ene 15 2014

Carrie: Un calco

Cuando un aficionado acude al cine para ver un remake, espera que al salir de allí, algo nuevo se lleve en la memoria. Las opciones, siendo algo reduccionista son: la nueva versión es algo novedoso que, aun contando la misma historia, logra aportar cosas desde el punto de vista narrativo y técnico; la nueva versión es la misma cosa que el original con ciertos toques de autor y se hace prescindible; la nueva versión es lo mismo y la novedad es que una buena historia original la han convertido en un peñazo.
Carrie, película firmada por Kimberly Pierce, se encuadra en la segunda de las opciones. Es la misma Carrie de Brian de Palma (1976) con un aire más sosegado, un toque humanista algo más potente que en la original. Pero, por el contrario, la forma de narrar del maestro De Palma se pierde. El resultado es que la sensación de repetición, sin un sentido claro, se impone con fuerza. Pierce trata de modernizar la trama incluyendo aspectos tecnológicos que sólo actualizan la escena mínimamente. Que aparezcan móviles e Internet no dan un toque moderno. Los efectos especiales son buenos aunque eso, en los tiempos que corren ya no suman. Un mal uso sí que resta, pero el uso correcto de descuenta antes de empezar.
Chloë Grace Moretz, sin ser mala actriz, no es Sissy Spacek. El rostro de Spacek era el de alguien completamente poseido por un estado de ánimo extraordinario. El de Chloë Grace Moretz es el de una mujer de muy mala leche. Además, cuando llega el momento de la fiesta, la belleza de la nueva Carrie pone en duda parte de las motivaciones de un personaje que en el libreto original es visto con rareza por todos y en todos los sentidos, incluido el físico. Por su parte, Julianne Moore defiende su papel con solvencia, sin despeinarse. Entre otras cosas porque su personaje se queda sin explotar, no se le exprime lo que cabría esperar (en la novela de King se le saca un partido asombroso) y, así, el trabajo se hace más llevadero.
Para el que no conozca la primera versión, esta de Kimberly Pierce, puede ser que cuele. El guión de Roberto Aguirre-Sacasa y Lawrence D. Cohen se ajusta al que ya filmó De Palma y funciona bien. Es cine que deja entrever alguna calidad. Pero para el que ya pudo disfrutar de la Carrie original sentirá algo de decepción. No siempre basta con hacer las cosas con corrección. Si la idea es partir de algo ya realizado el objetivo es llegar a más. ¿Por qué alguien querría ver una película que se sabe de cabo a rabo y no que no le fuera aportar algo más? Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 8 2013

La cabaña en el bosque (The cabin in the woods): Homenaje al género

Divertida y, a veces, terrorífica, propuesta de Joss Whedon y Drew Goddard. La cabaña en el bosque es una película que pretende un homenaje sincero y auténtico al género de terror y al de ciencia ficción.
Posesión Infernal y Viernes 13 están presentes sirviendo de hilo conductor (aunque están muchas más); todos los monstruos, los malos sueños y el sarcasmo propio del género de bajo presupuesto; las sangre, las rubias tontas, los fumados, los intelectuales y los musculosos atletas que la palman por ir de héroes sin tener un pelo de ello. Todo está y todo es tratado como se merece. Y como colofón ese concepto del mundo oscuro que llevó a Lovecraft a escribir para crear un universo (con un cameo maravilloso incluido).
Los sustos son pocos (tampoco se buscan demasiado). La sangre corre, pero menos que otras veces. Es más la sonrisa de satisfacción que luce el espectador lo que toma relevancia. Los guiños constantes dirigidos a cada rincón del género son estupendos y se acompañan de giros argumentales bien manejados que nos hacen deslizarnos hacia un final extravagante, loco y arrasador. Tal vez se eche en falta un momento de reflexión sobre el cine de terror o sobre la propia película. En este sentido el guión queda algo desamparado. Es el pero de la película que, si bien no es pequeño, se perdona por como que se cuenta la acción y el gran entusiasmo que se le echa al asunto.
Sería una canallada desvelar un solo instante de la trama. Esta película hay que verla sin saber nada de ella, sin contaminaciones innecesarias. Pero sepan que se van a encontrar con el grupo de jóvenes arquetípico que van a pasar un fin de semana a una cabaña ubicada en mitad de ninguna parte. Una rubia (ya saben, más tonta que pichote), un chico listo que fuma drogas, un musculitos sobrado de hormonas, el atleta caballeroso e inteligente y la chica que siempre se salva. Supongo que les resulta familiar. Lo que no lo es tanto (tampoco en nuevo del todo) es un elemento distorsionador que convierte la película en otra cosa y que no desvelaré. Un recurso que lleva la trama al límite y que podría ser motivo suficiente para que la tensión narrativa se vaciase por aligerar mucho la zona misteriosa. Pero no llega a traspasar la línea roja y termina funcionando muy bien. Aquí lo dejo.
Los actores y actrices lo hacen bien. Lo que se pide en estos casos. Maquillaje y peluquería, muy bien. La fotografía, correcta. El montaje, notable. La música, ni fu ni fa. Y el guión bien armado aunque falto de profundidad y lleno de giros que se gobiernan con solvencia y mucho sentido del humor. La dirección está encaminada hacia un lugar muy claro que no se pierde de vista en ningún momento. Todo funciona bien, todo parece original aun sin serlo; el humor negruzco y el sarcasmo en policromía llegan con facilidad al espectador. Y el remate del trabajo, siendo algo disparatado, deja muy buen sabor de boca.
La película no es tan inteligente como Whedon y Goddard creen. Pero lo es mucho más que la mayor parte de trabajos vistos en los diez últimos años. Es un trabajo que termina resultando atractivo y embaucador. Merece la pena echar un vistazo a La cabaña en el bosque. Ya lo verán.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 28 2013

Stigmata: Lo inexplicable y los curas

Todo lo transcendente, lo sobrenatural, lo inexplicable; en definitiva, todo aquello que escapa a la razón, a la ciencia, ha dado mucho juego en el cine y en la literatura. Si además, añadimos sotanas, sangre, intrigas vaticanas, lenguas muertas, amores imposibles y rock, la cosa se hace más que interesante. Eso sí, hay que tener cuidado porque, casi todo, está contado y se puede caer en el terreno de lo sobado y del tópico.
Stigmata habla de un evangelio no reconocido por el Vaticano (declarado hereje, el evangelio, no el Vaticano) y de cómo alguien lo anuncia para tormento de la zona más radical de la Iglesia. Poco más. En este trabajo no se encuentra mucha sustancia aunque se busque con ahínco por parte de guionista y director. Y todo parece que se centra en lo espectacular de lo inexplicable y en lo odioso de una Iglesia que (por lo que se ve) no tiene razón de ser. Tendrá que ser el espectador el que decida sobre ello.
Patricia Arquette interpreta el papel protagonista. No le sobran facultades a esta chica, eso ya se lo digo yo; pero entre latigazos, estigmas, levitaciones y posesiones, las carencias se disimulan bastante. Su personaje, Frankie Paige, tiene poco de interesante. Evoluciona poco, sabemos poco de ella y nos interesa eso, poco. Gabriel Byrne comparte protagonismo con Arquette. Bastante soso haciendo de cura listo. De este personaje sabemos menos. Por fortuna, porque por más que se intenta escapar se convierte en un topicazo de primera. Jonathan Pryce también luce sotana. Su papel es muy corto y le pasa lo mismo que al resto.
No están mal los efectos especiales y sonoros. Bastante logrados. La partitura, firmada por Billy Corgan (Smashing Pumpkins) es muy buena. El resto correcto a secas.
El esquema narrativo utilizado en Stigmata está muy gastado y cualquier aficionado al cine lo reconocerá sin problema alguno. Lógicamente, esto resta mucho interés al trabajo. Lo que apesta a conocido suele funcionar mal. Aún así, la película se deja ver. Entre alborotos y situaciones extraordinarias se pasa el tiempo con rapidez. Pero que nadie espere algo tan extraordinario como lo que plantea el guionista. De eso no hay nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 25 2013

Expediente Warren: The Conjuring. Terror de siempre

Expediente Warren: The Conjuring es una película de terror armada sobre un guión clásico del género, unos efectos sonoros clásicos del género, una partitura clásica del género, un maquillaje y una peluquería clásicas del género. Todo es clásico. Incluso algunos movimientos de la cámara. Esto hace que sepamos, más o menos, qué es lo que va a suceder desde el principio hasta el final. Pero, a decir verdad, James Wan consigue entregar un trabajo muy meritorio. Porque, si bien es cierto que la película es muy previsible, lo que cuenta (ya sabido) lo cuenta muy bien. El ritmo y la tensión no dan respiro al espectador, hay algún plano secuencia con la cámara al hombro muy bien planificado, el resto de planos son diferentes y llamativos (sobre todo los picados y contrapicados) y el miedo, nervioso primero y potente más tarde, hace acto de presencia rápidamente.
Los guionistas, Chad Hayes y Carey Hayes, no escriben nada del otro mundo (expresión poco apropiada al hablar de esta película) aunque esa etiqueta de estar basada la trama en un hecho real ayuda mucho a limar defectos, a que no se les dé importancia. Lo que cuentan, por cierto, es una adaptación muy libre de los sucesos ocurridos en la casa de la familia Perron (Rhode Island).
De entre los cuatro personajes principales, destaca el que encarna Vera Farmiga. El personaje y ella. Lili Taylor, Patrick Wilson y Ron Livingston, están bien aunque no hacen nada que merezca la pena resaltar.
Al igual que en El Exorcista, Los Pájaros o Al final de la escalera (en Expediente Warren se las homenajea claramente) los niños tienen gran importancia. Este es un ingrediente que no falla cuando hablamos de demonios, espíritus o cosas parecidas. Los Perron son padres de cuatro jovencitas que se mueven por la pantalla para acrecentar la tensión. Con demonios pegados a la espalda, hablando con espíritus, volando y eso.
Además de una partitura muy efectiva, la fotografía también lo es. John R. Leonetti hace un excelente trabajo. Esto tiene especial importancia al crear un clima excelente para que el relato fluya sin complicaciones en el género de terror. No vale cualquier cosa.
Este relato es conocido. No el mismo aunque los hay muy parecidos. El matrimonio Perron (Lili Taylor y Ron Livingston) compra una casa. Se mudan y se encuentran con un enorme abanico de asuntos sobrenaturales, terroríficos y espeluznantes. Los guionistas se toman la molestia de justificar el porqué no salen pitando de allí y lo hacen de forma simple aunque convincente (en este sentido los guionistas son cuidadosos y huyen de las chapuzas). Acuden al matrimonio Warren (Ed Warren-Patrick Wilson; Lorraine Warren-Vera Farmiga), expertos en esos asuntos. Y lo demás ya lo saben ustedes.
Hay momentos de gran tensión y el desenlace no es una idiotez como ya ha ocurrido en otras películas. Expediente Warren: The Conjuring es una buena película de terror que roza los tópicos aunque James Wan logra no caer en ellos sin la astucia suficiente como para que el espectador crea estar viendo algo alejado de esos territorios.
Una excelente opción para los que quieran pasar un mal rato. Nadie saldrá defraudado del cine. Es más, muchos dormirán con los pies bajo las sábanas por si las moscas.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 21 2013

Emergo: Una vulgaridad absoluta

Hay películas que, aun sabiendo cómo van a terminar, te tienen pegado a la butaca hasta el final. Esto no significa que sean buenos trabajos; al contrario, suelen ser un desastre. Pero, entonces, ¿por qué soportamos un buen rato frente a la pantalla? La razón suele encontrarse en un arranque vigoroso y esperanzador, un arranque que parece llevarnos hasta un lugar conocido por su estética, pero que está por descubrir. Y cuando la cosa comienza a empeorar, cuando todo se coloca en lugares comunes y sobados, allí seguimos por si es algo transitorio; con la esperanza de que el realizador escape hacia el lugar en el que empezó, que el guionista tenga fuerzas para renunciar al éxito más comercial o a un fracaso bien pagado. Pero nunca ocurre. Todos quieren (sobre todo los más nuevos) volver a tener una oportunidad. Un gran error por otra parte, puesto que el mercado está necesitando nuevas ideas, nuevos realizadores que aporten; y así, tal y cómo se dejan llevar por el imán del circuito comercial, es imposible.
Emergo es una de esas películas que arrancan inquietando, haciendo que el espectador abra los ojos. Cámara subjetiva, los elementos más habituales del género, una estética que ya es casi familiar y se desgasta con rapidez; pero un discurso muy técnico, muy explícito; que busca la justificación de la acción, una nueva alternativa. Desde lo ambiguo se va dibujando un conflicto, una trama con posibilidades. Pero a la media hora, todo se va hacia el lado de siempre, hacia el topicazo. Tanto es así que la escena final -si es que algo quedaba en pie- arrasa con todo el trabajo.
Este es el debut de Carles Torrens como realizador. Rodrigo Cortés es guionista, productor y editor de la película. Se deja notar su trabajo en la dosificación que hace de la acción, pero es, también, el gran culpable del desastre absoluto. Carles Torrens hace lo que puede utilizando diferentes ubicaciones de la cámara que nos deja planos larguísimos alternando con cierto caos en los momentos de mayor acción. Esta es la que suele definirse como película que va de más a menos aunque, para ser exacto,s esta va de más a nada.
Los intérpretes no destacan en absoluto. El único que tiene que aguantar el tipo frente a la cámara es Kai Lennox (un ratito pequeño).
La película termina siendo de una vulgaridad absoluta. Incluso el discurso más técnico (lo poco que sobrevive al desastre) se hace pesado e innecesario. Más que nada porque asistimos a lo que nos han presentado ciento noventa veces anteriormente. Si Cortés hubiera apostado en su guión por lo que vemos al principio otro gallo le hubiera cantado.
Prescindible por sabida, por desilusionar, por estar vacía en su núcleo. Un penoso desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 11 2013

Posesión Infernal: Sangre, mucha sangre

El género de terror, en la actualidad, no vive sus mejores momentos. Entre la falta de ideas de los guionistas, el uso excesivo de los avances tecnológicos que quitan sabor a lo que deberían ser efectos visuales terribles, y que ya está casi todo contado; el panorama es algo desolador. Aunque siempre cabe la posibilidad de que llegue alguna película a las pantallas que alivie la situación. Esto es justo lo que ha sucedido con el remake Posesión infernal (Evil Dead).
El realizador uruguayo Fede Álvarez se estrena en el gran formato con una película muy sangrienta, llena de referencias a la original y con una vocación de ser otra cosa sin olvidar la procedencia -cosa que es muy de agradecer-. La ayuda de Sam Raimi con el guión (seguramente con alguna otra cosa más) parece que ha sido importante. Y la banda sonora, a veces excesiva, del español Roque Baños también suma una buena cantidad al conjunto.
En realidad, es más una película de sangre y casquería que de terror. Pero sí hay sustos y momentos inquietantes. Se acerca al gore, pero no llega hasta tan lejos. Entre otras cosas porque esa cosa tan artesanal que tenía el génesis del gore se ha perdido y todo se ha transformado en imágenes depuradas a través del ordenador y exquisitas en exceso. Pero no se puede negar que algunas escenas son escalofriantes. La película promete sustos, sangre, gritos de los espectadores y risas tontas. Eso no falta. Sin embargo, hay que hacerse el loco con algunas cosas para que guste al película.
La acción de desarrolla en una cabaña que está en medio del bosque. Todo es gris, triste y, claramente, allí no puede suceder nada bueno. Fede Álvarez introduce aquí una justificación importante de la acción. Tenemos una razón para llegar hasta allí y para quedarnos (me refiero a los personajes, claro, aunque los espectadores necesitamos una razón por la nos quedemos sentaditos y prestando atención). Ahora bien, si conoce usted un cliché usado en el cine de terror, lo encontrará en esta película. Que un personaje corta una pieza de carne asada con un cuchillo eléctrico, pues nada, luego se corta un brazo. Que la cámara se centra en el cutter, ya saben, el que aparezca por allí se va a ir calentito a la cama. Que un personaje trata de escapar, oh, las llaves del coche se caen, tropieza con todo lo inimaginable, etc. Un espejo en el baño, de esos que tienen puerta porque son un armarito para las medicinas y el cepillo de dientes; se abre y cuando el personaje lo cierra, tachán, la imagen horrorosa del personaje que mira y que va a morir en la siguiente escena.
Que conste que para esto es para lo que va uno al cine sabiendo el título que es. Es verdad que se echa en falta algo de imaginación aunque se perdona porque el conjunto funciona razonablemente bien.
El ritmo narrativo es poderoso. Apenas hay tiempo para nada que no sea ver litros de sangre, sierras mecánicas en funcionamiento, clavadoras automáticas repartiendo metal entre unos y otros… Esas cositas. Y, sorpresa, incluso podemos empatizar con algún personaje. Poco, eso sí. Pero, a diferencia de muchas películas de este género, algo podemos. El realizador logra mover la cámara con acierto sin que tanta muerte, tanto demonio yendo de aquí para allá, se convierta en una tortura visual o en un conjunto histérico de imágenes.
Los actores son penosos. Es igual, sus personajes van a morir y no importa mucho. El problema es que alguno aguanta en pantalla, de forma inexplicable, algunos minutos más de lo soportable. Presten especial atención a la actriz rubia. Eso sí que es un horror y no el diablo protagonista. Salvo Jane Levy, el resto (Shiloh Fernández, Lou Taylor Pucci, Elizabeth Blackmore y Jessica Lucas) son espantosos. Los personajes que defienden, seré serio, lo son del mismo modo. Curiosamente se libra el de Jane Levy.
La escena inicial nadie sabe qué pinta en todo este lío. Y la final no tiene ni pies ni cabeza desde un punto de vista argumental aunque está bien rodada.
Los jóvenes disfrutarán mucho con este trabajo. Los amantes del género también. Los que se quedaron prendados con la original comprobarán que esta película trata de ser otra cosa, pero no deja de tener gran conexión con la otra. Y es que es un buen trabajo. Con problemas, sí. Lo que pasa es que, a veces, hay que saber hacerse el loco con algunas cosas. Ponerse exquisito cuando el de enfrente no lo hace y entrega una película que trata de entretener, asustar y homenajear un trabajo previo, es excesivo. Las pretensiones son las que son y, encima, se cumplen.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 23 2013

Cube: Corriendo hacia nosotros mismos

El ser humano es, además de un cuerpo, la suma de todas las características que le perfilan. Esto, dicho así, puede parecer una perogrullada que sobra en cualquier discurso serio. Es verdad. Pero, en realidad, ¿cuándo nos preguntamos sobre esto? ¿Quién hace balance de lo que es? ¿Hay alguien que sea honesto al enumerar cada característica propia? Creo yo que, en realidad, no sabemos lo que somos y no queremos saberlo. A nadie le gusta asumir un carro de defectos. Nos quedamos en que somos maravillosos. Y ya. Igual la condición de perogrullada no lo es tanto y, tan sólo, es una afirmación que nadie quiere hacer avanzar.
Cuando el año 1.997 premiaron en el Festival de Toronto la película Cube pocos tendrían claro que se convertiría en un fenómeno de gran importancia encuadrado en el cine de terror. Su director, Vincenzo Natali, había conseguido filmar una película impactante, opresiva, inquietante. Una obra excelente que rebosa, todo hay que decirlo, literatura de la buena, de la que firmó Philip K. Dick. El que ha leído Laberinto de Muerte sabe que eso es cierto. Lo que no sé es si el director de Cube lo ha reconocido alguna vez. No lo sé y no importa gran cosa porque la película es una bomba de relojería que se instala en el cerebro del espectador por sí misma, sin la ayuda del libro. Además, el presupuesto que manejó Natali era más bien modesto y consiguió una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. En taquilla se comportó bastante bien, no se vendieron millones de camisetas porque no se hicieron pero, aún hoy, las copias en formato doméstico se venden a buen ritmo. Todo un logro. No le faltaron premios. Aquí, en Sitges, se llevó los gordos.

La película puede verse de muchas formas. Ha de verse de muchas formas. Si el espectador lo que quiere es pasar hora y media frente a la pantalla sin hacer grandes análisis, se encontrará con un clima hostil (para mi gusto el peor de los escenarios posibles), momentos de horror extremo (horror que no terror), con una trama inteligente que desgrana con lentitud lo que pasa, con final inesperado. Pasará un rato espantoso e inolvidable. Pero esto, que no deja de ser una opción como otra cualquiera, impide que el que mira pueda paladear lo exquisito de Cube.

Otra forma de ver la película es intentando intervenir desde la butaca, tomando posiciones que (ya les advierto) no sirven de nada. He dicho un millón de veces que eso no le toca a nadie que no sea el director, el guionista o los actores (quizás, estos últimos con más limitaciones de lo que podemos pensar). Sobre todo, porque dejamos de ver lo que nos cuentan y nos creamos nuestra propia historia. El peor filtro en cine es el que nos imponemos comiendo palomitas. Es una fórmula infalible para conseguir no enterarse de nada.

Soy de los que trata de encontrar las claves sin ir más allá de la secuencia que veo. Sin inventar, ni especular. Un director elige mostrar eso que aparece en pantalla. Ni más ni menos. Hay que intentar comprender pegado a lo que se dice, a lo que se muestra, a los silencios o al foco de la acción. La película es un todo. En Cube, los personajes van apareciendo poco a poco. Cada uno presenta y representa una característica muy acusada. Salvo el primer personaje que vive su experiencia en solitario, todos lo hacen en compañía de otros.

Despiertan en un habitáculo con forma de cubo. En cada cara de ese cubo (en el centro geométrico) hay una puerta que comunica con otro cubo de dimensiones similares y distinto color. Aunque pasar de un cubo a otro puede resultar mortal. En algunos hay trampas terribles. En otros no. Se trata de descubrir el camino de salida (si es que lo hay) pasando de uno a otro.

La ignorancia de ese primer personaje que mencionaba, el que no ve a otros personajes, es lo que le lleva a la muerte. La ignorancia es la primera de las características que nos ponen delante. Un aviso claro. Veremos a un policía violento que trata de organizar el grupo para lograr la salvación, a un escapista conocido en el mundo entero para salir de cualquier lugar. Ingenioso e intuitivo. Una joven experta en cálculo que representará la técnica; podremos valorar la sensatez de una científica; la desidia y la mentira será otro de ellos; la bondad. Distintas características. La suma de ellas es la forma de lograr un objetivo. Pero ellos no lo ven. Un espectador distraído tampoco. La suma de todos ellos es igual a la perfección humana que contiene lo bueno y lo malo, que no puede prescindir de ninguna de sus características. Aunque la propuesta de Natali es tan luminosa como la secuencia final. Es la bondad lo que ordena todo, es la única salida.

Tendrán que pensar mientras la trama avance, tendrán que pensar en lo que son ustedes, sobre lo que suma y lo que resta, sobre eso que ocultan.

Excelente película, de las buenas de verdad. Reserven ochenta y seis minutos de tranquilidad. Tomen asiento, esperen unos minutos y estarán dentro del cubo que les ordenará algunas cositas. Buena suerte.

© Del Texto: Nirek Sabal


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 10 2013

Pactar con el diablo: Quedarse en nada

Por mucho esfuerzo que se haga, algunos asuntos son difíciles de tratar en un par de horas. El libre albedrío, pudiera caber. Pero si añadimos la soberbia como motor del mundo y a Dios, la cosa se hace imposible. Está muy bien ser ambicioso con las propuestas, pero hay que tener los pies en el suelo. Salvo que queramos dejar enunciado el asunto y poco más, es mejor elegir para profundizar en un tema y utilizar la periferia como vehículo. De otro modo, todo es periferia. Todo es vehículo de nada.
Algo de esto tiene Pactar con el diablo. Muchos asuntos a tratar y poca profundidad. A pesar de que el guión está bien armado desde un punto de vista argumental, los temas son diversos y se quedan en casi nada.
Al Pacino es John Milton. John Milton es el diablo. Y el diablo es el rey de un mundo rendido ante el dinero y la mentira. La interpretación de Al Pacino es notable. La zona expositiva de importancia narrativa recae sobre su personaje y eso suma en su favor. A pesar de aparecer tarde, se hace omnipresente. Como el diablo que interpreta. La sensación que deja su trabajo es de seguridad absoluta con un papel así entre manos. Keanu Reeves es Kevin Lomax. Lomax es abogado. Y los abogados según los guionistas (Jonathan Lemkin y Tony Gilroy) son los profesionales capaces de seguir el ritmo al mismísimo diablo. Están en todos los sitios y convierten lo más terrible en algo sin importancia. Reeves está correcto. Poco más. Cuando la situación de su personaje es extrema no termina de contenerse y tiende a exagerar. El resto del tiempo lo gasta entre sosito y adormecido. Charlize Theron es Mary Ann. Mary Ann es la enamorada, es la persona que pasa por allí y le toca vivir una situación asombrosa. Charlize Theron defiende un papel muy complicado, con registros muy diferentes a lo largo del metraje. Sale bien parada del intento. Además de bella es buena actriz.
El director Taylor Hackford filmó la película con eso. Con un buen reparto, un argumento entretenido, muchos asuntos metidos en la misma cesta y los efectos especiales y visuales adecuados. El resultado es una película irregular, con demasiados altibajos. Y es que cuando se quiere hablar de Dios no basta con poner al diablo en pantalla para que diga que Dios, su padre, es más tonto que un cubo y el listo es él. Cuando queremos hablar de libre albedrío no podemos agarrar el suicidio y explicarlo desde ese territorio porque es mucho más que eso. No se puede defender la idea de que todo lo que se mueve por el hombre es el resultado de una gran vanidad y tratar de explicarlo con un personaje vanidoso. Hay otro tipo de personas. No se puede hablar de nada sin saber de qué va el asunto. Demasiados tópicos. Puede quedarte una cosa atractiva, pero como al espectador le dé por pensar el montaje se viene abajo.
Es verdad que la película se deja ver. Es verdad que Al Pacino está bien en su papel y que, si no se presta mucha atención a lo que dice, parece que el discurso es hondo. Pero que el espectador no piense ya es otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 17 2012

La semilla del diablo: El día que Cassavetes pareció un actor de verdad

La Semilla del Diablo es una maestra del cine de terror.
Ya está. Queda dicho.

Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero si quieren se las ahorran. Porque
La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y punto.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar “venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia”. Y lo hizo.

Mia Farrow: Espléndida.

Ruth Gordon: Excepcional.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski, que es el amo de esto, prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer y de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio.

© Del Texto: Nirek Sabal

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