nov 18 2011

El corazón del ángel

Las cosas del demonio son siempre inquietantes. Las cosas de los detectives privados, bien contadas, son fascinantes. Unir ambos escenarios en uno solo y hacerlo con acierto es un reto que puede terminar siendo un producto de lo más atractivo.
El corazón del ángel es eso. Una historia en la que se investiga el mal y enseña el único camino que existe para lograrlo: estar dentro. Si no es desde el mismísimo infierno nada se puede saber de él.
Se trata de una buena película, una película que no es apta para aquellos a los que la sangre y el asunto demoniaco les desagrade especialmente, una película que deja un sabor de boca desagradable. Además de esto (casi todo lo oscuro, teniendo un poquito de gracia al contarlo, produce el mismo efecto), El Corazón del ángel tiene algunas cosas muy buenas. Por ejemplo, el guión está bien diseñado y su autor es bastante honesto. Las trampas argumentales son mínimas. Un espectador atento puede intuir desde el principio qué es lo que sucede sin convertir en previsible la trama. Evidentemente, un segundo visionado de la película pierde mucha emoción. Otro ejemplo de cosas buenas es la actuación de Mickey Rourke. Está muy bien en su papel. Y, además, el vestuario, el maquillaje y la peluquería casan a la perfección. Por su parte, Robert DeNiro (aunque en un papel menor) llena la pantalla con una sonrisa miedosa y una actitud muy lograda desde el punto de vista interpretativo. Alan Parker, el director, hizo un trabajo magnífico en la dirección de actores. No sólo con Rourke y DeNiro. Lisa Bonet (algo sosita) y Charlotte Rampling se mueven con gracia y cumplen bien. Más cosas buenas. Por ejemplo, la cuidadísima partitura de Trevor Jones y los temas elegidos para completar el trabajo musical. Girl of my dreams, Honey Man Blues o Sunny Land son algunos ejemplos de ello. Cada escena se acompaña por la música más apropiada. Y los matices de la imagen son una maravilla. Aunque sólo fuera por escuchar buen jazz (casi todo blues) merecería la pena ver El corazón del ángel.
Sería una pena hablar de la trama teniendo que desvelar algo de ella. Por tanto, me voy a resistir a la tentación. Sólo diré que, a pesar de un final que se resuelve entre algún atropello que otro, la estructura resiste muy bien la carga expresiva y narrativa. La película es adaptación de una novela firmada por William Hjortsberg que tituló Falling Angel.
En cualquier caso, lo que si se puede decir es que, terminada la película, el espectador se queda con los pelos de punta por muchas razones. El Lucifer de DeNiro es inquietante; las muertes horrorosas; el mundo un poco más oscuro. Con algo de miedo en el cuerpo, vaya. Y sin muchas ganas de comer huevos duros. Ya saben que para muchas religiones representan el alma humana (el personaje ya se encarga de recordarlo). Almas y diablos es mala cosa para la tranquilidad personal.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 6 2011

El exorcismo de Emily Rose: Mal rollo

Se supone que una película de terror debe ser eso, una película de terror. Pues bien, El exorcismo de Emily Rose lo es. Todo lo que está cerca del demonio, de los espíritus y de los curas que se quieren liar a guantazos con Satanás, es miedoso. Y más si lo que cuentan tiene cierta coherencia (en sí misma porque, coherencia lo que se dice coherencia, estas cosas tienen poca). Cuando nos sentamos a ver una película de este género hay que saber a lo que vamos. A pasar miedo a base de historias alucinantes y, casi siempre, sin pies ni cabeza. Aunque este no es el caso o, al menos, eso parece.
La película nos la presentan con la etiqueta de ser una historia basada en hechos reales. ¿Esto qué significa? Pues nada. Pero da credibilidad al asunto. Podría ser que lo único en lo que se parece a la historia original es que una chica murió, o que se llamaba Emily o que el juicio que sirve como sostén de la trama se realizó. No lo sabemos. Pero eso de ser una película de terror basada en hechos reales pone nervioso al espectador cuando piensa que el parecido podría ser mucho. Todo se envuelve en la duda científica que aporta el fiscal acusador, todo se envuelve en la duda que lleva a cuestas la religión. Y no hay nada peor que la duda cuando lo que tenemos enfrente es algo horrible y tenebroso. Ya tenemos ingredientes suficientes como para poner los pelos de punta al más valeroso de los espectadores. Si le añadimos un reparto muy bien elegido que hace su trabajo con voluntad, un maquillaje muy trabajado y muchas escenas en las que la lluvia cae a raudales, la noche se impone y las sombras de lo desconocido campan a sus anchas por la pantalla, tenemos un rato de miedo asegurado.
Quiere el guionista dar un barniz de profundidad a su trabajo con algunos detalles, pero no lo consigue. Tanta duda genera más duda. Tenemos miedo y poco más. El pozo que va cavando se hace tan profundo que ya no se ve nada más que oscuridad. Es una espiral característica de algunas películas de terror. A falta de sentido bueno es el horror.
El exorcismo de Emily Rose se deja ver. Tom Wilkinson, Laura Linney y Jennifer Carpenter defienden sus papeles bastante bien. Uno parece un cura, la otra una abogada y la muchacha una posesa. A veces no se puede pedir más. El objetivo es pasar miedo porque alguien se empeña en ello.
Poco más se puede decir de una película que trata de asustar y lo consigue. Que no trata de aportar nada nuevo y lo consigue. La fe cristiana está, pero no pinta nada. El diablo está, pero se dedica a dar gritos a través de una muchacha. El agnosticismo intenta aparecer, pero se queda a medio camino. La ciencia trata de explicar, pero nadie deja que eso ocurra. Los hechos reales están (supongo), pero matan el cine.
Una película que da muy mal rollo. Y ya.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2011

Darkness: El poder del mal

Tengo serios problemas para seguir en la línea terrorífica del blog. Las dosis de lexatines y otros tranquilizantes no mitigan un ápice la angustia que siento cada vez tengo que visionar la película sobre que les voy a hablar porque, aunque no se lo crean, antes de escribir sobre una película en particular, la que suscribe la ve, o la vuelve a ver, según sea el caso.  La tensión, con esta semana del terror, me está matando. Soy incapaz de meterme en lugar cerrado, a oscuras y sin saber quién es el tipo que tengo sentado a mi izquierda o a mi derecha, para ver una película de miedo. Tengo la sensación de que en cualquier momento, lo que está sucediendo en la pantalla se acabará convirtiendo en un cuento de hadas en comparación con la matanza, de mi persona principalmente, que ocurrirá en la sala de cine.
Por eso, antes de sentarme en la butaca, esta vez de mi casa, la ingesta de una buena dosis de ansiolíticos ha sido apoteósica, creo que si no hubiera sido de esa manera no hubiera soportado el visionado completo de Darkness.
No soy una entusiasta del género, pero pese a la ansiedad a la que me ha arrastrado, he podido disfrutar de esta película que dirigió, hace ya varios años,  Jaume Balagueró (por el que siento un gran aprecio personal, alejado de focos y esas cosas). Puede que la película tire de los tópicos más tópicos del cine de terror: una casa encantada con la estética decadente del siglo XIX,  una madre aparentemente  odiosa (Lena Olin), una niña más lista que el hambre (Anna Paquin), un niño muerto de miedo (Stephan Enquist) y un padre traumatizado (Iain Glenn) en su infancia. Y pululando cerca de ellos, un padre más rarito que un perro verde, y el novio de la chica, muy bien dispuesto para acompañar a lo que sea (Fele Martínez). Eclipses esperados,  niños muertos, planes malvados y el mal que no se ve, pero que está. Pero esta la utilización de los tópicos en este caso resultan, lográn el efecto buscado que no es otro que el de mantenernos en tensión a lo largo de los cien minutos que mide la película. La atmósfera opresiva está presente durante toda la película, los sustos colocados donde deben y la música exquisitamente elaborada para la ocasión. Una película que va creciendo a lo largo de los minutos para llegar a un final que bien merece la pena.
He sentido un miedo irracional a la oscuridad, a caer engullida en la misma tenebrosa oscuridad con la que los protagonistas tropiezan y de la que sólo un acto de amor podría librarles. Y puede, sólo puede, no lo sé, que la bondad de esta película radique en eso precisamente, en que sea algo inmaterial que siempre llega (la oscuridad) lo que nos tenga sufriendo. Una oscuridad, una nada que, al final, ni la bondad, ni el amor la va a poder parar, porque esa oscuridad es precisamente el mal. Y el mal, que todo lo puede, es lo que transforma en terrorífica la realidad. Ese es el mensaje de la película. Por eso, todo lo demás, los personajes que por ahí  transitan con sus pacedimientos, se convierten en meros accidentes para mostrarnos que contra el mal nada se puede
Todo está perdido frente al mal, frente a la oscuridad y yo, aquí sigo, clavada en la butaca, muerta de miedo y cruzando los dedos para que esta noche de tormenta no se vaya la luz.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 27 2011

Bambi: Terror en el cuerpo

Terror (Del lat. terror, -ōris), según el diccionario de la Real Academia Española significa, entre otras cosas, miedo muy intenso.
Si hablamos de Bambi, la película de Walt Disney, podemos afirmar que lo hacemos sobre uno de los grandes clásicos del cine de terror. Disney ha sido, casi con seguridad, uno de los seres humanos que más ha aterrorizado a los niños del planeta tierra con sus trabajos. Brujas horribles, incendios destructores, madres y padres muertos en circunstancias atroces. Todo lo que uno puede llegar a imaginar en esa zona oscura del ser humano. Es verdad que alternaba el puto horror con alguna cosita más agradable y que los finales eran felices, pero el rato que hacía pasar a los niños este psicópata son inolvidables para todo el que tiene un mínimo de memoria y de sensibilidad. Hagan memoria. ¿Cuándo lloró usted en el cine siendo niño? Hay que joderse; ir al cine siendo una criatura y que te destrocen la tarde o, a los más sensibles, la infancia.
Bambi es un clásico del cine de terror. Asistimos a la muerte de su mamá, al ataque de una jauría en pleno incendio del bosque en el que vive Bambi que casi se lleva por delante a todo bicho viviente (jauría e incendio), a la soledad de un cervatillo con voz de pito que se tiene que buscar una vida de futuro incierto. Viendo esto no se libran de un soponcio ni padres ni hijos. Además, la película se llena de detalles tremendos. ¿Recuerdan a Tambor? Hay millones de muñecos de peluche con la forma de Tambor en los hogares de este mundo. Una ricura de conejo ¿verdad? Tambor era un mamón. Cuando nace nuestro protagonista le recibe llamándole torpe y riéndose de él cuando se cae intentando aprender a desplazarse por sí mismo. Por si era poco, lleva al cervatillo hasta un lago helado (Tambor es un patinador de primera categoría) en el que se mete castañas por doquier (el cervatillo) y termina hecho un ocho. Pero no queda ahí la cosa. No, Disney era mucho más retorcido que todo eso. Tambor conoce a una coneja y se va sin decir adiós. Maravillosa enseñanza para los niños. Tus amigos son unos mierdas o pasa de tus amigos que es más importante tu propio destino. Por cierto, volvemos a ver a Tambor rodeado de varios conejitos. Sus conejitos.
Además del miedo atroz que provoca esta película, hay un aspecto indignante. El papel de cervatillas, mofetillas y conejillas. Observen su coquetería, su atrevimiento, casi la agresividad que muestran para llevarse al huerto a cervatillos, mofetillos (¿?) y conejillos. Y lo desahogadas que son todas ante un mundo horrible. ¿Han pensado que hay muchas más brujas o hermanastras que villanos? A este tío le pasaba algo con las mujeres. Se lo digo yo.
Una de las escenas más terroríficas de la historia del cine es la que nos muestra el bosque ardiendo (eso parece el fin del mundo) y los animales corriendo, intentando salvarse. Espeluznante. Pero, en general, la película es eso, el puto horror hecho realidad. Y la letra de las canciones es, no sé cómo decirlo, tengo dudas, no tengo palabras… ¿extravagantemente horteras? En fin, entre unas cosas y otras, mejor no pensar en esto antes de dormir.
Si su hijo ve Bambi y llora siéntase culpable. ¿A quién se le ocurre, joder?
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 25 2011

The ring: Lo terrorífico ya contado

A mí lo que me quita el sueño, en realidad, son las caras de los japoneses cuando pasan miedo. Sus películas (las de terror) me hacen pasar menos fatiga porque me suelen parecer obras que se apoyan en disparates absolutos y porque los actores sobreactúan más de la cuenta. Pero esas caras son terribles. Parece imposible torcer tanto el gesto.
The ring es una película que hizo mucho ruido en su momento. Pasó por Sitges en el año 1999 y, de allí, salió con los premios grandes pegados al cartel. Mejor director y mejor película. Casi nada. En Estepona también tuvo premio. Y en Bruselas. Francamente, me pareció mucho ruido para tan poca nuez. Hoy me sigue pareciendo lo mismo aunque hay que sumar un paso del tiempo muy lesivo con la película. Sé que esto que estoy diciendo es suficiente como para que los amantes del género de terror intenten liquidarme en breves momentos. Pero no puedo decir otra cosa.
El guión coquetea desde el primer momento con la leyenda urbana. ¿Cómo se alimenta esa leyenda? Del boca en boca. Cuantas más veces se cuenta la historieta más crece y más verdadera se hace para muchos. Eso ya estaba contado en, por ejemplo, Candyman. Así que de novedosa, en ese sentido, tenía poco The Ring.
El guión se agarra a una niña muerta (asesinada) que pide con bastante mala leche ser vengada desde la tumba. Es el vehículo que arrastra la trama hacia el desenlace. Esto ya estaba contado, por ejemplo, en Al final de la escalera. Novedades pocas.
El guionista introduce en el libreto aspectos que podrían sonar a novedosos. Una cinta de vídeo, la televisión y fotografías con rostros distorsionados. En La profecía ya vimos el asunto de las fotos, por ejemplo, desarrollado casi de la misma forma. Menos novedades todavía.
Y la película hizo mucho ruido, entre otras cosas, por la insólita imaginación que se desplegaba en ella. A mí lo que me daba miedo, pero miedo del grande, era ver al elenco poniendo caras. Y la falta de memoria de los críticos.
La factura de la película no está mal en conjunto. El clima que genera Hideo Nakata es meritorio. Mueve la cámara con cuidado y casi no se nota que hay alguien detrás. Va introduciendo despacio elementos que generan extrañeza en el espectador y cierta tensión. También incredulidad. Esa es la parte peor de la cosa porque no desaparece hasta que los créditos llenan la pantalla. Esos elementos se introducen en pantalla sin alardes ni grandes despliegues muy al estilo oriental. Técnicamente todo es normal y pasa desapercibido. Es una película más de trama que de otra cosa. Pero ya he dicho que esa trama estaba contaba y mejor que en The ring.
Acaba la película y uno no sabe qué pensar. Demasiadas lagunas. Se arreglan las cosas con un tal vez. El caso de la identidad del padre de la niña muerta se soluciona con un quizás, la procedencia de la cinta se arregla con otro mundo maligno (lo sueltan en una frase y se quedan tan anchos), el pasado se esboza con demasiados pocos puntos de referencia. No quiero desvelar nada importante del argumento. Ustedes lo comprobarán al ver la película. Y comprobarán lo feo que puede llegar a ser un oriental asustado.
¿Se pasa miedo con The ring? La carátula de la copia que tengo sobre la mesa dice que si no sientes escalofríos es que ya estás muerto. Debo estar en fase de descomposición avanzada porque en 1999 no me inquietó demasiado y hoy menos.
Como todo hay que decirlo, señalaré que The ring se aproxima al terror intentando una mezcla (esto sí que era novedoso) entre tradición y modernidad, lo que produjo un efecto patente en películas posteriores como The grudge. Y eso es un mérito que no se le puede hurtar a la película del director japonés. Y, también, me parece muy interesante como enfrenta la idea de maternidad. La protagonista parece incapaz de hacerse cargo de su hijo y eso sí genera una angustia importante en el espectador. Aún más cuando esa madre encuentra el cuerpo de la asesinada (que llora mocos verdes por las cuencas vacías de su cráneo) y despliega una actitud maternal muy poderosa. Curiosamente, es las escenas en las que se trabaja ese aspecto nadie pone caras.
Una película convertida en producto de culto que repite lo que otros contaron más que bien. Así son las cosas.
Ahora, les pido un favor. Plántense delante de un espejo. Intenten una mueca horrible. Si consiguen el efecto de un asiático sufriendo les invito a que acudan a todos los castings que conozcan. Tienen trabajo asegurado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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oct 24 2011

Tu madre se ha comido a mi perro

A mí las películas de terror como que me gustan más bien poco. No soy cinematográficamente valiente, no. Por eso cuando me dijeron que tenía que escribir sobre una película de terror me entró algo así como un acojone sin par.
Así que puestos a tener que pasarlo mal, decidí que iba a pasarlo mal, pero que muy mal. Busqué algo que no sólo me diera miedo sino que, encima, me diera asco. Sangre, higadillos, muertos y todo tipo de asquerosidades que me dieran la noche. La decisión estaba tomada: Tu madre se ha comido a mi perro. Esta cinta de cine gore, ronda por mi casa, en formato video VHS desde los 90 y la guardo por una cuestión sentimental, el día que la vi, era tanto el miedo que tenía que al que era mi pareja incipiente en aquel momento, no dejé de sobarle durante todo lo que duró el metraje.
Braindead, nombre original de la película, fue dirigida por Peter Jackson, el mismo de El señor de los anillos, un desmadre de sangre e higado que, pese al cangelo que me da, me ha tenido toda la noche partiéndome de risa, mucha risa. Y es que esta cinta gore es una auténtica comedia de lo más bizarra. Sale tanta sangre que no queda una gota para una transfusión de urgencias si del ataque de risa que te da te caes y terminas abriéndote la crisma
Esta película que se presentó al Festival de Cine fantástico de Sitges en el año 1992 y gano el premio a los mejores efectos especiales (no me extraña por otro lado), es una increible mixtura de locura, comedia y cine de terror.
El argumento es el, tan manido, un bicho encerrado, se escapa pega un bocado a su descubridor y a partir de ahí preparate para morir, de asco, claro. Puede que cuando los guionistas se sentaran a hacer un brainstorming tuvieran en mente a la madre de Psicosis, a Juanita Banana, a Moctezuma y a saber a quien más.
Lionel Cosgrove (Timothy Balme) un jovencito abducido por su madre, Vera Cosgrove (Elizabeth Moody), conoce a Paquita (Diana Peñalver). La madre decidida a entromenterse en la relación de su retoño y la voluptuosa Paquita, les sigue en una de sus salidas al zoo y allí es atacada por un bicho monstruoso que provienen de Nueva Zelanda, un cruce entre una rata y un mono. Con motivo del ataque ratonil, la madre contrae una enfermedad que la transforma en una zombie bastante mal encarada que no sólo se pela a las enfermeras del hospital en el que intentan curarla, sino que se come al perro de Paquita. Bocado que pega, zombie que aparece. Lionel, que intentará continuar con su vida normal, cuidando de su madre, durante un tiempo, va encerrando a los zombies en casa, para evitar que sean descubiertos. Less (Ian Watkin) tío de Lionel descubrirá a los zombies e intentará sacar tajada. Un auténtico despropósito durante un guateque en casa de Lionel, terminará haciendo más poderosos a los zombies. El protagonista con una maquina cortacesped intentará terminar con todos ellos. La madre de Lionel se transformará en un megazombie que sólo morirá al final de un cristo sin precedentes.
Debo decir que me he pasado la película mordiendo la manta con la que me cubrías, haciendo gala de un bonito abanico de onomatopeyas, medio llorando de asco y desternillándome de la risa. Que buen/mal rato he pasado.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 19 2011

Candyman: La coherencia del miedo

¿Cabe en el género de terror cualquier cosa que pueda imaginar el guionista? ¿Es creíble lo que nos enseñan en las películas de terror por el hecho de estar incluidas en una forma de contar que se apoya en sucesos extraordinarios? ¿Hasta dónde pueden llegar las licencias? La respuesta es única para todas esas cuestiones. Si la coherencia interna del relato soporta lo narrado por extraño o fantástico que sea, si es así, lo verosímil llegará sin problemas a pesar de los posibles excesos visuales, sonoros, narrativos. El aliño será cosa anecdótica frente a la estructura coherente. Porque el relato es verosímil si su coherencia interna en poderosa y estable. Eso sólo se consigue si el narrador (es lo mismo que el punto de vista y en cine también lo hay) es capaz de organizar un cosmos con identidad propia en el que se muevan personajes con alma.
Cuando un espectador se sienta en una butaca y diez minutos después no soporta lo que ve es que algo va mal (dentro de la película casi siempre). Eso suele ser el resultado de un mal trabajo (hablamos de un espectador medio). Nunca tiene que ver que la película sea de un género u otro, que el tema elegido sea este o aquel. Eso es otro problema.
Candyman es una película dirigida por Benard Rose. El libreto es obra del retorcido Clive Barker. Se rodó entre 1991 y 1992. Y es una película encuadrada en el género de terror. Una película con un arranque magnífico. Virginia Madsen (con unos kilos de más) se maneja con una soltura que le permite tomar el control desde el principio. No hace de rubia tonta y gritona (como lo son la mayoría de mujeres rubias y gritonas que aparecen en las películas de terror). El director se toma su tiempo para ir presentando a los personajes, para fijar las reglas del juego dejando listo un clima perfecto para que avance la trama y todo encaje. Todo ello dentro de una lógica propia del género de terror. Todo es creíble. Porque, además, con mucha astucia, Rose, elige escenarios muy cercanos y personajes muy bien reconocibles para el espectador. Toda la pantalla va llenándose de colores vivos que destacan entre la miseria de un barrio deprimido. Parecen, esos colores, los faros que la maldad utiliza para saber dónde ir. Allí brillan y allí se cometen los crímenes de todo tipo. Para rematar este arranque, escuchamos una partitura excelente encargada a Philip Glass que acompaña los momentos de tensión y cada susto (también los hay) eficazmente. El escenario, el conjunto de todos los ingredientes, se convierte en el lugar perfecto para revisar el mito de Fausto (ese parece ser el objetivo). El infierno de la realidad, en el que no aparece ni la policía, es el lugar en el que el mal tiende a aparecer.
Tras esa primera media hora espléndida de película, la cosa deriva hacia territorios mucho más convencionales, más llenas de sangre, crímenes violentos y sustos por doquier. Esta es la parte que peor soporta el paso del tiempo por parecerse en exceso a otras películas de terror. Cuando Candyman aparece en pantalla todo se tiñe de rojo y el espectador es lo que ve. Y, desde ese momento, se aprecia una falta de ideas alarmante en el guionista que quiere solventar con un final que puede parecer imaginativo aunque no lo es tanto. Ese final es explicativo, informativo en exceso. Es el cierre de lo que ya está dicho. El discurso de Candyman contiene ese final claramente durante su desarrollo. Y parece que Barker se ve obligado a dar pistas sobre lo que ha tratado: la leyenda urbana. Termina resultando que lo del mito de Fausto es una excusa y que lo importante es lo otro. Es decir, indaga en cómo puede sobrevivir la leyenda urbana, en cómo el personaje es lo de menos mientras se mantenga viva (la leyenda) y en cómo el relato es lo verdaderamente importante. Pues bien, esto es explicado en un final más forzado de lo que espera un buen aficionado al cine de terror.
Acompaña a Virginia Madsen el actor Tony Todd. Si ella está estupenda, él no lo está tanto. Es verdad que el corte del actor es muy shakesperiano y eso ayuda a construir una imagen determinada, pero su papel no da para más. Los secundarios se mueven con cierta normalidad por la pantalla  y no tienen una importancia demasiado relevante. Les matan y esas cosas, pero poco más.
¿Quieren saber si se pasa miedo? Pues al principio todo es inquietante y angustioso. Finalmente, todo es bastante asqueroso. Sangre, fuego y gritos de terror. ¿Es una buena película? Vista hoy, algunas cosas han resistido mal el paso del tiempo aunque en su momento fueron novedosas y atractivas. En conjunto se deja ver a pesar de que el guión pierde mucha fuerza en su segunda mitad. ¿Hay que verla? Claro que sí. Sin niños cerca. Ni miedosos o alérgicos a la sangre.
Ya me contarán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 18 2011

El exorcista: El miedo tras el adiós a la fe

Mi propensión a hablar en sueños, a las pesadillas y a los terrores nocturnos viene de mi infancia, cuando padecía de cierto sonambulismo que no afectaba en nada a mi vida normal, pero que me avergonzaba mucho cada vez que despertaba en mitad de la habitación de mis padres haciendo preguntas idiotas, encendiendo luces y demás desvaríos.
Ya de adulta la cosa empezó a preocuparme. Todas las personas que, alguna vez, durmieron conmigo en todos estos años coincidieron en que mis discursos nocturnos resultaban completamente incomprensibles, siempre en un idioma extranjero sin identificar y, a veces, acompañados de unos cánticos esotéricos y demoníacos.
Pero cuando me asusté de verdad fue hace poco al volver a ver El exorcista, cuando el padre Karras, psiquiatra y director espiritual de un seminario en Georgetown, explicaba a la desesperada madre de Reagan los síntomas de una verdadera posesión demoníaca, aquellos que exige la iglesia para la práctica de un exorcismo y los mismos que yo sufría. Claro que, el caso de Reagan resultaba bastante evidente por las manifestaciones físicas y vomitivas, que, en mi opinión, se podrían haber ahorrado. Como dijo el crítico de cine Roger Ebert, de puro espanto, cuando confesó haber perdido la fe en la humanidad: ¿Se ha vuelto la gente tan insensible que necesita películas de tal intensidad para poder llegar a sentir algo?
Yo creo que el horror que nos produce la falta de fe, en la humanidad, la religión, o lo que sea en lo que tengamos fe, nos asusta más que los extraterrestres de antenas verdes o los psicópatas provistos de katanas tras las cortinas. El miedo a perder el mundo seguro en el que vivimos está ahí, en nuestro más inmediato entorno, escondido durante mucho tiempo dónde menos lo esperamos.
El miedo del padre Merrin en las excavaciones arqueológicas de Irak, cuando encuentra las cabezas cortadas de unas estatuas siniestras, mientras una jauría de perros rabiosos se atacan como en una lucha entre el bien y el mal, el vaivén y la crisis de fe del padre Karras debido a la culpabilidad por la muerte de su madre, que lo mantienen paralizado hasta el momento en que vence al diablo, no a través de Reagan sino a través de sus demonios internos segundos antes de salir disparado por la ventana, o el terror de la madre de Reagan ante la arrogancia de los médicos y la irrupción de esa fuerza irresistible que pudo con todo lo inamovible.
Días más tarde de revisar la película indagué en internet sobre mis misteriosos discursos nocturnos con la ilusión de encontrar alguna respuesta excitante, secreta, algo totalmente paranormal y científicamente inexplicable. Sin embargo, mi chasco fue absoluto cuando leí que sólo era un simple trastorno del sueño llamado somniloquio, que ni siquiera es considerado una enfermedad, y que es provocado por cosas tan vulgares como las sustancias psicoactivas, la fiebre, la sobreexcitación o el estrés emocional, y que, encima, se trata de un trastorno infantil que solo se da en el 5% de los adultos. Me contenté pensando en que hace mucho tiempo que perdí la fe en Internet y luego empecé a escribir una serie de dibujos animados titulada Angelita y Angelito. Me reí mucho.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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oct 2 2011

Misery: Prefiero no tener fans

Creo que no hay una sola persona sobre la faz de la tierra que esté dispuesta a ser mi fan número uno. Ni el dos. Aunque, después de ver Misery, no me importa en absoluto ser un tipo anónimo y más pobre que las ratas pardas.
Misery es una película que nace como adaptación de la novela de Stephen King que lleva el mismo nombre. Esa adaptación se le encargó a William Goldman. Un maestro de la novela de terror y un mago del guión. La dirigió Rob Reiner. Otro de los grandes cuando se toma el trabajo en serio. Y el reparto lo encabezaban James Caan y Kathy Bates acompañados por Lauren Bacall y Richard Farnworth. En fin, es una película a la que no le falta un buen ingrediente. Si añadimos el trabajo excepcional del director de fotografía, Barry Sonnenfeld, que saca petróleo de un escenario mínimo en el que los tonos siniestros aparecen en cada encuadre, tenemos una de las mejores películas del género de terror que podemos encontrar.
James Caan defiende su papel con un trabajo gestual admirable. Apenas se mueve del sitio y su rostro será el que irá dibujando sus estados de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, su ira. El espectador sufre con él, con su dolor físico, con la asombrosa tortura sicológica a la que es sometido. Kathy Bates logra una interpretación muy difícil de olvidar. El espectador mira la pantalla y siente lo que Paul Sheldon, el escritor que se ve secuestrado por su fan número uno (una loca llamada Annie Wilkes). Cuando Annie se enfada todos nos arrugamos sabiendo que lo que llega es cruel y violento. Lauren Bacall tiene un papel muy corto e irrelevante. Richard Farnsworth, sin embargo, interpreta un papel que dota a la película de un ritmo mucho más llevadero. Lo opresivo del escenario (por su pequeñez, por lo que representa) se agranda cuando la cámara sigue los pasos de este viejo sheriff de Colorado.
Un par de escenas se quedan grabadas en la mente del espectador para siempre. La última pelea entre el escritor y su fan hace pasar un mal rato eterno. Ver como Annie se acerca con un mazo de obra a la cama de Paul es espeluznante. Sabemos que ambas escenas terminarán en tragedia, en un dolor infinito. Todo ello contemplando primeros planos que nos encogen en la butaca. Los del escritor aguantando un dolor físico inimaginable. Los de la mujer representando la zona más oscura y terrible del ser humano. Aunque lo interesante es el poso que deja la película. Inolvidable y miedoso.
El argumento es muy sencillo, pero Goldman lo estira (como ya hizo el novelista en el original) de forma prodigiosa. Un escritor famoso por sus obras románticas (la protagonista se llama Misery) se refugia en Colorado para escribir algo distinto. Cuando termina, intenta llegar a su casa, pero una tormenta muy fuerte hace que tenga un accidente. Le rescata una mujer que le sigue por ser fan absoluta de su obra. Es enfermera. Le lleva a casa para que se recupere. Y se queda con el trofeo en propiedad. De allí hay que salir como sea. Así de sencillo. Aunque con un personaje como el de Annie todo es posible. Violencia, fanatismo de todo tipo, mentiras, amores no correspondidos, obsesiones.
En el montaje definitivo quedaron fuera algunas escenas. Una de ellas, protagonizada por Kathy Bates, es en la que su personaje mata al ayudante del sheriff pasando por encima de él con una máquina cortacésped. Por lo visto, eso fue motivo de enfado descomunal por parte de la actriz puesto que pensaba que esa era la mejor de todas las escenas. ¿Cómo sería eso? No lo quiero ni pensar. Otras escenas fueron motivo de discusión entre director, guionista y productores. La de Annie rompiendo los tobillos a Paul es una adaptación del original en la que la enfermera corta un pie al escritor con un hacha. Francamente, no sé cuál de las dos hubiera sido más tremenda. Pero, aunque algunas escenas importantes quedaron fuera, el montaje de Misery es espléndido. Todas las elipsis están colocadas con acierto, se puede seguir la trama sin dificultad alguna, el ritmo de la película es asombrosamente rápido aunque algunas escenas se hagan eternas por su crueldad.
Misery es un película que hay que ver. Es extraordinaria. La interpretación de Kathy Bates excelente. La de Caan lo mismo. Se pasa un rato en vilo, pero merece la pena echar un vistazo. No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 11 2011

La niebla: Una historia mil veces contada y mal

Los millones de espectadores que andan sueltos por el mundo merecen un respeto. Ni son una banda de seres sin capacidad de reflexión, ni se tragan lo que les echen sea lo que sea. Es posible que, a veces, nos dejemos engañar por una puesta en escena espectacular (Avatar es el caso más reciente); es posible, pero eso no significa que alguien con un mínimo de criterio aguante insultos a su inteligencia como si no pasara nada.
Stephen King escribió una novela. Frank Darabont rodó una película adaptando esa novela. El resultado fue La niebla. Un desastre absoluto; una película llena de seres horribles que sólo sirven para que los niños no duerman, de personajes instalados en el tópico, de diálogos mal construidos y absurdos. El tema de fondo es el miedo. Si una persona tiene miedo todo puede pasar porque el comportamiento del ser humano sufre una ruptura absoluta y los comportamientos más primitivos son los que prevalecen sobre los culturales y sociales. Menuda cosa. Esto ya nos lo han contado un millón y medio de veces. Sin tanto insecto enorme, sin tanta araña asesina y sin tanta sangre. Les aseguro que La niebla es una película prescindible. Casi nada de lo que muestra es digno de ver.
Si tuviera que salvar algo sería la banda sonora. The Host Of Seraphim es el tema central y, francamente, no está nada mal.
Todo en la película es exagerado. No sólo las criaturas horribles. Las interpretaciones de Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden o André Braugher se ven descontroladas en algunos momentos y siempre increíbles. Debe ser producto del imposible entendimiento que genera en el espectador que se digan, unos a otros, esa cantidad de idioteces. O, tal vez, sea que en esta película, su director, sabía que lo que podía salvar la obra eran unos efectos especiales y visuales extraordinarios. Pero esos efectos tampoco son gran cosa. Eso sí, bastante asquerosos. Llenar la pantalla de arañas es lo que tiene.
Mezclar el fanatismo religioso, a un niño llorando, la tranquilidad y serenidad de los ancianos, a un padre (hay más, pero me da pereza continuar), y poner a todos frente a una situación extrema hace que los personajes estallen como una pompa de jabón, que desaparezcan desde el primer momento. Además, creo yo que el miedo no es lo mismo que el histerismo o la locura. En esta película todo es fanatismo, locura, violencia.
Un verdadero desastre en todos los sentidos. Incluso el despliegue técnico para mostrar a esos seres tan malignos se queda en la normalidad. Hoy en día, los niveles son tan importantes que cuesta mucho trabajo conseguir algo original que impresione al espectador.
Si pueden evitarse la experiencia de perder el tiempo sin ton ni son, no lo duden.
© Del Texto: Nirek Sabal


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