nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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nov 22 2011

Mientras duermes: Objetivo desconocido

Los villanos son villanos y los héroes son héroes. Esto es algo que todo el mundo sabe y que, por mucha técnica que se le eche al asunto, poco puede variar. Contar una historia pegado a un villano no logra que el espectador (si es cine) o el lector (si es literatura) termine comprendiendo lo que un miserable puede llegar a hacer. Es más, soy de los que piensa que el efecto es justo el contrario.
Tengo la sensación de que eso es lo que ha intentado Jaume Balageró en Mientras duermes. Y no lo consigue. Entre otras cosas, porque el guión hace aguas desde muy pronto. Pasa de lo tremendo de una trama en la que el personaje principal es un loco peligroso que actúa en soledad y tomando cierta distancia, a colocar a ese mismo personaje en situaciones poco creíbles incluso si se trata de una película que juega a que las cosas más extrañas pueden pasar. Todo queda unido por un hilo muy fino que se rompe con facilidad en cuanto el espectador tira de él.
Luis Tosar está correcto. Marta Etura es desaprovechada entre sonrisa y sonrisa. Y Alberto San Juan tiene un papel menor y su actuación lo es también. Balagueró deja que hagan su trabajo aunque no dedica ni un minuto a sacar lo mejor de cada uno de ellos.
Todo lo técnico pasa desapercibido en esta película, nada es sobresaliente. Todo queda en tierra de nadie. Incluso el sentido trata de conseguirse con un final bastante facilón. Casi insultante. Es lo que suele ocurrir cuando el guión busca la sorpresa haciéndose redondo.
La película se deja ver. Algunas escenas, no lo negaré, son inquietantes. Y el ritmo con el que se presenta la trama se ajusta a lo que se necesita. Pero es tan poco lo que se dice que todo sobra.
Si la intención era que comprendiéramos a un villano, si eso era el objetivo, la película es fallida. Si, por el contrario, el objetivo era otro distinto, habrá que seguir pensando sobre la película para que el descubrimiento se produzca en el futuro. De momento, ni hay nada a la vista,
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 19 2011

La Soga: La negación del crimen perfecto

Mi reflexión sobre La soga es una mezcla entre la teoría del superhombre de Nietzsche y libros como Crimen y castigo y La rebelión de las masas.
El asesinato de un hombre por el mero hecho de parecerle inferior a otros, el dilema de Dostoievski sobre lo conveniente de la muerte cuando uno, parece, no es de utilidad y provecho para la humanidad y la división que hace Ortega y Gasset entre el hombre-masa, hombre ordinario que proclama la vulgaridad, y el hombre selecto, intelectualmente superior, se asemeja mucho a la premisa de Hitchcock en esta película, cuando una pareja de brillantes universitarios asesinan a un compañero sólo por demostrar su valía intelectual trazando un crimen perfecto. Y como si de un juego de competición se tratase, los dos amigos se la juegan dando una cena a familiares y amigos de la víctima sirviendo la mesa sobre el viejo arcón dónde está escondido el cadáver.
Ésta, que fue la primera película en color de Hitchcock, pero que yo recomiendo ver en blanco y negro, es todo un experimento técnico grabado en tiempo real, en un principio pensada para filmarse en un sólo plano secuencia, pero ante la imposibilidad de las cámaras, que sólo podían grabar 10 minutos seguidos, fue rodada con varios planos secuencias fundidos en las chaquetas de los personajes.
La genialidad para grabar en una sola localización interior, manteniéndonos durante toda la película en el mismo apartamento, como hizo en La ventana indiscreta o en Crimen perfecto es una de las, para mí, especialidades de Hitchcock, dónde nos convierte en vouyeurs y cómplices de todos sus crímenes. El resultado es un film de acción continua de apariencia teatral brillante.
El desenlace final, no sólo demuestra, otra vez, que no existe el crimen perfecto, sino que desarma cualquier teoría basada en la superioridad de un superhombre y la inferioridad de un mediocre. A mí, al menos, siempre me ha convencido más la filosofía del perspectivismo, que es la que se encarga de relativizarlo todo. Y en el caso de aparecer un superhombre en esta película, ese hombre se llama Alfred Hitchcock, sin ninguna duda.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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feb 17 2011

Hierro: Mucho arroz para tan poco pollo

Conocer los aspectos técnicos que envuelven toda manifestación artística, para probar suerte intentando crear, no asegura que el producto final sea una maravilla. En el caso concreto del cine, la imagen (el uso de que se haga de todo lo que tenga que ver con ella) es fundamental. Pero el guión también lo es. Por supuesto, la interpretación por parte de los actores y actrices lo mismo. Por ejemplo, contar con el mejor director de fotografía del mundo para contar una memez no tiene mucho sentido ni mucho recorrido.
Hierro es una película firmada por Gabe Ibañez. Impecable desde un punto de vista técnico. Cuidadísima la fotografía y los efectos especiales y visuales. Un producto final del que, si sólo se valorase eso, podríamos decir de ella un buen número de cosas y todas estupendas. Elena Anaya es la actriz principal y, junto a la isla de Hierro, casi única. Defiende su papel con solvencia, sin fisuras. Toda la carga expresiva de la película recae como una losa sobre su espalda. Pero carga con el peso sin ningún problema. Le sobran fuerzas. El resto de actores y actrices están, pero como si no estuvieran puesto que sus papeles son muy periféricos y carecen de valor narrativo. Pero el guión es previsible, está lleno de saltos incomprensibles y casi histéricos en el desarrollo, es poco creíble y va de más a menos hasta rozar la nada.
Una madre viaja con su hijo para pasar unas vaciones. Durante el trayecto en barco, el niño desaparece. La mujer comienza una búsqueda larga, se enfrenta con los peores de sus temores. Si desvelo algo más alguien me lo reprochará. Pero da igual lo que pueda decir. Desde muy pronto, la capacidad para provocar una mínima sorpresa de esta película es nula.
Un par de cosas más. La música es espléndida. La partitura se tiñe de poderío en los momentos más inquietantes y pasa, con elegancia, a una tonalidad suave y envolvente (a veces esa música recuerda ligeramente a Satie). La otra cosa que quiero apuntar es el flaco favor que le ha hecho el director a un lugar como es la isla de Hierro. Ibañez llena de seres  esperpénticos su película. Y, con ello, espanta a los que quieran conocer esa auténtica maravilla que es la isla. Hijo pródigo del lugar no le harán. Para mí que no.
Impresionante en los aspectos técnicos. Floja en la zona narrativa. Interesante para algunos. Muy pesada para muchos. Por favor, que alguien le ofrezca guiones a este hombre. Con algo de verdadera importancia este hombre puede ser el futuro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 27 2011

El número 23: Disparate total

Jim Carrey es un actor que dedica su tiempo en cosas como hacer gestos que él cree que son muy graciosos, a moverse delante de las cámaras dando zancadas grandes y ridículas, a estropear algunas películas que podrían funcionar sin su presencia y a todo tipo de cosas que conviene olvidar con rapidez. Algunos dirán que estaba muy bien en esa en la que hacía de pobrecito engañado por una corporación que vendía su vida en la televisión o que estaba bien en esa que hizo con Kate Winslet. En El show de Truman estaba algo más contenido de lo normal. En ¡Olvídate de mí! está ramplón (es la señora Winslet la que salva los muebles). En fin, Jim Carrey es un desastre de actor. Y las películas que suele interpretar son un tostón indecente.
Pero una de ellas es el no va más. El número 23. El asunto es que un tipo descubre una obsesión que tiene que ver con ese número. Luego resulta que nada es lo que parecía. Todo suma 23. Incluso las veces que un espectador con cierto criterio piensa en la muerte durante los 94 minutos de película suman 23. El guión está escrito para divertir a un idiota y lo debió escribir otro. La propuesta es lamentable. Técnicamente es una película ramplona. El mensaje es cero. Y, además, el protagonista es Jim Carrey en estado puro. O sea, un auténtico desastre.
No voy a gastar un solo minuto de mi tiempo en resumir la trama porque, francamente, no se me ocurre cómo hacerlo sin sufrir un ataque epiléptico.
Un consejo: mejor que no se le pase por la cabeza ver esta cosa. Se arrepentirá.
© Del Texto: Nirek Sabal

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dic 8 2010

Con la muerte en los talones: El drama desde la calma

Una confusión, por pequeña que sea, puede cambiar la vida de cualquiera. En realidad, la vida sigue su curso entre millones y millones de pequeñas o grandes confusiones. Todo es confusión en un universo que queremos ordenar y nos lleva ventaja en todas las ocasiones.
Esto podría ser excusa para grandes discusiones sesudas y eternas o, por el contrario, convertirse en una de las mejores películas de suspense de la historia. Alfred Hitchkock se decantó por la segunda de las opciones afortunadamente para todos. Con la muerte en los talones es una película fantástica por su ironía, por su ritmo, por lo bien contada que está; por las interpretaciones de Cary Grant, Eva Marie Saint (a decir verdad, algo sosita) y James Mason; por uno de los mejores guiones escritos para una película de suspense (lo firmó Ernest Lehman huyendo de las trampas, de escatimar información y esas cosas que se suelen hacer en este tipo de películas y son un insulto a la inteligencia del espectador) y por ser uno de los rodajes mejor diseñado de la historia del cine.
La dirección de actores de Hitchkock es soberbia. Logra que Eva Marie Saint pase desapercibida (insisto algo sosita) y eso es todo un éxito. De la interpretación de Cary Grant saca petróleo (este actor tenía unas limitaciones muy importantes al defender cualquier papel que se le diera).
La elección de los escenarios aportan una grandeza a la película que no tendría (seguramente) si se hubiera rodado con otros diferentes.
El punto de vista, como siempre fue en las películas de Hitchkock, es el exacto.
En fin, todo en su sitio. Brillantez.
Un ejecutivo del mundo de la publicidad se ve envuelto en una trama peligrosa por una confusión. Alguien le reconoce como un agente de la CIA que, ni siquiera, existe (el agente porque, desgradiadamente, la CIA existe y mucho). Esto le lleva a huir acusado de robo, de asesinato y de cualquier delito que ocurra cerca de él. En esa huida conoce a una mujer bellísima, sosísima y misteriosísima, que será fundamental en el desarrollo de las peripecias del pobre ejecutivo. Y a los malos. También va conociendo malos que quieren acabar con su vida. Kilómetros de escapada, intentos de asesinato, asesinatos terminados, agencias de inteligencia, aviones estrellados o una persecución por el Monte Rushmore, son algunos de los ingredientes de la trama.

La película es, entre otras cosas, una sátira sobre ese mundo tan oscuro y peligroso que protagonizan los espías y las personas sin escrúpulos que desean ganar dinero a costa del bienestar mundial. Con Hitchkock todo eso se convierte en un desastre absoluto, el territorio perfecto para enamorarse, en una ridiculez. Algo sin pies ni cabeza.
El guión se salpica de inteligencia en su conjunto, de ingenio para que se luzca Cary Grant, de nostalgia sobre la que se construye el personaje femenino y de maldad en la que se rebozan los forajidos. El resultado es una fina ironía que cubre el mundo.
Esta es una película que nunca falla. Los jóvenes se divierten, los adultos se divierten. Puede verse en familia y disfrutarse en cualquier momento.
Posiblemente se puedan decir cosas mucho más profundas sobre Con la muerte en los talones. Se han escrito libros completos sobre la película. Sin embargo, yo lo dejo aquí. A veces, lo mejor es tomarse las cosas con calma, sin tanto interés por el fondo de las cosas, sabiendo que tanto pensar puede quedar en nada por un despiste del lector o del que escribe, por un pequeo detalle que lleve a la confusión total. Lean esos libros. Yo me conformo con recordar que esta película es estupenda, que hay que verla y, sobre todo, disfrutar con ella. Es algo que estamos perdiendo de vista con tanta palabrería: el cine hay que disfrutarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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nov 29 2010

Topaz: Las cosas serias desde el ridículo

Si tuviera que dar el nombre de una película que vi siendo niña, de la que no entendí nada, pero de la que sea capaz de recordar alguna escena que me impactara especialmente; esa es, sin duda, es Topaz. Una tarde de domingo, con no más de diez años, en una sesión doble del cine de mi barrio,  fue cuando la vi. Y me enfadé porque yo no entendía nada y mis hermanos mayores hablaban sin parar de ella, sin que yo pudiera decir ni media.
Una película sobre la guerra fría, sobre espías, traiciones y un lío descomunal sobre secretos militares y políticos, sobre Cuba, sobre la ex-Unión Soviética y sobre todas esas cuestiones que durante años preocuparon al mundo y que un día dejaron de importar. Todo eso lo sé ahora, pero lógicamente no cuando por primera vez pude ver, en una sala de cine, de esas de reestreno, esta película dirigida por Alfred Hitchcok.
Creo que muy pocas personas la recuerdan y creo que muchísimas menos saben que es el genio del cine de intriga y suspense quien la dirigió. Creo que ni siquiera yo recordaría nada si no fuera porque me empeñé en tener una copia de esta cinta y, hace ya algún tiempo, me senté a buscar esa escena que recordaba con una claridad meridiana; la de una mujer a la que le sangra abundantemente y deja un rastro que la traicionará y la encaminará a un final fatal.
En 1962, un oficial de los servicios de espionaje soviéticos, Boris Kusenov deserta a Estados Unidos desde Dinamarca junto con su esposa e hija, llevando con el información sobre los acuerdos de misiles entre los rusos y Cuba, así como de la existencia de una organización llamada Topaz, controlada por los franceses, que pasa información de la OTAN a la a la Unión Soviética. Nordstrom (John Forsythe) es el agente de la CIA encargado de interrogar a Kusenov, y solicita la ayuda de su amigo, el agente francés André Devereaux (Frederick Stafford). El francés, junto a su mujer Nicole (Dany Robin), su hija Michèle (Claude Jade) y a su yerno, el periodista François Picard (Michel Subor) viajará a Nueva York, para trabajar en la investigación e interrogar al representante de Cuba que debe hablar ante la ONU. Tras un plan complicadísimo, Devereaux consigue robarle a Rico Parra (John Vernon), el representante cubano, los datos que permiten confirmar las sospechas sobre la existencia de Topaz y la fuga de información. Con todo ello, volará hasta Cuba, donde se encontrará con su amante, Juanita de Cordoba (Karin Dor), una espía contrarevolucionaria, relacionada también con Parra que terminará muerta a manos de éste último. Devereaux regresa a Francia y allí descubre que su mujer, Nicole, es la amante de Jacques Granville (Michel Piccoli), compañero suyo en la resistencia francesa. El yerno, Picard, por su lado, continúa sus investigaciones e interroga al funcionario de la OTAN, Harri Jarré (Philippe Noiret), quien aparece muerto al poco tiempo. Finalmente Picard muestra a la familia un retrato de Jarré y Nicole termina admitiendo que le conoce y, confiesa el nombre del jefe de Topaz, que no es otro que su amante Granville, el topo.
Topaz es una de las últimas películas que dirigió Hitchcok. Una película de traiciones en lo político y en lo personal. Una película que creo que no ha sido demasiado comprendida dentro de la filmografía de este director. La película está basada en la novela de Leon Uris (creo que por mi casa corre un ejemplar, comprada en una librería de lance por el mismo motivo que por el que adquirí la cinta, un impacto infantil).
Puede que una de las cuestiones que llama la atención en esta película es el hecho de que el director renunció a que la misma fuera protagonizada por actores de relumbrón y que apoyara gran parte del desarrollo de la doble trama de la película (la amorosa y la política) sobre los actores secundarios que intervienen. Puede que también sea que, por primera vez, deja de lado a su compositor musical habitual y se hace acompañar por Maurice Jarre o porque el guión, pese a quien le pese (incluso a Truffaut), es bueno, muy bueno.
En su día obtuvo unas críticas fatales (eso me dijeron mis mayores). Sin embargo, cinematográficamente hablando contiene unos estupendísimos planos que son incluso novedosos en la manera de filmar de Hitchcok (pese a que ya estaba llegando al final de su carrera). En todas y cada una de las escenas relevantes de la película encontrarán una doble intención, nada es lo que parece y eso, pese a que dicen que es la película menos hitchcokiana, nos devuelve al maestro una y otra vez.
En su día me impactó la mano sangrante. Hoy me quedo con la muerte de Juanita de Cordoba a manos de Parra. Una muerte vista desde arriba con un despliegue del vuelo de su falda morada que quita el hipo. Una de las imágenes más bonitas de toda la película.
Puede que esta cinta la guarde en mi haber por aquello de las cuestiones sentimentales pero se la recomiendo para que puedan ver como caricaturizando al mundo (no se pierdan el aspecto de los cubanos -todos toscos y, y el de los franceses muy refinados y preparados para dar para el pelo) pueden contarse cosas tan serias como lo hace el genio Hitchcok; la traición, se dé donde se dé, siempre tiene un precio.
Véanla.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 30 2010

Atormentada: Cine del bueno

Para los que nos gusta el cine siempre es un alivio y un gusto volver a los clásicos. Si uno quiere jugar sobre seguro, no hay nada como arrimarse a las películas de Alfred Hitchcock.
Atormentada, rodada en el año 1949, protagonizada por algunos de los monstruos que el cine a dado (Ingrid Bergman, Joseph Cotten, Cecil Parker, etc.), es una película de intriga que, incluso, llega a rozar el terror, lo cual no es una novedad, pues esta combinación caracteriza el cine de este genio. Su título original es Under Capricorn. No termino de comprender demasiado bien a los que deciden unos cambios tan brutales en los títulos de las películas.
Ignoro cuales es el motivo por el que esta película es una de las menos reconocidas de Hitchcock, quizá porque está ambientada en a finales del siglo XIX en Australia, porque quizá tiene importantes diferencias con otras obras de este director, aunque lo que es cierto es que si uno la ve tranquilamente, fijándose en los detalles, encontrará que la componen una constante en el cine de Hitchcock: Señora y ama de llaves eternamente enfrentadas, la primera de un aparente carácter débil y la segunda con una mala leche que no se la acaba. Paisajes y escenarios un tanto tenebrosos. Tomas larguísimas que nos muestran de manera minuciosa los escenarios.
No puedo evitar en ver muchos paralelismos entre esta película y Rebecca, no por la historia en sí, pero sí en lo casi clónicos que me parecen los principales personajes femeninos de ambas películas y por la existencia del misterio que se arrastra durante toda la filmaciuón. En este caso gravita un secreto, un misterio, que el director muy hábilmente no nos desvelará hasta el final, típico del Maestro.
En esta película Alfred Hitchcock nos sitúa en la Australia de finales del siglo XIX . Hasta allí llega, proveniente de Gran Bretaña, el sobrino del gobernador, Charles Adare (Michael Widding). Una vez allí, contactará con su prima Lady Henrietta (Ingrid Bergman), casada con Sam Flusky (Joseph Cotten), un tipo tosco que en su juventud fue el mozo de cuadras de la mansión de la familia de su esposa, con la que se fugo. Ambos son perseguidos por el hermano de Henrietta y Flusky terminará matándole, por ello será condenado y desterrado a Australia. Hasta allí se fugará y seguirá esta mujer en espera de que su amado cumpla condena viviendo en la miseria. Con los años Flusky hará fortuna. Adare descubrirá que su prima vive alcoholizada y aterrorizada por la ama de llaves Milly (Margaret Leighton). Frente a esta situación Adare se implicará con la familia, inicialmente con el consentimiento del esposo, para rescatar a Henrietta del infierno en el que vive y terminará enamorándose de su prima. Una discusión llevará a Flusky a disparar contra el primo de su esposa, lo que le puede suponer la pena de muerte al ser el segundo delito de sangre que comete pero Henrietta confesará al Gobernador que fue ella quien mató a su hermano y no su marido que fue injustamente condenado.
La interpretación de Ingrid Bergman lo llena todo, está soberbia, es tan real que uno juraría que cuando se rodó la película estaba alcoholizada, lo cual no es cierto. Sin embargo tuvo malas críticas, no por su actuación, sino porque en aquella época se descubrió que mantenía un romance con Roberto Rosellini que se había fraguado mientras rodaba bajo sus ordenes la película Stromboli. De hecho con motivo de esta historia de amor (estaba casada) fue declarada persona non grata en los EEUU y fijó su residencia en Italia. La puritana sociedad americana del momento, no perdonaba estos comportamientos.

Josep Cotten está genial pese a lo recortada que el director deja su intervención. El director que hizo que este actor brillara por su talento interpretativo no fue Hitchcock sino Orson Wells.
Una película soberbia, buena de verdad, con una historia impecable, unos personajes redondos y una estética, que pese a lo antiguo, y al inicio del tecnicolor, hace que nos tengamos que quitar el sombrero.
Es una maravilla de película, se lo puedo asegurar. Cine del bueno.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 14 2010

El cuarto hombre: La inocencia de la mentira

El cine clásico tiene una gran carga de inocencia. El cine clásico está lleno de interpretaciones que se deslizan peligrosamente al histrionismo. El cine clásico muestra cierto abuso de los guionistas al explicar lo que ya está dicho. Pero el cine clásico es verdadero cine, la esencia de eso que se convierte hoy, con rapidez, en un alarde técnico y poco más.
Los muchachos jóvenes comienzan a despreciar esas películas en lo que todo era falso (decorados, efectos especiales y esas cosas). No entienden cómo podíamos tragarnos eso sin que nos pasara nada malo. Habría que explicarles que no nos tragábamos nada. Lo que sí hacíamos era sentarnos en las butacas de la sala de proyección colocando cada cosa en su sitio. La ficción era eso, ficción que podíamos convertir en cosa propia o no. Nadie buscó nunca lo real. Una representación, sí. Esa es la esencia de cualquier manifestación artística.
Volver a los clásicos permite que no confundamos las cosas. Hoy se hace cine, buen cine. Y mejor cuanto más falso es lo que cuenta. Antes se hacía buen cine. Con las mismas reglas de juego.
El cuarto hombre es de esas películas que se olvidan con dificultad. Los disparos son mentirosos, los puñetazos también, los decorados de exteriores de papel. Lo que quieran. Pero es una de las películas más pegadas a la realidad que yo he visto en toda mi vida. Inocente, llena de pequeños gazapos, pero muy de verdad. Cine negro en todo su esplendor. Cine a secas en estado puro.
La trama se trenza alrededor de un crimen perfecto en el que se ven envueltos los cuatro delincuentes, uno que pasa por allí y es acusado de ser el bandido y, por supuesto, una linda joven. Phil Karlson, el director, logra contar lo que quiere con solvencia, con credibilidad aunque todo sea falso y de cartón piedra. Quizás precipita un poco el desenlace, pero esto ocurría antes con más frecuencia que hoy para evitar metrajes excesivamente largos (para la época).
John Payne interpreta el papel de héroe (Joe Rolfe). Collen Gray es la linda dama (pone una cara bellísima a su personaje, Helen Foster). Los criminales son Preston Foster, Neville Brand, Lee Van Cleef y Phil Karlson (uno de los actores más feos de la historia del cine). Todos se desenvuelven francamente bien para lograr que el guión de George Bruce y Harry Essex luzca como lo que es, un excelente trabajo. Los diálogos son los justos, acompasados con el desarrollo de la trama y la evolución de los personajes. Por cierto, es un guión que va al grano desde el primer minuto. Ni una escena de relleno. Y cuenta un crimen perfecto en el que ganan los buenos, claro. Todo desde esa narración que roza el costumbrismo que es tan efectiva.
Una película para ver en familia. Una película para disfrutar comiendo palomitas en el sillón. Una película para poder recordar de qué va esto del cine. Una excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jul 6 2010

Identity: Pestiño psicológico

Por más que lo intento no puedo con algunas cosas. Que me hagan perder el tiempo es algo que me irrita. ¿Por qué alguien que quiere contar que un tipo está como una regadera tiene que contar una historia disparatada, mentirosa y aburrida?
John Cusack, Ray Liotta y Amanda Peet, entre otros (da igual quienes sean porque demuestran muy poco talento al interpretar sus personajes) protagonizan Identidad. Una serie de personas coinciden en un motel de carretera. Alguien se los va cargando, poco a poco. De vez en cuando nos cuentan cómo se desarrolla una vista extraordinaria del juicio a un perturbado que será ejecutado al día siguiente. El sujeto se ha cargado a una serie de personas de forma brutal. Y la película, en realidad, nos cuenta esos crímenes. Pero sólo lo sabemos al final de la película. El asesino se carga a sus víctimas pensando que va acabando con las múltiples personalidades que él mismo ha desarrollado. Vale. Esto significa que el director, un tal James Mangold, nos quiere enviar un mensaje profundo y verdadero. Los asesinos son muy asesinos y tener múltiples personalidades es un horror. Impresionante. Para ello monta un lío enorme, deja algunas pistas para el espectador que no las encontraría ni el mismo, oculta lo fundamental y equivoca el suspense con escamotear información para acabar con una explosión de ingenio (ni pizca, se lo aseguro) que deja con la boca abierta a todo el que mira. Por supuesto, tenemos una noche tormentosa, un niño, mucha sangre y cantidad de indicios que hacen culpable a cada personaje. Un paquete de narices.

Desde muy pronto la película ha dejado de interesarme. Más o menos desde el segundo minuto. Y se preguntarán sobre el porqué no he dejado de ver este tostón. Pues porque me lo habían recomendado. Un aficionado a este tipo de películas. Afirma que el género tiene en sus genes este tipo de cosas, que no se podría hacer este cine sin eso a lo que llamo trampas. Y yo digo que no, que eso es un error y conformarse con muy poco. Esto es como intentar justificar una novela de Agatha Cristie al compararla con El Halcón Maltés de Dashiell Hammett. Cada cosa es lo que es. Puede gustar más o menos, pero eso no hace de las cosas mejores o peores. Identidad es un pestiño. Guste más o guste menos. Porque la tesis que maneja no da de sí más allá de enunciarla, porque los actores están extraordinariamente mal, porque el guión está escrito con el culo, porque la fotografía es esa gran desconocida, porque los decorados debieron comprarlos en un todo a cien y, sobre todo, porque para pasar un mal rato gratuito ya tenemos los telediarios. Un gran pestiño.
© Del Texto: Nirek Sabal