ene 15 2014

Carrie: Un calco

Cuando un aficionado acude al cine para ver un remake, espera que al salir de allí, algo nuevo se lleve en la memoria. Las opciones, siendo algo reduccionista son: la nueva versión es algo novedoso que, aun contando la misma historia, logra aportar cosas desde el punto de vista narrativo y técnico; la nueva versión es la misma cosa que el original con ciertos toques de autor y se hace prescindible; la nueva versión es lo mismo y la novedad es que una buena historia original la han convertido en un peñazo.
Carrie, película firmada por Kimberly Pierce, se encuadra en la segunda de las opciones. Es la misma Carrie de Brian de Palma (1976) con un aire más sosegado, un toque humanista algo más potente que en la original. Pero, por el contrario, la forma de narrar del maestro De Palma se pierde. El resultado es que la sensación de repetición, sin un sentido claro, se impone con fuerza. Pierce trata de modernizar la trama incluyendo aspectos tecnológicos que sólo actualizan la escena mínimamente. Que aparezcan móviles e Internet no dan un toque moderno. Los efectos especiales son buenos aunque eso, en los tiempos que corren ya no suman. Un mal uso sí que resta, pero el uso correcto de descuenta antes de empezar.
Chloë Grace Moretz, sin ser mala actriz, no es Sissy Spacek. El rostro de Spacek era el de alguien completamente poseido por un estado de ánimo extraordinario. El de Chloë Grace Moretz es el de una mujer de muy mala leche. Además, cuando llega el momento de la fiesta, la belleza de la nueva Carrie pone en duda parte de las motivaciones de un personaje que en el libreto original es visto con rareza por todos y en todos los sentidos, incluido el físico. Por su parte, Julianne Moore defiende su papel con solvencia, sin despeinarse. Entre otras cosas porque su personaje se queda sin explotar, no se le exprime lo que cabría esperar (en la novela de King se le saca un partido asombroso) y, así, el trabajo se hace más llevadero.
Para el que no conozca la primera versión, esta de Kimberly Pierce, puede ser que cuele. El guión de Roberto Aguirre-Sacasa y Lawrence D. Cohen se ajusta al que ya filmó De Palma y funciona bien. Es cine que deja entrever alguna calidad. Pero para el que ya pudo disfrutar de la Carrie original sentirá algo de decepción. No siempre basta con hacer las cosas con corrección. Si la idea es partir de algo ya realizado el objetivo es llegar a más. ¿Por qué alguien querría ver una película que se sabe de cabo a rabo y no que no le fuera aportar algo más? Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 25 2013

Expediente Warren: The Conjuring. Terror de siempre

Expediente Warren: The Conjuring es una película de terror armada sobre un guión clásico del género, unos efectos sonoros clásicos del género, una partitura clásica del género, un maquillaje y una peluquería clásicas del género. Todo es clásico. Incluso algunos movimientos de la cámara. Esto hace que sepamos, más o menos, qué es lo que va a suceder desde el principio hasta el final. Pero, a decir verdad, James Wan consigue entregar un trabajo muy meritorio. Porque, si bien es cierto que la película es muy previsible, lo que cuenta (ya sabido) lo cuenta muy bien. El ritmo y la tensión no dan respiro al espectador, hay algún plano secuencia con la cámara al hombro muy bien planificado, el resto de planos son diferentes y llamativos (sobre todo los picados y contrapicados) y el miedo, nervioso primero y potente más tarde, hace acto de presencia rápidamente.
Los guionistas, Chad Hayes y Carey Hayes, no escriben nada del otro mundo (expresión poco apropiada al hablar de esta película) aunque esa etiqueta de estar basada la trama en un hecho real ayuda mucho a limar defectos, a que no se les dé importancia. Lo que cuentan, por cierto, es una adaptación muy libre de los sucesos ocurridos en la casa de la familia Perron (Rhode Island).
De entre los cuatro personajes principales, destaca el que encarna Vera Farmiga. El personaje y ella. Lili Taylor, Patrick Wilson y Ron Livingston, están bien aunque no hacen nada que merezca la pena resaltar.
Al igual que en El Exorcista, Los Pájaros o Al final de la escalera (en Expediente Warren se las homenajea claramente) los niños tienen gran importancia. Este es un ingrediente que no falla cuando hablamos de demonios, espíritus o cosas parecidas. Los Perron son padres de cuatro jovencitas que se mueven por la pantalla para acrecentar la tensión. Con demonios pegados a la espalda, hablando con espíritus, volando y eso.
Además de una partitura muy efectiva, la fotografía también lo es. John R. Leonetti hace un excelente trabajo. Esto tiene especial importancia al crear un clima excelente para que el relato fluya sin complicaciones en el género de terror. No vale cualquier cosa.
Este relato es conocido. No el mismo aunque los hay muy parecidos. El matrimonio Perron (Lili Taylor y Ron Livingston) compra una casa. Se mudan y se encuentran con un enorme abanico de asuntos sobrenaturales, terroríficos y espeluznantes. Los guionistas se toman la molestia de justificar el porqué no salen pitando de allí y lo hacen de forma simple aunque convincente (en este sentido los guionistas son cuidadosos y huyen de las chapuzas). Acuden al matrimonio Warren (Ed Warren-Patrick Wilson; Lorraine Warren-Vera Farmiga), expertos en esos asuntos. Y lo demás ya lo saben ustedes.
Hay momentos de gran tensión y el desenlace no es una idiotez como ya ha ocurrido en otras películas. Expediente Warren: The Conjuring es una buena película de terror que roza los tópicos aunque James Wan logra no caer en ellos sin la astucia suficiente como para que el espectador crea estar viendo algo alejado de esos territorios.
Una excelente opción para los que quieran pasar un mal rato. Nadie saldrá defraudado del cine. Es más, muchos dormirán con los pies bajo las sábanas por si las moscas.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 21 2013

Emergo: Una vulgaridad absoluta

Hay películas que, aun sabiendo cómo van a terminar, te tienen pegado a la butaca hasta el final. Esto no significa que sean buenos trabajos; al contrario, suelen ser un desastre. Pero, entonces, ¿por qué soportamos un buen rato frente a la pantalla? La razón suele encontrarse en un arranque vigoroso y esperanzador, un arranque que parece llevarnos hasta un lugar conocido por su estética, pero que está por descubrir. Y cuando la cosa comienza a empeorar, cuando todo se coloca en lugares comunes y sobados, allí seguimos por si es algo transitorio; con la esperanza de que el realizador escape hacia el lugar en el que empezó, que el guionista tenga fuerzas para renunciar al éxito más comercial o a un fracaso bien pagado. Pero nunca ocurre. Todos quieren (sobre todo los más nuevos) volver a tener una oportunidad. Un gran error por otra parte, puesto que el mercado está necesitando nuevas ideas, nuevos realizadores que aporten; y así, tal y cómo se dejan llevar por el imán del circuito comercial, es imposible.
Emergo es una de esas películas que arrancan inquietando, haciendo que el espectador abra los ojos. Cámara subjetiva, los elementos más habituales del género, una estética que ya es casi familiar y se desgasta con rapidez; pero un discurso muy técnico, muy explícito; que busca la justificación de la acción, una nueva alternativa. Desde lo ambiguo se va dibujando un conflicto, una trama con posibilidades. Pero a la media hora, todo se va hacia el lado de siempre, hacia el topicazo. Tanto es así que la escena final -si es que algo quedaba en pie- arrasa con todo el trabajo.
Este es el debut de Carles Torrens como realizador. Rodrigo Cortés es guionista, productor y editor de la película. Se deja notar su trabajo en la dosificación que hace de la acción, pero es, también, el gran culpable del desastre absoluto. Carles Torrens hace lo que puede utilizando diferentes ubicaciones de la cámara que nos deja planos larguísimos alternando con cierto caos en los momentos de mayor acción. Esta es la que suele definirse como película que va de más a menos aunque, para ser exacto,s esta va de más a nada.
Los intérpretes no destacan en absoluto. El único que tiene que aguantar el tipo frente a la cámara es Kai Lennox (un ratito pequeño).
La película termina siendo de una vulgaridad absoluta. Incluso el discurso más técnico (lo poco que sobrevive al desastre) se hace pesado e innecesario. Más que nada porque asistimos a lo que nos han presentado ciento noventa veces anteriormente. Si Cortés hubiera apostado en su guión por lo que vemos al principio otro gallo le hubiera cantado.
Prescindible por sabida, por desilusionar, por estar vacía en su núcleo. Un penoso desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 9 2012

La semilla del mal: Un auténtico desastre

Yo no sé a quién le puede gustar este tipo de cine. El día que me encuentre con un ser humano dispuesto a explicarme algo tan extraño, prometo hacerle caso y, si es necesario, un monumento.
Las películas de miedo deberían dar miedo. Las películas de miedo deberían incorporar elementos novedosos para diferenciarse de las películas de miedo que ya se han contado y, sobre todo, para ser películas de miedo. Pues nada; por lo que se ve, todo eso pasó cuando de filmaron las tres o cuatro primeras. El resto son repeticiones. Para ser más concreto diré que son una castaña de campeonato. Alguien ha debido correr la voz y se ha impuesto la idea de que metiendo en la historia un niño con la mirada perdida y cara de matar a todo el que se ponga por delante, a una chica guapa que tire de espaldas y que pase grandes calamidades, a un sacerdote o a un tío con una Biblia en la mano y bichos repugnantes por aquí y por allí; tenemos una película de miedo maravillosa. Pues no. Ni miedo, ni tensión, ni sustos, ni nada de nada.
La semilla del mal es una película de David Goyer. La actriz principal es Odette Yustman. El guión en un disparate. Los efectos especiales y visuales son discretos. El movimiento de la cámara histérico. El maquillaje parece una promoción de los maletines de la señorita Pepis. Gary Oldman aparece por la pantalla y todavía debe estar preguntándose la razón por la que aceptó un trabajo tan patético. Todo es un rollo inaguantable.
El asunto comienza (la película no, eso empieza mucho después, empiezo por aquí por dar algo de sentido a este desastre) en un campo de concentración. Allí se experimenta con niños. Para ser exactos, con gemelos. Uno de ellos al morir es tomado, invadido o como quieran llamarlo, por un espíritu. El fantasma tiene una mala leche de aquí te espero. El caso es que mucho después la protagonista comienza a ser atacada por el espíritu malo. Y, por supuesto, una amiga de esta señorita muere, muere la abuela de esta señorita, mueren más y más, pero la cosa acaba bien porque sacerdotes y rabinos se unen en la lucha contra el mal. Algo así. Supongo que les suena porque esto ya lo han contado quince o veinte veces. El guionista lo disfraza un poco y hace saltos mortales por si cuela, pero no.
La película es muy mala. Carece de profundidad, de una documentación mínima, de una dirección actoral decente (en la pantalla cada uno se mueve como le viene en gana), de un guión aceptable (no hay una sola frase que merezca la pena; ni una). La coherencia interna se busca en las baratijas que tratan de despistar la atención del espectador aunque el éxito es nulo. En fin, es un auténtico desastre. De principio a fin. Por no dar, no da ni asco (y mira que aparecen bichos, tipos con la cabeza al revés y cosas que deberían poner los pelos de punta). No creo que alguien quiera perder el tiempo con esto, pero (por si acaso existe un ser dispuesto a semejante hazaña) aviso de que es muy previsible y los sustos los ves llegar diez minutos antes de ocurrir; es decir, si la eligen para que la novia se arrime a usted buscando refugio ante un miedo inaguantable, mejor piense en otra posibilidad. Cualquier programa de Tele 5 causará mayor efecto.
© Del texto: Federico de Vargas y Expósito


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mar 11 2012

Las manos de Orlac

Si uno tiene por costumbre no olvidarse del cine clásico, puede darse de bruces con películas casi desaparecidas que son verdaderas joyas del cine. Un cúmulo de casualidades más que intencionadas me llevo hasta la terrorífica Las manos de Orlac.
Las manos de Orlac es una película, de las de mucho miedo, rodada en 1935, dirigida por Karl Freund. Una historia terrorífica, de amores obsesivos, celos imposibles y muerte, donde el sentimiento amoroso más puro se torna en la más maligna de las pasiones, una locura absoluta en la que de forma brutal caen los tres seres en los que se centra este drama terrorífico.
El brillante pianista Stephen Orlac (Colin Clive) sufre un accidente de tren en el que pierde ambas manos. Su esposa Ivonne Orlac (Frances Drake) pide al eminente y perturbado Dr. Gogol (Peter Lorre) que le ayude para que su marido pueda recuperar las manos. El doctor, profundamente enamorado de Ivonne trasplanta al pianista las manos de un asesino. Al principio, la operación resulta un éxito, sin embargo, con el devenir de los días, Stephen empezará a percibir sensaciones y tener pensamientos que nunca se habían sucedido. Las manos de Orlac parecen dominar al pianista que siente la imperiosa necesidad de matar. Los cambios en Stephen son evidentes y los intentos de su esposa por comprender y sostener la furia de su marido chocarán frontalmente con el obsesivo amor del Dr. Mogol.
El argumento es sencillo. La utilización de un elemento pérfido que lo corrompe todo. El mal que circula en todas direcciones y termina por enloquecer a todos sus personajes. Un loco obsesionado por una mujer que, entre el horror y la sorpresa, no puede por menos que sentirse atraída, pese a todo, por el monstruo que la desea. Sin embargo, algo más se esconde tras ese aparente y sencillo argumento, pues subyace el ¿qué es lo que controla el qué? En este caso, son las manos del asesino las que controlan la voluntad del pianista o, precisamente, es al revés, la mente de Stephen la que, inconscientemente, determina y controla sus manos. Y en todo caso, hasta que punto la información condiciona las reacciones ¿Qué ocurre cuando finalmente se conoce que las manos eran realmente las de un inocente y no las de un asesino? Si quieren saberlo tendrán que verla.
Puede que estemos frente a una auténtica metáfora del determinismo, absolutamente surrealista, eso sí, pero terriblemente impresionante.
Hoy en día, un trasplante de manos lo vivimos como un avance más de la ciencia, algo excepcional en su bondad. Buena prueba de ello son los enormes éxitos médicos que, en ese sentido, se han alcanzado en los últimos tiempo (basta recordar las intervenciones del Dr. Cavadas en Valencia)
Una película verdaderamente morbosa, oscura, y no porque sea en blanco y negro, sino porque nos aboca a lo más negro de los sentimientos obsesivos. Una película siniestra donde las haya, pero buena, realmente buena para los que les guste el cine clásico de miedo.
Existe un remake posterior de la misma, dirigida en los años 60, por Edmond T. Gréville y que protagonizó, muy desafortunadamente, Mel Ferrer. Ya les digo yo, no tiene nada que ver con su original. Esta versión, la rodada por Freund, tampoco es la original pues la que lo es, es la que rodó, en 1.924, Roberto Wiene. Ni en cuanto a los actores, ni a la escenificación, ni en nada de nada, tiene que envidiar esta versión, ni a su original, ni desde luego a la de Gréville. Esta, la última, no vale la pena, no pierdan el tiempo en ella o caerán en un sopor tan terrible como el propio remake.
Una película espeluznante, bien vale la pena darse un paseo por ella. Este tipo de cine ha sido la antesala del cine de terror que muchos años después, y con medios mucho más sofisticados, se come la gran pantalla.
© Del Texto: Anita Noire


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nov 6 2011

El exorcismo de Emily Rose: Mal rollo

Se supone que una película de terror debe ser eso, una película de terror. Pues bien, El exorcismo de Emily Rose lo es. Todo lo que está cerca del demonio, de los espíritus y de los curas que se quieren liar a guantazos con Satanás, es miedoso. Y más si lo que cuentan tiene cierta coherencia (en sí misma porque, coherencia lo que se dice coherencia, estas cosas tienen poca). Cuando nos sentamos a ver una película de este género hay que saber a lo que vamos. A pasar miedo a base de historias alucinantes y, casi siempre, sin pies ni cabeza. Aunque este no es el caso o, al menos, eso parece.
La película nos la presentan con la etiqueta de ser una historia basada en hechos reales. ¿Esto qué significa? Pues nada. Pero da credibilidad al asunto. Podría ser que lo único en lo que se parece a la historia original es que una chica murió, o que se llamaba Emily o que el juicio que sirve como sostén de la trama se realizó. No lo sabemos. Pero eso de ser una película de terror basada en hechos reales pone nervioso al espectador cuando piensa que el parecido podría ser mucho. Todo se envuelve en la duda científica que aporta el fiscal acusador, todo se envuelve en la duda que lleva a cuestas la religión. Y no hay nada peor que la duda cuando lo que tenemos enfrente es algo horrible y tenebroso. Ya tenemos ingredientes suficientes como para poner los pelos de punta al más valeroso de los espectadores. Si le añadimos un reparto muy bien elegido que hace su trabajo con voluntad, un maquillaje muy trabajado y muchas escenas en las que la lluvia cae a raudales, la noche se impone y las sombras de lo desconocido campan a sus anchas por la pantalla, tenemos un rato de miedo asegurado.
Quiere el guionista dar un barniz de profundidad a su trabajo con algunos detalles, pero no lo consigue. Tanta duda genera más duda. Tenemos miedo y poco más. El pozo que va cavando se hace tan profundo que ya no se ve nada más que oscuridad. Es una espiral característica de algunas películas de terror. A falta de sentido bueno es el horror.
El exorcismo de Emily Rose se deja ver. Tom Wilkinson, Laura Linney y Jennifer Carpenter defienden sus papeles bastante bien. Uno parece un cura, la otra una abogada y la muchacha una posesa. A veces no se puede pedir más. El objetivo es pasar miedo porque alguien se empeña en ello.
Poco más se puede decir de una película que trata de asustar y lo consigue. Que no trata de aportar nada nuevo y lo consigue. La fe cristiana está, pero no pinta nada. El diablo está, pero se dedica a dar gritos a través de una muchacha. El agnosticismo intenta aparecer, pero se queda a medio camino. La ciencia trata de explicar, pero nadie deja que eso ocurra. Los hechos reales están (supongo), pero matan el cine.
Una película que da muy mal rollo. Y ya.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2011

Darkness: El poder del mal

Tengo serios problemas para seguir en la línea terrorífica del blog. Las dosis de lexatines y otros tranquilizantes no mitigan un ápice la angustia que siento cada vez tengo que visionar la película sobre que les voy a hablar porque, aunque no se lo crean, antes de escribir sobre una película en particular, la que suscribe la ve, o la vuelve a ver, según sea el caso.  La tensión, con esta semana del terror, me está matando. Soy incapaz de meterme en lugar cerrado, a oscuras y sin saber quién es el tipo que tengo sentado a mi izquierda o a mi derecha, para ver una película de miedo. Tengo la sensación de que en cualquier momento, lo que está sucediendo en la pantalla se acabará convirtiendo en un cuento de hadas en comparación con la matanza, de mi persona principalmente, que ocurrirá en la sala de cine.
Por eso, antes de sentarme en la butaca, esta vez de mi casa, la ingesta de una buena dosis de ansiolíticos ha sido apoteósica, creo que si no hubiera sido de esa manera no hubiera soportado el visionado completo de Darkness.
No soy una entusiasta del género, pero pese a la ansiedad a la que me ha arrastrado, he podido disfrutar de esta película que dirigió, hace ya varios años,  Jaume Balagueró (por el que siento un gran aprecio personal, alejado de focos y esas cosas). Puede que la película tire de los tópicos más tópicos del cine de terror: una casa encantada con la estética decadente del siglo XIX,  una madre aparentemente  odiosa (Lena Olin), una niña más lista que el hambre (Anna Paquin), un niño muerto de miedo (Stephan Enquist) y un padre traumatizado (Iain Glenn) en su infancia. Y pululando cerca de ellos, un padre más rarito que un perro verde, y el novio de la chica, muy bien dispuesto para acompañar a lo que sea (Fele Martínez). Eclipses esperados,  niños muertos, planes malvados y el mal que no se ve, pero que está. Pero esta la utilización de los tópicos en este caso resultan, lográn el efecto buscado que no es otro que el de mantenernos en tensión a lo largo de los cien minutos que mide la película. La atmósfera opresiva está presente durante toda la película, los sustos colocados donde deben y la música exquisitamente elaborada para la ocasión. Una película que va creciendo a lo largo de los minutos para llegar a un final que bien merece la pena.
He sentido un miedo irracional a la oscuridad, a caer engullida en la misma tenebrosa oscuridad con la que los protagonistas tropiezan y de la que sólo un acto de amor podría librarles. Y puede, sólo puede, no lo sé, que la bondad de esta película radique en eso precisamente, en que sea algo inmaterial que siempre llega (la oscuridad) lo que nos tenga sufriendo. Una oscuridad, una nada que, al final, ni la bondad, ni el amor la va a poder parar, porque esa oscuridad es precisamente el mal. Y el mal, que todo lo puede, es lo que transforma en terrorífica la realidad. Ese es el mensaje de la película. Por eso, todo lo demás, los personajes que por ahí  transitan con sus pacedimientos, se convierten en meros accidentes para mostrarnos que contra el mal nada se puede
Todo está perdido frente al mal, frente a la oscuridad y yo, aquí sigo, clavada en la butaca, muerta de miedo y cruzando los dedos para que esta noche de tormenta no se vaya la luz.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 27 2011

Bambi: Terror en el cuerpo

Terror (Del lat. terror, -ōris), según el diccionario de la Real Academia Española significa, entre otras cosas, miedo muy intenso.
Si hablamos de Bambi, la película de Walt Disney, podemos afirmar que lo hacemos sobre uno de los grandes clásicos del cine de terror. Disney ha sido, casi con seguridad, uno de los seres humanos que más ha aterrorizado a los niños del planeta tierra con sus trabajos. Brujas horribles, incendios destructores, madres y padres muertos en circunstancias atroces. Todo lo que uno puede llegar a imaginar en esa zona oscura del ser humano. Es verdad que alternaba el puto horror con alguna cosita más agradable y que los finales eran felices, pero el rato que hacía pasar a los niños este psicópata son inolvidables para todo el que tiene un mínimo de memoria y de sensibilidad. Hagan memoria. ¿Cuándo lloró usted en el cine siendo niño? Hay que joderse; ir al cine siendo una criatura y que te destrocen la tarde o, a los más sensibles, la infancia.
Bambi es un clásico del cine de terror. Asistimos a la muerte de su mamá, al ataque de una jauría en pleno incendio del bosque en el que vive Bambi que casi se lleva por delante a todo bicho viviente (jauría e incendio), a la soledad de un cervatillo con voz de pito que se tiene que buscar una vida de futuro incierto. Viendo esto no se libran de un soponcio ni padres ni hijos. Además, la película se llena de detalles tremendos. ¿Recuerdan a Tambor? Hay millones de muñecos de peluche con la forma de Tambor en los hogares de este mundo. Una ricura de conejo ¿verdad? Tambor era un mamón. Cuando nace nuestro protagonista le recibe llamándole torpe y riéndose de él cuando se cae intentando aprender a desplazarse por sí mismo. Por si era poco, lleva al cervatillo hasta un lago helado (Tambor es un patinador de primera categoría) en el que se mete castañas por doquier (el cervatillo) y termina hecho un ocho. Pero no queda ahí la cosa. No, Disney era mucho más retorcido que todo eso. Tambor conoce a una coneja y se va sin decir adiós. Maravillosa enseñanza para los niños. Tus amigos son unos mierdas o pasa de tus amigos que es más importante tu propio destino. Por cierto, volvemos a ver a Tambor rodeado de varios conejitos. Sus conejitos.
Además del miedo atroz que provoca esta película, hay un aspecto indignante. El papel de cervatillas, mofetillas y conejillas. Observen su coquetería, su atrevimiento, casi la agresividad que muestran para llevarse al huerto a cervatillos, mofetillos (¿?) y conejillos. Y lo desahogadas que son todas ante un mundo horrible. ¿Han pensado que hay muchas más brujas o hermanastras que villanos? A este tío le pasaba algo con las mujeres. Se lo digo yo.
Una de las escenas más terroríficas de la historia del cine es la que nos muestra el bosque ardiendo (eso parece el fin del mundo) y los animales corriendo, intentando salvarse. Espeluznante. Pero, en general, la película es eso, el puto horror hecho realidad. Y la letra de las canciones es, no sé cómo decirlo, tengo dudas, no tengo palabras… ¿extravagantemente horteras? En fin, entre unas cosas y otras, mejor no pensar en esto antes de dormir.
Si su hijo ve Bambi y llora siéntase culpable. ¿A quién se le ocurre, joder?
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 25 2011

The ring: Lo terrorífico ya contado

A mí lo que me quita el sueño, en realidad, son las caras de los japoneses cuando pasan miedo. Sus películas (las de terror) me hacen pasar menos fatiga porque me suelen parecer obras que se apoyan en disparates absolutos y porque los actores sobreactúan más de la cuenta. Pero esas caras son terribles. Parece imposible torcer tanto el gesto.
The ring es una película que hizo mucho ruido en su momento. Pasó por Sitges en el año 1999 y, de allí, salió con los premios grandes pegados al cartel. Mejor director y mejor película. Casi nada. En Estepona también tuvo premio. Y en Bruselas. Francamente, me pareció mucho ruido para tan poca nuez. Hoy me sigue pareciendo lo mismo aunque hay que sumar un paso del tiempo muy lesivo con la película. Sé que esto que estoy diciendo es suficiente como para que los amantes del género de terror intenten liquidarme en breves momentos. Pero no puedo decir otra cosa.
El guión coquetea desde el primer momento con la leyenda urbana. ¿Cómo se alimenta esa leyenda? Del boca en boca. Cuantas más veces se cuenta la historieta más crece y más verdadera se hace para muchos. Eso ya estaba contado en, por ejemplo, Candyman. Así que de novedosa, en ese sentido, tenía poco The Ring.
El guión se agarra a una niña muerta (asesinada) que pide con bastante mala leche ser vengada desde la tumba. Es el vehículo que arrastra la trama hacia el desenlace. Esto ya estaba contado, por ejemplo, en Al final de la escalera. Novedades pocas.
El guionista introduce en el libreto aspectos que podrían sonar a novedosos. Una cinta de vídeo, la televisión y fotografías con rostros distorsionados. En La profecía ya vimos el asunto de las fotos, por ejemplo, desarrollado casi de la misma forma. Menos novedades todavía.
Y la película hizo mucho ruido, entre otras cosas, por la insólita imaginación que se desplegaba en ella. A mí lo que me daba miedo, pero miedo del grande, era ver al elenco poniendo caras. Y la falta de memoria de los críticos.
La factura de la película no está mal en conjunto. El clima que genera Hideo Nakata es meritorio. Mueve la cámara con cuidado y casi no se nota que hay alguien detrás. Va introduciendo despacio elementos que generan extrañeza en el espectador y cierta tensión. También incredulidad. Esa es la parte peor de la cosa porque no desaparece hasta que los créditos llenan la pantalla. Esos elementos se introducen en pantalla sin alardes ni grandes despliegues muy al estilo oriental. Técnicamente todo es normal y pasa desapercibido. Es una película más de trama que de otra cosa. Pero ya he dicho que esa trama estaba contaba y mejor que en The ring.
Acaba la película y uno no sabe qué pensar. Demasiadas lagunas. Se arreglan las cosas con un tal vez. El caso de la identidad del padre de la niña muerta se soluciona con un quizás, la procedencia de la cinta se arregla con otro mundo maligno (lo sueltan en una frase y se quedan tan anchos), el pasado se esboza con demasiados pocos puntos de referencia. No quiero desvelar nada importante del argumento. Ustedes lo comprobarán al ver la película. Y comprobarán lo feo que puede llegar a ser un oriental asustado.
¿Se pasa miedo con The ring? La carátula de la copia que tengo sobre la mesa dice que si no sientes escalofríos es que ya estás muerto. Debo estar en fase de descomposición avanzada porque en 1999 no me inquietó demasiado y hoy menos.
Como todo hay que decirlo, señalaré que The ring se aproxima al terror intentando una mezcla (esto sí que era novedoso) entre tradición y modernidad, lo que produjo un efecto patente en películas posteriores como The grudge. Y eso es un mérito que no se le puede hurtar a la película del director japonés. Y, también, me parece muy interesante como enfrenta la idea de maternidad. La protagonista parece incapaz de hacerse cargo de su hijo y eso sí genera una angustia importante en el espectador. Aún más cuando esa madre encuentra el cuerpo de la asesinada (que llora mocos verdes por las cuencas vacías de su cráneo) y despliega una actitud maternal muy poderosa. Curiosamente, es las escenas en las que se trabaja ese aspecto nadie pone caras.
Una película convertida en producto de culto que repite lo que otros contaron más que bien. Así son las cosas.
Ahora, les pido un favor. Plántense delante de un espejo. Intenten una mueca horrible. Si consiguen el efecto de un asiático sufriendo les invito a que acudan a todos los castings que conozcan. Tienen trabajo asegurado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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