feb 26 2014

IV Festival Internacional de Magia de Madrid

A estas alturas parece que lo único posible con esta crisis que vivimos es hacerla desaparecer por arte de magia. ¿Se puede hacer algo así? Claro que sí.
Imaginen. Unos jovencitos llegados de Holanda nos empujan a la risa más sincera con trucos imposibles que van desde volar dentro de una caja de cartón hasta aparecer y desaparecer de y en lugares imposibles. Ted Kim, un muchacho coreano con pinta de haber salido de un vídeojuego, nos arrastra a un mundo lleno de color y sorpresas en el que el dibujo de una manzana es, en realidad, una deliciosa pieza de fruta; un mundo original sin primas de riesgo. La pareja formada por Scoot & Muriel, americanos ellos, parten por la mitad al que se acerca con una máquina infernal y, voilà, no pasa nada; todos contentos. Charlie Mag hace milagros; con peces y palomas; casí, casí, consigue lo de los peces y… los panes. Norbert Ferré, gabacho bueno (lo dice él y no yo que soy inocente) se ríe de sí mismo, del que le mira; y a la vez consigue que el mundo desaparezca para que sólo quede su público, sus cartas y él mismo. Y, por si era poco, Jorge Blass echa a volar como si tal cosa. Bye, bye, crisis.
El IV Festival Internacional de Magia de Madrid es, sencillamente, un espectáculo fabuloso. El público entra en la carpa del Circo Price y, durante dos horas, no es capaz de pensar en nada que no sea magia. El ritmo es arrollador. Tan sólo nos dan un respiro cuando el narrador (un niño que hace su trabajo con solvencia y con el desparpajo de alguien mucho mayor) presenta el siguiente número o trenza el hilo argumental que quiere soportar el espectáculo.
Tal vez el artista que desentona algo es Charlie Mag. No es que sea un mal mago; en absoluto. Pero sí está en la periferia de un conjunto muy sólido formado por el resto de magos. Excesiva solemnidad y magia, aunque original, con cierto acento anejo. En cualquier caso, no es fácil hacer aparecer peces de colores donde debería haber pichones.
Todos están muy bien, provocan que sintamos ese desconcierto que sólo te abruma ante lo inexplicable. Pero, sin duda alguna, son Norbert Ferré y Jorge Blass los que logran niveles extravagantes. Si Jorge Blass (director del festival) presenta unos trucos fabulosos y le echa una buena dosis de humor a su trabajo; Ferré es la elegancia pura. El que escribe nunca había visto una cosa igual. Pelotitas de colores y una baraja de cartas. No le hace falta nada más. Además, provoca grandes carcajadas con sus bromas y su lenguaje corporal.
Vivir en Madrid y no acercarse al Circo Price para asistir a este espectáculo no puede ser.
Ah, cuando se vayan ustedes a casa, se encontrarán con una agradable sorpresa. Los magos le esperarán en la puerta para que puedan hablar con ellos.


sep 15 2013

Il Barbiere di Siviglia: Blancos, negros y un toque de color

La temporada operística del Teatro Real de Madrid se inicia con la excelente obra de Gioachino Rossini Il Barbiere di Siviglia; una ópera bufa en dos actos y libreto de Cesare Sterbini.
La dirección musical de Tomas Hanus y la dirección de escena a cargo de Emilio Sagi hacen llegar hasta el Teatro Real de Madrid la primera alegría del año. Todo funciona y funciona bien.
Musicalmente, Tomas Hanus desarrolla la partitura de Rossini sin altibajos, consiguiendo un encaje certero entre voces e instrumentos. Esta no es una ópera excesivamente exigente con los músicos aunque sí requiere una interpretación en la que el aroma que desprende el escenario se corresponda con cada nota. Ya en la obertura quedan claras las intenciones de Hanus dirigiendo con delicadeza aunque con ímpetu si es preciso.
Por su parte, Emilio Sagi nos prepara un escenario en el que todo se mueve y en el que es difícil que encontremos respiro. Las escenas se montan moviendo las partes del escenario (todas sobre ruedas) y los elementos de atrezzo que son transportados con gracia y orden. Pocas veces el escenario del Teatro Real ha sido tan práctico como este. Esto aquí y eso allá para dibujar una plaza. Ahora aquello lo colocamos junto a eso otro y tenemos un interior. Coloquen esas sillas en el centro y la mesa al fondo. Todo muy fácil, sin desbarajuste alguno, perfectamente ensayado. Un resultado atractivo y vistoso. La coreografía de Núria Castejón ayuda ostensiblemente a que esto ocurra. Al mismo tiempo que se modifica el escenario, el aire sevillano está presente, sin topar con territorios comunes y gastados, sin estridencias tópicas que tanto molestan (sobre todo en este caso al tratarse de un teatro español lleno de espectadores españoles que no van vestidos de torero o gitana por la vida aunque algunos lo crean). Los recursos escénicos se convierten desde el principio en parte importante de los elementos puramente dramáticos. Con la iluminación (perfecta) ocurre lo mismo. El vestuario sencillo y eficaz. El escenario se llena de blancos y negros que predominan durante toda la representación. Tan sólo un personaje, Rosina, arrastra cierto toque de color que realza el carácter alegre y atrevido de la mujer. No hace falta decir que los negros corresponden a los caracteres más apagados y antipáticos. La escena final se sale de este continuo para ofrecernos un colorido espectacular en la que intervienen todos los personajes de la obra. Un final feliz con globo aerostático incluido. Una buena y bonita idea que se justifica plenamente.
La obra de Rossini es de una belleza aplastante y deja momentos muy divertidos e incluso cuadros auténticamente emotivos. Pero de esta ópera poco se puede decir. Ya lo han dicho cientos de veces todo. Lo interesante es que la esencia de Il Barbiere di Siviglia no se pone en peligro con esta producción. No se reproduce con fidelidad el momento histórico en el que se desarrolla la trama aunque la propuesta está muy próxima a este; nadie trata de inventarse cualquier patraña para dejar su impronta personal. Todo lo que es original, con talento e inteligencia, se puede ajustar a lo esencial como ocurre en este caso.
La producción cuenta con dos repartos, ambos estupendos. Destacan Dmitri Korchak (en el papel de Conde de Almaviva) y Serena Malfi (Rosina), Tanto uno como otro consiguen momentos de emoción alcanzando tonalidades bellísimas en sus registros. La señora Malfi hace un uso portentoso de sus agudos. Todos, desde el punto de vista actoral están sobresalientes. La dirección se deja notar. Ninguno tiene que quedarse media hora quieto esperando a que otro deje de cantar, ninguno abusa del histrionismo. Tal vez Susana Cordón (Berta) está en el límite de la sobreactuación, pero se compensa con lo bien que canta y lo divertido que termina resultando su personaje. Como de costumbre, el coro muy, muy, bien.
Buen y prometedor comienzo de la temporada. A ver si los aficionados tenemos suerte y no tenemos el placer de recibir durante unos meses a nadie que quiera inventar la ópera o que intente ocultar la falta de talento bajo escandalosas extravagancias que no llevan a ningún sitio. A ver si hay suerte.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 3 2012

Tres veces 20 años: El tiempo que coloca

No debe ser nada sencillo llevar la etiqueta de hijo de, pues, aunque todos somos hijos de alguien, los apellidos, en determinadas profesiones, acaban pesando más de lo deseado y sustraerse al embrujo de determinados progenitores suele conllevar un largo camino de angustias y lágrima del que pocos salen indemnes.
Pensaba en ello mientras sacaba las entradas para ver Tres veces 20 años y lo hacía porque la directora de la misma es Julie Gavras, hija del director Costa Gavras, y está protagonizada por Isabella Rossellini, hija de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini. Sin embargo, no tenía ninguna duda al respecto de Isabella por la que desde sus días de modelo siento una especial fascinación a la par que una atracción feroz. Ha demostrado en cada una de sus incursiones en el cine, tanto delante de las cámaras, como detrás de ellas, que es muchísimo más que la hija de. No me ocurre lo mismo con respecto a Julie Gavras de la que sólo conocía la película La culpa es de Fidel que, en su momento, me pareció una estupenda película. Tras este film, nunca más volví a saber de ella. Sin embargo, debo reconocer que el trabajo que ha llevado a cabo es estupendo.
La elección de los actores que la directora francesa escoge para sumergirnos en la vida de una pareja que ha llegado a los sesenta -sin darse cuenta, sin pensar en lo que conlleva alcanzar una edad determinada, en la que la mujer se ha convertido en invisible para el resto del mundo y el hombre en un proyecto serio de fósil- es más que acertada. El título originario de la película; la expresión Late Bloomers, que se traduciría por un asumir tarde la madurez; nos indica ya el leit motiv de esta producción
Adam (William Hurt) es un prestigioso arquitecto que en el zenit de su carrera recibe un premio a su trayectoria profesional. Mary (Isabella Rossellini) es una maestra jubilada que toma conciencia del paso del tiempo, del fin de una etapa y una época cuando su marido recibe el premio. A partir de ese momento, empieza la deriva para ambos, ella intentado que él tome conciencia de l inexorable paso del tiempo, de la necesidad de introducir cambios en su vida, y él intentando evitar que ese paso del tiempo lo convierta en alguien distinto a quien fue hasta anteayer. Ambos necesitarán alejarse, tomar distancia, medirse con la vida para, si finalmente el destino lo quiere, rencontrarse o no. Por el camino, la difícil relación con unos hijos que quieren comprenderles a ambos a la vez que batallan para que el matrimonio de sus padre no se rompa definitivamente. Por el camino, proyectos que intentan devolver a momentos de juventud, relaciones que demuestran que el paso del tiempo nunca coarta las pasiones cuando estas aparezcan aunque sólo sean una inyección de autoestima.
La directora juega perfectamente bien con ambos papeles y la elección de los artistas, como he dicho es acertadísima. Él (Hurt) un atractivo maduro, ella (Rosellini), una mujer madura más que atractiva que pese a la duda no esconde ni sus redondeces ni sus arrugas (la grandeza de Isabella Rossellini reside en parte en ser como es, sin necesidad de adecuar su cuerpo a una edad que no le corresponde), una mujer que se reconcilia consigo misma mientras contempla el reflejo de su cuello ya no tan terso en un cristal cualquiera.
No sé si calificaría esta película como del género de comedia, porque, aparte de algún que otro gag que pueda tener su gracia, me parece algo muy distinto y difícil de clasificar. Combinar una estupenda bañera, con la seductora imagen de dos personas que se aman en su interior, teniendo como imagen de fondo una barandilla ortopédica, sin caer en el feísmo, me parece realmente prodigioso.
La fotografía de la película es estupenda y sabe captar a la perfección la sensación de desconcierto en la que se encuentran sumidos sus protagonistas. Y la música, como no podeía ser de otro modo, acompaña estupendamente cada una de las escenas.
Una película que nos muestra cómo en ocasiones tomamos conciencia del paso del tiempo de sopetón y cómo esa bofetada inesperada nos descoloca para que con el tiempo, ese mismo tiempo que pasa inexorablemente, nos recoloque donde toca.
Como vengo diciendo hace tiempo, el cine francés está que se sale, aunque se filme en inglés.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 3 2011

Flesh: cuando el cine empezó a hablar

Vaya. Vuelvo a ver Flesh y, viendo a Joe D’Alessandro, me acuerdo de Jean Genet.
Me paro a pensar que, si no se ha hecho ya, se debería elaborar un mapa de chaperismos artísticos del siglo XX y que este podría llevarnos a excelentes cruces de caminos en los que descubrir más sobre los contenidos de uno de los términos más fascinantes que se hayan podido acuñar sobre los artistas: malditos.
A mí me da la impresión de que a casi todos los escritores, artistas, cineastas o poetas que me han dejado algo a través del tiempo se les podría estampar el sello del malditismo, aunque sólo fuera por unas líneas escritas o por una secuencia tempestuosa.
A todos excepto a Chesterton, claro.
El imaginario personal, entroncado siempre con el colectivo, proyecta mitos personales. Esta construcción de mitomanías autóctonas de cada uno es expansiva o al menos eso nos creemos cada uno. Llega mucho más allá.
El caso de la Factory warholiana tiene esos regustos de gran mito para los fascinados por la cultura del siglo -como un servidor- y todo esto se relaciona a su vez con lo expansivo y lo promiscuo de las actitudes que, más que posicionarse claramente en una línea, dejan que esa línea se posicione como le venga en gana.
En mi imaginación, la Factory será siempre un sofá. Un sofá colocado donde le venga en gana colocarse al sofá, dentro de un espacio muy grande del que alguien algún día dijo: aquí mismo.
En el sofá reposan, como le de la gana al sofá que reposen, gentes que duermen un sueño heroico y nebuloso, que leen en voz alta o que hablan.
Hablar. Hablar. Speak.
Que de ese speak inicial se llegara a cosas tan insoportables como las de algunos raperos o haga recordar frases tan vulgares como las de un Robert de Niro diciéndole a un espejo que si quería hablar con el (¿quién va a querer hablar contigo, chaval? que eres más malo que Víctor Mature), no quita que el speak sea una de las mejores aportaciones de la cultura americana. Un tanto exportadas, como ocurre a veces con todo lo americano, de Europa – pienso en este caso en la poesía fonética dadaísta, en el existencialismo o en el teatro épico brechtiano por citar algunos de los múltiples ejemplos anteriores a la eclosión del cinéma politique o del cinéma verité-, pero muy americanas. Muy on the road, que para eso estaba la Beat Generation.
Nunca se puede ignorar el contexto si quieres situarte mínimamente en lo que sea. La época es la época. No obstante podríamos establecer unas diferencias entre estos speaks y los diálogos incesantes de mi querido Rohmer, por ejemplo, más flaubertianos y, por supuesto, más flotantes. Aunque el hachazo que te da Rohmer sea mucho más fino, sutil y noqueante del que te podría dar John Cassavettes -que te deja tirado, pero de otra forma- o, aunque haya diferencias entre las conversaciones godardianas (Dziga Vertov) sobre lo que acababa de ocurrir (mayo del 68) en Un film comme les autres y lo que te ofrece el tándem Morrisey/ Warhol en esta cinta, aquí contemplamos la novedad con una visión que se podría denominar como cine performativo.
Un cine performatizado que pone de relieve aquel What happens? de Kaprow: ¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando? Lo que sea, vamos a contarlo, porque tenemos que contarlo. Contar la acción desde los tiempos reales de la acción.
El cine-arte o la utilización de lo fílmico hacia la experimentación es un invento que data de los comienzos del cine, pero es a partir de principios de los años 50 cuando comienza una andadura que le llevará a un punto álgido en las dos décadas posteriores y que abrirá el camino para lo que luego fue la utilización del video como herramienta de trabajo para artistas. Todo ello sin dejar por un momento de ser cine. Como le ocurre a esta película que, por más que se dirima sobre los estilos, es una película con todos los ingredientes al uso (mucho más que otras más extremas en su indagación, está claro) Este film se puede ver en una sala de cine y también se pueden ver, hoy día, las influencias en otras cinematografías, por ejemplo, de los años 90.
Esta película exige como toda obra de arte, una especial atención por parte del espectador, una ampliación de su campo de atención. Esto es obvio, pero insisto siempre en que lo obvio hay que recordarlo continuamente.
Warhol, que utilizaba constantemente su polaroid para hacer miles de fotos que con su revelado instantáneo se convertían de inmediato en pieza artística, vuelve a plantear esta estética del momento a través de los planos chasquidos (podríamos decir planos polaroid) que con sus sempiternos latigazos de cambio de plano sin apenas cambiar de nada, se convierte en un elemento sonoro añadido al rumor de la conversación.
Más que otras cosas, más que las drogas, la promiscuidad y la libertad sexual, la música, el silencio; más que todo eso de lo que ya se ha hablado mucho, de esta película me interesa su speak.
Hablad, hablad, malditos.
(Flesh, 1968, Paul Morrisey & Andy Warhol)
© Del Texto: Rubén Barroso


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may 4 2011

Piano and String: “Se bueno. Se malo. Exactamente”

Esta es una película hecha de las mismas huellas que fue dejando la propia película; de sutiles referencias al arte y al juego del azar que produce la visión de hechos y situaciones pretendida o no pretendidamente artísticos; de los planos que se rodaron mientras se trataba de rodar otros distintos; de una acumulación de recursos filmados y pendientes de utilizar algún día, sin saber en ningún momento que la película resultaría de los propios recursos, encadenados en el orden personal, caótico y sin disciplina regente más lógico: el de los autores.
Esta es una película dónde más que contarse historias se cuentan ideas. Dónde el drama no se basa en la felicidad o el sufrimiento de los personajes sino en la perspectiva que, sobre el misterio, tienen los autores. El misterio, por esta vez, deja de ser la búsqueda del asesino en serie de turno o los jeroglíficos paranormales de unos extraterrestres tridimensionales para limitarse a ser lo que es: enigma.
Esta película enigmática, alejándose de lo humano de una forma inconsciente, a veces, y muy consciente otras, le da prioridad siempre al verdadero goce artístico subrayando, de forma monumental, los sucesos mínimos de la vida, la cotidianidad habitual. Para ello sólo hizo falta un simple cambio de la perspectiva habitual: cambiar el orden de las prioridades tomando primeros planos de las más insignificantes y dejando fuera de cuadro las, supuestamente, fundamentales y básicas.
Esta perspectiva invertida se manifiesta físicamente en varios momentos de la película cuando se invierte el plano de la fachada del hotel francés, o el plano del cartel de neón: “Be good. Be bad. Just be”.
Para facilitar la visión de esta película, para ayudar a disfrutarla y a filtrar cualquier mención a dramas humanos que no eran la intención de la película, dejo aquí como lectura un fragmento de La deshumanización del arte de José Ortega y Gasset. Se trata de una cuestión de óptica sumamente sencilla:
“Para ver un objeto tenemos que acomodar de una cierta manera nuestro aparato ocular. Si nuestra acomodación ocular es inadecuada, no veremos el objeto o lo veremos mal. Imagínese que estamos mirando un jardín a través del vidrio de una ventana.
Nuestros ojos se acomodarán de suerte que el rayo de la visión penetre el vidrio, sin detenerse en él, y vaya a prenderse en las flores y frondas. Como la meta de la visión es el jardín y hasta él va lanzado el rayo visual, no veremos el vidrio, pasará nuestra mirada a su través, sin percibirlo. Cuanto más puro sea el cristal menos lo veremos. Pero luego, haciendo un esfuerzo, podemos desentendernos del jardín y, retrayendo el rayo ocular, detenerlo en el vidrio. Entonces el jardín desaparece a nuestros ojos y de él sólo vemos unas masas de color confusas que parecen pegadas al cristal. Por tanto, ver el jardín y ver el vidrio de la ventana son dos operaciones incompatibles: la una excluye a la otra y requiere acomodaciones oculares diferentes”.
Una vez acomodados sus aparatos oculares, sólo aclararles que esta película se trata de un proyecto inscrito dentro de los terrenos de la experimentación artística contemporánea.
© Del texto: Sonia Hirsch


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mar 23 2011

Impresiones en la Alta Mongolia: Dalí, un agente provocador

Un bucólico paisaje se transforma progresivamente en el rostro de Hitler. A partir de aquí, y conducidos por su voz en off, se suceden una serie de imágenes encadenadas que van, desde fotogramas de Un perro andaluz o el Rostro de Mae West, hasta la tranquilidad suprema e inmutable de su taller y el globo aerostático que vuela plácidamente tras la ventana. Entonces nos cuenta como decide, para recompensar a Gala por su resignación y paciencia, enviar a un equipo de exploradores a la Alta Mongolia Occidental (lugar aparecido en los cuadros de Vermeer), a buscar el champiñón blanco alucinógeno que contiene todas las propiedades geológicas de un LSD absoluto.
El mismo Salvador Dalí, nos abre las puertas de su museo, para luego presentarnos, desde un misterioso mapa, su personalísima visión sobre la Alta Mongolia como una civilización alucinógena y extraña dónde se encuentra el verdadero champinclis histratatus domus blancus y que ha mantenido a una civilización totalmente onírica.
Los mapas, las vistas panorámicas, los extraños insectos, la exótica vegetación prehistórica , las cúpulas celestes y apoteósicas, las cápsulas galácticas, y así hasta encontrar el objeto de la expedición: un codiciado champiñón gigante blanco que necesita 6 años de maduración.
Finalmente, termina Dalí mostrándonos su bonita estilográfica del Hotel Saint Régis, que dice ser el objeto sublime que nos provocó las alucinaciones vistas durante toda la película. Luego, baja la estilográfica a la altura de su sexo y vierte en ella unas cuantas gotas de ácido úrico, que, según él, es el agente provocador de esa interpretación nuestra paranoico-crítica durante los 50 minutos de película. Y, es que, las manchas que se formaron en la estilográfica durante los 50 minutos de exposición al ácido úrico son las imágenes que hemos visto y que él nos ha impuesto en el cerebro. Nada más.
Tenía mucha curiosidad por ver esta película que le inspiró a Sistiaga sus cósmicas Impresiones en la alta atmósfera. Ahora, tengo muchas ganas de leer las Impresiones de África de Raymond Roussel que le inspiro a Dalí y a Montes-Baquer sus alucinantes Impresiones en la Alta Mongolia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


dic 12 2010

Las noches de Cabiria: Poética exquisita

El mundo es rotundamente injusto con los inocentes, con los que rozando la ingenuidad pretenden hacer la vida de los demás un poco más dulce. De nada sirve la bondad, ni la preocupación por el prójimo. La vida es una selva y los habitantes de este mundo un compendio de sujetos que se mueven por puro egoísmo, donde no importa nada que no sea uno mismo. Te uso pero no me uses; Te uso pero no me molestes; Te uso pero no invadas mis espacios; Te uso y, cuando me canso, te tiro. Esa realidad, vigente hasta el mismísimo día de hoy, la reflejó como nadie Federico Fellini en su película Las noches de Cabiria.
María Ceccarelli es Cabiria (Giulietta Masina), una prostituta de los arrabales de Roma. Una mujer que, pese a la vida que lleva, es pura inocencia y sensibilidad. En sus andanzas por la ciudad, tropezará con distintos hombres, tres en concreto (aunque los relevantes son dos de ellos), que nos mostrarán las fatalidades con las que uno se puede topar. El primero de ellos, el actor Alberto Lázaro, que encarna la frivolidad, el lujo inalcanzable y el trato humillante; el segundo Óscar (François Périer) la compasión y la posible felicidad como engaño. Un paseo por el desastre personal. Pero Cabiria es capaz de sobreponerse a todo eso, pasar por encima de las humillaciones de los que se creen mejor que ella para seguir su camino. Un drama exquisito, poético.
Podría extenderme en los cientos de momentos que la película encierra, todos ellos de una profunda intensidad, pero creo, sinceramente lo digo, que nada de lo que escriba, puede llegar a ponerles en situación de lo que realmente son las escenas de una de las películas más bellas del cine. Giulietta Massina, esposa de director, está espectacular, una interpretación sobrecogedora como pocas. El contraste de un físico menudo, encantador, una cara que es capaz de decirlo todo y que contrasta con la angustiosa vida que le proporciona el director. Pasión y compasión, eso es Cabiria. El contraste constante entre la noche y el día, la vida disoluta de la prostituta y la vida deseada de orden y familia.
La fotografía, pese a ser una película en blanco y negro, tiene una luminosidad especial. Es capaz de trasladarnos desde lo sórdido y decadente a lo más puro y limpio. La música de Nino Rota es espectacular y consigue que cada uno de los momentos en que aparece, precisamente durante las noches, se conviertan en momentos especiales de la cinta.
Una de las mejores escenas, la noche final, la que finalmente cierra la película, la del desengaño, donde la realidad más tozuda se impone de nuevo pese a la sonrisa y a la mirada de María, unos ojos que, sin rendirse, me llevan a pensar que la dulce e inocente vuelve a situarse en la casilla de salida para que la vida la patee de nuevo. Un triste y poco esperanzador Game Over.
Se la recomiendo altamente, olvídense de pensar en neorrealismos, en si Fellini se rodeaba de actrices con físicos espectaculares para terminar casado con la mujer más menuda que encontró, olvídense de si el contenido narrativo de Las noches de Cabiria prima por encima de la psicología de los personajes, olvídense de todo ello y siéntense a gozar de una de las mejores maravillas del cine. Y es que, ya lo he dicho en otras ocasiones, Fellini me puede.
© Del Texto: Anita Noire


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nov 13 2010

Un lugar maravilloso: Lejos de nuestro ombligo

Una de las últimas películas del noruego Hans Petter Moland es Un lugar maravilloso, una coproducción americana y noruega que nos muestra la vida de Binh (Damien Nguyen). Un Bui doi, esta expresión vietnamita significa menos que el polvo y se utiliza para insultar a aquellos niños que nacieron en Vietnam hijos de los soldados americanos que fueron a luchar a aquel país, hijos de unos padres que no existieron jamás porque desaparecieron en cuanto regresaron a su país o cuando se levantaron del camastro en el que se acostaban con las mujeres vietnamitas. Ser hijo de un estadounidense y una vietnamita te convierte en menos que cero. La historia de Bihn, es esa que tan magistralmente escribió Sabina Murray . Una película con una verdadera intensidad dramática. En el año 1990, Bihn después de soportar una vida de esclavitud, maltrato e insultos permanentes decide marchar de la casa en la que vive recogido e ir en busca de su verdadera familia. Binh no tiene nada más que una fotografía que le ancla a la esperanza de una vida distinta a la sufrida hasta ese momento. Su huida del campo le llevará hasta Ho-Chi-min, la antigua Saigón donde encontrará a la madre y un hermano. Pasará a vivir a un campo de refugiados y allí conocerá a Ling (Bai Ling), una chica de origen chino. Una relación de amor en la desgracia que les llevará a depositar sus esperanzas en una vida distinta, donde todo cobre sentido. Para ello emprenderán viaje a los EEUU donde esperan poder cerrar el círculo de los orígenes de Bihn y comenzar una vida distinta a la vivida hasta el momento. Un viaje por el que atravesarán el mundo en una feroz travesía oceánica. Escalas en medio mundo, desde Ho-chi-min, a Malasia, Nueva York para, finalmente, llegar a Texas, donde vive Steve (Nick Nolte) el padre de Bihn.
La elección de esta película fue pura casualidad; paseaba por la sección de cine de una librería sin más propósito que matar la media hora que faltaba hasta encontrarme con la persona con la que debía encontrarme. Por qué esta y no otra película, la explicación es peregrina. Hace algún tiempo conocí a una persona llamada Ling, Vietnamita, de origen chino y eso, junto a una carátula que mostraba una fotografía que bien podría ser una imagen de la bahía de Halong. Me hizo llevármela a casa. Ha dormido durante meses sobre la mesa de mi estudio pero inexplicablemente, durante días pensé en que debía verla y así lo hice. Una noche, de esas en las que crees que el mundo se va parando poco a poco, me senté y me dejé arrastrar por una de las películas que más me han gustado en los últimos tiempos, tanto que me hice con una segunda copia con intención de regalarla. Ahora mismo, no sé por dónde vagará el DVD después de que lo abandonara a su suerte metido en un sobre a la espera que su destinatario lo recogiera. Espero que esté en buenas manos y que quien lo haya encontrado tenga la oportunidad de disfrutar de una cinta que nos muestra las consecuencias personales que tienen nuestros propios actos. Sobre el futuro que espera a los hijos de la guerra. Un lugar maravilloso es la historia de los cientos de miles de refugiados de la guerra, de las perdidas brutales, de la difícil vida que espera a quienes, sin quererlo, pasan a ocupar tierra de nadie porque no pertenecen ni a un lado, ni al otro.
La intensidad de la película es tal que dudo que durante algún tiempo encuentre otra que me golpee el interior de la misma manera. La fotografía espectacular de Stuart Dryburgh , las escenas de la travesía por el mar, rodadas íntegramente en el océano, sin apenas medios económicos, las convierte en unas de las más espectaculares que se puedan glosar en este momento. Los actores, sobre todo Damien Nguyen está espectacular, creo que fue una la primera película que protagonizaba. Sin embargo, borda su papel. Quizá porque interpretaba con la ventaja (no me entiendan mal) de haber vivido en su infancia una experiencia parecida, los campos de refugiados en los que se mueve en la filmación le son cercanos, conocidos, forman parte de su vida, quizá por eso, consigue transmitir tanto.
Una película que nos muestra, una vez más, que sin grandes despilfarros económicos, con medios limitados pero con una buena historia, con buenos mimbres, se pueden realizar producciones maravillosas. La recomiendo vivamente porque, pese a ser una película desconocida para la mayoría de personas, puedo afirmar que es de lo mejorcito que he visto en los últimos tiempos. Un drama que no deja de ser un canto a la esperanza y que, si me permiten, hace que; cuando pensemos en mirarnos el ombligo,lo duro que es nuestra vida; nos sintamos terriblemente estúpidos.
© Del Texto: Anita Noire

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