sep 11 2011

La niebla: Una historia mil veces contada y mal

Los millones de espectadores que andan sueltos por el mundo merecen un respeto. Ni son una banda de seres sin capacidad de reflexión, ni se tragan lo que les echen sea lo que sea. Es posible que, a veces, nos dejemos engañar por una puesta en escena espectacular (Avatar es el caso más reciente); es posible, pero eso no significa que alguien con un mínimo de criterio aguante insultos a su inteligencia como si no pasara nada.
Stephen King escribió una novela. Frank Darabont rodó una película adaptando esa novela. El resultado fue La niebla. Un desastre absoluto; una película llena de seres horribles que sólo sirven para que los niños no duerman, de personajes instalados en el tópico, de diálogos mal construidos y absurdos. El tema de fondo es el miedo. Si una persona tiene miedo todo puede pasar porque el comportamiento del ser humano sufre una ruptura absoluta y los comportamientos más primitivos son los que prevalecen sobre los culturales y sociales. Menuda cosa. Esto ya nos lo han contado un millón y medio de veces. Sin tanto insecto enorme, sin tanta araña asesina y sin tanta sangre. Les aseguro que La niebla es una película prescindible. Casi nada de lo que muestra es digno de ver.
Si tuviera que salvar algo sería la banda sonora. The Host Of Seraphim es el tema central y, francamente, no está nada mal.
Todo en la película es exagerado. No sólo las criaturas horribles. Las interpretaciones de Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden o André Braugher se ven descontroladas en algunos momentos y siempre increíbles. Debe ser producto del imposible entendimiento que genera en el espectador que se digan, unos a otros, esa cantidad de idioteces. O, tal vez, sea que en esta película, su director, sabía que lo que podía salvar la obra eran unos efectos especiales y visuales extraordinarios. Pero esos efectos tampoco son gran cosa. Eso sí, bastante asquerosos. Llenar la pantalla de arañas es lo que tiene.
Mezclar el fanatismo religioso, a un niño llorando, la tranquilidad y serenidad de los ancianos, a un padre (hay más, pero me da pereza continuar), y poner a todos frente a una situación extrema hace que los personajes estallen como una pompa de jabón, que desaparezcan desde el primer momento. Además, creo yo que el miedo no es lo mismo que el histerismo o la locura. En esta película todo es fanatismo, locura, violencia.
Un verdadero desastre en todos los sentidos. Incluso el despliegue técnico para mostrar a esos seres tan malignos se queda en la normalidad. Hoy en día, los niveles son tan importantes que cuesta mucho trabajo conseguir algo original que impresione al espectador.
Si pueden evitarse la experiencia de perder el tiempo sin ton ni son, no lo duden.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 4 2011

La piel que habito: Moviendo cabezas

Si algo caracteriza el cine de Pedro Almodóvar es que la exageración, la extravagancia, las situaciones extremas y los personajes que rozan el delirio se convierten en algo normal, sencillo, en algo que cualquiera podría tener delante de las narices sin que pasara nada de nada. Tal vez ese sea el encanto fundamental del cine de Almodóvar. Sólo alguien que sabe hacer cine es capaz de conseguir este tipo de efectos en un espectador que no suele estar dispuesto a cambiar su forma de entender las cosas a cambio de un rato de entretenimiento. La extravagancia desnuda, sin el acompañamiento de una dosis de genialidad suele quedarse en pura anécdota, en un mal chiste o en una caricatura de lo que debe ser una película de cine.
Antes de entrar en la sala de proyección, estuvimos tomando  unas cervezas y unas tapas. Comentamos lo que ya sabíamos de La piel que habito y esa mala suerte que supone entrar en el cine contaminados por ideas ajenas que te colocan en lugares equivocados. El lugar de otro es siempre un sitio equivocado. Todo lo que se ha dicho de esta última película del director manchego ha sido excesivo; lo bueno y lo malo. Sin ver la película ya lo intuía. La sala estaba prácticamente llena de gente.
La Piel que habito comienza entre dudas. Esa primera parte de la película (la que va del primer minuto hasta que un personaje que aparece en pantalla disfrazado de tigre deja de estar) es la que se parece menos a lo que debería, es decir, al cine de Almodóvar. Durante esos primeros minutos se presentan los personajes (no todos aunque sí buena parte de los fundamentales). El médico protagonista mantiene diálogos con otros que parecen sacados de un libro de texto de educación primaria. El que va vestido de tigre es un auténtico despropósito de personaje aunque, es verdad, que con él llega la primera frase con chispa. Todo aparece de forma remolona sin dejar al espectador margen para casi nada salvo para levantar la ceja. Eso sí, a partir de ese momento, Almodóvar hace desembarcar su cine con fuerza y, ya lo voy a decir, con maestría. Con los excesos de siempre, con zonas de exposición narrativa muy bien contadas, con personajes que se desarrollan en un mundo fabricado a su medida y que se dibuja con perfección. Ya se ha contado mucho del argumento de la película, mucho más de la cuenta y aquí no se va a desvelar nada. Me parece una faena monumental hacer esas cosas. Van ustedes al cine y ven la película.
Acudan a la sala de proyección sabiendo que la puesta en escena de la película es extraordinaria. Nada extraño si el director de la película es quien es, el director de fotografía es José Luis Alcaine y el director artístico Antxón Gómez. Impecable. Crean lo que digo. Pueden ir tranquilos los que piensan que la película no tiene nada que ver con el cine de Almodóvar. Lo es. Y lo es en estado puro (esa primera parte es lo que más se separa). Se van ustedes a reír quieran o no quieran (la escena en la que aparece el hermano del director, por ejemplo, es muy divertida); asistirán a una vuelta de tuerca más sobre lo que puede ser el amor, las relaciones familiares o el sexo; se van a sentir desconcertados cuando salgan del cine y perciban que Almodóvar ha logrado que se pongan ustedes en la piel de otro para entender lo que no tiene explicación aparente. Porque de eso va la película. ¿Dónde está el límite de las personas cuando deben asumir papeles que nos les corresponde? ¿Puede alguien sobrevivir a la renuncia de ser quien es? Por supuesto, los excesos de Almodóvar están. Algunos más justificados que otros. Lo del tigre y una escena que nos presenta en la que unos jovencitos se montan una orgía en el jardín, son innecesarias por aportar muy poco. Pero el resto, deslumbra. Las mujeres que son sometidas de una forma u otra por los hombres, los amores imposibles que toman cuerpo cuando la realidad se impone desde una zona desconocida que destroza las consciencias de todos, la búsqueda personal desde lugares insólitos. Todo desde el exceso, todo desde una luz nueva.
Acudan a la sala de proyección con la tranquilidad de saber que la música de Alberto Iglesias no es invasiva. No lo es aunque algunos lo hayan dicho. Al contrario, acompaña la acción con acierto, sin más protagonismo del debido. Concha Buika interviene y, sin deslumbrar, cumple con su misión.
Almodóvar nunca ha sido un director caracterizado por crear buenos personajes masculinos. Y digo nunca. Esta vez tampoco. Incluso el principal, el médico brasileño, se queda a medio camino. Nada nuevo para el que conoce el cine del manchego. Ni crea buenos personajes ni dirige bien a los actores. Además, Antonio Banderas no es un gran actor. Eduard Fernández, que tiene un papel muy secundario, se hace más grande en la pantalla, más creíble, que Banderas con presencia constante. Jan Cornet está bien. Roberto Álamo, que no es mal actor, tendrá que vivir con esta rémora por la que apostó. Pero Almodóvar es el gran creador de personajes femeninos. Y dirige sus interpretaciones de forma magistral. No sólo logra que Elena Anaya o Marisa Paredes estén bien; además, siempre llega a la esencia de ellas, de todas.
Esa forma de ver las cosas es el gran problema de la película. Almodóvar es como es, la película está realizada por él, el guión lo ha escrito él mismo. Y eso es lo que cuesta digerir. Es muy difícil ponerse (habitar) en la piel de otro para entender bien lo que pasa en la pantalla.
Ni es la peor película de Almodóvar ni la mejor de ella. Pero conviene verla porque es cine del bueno. Deja la cabeza en movimiento después de verla. Y eso hoy en día, si que es una rareza.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 28 2011

El diablo sobre ruedas

De la existencia de Dios y de la necesidad de la guerra ya ha hablado mucho Spielberg a lo largo de su cargante filmografía explayándose en una larga lista de títulos que me niego a mencionar por un motivo importante: el único fin de mi colaboración en este blog es la difusión del cine. Entendiendo por cine todo aquél que ya no existe, y que,  desde mi punto de vista, cumple con sus deberes. Esto es: investigación, experimentación, pensamiento y espectáculo. Como mi lista de películas catalogadas dentro de la casilla cine es tan infinitamente extensa, como cada una de ellas requiere un tiempo precioso de revisión, documentación y reflexión, y, como ante todo, esta es una actividad sumamente placentera para mí, yo me niego a perder un sólo segundo en publicitar, todavía más, esa cosa de masas y palomitas, porque si, como dicen, solo es cuestión de pasar un buen rato, tengo yo una graciosa colección de TBOS de Angelito, Hug el troglodita y La terrible Fifí que, con un cocktail saladito y un tanque de cerveza no me muevo  de la cama en semanas.
A pesar de mi aversión por Steven Spielberg, incluyo en esta lista cinematográfica mía, personal, El diablo sobre ruedas porque sí he encontrado en esta película el punto cinematográfico al que me refiero unas líneas arriba. Y no sólo lo he encontrado, sino que la he disfrutado repetidas veces y durante muchos años. Años en los que yo era una aficionada al terror y esta película una de mis pesadillas preferidas.
Esta vez, Spielberg, después de intentar convencernos, en vano, de que Dios existe y la guerra es necesaria, nos cuenta la historia de un tipo amargado de la vida que sale en su coche de viaje de negocios dejando atrás una vida convencional que nos pinta perfecta, pero que, parece, no convence al protagonista. El matrimonio, la paternidad, el adosado con jardín y un tedioso trabajo de viajante parece ser el ideal americano que Spielberg insiste en vendernos, porque mientras más se aleja David de todo eso, más se le castiga. Esta vez, el castigo tiene la forma de un inmenso camión cisterna que no deja de acosar a David en un viaje sin fin. El conductor de este camión cisterna no muestra su rostro en ningún momento, por lo que el propio camión se convierte en el verdadero antagonista. Brillante idea de Spielberg.
David es ridiculizado y menospreciado durante toda la película, resultando un calzonazos simplón reducido por una máquina y sin recurso alguno para pasar un día fuera del adosado con jardín.
Esto, el empequeñecimiento de un hombre por una simple máquina que, sin razón aparente, le hace el viaje imposible, y a la que es inútil suplicar que se detenga, me pareció el truco infalible de Spielberg en esta película. Lo que me encandiló a los 12 y a los 20 y lo que me sigue encandilando a los 37.
Desde luego, la imposibilidad de llegar a alguna parte cuando uno se desvía del camino establecido, la claustrofobia de las carreteras rectilíneas, la inseguridad de los moteles desolados y la atmósfera polvorienta del desierto le quitan a uno las ganas de salir corriendo. Mucho mejor un estilo de vida conservador y puritano dónde vivamos seguros con un Dios que nos protege siempre y una guerra que nos salva, que acabar al atardecer al borde de cualquier carretera lanzando piedrecitas al vacío. Bonito plano final éste. Insoportable Spielberg.
(Por cierto, no sé si Spielberg se escribirá así. Ustedes me disculpan, en cualquier caso).
© Del texto: Sonia Hirsch


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may 15 2011

The Omega Man: Estereotipos sociales desfasados

Un hombre viejo y solitario recorre las calles de la ciudad Los Ángeles, una urbe aparentemente muerta, desierta cuando, de repente, detiene su bólido rojo, saca una ametralladora del asiento del copiloto y dispara a lo que vislumbra como una sombra huidiza entre las ventanas de un edificio. El hombre es el coronel y científico Robert Neville, un tipo que vive sus últimos días intentando sintetizar una vacuna que él mismo creó tiempo atrás, pero que, tras el azote de la plaga que convertía a los seres humanos en otra cosa, no ha podido volver a crearla por falta de recursos y medios. Un día, por casualidad, se encuentra con una mujer llamada Lisa; a partir de entonces Neville descubrirá que no está solo y que hay más como él en un mundo en el que apenas quedan esperanzas.

Interesante propuesta y primer remake de El último hombre sobre la Tierra de Vincent Price, que se basa en la novela Soy Leyenda de Richard Matheson (de la cual se hizo una versión hace un par de años, con Will Smith, y que podríamos definir como el segundo remake), el director Boris Segal en trabajo conjunto con los hermanos Corrington al guión, consiguen un estrafalario y delirante film que surge como una burla a todo el movimiento alternativo, que no contracultural,  que surgió, vivió y murió en la década de los 60: los hippies. Y entiéndase estrictamente contracultural como al acto de aislamiento de todo tipo de civilización y sistema, una utopía en sí mismo, pues el hombre generalmente tiende a socializarse, y por ese proceso de socialización, el hombre adquiere cultura. Por lo tanto, utilizaremos el término alternativo para denominar a los hippies, y entiéndase como alternativo a un movimiento contra el sistema, pero que vive bajo el sistema. Porque eso ha sido el movimiento hippie, y se ha visto con el paso de los años, no era más que una forma más de llamar la atención, promulgar unos valores (¿hedonismo? Ja, ¿paz? Ja, ¿amor y libertad? Ja), generar un movimiento, y en consecuencia, como todo, ganar dinero. Muchos de esos hippies, hoy, son grandes empresarios que dominan el mercado y hacen lo mismo que las personas contra las que luchaban en esos años. Hipocresía barata y de manual. Y luego están los supuestos iconos rebeldes, pero que mueven masas ingentes de dólares, sea Pink Floyd, sea John Lennon, sea Jefferson Airplane. Hoy, los podemos llamar pseudo-rebeldes. ¿Qué rebeldía hay cuando se establece todo un mercado de merchandising, esto es, tener tu banderita de Bob Marley, una camiseta con el Che Guevara, tu taza con la imagen de Jimi Hendrix, o tu chapa de Bob Dylan?
De hecho, una de las primeras paradas de Neville es un cine donde se proyecta el archiconocido festival de Woodstock, donde un hippie sale en pantalla y dice Vaya, esto es realmente hermoso, pues, ¿sabe?, tiene que darse cuenta del cambio experimentado en los últimos tres días, sólo hay que ver, hay que comprender, hay que comprender lo que es realmente importante, la imagen que vemos es la de un Neville solitario en el cine, viendo masificaciones de gente bebiendo, drogándose, divirtiéndose de una forma hedonista mientras repite las últimas frases en un tono de sarcasmo, por lo pueril y banal de todo aquel movimiento alternativo.

Por eso no es de extrañar, que los infectados, en sus más que múltiples diálogos terrenales y primitivos, condenen aquel hombre estudioso, ilustrado, con juicio crítico propio. Pues, como todo movimiento, hablamos de masas, y las masas promulgan discursos, valores y luego se hace todo lo contrario, porque todo movimiento lo que quiere es hacerse con el poder, de una forma u otra. Como dice el líder de los infectados en un momento dado del film, donde atrapan a Neville: Apesta a combustible, está envuelto en el olor de los cables eléctricos, es un inútil, aquí ya no hay sitio para él. A lo que todos los súbditos responden al unísono con un . La ironía de todo ello, es que los infectados se denominan a sí mismos como La familia, y el hecho de condenar a Neville a la hoguera con un capirote, dice mucho de la visión que ya se tenía en el 71 de lo que era el movimiento hippie: una forma más de negar la individualidad y el conocimiento, el pensamiento propio a favor de un pensamiento homogéneo y colectivo. Sin embargo, a medida que transcurre el film, se nos demuestra que un nuevo futuro es posible para las nuevas generaciones, que no todo está condenado a ser una masa hipócrita sin cerebro, ya que Neville cuando es conducido por Lisa hasta un refugio, sólo encuentra niños y niñas a la espera de una esperanza que les ayude a seguir adelante en un mundo loco, incomprendido, salvaje, un mundo que ha sucumbido por sus errores. A destacar también ese temor de la época entre el bloque soviético y el occidental, estamos hablando de la Guerra Fría en todo su apogeo (y del que se alude en momentos del film).

A pesar de lo estrambótico y desquiciante del asunto, la película hace estragos en el desarrollo de personajes y situaciones, y es una montaña rusa con sus bajadas y subidas que no acaba de cuajar del todo, ni siquiera en ese final ultra-religioso con un Neville con alardes de Jesucristo que salva a la humanidad gracias a su sangre, aunque inevitable. Siguiendo con el guión, está lleno de frases lapidarias cojonudas aunque desternillantes, con unos infectados que son los que son, hippies chutados de LSD hasta las trancas, y un Charlton Heston como protagonista que llena la pantalla con su sola presencia y mala leche. Técnicamente normalita, levantando las expectativas en sus primeros minutos, no así en el resto del film donde decae hasta límites insospechados, con una fotografía que no llama nada la atención, salvo por el tono gris constante, no llegan a terminar una historia que en manos de un guión más cuidado y una mejor dirección hubiera sido una película más grande que la serie b que tenemos entre manos.

En conclusión, Robert Neville (o Charlton Heston, como prefieran) descubre que estaba tan solo como también lo pensó Robinson Crusoe. Y cuando vio lo que le rodeaba, prefirió morir. No me extraña nada, yo también lo haría a estas alturas con tanto snob, gafapasta, pseudo-rebelde que va de rebelde, pseudo-intelectuales que van de dioses sobre la Tierra, perro-flautas y demás entes sin personalidad que van de una cosa, piensan otra diferente, y hacen todo lo contrario. El movimiento hippie no es más que una farsa, lo mismo que los góticos, punks, metaleros y muchos más; todos están en el sistema, no contra el sistema. Hoy más que nunca, vemos sus efectos, sus incomprensiones, sus contradicciones. Así nos fue, y así nos va. Solo hay que ver, y comprender.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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may 14 2011

El ascensor: Antiguo terror, terror de siempre

En 1.983, Dick Maas escribió un guión, compuso música para acompañarlo y rodó una película con todo el material.
Es una película que no ha envejecido bien del todo. La estética se quedó anticuada hace ya algunos años; la música (mezclas electrónicas a base de sintetizadores) lo mismo;  la idea se vio superada a los diez minutos gracias a los formidables avances informáticos; el vestuario y la peluquería quedan muy lejos de cualquier tiempo conocido; y la puesta en escena se ha quedado reducida a lo que prodíamos llamar cine de serie k.
Sin embargo, el espectador está obligado a entender que estas cosas ocurren con mucha frecuencia y que, dependiendo de lo que se ve, ha de cambiar la forma de entender las cosas. Dicho de otra forma, todo lo que apuntaba antes es relativamente importante. Sólo relativamente.
La idea de Dick Maas es aterradora, agotadora y preocupante. El ascensor es un lugar que causa cierto temor a muchos. Pero, además, todo lo que sucede dentro de uno de ellos huele a tragedia si algo va mal. Si añadimos accidentes horribles e inexplicables que tienen que ver con la cabina y misterio alrededor de los objetos y los personajes, el asunto se pone más que interesante. Una vuelta de tuerca más la podemos dar al introducir niños y personas ciegas o a un personaje que enloqueció por algo relacionado con el ascensor. Y eso lo sabía bien el señor Maas.
No se trata de un gran guión. Alguien que entienda mínimamente de esto verá los trucos narrativos con facilidad. Tampoco cuenta nada del otro mundo. Todo es, más bien, superficial. La fotografía es mediocre. Las interpretaciones de Huub Stapel, Willeke Van Ammelrooy y Josine Van Dalsum, rozan lo histriónico. Pero, sin embargo, la película se deja ver. Parece mentira, pero es así. Resulta intrigante, entretenida y el rato que dura la proyección pasa con rapidez.
Muertes violentas, situaciones cómicas, momentos completamente ridículos, una pizca de sexo, conflictos internos y externos de los personajes (que unas veces cuelan y otras no). En fin, una película más. Una película que se deja ver y poco más. Eso sí, los amantes del cine de terror encontrarán en ella una mina. Porque se pueden criticar muchas cosas, pero la vocación del director es clara y hace lo que quiere hacer.
Intenten pasar el rato con ella. Excepto los que tengan problemas con los ascensores, claro. No volverían a subir o bajar en uno de ellos.
Niños no. Se ven escenas duras y poco apropiadas.
Ya me contarán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 13 2011

Hellraiser: Relaciones sadomasoquistas

No hace falta decir que Hellraiser de Clive Barker fue una de esas obras que, tras casi 25 años, ha seguido cosechando éxito, ya sea por su estética única, su argumento más que paradójico, o por todo el merchandising generado a raíz de ello.
La historia se inicia en un café donde un hombre le vende a otro, un tipo llamado Frank, una misteriosa y enigmática caja. En cuanto Frank llega a su piso, empieza a manejar dicho objeto, rotarla como si de un cubo de Rubik se tratara, desencadenando la apertura a un mundo subyacente, a otra dimensión, a un lugar que dominan los Cenobitas, unos seres de ultratumba y completamente deformes, engendros con estética y valores sadomasoquistas. Estos, en su afán por poseer toda alma que abre su mundo, se llevan el cuerpo de Frank de la manera más sangrienta posible, mediante unos ganchos que salen del infinito y traspasan su carne hasta convertirlo en simple carnaza. Tiempo después, a la casa abandonada que dejó Frank, llega su hermano Larry (Andrew Robinson, muchos lo reconoceréis como el Sr. Scorpio del film Harry el sucio) con su pareja Julia y su inocente hija Kirsty. En plena mudanza, Larry se hace daño en la mano con un clavo, provocando un derramamiento de sangre en la misma habitación donde su hermano fue absorbido por los entes del más allá, lo que hará traer de vuelta a Frank desde el inframundo, eludiendo la justicia divina de los Cenobitas. Obviamente, faltan detalles como que en un principio Larry, Julia y Kirsty son la aparente y típica familia feliz que pretenden tener un nuevo futuro. Pero con el desencadenante que provoca Larry y su sangre, Julia se verá arrastrada a revivir fantasmas de su pasado, esto es (y por casualidades del destino), sus deslices con Frank. Todo ello hará que los Cenobitas vayan detrás de Frank, que Julia se someta a éste y se deje manipular como ya hacía en sus encuentros con él, y que Kirsty acabe harta de todo y de todos.

Es interesante ver cómo a través de una propuesta tan, aparentemente, estrafalaria, se puede hacer apología del feminismo más puro y duro. Datos a tener en cuenta antes de llegar a tal conclusión: Tenemos una mujer casada (Julia) con un panoli de poca personalidad aunque inofensivo (Larry), que vivió mucho antes deslices con el hermano de éste, Frank, un tipo violento, manipulador, machista, mentiroso y todo tipo de apelativos insultantes que se me puedan ocurrir, un hijoputa como dirían muchos. Y en medio de todos, esta Kirsty, una niña a punto de convertirse en toda una mujer que tendrá que dejar todo eso atrás. Es curioso comprobar que la historia siempre se repite, ya sea hace 20 años o ahora, Clive Barker nos muestra a unos personajes faltos de futuro, traumatizados por su pasado, acomplejados, donde las relaciones sentimentales no dejan de pasar factura a cada paso que se da. Critica, a través de una sátira que podríamos calificar como gore, lo que llegan a ser ciertas relaciones de pareja, es decir, como un acto sadomasoquista. Esto es, mujer conoce a un tipo decidido, dominante y violento, ella se somete a sus deseos, convirtiéndose en una mera muñeca sin alma, en un momento dado ella llega a tener voluntad para terminar todo aquello. Lo peor viene después, que es donde se genera ese síndrome de dependencia que la mayoría conocemos, que es cuando uno puede escuchar frases tan absurdas y esquizoides como cuando estoy sola lo echo de menos, y cuando está acompañada de su hombre (nótese mi sarcasmo a este prototipo de tíos), es un cabrón sin sentimientos. Y así se sucede un ir y venir, donde se sufre, se llora, se cree ser feliz, se cree ser lo peor, pero en realidad lo que sé, y lo que sabe Clive Barker, es que es un acto de completo y estúpido sadomasoquismo. El personaje de Julia son todas estas ataduras psicológicas y sádicas. El personaje de Kirsty es todo lo contrario, buscará su propio yo en el mundo, la libertad y su lucha por derrumbar toda esa ambigüedad.

Para llegar a tal apología del feminismo, Clive Barker utiliza el personaje de Kirsty como el eje principal de su narración, donde dicho personaje pasará de depender de sus padres, a desvincularse de todo aquel mal que éstos han generado. En resumidas cuentas, lo que se dice en el film es que para romper con todo el círculo vicioso que nos joderá de por vida, ya sea físicamente y lo más importante, psicológicamente, hay que hacerlo de manera agresiva, radical, cortante. Empezar desde cero, sin vinculaciones de ningún tipo, sin nada de lo que depender, NADA. Sólo así, y de manera utópica, las siguientes generaciones podrían tener su propio futuro, sin ataduras ni vínculos familiares, porque la familia es el origen de lo que nos hace como somos. Y el hecho de que sea una mujer el que lo haga, ya dice mucho de los tiempos que vivimos, aunque no se quieran ver, y el realizador nos lo muestra desde una visión tan personal como también lo podría ser Bertolucci con El último tango en París.
En otro orden de cosas, el apartado técnico es discreto, una película relativamente barata y modesta que costó un millón de dólares de la época y ha generado más de 20, gracias a su ambientación, bastante conseguida, y sobretodo por la estética medio punk, medio sado que tanto se valoraba y estaba de moda en la década de los 80. Un uso de la música bastante adecuado a cada momento y lo suficientemente destacable por parte del  compositor Christopher Young, un autor acostumbrado a este tipo de productos y a peliculas de serie b, así como una realización notable a pesar de ser la primera película de este polifacético director, Clive Barker (también escritor, filósofo y dibujante, con mundo propio y toque característico; incluso videojuegos llevan su sello), logran completar un film que se convirtió en todo un icono de los 80.
Asi que, dejad de ser masoquistas, y desvincularos de aquello que os hace mucho mal. Que ya es hora de un nuevo principio.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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may 12 2011

Aliens: El Regreso

No sé qué especie es peor. Ellos no se putean por un maldito porcentaje. Esto lo dice Ellen Ripley en un momento de la película Aliens: El regreso (ya saben que escapó del horror y ahora, después de más de cincuenta años durmiendo como un angelito, es rescatada). Se refiere a uno de los tripulantes de la nave que ha llegado al planeta LV-426, el sujeto que envía la compañía junto al resto de la tripulación. Y resume uno de los asuntos centrales de la película. Tal vez soy muy generoso al hablar en plural puesto que el resto es más cosa de trama que de cualquier otro activo de la narración. En realidad, quitando algunos momentos muy concretos, la película intenta ser una suma de acciones que la conviertan en una de aventuras. Los diálogos son puramente informativos. Y es que la puesta en escena es lo que manda acompañada de un ritmo delirante que no da tregua, acompañada de aliens terroríficos, de soldados indefensos y de Newt (una niña adorable que está a punto de ser devorada en diversas ocasiones encarnada por Carrie Henn). Durante el desarrollo de la acción, siempre ocurre algo que dilata la agonía de personajes y, por supuesto, de espectadores. Con ello, James Cameron, intenta hacer creíbles las convicciones de los personajes sustentadas en cosas que ya sabíamos en Alien: El octavo pasajero o acabamos de conocer unos minutos antes. Todo ocurre con rapidez. Y todo se resuelve con la misma prisa.
Podría parecer que esto que digo se pone enfrente de la película de Cameron. Sin embargo, no es así. Es muy entretenida, muy terrorífica, mantiene al espectador pegado a la butaca en constante tensión pendiente de principio a fin. Es una película que quiere presumir más de esto que de profundidad de pensamiento. Por ello, la puesta en escena debía ser espectacular. Cameron lo logra, entre otras cosas, con colores azules muy oscuros e intensos y una iluminación bajo mínimos que hace de cada escena un momento inquietante. Los efectos especiales son los justos y los visuales magníficos. La partitura adecuada porque todo se ordena alrededor de los efectos de sonido. De hecho, la película obtuvo un óscar por los efectos visuales y otro por los de sonido de sonido. Justos premios.
Aliens: El regreso es la primera de las secuelas de Alien: El octavo pasajero. Y es magnífica si la encuadramos dentro de esas expectativas que se nutren del terror y la trama aventurera sin más. Repite Sigourney Weaver haciendo de Ellen Ripley. Francamente, las cuatro películas de la serie sin ella serían otra cosa bien distinta. Y destacan Michael Biehn, Bill Paxton y Jenette Goldstein. Es una película muy violenta. Mucho. Esta vez, no sólo los aliens se muestran hostiles. Los soldaditos reparten lo suyo a lo largo de todo el metraje. Desde luego, los niños no deberían ver algo así. Ni los miedosos porque la película pone los pelos de punta. El resto no dejen de verla. Pasarán un par de horas estupendas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 11 2011

El último exorcismo: Lo tonto de lo diabólico

El asunto de lo diabólico, del exorcismo, de la fe que desaparece para hacer un hueco a lo oscuro y del misterio que rodea todo lo que tenga que ver con Satán, está contado. Libros, películas, cómics, pintura, escultura, música. Está por todas partes. Por ello, hay que ser muy original, hay que elegir un punto de vista especialmente adecuado para conseguir algo que interese a los demás.
Daniel Stamm se estrena como director con la película El último exorcismo. Elige narrar la historia con la cámara al hombro. Y comienza de forma francamente interesante. Pero, a medida que pasan los minutos, va desapareciendo lo que interesa y va quedando lo más estúpido de la narración. Plantea una trama estupenda y quiere terminar con una chapuza descomunal. Lo terrorífico, lo verdaderamente diabólico da paso a la tontería más escalofriante. Abre expectativas de altos vuelos y las intenta saldar con un cuento para lo que debe creer que es un espectador. Esto es, un imbécil que se traga lo que le echen.
Cotton Marcus (Patrick Fabian)es un reverendo que se gana la vida haciendo trampas con las cosas de la fe. Un niño muere mientras le intentan practicar un exorcismo. Y él, que lo hace a diestro y siniestro (no matar niños, pero sí simular sacar demonios de cuerpos humanos) decide acabar con el engaño. Le avisan desde una granja. Allí hay una muchacha poseída por el diablo. Avisa a unos periodistas y les invita a rodar un documental para dejar al descubierto la gran mentira del exorcismo. Pero la cosa se complica y eso termina como el rosario de la aurora.
La película está grabada cámara en mano. Un gran acierto hasta que se convierte en un desastre. La película va de mucho a nada. Todo se vacía de sentido a medida que el guionista intenta ir resolviendo problemas que ha ido planteando como si no fuera a pasar nada. Se libra Bell Ashley que interpreta a la cría endemoniada. El resto se tiñe de patetismo de mitad del metraje en adelante.
Espero que con esto sea suficiente para que no pierdan el tiempo con esta chapuza. Pero si alguno de ustedes insiste en echar un vistazo a la película, no continúen leyendo. Ya les he advertido de lo que hay. Y paren o se enterarán de cosas que les destrozaría (mucho más) la hora y media de cine.
El despropósito es tan enorme que la justificación de lo narrado desaparece por completo. Llegado el final de la película, lo poco que quedaba en píe se derrumba. Y, francamente, el inicio (la primera hora de película llega a ser fascinante). Lo que enseña Stamm es el documental que se rueda. Desde el primer minuto. Eso es la película. Integramente. El documental está perfectamente editado (en la ficción) y aparecen los nombres de los que van apareciendo sobreimpresionado en la pantalla. Muy bien. Pero, por ejemplo, al final de ese documental (al final de la película) no queda títere con cabeza salvo la secta satánica. Entonces ¿cómo editaron ese documental? ¿Cómo es que podemos estar viéndolo? ¿Lo han hecho público los malos? ¿Qué coño es lo que ha pasado? Todo se viene abajo.
La trama, llevada con maestría en un principio, comienza a liarse de forma absurda. Lo que podía ser una narración estimulante se convierte en un galimatías al introducir sectas, idas y venidas absurdas de personajes que se mueven sin ton ni son, un ser demoniaco que aparece por arte de magia y de forma inexplicable y, desde luego, muy mal explicada. Lo demoniaco se convierte, sin venir a cuento, es una sucesión de muertes violentas que acaban con todo porque eso no hubiera sido capaz de arreglarlo ni el mismísimo diablo. Un desastre absoluto.
Una perdida de tiempo. Una pena. No pierdan el tiempo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 10 2011

El experimento del Dr. Quatermass: La deliciosa inocencia

Hubo un tiempo en el que los cohetes espaciales (los que aparecían en las películas de cine o en los cómics) tenían la forma de un cohete. Ya saben, esos que terminaban en punta y se sostenían sobre tres enormes patas. Y hubo un tiempo en el que los seres monstruosos eran pura gelatina, tenían ojos de pulpo y se movían dejando un rastro de materia amorfa. Babas, diría yo.  Era cuando el terror a lo desconocido llegaba en forma de seres extraterrestres que podían acabar con la humanidad. El hombre aún no era consciente de ser ese monstruo con capacidad destructiva ilimitada.
El Experimento del Dr. Quatermass es una película deliciosamente inocente aunque terrorífica hasta límites insospechados. Dirigida en 1.955 por Val Guest, cuenta cómo un cohete, enviado a la órbita terrestre, regresa a la tierra. Dos de sus tripulantes han desaparecido. El tercero, el astronauta Víctor Carroon (Richard Wordsworth), llega en condiciones extrañas y sufre una mutación que le convierte en un ser agresivo y monstruoso. Serán policías británicos, científicos y el propio Dr. Quatermass (Brian Donlevy) los que inicien la captura de Carroon.
Es emotivo ver estas películas cargadas de inocencia. Al menos una inocencia superficial. Los malos son malos; los buenos muy buenos; y los tontos más tontos que pichote. Pero es tan emotivo como interesante echar un vistazo a lo que queda bajo la superficie. En concreto, en El experimento del Dr. Quatermass, los personajes van creciendo desde las contradicciones internas (es el caso de Víctor Carroon), desde las convicciones absolutas (lo representa el Dr. Quatermass) o desde la duda metódica o la improvisación más absoluta (pareja formada por el médico y el comisario de policía). De este modo, el guión del propio Val Guest y Richard Landau, nos da una visión poliédrica del comportamiento humano ante una situación desconocida y extrema. El terror aparece en esa zona en la que nada se ve con claridad porque faltan puntos de vista complementarios. Es el conjunto, la suma de todos ellos, lo que puede resolver el entuerto.
La película tiene un ritmo narrativo maravilloso, consistente y ágil. Los diálogos chisporrotean sin parar, cargados de ironía, contrapuestos a una situación terrorífica que quita el habla. El elenco defiende sus papeles a la antigua cuando se trataba de cine de género. Con soltura y sin grandes sorpresas. Interpretaciones algo planas, pero suficientes.
Es verdad que algunas cosas están poco o mal justificadas en la trama (la llegada de una sola esposa al lugar del accidente, curiosamente la del superviviente cuando nadie sabía si quedaba alguien vivo, por ejemplo). Pero hay que tener en cuenta las limitaciones presupuestarias, las del metraje estandar del momento y el tipo de cine que se quería conseguir.
La película carece de efectos especiales espectaculares. Y los pocos que se muestran son muy ridículos (hoy en día, claro). Pero el director consigue una película exquisita que pone los pelos de punta. Por cierto, no falta el niño que eleva la carga dramática de la narración, ni el tonto de capirote que merece rellenar el hueco de los fallecidos. Por listillo. Qué contradicción.
En familia se puede disfrutar sin problemas. Incluso los más pequeños (esos ya no se asustan con tan poca cosa). Palomitas, refrescos y hora y cuarto de buen cine. Corran, corran en busca de una copia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 9 2011

Alien: La perfección de la hostilidad

Tenía yo quince años cuando vi, por primera vez, Alien: El Octavo Pasajero. No sabía muy bien qué era eso que me esperaba en la sala de proyección. Supuse que algún marciano con cara de cera lanzando rayos ultrasónicos y un montón de tipos rudos y valientes repartiendo leña al ser extraterrestre. Sin embargo me encontré con un ser extraordinario, violentísimo, astuto y demoledor frente a una tripulación mixta que disponía de un lanzallamas medio casero y una red para lograr salir con vida de la nave espacial. Si tuviera que elegir un momento de mi vida en la que me sentí indefenso y aterrado, creo que no dudaría en referirme a aquella tarde.
La nave Nostromo (en aquella época los efectos especiales nos resultaban asombrosos) era inmensa. El alien era la misma maldad. La tripulación del Nostromo podría estar compuesta por cualquiera de nosotros. Pobres Dallas (Tom Skerritt), Ripley (Sigourney Weaver), Lambert (Veronica Cartwright), Brett (Harry Dean Stanton), Kane (John Hurt) y Parker (Yaphet Kotto). Ash (Ian Holm) resultó ser un androide traidor y odioso. Con esa película se podía sentir exactamente lo que se debe experimentar durante un viaje espacial. Y después de ver algo así, la ciencia ficción ya no sería lo mismo, nunca más. Miedo, incertidumbre hasta la última toma, nervios esperando un desenlace con una mínima esperanza, emoción sin límite, asfixia. Inolvidable.
Ridley Scott, el director de la película, tomó prestado el nombre de la nave. Al escritor Joseph Conrad. Hace referencia a una de sus novelas y, como todo el mundo sabe, este escritor tenía en su literatura un hueco permanente para el viaje, la sabiduría que provoca el movimiento, la posibilidad de vencer a todo tipo de contratiempo y salvar la vida el viajero por ello. De eso va la película aunque la acción se produzca en el espacio y veamos un monstruo terrible. Esa nave, la USCSS Nostromo, será el escenario de buena parte de la película. La tripulación es despertada, antes de tiempo, durante su viaje de regreso desde Thedus a la Tierra. Les encargan la misión de investigar la procedencia de una señal desconocida que llega desde un planetoide. Cuando a Kane se le agarra a la cara un bicho de aspecto horrible y perfecto en su hostilidad, todo se desboca.
Las interpretaciones de los actores son todas correctas. La de Sigourney Weaver es especialmente buena. Y se desarrolla con fuerza al enfretar su personaje con el que interpreta Veronica Cartwright. La debilidad del carácter de una hace más fuerte el de la otra. La decisión de una hace que las dudas de la otra la conviertan en una heroína. El trabajo del director es este aspecto es impecable. La música de Jerry Goldsmith acompaña como un guante la acción. La partitura es perfecta, pero no pretende en ningún caso nada que no sea matizar lo que se ve en la pantalla. Extraordinaria la puesta en escena que nos lleva aunque nos neguemos a un mundo oscuro, hostil, vacío de humanidad y que se convierte en un enorme reto para el ser humano. El montaje es inteligente y no deja que los tiempos destrocen los tempos narrativos. Por ejemplo, los viajes de un sitio a otro se convierten en elipsis para no demorar las cosas mientras se pierde una intensidad narrativa impecable.
No sé si los jóvenes de hoy mirarán esta película con la ceja levantada preguntándose por qué hizo tanto ruido en el momento de estrenarse. Yo tengo la respuesta. En ese momento nadie había viajado al espacio. Y la primera vez que haces cualquier cosa deja huella.