feb 11 2014

La última llamada:

No descubro nada si digo que sólo sorprende lo que no se conoce y llega de forma inesperada. Pues bien, algo tan simple no parecen saberlo algunos guionistas de cine. Resulta patético e irritante que alguien se quede tan ancho después de intentar colar una idea vieja y gastada como si fuese la gran novedad cinematográfica.
La última llamada es una película que arranca bien. Muy bien. La primera media hora resulta electrizante, inquietante. Todo funciona a las mil maravillas. Los encuadres son los que tienen que ser, el ritmo narrativo es espléndido, Halle Berry está bien, el guión se mantiene a un nivel más que notable. Pero claro, la imaginación del guionista se queda sin fuelle y eso, en cine, no puede ocurrir. Si el guión se viene abajo todo tiende a desplomarse como un castillo de naipes. En La última llamada llega un momento en que los intentos de giro argumental se convierten en un insulto a la inteligencia por ser previsibles y chapuceros. Del mismo modo que la tensión te ha pegado a la butaca durante un buen rato, las ganas de salir corriendo se hacen irresistibles con esas trampas tan evidentes.
La cámara del director Brad Anderson (excelente en sus series; irregular en la gran pantalla), sigue en un sitio privilegiado, pero da igual; el desastre arrolla todo lo que encuentra a su paso.
La última llamada cuenta cómo viven un par de situaciones terribles en el centro de llamadas de emergencia de la policía. Un tarado, un par de jovencitas y la operadora (Halle Berry), son los ingredientes fundamentales. Lo terrible del argumento en su arranque es angustioso. Hasta que la cosa se convierte en una idiotez. El desenlace es, sencillamente, bochornoso.
Una pena de trabajo porque con un poquito de imaginación todo hubiera sido estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 6 2014

No se lo digas a nadie: Una joya que pasó desapercibida

Por más que me pregunto por qué hay películas estupendas que pasan desapercibidas, por más que busco respuestas aquí y allá; no soy capaz de entenderlo. Las distribuidoras no apuestan por nada que no esté realizado con mucha pasta y venga precedido de una promoción colosal. Aunque eso, por lo que se juegan los cuartos, sea una auténtica bazofia; lo importante es lo bonito del cartel y lo atractivo del trailer. Así les va, claro. El público no es tonto y hasta el peor de los aficionados no traga con cualquier cosa. Además, hoy con esto de la internet, las opiniones se difunden con rapidez. El problema, el gran problema, es que esas opiniones llegan si la película se distribuye, si llega a las salas. Si los aficionados no saben que algo existe poco pueden hacer para evitar engaños o por difundir un buen trabajo.
No se lo digas a nadie (Nes les dis à personne) es de esas películas que no se han visto en España. Al menos, no se distribuyó más que en cuatro sitios. Ahora, se puede ver en internet (por ejemplo, iTunes la tiene incluida en su catálogo de venta y alquiler). Una pena lo primero y una oportunidad esto último. Porque es una película estupenda.
Se trata de un thriller dirigido, muy bien, por Guillaume Canet; adaptación de la novela de Harlan Coben (el propio director es el guionista acompañado por Philippe Lefebvre). Con un montaje excelente en el que se superponen acciones de diferentes tiempos, con el que se logra un tempo justo por su tranquilidad en el que no sobra un minuto, nos cuentan lo que le sucede a Alexandre Beck, un reconocido pediatra, cuando pierde a su mujer. Desde esa pérdida al momento elegido para desarrollar la trama, el director inserta una elipsis que está llena de interrogantes y que irá llenando de contenido a medida que la trepidante acción se va desarrollando.
La trama se redondea con giros argumentales muy sólidos por estar justificados y por aportar un grado de verisimilitud altísima al relato. El guión se hace absorvente y se remata muy bien, como sólo podría ser después de un desarrollo estupendo. Sin estupideces de última hora, sin prisas, sin atropellos. La tensión que se genera desde el principio deja pegado al sillón hasta llegar a un final conmovedor.
No se lo digas a nadie se acerca al Vértigo de Hitchkock, a ese romanticismo que flirtea con la necrofilia. Y a El fugitivo cuando percibimos la persecución del que creemos inocente.
Sin duda, la película funciona, entre otras cosas, porque François Cluzet se empeña en ello. Él es el que defiende el papel protagonista. El reparto al completo se esfuerza, disfruta. La dirección de Canet con los actores es una maravilla. Hasta la banda sonora se apunta al excelente nivel.
¿Por qué las películas de esta categoría quedan en el olvido? ¿Por qué no se les da ni una oportunidad? No hay respuestas lógicas. El mundo de la cultura es, eso, falta de lógica en los últimos tiempos. La pena es que nos siguen metiendo gato por liebre pensando que somos algo tontos. Y, luego, se quejan de tener los cines vacíos por el dichoso IVA. Señores, es por el IVA, por el precio con el que quieren ganar más de la cuenta y porque nos dejan ver mucha basura. Es por todo ello. Alguien debería reflexionar sobre el asunto. Aunque sólo fuera un ratito. Les iría mejor.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 29 2013

Stoker: Un envoltorio precioso para un regalo modesto

Alguna vez, todos hemos recibido un regalo dentro de un fantástico envoltorio. Una caja estupenda, un papel envolviendo el obsequio que da pena estropear. El que no haya tenido una experiencia así ya la tendrá. Es cuestión de tiempo. El problema se presenta cuando el regalo es poca cosa o no gusta o es de mal gusto o es algo que ya fue usado y se sabe. Eso de que lo importante es tener un detalle pierde todo su valor. Entre otras cosas porque cuando se generan expectativas hay que satisfacerlas.
Stoker, del realizador Park Chan-wook, es eso, un magnífico envoltorio que esconde un disparate descomunal. Tanto es así que en el arranque de la película, hasta que lo fundamental de la trama se va descubriendo, lo que se ve perturba, inquieta, interesa enormemente. Pero el guión es tan flojo, llegado el momento importante, que todo se derrumba. Lo que inquietaba se ve ridículo, lo perturbador se hace estafa y el interés por lo que sucede en pantalla se evapora sin solución. El cine es lo que es y, desde luego, no creo que nadie pueda afirmar que sea una sucesión de fotogramas bonitos, una música envolvente y nada más. En una película, sea cual sea, lo fundamental, lo que hace de la experiencia algo único, es el sentido y lo que se quiere contar, eso que desde la ficción podemos integrar a nuestra vida como propio.
Stoker presenta una factura impecable,. La cámara de Park Chan-wook se mueve con elegancia, la fotografía es refinada y detallista, la música matiza lo que se ve, pero el guión de Wentworth Miller toma importancia y todo se acabó. Las preguntas asaltan y las respuestas se hacen imposibles. Es entonces cuando nada funciona. Ante estas cosas nadie se deja engañar.
Mia Wasikowska hace un papel que comienza resultando estupendo por lo misterioso del personaje y lo bien que la actriz transmite, aunque termina siendo aburrido y repetitivo porque ese personaje se desinfla. El de Matthew Goode no; ese resulta excesivo desde el principio. El actor hace lo que puede (mirar fijamente y tratar de poner cara de enfermo mental) aunque no es capaz de sacar adelante semejante despropósito. Un buen actor tampoco lo hubiera logrado. Y Nicole Kidman hace lo que puede con un personaje soso al que se le ve venir desde un millón de kilómetros.
La película no es original aunque trata de serlo. Este tipo de historias han sido contadas de forma similar miles de veces. Por ello, todo es previsible. Eso sí, estéticamente perfecto.
Una película está vacía aunque se introduzcan en la acción elementos que puedan causar cierto impacto. La violencia o el sadismo en sí mismos no son nada, necesitan de personajes que los pongan a funcionar, personajes que evolucionen. Y el espectador necesita comprender, entender el mundo que le presentan, saber qué está pasando sin que tenga que preguntarse cómo es posible eso o aquello sin posibilidad de dar con la solución.
Stoker es una película fallida, un trabajo dedicado al más puro onanismo en busca del aplauso fácil. Eso y poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 24 2013

El cuerpo: Atar cabos para tener un cabo enorme

En cine o en literatura, nos encontramos con novelas o guiones que tratan de sobrevivir con giros argumentales improbables o increíbles. Naturalmente, el relato o la película que no está instalado sobre una trama sólida o unos personajes bien construidos y desarrollados, no sobrevive con estos intentos desesperados por encontrar una salida digna. Hace falta algo más.
Por otra parte, un guión que deja atados todos los cabos no es, necesariamente, más creíble que otros. Atar cabos, ordenar todo para que encaje, está muy bien; pero si lo que ensamblamos son disparates o tonterías, el resultado final es un enorme disparate o una tontería inmensa.
El cuerpo es una película en la que el realizador y guionista Oriol Paulo procura dejar las cosas en su sitio sin tener en cuenta qué son esas cosas que maneja. Además, los personajes que presenta van de lo superficial a lo prescindible. Si sumamos una dirección actoral espantosa, en la que los actores y actrices terminan ofreciendo un recital de gestos insulsos, el resultado es muy flojo. Casi tedioso en su desarrollo, con un arranque prometedor hacia ninguna parte y un desenlace que resulta estúpido cuando trata de ser una explosión de creatividad narrativa. Y todo gracias a la cantidad de lagunas que nos encontramos en el camino. Para ser más exactos, lodazales que no pueden disimularse con facilidad.
Oriol Paulo monta la película queriendo convertir los flashbacks en fundamentales. Lo que consigue, sin embargo, es ser repetitivo hasta la extenuación. Conocemos que la situación es una y nos la repiten sin saber la razón por la que hacen algo tan aburrido e innecesario. De este modo, el metraje se le antoja excesivo a cualquiera. En noventa minutos o algo menos se puede contar lo mismo. Igual de reiterativa es la banda sonora. Reiterativa y algo violenta con el espectador ya que parece querer obligar a estar en tensión o a sufrir de lo lindo con lo que se ve en pantalla; algo que se debe intentar por otros medios, lógicamente.
José Coronado no pasa del aprobado esta vez. Está muy mal dirigido. Del mismo modo que el guión está lleno de tópicos, su personaje y su actuación están plantados en lugares comunes y sobados. Lo peor de todo es que Coronado no es capaz de escapar de allí. Belén Rueda, desenvuelta y solvente, defiende un personaje absolutamente prescindible. Sin él se podría contar lo mismo. Hugo Silva parece estar dormido, tal lo esté. Y Aura Garrido algo verde.
Demasiadas vueltas sobre la misma cosa, excesivas molestias en minucias. Todo muy previsible incluido un final que se puede ver llegar desde mucho antes. El resultado roza la idea de estar ante una película farfullera, tramposa y sin fondo alguno.
Tendrá que ser en otra ocasión.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 10 2013

Tesis sobre un homicidio: Un final insólito e imperdonable

Los espectadores que acuden al cine pagan para ver la película que ha realizado otro.
Alguien tiene una idea, otros (incluso él mismo) financian la cosa y, voilà, los demás pagamos para ver cómo ha quedado el asunto. En ningún caso, creo yo, el espectador paga el precio de una localidad para tener que desarrollar una trama y completar, de ese modo, lo que ha visto. Porque, en caso de hacerlo, la entrada a las salas de proyección debería ser gratis.
Esta muy bien que realizadores y guionistas dejen opciones abiertas en las tramas, que dejen al espectador su propio espacio. Esto está muy bien. Pero presentar una propuesta en la que todo quede reducido, finalmente, a un usted verá lo que quiere hacer con todo esto, a un usted verá cómo quiere colocar las piezas que le han entregado; no parece que sea la forma de tratar inteligencias ajenas.
Tesis sobre un homicidio es una película que rebosa diálogos interesantes (alguno algo pretencioso; todo hay que decirlo); que se desarrolla con buen ritmo; en la que se plantea algo ya viejo y conocido -la lucha de intelectos- aunque con matices muy atractivos. Vocación de hacer cine hay por todos los sitios. Es una película en la que interviene Ricardo Darín que siempre es garantía absoluta; una película bien planificada en la que se alternan planos diferentes con el fin de perfilar a los personajes (los planos secuencia en los que intervienen Darín y Alberto Ammann son un ejemplo). Es una película con la que se quieren conseguir objetivos de altura, de importancia. Ahora bien, deja en manos del espectador demasiado. Y el espectador ha pagado su entrada. Hacer eso, dejar que el peso recaiga sobre el que observa, convierte la relación película-espectador en algo árido, en una bomba de relojería. Más que nada porque si el espectador decide no asumir un reto que no le corresponde todo se viene abajo. Si, además, esto lo descubre el espectador al final, la irritación puede ser descomunal.
Una cosa es dejar abierto el final a modo de elipsis eterna (que puede ser rellenada o no de sentido sin que el propio de la película de vea modificado) y otra, bien distinta, es no plantear un final (con lo que ese sentido del conjunto se desvanece por completo). Tesis sobre un homicidio es eso.
El planteamiento narrativo es que algo observado desde distintos puntos de vista, siendo la misma cosa, se convierte en algo distinto con cada perspectiva. Si te fijas en esto, tienes este resultado. Si te fijas en esto otro, lo anterior se derrumba o crece aún más. ¡Menudo descubrimiento! Pero contar lo mismo, sea cual sea el punto de vista, necesita una solución. No se deben mezclar las cosas y que termine siendo válida cualquier cosa.
Ricardo Darín defiende el papel protagonista. Un abogado que ya sólo se dedica a la enseñanza. Alberto Ammann defiende el papel del otro protagonista. Un alumno del primero. Se comete un crimen. Asistimos desde ese momento, bien a la paranoia de uno, bien a la realización de un plan sofisticado y perverso del otro. Darín con oficio. Ammann con falta de tablas. El talento de Darín es notable y patente. El de Ammann debe estar por llegar (¿qué habrán visto en este chico?).
Las mejores escenas las protagonizan ambos. En ellas, la tensión narrativa se dispara. Pero más por los diálogos y el trabajo de Darín que por otra cosa. No falta una cámara bien colocada siempre y moviéndose tranquila. Ayuda, también, la música de Sergio Moure que, aunque algo tendente a la exageración alguna vez, logra encajar bien. Calu Rivero, sosita. Guapa aunque sosita.
Patricio Vega (adaptador de la novela de Diego Paszkowski) deja algunos cabos sueltos en el guión. Y alguna cosa inexplicable. Por ejemplo, ¿cómo es que acaba la película sin que sepamos el contenido de esa tesis? Podría haber insertado un par de frases. Algo. Y lo de ese final es imperdonable. Hace que un trabajo de una potencia considerable se vacía sin remedio por los cuatro costados. Tesis sobre un homicidio podría ser un auténtico peliculón. No sé si por falta de ideas, de presupuesto, de ganas o de tiempo; se queda en una buena propuesta fallida. Una paradoja, sí. Como convertir el oro en plomo. Algo así.
De todos modos, tal y como están las cosas, no es una mala opción. Porque ya les avanzo que la cartelera está hecha unos zorros.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 17 2013

La senda: Fotocopias borrosas

Intentar dar gato por liebre suele terminar en conflicto. Si el timado se percata de estar siendo engañado, el timador puede salir huyendo sin dudarlo porque el escándalo puede ser grande.
Si esto del gato y la liebre te toca vivirlo en el cine, el escándalo se convierte en tedio y en una promesa firme de no volver a caer en la trampa de un autor que espera éxitos clamorosos. Los autores que lo esperan deben contar con que el público no es una manada de tontitos que tragan con lo que se les eche.
La Senda en una película deudora (mucho) de la película de Stanley Kubrick El Resplandor. Deudora y alejada. No pueden compararse por tratarse (La Senda) de una fotocopia burda. Es previsible desde el principio, pretenciosa y vacía.
Los diálogos son un insulto a la inteligencia. La información es tramposa y es, en realidad, una ocultación estúpida que sirve para que su director, Miguel Ángel Toledo (guionista junto a Juan Carlos Fresnadillo), intente jugar a ser realizador. Se apoya, además, en un montaje igual de tramposo y que trata de ser original cuando es un calco de otros que ya están más vistos que el tebeo.
La dirección actoral es penosa. Gustavo Salmerón se pasa la película entera dentro de un mismo registro que es soso y aburrido. Irene Visedo muy justita. Ariel Castro más soso todavía. Parece que se aburrían en cada toma, no hay un solo momento con chispa. Es como si estuviéramos viendo esos totems que hay en los aeropuertos para que aprendas a facturar sin ayuda de otros.
La música es exagerada y añade engaño intentando matizar imágenes que, por sí mismas, deberían funcionar sin agobios externos. La fotografía se libra del desastre aunque no es nada del otro mundo.
El guión hace de la película una tortura insoportable.
Un fiasco de los gordos.
La cosa va de una familia que viaja al campo nevado para pasar unos días. Raúl (Gustavo Salmerón) está como una chota. Ana (Irene Visedo) es la esposa y pasa de Raúl ampliamente. Samuel (Ariel Castro) es un vecino que tiene pinta de palmarla según aparece en pantalla. Nico es el hijo (Ricardo Trénor) Van haciendo cosas que demuestran lo loco que está uno, lo poco que se fía otra, el miedo y la desconfianza que reina en la casa de campo, lo poco que le queda a otro., el trauma del niño. Todo contado con lentitud, como dando una clase de buen cine que ya nos sabemos. Sin ritmo.
Está muy bien tener referencias a la hora de crear y, sobre todo, cuando empiezas. Pero no puede faltar la honestidad. Nadie puede querer colar un producto ya visto, sabido, contado. La Senda es una película floja. No pierdan el tiempo con ella. Mejor ver a Kubrick o cualquier otro clásico.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 29 2012

Memento: Recordando que somos mortales (Memento Mori)

La psicología del ser humano es fascinante y muy compleja. La películas que la abordan son fascinantes y muy complejas (las buenas) o un tostón inaguantable y estúpido (las malas). No suele haber término medio. Memento de Chistopher Nolan es de las buenas. De las muy buenas, muy fascinante y muy compleja.

Leonard Shelby (Guy Pearce) sufre una enfermedad que consiste en no poder generar recuerdos inmediatos (para los más curiosos apunto que se llama amnesia anterógrada, aunque me parece un detalle sin importancia puesto que si la enfermedad se denominase Putisteius Almodabile no cambiaría nada de nuestra percepción). Cada mañana despierta sin saber dónde está, pasados unos minutos no recuerda lo que ha ocurrido poco antes.

Teddy (Joe Pantoliano), Natalie (Carrie-Anne Moss), Sammy Jankis (Sthephen Tobolowsky), la señora Jankis (Harriet Sansom Harris), Catherine Shelby (Jorja Fox) y algún otro, son personajes que van construyendo a nuestro protagonista. Además de un perfil psicológico muy atractivo que yo no sé explicar (si tenemos por aquí algún especialista que deje un comentario por si nos enteramos de algo) la película es un ejemplo maravilloso de la ruptura lineal en la narración y una lección magistral de cómo el espectador se ve envuelto en la propia trama y en su diseño final.

La película narra tres cosas al mismo tiempo. Por un lado la historia de Sammy Jankis y su esposa. Leonard, el protagonista, va contando lo que le ocurrió a ese hombre (padeció la misma enfermedad que él ahora) y a su mujer. Las secuencias se presentan en blanco y negro, la narración es lineal, pero fragmentada ya que nos la presentan en distintos momentos de la película. Vale. Más secuencias en blanco y negro. Leonard intenta explicarse qué le pasa, qué ocurrió desde ese día que aparecen muertos en su vida y pierde la posibilidad de tener memoria inmediata. Leonard es Leonard. Narración lineal. Secuencias en color. Leonard cree seguir siendo él mismo aunque ya no lo es. El director nos lleva a ese momento en que él cambia fundiendo las dos historias. Porque, mientras las secuencias en blanco y negro van hacia delante en la trama, las que se presentan en color retroceden en el tiempo. Y se repiten para explicar lo anterior. Así hasta llegar a ese momento en que el Leonard en blanco y negro se convierte en el Leonard de colorines. Eso de contar al revés la historia y de repetir escenas hace que el espectador tenga que esforzarse por cuadrar las distintas partes de la acción. O se hace ese esfuerzo o no entiende nada de nada.

Leonard apunta todo para tener pistas sobre sí mismo, sobre lo que le pasa. En papeles. O tatuándose la piel. Son anotaciones difusas. El comportamiento de los personajes (de todos) también lo es. No sabemos qué pasa, qué creer, hasta bien avanzada la película.

Finalmente, lo que nos dicen es que el futuro de las personas se dibuja desde el pasado y que si ese pasado se distorsiona, el futuro cambia radicalmente. De hecho, la película intenta mostrar esto narrando desde las causas la historia de Leonard siendo Leonard (permitan esta licencia) y desde las consecuencias lo que nos presentan en color (Leonard ya no es el mismo).

La vida de cada uno de nosotros depende de nosotros mismos si queremos que así sea. Ese es el verdadero mensaje de la película. Es verdad que tenemos la venganza como vehículo para contar la historia, el tiempo es importante en la trama, la identidad personal o la memoria y su papel en la vida. Pero todo eso es un apoyo (sólo un apoyo) para desarrollar una tesis sobre la posibilidad de ser de un modo u otro.

Puede parecer (ya sé que sin ver la película no hay quien entienda una palabra de lo que he dicho) que la película es una especie de tortura para el que la ve. Nada más lejos de la realidad. Es interesantísima, divertida y mantiene un ritmo narrativo espectacular.

Echen un vistazo a Memento si no lo han hecho ya. Vuelvan a disfrutar de este peliculón si tienen ocasión. Y no olviden que ustedes no tienen ninguna obligación que no sea atender a lo que les cuentan, que no es su trabajo sacar conclusiones. Lleguen al final con tranquilidad, sin entrar en un juego que les proponen por si quieren ustedes meterse a detectives, un juego sin solución desde dentro. Sólo desde la butaca de casa la tiene. No se dejen embaucar.

© Del texto: Nirek Sabal


mar 9 2012

Luces rojas: La duda como artificio

Es imposible que algo te guste si no te interesa. Esto es algo evidente. Pero si, encima, has tenido que pagar por ver algo que no te interesa, el problema pasa del gusto o disgusto al enfado monumental. Nadie quiere pagar por aburrirse, por ver lo que ya conoce de sobra, por perder el tiempo sin razón alguna. Y es aquí donde, el espectador se sitúa ante unas preguntas muy concretas: ¿es él culpable por elegir mal lo que paga? ¿Debería estar prohibido contar lo mismo que otros? ¿No se puede evitar que un autor agarre la historia de otro con toda su cara, que la maquille para que parezca otra cosa y la coloque en el mercado como nueva? ¿Por qué no existe un control de calidad en la industria cinematográfica que evite los excesos? ¿Nadie se va a apuntar a eso de si no queda satisfecho le devolvemos su dinero?
Luces rojas es una mala película. Es verdad que su director, Rodrigo Cortés, intenta hacer cine, que mueve la cámara con gracia y consigue encuadres notables. Es verdad que la puesta en escena no está mal. Pero también es verdad que el guión es flojísimo, que el asunto que trata está tan manoseado que, si no se acompaña de algo original y suculento, se convierte en un tormento incluso para los más afines a este tipo de historias. Luces rojas no aporta nada, absolutamente nada. Además, el director (que de tonto no tiene un pelo) intenta remediar las carencias a base de exageraciones (por si cuela, supongo) con un uso de los efectos especiales y de la música algo vergonzoso. La partitura, por ejemplo, está descompensada del todo. Para entendernos: no pasa nada, ni va a pasar, pero la música se eleva como si anunciara el fin del mundo. Todo se desboca ante un climax que jamás llega. Por si era poco, la propuesta es dudar de todo aunque a la vez podamos creer en todo. El mundo es el conjunto de lo que puede tocarse y de lo que espiritual. Y si se cree en el mundo todo se cree al mismo tiempo. Pero con la duda en la mano para que la película parezca interesante cuando no lo es ni de lejos.
Las interpretaciones son muy, muy discretas. Robert de Niro, Sigourney Weaver y Cillian Murphy están muy discretos. Murphy parece que se puede dormir en cualquier momento, Weaver está porque no tiene más remedio y De Niro parece querer ganar un premio a la serie de interpretaciones más anodinas de la historia del cine. Si a esto (a la mediocridad interpretativa) le sumamos el desastre que supone un guión lleno de frases que no llevan a ningún sitio y bastante tramposo en su desarrollo, tenemos como resultado un producto que no interesa a casi nadie. Esta es una película muy discreta.
El cine comercial es lo que tiene. Puede entretener (no es el caso), puede servir para que las mentes se despejen (no es el caso) o para… ¿para qué?
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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nov 22 2011

Mientras duermes: Objetivo desconocido

Los villanos son villanos y los héroes son héroes. Esto es algo que todo el mundo sabe y que, por mucha técnica que se le eche al asunto, poco puede variar. Contar una historia pegado a un villano no logra que el espectador (si es cine) o el lector (si es literatura) termine comprendiendo lo que un miserable puede llegar a hacer. Es más, soy de los que piensa que el efecto es justo el contrario.
Tengo la sensación de que eso es lo que ha intentado Jaume Balageró en Mientras duermes. Y no lo consigue. Entre otras cosas, porque el guión hace aguas desde muy pronto. Pasa de lo tremendo de una trama en la que el personaje principal es un loco peligroso que actúa en soledad y tomando cierta distancia, a colocar a ese mismo personaje en situaciones poco creíbles incluso si se trata de una película que juega a que las cosas más extrañas pueden pasar. Todo queda unido por un hilo muy fino que se rompe con facilidad en cuanto el espectador tira de él.
Luis Tosar está correcto. Marta Etura es desaprovechada entre sonrisa y sonrisa. Y Alberto San Juan tiene un papel menor y su actuación lo es también. Balagueró deja que hagan su trabajo aunque no dedica ni un minuto a sacar lo mejor de cada uno de ellos.
Todo lo técnico pasa desapercibido en esta película, nada es sobresaliente. Todo queda en tierra de nadie. Incluso el sentido trata de conseguirse con un final bastante facilón. Casi insultante. Es lo que suele ocurrir cuando el guión busca la sorpresa haciéndose redondo.
La película se deja ver. Algunas escenas, no lo negaré, son inquietantes. Y el ritmo con el que se presenta la trama se ajusta a lo que se necesita. Pero es tan poco lo que se dice que todo sobra.
Si la intención era que comprendiéramos a un villano, si eso era el objetivo, la película es fallida. Si, por el contrario, el objetivo era otro distinto, habrá que seguir pensando sobre la película para que el descubrimiento se produzca en el futuro. De momento, ni hay nada a la vista,
© Del Texto: Nirek Sabal


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