sobreviven a la tormenta de viento en medio de ninguna parte, su reencuentro en medio de un bosque, el rescate del cazador cuando corre peligro de muerte sobre una balsa en un río difícil. Me emociona el mundo de Kurosawa.
Nadie debería dejar de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 27 2011

13 Asesinos

13 asesinos es un remake de la película de Eiichi Kudo titulada Jusan Nin no Shikaku. Cuenta la historia de un grupo de samurais que se deben enfrentarse a la muerte casi segura para que la paz del Japón feudal del siglo XVIII quede intacta. Paz que, por otra parte, les dejó vacíos de sentido puesto que la vida del samurai no tenía mucho que ver con ella. Aunque es una película muy distinta y muy distante a Los siete samurais de Akira Kurosawa, claro referente en este tipo de cine, 13 asesinos aborda asuntos parecidos incluyendo referencias a a película del genio japonés.
La trama se separa en dos con claridad. La primera parte explica lo que sucede en la segunda incluyendo costumbres y filosofías de los personajes. Una masacre total (eso es lo que sucede después) no se mantiene en pie sin una explicación previa. Takashi Miike (director) lo sabe y no racanea con los detalles. Después de rodar más de ochenta películas es normal que sepa dosificar la información y los tiempos. En esta primera parte, las reflexiones de los personajes tienen cierta importancia.

Quien valora su vida sabe morir como un perro. Me habéis confiado vuestras vidas. Las sacrificaré a mi antojo, dice Shinzaemon, el principal de los samurais que forman el grupo de trece que da título a la película.

Toda la primera parte se encuantra salpicada de frases importantes, de diálogos bien construidos. El ritmo es pausado y los detalles son abundantes. El samurai queda retratado bien.
La segunda parte de la película se llena de sangre, de una acción trepidante. La batalla está filmada muy bien. Lo que va sucediendo se cuenta con detalle, con gran parsimonia entre explosiones, muertes a cuchillo, flechas por el aire, cabezas rodando por el suelo y carreras. Todo es una locura aunque no hay confusión para el espectador. Es emocionante.
13 asesinos es una película que explica bien la decadencia de los samurais sin ser una muestra histórica exacta. Explica bien la mentalidad del japones del siglo XVIII. No es un atlas aunque sirve de pequeña referencia. Muy entretenida (la primera parte es algo más pesada). Una buena película.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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jun 13 2011

Lo excelente, lo bueno, lo malo y lo catastrófico

Siendo jovencito dividía casi todas las cosas en buenas o malas. Incluidas las películas de cine, a sus directores o a los actores y actrices que trataban de defender sus papeles. Ya no. Ahora (me centraré ahora en los directores) lo que hago es meter en un pequeño grupo a los grandes de verdad (Woody Allen, Andrei Tarkovsky, Billy Wilder, Akira Kurosawa, Alfred Hitchkock o Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, aunque no pasan de quince). En otro a los buenos directores que, si bien han logrado muy buenas películas, no terminan de convencerme por una cosa u otra (Steven Spielberg, Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, Oliver Stone, por poner un ejemplo. Aquí se quedan sin nombrar muchos). El tercer hueco lo reservo para los directores del montón. Estos no me dicen ni fu ni fa. No nombraré ninguno porque no me acuerdo de sus nombres o me da pereza escribirlos. Un último grupo lo forman los directores desastrosos (a estos no los nombraré por pura prudencia aunque no creo que merezcan este privilegio).
Parece que es una forma algo más lógica de dividir las cosas. No es posible meter en el mismo saco a Jack Nicholson y a Will Smith. Las carencias de este último convierten en una injusticia la agrupación. Y, además, echando un vistazo a cada grupo, puedo sacar conclusiones sobre el tipo de cine que gusta a un grupo de espectadores u otro. Por otro lado, permite entender el desastre en el que se ha convertido el mundo del cine. Piensen en un director, en una película o en algún actor que les parezca horrible. Ahora busquen en la red, por ejemplo, la taquilla de esa película. Millones. Incomprensible ¿no? Ahora piensen en Tarkovski. ¿Quién le conoce de sus amigos? ¿Cuántas veces le han invitado a pasar la tarde en casa viendo una película de él? ¿Cuántas veces lo han hecho para ver una de Bruce Willis? Si dividimos la cosa entre buenos y malos tendemos a equivocarnos.
Pues bien, todo esto que les he contado no era más que una excusa para que vean un cosa que me parece excelente. Es de Federico Fellini. Este director está en el primer grupo sin duda alguna. Y, para el que quiera sufrir, dejo una muestra de eso que llamo desastre. Es un poupurri de un director actual que gana una pasta, que malgasta un dineral haciendo que el cine sea una risión y que es reflejo de lo que pasa hoy por hoy. No hace falta que les explique nada. Comprueben ustedes mismos que es cierto y verdadero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 18 2010

Ran: Cómo puede un genio cruzarse en su vida

¿Qué sucede cuando alguien se encuentra con un genio por el camino? Puede quedarse perplejo, puede sentir una gran emoción o cualquier otra cosa. Eso depende de cada sujeto. Pero hay algo común, sea quien sea el genio y sea quien sea el que lo encuentra. A partir de ese primer contacto nada será igual. Los esquemas del individuo se modifican de inmediato y su criterio también. Todo lo que esté por debajo de lo que ahora conoce no le interesará. Por ejemplo, uno ve El ángel exterminador de Buñuel y la forma de mirar el cine se modifica. Ese era un genio. Pero si la película que descubre es Stalker de Andrei Tarkovsky pasa lo mismo. Era otro genio. Lo que antes era una película entretenida se convierte en un paquete. El ansia por ir más allá en el conocimiento hace que se evite cualquier pérdida de tiempo con obras menores.
Encontrarse con Akira Kurosawa por el camino es sinónimo de ruptura de esquemas, de amor incondicional por su cine, del descubrimiento del color como elemento esencial de la imagen, del conocer un trabajo riguroso con la luz al rodar, del encuentro con un cine exquisito que resulta inolvidable desde el principio. Encontrarse con Akira Kurosawa es encontrarse con un genio.
Una de sus películas es Ran. Una de sus obras maestras. Tardó diez años en rodarla desde que comenzó su planificación (eso da una idea de cómo trabajaba este director aparte de la falta de presupuesto que, supongo, también influiría en ese largo proceso). La idea nace de una historia protagonizada por un señor feudal japonés (Motonari Mori) que siendo viejo tiene que enfrentarse a un tiempo de grandes conflictos que terminarían con la unificación de los territorios de Japón. Pero, aunque ese es el germen de lo que cuenta Kurosawa en la película, lo que aparece con más claridad para el espectador occidental es la problemática que plantea William Shakespeare en su obra El Rey Lear. Ya saben, traición, avaricia, batallas fraticidas, egoísmo, muerte. Ya que la cultura oriental se le hace extraña al occidental (existe un desconocimiento muy serio de ella) y eso lo sabe el director, elige un momento histórico muy concreto para colocar la acción de modo que sea algo más universal (Era Sengory). Por ejemplo, en el siglo XVI, los samurais podían elegir estar a las órdenes de otro señor si con el que estaban no les agradaba. Así, en ese escenario, los personajes de Ran se mueven con más libertad (aunque corresponden a las costumbres del momento de forma casi exacta) y pueden presentar actitudes mejor entendidas por todos, mucho más flexibles, de paso.
Hiderota Ichimonji (Tatsuya Nakadai, espléndido en su papel) se encuentra mayor y decide dividir sus tierras entre sus tres hijos. Ha sido un guerrero despiadado y ha conseguido su fortuna a base de conquistar tierras, eliminando familias enteras y siendo implacable con el castigo. Los dos hijos mayores (Taro y Jiro) le adulan. Saburo, el menor, pone en duda lo que tiene planeado su padre. El irascible y orgulloso Hiderota le termina desterrando. A partir de aquí, los dos mayores comienzan a planear venganzas y asesinatos; el anciano es desterrado y se ve obligado a vagar por sus tierras encontrándose con el horror que él mismo ha generado; los días de la casa Ichimonji tiene los días contados. Ayuda a que todo se precipite la intervención de la Dama Kaede (esposa del hermano mayor) y que desea una venganza cruel para toda la familia, puesto que el anciano acabó con la suya y con sus posesiones, por lo que conspira haciendo que los hermanos acaben entre sí. En fin, todo venganza, todo deslealtad, todo sangre y muerte. La historia es fascinante, intensa, emocionante y profunda. Aunque es la puesta en escena lo que convierte la película en algo grandioso.
La dirección artística está cuidada al máximo, la fotografía es excelente, el vestuario (su colorido y la exactitud del corte) llena la pantalla por sí mismo; el director consigue que los extras no lo parezcan al dirigirlos con maestría y que se multipliquen como por arte de magia con un movimiento casi matemático de la cámara. Y, por último, el uso de la música y de los colores convierten la película en un espectáculo maravilloso. La escena en la que los ejércitos de los hijos atacan el castillo del padre es impresionante. Mientras vemos la parte más brutal del hombre, el horror de la guerra, escenas de una crueldad asombrosa, suena el Adagio de Toru Takenitzu. Tranquilo, excelente, bello. La suma de lo visual y lo musical hace que todo adquiera un sentido poético asombroso. Colores en movimiento marcado por lo sublime. Y digo colores porque Kurosawa marca a cada ejército con un color distinto (entre otras cosas intentando evitar confusiones en el espectador que sin esa referencia no sabría lo que ocurre en cada toma). El amarillo para el hermano mayor (no cualquier amarillo sino uno muy pálido, algo difuso como el carácter del personaje). El rojo para el segundo de los hermanos (venganza, sangre, muerte). El azul para el pequeño (un azul suave que hace pensar en la calma). Una batalla perfecta desde un punto de vista cinematográfica.
Ran es una película extraordinaria de la que ya se han dicho casi todas las cosas que son posibles. Ran es la película de un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 26 2010

Los siete magníficos. Inolvidables (1)

Los niños de mi generación quisimos ser vaqueros. Tipos duros, capaces de lo mejor y lo peor con un revolver en la mano; hombres que enamoraban a las chicas guapas, que bebían sin inmutarse, que podían dormir sobre una roca como si lo hicieran en la mejor cama del oeste. Creo yo que deseábamos serlo para poder montar un caballo con destreza, sí, pero, al mismo tiempo, porque esos vaqueros de película (sobre todo los buenos, claro) era tipos honestos, valientes, llenos de valores como el honor, la amistad o la justicia. Era mejor que ser oficinista. Las películas del oeste marcaron a toda una generación.
Pocas veces me emociono tanto como cuando la música de Los siete magníficos comienza a sonar al comenzar la proyección. Esa partitura, la que firmó Elmer Bernstein para acompañar por los caminos polvorientos a Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, Robert Vaughn, Brad Dexter, James Coburn y Horst Buchholz, es una de las mejores de la historia del cine. Pocas veces me emociono como cuando dos de ellos dejan el pueblo mejicano por el que han tenido que pelear sabiendo que su destino es perder, siempre perder. Un hombre con revolver sólo puede aspirar a eso. Es esta una película que hace aflorar los sentimientos más nobles a cualquiera que la vea.
Los siete magníficos, dirigida por John Sturges, es deudora absoluta de Los siete samuráis de Akira Kurosawa. Pero esto no hace que la película sea menos. Dentro del género ha ocupado siempre un lugar preferente y lo seguirá llenando por siempre jamás.
Calvera (Eli Wallach) y sus hombres roban las cosechas de los campesinos. Son forajidos mejicanos. Los hombres de uno de los pueblos afectados deciden pedir ayuda. Cruzan la frontera y allí encuentran a nuestros siete magníficos. Cada uno de ellos participa movido por una motivación distinta. La búsqueda de una riqueza que no existe en ese pueblo, la expiación por ser cobarde, la percepción de que en ese momento no es mala idea embarcarse en algo tan absurdo, la inconsciencia de la juventud o un vínculo que se crea con los campesinos difícil de romper para un hombre con principios. Preparan el pueblo para resistir un ataque seguro de los forajidos. Y todo se llena de hombres a caballo, disparos, rifles, mujeres enamoradas, polvo, traición, valentía y muerte.

Una vez llegado a este punto, recuerdos de niñez. Muchachos corriendo por las calles del barrio intentando liberar a las damas, emboscadas al pasar la esquina, disparos imaginarios que siempre acababan con los malos. O las figuritas de plástico distribuidas por el pasillo. Siempre dispuestas a cumplir las órdenes del vaquero más valeroso de todos. es decir, yo mismo.
Ni se trata de una maravilla de guión, ni de una fotografía magnífica, ni las interpretaciones son inolvidables. La música sí, la música es todo lo anterior. Pero el conjunto funciona perfectamente.
Una película para ver con los más pequeños de la casa, con los jovencitos, con algún amigo de la niñez. Una película inolvidable. Ah, por cierto, siempre me pedía ser Steve McQueen.
© Del Texto: Nirek Sabal

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