dic 18 2010

Atraco a las 3: El sueño cañí

La clase media española, en los años 50 y 60, dedicaban su vida a trabajar y poco más. En Estados Unidos existía lo que se conoce como el sueño americano. En España existía lo que se conoce como pluriempleo, como horas extras. Cosas que, más que un sueño maravilloso, ocasionaban más modorra y cansancio que otra cosa. Es decir, o te tocaba la lotería o atracabas un banco. La movilidad entre clases era casi imposible.
Pues eso es, más o menos, lo que cuentan en Atraco a las 3, película de José María Forqué, rodada en 1962. Comedia delirante cargada de moralina y salpicada de guiños dirigidos a los lugares comunes por los que se transitaba en la España franquista. Sólo había una forma de decir lo que se pensaba: burlando la censura desde una revista cómica o una película de cine. Y esta película se mofa del poder y del sistema aunque de forma muy tibia y disfrazada.
Con un reparto de lujo para la época, nos cuentan el plan disparatado de los empleados de una sucursal bancaria para atracarse a sí mismos. Galindo (José Luis López Vázquez) se plantea cambiar de vida porque está harto de trabajar. Le propone el plan al resto de empleados (Cassen, Gracita Morales, Alfredo Landa, Agustín González y Manuel Alexandre) y estos, llenos de deudas y planes por cumplir, acceden a llevar a cabo el delito. Por supuesto, todo resulta esperpéntico y se convierte en un atraco desastroso.
Las interpretaciones no presentan contención alguna. Los diálogos arrancan una sonrisa de puro simples que son. La trama es completamente previsible y el resultado muy justito, pero lo cierto es que se trata de una película divertidísima. No pasa nada por echar un vistazo a este tipo de cine de vez en cuando. No todo hay que verlo como sucesión de travelins, planos picados y contrapicados iluminados así o asá.
Esta es otra de las películas que un españolito normal ha podido ver entre cinco o seis veces. Y sigue riéndose con ella. Por algo será aunque sea poco.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 2 2010

Belle Epoque. Inolvidables (2)

Reparto de lujo. Guión impecable. Una dirección de actores que roza la perfección. Eso es Belle Epoque. Se estrenó el año 1.992 y fue premiada con el óscar a la mejor película extranjera y, además, con nueve premios Goya.
Divertidíma y entrañable. Ambientada en ese momento previo a la proclamación de la Segunda República española (el título pudiera ser algo engañoso puesto que lo que se conoce como belle epoque es anterior al ese momento histórico) muestra un dibujo de lo que podría ser la sociedad civil que sostenía una España lanzada hacia el progreso, sin complejos, abierta a cualquier libertad de tipo intelectual, social y religiosa. Es por eso por lo que esta película, con aspecto de comedia, termina dejando un poso amargo en el espectador. Todos sabemos lo que sucedería un poco después. Guerra, retrocesos en las libertades individuales, atrocidades y desaparición de buena parte de la identidad de un país. La pregunta inevitable cuando aparecen los créditos en pantalla es qué hubiera sido de nosotros si aquello se hubiera quedado como estaba.
En cualquier caso, la trama que presenta Fernando Trueba es brillante, no sólo por el guión magistral de Rafael Azcona, sino por un montaje muy inteligente, un uso de la cámara delicioso y unas interpretaciones inolvidables (mezcla de talento y dirección). Fernando Fernán-Gómez o Gabino Diego bordan su papel. Entre las actrices destaca Ariadna Gil que construye desde la credibilidad más absoluta el personaje de una lesbiana desinhibida. Al que escribe le gusta, especialmente, el papel de Penélope Cruz. En ese momento, era muy joven, le tocó interpretarse a sí misma y el resultado es muy amable. Frescura y naturalidad.
Todo lo que nos cuentan se encuentra salpicado de un fino humor que (rozando una aparente inocencia) nos va colocando frente a los rasgos fundamentales de la sociedad española en ese momento. Por ejemplo, es inolvidable esa primera escena en la que una pareja de la Guardia Civil topa con una maleta en medio de la carretera y con su dueño. Y, de paso, con una muerte disparatada, salvajemente divertida. Inolvidable, también, la interpretación de Agustín González. Hace de cura párroco que acumula todos los tópicos posibles (comilón, aprovechado, vago…), pero añade una mentalidad abierta, muy alejada del pensamiento eclesial. Y eso le convierte en un personaje fundamental. Quizás su final representa con claridad cómo acabaría en el seno de la iglesia cualquier desvío respecto del magisterio dominante y dominador.
Algo que me gusta especialmente de esta película es el vestuario. Es perfecto. Si, además, añades esas perchas para lucirlo, el resultado es demoledor. Y el atrezzo. Eso también.
Trueba consigue una cosa importante. Sin decir nada de forma expresa presenta una ilusión colectiva antes de convertirse en una catástrofe (colectiva también). Por eso el poso de amargura aparece entre risas. Por qué no decirlo: presenta una España única, la de todos, sin quebrar. Es aquí, aparte de las cuestiones técnicas y narrativas, donde la película se hace enorme. Todo, la película entera, está al servicio de un homenaje: a nuestro pasado y, seguro, que a nuestro futuro.
© Del Texto: Nirek Sabal

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