mar 20 2012

Todos dicen I love You

Las comedias musicales tienen un par de características propias que las definen y diferencias perfectamente. Una de ellas es que cuentan historias que no serían creíbles en un formato sin ese toque de cuento de hadas que imprime una música agradable y un baile divertido. La evolución de la acción va ligada y matizada a y con la banda sonora. Dicho de otra forma, es la música lo que hace coherente el producto. En el 90 % de las películas suena la música, pero solo matiza la imagen. En el 90 % de las películas suena la música, pero la credibilidad llega desde los materiales narrativos que no incluyen la música.
Todos dicen I love you es una comedia musical. La firma Woody Allen. Y es agradable, divertida, a veces disparatada, y no busca nada que no sea divertir al espectador. El reparto tira de espaldas a cualquiera: Alan Alda, Woody Allen, Goldie Hawn, Edward Norton, Julia Roberts y Natalie Portman (jovencísisma) entre otros. La fotografía es espectacular. En concreto, la forma de presentar París es maravillosa. La música estupenda. Vestuario y peluquería exactos. La dirección de actores impecable. En fin, todo muy bien. Pero es una comedia musical. Y los géneros gustan o se detestan. Lo digo para advertir a los que prefieren otro tipo de cine.
El guión de Allen es chispeante de principio a fin. Algunas escenas son divertidísimas. Por ejemplo, la situación que se produce entre un tipo recién salido de la cárcel y una de las protagonistas hace reír a cualquiera. Por supuesto, está lo que siempre está en el cine de este autor: religión, matrimonio, relaciones de pareja, etc. Los números musicales no desentonan, no parecen que estén metidos con calzador o capricho del director. Esto es una comedia de las de verdad. Destacan la del hospital (alguien se ha comido el anillo de compromiso y acude a urgencias) y la del baile del propio Allen con Goldie Hawn (técnicamente impecable y aglutinadora del espíritu de la película y de todo un género según Allen).
Lo que cuenta Allen es que el amor es el que estructura la vida de todo ser humano. No es que sea lo que mueve el mundo, pero si se articula todo a su alrededor. Y cuenta que el amor es algo que siempre está, que siempre queda, que siempre regresa. Indaga en el amor entre adultos, entre jóvenes, entre niños, entre exmarido y exmujer, entre desconocidos, entre padre e hija. Explora amores posibles, imposibles, fingidos. Y lo hace desde un sentido del mundo irónico, a veces sarcástico. Todo es agradable y placentero. Como los musicales de toda la vida.
El que lea de forma habitual este blog sabe que siento una especial predilección por Allen. No lo oculto y, si puedo, prefiero no hablar de sus malas películas (también las tiene). Esta la recomiendo de forma especial puesto que hace pasar un rato delicioso al espectador. Además, se puede ver en familia porque suele gustar a casi todos. Y es un ejemplo narrativo de género. Alguien que quiere entender algo sobre cine debe atender a cualquier forma de hacerlo. No se puede decir no por sistema, no se puede negar algo sin intentar disfrutarlo. Allen es un maestro. Y sus películas son la obra de un tipo de sabe lo que hace y lo hace bien.
No se pierdan el vídeo que acompaña este texto. Es la escena que interpretan Allen y Hawn. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 1 2011

Dancer in the dark: Un musical imprescindible

Creo que en ocasiones anteriores he afirmado que no me gustan los musicales. Y en ello me mantengo, sin embargo, como toda afirmación contundente, la mía tiene algunas fisuras más que importantes. Y es que por esa brecha se me cuelan algunas películas realmente maravillosas. Puede parecer contradictorio no me gustan los musicales -adoro algunas películas musicales. Eso precisamente, me ocurre con Dancer in the dark, traducida al español por Bailar en la oscuridad.
Esta película filmada por el controvertido Lars Von Tiers en el año 2000 y protagonizada por la extravagante Björk es, entre otras cosas, una maravilla, no del cine musical, sino del cine en general.
Puede que el enorme placer que me producen las películas de Von Tiers radique en la falta de la falta de elementos efectistas, técnicos. Ya saben que los efectos especiales para algunas cosas van bien, pero con otras casan fatal. Eso es lo que ocurre con las películas intimistas. De hecho a Lars Von Tiers se le conoce por formar parte del movimiento Dogma 65, que promovía, precisamente, un cine sin artifico, filmado casi en su totalidad con la cámara al hombro y alejado de tecnicismo.
Cuando uno se sienta a ver Dancer in the dark debería hacerlo apretando un almohadón contra el estómago para que las patadas de la crueldad, la injusticia y la doble moral que irán pasando a lo largo de toda la filmación no le derribe. Estamos frente a una película que duele; y mucho. Con Bailar en la oscuridad, el director cierra la trilogía que  inicio con Rompiendo olas y continuó con Los idiotas. En todas ellas el eje principal serán buenas mujeres vapuleadas por su entorno, mujeres de una inocencia que roza lo increible y una bondad que sólo puede dar lugar a la aparición de un mal que las destroce.
Podemos filosofar sobre la maldad humana, sobre la infinita crueldad de los que apostados a nuestra vera mueven los interminables hilos del mal para convertirnos en un despojo, pero eso no nos llevaría más que a la confirmación de que el ser humano es un lobo por naturaleza, un ser cruel condenado a perderse para siempre.
Dancer in the dark es una película para dejarse llevar, observar y dejarse absorver por una colosal Björk en su papel protagonista y frotarse las puntas de los dedos intentando que la extrema sensibilidad que Lars Von Trier consigue trasmitir con esta película sin artificios, no nos adormezca los sentidos porque, sin lugar a duda, mientra vivimos la desgracia que asola a Grace (Björk), desde el principio al final, con una muerte tan rotundamente injusta como el mundo en el que vivimos, nos sentiremos más solos que nunca.
Me resisto a explicarles el argumento, si quieren saber de ella deberán hacerse con una copia y un almohadón para colocarlo en el bajo vientre, salvo que sean unos desalmados o unos insensibles, en ese caso, pueden verla sin protección.
Una pelicula imprescindible.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 21 2010

Brigadoon: Es posible

Refugiarse en mundos paralelos, imaginarios, inventados para hacer la vida más soportable no es patrimonio de los que vivimos estos años de angustia económica, de pérdida de referentes, relaciones de usar y tirar. Creamos vidas que duran un día, un minuto, incluso, a veces, tan sólo unos segundos. Todos tenemos nuestro propio Brigadoon.
Corría el año 1954 cuando Vicente Minnelli dirigió la película Brigadoon. Quienes me conocen saben que no me gustan los musicales, pero éste es uno de los pocos que me divierten y que, pese a que ya no tengo la alegría que tenía a los veinte años, sigue provocándome una sonrisa y añorar los mundos enanos.
Tommy Albright (Gene Kelly) y Van Johnson (Jeff Douglas), son turistas que viajan de Nueva York a Escocia, las Highlands. Las brumas hacen que se pierdan por el bosque y terminen en una aldea que no aparece en ningún sitio. La aldea es Brigadoon, un pueblecito anclado en las costumbres del siglo XVIII. Tras el inicial desconcierto por lo mágico del lugar, ambos se sentirán felices en aquel lugar. Allí Tommy conocerá a  Fiona Campbell (Cyd Charisse) de la que se enamorará. Pero, como no podía ser de otro modo, sobre Brigadoon pesa un encantamiento. En tiempos remotos un pastor solicitó a Dios que, para evitar el maleficio de unas brujas, durmiese a los habitantes de Brigadoon y solo les mantuviesen despiertos un día al año, esa era la única manera de salvar a la aldea de la maldad humana. Pero el amor entre Tommy y Fiona es tan grande que él no quiere abandonar la aldea. Deberán abandonar la aldea y la tragedia se cernirá sobre ellos, sobre todos; pero el amor, el de verdad, todo lo puede
Brigadoon es una fábula sobre el amor. Brigadoon no es un lugar físico, es un sentimiento. Posiblemente, estas películas, con gaitas y decorados de cartón piedra, con un argumento que algunos lo pueden considerar un pastel, no interesen a nadie hoy en día. Nos inclinamos más por los tiros, las pajas mentales y nos olvidamos de que el cine también se hace para soñar. Aprender a amar los sueños, a la buena gente, a los principios y valores que no deben quedarse en una mera declaración de principios que nos pasamos por el forro a la primera de cambio. Todo eso, aunque suene a pastel y a manido debería formar parte de nuestro aprendizaje como personas. De nada valen determinados conocimientos, posesiones e historias, si nos olvidamos de soñar, de creer en las personas, de esperar lo mejor del que tenemos al lado.
Entramos en fechas navideñas, siempre son épocas de cambio. Aprovechen para reflexionar sobre sus vidas, sobre su comportamiento con el mundo y su tolerancia a lo distinto. Se preguntarán que tiene esto que ver con la película. Y yo les digo que mucho más de lo que pueda parecer. Si tiene niños, véanla con ellos, escondan la Play, la Wii y todo eso que los está idiotizando, háganles ver cine, pasen su tiempo con ellos y háganles creer que Brigadoon es posible.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 13 2010

Cantando bajo la lluvia. Inolvidables (4)

Voy a iniciar este texto con un pequeño juego:
1.- Sitúense en los años 50
2.- Piensen en un musical
3.- Tarareen la música
Ahora yo les diré la película en la que estaban pensando: Cantando bajo la lluvia.
No era difícil de adivinar. Todo el mundo recuerda esta película por la famosa canción que Gene Kelly cantaba y bailaba paraguas en ristre hasta quedar totalmente empapado.
Voy a continuar con el juego:
1.- Piensen en una escena de esta misma película que no sea la de la famosa canción
2.- Pronuncien en voz alta el nombre de alguno de los personajes de la película
3.- Digan cual es el final del famoso film
Ahora yo repetiré las respuestas que la mayoría de ustedes han dado a estas preguntas: No saben/no contestan. Estas preguntas sí eran difíciles de contestar, al menos para la gran mayoría.
Dicen que Cantando bajo la lluvia es uno de los mejores musicales de todos los tiempos. Lo ignoro, no me gustan los musicales y por tanto son pocos los que tengo en mi haber en lo que a cine se refiere. Sin embargo, al igual que la gran mayoría de las personas que leen este blog, creo haber visto cientos de veces esta película. Lo que ignoro es cuál es el motivo por el que después de verla tantas veces, en distintos momentos de mi vida, soy incapaz de recordar absolutamente nada más que al bailarín-actor dando saltos y chapoteando por los charcos.
Recuerdo vagamente el argumento. Un actor de cine mudo Don Lockwood (Gene Kelly), feliz y contento pese a la llegada del cine sonoro que, si nada lo impide lo relegará al cementerio de las glorias cinematográficas, conoce a la actriz Kathy Selden (Debbie Reynolds), de la que se enamora profundamente y espera que sea su pareja en las próximas filmaciones de musicales que traerá el cine sonoro. Entre ellos, pues lo de siempre, una tercera (Jean Hagen), que se convertirá en el azote cinematográfico y amoroso de ambos personajes.
No recuerdo nada más. Podría hacer trampa y mirar cualquier buscador de Internet para venderles a ustedes la burra sobre lo mucho que recuerdo de la película (que es más bien poco). Sin embargo, debo reconocer que algo debe tener esta película cuando a pesar de ello yo retorno a esa ella sin que nadie me la recuerde y algo también tendrá cuando, pese del tiempo que ha transcurrido, la gente (cinéfilos o no), vuelven a ella cuando se piensa en un musical.
Leí en una ocasión que este musical lo compaginaba absolutamente todo: un guión excelente que teje la sátira, el buen humor y una crítica más que mordaz al mundo del cine de una manera magistral; unos actores magníficos; una dirección estupenda; unos números musicales grandiosos y la ventaja de no haber recibido cientos de miles de premios (exagerando un poco).
Si ustedes son de los crédulos, crean lo que les he escrito, no es lo que yo pienso pues, como les digo, apenas recuerdo nada de este film y sólo son las cuatro ideas que he ido almacenado en el disco duro durante toda la mañana mientras pensaba en el post que tenía que escribir. Sin embargo, algo tendrá esta película pues desde que me he puesto a pensar en ella tengo clavada en la cabeza el famoso Singin’ in the rain y la imagen de Genne Kelly subido a una farola.
© Del Texto: Anita Noire

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jun 30 2010

Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas): La Inmortal y la estupefacción

Esto es la vida para las maltrechas heroínas del cine musical egipcio de los años cincuenta: Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas).
Esta película de Niazi Mustafa es uno de los grandes clásicos de la época dorada del cine egipcio. La Inmensa Samia Gamal (pronuncien ustedes ese nombre en un café de El Cairo y se darán cuenta de que todas las conversaciones se detienen y se establece un silencio religioso) interpreta a Hoda, una deslumbrante bailarina que abandona los escenarios tras su boda con un médico (Nabil El-Alfi). Inmediatamente se desencadena un infierno de celos que la arroja a la bebida. Porque Hoda sospecha que su marido se entiende con su enfermera italiana Yolanda, que no es ni más ni menos que la enigmática y mítica Dalida en la que es posiblemente una de sus primeras interpretaciones.

Lo de Dalida, gestos, miradas y caídas de ojos, se escapa del entendimiento de la razón humana y ayuda a entender que se haya convertido en una Inmortal.
Samia Gamal es probablemente la más destacada actriz-bailarina de la historia y sus números en la película, que por supuesto es un melodrama musical, son elegantes y de una exactitud que roza la perfección.
La película retrata El Cairo cosmopolita y europeo de la mitad del siglo, con sus night clubs, grandes edificios de apartamentos e inmensos automóviles americanos circulando por sus avenidas. Obvia los problemas cotidianos, el derrocamiento del rey y las consecuencias de la revolución de Nasser y nos lanza en el medio de un mundo de sentimientos desgarrados, amor, odio, celos y destrucción, con un final feliz de redención y reencuentro.
Los que conozcan el cine egipcio asentirán a lo que se escribe como si fuera un acto de fe. Los que lo desconozcan por completo se quedarán absolutamente perplejos, se lo puedo asegurar.
Yo me quedé estupefacto.
© Del Texto: IVOR QUELCH


jun 22 2010

Hair: Mujeres embarazadas volando

Mi hermano mayor me saca nueve años. Eso explica que, por ejemplo, creciera (yo) escuchando la música de los Beatles sin corresponderme por la edad o entendiera el rollo hippie siendo un crío (ya se encargaba mi hermano de que así fuera).
Cuando estrenaron Hair en el año mil novecientos setenta y nueve, tenía (yo) quince años. A mis amigos no les interesaba gran cosa la película. Todos eran más de Grease (y yo). Pero mi hermano mayor me invitó y (encantado) fui a ver la película. Me lo pasé en grande porque, en realidad, siempre había sido más del rollo hippie (yo) que del otro.
Aún no había probado ningún tipo de droga. Ni siquiera fumaba. Sólo hacía deporte. Pero allí volaban mujeres embarazadas, todo era absolutamente delirante. El ejército significaba el horror, el dinero significaba el horror, todo lo era excepto sentirse libre con drogas o sin ellas. Podría decirse que fue mi primer contacto verdadero con las alucinaciones. En todos los sentidos.
La película tiene un final que es el horror. Milos Forman avisaba. Todo esto está muy bien, la amistad mola, las drogas molan, el dinero es una mierda, los que tienen dinero son más mierdas que el propio dinero, pero la vida es como es. No se puede apostar contra ella porque pierdes seguro.
Hair es un musical. De los buenos. Y, claro, la música es fantástica. Al menos eso cree uno que creció escuchando cosas parecidas y entendía (o creía entender) lo que le contaban. Las coreografías son magníficas. La trama no deja de tener su aquel. Los actores (excepto Treat Willians que esta soberbio) están correctos y poco más. Pero el conjunto es genial.
Venga, pónganse una cinta en el pelo, un par de margaritas, los pantalones de campana y preparen algo para beber. Ya verán como el rollo hippie les divierte de lo lindo. Y si no entienden el inglés, vean la película con los subtítulos activos. Es importante lo que dice cada canción. Ah, y si no vieron nunca embarazadas volando, todavía están a tiempo. No pasa nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 3 2010

El concierto: Cada cosa en su sitio

Mediocre, inverosímil y lacrimógena. Toda una decepción. Me habían hablado muy bien de El Concierto de Radu Mihaileanu. Ya sé de quién no puedo fiarme.

El concierto es la historia de una venganza. Aquí no hay veneno, ni navajas degollando pezcuezos, ni horribles padecimientos de nadie. Al contrario, la música y la amistad son armas suficientes para que un grupo disparatado consiga lo que se propona.

Como en todos los viajes colectivos (aquí se viaja de Moscú a París), los individuos presentan sus propias motivaciones. Comerciar, conseguir trabajo, salir de un país en ruinas, dirigir una orquesta, conocer el pasado, hacer que el partido comunista se eleve hasta el mismo cielo o volver a beber. Con estos mimbres y un concierto en el Teatro de Châtelet se arma la trama de la película.

Un grupo de músicos acabados terminan triunfando, ella (la protagonista) llora, él está a punto (el protagonista), el público se enternece (el del cine, digo, porque el del Teatro de Châtelet está emocionado, en pleno éxtasis) y, oh, la felicidad se hace presente.

El concierto está salpicada de un humor muy elemental y unos diálogos bastante simplones. Lo mejor, por supuesto, la música. Aunque si se trata de escuchar un concierto de Piotr Ilich Tchaikovski prefiero ir al Teatro Real de Madrid y dejar lo del cine para mejor ocasión. No se me ocurre decir nada más. Es tan poca cosa esta película…

© Del Texto: Nirek Sabal

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may 24 2010

Grease: Lo más de lo más


¿Saben quién es John Travolta? ¿Sabe quién es Olivia Newton-John? Posiblemente, al primero, algunos los conozcan por las películas de Tarantino, ya saben aquella Pulp Fiction que marcó época y posteriores films muy sesudos. A la segunda, posiblemente otros, la conozcan como cantante pop de los años 70 y 80. Sin embargo, antes que todo eso, existió “Grease”, y fue allí donde Travolta alcanzó la popularidad y pasó a ser una estrella del cine y donde la australiana Newton-John se consagró definitivamente como cantante pop, si bien con distinta suerte en el cine.
Con “Grease”, ambos se convirtieron en la pareja ideal, la envidia de todos los jóvenes del mundo, guapos, enamorados, con unos chorros de voz que les permitía unos gorgoritos que no se escuchaban desde “West Side Story”. Los cines tuvieron colas monumentales durante meses y las chicas empezaron a peinar unos rizos, unas ondas, en sus melenas, como las de Olivia en la película. Los pantalones de cuero se pusieron de moda y, por supuesto, las camisetas sin mangas. Revolucionaron la estética.
“Grease”, es un musical que se filmó a finales de los años 70, inspirado en la vida de los estudiantes norteamericanos de los años 50. No soy nada objetiva con esta película porque para mí, en su momento, fue lo mejor de lo mejor y, si bien es cierto que vista a posteriori, con muchísimos años más encima, la cosa no es lo mismo, para mí continúa siendo una bomba de endorfinas para mi cuerpo.
Quienes, en su momento, vimos “Grease” conservamos un buen recuerdo, o eso creo, porque de hecho no conozco a nadie de mi generación a quien le nombres la película y no exclame un –Ah, siiiiii!!!- y no sonría.
Una película dirigida a los jóvenes de finales de los 70, y pese a que nos ponían por delante unas imágenes, una estética, que no se correspondían con la de nuestra época, a todos nos parecía rompedora. Empezando por los títulos de créditos que en forma de cómic, acompañado por la música creada por Barry Gibb (uno de los componentes de los Bee-Gees), ya nos dejaba con la boca abierta.

El argumento es sencillo. Vacaciones de verano, niña bien, Sandy Olson (Olivia Newton-John) conoce, en la playa, a chico, Danny Zucco (John Travolta), guapo, amable, enamorado, delicado. El verano llega a su fin y cada uno tiene que volver a su vida y a su ciudad, ella a su Australia natal. Pero, oh! Cambios de última hora, la familia de Sandy decide quedarse en los EEUU e inscriben a Sandy en el Instituto Rydell. Y oh!, casualidad, en el instituto se encuentra con su amor, que ya no es tan dulce, delicado, ni amable. Ahora es el líder de una pandilla de chicos, los T-Birds (Thunder Birds), que para hacerse el machito frente a sus amigos, contará, de forma totalmente adulterada, la historia vivida con Sandy. A lo largo de la película, los encuentros y desencuentros entre ellos, los novietes y sus amigos, nos mantendrán atentos a la pantalla. La decepción de Sandy, la contradicción continua de Danny, las aventuras de los estudiantes estadounidenses (carreras de coches, heladerías maravillosas, Ángeles de la guarda, noches del pijama, bailes de fin de curso, coches descapotables, etc.), los posicionamientos de los amigos comunes, en fin todas esas cosas que pasan en las pandillas, será lo que nos mantendrá frente a la pantalla durante casi dos horas.
Uno que quiere y cree que no puede; otra que quiere y cree que tampoco puede. En fin, lo de siempre, pero magníficamente retratado. Al final, no por esperado, menos ilusionante, ni él era tan malo malote, ni ella tan tontita como parecía. Y como no podía ser de otra manera, un final de campanillas, chica pretende reconquistar a su chico, adoptando las sugerencias de sus nuevas amigas, las “Pink Ladies”, de ser más malota y, el chico malote, intenta abandonar sus feas costumbres para reconquistar el amor de la muchachita. Y como tenía que acabar bien, porque no podía ser de otra manera, se reencuentran en un parque de atracciones, malote con pinta de santito, santita con pinta de malota, para confesarse su amor y salir volando en un estupendo descapotable mientras sus amigos lo flipan desde el parque.
Que sí, que lo sé, que el argumento es “simplicísimus”, pero a toda una generación nos dejo epatados y boquiabiertos, con su estética, con su música, con todo absolutamente todo.
No les voy a decir nada más. Compren siete kilos de helado, siete kilos más de palomitas, 20 litros de coca-cola, llamen a sus amigos de siempre y véanla, olviden que algunos de ustedes empiezan a peinar canas y disfrútenla como entonces. Yo pienso hacerlo, bueno volveré a hacerlo, cosa de mis filias y mis fobias.
© Del Texto: Anita Noire


abr 8 2010

Habana Blues: Tomar los mandos. Otra vez.


Si me siento a pensar en las cosas que he hecho porque convenía hacerlas, porque era lo que tocaba, porque era lo políticamente correcto, me entra vértigo. Y esa sensación de mareo la tengo, sobre todo, cuando pienso en que algunas de ellas las he hecho contraviniendo lo que realmente quería o en lo que creía. Hacerse mayor tiene esas cosas, uno mira su mochila y se da cuenta de la cantidad de cosas que se termina haciendo a contra corazón. Pero, como todo, somos cíclicos, y traspasada esa locura de querer comerse el mundo a enormes bocados, dejándote jirones de tu persona colgados donde no debías o no querías, vuelves a tomar los mandos de tu vida. Necesitamos volver a nuestra esencia. A no tener que hacer lo que no queremos, a no tener que seguir aquello en lo que no creemos. Cuando empecé a trabajar en la que actualmente es mi profesión, recuerdo que un compañero veterano me dijo algo así como “bonita, cuando entres por esa puerta los cojones los dejas en el colgador que hay detrás de la misma. Cuando salgas, los coges de nuevo”. Debo decir que llevé mal aquella máxima, pero tragué con ella lo que fue necesario. Hoy, tras más de una, de dos, y de tres bofetadas vitales, pienso que, ni en mi trabajo ni en mi vida voy a colgar nada detrás de ningún sitio. Lo llevaré conmigo, pese lo que pese, tarde lo que tarde, me cueste lo que me cueste, me duela lo que me duela, aunque después me deje mi salario en psicoanálisis, pero no la época de las complacencias terminó.
Eso es “Habana blues”. La película de Benito Zambrano fue escrita en La Habana sobre el año 2003; en ella se nos narra la historia de dos amigos, de dos músicos, Ruy Santos (Alberto Joel García) y Tito García (Roberto Álvarez). Ambos cuentan en aquel momento con 28 años, que sueñan con triunfar en el mundo de la música y viven para ella. Tienen vidas completamente distintas, el primero vive con Caridad (Yailene Sierra) y dos hijos. El segundo vive con la abuela, Luz María (Zenia Marabal). Toda su vida se desarrolla en La Habana y se centra en la decisión de organizar un gran concierto que les de a conocer en Cuba. Trabajan incansablemente para conseguir un teatro, absolutamente desvencijado, para lo cual cuentan con el total apoyo del director del mismo y de las personas de su barrio. Mientras se encuentran organizando la celebración del mismo, contactan con ellos una productora discográfica española que busca músicos cubanos desconocidos para grabar un disco completamente nuevo. La condición, para que las ventas sean realmente ventajosas, unos contratos absolutamente esclavos que les llevaran a vivir fuera de la isla, y la imposición de que se opongan y critiquen desde el exterior el régimen cubano. A partir de este punto la historia llevará a sus protagonistas, antes unidos hasta el confín de la amistad, a que su relación se tambalee y se replanteen su propia vida.

La obra de Benito Zambrano nos habla de las relaciones personales, de la amistad, el amor, la colaboración, el distanciamiento y ruptura. Este y no otro, es el eje a través del que se construye esta historia. No esperen ver una obra política, una crítica encubierta a nada, porque no lo es.
En este film, lo que se no describen son los sentimientos que a uno le despierta la ruptura de la pareja, la perdida de los hijos, la amistad, el apego a la vida de uno, la ambición, la perdida de objetivos, la esperanza. Y nos muestra cómo, pese a los problemas, a las injusticias con las que nos podemos encontrar aún cuando no lo queramos, es el coraje, la capacidad de resistencia, la generosidad, la alegría de vivir, la que nos puede salvar de convertirnos en cadáveres andantes.
Esta producción tiene también como uno de sus máximos protagonistas la música. La banda sonora recoge unas 30 canciones, entre las que destaca “Arenas de soledad”. Los instrumentos principales son saxo, metales, guitarras, batería y armónica. Música joven cubana del momento.
No hay que perderse la enorme belleza visual de algunas de la secuencias de esta película, especialmente cuando nos muestra la ciudad de noche, nos pasea por el malecón, por los cientos de tejados de La Habana. Elementos increíbles, el Chevrolet del 52 de Tito, al que los propios protagonistas llaman “la máquina del tiempo, la permanente bicicleta de Ruy con la que se traslada de un lugar a otro de la isla. Las escenas del teatro completamente abandonado y que permite ver el cielo desde el patio de butacas (los interiores del teatro corresponden al Teatro Terry en Cienfuegos)
Estamos ante una película, divertida, con continua ebullición del color, de la vibración del buen ambiente, donde lo que importa es la amistad y la música.
No dejen de verla y, sobre todo, de escucharla.

© Del Texto: Anita Noire


abr 1 2010

Plan A, Plan B, No plan


Oscar Peterson and Nelson Riddle – Round Midnight

Imaginemos por un momento que cualquiera de nosotros decide fundar una nueva religión. Montamos un discurso que ataque desde el mito la esencia de las personas para cautivarlas y lo difundimos con rapidez. Un nuevo dios salvador ha venido al mundo. En pleno estado de éxtasis decidimos que tras nuestros altares colocaremos la imagen de nuestro dios que siendo hombre murió por todos nosotros. Y murió ahorcado. No nos pensamos dos veces la cosa y encargamos a los artistas a nuestro dios para colocarlo en los templos. Un hombre dios colgado de una acacia. Escandaloso ¿verdad? Si, además, decidimos rodar una película en la que se muestre esa muerte con todo lujo de detalles, manteniendo la tensión narrativa en cada instante escabroso, lo más probable es que no haya persona en el mundo que se apunte a semejante religión.

Bueno, pues no tienen más que ir a una iglesia católica, mirar detrás de los altares (verán un hombre torturado y crucificado) y, luego, echar un vistazo a la película que dirigió Mel Gibson y que tituló La Pasión, para saber que las cosas no funcionan dentro de esa lógica.
El lector puede pensar que este artículo lo firma un ateo de tomo y lomo, un descreído o un individuo que odia sobre todas las cosas la religión. Nada más lejos de la verdad. El que firma lo que tiene muy claro es que nadie debería gastar un céntimo en rodar una tortura sin dejarse un detalle por mínimo que sea sin grabar. Eso no debe hacerse en nombre de nada ni de nadie, eso es estúpido. Si el protagonista de La Pasión fuese un hombre cualquiera en lugar de Cristo, el efecto sería exactamente el mismo. Una carnicería. Justificar semejante salvajada porque allí se representa a Dios no tiene sentido. ¿Acaso los evangelistas lo hicieron? Claro que no. Todo lo explícito en literatura (La Biblia lo es) y cine (La Pasión trata de serlo sin éxito alguno) es una baratija.
Dejando a un lado todo esto, diré que la película es muy floja en todos los aspectos. Muy bien las terribles heridas, las caídas, las caras de odio de los romanos y poco más. Tendría dificultades para elegir lo peor de la película. Es todo muy malo. Y para ver salvajadas ya tenemos unos bonitos noticieros en la televisión.
Como es Semana Santa y me gusta conservar algunas tradiciones aprendidas siendo un niño, suelo ver, durante estos días, alguna película que tenga que ver con la figura de Cristo. Excepto La Pasión, claro.

Este año tengo alguna duda. Me la provocan Jesucristo Superstar y La Vida de Brian.
Jesucristo Superstar es un excelente musical que marcó una época. Aún recuerdo las noticias que hablaban de sacerdotes tirando botellas contra la pantalla del cine, de monumentales escándalos en las salas de proyección. Es evidente que no entendieron nada de nada. Si se hubieran fijado un poquito en vez de liar la marimorena hubieran observado que el Judas de esa película (en su aspecto teológico) supera con creces a cualquier otro de la historia del cine. Eso por poner un ejemplo. Es verdad que la película no ha envejecido bien, pero merece la pena ver un espectáculo como ese. Original (en su momento rompedora), muy bien narrada, fotografía excelente y, por supuesto, una maravillosa música y coreografía.

El plan b consiste en ver La Vida de Brian, que es, sencillamente, deliciosa. Disparate tras disparate nos cuentan eso, un enorme disparate. Llena de escenas inolvidables por su ironía y buen humor, desmitifica, en buena medida y sin faltar el respeto a nadie, el entramado religioso. Cualquiera que sea.
Estoy pensando que veré cualquiera de las dos porque me garantizan un buen rato. Un muy buen rato. La otra no. Esa me destroza. Y paso.
© Del Texto: Nirek Sabal