may 2 2010

2046: Frente al folio en blanco


Algunos dicen que para ver “2046” hay que tomarse dos litros de whisky, siete kilos de barbitúricos y ponerse un par de pinzas para sujetar los ojos. Otros dicen que “2046”, es una genialidad que no pueden explicar. Sin embargo, soy de las que piensa que para ver “2046” sólo hay que sentarse, ver, escuchar, y no esperar nada, sólo así se puede encontrar mucho.
Una película puede ser una completa metáfora y eso es lo que Won Kar Wai, ha dirigido. Una metáfora sobre el amor, el desamor, sobre el pasado imposible de cambiar y el miedo al futuro. Sobre la escritura como catarsis para el que escribe, mediante la creación de mundos artificiales, inexistentes, creados a la medida del que los escribe, en los que le es más sencillo encontrarse, moverse; en los que no tiene que justificarse frente a nada, ni frente a nadie, ni tan siquiera frente a sí mismo.
Chow, un periodista mujeriego, decadente, instalado en la habitación de un hotel, la 2046, que mientras trabaja de reportero para un periódico de eventos, escribe una novela futurista que no es más que una recopilación de su propia vida del pasado, a través del cual busca su propia identidad. Para ello crea 2046 un lugar inexistente, del que la gente no vuelve y en el que nadie cambia. Un lugar creado a la sombra del ayer.
Me siento frente a un folio, ando buscando mi identidad. El porqué de lo que soy y de lo que seré, de lo que quiero vivir y de cómo quiero hacerlo. Pero yo no soy Chow, no voy a poder encontrarme a través de las notas que plasmo en un papel en blanco y que emborrono con mil chapuzas escritas.
Somos “pasado”, esa es una de las pocas seguridades que manejo. El amor marca, el desamor nos transforma por completo y para siempre, nada vuelve a ser lo mismo.
Dos hechos, el tiempo y el desamor, nos moldean, nos crea y no podemos huir de él. Nos dejan cicatrices tan profundas que dibujan los senderos precisos que recorreremos a partir de entonces.


Dibujos tristes, indelebles, condicionantes. Nada de lo que hagamos en el futuro, nada, va a conseguir borrar esas marcas que gravadas, para siempre, tienes en el corazón. Podremos disfrazarlas, pintarlas, intentar esconderlas, pero ahí están para recordarnos, cuando ellas quieran, lo que somos. Nunca se puede recuperar lo perdido. La melancolía impregna el futuro.
El pasado y el desamor jamás cambian, ahí están, formando parte de nuestro presente y condicionando el futuro. Podemos intentar disfrazarlos, escapar, incluso intentar olvidarlos, pero está tatuado en nuestro interior, inamovibles. Someterlos y ser capaz de vomitarlos convirtiéndolo en algo provechoso, una novela, una película, un cuadro, lo que sea, necesita de un ejercicio de interiorización y análisis que no siempre estamos dispuestos a realizar, el coste puede ser demasiado alto y dejarnos extenuados.
Sigo frente al folio en blanco. No sé crear mundos lejanos a partir de realidades propias y extrañas. La fusión de ambas en un lugar inexistente, que sólo existe en la mente, requieren talento, oficio y eso sólo lo tiene algunos privilegiados.
Yo no soy Chow pero sí que sé que “No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado. El amor es cuestión de tiempo”.
© Del Texto: Anita Noire


may 2 2010

2046: Mirando desde el submarino

2046 es una habitación de hotel en la que pasaron cosas. En la que siguen pasando. Un periodista intenta regresar a ella escribiendo un relato de ciencia ficción. Y lo intenta de ese modo porque dice que él no volverá por allí, que tendrá que inventar cómo sería esa vuelta. De la 2046 nadie ha regresado nunca. En la 2046 ya no hay secretos. Imagina un tren (el 2046) en el que las mujeres son androides incapaces de amar, programadas para hacer las cosas siempre igual, o programadas para amar a otro o hacer las cosas que uno no puede entender. Mientras, en el mundo real, todo está lleno de secretos, de mujeres que pueden amar (incluso a nuestro periodista), de personas carentes de imaginación. Un mundo decadente en el que el protagonista es su máximo exponente. Él es que no puede amar, al que le falta la capacidad de fabulación (el relato no es más que una repetición de lo que le pasa maquillada con mujeres biónicas).
No se trata de una mala película, pero deja demasiadas expectativas por cubrir. El director, con mucha habilidad, las enmascara con una estética notable, una música sorprendente por lo bien elegida, unos personajes muy atractivos y una trama que causa extrañeza. Pero la estética en cine no lo es todo, la música ya estaba, los personajes se quedan a medias con la excusa del ir y venir a la ciencia ficción y la trama camufla con giros extraños y tramposos la falta de recursos para solucionar lo que Wong Kar Wai plantea. Ni más ni menos que el gran problema con el que se enfrenta el hombre desde que lo es: el tiempo, su paso. Zanja el asunto con un mensaje parecido a “lo que ha pasado, pasado está, nada se puede cambiar salvo echando imaginación al asunto para modificar el presente”. Demasiado poco. Olvida Wong Kar Wai que el tiempo es, en realidad, una convención que el ser humano maneja para medir el tiempo que le queda de vida, que desde la ficción lo que se modifica es el pasado que arrastra toda esa fábula para que el presente sea más llevadero, para entenderlo. Parte de premisas demasiado superficiales para tratar un asunto muy serio.

Ahora bien, si dejamos a un lado lo profundo de la película, lo verdaderamente importante aunque sea la zona que muchos espectadores no transitan solos sino de la mano del director (ven lo que les enseñan y es suficiente), la película da el pego. Y lo digo sin ironía. Creo que es verdad. Wong Kar Wai hace buen cine, los actores suelen estar a la altura de los personajes que interpretan, la música suele ser deliciosa, algunas secuencias son tratadas con un mimo original, sugerente y sutil. De este autor, y de esta película en concreto, se dijeron maravillas en Europa y se le galardonó con el premio a la mejor película internacional.
Prueben suerte. Quizás no vean las cosas como yo.
© Del Texto: Nirek Sabal