may 24 2010

Grease: Lo más de lo más


¿Saben quién es John Travolta? ¿Sabe quién es Olivia Newton-John? Posiblemente, al primero, algunos los conozcan por las películas de Tarantino, ya saben aquella Pulp Fiction que marcó época y posteriores films muy sesudos. A la segunda, posiblemente otros, la conozcan como cantante pop de los años 70 y 80. Sin embargo, antes que todo eso, existió “Grease”, y fue allí donde Travolta alcanzó la popularidad y pasó a ser una estrella del cine y donde la australiana Newton-John se consagró definitivamente como cantante pop, si bien con distinta suerte en el cine.
Con “Grease”, ambos se convirtieron en la pareja ideal, la envidia de todos los jóvenes del mundo, guapos, enamorados, con unos chorros de voz que les permitía unos gorgoritos que no se escuchaban desde “West Side Story”. Los cines tuvieron colas monumentales durante meses y las chicas empezaron a peinar unos rizos, unas ondas, en sus melenas, como las de Olivia en la película. Los pantalones de cuero se pusieron de moda y, por supuesto, las camisetas sin mangas. Revolucionaron la estética.
“Grease”, es un musical que se filmó a finales de los años 70, inspirado en la vida de los estudiantes norteamericanos de los años 50. No soy nada objetiva con esta película porque para mí, en su momento, fue lo mejor de lo mejor y, si bien es cierto que vista a posteriori, con muchísimos años más encima, la cosa no es lo mismo, para mí continúa siendo una bomba de endorfinas para mi cuerpo.
Quienes, en su momento, vimos “Grease” conservamos un buen recuerdo, o eso creo, porque de hecho no conozco a nadie de mi generación a quien le nombres la película y no exclame un –Ah, siiiiii!!!- y no sonría.
Una película dirigida a los jóvenes de finales de los 70, y pese a que nos ponían por delante unas imágenes, una estética, que no se correspondían con la de nuestra época, a todos nos parecía rompedora. Empezando por los títulos de créditos que en forma de cómic, acompañado por la música creada por Barry Gibb (uno de los componentes de los Bee-Gees), ya nos dejaba con la boca abierta.

El argumento es sencillo. Vacaciones de verano, niña bien, Sandy Olson (Olivia Newton-John) conoce, en la playa, a chico, Danny Zucco (John Travolta), guapo, amable, enamorado, delicado. El verano llega a su fin y cada uno tiene que volver a su vida y a su ciudad, ella a su Australia natal. Pero, oh! Cambios de última hora, la familia de Sandy decide quedarse en los EEUU e inscriben a Sandy en el Instituto Rydell. Y oh!, casualidad, en el instituto se encuentra con su amor, que ya no es tan dulce, delicado, ni amable. Ahora es el líder de una pandilla de chicos, los T-Birds (Thunder Birds), que para hacerse el machito frente a sus amigos, contará, de forma totalmente adulterada, la historia vivida con Sandy. A lo largo de la película, los encuentros y desencuentros entre ellos, los novietes y sus amigos, nos mantendrán atentos a la pantalla. La decepción de Sandy, la contradicción continua de Danny, las aventuras de los estudiantes estadounidenses (carreras de coches, heladerías maravillosas, Ángeles de la guarda, noches del pijama, bailes de fin de curso, coches descapotables, etc.), los posicionamientos de los amigos comunes, en fin todas esas cosas que pasan en las pandillas, será lo que nos mantendrá frente a la pantalla durante casi dos horas.
Uno que quiere y cree que no puede; otra que quiere y cree que tampoco puede. En fin, lo de siempre, pero magníficamente retratado. Al final, no por esperado, menos ilusionante, ni él era tan malo malote, ni ella tan tontita como parecía. Y como no podía ser de otra manera, un final de campanillas, chica pretende reconquistar a su chico, adoptando las sugerencias de sus nuevas amigas, las “Pink Ladies”, de ser más malota y, el chico malote, intenta abandonar sus feas costumbres para reconquistar el amor de la muchachita. Y como tenía que acabar bien, porque no podía ser de otra manera, se reencuentran en un parque de atracciones, malote con pinta de santito, santita con pinta de malota, para confesarse su amor y salir volando en un estupendo descapotable mientras sus amigos lo flipan desde el parque.
Que sí, que lo sé, que el argumento es “simplicísimus”, pero a toda una generación nos dejo epatados y boquiabiertos, con su estética, con su música, con todo absolutamente todo.
No les voy a decir nada más. Compren siete kilos de helado, siete kilos más de palomitas, 20 litros de coca-cola, llamen a sus amigos de siempre y véanla, olviden que algunos de ustedes empiezan a peinar canas y disfrútenla como entonces. Yo pienso hacerlo, bueno volveré a hacerlo, cosa de mis filias y mis fobias.
© Del Texto: Anita Noire


abr 8 2010

Habana Blues: Tomar los mandos. Otra vez.


Si me siento a pensar en las cosas que he hecho porque convenía hacerlas, porque era lo que tocaba, porque era lo políticamente correcto, me entra vértigo. Y esa sensación de mareo la tengo, sobre todo, cuando pienso en que algunas de ellas las he hecho contraviniendo lo que realmente quería o en lo que creía. Hacerse mayor tiene esas cosas, uno mira su mochila y se da cuenta de la cantidad de cosas que se termina haciendo a contra corazón. Pero, como todo, somos cíclicos, y traspasada esa locura de querer comerse el mundo a enormes bocados, dejándote jirones de tu persona colgados donde no debías o no querías, vuelves a tomar los mandos de tu vida. Necesitamos volver a nuestra esencia. A no tener que hacer lo que no queremos, a no tener que seguir aquello en lo que no creemos. Cuando empecé a trabajar en la que actualmente es mi profesión, recuerdo que un compañero veterano me dijo algo así como “bonita, cuando entres por esa puerta los cojones los dejas en el colgador que hay detrás de la misma. Cuando salgas, los coges de nuevo”. Debo decir que llevé mal aquella máxima, pero tragué con ella lo que fue necesario. Hoy, tras más de una, de dos, y de tres bofetadas vitales, pienso que, ni en mi trabajo ni en mi vida voy a colgar nada detrás de ningún sitio. Lo llevaré conmigo, pese lo que pese, tarde lo que tarde, me cueste lo que me cueste, me duela lo que me duela, aunque después me deje mi salario en psicoanálisis, pero no la época de las complacencias terminó.
Eso es “Habana blues”. La película de Benito Zambrano fue escrita en La Habana sobre el año 2003; en ella se nos narra la historia de dos amigos, de dos músicos, Ruy Santos (Alberto Joel García) y Tito García (Roberto Álvarez). Ambos cuentan en aquel momento con 28 años, que sueñan con triunfar en el mundo de la música y viven para ella. Tienen vidas completamente distintas, el primero vive con Caridad (Yailene Sierra) y dos hijos. El segundo vive con la abuela, Luz María (Zenia Marabal). Toda su vida se desarrolla en La Habana y se centra en la decisión de organizar un gran concierto que les de a conocer en Cuba. Trabajan incansablemente para conseguir un teatro, absolutamente desvencijado, para lo cual cuentan con el total apoyo del director del mismo y de las personas de su barrio. Mientras se encuentran organizando la celebración del mismo, contactan con ellos una productora discográfica española que busca músicos cubanos desconocidos para grabar un disco completamente nuevo. La condición, para que las ventas sean realmente ventajosas, unos contratos absolutamente esclavos que les llevaran a vivir fuera de la isla, y la imposición de que se opongan y critiquen desde el exterior el régimen cubano. A partir de este punto la historia llevará a sus protagonistas, antes unidos hasta el confín de la amistad, a que su relación se tambalee y se replanteen su propia vida.

La obra de Benito Zambrano nos habla de las relaciones personales, de la amistad, el amor, la colaboración, el distanciamiento y ruptura. Este y no otro, es el eje a través del que se construye esta historia. No esperen ver una obra política, una crítica encubierta a nada, porque no lo es.
En este film, lo que se no describen son los sentimientos que a uno le despierta la ruptura de la pareja, la perdida de los hijos, la amistad, el apego a la vida de uno, la ambición, la perdida de objetivos, la esperanza. Y nos muestra cómo, pese a los problemas, a las injusticias con las que nos podemos encontrar aún cuando no lo queramos, es el coraje, la capacidad de resistencia, la generosidad, la alegría de vivir, la que nos puede salvar de convertirnos en cadáveres andantes.
Esta producción tiene también como uno de sus máximos protagonistas la música. La banda sonora recoge unas 30 canciones, entre las que destaca “Arenas de soledad”. Los instrumentos principales son saxo, metales, guitarras, batería y armónica. Música joven cubana del momento.
No hay que perderse la enorme belleza visual de algunas de la secuencias de esta película, especialmente cuando nos muestra la ciudad de noche, nos pasea por el malecón, por los cientos de tejados de La Habana. Elementos increíbles, el Chevrolet del 52 de Tito, al que los propios protagonistas llaman “la máquina del tiempo, la permanente bicicleta de Ruy con la que se traslada de un lugar a otro de la isla. Las escenas del teatro completamente abandonado y que permite ver el cielo desde el patio de butacas (los interiores del teatro corresponden al Teatro Terry en Cienfuegos)
Estamos ante una película, divertida, con continua ebullición del color, de la vibración del buen ambiente, donde lo que importa es la amistad y la música.
No dejen de verla y, sobre todo, de escucharla.

© Del Texto: Anita Noire


abr 1 2010

Plan A, Plan B, No plan


Oscar Peterson and Nelson Riddle – Round Midnight

Imaginemos por un momento que cualquiera de nosotros decide fundar una nueva religión. Montamos un discurso que ataque desde el mito la esencia de las personas para cautivarlas y lo difundimos con rapidez. Un nuevo dios salvador ha venido al mundo. En pleno estado de éxtasis decidimos que tras nuestros altares colocaremos la imagen de nuestro dios que siendo hombre murió por todos nosotros. Y murió ahorcado. No nos pensamos dos veces la cosa y encargamos a los artistas a nuestro dios para colocarlo en los templos. Un hombre dios colgado de una acacia. Escandaloso ¿verdad? Si, además, decidimos rodar una película en la que se muestre esa muerte con todo lujo de detalles, manteniendo la tensión narrativa en cada instante escabroso, lo más probable es que no haya persona en el mundo que se apunte a semejante religión.

Bueno, pues no tienen más que ir a una iglesia católica, mirar detrás de los altares (verán un hombre torturado y crucificado) y, luego, echar un vistazo a la película que dirigió Mel Gibson y que tituló La Pasión, para saber que las cosas no funcionan dentro de esa lógica.
El lector puede pensar que este artículo lo firma un ateo de tomo y lomo, un descreído o un individuo que odia sobre todas las cosas la religión. Nada más lejos de la verdad. El que firma lo que tiene muy claro es que nadie debería gastar un céntimo en rodar una tortura sin dejarse un detalle por mínimo que sea sin grabar. Eso no debe hacerse en nombre de nada ni de nadie, eso es estúpido. Si el protagonista de La Pasión fuese un hombre cualquiera en lugar de Cristo, el efecto sería exactamente el mismo. Una carnicería. Justificar semejante salvajada porque allí se representa a Dios no tiene sentido. ¿Acaso los evangelistas lo hicieron? Claro que no. Todo lo explícito en literatura (La Biblia lo es) y cine (La Pasión trata de serlo sin éxito alguno) es una baratija.
Dejando a un lado todo esto, diré que la película es muy floja en todos los aspectos. Muy bien las terribles heridas, las caídas, las caras de odio de los romanos y poco más. Tendría dificultades para elegir lo peor de la película. Es todo muy malo. Y para ver salvajadas ya tenemos unos bonitos noticieros en la televisión.
Como es Semana Santa y me gusta conservar algunas tradiciones aprendidas siendo un niño, suelo ver, durante estos días, alguna película que tenga que ver con la figura de Cristo. Excepto La Pasión, claro.

Este año tengo alguna duda. Me la provocan Jesucristo Superstar y La Vida de Brian.
Jesucristo Superstar es un excelente musical que marcó una época. Aún recuerdo las noticias que hablaban de sacerdotes tirando botellas contra la pantalla del cine, de monumentales escándalos en las salas de proyección. Es evidente que no entendieron nada de nada. Si se hubieran fijado un poquito en vez de liar la marimorena hubieran observado que el Judas de esa película (en su aspecto teológico) supera con creces a cualquier otro de la historia del cine. Eso por poner un ejemplo. Es verdad que la película no ha envejecido bien, pero merece la pena ver un espectáculo como ese. Original (en su momento rompedora), muy bien narrada, fotografía excelente y, por supuesto, una maravillosa música y coreografía.

El plan b consiste en ver La Vida de Brian, que es, sencillamente, deliciosa. Disparate tras disparate nos cuentan eso, un enorme disparate. Llena de escenas inolvidables por su ironía y buen humor, desmitifica, en buena medida y sin faltar el respeto a nadie, el entramado religioso. Cualquiera que sea.
Estoy pensando que veré cualquiera de las dos porque me garantizan un buen rato. Un muy buen rato. La otra no. Esa me destroza. Y paso.
© Del Texto: Nirek Sabal