jul 24 2013

Hannah Arendt: Arriesgar todo en una película que a pocos interesa

Hannah Arendt fue una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Su obra es sólida y de una profundidad difícil de igualar.
En los tiempos que corren; entre televisión basura, pensamiento de baratillo e inútil, cine descaradamente comercial o literatura escrita por cualquier presentador de programas dedicados a los cotilleos más absurdos e infames; es extraño comprobar que alguien arriesgue su dinero y sus esfuerzos en realizar o producir una película que trata de trazar un mapa del pensamiento de alguien como Hannah Arendt.
La película es extraordinaria e interesa desde la primera escena en la que alguien es subido a un camión a la fuerza. El holocausto judío, la polémica generada por la pensadora al escribir sin complejos sobre el peor crimen cometido contra la humanidad a raíz de su asistencia al juicio contra el Teniente Coronel de las SS Eichmann, la personalidad de una mujer inigualable, su relación con los judíos y gentiles en Nueva York alejados del escenario del juicio y del dolor en su máxima expresión; son los ingredientes que nos llevan a comprender una actitud ante la vida, una comprensión de la realidad atractiva, profunda y rotunda.
Hannah Arendt es presentada como una mujer cariñosa en su vida privada, lejos de los complejos que machacaban a la mujer de su época, vital y entusiasta al defender sus ideas, capaz de moverse hasta el lugar más incómodo para observar el universo aunque necesitada, al mismo tiempo, de su espacio vital para poder reflexionar, para poder seguir adelante. Interpreta el papel una espléndida Barbara Sukowa que es responsable, en gran medida, de un producto de categoría puesto que carga con el peso de todo lo que se ve en la pantalla. Acompaña a Sukowa, entre otros, Janet McTeer que logra un papel estupendo y fundamental aunque corto. Esta vez el tiempo de aparición no supone un recorte en la importancia de la luz que aporta sobre el principal este personaje secundario. Divertidísima y solvente.
La directora Margarethe von Trotta hace un trabajo minucioso tras la cámara y, además, firma el guión junto a Pam Katz. Aquí radica el problema de la película. Problema por ser un reto. Se acumulan ideas, pensamientos en forma de diálogo o monólogo que el espectador debe recibir como si fuera un torrente y que no permite despistes. Mucha información y no precisamente sobre cualquier asunto sin importancia. Es de calidad y profundidad maravillosas.
La película se centra en el juicio contra Eichmann, nazi alemán responsable, en buena medida, de la muerte de cientos de miles de personas. Pero Arendt lo ve desde un lugar muy concreto. Eichmann como burócrata, los líderes judíos durante la guerra como colaboradores obligados que perjudicaron el futuro de sus iguales al no saber encontrar su sitio, la poética del horror, un juicio convertido en estudio del momento histórico y de la condición humana. No niega Arendt su simpatía por la pena de muerte en este caso concreto por considerar atroz lo sucedido aunque no ve al monstruo que otros imaginan o pintan en el acusado. Aparece en su texto lo que ella llama la banalidad del mal.
En un momento concreto de la película, la pensadora se queja de algo que puede resumir la película entera: nadie ha criticado el error en su exposición; ella sabe que existe y nadie se fija en ello y sí en asuntos tangenciales y más superficiales. Son pocos los que entienden, son pocos los que pueden estar a su lado sin problemas.
Técnicamente, la película no presenta problema alguno. Destaca la fotografía de Caroline Champetier. El montaje es muy inteligente y mezcla imágenes reales con las propias de la ficción consiguiendo un equilibrio perfecto. Por supuesto, hay que ver la película en versión original. El acento de la protagonista, los matices cuando habla en su idioma, las entonaciones; todo hace de la película algo grande.
Es posible que Hannah Arendt sea una de las tres o cuatro mejores películas que puedan verse este año. Si van al cine no lo hagan con los prejucios en el bolsillo. Cuando lo profundo de las ideas se presenta con habilidad, con buen gusto, es apasionante entender. Mucho mas gratificante que cualquier historieta vacía que haga sonreír o llorar con trampas y vacíos.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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dic 30 2011

El sol del membrillo: El arte en la pantalla

Hay películas que marcan un antes y un después para el espectador. Como en toda manifestación artística, el estallido de ideas en la cabeza del que mira la pantalla se produce cuando la onda expansiva de una explosión anterior (la que se produjo en la consciencia del artista) llega alterando el orden previo, colocando en lugares improbables lo que encuentra a su paso. Una obra de arte conmociona, pone patas arriba la estructura más poderosa. Y, cuando se integra, el sujeto cambia para siempre.
El sol del membrillo es una excelente película. Una obra de arte que habla, precisamente, de obras de arte. De artistas. De lo excepcional que es lo cotidiano para algunos seres humanos. El tiempo, el espacio, la realidad en su conjunto se transforma en la raíz de una colosal obra de arte ante los ojos del artista. Esto es lo que cuenta El sol del membrillo. Lo normal convertido en excepcional. La realidad contemplada por Antonio López. Esa mirada que es captada por una cámara colocada a la distancia precisa para no interferir en la creación artística.
Roza lo documental (alguna parte lo es) aunque el director, Víctor Erice, filma como si de una ficción se tratase. Es una película que engarza la realidad (eso que llamamos realidad y que, en verdad, es lo que creemos que nos puede pasar a cualquiera porque lo vivimos en primera persona; porque la realidad es otra; por ejemplo, la ficción del cine lo es) con una ficción que transforma toda la obra y permite que transite por territorios difíciles, arriesgados y, por otra parte, muy agradecidos con el resultado final.
La belleza de las imágenes llega de esa magia que aporta la naturalidad y la observación. Llega de permitir que todo fluya y el secreto se encuentre en la sala de montaje. Allí se modificará la historia para que la fisonomía sea una u otra. Los diálogos, apenas preparados, llegan con limpieza. Los que mantiene Antonio López con Enrique Gran son inolvidables. El pasado, el presente, la vitalidad que imprime la cortedad del tiempo, la entereza de un cuadro, una canción. Y el que mantiene el pintor protagonista con una pareja oriental sobre la técnica y algunos conceptos personales de Antonio López sobre cómo se debe entender la realidad para plasmarla en un lienzo o en un papel, son una verdadera maravilla.
Víctor Erice nos muestra el proceso de creación de un artista. Cuando decide pintar un membrillero que él mismo plantó en su jardín. Pero lo hace rodeándolo de lo cotidiano; de las noticias que el pintor escucha en la radio mientras trabaja, del perro que campa a sus anchas por el jardín sin respetar árboles y arbustos, de las visitas de amigos, extraños o familiares. Los ruidos, las claridades, la lluvia o el viento. Un mundo que se mueve en la normalidad, en el contraste entre chabolas y nuevos edificios. Pero que salta hecha añicos cuando esa contraposición se hace con un artista de primera categoría.
A muchos les parecerá que la película es lenta, que no cuenta nada o que resulta aburrida. Pocos entenderán ese punto de exorcismo que contiene el hecho de pintar un cuadro para el artista (el sueño que narra el pintor al final de la película es una clave excelente para hacer la lectura desde ahí); o lo extravagante que resulta el respeto que muestra López por el entorno cuando corren tiempos en los que no somos capaces de respetarnos a nosotros mismos. A muchos les parecerá que las imágenes metafóricas de la películas son exquisitas en exceso (esa puerta que se tapia cuando el autor da por finalizado el trabajo o la cuadrilla de trabajadores polacos representando la construcción y el derribo de una obra que nunca concluye son un ejemplo). Pero El sol del membrillo es una película que marca un antes y un después para el que se deja llevar. La sintonía entre pinceles y cámara es mágica y conviene dejarse seducir.
No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 9 2011

La noche americana: el cine dentro del cine

La noche americana se llama a la técnica fotográfica que permite grabar de día simulando la noche por medio de filtros azulados o rojos dependiendo de la película. Convertir una escena filmada a pleno sol en una noche de luna llena forma parte de la cadena de falsas realidades en que consiste el cine, desde el decorado del que tan solo es real el primer plano en el que se mueven los actores, hasta la falsificación de cicatrices y heridas o el balanceo de la cámara para simular una borrachera o los movimientos de un barco, la utilización de maquetas para escenas de fuego, terremotos o derrumbamientos, etc.
La noche americana es el ensayo de cine de Fraçois Truffaut como lo es ¿Qué es el cine? de André Bazin.
Desde una, totalmente, irónica perspectiva norteamericana, e interpretando él mismo el papel de director, Truffaut se sirve del rodaje de Les presento a Pamela para descubrirnos todo el intrincado cinematográfico: los efectos especiales, los imprevistos y las peripecias para solventarlos, la dificultad del trabajo en equipo, la metamorfosis de una película escrita al día, los dramas personales paralelos al rodaje, etc. que, finalmente, forman un perfecto trabajo artístico y artesanal.
Son inevitables siempre en Truffaut las referencias literarias y cinematográficas que tuvieron alguna influencia en él, y, esta vez, nos deja caer sobre la mesa una maleta abierta con libros de Godard, Bergman, Howard Hawks, Bazin…
También se refiere a Fellini con la actuación de una vieja heroína italiana que comenta, en la propia película, el efectivo sistema de dirección de actores de Federico.
En definitiva, me parece una película que, aún descubriéndonos que el cine se basa en una cadena de falsas realidades que nos dejan embobados a la pantalla como idiotas, nos produce una satisfacción tan placentera, incluso necesaria, que seguimos viendo cine, seguimos necesitando hacer real lo irreal, asomarnos a balcones de mentira, asustarnos de pistolas de mentira, llorar con infelices de mentira y reírnos con chiflados de mentira porque quizá, lo único cierto sea que todas estas emociones nuestras sí son de verdad. Quizá el cine sea necesario sólo por eso, por emocionarnos aunque sea a base de figuraciones y utopías, eso qué más da. Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con lo ojos abiertos (André Bazin).
Un inciso a todos aquellos que estén pensando en buscar una buena escuela de cine, la más acreditada: lean ¿Qué es el cine? de André Bazin y vean La noche americana, una academia muy completa, teórica y práctica, además de muy barata. Bueno, ya está, les presento a Pamela.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 13 2011

A Mal Gam A: Autorretrato de una masturbación

A Mal Gam A es, más que nada, un intento de hacer cine como quien pinta un retrato y decide prescindir del modelo. El pintor colocaría un espejo ante sí; la cosa se llamaría autorretrato y sería, más o menos, masturbatoria. El cineasta inventa planos fijos, se compra un cable-disparador bien largo, encuadra el vacío y se sumerge en ese espacio visiblemente acotado, disparador-en-mano, confiando en no salirse ni de foco ni de cuadro y en que el dedito no deje de apretar el “ON” mientras dura la autoacción que se ha impuesto y que nadie más va a controlar” (Iván Zulueta).

Cuando volvía en el taxi esta noche, con ese olor a ambientador de burdel característico de todos los taxis y todas las noches, y esas conversaciones radio difusas y en clave de todos los taxis, y, siempre, todas las noches; intenté imaginarme como podría contar mi vida en 33,46 minutos con una súper 8 y sin más equipo de rodaje que mi cámara y yo. Mi autorretrato me pareció inviable si no era en un bonito lienzo caravagista o en un antiguo daguerrotipo de abril o mayo en cualquier ciudad francesa de los años 30.
Pensé en coger mi cámara nada más subir a mi apartamento; en improvisar esta misma noche una película; en grabarme de forma automática. Pensé en lo automático de estas cosas; en recurrir a mi cuaderno de sueños; en el instrumental necesario para hacer esta síntesis de mi vida; en como hacerla comprensible; en qué materia destacar y qué otra suprimir. Pero sobre todo, pensé en cómo. ¿Cómo encontrar la llave capaz de abrir indefinidamente esta caja de doble fondo que yo llamo mi vida?
Mientras el taxímetro subía y el tiempo se agotaba, yo buscaba una amalgama dónde concentrar todos mis años y mi memoria. Pensé, primero, en camuflarla bajo unas cuantas capas de pintura acrílica, pero el secado era demasiado rápido y opté por el látex. Luego, el látex me pareció demasiado grasiento y empalagoso y pensé que quizá podría hacer una combinación de chicle y goma arábiga mucho más aislante e impermeable. Quizá podría usar tuberías y desagûes dónde liquidar tanto arrebato; quizá tener un lavabo cerca; quizá un saxofonista; quizá un diccionario de antónimos; quizá aguas de marzo; quizá una americana afrodisíaca; quizá un paisaje de Jan Brueghel de Velours…
Cuando pagaba los 9 euros al taxista en la esquina, pensé que quizá yo debí apretar el “ON” hace ya rato, comprar un cable-disparador bien largo, inventarme un plano fijo y rodar esta amalgama de humo, medicina y moco de blandi blue que es mi vida. Y todo sin salirme ni de foco ni de cuadro.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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mar 9 2011

Photomatons: Un enjambre de avispas

Photomatons es una reflexión en blanco y negro y súper 8 sobre los habitantes de la ciudad, la identidad del individuo y la masa despersonalizada y anónima contada mediante tiras fotográficas de fotos de carnet.
El montaje de ritmo violento y agresivo junto al inquietante sonido de enjambre de avispas y los miles de rostros alineados y siniestros transmite una angustia y turbación intencionada de lo más caótica con el único respiro de alguna imagen subliminal del entorno urbano y algún fotograma con las palabras pasaporte, identidad, escolar y 20 de noviembre.
De Photomatons existen varias versiones, una de ellas integrada en el largometraje En la ciudad…, en el que Bonet contó para su realización con 100 artistas de diferentes ámbitos, improvisándose el montaje según el orden de llegada del material de cada uno de ellos. Posteriormente, se realizó otro nuevo montaje dónde se incluían sugerencias de los propios espectadores de esa primera proyección. Entre todas las proyecciones, recalco la genial idea de hacerlo en la misma calle sobre la fachada de un edificio. Hablo de 1.976, claro.
Esta reflexión de Eugeni Bonet muestra la masa humana indiferenciada, caótica y sin arquitectura anatómica alguna de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que divide a la humanidad en dos tipos de hombre: el hombre-masa y el hombre selecto, y declara como falsa cualquier igualdad entre los dos grupos.
Pienso que la falta de identidad y la masificación es tan necesaria para la humanidad como lo es el cine comercial y de masas para que existan las vanguardias cinematográficas. Sin una mayoría ordinaria no existirían minorías selectas y sin cine comercial no habría apartado posible dónde clasificar cine de vanguardia alguno.
Gracias a la existencia de estos dos grupos antagónicos, disfruto yo esta noche de este bonito enjambre de avispas.
© Del Texto: Sonia Hirsch


ene 23 2011

Doctor en Alaska, Mad Men: La pequeña pantalla ya es grande

Los hábitos a ver cine se han modificado notablemente. Lo que antes era un movimiento del sujeto hacia la soledad y el silencio, hoy ya no lo es.
En primer lugar, en las salas de proyección, los espectadores hablan, comen, atienden mensajes en el móvil (algunos atienden llamadas). Esa magia que antes se imponía en la sala por lo sagrado del momento (sagrado es toso aquello que conmociona al ser humano) o por los acomodadores que velaban por eso que falta ahora y tanto añoramos; esa magia, ya no está. El espectador va a pasar el rato y eso incluye (por lo que se ve) hacer lo que le da la gana.
Por otra parte, hoy las películas se ven en casa. Bien en el televisor, bien en el ordenador. Incluso se ven en el automóvil. Eso permite que, además de atender a la película, podamos escribir o charlar con el que tenemos a la derecha mientras besamos al de la izquierda y levantarnos para beber agua. O parar la proyección si nos da la gana.
Esta claro que la variedad de los formatos ha resultado ser una fábrica de diferentes tipos de espectador. Y, por tanto, de usos respecto a una película de cine.
Hay que añadir la falta de tiempo que padece gran parte de la población. Los que trabajan porque trabajan; los que estudian, carrera tras carrera antes de trabajar, porque estudian; los que no trabajan porque buscan empleo; todos andan a la caza y captura de un rato libre para hacer tres o cuatro cosas a la vez.
Esto no es nuevo. Hace años que viene sucediendo. Y hace años que algunos lo vieron con claridad y sacaron provecho.
Metan todo lo dicho hasta ahora en una coctelera. Agiten. ¿Qué tenemos? Buen cine para la televisión. Algo que el espectador espera con ganas, que no le quita mucho tiempo y le permite hacer otras cosas. En fin, series de televisión. Ya no sé si hay que decir gran televisión o gran cine. Está todo muy pegado. Desde luego, yo diría gran cine.
Algunas de estas series son una castaña pilonga. Eso es verdad. Pero las buenas lo son de verdad. E incluyen todos los ingredientes que se pueden exigir en el cine sumados a los del formato pequeño.
Dos ejemplos. Uno clásico. Otro muy actual.

Doctor en Alaska o un mundo paralelo y delicioso.
Esta serie es, sencillamente, deliciosa. Personajes bien trenzados que hacen de contrapunto y se explican entre ellos. El mundo que se dibuja de forma surrealista o mágico y siempre entrañable. El guión ágil, divertido e inteligente. Insólito comparado con lo que nos sirven a diario las cadenas de televisión. Valores que el ser humano está olvidando sueltos por la pantalla y que llegan desde el amor, el sarcasmo, la ironía, la muerte o el disparate.
Un joven doctor en una ciudad lejana en el centro de ninguna parte (Alaska) y un grupo de habitantes delirantes que hacen vivir al muchacho situaciones llenas de buen humor, humildad, amistad, filosofía, materialismo o lo que toque. Por cierto, la tensión sexual que se mantiene entre los personajes principales está trabajada de forma magistral durante toda la serie. Y la música es exquisita.
Sería una pena que no lo intentaran. Por supuesto, los jóvenes disfrutan de lo lindo.

Mad Men o el personaje en estado puro.
Serie actual y magistral. Podría parecer que se carga la suerte sobre la trama en cada capítulo cuando, en realidad, son los personajes los que arrollan con todo lo que se encuentran. Su evolución es atractiva, emocionante e intensa. El vestuario bien. La iluminación bien. La música bien. El sonido bien. El maquillaje bien. Todo está bien.
Excepcionel el ritmo narrativo. Sobresaliente el conjunto. Gran cine. Cine del bueno.
Cuando iba a comenzar el primer capítulo de Mad Men pensé ¿qué pinto yo aquí? ¿Me interesa algo lo que hacían en Estados Unidos los publicitarios hace más de cincuenta años? Pues pintaba mucho y me interesó enormemente lo que me decían. Un mundo inquietante, extraño; una forma de relación entre personas que hoy sería condenada a la primera de cambio; y sobre todo a las personas, cuenta a las personas.
Esta ya no es tan apropiada para jóvenes. Sobre todo para los más jovencitos de entre los jóvenes.
Gran televisión. Gran cine. Tal vez el del siglo XXI.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 7 2010

Tomates verdes fritos: Poder compartir

El tema del racismo no es nada novedoso. El tema de la amistad más allá de lo convencional tampoco lo es. Hay cientos de películas que tratan sobre ello. Tomates verdes fritos, por tanto, pertenecería a esa serie de films nada novedosos en cuanto a su trama. Sin embargo, lo cierto es que algo tiene que la hace distinta. Quizás, la forma en que las protagonistas de esta película se alían, cada una a su manera, para no cejar contra las injustitas y prejuicios que el tema racial imponía en el sur de los EEUU, y cómo unas junto a las otras se convierten en refugios para sus propias vidas.

La película nos sitúa en un pequeño pueblo de Alabama, donde vive Evelyn Couch (Kathy Bates) una mujer tímida, acomplejada por su gordura, que, ante la insatisfacción vital que siente se refugia en la comida. Evelyn, conocerá a Ninny Threadgoode (Jessica Tandy), una anciana que vive en un asilo. Gracias a la relación que se establece entre las dos mujeres, Evelyn evolucionará hasta convertirse en una mujer completamente distinta. Paralelamente a la historia de estas mujeres, correrá, como un flashbacks, la vida de otras dos mujeres, Idgie y Ruth, que mantienen una relación de amistad desde que eran dos niñas y a lo largo de toda su vida. Para aderezar esta historia de amistad y compromiso, una trama de intriga que, entiendo, es lo de menos.

Y es que lo que importa en esta película es el tema de la amistad, de esas relaciones que establecemos con otras personas con las que somos capaces de compartir las amarguras y las alegrías que la vida nos depara a la vuelta de cada esquina. Porque no hay nada como compartir los disgustos y las penas para sobrellevarlos mejor y, tampoco no hay nada mejor que compartir esos momentos que tanto nos alegran. La complicidad  no tiene precio. Y ese es, precisamente, el nudo gordiano de la película.

“¿El secreto de la vida? El secreto está en la salsa”. Eso es lo que son los amigos,  los buenos amigos (los de verdad), son la salsa de nuestras vidas. De eso estoy completamente segura.

Tomates verdes fritos, es una historia entrañable, cálida, dirigida por Jon Avnet (productor de auténticos bodrios cinematográficos), que aprovechó una muy buena historia escrita por la novelista Fannie Flagg (Fried Green Tomatoes at the Whistle Stop Café); una fantástica ambientación sureña y un reparto de actrices de verdadera impresión, empezando por la grandísima Jessica Tandy, la inigualable Kathy Bates, y las encantadoras Mary Stuart Materson y Mary Louise Parker.

Este film tuvo dos nominaciones a los Oscar, a la mejor actriz de reparto para Jessica Tandy y a mejor guión adaptado. No obtuvo ninguno de los dos, pero merecía ambos, sin lugar a dudas. Obtuvo también diversas nominaciones a los premiso Bafta y a los Globos de Oro, sin obtener ninguno de ellos.

Como ven, les traigo otra película de relaciones humanas, de amistad, de amor y esperanza en el cambio, pero es que es lo que me apetece. No puedo decirles más que lo que aquí les dejo. Ahora tengo que reunirme con las que forman mi salsa, las que me alegran la vida, vamos a darnos unas risas y unos cuantos llantos si hace falta.

Disfrútenla.

© Del Texto: Anita Noire

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mar 15 2010

La vida de los adultos al descubierto. En la ciudad.


¿Quién, siendo niño o adolescente, no se ha encontrado fantaseando con los personajes que aparecen en una película, con las historias que viven? Posiblemente sean muy pocos los que digan que no lo han hecho nunca y a esos, a esos pocos, les compadezco.
Cuando nos hacemos mayores dejamos de fantasear y vemos las películas como puro entretenimiento. Entramos en una sala de cine, nos sentamos y durante una hora y media, dos a los sumo, nos olvidamos de quienes somos, de lo que nos preocupa, y dejamos pasar el tiempo sumergidos en lo que pasa en la pantalla, pero no la traspasamos jamás, nos quedamos como meros espectadores de lo que allí ocurre, pero nunca somos personajes de aquello que estamos viendo.
Esto no ocurre con “En la ciudad”. Quienes me conocen saben que he desarrollado un auténtico gusto por los films de Cesc Gay. Y eso, no ha sido porque sí, sino porque los guiones de este director, son tan cercanos que bien podrían ser extractos, ligeramente modificados, de mi vida. Pero no sólo de la mía, sino de la tuya, de la suya, de la nuestra, de la vuestra.

Esta vez no podía ser menos. En esta película, Gay vuelve a colocarnos en el universo de lo cotidiano, en el centro de nuestras propias vidas. Estamos ante la historia de un grupo de amigos que viven en Barcelona, unos urbanitas prototípicos que mantienen oculta a los demás parte de su vida.
Un grupo de personas, con sus vidas organizadas, cada uno a su manera y como puede, andan buscándose en sus universos personales, porque todos ellos andan terriblemente perdidos en el universo de lo oculto. Y es que, no hay pérdida más grande que sentirse extraviado en el universo particular.
Lo que les ocurre a los personajes de “En la ciudad” es que andan perdidos, lo mismo que nos ocurre, en determinados momentos, a todos nosotros, que nos perdemos, no nos encontramos. Vivir en una gran ciudad, con cantidades ingentes de personas rodeándote no te garantiza el sentirte acompañado. Precisamente, eso es lo que nos trasmite esta película, que el aislamiento y la soledad interior está presente en la vida de los adultos por muy rodeados de personas y de cosas que estemos.
Se nos narran las historias de varios personajes en permanente conflicto interior. El mantenimiento de las apariencias para sentir que se pertenece al grupo y así continuar con una existencia absolutamente patética y triste.
Irene (Mònica López), una lesbiana, casada con un hombre al que no quiere, Manu (Chisco Amado) viviendo un auténtico tormento interior para ocultar a su marido su condición sexual. Sofía, (María Pujalte), la dependiente de una librería, con una desastrosa vida sentimental, que fantasea con las conquistas que va realizando a la espera de encontrar al “hombre de su vida”. Un arquitecto, Mario, (Eduard Fernández), que asiste en silencio a la infidelidad de su mujer, Sara (Vicenta Ndongo), y que sucumbe ante los encantos de una joven camarera, Cristina (Leonor Watling). Un profesor, Tomas (Alex Brendemühl), que inicia una relación con una alumna, menor de edad, Ana (Miranda Makaroff), a la que termina convirtiendo en su amante.
Historias que podemos encontrar en cualquier momento, a nuestro alrededor y que no queremos ver, no queremos conocer, porque nos muestran y nos colocan frente a nuestro propio espejo, porque nosotros mismos somos personajes de nuestra propia película.
Y por último, si no quiere sentirse parte de esta “Ciudad”, si no quiere pararse a pensar sobre qué es lo que está ocurriendo con su vida, no vea esta película, déjela para otro momento. Pero, si finalmente decide sentarse frente al televisor, no dejen de reparar en la banda sonora que, como siempre, con Gay es un gustazo.
© Del Texto: Anita Noire

Jamie Cullum – I Think I Love


feb 23 2010

La realidad de diez días. Ficción.

Corría el año 2006 cuando, por primera vez, vi la película “Ficción”. Me senté en la sala de un cine cualquiera. No tenía ninguna intención que no fuera pasar la tarde. Sin más. Apenas conocía nada de Cesc Gay. Su obra Krampac. Había elegido esta película porque no quería ver nada conocido, nada esperado. Sólo quería desconectar. Típica tarde de domingo.
Me sentí atrapada por esta historia, sin historia, desde un primer momento. Quizás, al principio, solo al principio, fue por oír a Nick Cave en una de las canciones que más consiguen emocionarme (Are you the one –I’ve been waiting for-), o quizás fue que todo empezaba a transcurrir con absoluta normalidad y podía creerme lo que veía.
La cotidianeidad trasladada al cine. Un momento en la vida de dos personas, de dos adultos, que en la mitad de su camino, con la existencia ordenada y organizada, se enamoran inesperadamente, sin quererlo o, tal vez, queriéndolo, incluso necesitándolo.
Un amor que no les llevará a nada, que quedará allí donde nació, pero que sin duda será un punto de inflexión en sus vidas.
Alex y Mónica, un director de cine y una violinista, un hombre y una mujer, dos personas frente a frente, y nada a su espalda. Un amor concentrado en diez días. Un paréntesis en su existencia. Una historia con la que nos podríamos encontrar cualquiera de nosotros.
Estamos acostumbrados a ver grandes producciones cinematográficas que, para decir algo, necesitan de un gran despliegue de medios. Sin embargo en “Ficción”, precisamente, lo que no existen son esos artificios que hacen que las historias de amor, llevadas al cine, nos parezcan irreales, lejanas a nuestro modo de vida.
“Ficción” es verosimil. Una historia usual, de las nuestras, de las de la gente que vive una vida corriente, con familia, trabajos y preocupaciones tan prosaicas como sentirse vivo.
Una historia de amor, triste, pero amor a fin de cuentas.
Una joya intimista, que te atrapa porque cuenta precisamente lo que no se va a vivir, lo que los dos protagonistas reprimen, lo que fácilmente nos puede pasar a cualquiera. Porque ya lo dijo alguien en su momento, estamos ante una película que nos transporta a un mundo de sensaciones y de estados de ánimo, donde los silencios, los gestos menudos, las miradas cruzadas configuran, en gran medida, el contenido de esta película.
«Ficción» es una película compleja que habla de sentimientos, con personajes tan cercanos que la identificación con ellos es sencilla y donde impera una emoción profunda y melancólica.
En definitiva, una historia de gente corriente, como tú, como yo, como cualquiera que pueda estar leyendo estas líneas.
© Del Texto: Anita Noire


No puedes perderte la banda sonora de la película:
 

“Are you the one” de Nick Cave & The bad sedes, “Preludio Nº 7 OP 28” de Fréderic Chopin; “Nocturne” de Outsider; “Adagio para cuerda Op 11” de Samuel Barber; “Love Letter” de Nick Cave & The bad sedes; “Kinderszenen Op 15” de Robert Schumann; “Ja sei quem sou” de Hebe Camargo; “Like a dream” de Outsider; “Sinfonía nº 3 en D menor” (Extracto: 6º movimiento) de Gustav Mahler; “L’Alouette” de M, Glinka; Above de Beaumento; “Sinfonía No 5 en Do sostenido menor Adagietto”; “Clarie de Lune” de Claude Debussy; “Nature boy” de Nick Cave & The bad sedes; “Someone like you” de Guy Fletcher.