dic 1 2011

Dancer in the dark: Un musical imprescindible

Creo que en ocasiones anteriores he afirmado que no me gustan los musicales. Y en ello me mantengo, sin embargo, como toda afirmación contundente, la mía tiene algunas fisuras más que importantes. Y es que por esa brecha se me cuelan algunas películas realmente maravillosas. Puede parecer contradictorio no me gustan los musicales -adoro algunas películas musicales. Eso precisamente, me ocurre con Dancer in the dark, traducida al español por Bailar en la oscuridad.
Esta película filmada por el controvertido Lars Von Tiers en el año 2000 y protagonizada por la extravagante Björk es, entre otras cosas, una maravilla, no del cine musical, sino del cine en general.
Puede que el enorme placer que me producen las películas de Von Tiers radique en la falta de la falta de elementos efectistas, técnicos. Ya saben que los efectos especiales para algunas cosas van bien, pero con otras casan fatal. Eso es lo que ocurre con las películas intimistas. De hecho a Lars Von Tiers se le conoce por formar parte del movimiento Dogma 65, que promovía, precisamente, un cine sin artifico, filmado casi en su totalidad con la cámara al hombro y alejado de tecnicismo.
Cuando uno se sienta a ver Dancer in the dark debería hacerlo apretando un almohadón contra el estómago para que las patadas de la crueldad, la injusticia y la doble moral que irán pasando a lo largo de toda la filmación no le derribe. Estamos frente a una película que duele; y mucho. Con Bailar en la oscuridad, el director cierra la trilogía que  inicio con Rompiendo olas y continuó con Los idiotas. En todas ellas el eje principal serán buenas mujeres vapuleadas por su entorno, mujeres de una inocencia que roza lo increible y una bondad que sólo puede dar lugar a la aparición de un mal que las destroce.
Podemos filosofar sobre la maldad humana, sobre la infinita crueldad de los que apostados a nuestra vera mueven los interminables hilos del mal para convertirnos en un despojo, pero eso no nos llevaría más que a la confirmación de que el ser humano es un lobo por naturaleza, un ser cruel condenado a perderse para siempre.
Dancer in the dark es una película para dejarse llevar, observar y dejarse absorver por una colosal Björk en su papel protagonista y frotarse las puntas de los dedos intentando que la extrema sensibilidad que Lars Von Trier consigue trasmitir con esta película sin artificios, no nos adormezca los sentidos porque, sin lugar a duda, mientra vivimos la desgracia que asola a Grace (Björk), desde el principio al final, con una muerte tan rotundamente injusta como el mundo en el que vivimos, nos sentiremos más solos que nunca.
Me resisto a explicarles el argumento, si quieren saber de ella deberán hacerse con una copia y un almohadón para colocarlo en el bajo vientre, salvo que sean unos desalmados o unos insensibles, en ese caso, pueden verla sin protección.
Una pelicula imprescindible.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 21 2010

Brigadoon: Es posible

Refugiarse en mundos paralelos, imaginarios, inventados para hacer la vida más soportable no es patrimonio de los que vivimos estos años de angustia económica, de pérdida de referentes, relaciones de usar y tirar. Creamos vidas que duran un día, un minuto, incluso, a veces, tan sólo unos segundos. Todos tenemos nuestro propio Brigadoon.
Corría el año 1954 cuando Vicente Minnelli dirigió la película Brigadoon. Quienes me conocen saben que no me gustan los musicales, pero éste es uno de los pocos que me divierten y que, pese a que ya no tengo la alegría que tenía a los veinte años, sigue provocándome una sonrisa y añorar los mundos enanos.
Tommy Albright (Gene Kelly) y Van Johnson (Jeff Douglas), son turistas que viajan de Nueva York a Escocia, las Highlands. Las brumas hacen que se pierdan por el bosque y terminen en una aldea que no aparece en ningún sitio. La aldea es Brigadoon, un pueblecito anclado en las costumbres del siglo XVIII. Tras el inicial desconcierto por lo mágico del lugar, ambos se sentirán felices en aquel lugar. Allí Tommy conocerá a  Fiona Campbell (Cyd Charisse) de la que se enamorará. Pero, como no podía ser de otro modo, sobre Brigadoon pesa un encantamiento. En tiempos remotos un pastor solicitó a Dios que, para evitar el maleficio de unas brujas, durmiese a los habitantes de Brigadoon y solo les mantuviesen despiertos un día al año, esa era la única manera de salvar a la aldea de la maldad humana. Pero el amor entre Tommy y Fiona es tan grande que él no quiere abandonar la aldea. Deberán abandonar la aldea y la tragedia se cernirá sobre ellos, sobre todos; pero el amor, el de verdad, todo lo puede
Brigadoon es una fábula sobre el amor. Brigadoon no es un lugar físico, es un sentimiento. Posiblemente, estas películas, con gaitas y decorados de cartón piedra, con un argumento que algunos lo pueden considerar un pastel, no interesen a nadie hoy en día. Nos inclinamos más por los tiros, las pajas mentales y nos olvidamos de que el cine también se hace para soñar. Aprender a amar los sueños, a la buena gente, a los principios y valores que no deben quedarse en una mera declaración de principios que nos pasamos por el forro a la primera de cambio. Todo eso, aunque suene a pastel y a manido debería formar parte de nuestro aprendizaje como personas. De nada valen determinados conocimientos, posesiones e historias, si nos olvidamos de soñar, de creer en las personas, de esperar lo mejor del que tenemos al lado.
Entramos en fechas navideñas, siempre son épocas de cambio. Aprovechen para reflexionar sobre sus vidas, sobre su comportamiento con el mundo y su tolerancia a lo distinto. Se preguntarán que tiene esto que ver con la película. Y yo les digo que mucho más de lo que pueda parecer. Si tiene niños, véanla con ellos, escondan la Play, la Wii y todo eso que los está idiotizando, háganles ver cine, pasen su tiempo con ellos y háganles creer que Brigadoon es posible.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 13 2010

Cantando bajo la lluvia. Inolvidables (4)

Voy a iniciar este texto con un pequeño juego:
1.- Sitúense en los años 50
2.- Piensen en un musical
3.- Tarareen la música
Ahora yo les diré la película en la que estaban pensando: Cantando bajo la lluvia.
No era difícil de adivinar. Todo el mundo recuerda esta película por la famosa canción que Gene Kelly cantaba y bailaba paraguas en ristre hasta quedar totalmente empapado.
Voy a continuar con el juego:
1.- Piensen en una escena de esta misma película que no sea la de la famosa canción
2.- Pronuncien en voz alta el nombre de alguno de los personajes de la película
3.- Digan cual es el final del famoso film
Ahora yo repetiré las respuestas que la mayoría de ustedes han dado a estas preguntas: No saben/no contestan. Estas preguntas sí eran difíciles de contestar, al menos para la gran mayoría.
Dicen que Cantando bajo la lluvia es uno de los mejores musicales de todos los tiempos. Lo ignoro, no me gustan los musicales y por tanto son pocos los que tengo en mi haber en lo que a cine se refiere. Sin embargo, al igual que la gran mayoría de las personas que leen este blog, creo haber visto cientos de veces esta película. Lo que ignoro es cuál es el motivo por el que después de verla tantas veces, en distintos momentos de mi vida, soy incapaz de recordar absolutamente nada más que al bailarín-actor dando saltos y chapoteando por los charcos.
Recuerdo vagamente el argumento. Un actor de cine mudo Don Lockwood (Gene Kelly), feliz y contento pese a la llegada del cine sonoro que, si nada lo impide lo relegará al cementerio de las glorias cinematográficas, conoce a la actriz Kathy Selden (Debbie Reynolds), de la que se enamora profundamente y espera que sea su pareja en las próximas filmaciones de musicales que traerá el cine sonoro. Entre ellos, pues lo de siempre, una tercera (Jean Hagen), que se convertirá en el azote cinematográfico y amoroso de ambos personajes.
No recuerdo nada más. Podría hacer trampa y mirar cualquier buscador de Internet para venderles a ustedes la burra sobre lo mucho que recuerdo de la película (que es más bien poco). Sin embargo, debo reconocer que algo debe tener esta película cuando a pesar de ello yo retorno a esa ella sin que nadie me la recuerde y algo también tendrá cuando, pese del tiempo que ha transcurrido, la gente (cinéfilos o no), vuelven a ella cuando se piensa en un musical.
Leí en una ocasión que este musical lo compaginaba absolutamente todo: un guión excelente que teje la sátira, el buen humor y una crítica más que mordaz al mundo del cine de una manera magistral; unos actores magníficos; una dirección estupenda; unos números musicales grandiosos y la ventaja de no haber recibido cientos de miles de premios (exagerando un poco).
Si ustedes son de los crédulos, crean lo que les he escrito, no es lo que yo pienso pues, como les digo, apenas recuerdo nada de este film y sólo son las cuatro ideas que he ido almacenado en el disco duro durante toda la mañana mientras pensaba en el post que tenía que escribir. Sin embargo, algo tendrá esta película pues desde que me he puesto a pensar en ella tengo clavada en la cabeza el famoso Singin’ in the rain y la imagen de Genne Kelly subido a una farola.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 12 2010

New York, New York: Nosotros y lo diferente

Las personas evolucionamos constantemente. Nunca dejamos de hacerlo. Y con nosotros hacen el viaje nuestras cosas. Unas cambian y otras siguen inmutables a nuestro lado de principio a fin. Quizás con matices, pero esencialmente iguales. Cualquier otra cosa o cualquier persona que haga peligrar lo que sentimos ser quedará en la cuneta del camino que transitamos.
De eso trata el peliculón que Martin Scorsese filmó allá por los años setenta. Sí, sí. New York, New York. Peliculón que reunió un magnífico reparto (Liza Minnelli y Robert De Niro son los principales), una banda sonora completamente grandiosa (John Kander y Fred Ebb firmaron la partitura original), un guión muy bien trazado en el que los personajes ocupan el lugar exacto porque crecen desde la primera secuencia, un vestuario y un maquillaje ajustado con pulcritud a lo que era necesario y una dirección de fotografía muy cuidada. Con esto, Scorsese logró un producto emocionante, compacto y muy creíble. Un peliculón, se lo digo yo. Y no es necesario ser un fan del jazz para que guste. El guión es suficiente para que el calado de lo que nos cuentan sea universal.
Jimmy (Robert De Niro) y Francine (Liza Minnelli) se conocen y entablan una relación absolutamente tormentosa. Él es un saxofonista genial que se encuentra en plena evolución (como lo está el jazz en ese momento, que sigue anclado en las Big Bands respecto al gran público, pero que tiene una estructura distinta en los pequeños clubes. Está llegando el BiBop). Ella es una cantante pegada a lo clásico y que maneja registros muy amables con el público. Es lo que están deseando encontrar los empresarios para grabar discos). Pues bien, eso que les une (la música) será lo que les separe finalmente. Saben renunciar a unas cosas, pero a otras no. El éxito de uno no le sirve al otro. El mundo de uno es ajeno al otro. Todo esto, muy bien contando, envuelto en una música que será difícil que nadie pueda igualar (la banda sonora es sensacional), con una interpretación de Minnelli fantástica (sobre todo cuando se sube a los escenarios que trae el guión para que ella sea ella). De la de De Niro no puedo decir lo mismo. Es correcta. Mucho, pero no pasa de ahí.
El ambiente que se vivía alrededor de la música en la América de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, quedan perfectamente dibujados en la película. Un mundo que, al fin y al cabo, es el mundo de todos y que puede maquillarse con esto o aquello, pero no puede dejar de ser siempre el mismo.
Una escena que se desarrolla en un club, en el que Jimmy interpreta ese jazz que ya ha llegado con fuerza, es la que resume con exactitud toda la película. Él interpreta. Ella acaba de firmar el contrato de su vida. Intenta subir al pequeño escenario para acompañar cantando a su marido. Este modifica el registro y hace que ella tenga que olvidar la idea. Música distinta, personalidades distintas, mundos distintos. Eso que nos hace fracasar tan a menudo en nuestras relaciones interpersonales.
Por supuesto, Minnelli interpreta el tema New York, New York, como nadie lo podría hacer. Inmensa. Aunque el resto de la película fuera un tostón, merecería la pena verla sólo por ver a esa fiera del escenario.
Hay que ver esta película, dejarse llevar por la música (si no es el jazz su música preferida lo puede llegar a ser después de disfrutar de esta banda sonora, queda usted advertido), intentar comprender a los personajes sabiendo que aquí no hay ni mejores ni peores sino diferentes. Son dos horas inolvidables de buen cine. Se lo digo yo.
Una última cosa. Si echan un vistazo a la película podrán comprobar que Scorsese no tiene pereza buscando los primeros planos de sus actores. En concreto, con Minnelli, hace un alarde. Claro, esa mujer, en ese momento, era unos de los rostros más expresivos que se podían encontrar. Y da gusto acercarse a sus ojos, a sus labios. Parece que no es necesario nada más. ¿Han notado que ya no se hacen esas cosas con tanta frecuencia? Creo yo que tanta cirugía está dejando sin expresión los rostros y, por eso, se buscan alternativas al primer plano. Pero siempre nos quedará Minnelli en está película. A los espectadores, digo. Los directores de cine tendrán que inventar algo.
© Del Texto: Nirek Sabal.
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jul 12 2010

Alrededor de la medianoche: Alrededor de la buena música

¿Le gusta el jazz? ¿Le gusta el cine? Si ha contestado sí a todo, eche un vistazo a la película Alrededor de la medianoche. Si duda al contestar, mejor ni lo intente.

El director Bertrand Tavernier intenta (sin exceptuar una sola escena de la película) que la música de Herbie Hancock evoque la secuencia que acompaña. Lo simbólico de la imagen, su significado más íntimo. Y que cada imagen dibuje el sonido trazando contornos de lo que se ve, o no, desde la música. En esta película, la música se funde con la imagen sin enseñar fisuras.

Otra cosa es que guste más o menos. Es lenta y los actores (en su mayoría) son músicos. Por ejemplo, el gran Dexter Gordon interpreta el papel de un músico en horas bajas (Dale Turner, protagonistas de la trama) y, desde el principio, el espectador sabe que se interpreta a sí mismo. La música como única posibilidad de entender el mundo; Turner como única posibilidad de entenderse a sí mismo. Esto hace de la película una cosa rarita. Extraña. Pero, al mismo tiempo, deliciosa, entrañable y muy acogedora.

Por la pantalla desfilan contrabajistas (el gran Ron Carter), guitarristas (el no menos grande John McLauughlin) o el mismísimo Martin Scorsese en un papel menor. Y una niña (Gabrielle Haker) que luce una sonrisa de la que entre fusas puedes quedarte prendado por siempre jamás.

Dale llega a París y entabla una extraña amistad con un dibujante (François Cluzet). Este cree estar en deuda con el saxofonista porque ha sobrevivido a un desastre personal gracias a su música. Cuida de él para compartir un nuevo rumbo en su vida. Turner, bebedor y perdedor incansable, terminará ocupando el lugar que él cree tener reservado para poder seguir siendo.

Aunque sólo fuera por cerrar los ojos y escuchar, volvería a sentarme delante de una pantalla de cine en la que pudiera verse Alrededor de la medianoche.

© Del Texto: Nirek Sabal


jul 2 2010

The Rocky Horror Picture Show: Horroritas, vírgenes y masturbadores

The Rocky Horror Picture Show (RHPS) de Jim Sharman es La Película de Culto por antonomasia. Se filmó sobre la base del musical del mismo nombre y se estrenó en el Westwood Theatre de Los Ángeles en 1975. Se retiró de las pantallas a los pocos meses con la etiqueta de fracaso rotundo, pero poco después, el filme se rescata para las sesiones de medianoche en el Waverly Theatre, en el Greenvich Village neoyorquino. Empieza un mito de proporciones mundiales que no ha cesado de crecer. En Nueva York permaneció años en la cartelera y en París, en el Studio Galande se proyecta dos veces por semana desde hace veinte años.
Los fanáticos de la película (horroritas) se cuentan por miles y acuden a las proyecciones provistos de un extenso lote de utensilios (props) que incluyen guantes de goma para fregar, arroz, rollos de papel higiénico y pistolas de agua que se ponen en acción en momentos precisos de la película mientras el público, puesto en pie coreografía las canciones, siguiendo con exactitud pasos minuciosamente ensayados. Existen ritos de iniciación para los que no han visto nunca la película (vírgenes) y distintos grados según la cantidad de veces en las que se haya participado en una de las proyecciones que resultan ser verdaderas fiestas pánicas. Asistir a uno de los pases colectivos es una experiencia única cuyo lema es Don´t dream it, be it! (¡No lo sueñes, hazlo!)
Treinta y cinco años después de su generación, la película es de una modernidad inaudita, podría decirse, paradójicamente, que es más moderna cuanto más pasa el tiempo. Los números musicales son extraordinarios y todo lo que aparece en la pantalla transmite una energía positiva y descomunal.
El argumento es demencial, una pareja de recién casados (Ella es Susan Sarandon y está inmensa) se refugia de una tormenta en un castillo misterioso y terrorífico que resulta estar habitado por el enloquecido doctor Frank-N-Furter (Tim Curry), un travestí transexual del planeta Transylvania, que les invita a presenciar la creación en su laboratorio de Rocky, el hombre perfecto…


Este éxito inaudito, no es baladí. La película es divertidísima y el argumento trepidante. Es una crítica despiadada al cine de ciencia ficción y un homenaje a las series B, la música es soberbia y los actores están, absolutamente todos, magistrales en sus extravagantes interpretaciones.
Zapatos de tacón alto, medias de rejilla, boas de plumas, músculos y travestismo, RHPS no dejará indiferente a nadie.
(Se denomina masturbador a quien acumula la experiencia de haber visionado la película en video. Ya lo saben)
RHPS me flipa.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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jun 30 2010

Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas): La Inmortal y la estupefacción

Esto es la vida para las maltrechas heroínas del cine musical egipcio de los años cincuenta: Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas).
Esta película de Niazi Mustafa es uno de los grandes clásicos de la época dorada del cine egipcio. La Inmensa Samia Gamal (pronuncien ustedes ese nombre en un café de El Cairo y se darán cuenta de que todas las conversaciones se detienen y se establece un silencio religioso) interpreta a Hoda, una deslumbrante bailarina que abandona los escenarios tras su boda con un médico (Nabil El-Alfi). Inmediatamente se desencadena un infierno de celos que la arroja a la bebida. Porque Hoda sospecha que su marido se entiende con su enfermera italiana Yolanda, que no es ni más ni menos que la enigmática y mítica Dalida en la que es posiblemente una de sus primeras interpretaciones.

Lo de Dalida, gestos, miradas y caídas de ojos, se escapa del entendimiento de la razón humana y ayuda a entender que se haya convertido en una Inmortal.
Samia Gamal es probablemente la más destacada actriz-bailarina de la historia y sus números en la película, que por supuesto es un melodrama musical, son elegantes y de una exactitud que roza la perfección.
La película retrata El Cairo cosmopolita y europeo de la mitad del siglo, con sus night clubs, grandes edificios de apartamentos e inmensos automóviles americanos circulando por sus avenidas. Obvia los problemas cotidianos, el derrocamiento del rey y las consecuencias de la revolución de Nasser y nos lanza en el medio de un mundo de sentimientos desgarrados, amor, odio, celos y destrucción, con un final feliz de redención y reencuentro.
Los que conozcan el cine egipcio asentirán a lo que se escribe como si fuera un acto de fe. Los que lo desconozcan por completo se quedarán absolutamente perplejos, se lo puedo asegurar.
Yo me quedé estupefacto.
© Del Texto: IVOR QUELCH


jun 22 2010

Hair: Mujeres embarazadas volando

Mi hermano mayor me saca nueve años. Eso explica que, por ejemplo, creciera (yo) escuchando la música de los Beatles sin corresponderme por la edad o entendiera el rollo hippie siendo un crío (ya se encargaba mi hermano de que así fuera).
Cuando estrenaron Hair en el año mil novecientos setenta y nueve, tenía (yo) quince años. A mis amigos no les interesaba gran cosa la película. Todos eran más de Grease (y yo). Pero mi hermano mayor me invitó y (encantado) fui a ver la película. Me lo pasé en grande porque, en realidad, siempre había sido más del rollo hippie (yo) que del otro.
Aún no había probado ningún tipo de droga. Ni siquiera fumaba. Sólo hacía deporte. Pero allí volaban mujeres embarazadas, todo era absolutamente delirante. El ejército significaba el horror, el dinero significaba el horror, todo lo era excepto sentirse libre con drogas o sin ellas. Podría decirse que fue mi primer contacto verdadero con las alucinaciones. En todos los sentidos.
La película tiene un final que es el horror. Milos Forman avisaba. Todo esto está muy bien, la amistad mola, las drogas molan, el dinero es una mierda, los que tienen dinero son más mierdas que el propio dinero, pero la vida es como es. No se puede apostar contra ella porque pierdes seguro.
Hair es un musical. De los buenos. Y, claro, la música es fantástica. Al menos eso cree uno que creció escuchando cosas parecidas y entendía (o creía entender) lo que le contaban. Las coreografías son magníficas. La trama no deja de tener su aquel. Los actores (excepto Treat Willians que esta soberbio) están correctos y poco más. Pero el conjunto es genial.
Venga, pónganse una cinta en el pelo, un par de margaritas, los pantalones de campana y preparen algo para beber. Ya verán como el rollo hippie les divierte de lo lindo. Y si no entienden el inglés, vean la película con los subtítulos activos. Es importante lo que dice cada canción. Ah, y si no vieron nunca embarazadas volando, todavía están a tiempo. No pasa nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 3 2010

El concierto: Cada cosa en su sitio

Mediocre, inverosímil y lacrimógena. Toda una decepción. Me habían hablado muy bien de El Concierto de Radu Mihaileanu. Ya sé de quién no puedo fiarme.

El concierto es la historia de una venganza. Aquí no hay veneno, ni navajas degollando pezcuezos, ni horribles padecimientos de nadie. Al contrario, la música y la amistad son armas suficientes para que un grupo disparatado consiga lo que se propona.

Como en todos los viajes colectivos (aquí se viaja de Moscú a París), los individuos presentan sus propias motivaciones. Comerciar, conseguir trabajo, salir de un país en ruinas, dirigir una orquesta, conocer el pasado, hacer que el partido comunista se eleve hasta el mismo cielo o volver a beber. Con estos mimbres y un concierto en el Teatro de Châtelet se arma la trama de la película.

Un grupo de músicos acabados terminan triunfando, ella (la protagonista) llora, él está a punto (el protagonista), el público se enternece (el del cine, digo, porque el del Teatro de Châtelet está emocionado, en pleno éxtasis) y, oh, la felicidad se hace presente.

El concierto está salpicada de un humor muy elemental y unos diálogos bastante simplones. Lo mejor, por supuesto, la música. Aunque si se trata de escuchar un concierto de Piotr Ilich Tchaikovski prefiero ir al Teatro Real de Madrid y dejar lo del cine para mejor ocasión. No se me ocurre decir nada más. Es tan poca cosa esta película…

© Del Texto: Nirek Sabal

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may 24 2010

Grease: Lo más de lo más


¿Saben quién es John Travolta? ¿Sabe quién es Olivia Newton-John? Posiblemente, al primero, algunos los conozcan por las películas de Tarantino, ya saben aquella Pulp Fiction que marcó época y posteriores films muy sesudos. A la segunda, posiblemente otros, la conozcan como cantante pop de los años 70 y 80. Sin embargo, antes que todo eso, existió “Grease”, y fue allí donde Travolta alcanzó la popularidad y pasó a ser una estrella del cine y donde la australiana Newton-John se consagró definitivamente como cantante pop, si bien con distinta suerte en el cine.
Con “Grease”, ambos se convirtieron en la pareja ideal, la envidia de todos los jóvenes del mundo, guapos, enamorados, con unos chorros de voz que les permitía unos gorgoritos que no se escuchaban desde “West Side Story”. Los cines tuvieron colas monumentales durante meses y las chicas empezaron a peinar unos rizos, unas ondas, en sus melenas, como las de Olivia en la película. Los pantalones de cuero se pusieron de moda y, por supuesto, las camisetas sin mangas. Revolucionaron la estética.
“Grease”, es un musical que se filmó a finales de los años 70, inspirado en la vida de los estudiantes norteamericanos de los años 50. No soy nada objetiva con esta película porque para mí, en su momento, fue lo mejor de lo mejor y, si bien es cierto que vista a posteriori, con muchísimos años más encima, la cosa no es lo mismo, para mí continúa siendo una bomba de endorfinas para mi cuerpo.
Quienes, en su momento, vimos “Grease” conservamos un buen recuerdo, o eso creo, porque de hecho no conozco a nadie de mi generación a quien le nombres la película y no exclame un –Ah, siiiiii!!!- y no sonría.
Una película dirigida a los jóvenes de finales de los 70, y pese a que nos ponían por delante unas imágenes, una estética, que no se correspondían con la de nuestra época, a todos nos parecía rompedora. Empezando por los títulos de créditos que en forma de cómic, acompañado por la música creada por Barry Gibb (uno de los componentes de los Bee-Gees), ya nos dejaba con la boca abierta.

El argumento es sencillo. Vacaciones de verano, niña bien, Sandy Olson (Olivia Newton-John) conoce, en la playa, a chico, Danny Zucco (John Travolta), guapo, amable, enamorado, delicado. El verano llega a su fin y cada uno tiene que volver a su vida y a su ciudad, ella a su Australia natal. Pero, oh! Cambios de última hora, la familia de Sandy decide quedarse en los EEUU e inscriben a Sandy en el Instituto Rydell. Y oh!, casualidad, en el instituto se encuentra con su amor, que ya no es tan dulce, delicado, ni amable. Ahora es el líder de una pandilla de chicos, los T-Birds (Thunder Birds), que para hacerse el machito frente a sus amigos, contará, de forma totalmente adulterada, la historia vivida con Sandy. A lo largo de la película, los encuentros y desencuentros entre ellos, los novietes y sus amigos, nos mantendrán atentos a la pantalla. La decepción de Sandy, la contradicción continua de Danny, las aventuras de los estudiantes estadounidenses (carreras de coches, heladerías maravillosas, Ángeles de la guarda, noches del pijama, bailes de fin de curso, coches descapotables, etc.), los posicionamientos de los amigos comunes, en fin todas esas cosas que pasan en las pandillas, será lo que nos mantendrá frente a la pantalla durante casi dos horas.
Uno que quiere y cree que no puede; otra que quiere y cree que tampoco puede. En fin, lo de siempre, pero magníficamente retratado. Al final, no por esperado, menos ilusionante, ni él era tan malo malote, ni ella tan tontita como parecía. Y como no podía ser de otra manera, un final de campanillas, chica pretende reconquistar a su chico, adoptando las sugerencias de sus nuevas amigas, las “Pink Ladies”, de ser más malota y, el chico malote, intenta abandonar sus feas costumbres para reconquistar el amor de la muchachita. Y como tenía que acabar bien, porque no podía ser de otra manera, se reencuentran en un parque de atracciones, malote con pinta de santito, santita con pinta de malota, para confesarse su amor y salir volando en un estupendo descapotable mientras sus amigos lo flipan desde el parque.
Que sí, que lo sé, que el argumento es “simplicísimus”, pero a toda una generación nos dejo epatados y boquiabiertos, con su estética, con su música, con todo absolutamente todo.
No les voy a decir nada más. Compren siete kilos de helado, siete kilos más de palomitas, 20 litros de coca-cola, llamen a sus amigos de siempre y véanla, olviden que algunos de ustedes empiezan a peinar canas y disfrútenla como entonces. Yo pienso hacerlo, bueno volveré a hacerlo, cosa de mis filias y mis fobias.
© Del Texto: Anita Noire