dic 17 2013

El Hobbit (La desolación de Smaug): Destrozo

Adaptar una novela al cine tiene su complicación; hacerlo bien es un trabajo muy difícil. Pero hacer lo que a uno le da la gana con un original es, al contrario de lo que se suele pensar, el más difícil de los retos. Primero porque, seguramente, los que conocen la obra te pedirán explicaciones; les parecerá una especie de sacrilegio o, al menos, una estafa eso de utilizar una novela para hacer lo que crea conveniente el primero que pasa por allí. Y, segundo, cuando  alguien hace lo que le viene en gana es imprescindible que lo haga bien. Destrozar una novela para dejar el guión lleno de baches, de personajes sin desarrollar y que no pintan nada, de incoherencias y, por si esto era poco, de episodios que buscan un ritmo injustificable; no se puede perdonar.
El Hobbit: la desolación de Smaug es una película con muchos problemas. Desde una banda sonora invasiva y casi ridícula (Gandalf sube unas escaleras y la partitura parece escrita pensando en el momento cumbre del cine mundial. Gandalf no va camino de la gloria ni nada de eso, por supuesto) hasta el exceso de metraje que se justifica con la inclusión de personajes sin alma. Al espectador que quiera ver la película con atención, les causará cierta alarma que en una secuencia como la de Bilbo junto al dragón (excelente en su factura y, seguramente, lo mejor del trabajo) ocurran cosas absurdas. Smaug puede percibir a Bilbo mientras se esconde tras el poder de su anillo. Vale. Pero cuando el dragón tiene a un puñado de enanos justo debajo de él, no se entera de nada y parece buscar en cualquier otro lugar.
Todo lo que plantea Peter Jackson es un conjunto de episodios que se resuelven sobre la marcha. Nada de dejar plantada información que más tarde servirá para que el desarrollo de la trama sea fluido y hondo. Aquí te pillo y aquí te mato. Hablando de matar, eso es lo que hacen los elfos (Légolas y Tauriel). Jackson nos los coloca intentando un clima alejadísimo del espíritu de la novela y sin tener en cuenta que esto no es lo mismo que El señor de los anillos. Tauriel, la elfa, está encarnada por una impecable Evangeline Lilly y Légolas, nuestro Légolas de siempre, por Orlando Bloom.
¿Y el hobbit? Pues a este pobre le olvida Jackson y casi consigue que lo hagamos los demás. Pinta poco o nada hasta que aparece el dragón.
La palma se la llevan, no obstante, otros personajes. Bard que quiere ser el Aragorn de El señor de los anillos y no le llega ni a la altura del betún; el gobernador y su asesor que tratan de ser Saruman y Grima quedándose en una caricatura, los propios elfos que nos intentan colar de rondón. En fin, los personajes que Jackson se saca de la manga o procura magnificar no funcionan en ningún sentido.
La película se hace muy, muy, larga. Demasiados minutos para lo que se cuenta. Un exceso que no se ve recompensado con el despliegue técnico que, aun siendo impecable, parece más un vídeojuego que una película de cine y el cine es otra cosa. Todo se enrosca sobre sí mismo buscando una excelencia que no llega; todo se hace excesivo cuando el espectador mira atónito cómo un elfo hace surf al mismo tiempo que liquida a un ejército de orcos; todo chirría cuando vemos una ciudad en la que todo se sabe aunque los orcos pueden transitar por allí sin que se entere ni Blas. Demasiada incongruencia a cambio de diseños digitales. Lo mejor, el dragón. Y la belleza de Evangeline Lilly.
En fin flojita y pesada. Si la primera parte fue divertida (al menos era eso) esta es un producto comercial con todos los defectos que eso supone amplificados por una avidez excesiva al buscar caja. Un producto barragoso e inútil. Difícil de solucionar aunque resten otras tres horas de lo que se podía contar en dos horitas (en total).
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 21 2012

Verbo: La importancia de lo oscuro

Verbo es de esas películas que unos odian a muerte y otros aman hasta límites improbables. Los primeros pueden señalar un montaje erróneo, un guión lleno de palabrería vacía que quiere parecer profundo y lleno de sentido y sólo busca el apoyo del público adolescente, unas interpretaciones sosas, un casting fallido y una invasión del cine fantástico torpe y superficial. Nadie puede negar que hay algo de todo esto. Los amantes de la película pueden hablar del movimiento de la cámara que su director, Eduardo Chapero-Jackson, realiza con limpieza y cuidado; pueden tomar el mensaje de rebeldía y necesidad de cambio como una especie de nueva biblia contemporánea, pueden adorar la búsqueda de originalidad de un cineasta nuevo en la ciudad. También, algo de esto hay en Verbo. Como todo lo nuevo que busca un hueco, la película creó en su momento cierto revuelo. Un revuelo que hoy está desaparecido por completo.
Sin embargo hay un aspecto de la película que sobresale por encima del resto y no puede dejar indiferente a nadie. Si ponemos a un lado todos los peros podemos aprovechar un trabajo que sin ser bueno deja algo enunciado que tiene cierta importancia. Verbo intenta ser un canto a la libertad. Es algo evidente y casi explícito. Sin embargo, se convierte en otra cosa, en un manual de uso para los que quieren crear. Cine, literatura, cualquier manifestación artística tiene cabida. El director quiere arrimarse a esa zona rebelde del joven que le hace extraño en su propio mundo, a una estética determinada y a una música muy concreta. No se percata de que tiene entre manos algo grande y lo deja empequeñecer minuto a minuto. Y es una verdadera pena. La bajada a los infiernos de cualquier artista antes de ponerse manos a la obra, la ficción como un espacio en el que se plantea el mundo y se corrige todo aquello que no gusta, el final del camino en forma de obra artística; todo eso es más universal y mucho más importante de lo que Eduardo Chapero-Jackson quiere hacer entender al espectador. Parece que se da una vuelta por ese territorio y no sabe qué hacer con todo lo que se encuentra. Lo enuncia y lo abandona casi en su totalidad.
Alba García defiende su papel (Sara, la protagonista) provocando bostezos. Los suyos propios y los de muchos que se duermen al ritmo que marca su falta de expresividad. El resto de actores y actrices no parecen saber bien qué pintan en todo esto. La dirección actoral es muy flojita.
El guión es, en conjunto, original aunque se llena de frases estúpidas y todo se va desmoronando poco a poco. Si alguien hubiera decidido recortar el libreto eliminando lo prescindible y dejando cuatro cosas fundamentales, la película ganaría mucho. Porque la idea, insisto, es original y una especie de diamante en bruto que nadie sabe pulir.
La banda sonora no está mal. No es ostentosa y matiza bien lo que se va viendo en pantalla. No pasa lo mismo con una estética cargante que termina por irritar. Más que nada porque cualquier otra podría servir del mismo modo. La justificación artística no se adivina ni con buena fe por parte del observador.
Ahora bien, la esencia de lo que se cuenta es especialmente atractiva. Me pregunto qué sería de algo así en manos de alguien que no bebe tanto de lo que ya nos han contado otros (en la película está Matrix, está Alicia y su país maravilloso, está Tron, está Dark City, está casi todo lo que ya conocemos y está instalado en un territorio común), qué sería de algo así en manos de alguien que realice películas sin tanta carga de aspectos que buscan un sector del público determinado. El director pierde la perspectiva dejando lo esencial como adorno cuando era justo al contrario lo que había que hacer.
Son muchos los que han tachado el trabajo de bochornoso. A mí se me antoja excesivo. Otros hablan de un descubrimiento. Otro exceso. El que escribe prefiere calificar de propuesta fallida la película. Y no es poco decir. Al menos hay una propuesta. Y es muy posible que el director logré cosas importantes. Si eso fuera así sería una alegría. Falta nos hace.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 22 2012

Big Fish: Vidas extraordinarias

Cualquier manifestación artística debe conseguir que los sentidos funcionen al máximo para que las emociones hagan saltar por los aires lo cotidiano.
Hacer de la vida; de una vida cualquiera, una vida de esas que todos tenemos; algo inolvidable para el que la vive, es cuestión de mantener las emociones en constante movimiento. Sólo así nos podemos sentir únicos y exclusivos, sólo así nos recordarán como seres especiales los que se sintieron del mismo modo mientras compartieron con nosotros cada minuto apasionado y apasionante.
Que yo sepa, la única forma de conseguirlo es fabulando, creyendo que lo inventado es cosa normal y lo normal cosa de sueños. Que yo sepa, la única forma de conseguir una vida extraordinaria es convirtiéndola en obra de arte. Parece cosa de escritores lo de inventarse vidas. Y no, los inventores lo que hacen es contarse, una y otra vez, la suya propia sin el pudor añadido de hacerla pública. Es algo que cualquiera puede hacer sin intentar vender libros. Esto sirve para los directores de cine, los escultores, los pintores o los artistas callejeros.
Tim Burton siempre me ha parecido un director irregular. A una película más que notable le puede seguir un pestiño absoluto, y a un pestiño una obra genial. Big Fish está entre las maravillosas. Por lo bien que describe el proceso creativo y su importancia, por lo bien que muestra cómo cualquier vida corriente puede ser extraordinaria, por lo bien que están los actores en sus papeles (Ewan Mcgregor, Albert Finney y Jesicca Lange especialmente), por lo claro que deja el espacio que ocupan realidad y ficción y el espacio que comparten ambas, por lo emocionante que es.

La película está llena de lugares fantásticos muy propios del cine de Burton, lugares fronterizos con la realidad y que pueden ser modificados si alguien cree que eso es posible. La película está llena de historias de amor y de amistad que se colocan, también, en la frontera en la que todo es importante o nada. La película está llena de aventuras que vivimos cada día, pero que no nos parecen nada del otro mundo, que se ven como insulsas y descargadas de cualquier emoción posible.
Algunos dicen que la película es un pastel lacrimógeno. Esta vez, me temo que están en un error. Hay que mirar desde la emoción cuando nos hablan de eso mismo. Plantarse ante cualquier cosa con lo intelectual por delante se convierte en un filtro imposible de sobrepasar. Lo intelectual puede quedarse escondido y no pasa nada. Y es una virtud saber hacer que desaparezca cuando toca. Además, ¿quién dijo alguna vez que la razón y el pensamiento (por profundo que sea) están reñidos con la emoción? Es al contrario.
Sería una pena dar pistas sobre la trama, sobre lo que representa ser un pez impescable, sobre donde deja Burton colocados los límites de una cosa u otra. Sería una pena que alguien (después de ver la película) se negara a plantearse que la muerte está pegada a la vida, que la alegría se arrima a la nostalgia o que el mundo es distinto a como lo vemos si hacemos un pequeño esfuerzo.
Una mínima capacidad de fabulación o ver una película tan exquisita como Big Fish nos permite convertir nuestra vida en algo colosal, en una obra de arte. Da igual lo que vean otros. Una obra de arte. Qué cosa tan grande.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 13 2012

Blancanieves (Mirror, mirror): De traca

A mí que me estafen siempre me sienta fatal. Y hoy, me han estafado por partida doble. He pagado por ver un truño espectacular y he pagado un dineral por acompañar la primera estafa de unas palomitas y unos refrescos de cola vendidos a precio de oro. Así que, como lo que voy es a echar pestes durante un rato, tanto como lo que me dure el texto que pienso escribir, si quieren pueden quedarse aquí.
Tarde de sábado, dos fieras que ventilar, de siete y cinco años, y la ocurrencia de acercarnos al cine a ver Blancanieves, también llamada Mirror, mirror, espejito, espejito. El bodrio en cuestión, una versión libre de la archifamosa Blancanieves de los Hermanos Grimm, dirigida por Tarsem Singh (de ahí el simulacro de bailecito a lo Bollywood tras el matrimonio entre un principito más guapo que un San Luís y la sosísima SnowWhite), protagonizada por Julia Roberts (la madrastra malvada), Lily Collins (Blancanieves), Arnie Hammer (Principe Alcott, que no se lo pierdan viene del Reino de Valencia – será por eso que la película es de traca), y junto a ellos un montón de enanos, tantos como siete que, no se vayan a pensar son buenos y laboriosos trabajadores en una mina, sino unos bandoleros dignos de formar parte de la banda de los de Norfolk, ya saben , de los de Robin Hood.
En cuanto al argumento, pues como les digo, una versión extraña del cuento, sin chispa, sin gracia, sin nada de nada que, de hecho, me ha hecho cabecear un rato y descansar de una ajetreada jornada de sábado. Sin embargo y pesar de todo, algo debe tener; las dos criaturas que devoraban las palomitas a puñados no han rechistado en las casi dos horas que dura la película más que para preguntar cuándo Blancanieves pensaba comerse la manzana (esa que no se va a comer), cuándo se iba a quedar dormida en el bosque (que tampoco), mientras yo cabeceaba y pensaba en una isla del Egeo en la que perderme en cuanto las cosas se me pongan a tiro.
Y ahora, mientras recuerdo la película, los enanos, la insulsa Blancanieves, la inexpresiva mirada de Julia Roberts, el tontineti del príncipe, sigo pensando que es una estafa y que lo mejor de todo ese bodrio envuelto de superproducción es el estupendo vestuario con el que se disfrazan estos personajes de folletín de la mano de Eiko Ishioka (cuyo nombre anoto un pañuelo de papel, a oscuras, mientras leo los títulos de crédito.
Una estafa de diseño y poco más.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 31 2011

Eduardo Manostijeras

“- ¿Y cómo sabes que está vivo? -No lo sé, presiento que lo está. Verás, antes de que él viniera aquí no nevaba nunca. En cambio, después, si nevó. Si no siguiera vivo ahora no estaría nevando. Aún, a veces, bailo bajo la nieve”.


Con este pequeño diálogo termina la película Eduardo Manostijeras. Esta película, dirigida en el año 1990 por Tim Burton, es quizás la primera con la que se comenzó a hablar del universo Burtoniano. Lo cierto es que las películas de este director son fácilmente identificables por su estética de cuento gótico adaptado a los tiempos modernos y por sus tramas impregnadas, siempre, de grandes dosis de melancolía, entre otras cosas. Estas circunstancias se repiten una y otra vez en todas y cada una de las películas de Tim Burton y, cómo no, se encuentra, también, en Eduardo Manostijeras.
Algunos han calificado esta película como la obra maestra del director. El caso es que para los muy fans de Tim Burton no creo que sea así y para los fans de Johnny Depp pues, no lo sé. El caso es que a mí no termina de convencerme. Puede que el hecho de que Johnny Depp sea el protagonista de la cinta (reconozco que no puedo con él, pese a los esfuerzos que hago cada vez que veo una película en la que interviene) y que siempre parezca Johnny Depp y no me deje ver a sus personajes; que en el doblaje al español, la  voz y el tono de Eduardo me parezcan muy mal escogidos (no casan para nada con  el tipo de personaje sensible e inocentón que pretenden presentarnos); que me falten datos sobre qué es lo que ha pasado en el castillo (¿por qué existe Eduardo?), y esas cosas, hacen que no me termine de convencer.
Pero debo reconocer que tiene algo y que en su momento, fue una manera muy innovadora de afrontar y mostrar una historia. La combinación de lo que podría parecer la estética de un cuento infantil (con las particularidades que siempre encierran los mundos de Tim Burton) con una trama que no tiene nada de infantil, debo reconocer me parece muy acertada y creativa. El mundo cierto, entero e inocente de Eduardo mantienen una estética gris, oscura, casi tenebrosa cuando, en realidad, es el personaje que, por su bondad e inocencia, a priori, debería ser el más luminoso; mientras que por el contrario, el mundo sucio, interesado, falso y cruel del pueblo que inicialmente acoge a Eduardo con entusiasmo para después defenestrarlo, se presenta con esa estética colorista, en tonos pastel, dulce y empalagosa cuando debería ser negra como la pez. Una forma curiosa de enfrentar los dos mundos: el de los buenos y el de los malos. Porque Eduardo Manostijeras es un cuento sobre la bondad y las renuncias.
La bondad que no puede sobrevivir en un mundo hostil e interesado y la renuncia al amor para que precisamente sobreviva aquel al que se ama. Y para ello, para hablarnos sobre ello,Tim Burton se vale, en gran medida, de dos historias ya conocidas, la de Frankenstein y la de La bella y la bestia y las funde en un cuento que nos es conocido y a la vez increiblemente novedoso.
Debo reconocer que esta película la he visto dos veces en mi vida, una cuando se estrenó (y no me gustó nada) otra, ayer mismo, es decir bastantes años después. Debo reconocer, como digo, que es una película preciosa en su estética, en su forma, y en sus elementos. Que tiene una banda sonora espectacular, creación de Danny Efman (como en otras muchas películas de Burton); con la que el acompañamiento musical hace ganar enteros al transitar de la trama; que algunos retazos de la fotografía (por llamarlo de alguna manera) de algunos pasajes de la película me parezcan grandiosos. Pero, tengo un serio problema con ella, con la película, lo sé, y es que no puedo evitar que Depp me la estropee.
Sin embargo, se la recomiendo vivamente, porque lo mío y lo de este actor es una fobia, y ustedes, por suerte, adolecen de ella. Busquen la cinta y véanla. Disfruten del rosa pastel, de la gris ala de cuervo, del impresionante parecido entre el monstruo/ángel Eduardo y el propio director Burton, de la desconstrucción de melenas,  de las floridas esculturas, de la bonhomía de Peg (Diane Weist) que con sus productos Avon intenta contentar a todo el mundo; de los bailes bajo la nieve de Kim (Winona Ryder) y de esa estética con la que Tim Burton lo viste todo. Tendrán un buen rato garantizado, se lo digo de verdad, pese a Johnny Depp.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 10 2011

Mad Detective: La genialidad de lo contado un millón de veces

Hay directores de cine a los que se les hace la ola aunque estrenen una película desastrosa. Los hay que no se les aplaude ni una obra maestra. La gente pierde el culo para ver tostones realizados por un tipo que se ha convertido en autor de culto con cuatro imágenes potentes dentro de otro tostón y que arrastra un grupo de fans atormentados por no llegar a ser como el ídolo de marras. La verdad es que no deja de ser curioso.
Johnnie To no es que sea un mal director, pero, me parece a mí, que tampoco es ningún genio. Eso lo son un par de personas cada mucho tiempo y este To no está llamado a serlo. Tampoco se puede decir de él nada especialmente malo.
Mad Detective es una de sus películas y ha sido aclamadísima, aplaudidísima y premiadísima. Desconozco la razón por la que esto ha pasado. Porque la trama de esta película es justita, justita, justita. Si lo que se valora es que el movimiento de cámara es preciso y cuidado o que dentro de la película podemos ver algún guiño al cine negro francés o a alguna película de Orson Welles (la escena final nos lleva derechos hasta La Dama de Shangai), pues vale. Pero una película es un todo. El guión es enrevesado (me temo que de forma consciente para aparentar una hondura en la propuesta que no existe) y el fondo está muy vacío dada la envergadura de lo que se cuenta. Están bien, por originales, algunas cosas. Por ejemplo esas siete personalidades de unos de los personajes van llenando la pantalla de forma original. Pero que no es para tanto. Hagan caso de lo que digo.
Andy On y Ching Wan Lau son los actores que defienden los papeles principales. Y, miren ustedes, a mí los chinos siempre me parecen muy exagerados al actuar. Dicen que lo hacen divinamente. A mí lo que me parecen son muñequitos animados que se mueven por la pantalla de forma forzada y con cara extraña (extrañeza que parece no cambiar de principio a fin). Además, si no soy capaz de distinguir entre un chino y otro, ¿cómo voy a distinguir el gesto que hacen para fabricar al personaje?
La cosa va de un tipo que es policía y deja de serlo porque, además de estar como un cencerro, se corta la oreja para regalársela a su jefe el día de su jubilación. Se llama Bun. Pasado un tiempo, otro policía más joven le pide ayuda para investigar la desaparición de un compañero y su pistola. Bun puede ver las personalidades ocultas de las personas. Llueve y Bun dice que Dios le da señales (esto lo digo porque no sé a qué venía en el guión). Hay personalidades por aquí y por allá de unos y otros. Un montón de disparos. Un montón de pistolas que cambian de mano. Cosas, más o menos, como estas.
Cuando escucho decir que la potencia visual y el grado máximo de originalidad del cine de Johnnie To es abrumadora me da un poco la risa. Esa potencia visual es bastante corriente entre muchos autores y de original tiene lo que yo de dromedario. Esta película, en concreto, va de más a menos y se convierte en algo mil veces contado y aburrido.
Lo siento por los fans de este To.
© Del Texto: Federido de Vargas y Expósito

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may 3 2011

Thor: La osadía del hijo de Odín

El Universo Marvel, poco a poco, se va expandiendo, adquiriendo cada vez una más que notable presencia en la gran pantalla; no es de extrañar que, tras fracasos como los intentos de Ang Lee con Hulk, la meada fuera de tiesto que fue la trilogía de Spiderman (con Sam Raimi y los estudios de Sony a la cabeza), o una idiotez como The Punisher; la compañía del tío Stan Lee se haya decidido a producir en gran medida las películas venideras de sus superhéroes más emblemáticos, así como decidirse a hacer reboots (Hulk hecha por Louis Leterrier,  interpretado por Edward Norton en vez del Eric Bana de Ang Lee; y la nueva de Spiderman para el año que viene, que no tiene nada que ver con las anteriores, son una buena muestra de ello). Todo ha sido mediante la adquisición de la Marvel por Disney, y una compañía como la Paramount. De este modo, hemos asistido a productos que no buscan un sesudo tratado de filosofía, sino la esencia más pura del cómic, que no es más que entretener. Como Iron Man 1 y 2, Hulk, ahora Thor, dentro de unos meses El Capitán América, el año que viene Spiderman, y de esta forma, reunir poco a poco a todos Los vengadores en un solo film.

El argumento nos sitúa en el reino de Asgaard, la morada del dios Odín, y sus hijos Thor y Loki, los que velan por la seguridad y la paz en el Universo. Cuando Odín ceremonia el traspaso de la corona a su hijo Thor, se sucede lo inesperado. Antiguos enemigos como los Gigantes de Hielo han invadido la cámara de los trofeos para obtener una reliquia de gran poder que les pertenecía. Thor, en su soberbia, no se explica cómo han llegado hasta allí, sobretodo sabiendo que el dios Heimdall, el guardián que conecta Asgaard con el resto de mundos, que todo lo ve y todo lo escucha, no se ha percatado de la presencia de tales sujetos en la cámara acorazada. Asi que nuestro querido Dios del Trueno, junto con su hermano y hechicero Loki, y otros compañeros de armas, deciden desobedecer a su sabio padre, e ir a dar una lección por tal osadía al mundo de los Gigantes. Cuando llegan, arman lo esperado, haciendo peligrar sus mismas vidas, y obligando a que intervenga Odín, que en su ira por tal desobediencia e imprudencia, destierra a Thor a la Tierra, despojándole de sus poderes y su martillo, Mjolnir. Aquí, entre mortales, tendrá que aprender a diferenciar qué es importante y qué no, saber comportarse, y en definitiva, a dar su ayuda por aquellos que la necesitan, sin ningún afán egoísta por medio. Todo empeora en Asgaard cuando su hermano Loki, empieza adquirir ciertos poderes….

Lo que más sorprende de todo esto es el director elegido para llevar a cabo las peripecias de uno de los superhéroes con más renombre en el Universo Marvel, Kenneth Branagh, al que todos conocemos por sus películas como Frankestein de Mary Shelley o Hamlet, y todo hacía suponer dos cosas: o bien se iba a cometer un desastre debido a la falta de experiencia en temas de acción; o bien, una gloriosa y entretenida historia. Ni lo uno ni lo otro, Kenneth ha dirigido con pulso firme un producto destinado al mero entretenimiento, sin ansias de trascender ni ir más allá de lo establecido, un producto correcto. Con un estilo visual rozando los kitsch, donde sobresale artísticamente todo lo ambientado en el mundo de Asgaard, visualmente impactante, bello y hermoso logrando que nos adentremos en ese mundo ilusorio y lejano; y unos personajes que, a pesar de ser meros estereotipos, con unas líneas de diálogos demasiado sencillas, logran empatizar con el espectador, metiéndolo de lleno en la acción, destacando Anthony Hopkins como el poderoso Odín, Chris Hemsworth como Thor, Tom Hiddleston haciendo de Loki, o Idris Elba como Heimdall (el más extraño de todos los personajes y el más carismático). Sin embargo, el resto del elenco no pasa de la mera mueca, como Natalie Portman o Stellan Skargard, que acaban relegados en un segundo plano. El guión es una constante montaña rusa: momentos dramáticos, aventura, comedia y acción se dan de la mano y el resultado acaba siendo un tanto irregular, sin embargo, como ya he dicho, la cinta es un muy buen entretenimiento para evadirse un rato de la realidad y dejarse fascinar por lo imposible. En cuanto a la música compuesta por Patrick Doyle, no es nada nuevo, y cumple su función de adecuarse a cada momento, engrandeciendo Asgaard cuando lo requiere, o los momentos cumbres donde Thor demuestra su valía como héroe, de hecho, escribo estas palabras mientras la escucho, recomendándola para todo aquel megalómano de las bandas sonoras.

En conclusión, podríamos afirmar que estamos ante un producto que no desmerece en nada el espíritu de los cómics (aún habiendo cambios sustanciales), que mantiene sus guiños constantes a los fans (se empieza a dilucidar SHIELD, Tony Stark/Iron Man, y alguna sorpresa que otra), y que no hace ningún daño a una cartelera que deja más bien que desear, con propuestas llenas de dramas sociales y sesudas historias que vienen a contarnos la misma realidad una y otra vez. Y ya para finalizar, un último dato para todo aquel que la vea, esperad hasta que pasen los créditos finales, como ya he dicho, hay una interesante sorpresa de cara a la película de Los vengadores.

¡¡¡LARGA VIDA AL HIJO DE ODÍN, THOR, DIOS DEL TRUENO!!!
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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mar 12 2011

The Troll Hunter: Fiordos nórdicos

The Troll Hunter es un mockumentary (o falso documental) mezclado con el género de las monster movies (si, King kong, Godzilla y largo etc son buen ejemplo de ello) grabado en Noruega y dirigido por un desconocido André Øvredal. El argumento nos sitúa en dicho país nórdico, en la actualidad, donde se supone que en las áreas restringidas se están encontrando osos muertos y se cree que hay cazadores furtivos haciendo de las suyas en las inmediaciones, en todo este embrollo surge un equipo de universitarios de medios audiovisuales que intentan cubrir la noticia de la mejor forma posible, lo que les lleva a encontrar a un hombre misterioso, solitario, casi ermitaño, al que creen que es el cazador furtivo. En una de sus incursiones siguiéndole descubren que todo es un complot del gobierno, y que no hay cazadores ilegales. A lo que de verdad se dedica este hombre es a cazar Trolls, esos seres que conocemos de los cuentos, y que el Estado oculta desde siempre, sea como sea. Trolls de todo tipo, incluso gigantes. Y últimamente están dando demasiado trabajo.
Lo que más llama de esta cinta de terror-fantástico es su manera de mezclar lo mejor de la cámara en mano, como en El proyecto de la bruja de Blair, y lo bizarro de una propuesta como Monstruoso, de cuya fuente bebe directamente, pero de forma honesta, y presentando unos seres que no son seres radiactivos, ni extraterrestres ni nada parecido a los de otras películas, sino como un elemento más de la naturaleza. Y ahí es adonde voy; el relato que nos propone el director aboga por una defensa de todo aquello que nos rodea, y es una crítica sutil de cómo el ser humano destruye y absorbe el entorno hasta hacerlo suyo, presentando a los trolls como algo fiero, pero que en un momento dado del film se nos revela que apenas son inteligentes; sin embargo hay que combatirlos y tenerlos controlados porque pueden producir graves problemas en todo aquello que ha sido creado o tocado por el hombre. Lo mejor del conjunto es cómo el espectador poco a poco se ve atrapado en una trama que bien desde un inicio o ya simplemente por leer la sinopsis, sería algo difícil de digerir, gracias a una excelente realización que sabe qué tiene que mostrar en todo momento. Para todo freak que se precie, no falta un guiño a Jurassic Park de Spielberg, los que recuerden a la cabra y el T-.Rex sabrán de lo hablo.  Algo a destacar los efectos especiales y la creación de los monstruos por ordenador, bastante bien integrados en el entorno, y que no cantan demasiado pese al poco presupuesto.

En definitiva, es una cinta bastante humilde, hecha con cuatro duros que está consiguiendo un éxito notable fuera de nuestro país, y de la que Hollywood ya se ha hecho eco, cuyo director ya está en proceso de realización de otra monster movie y junto al magnífico Chris Columbus, y que no pasa nada por echarle un vistazo. El cine de entretenimiento también puede tener su moralina.
© Del texto: Gwynplaine Thor

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jun 28 2010

Alice In Wonderland: Ni pasen ni vean, por favor.

Alice In Wonderland de Tim Burton es una película mala y grotesca. Yo nunca llevaría a unos niños a verla porque tiene un mensaje bastante negativo, porque aparecen en ella muestras de crueldad escatológica e innecesaria que no creo oportuno que presencien a los menores. Como me parece aburrida tampoco la recomendaría a los adultos que no van a encontrar en ella nada de su interés. Quizás algún adolescente desequilibrado sea capaz de aumentar la perturbación de su mente con este despropósito de historia.
Estéticamente es pobre, oscura, casi gótica y aunque nada tengo en contra de los góticos no me parece que sea el tono adecuado para esta historia. Visualmente es más cercana a un videojuego no demasiado innovador que a cualquier otra cosa. Las únicas partes que no son oscuras, las que pertenecen al mundo de la llamada Reina Blanca son cursis hasta la caricatura y ninguno de los guiños con los que guionistas y director pretenden divertirnos funcionan.
No se salva nada. El trabajo de las actrices no merece la pena ni ser comentado y todo es desacertado hasta la exageración. Anne Hathaway está para quemarla en una hoguera (artística y metafórica, que no se me malinterprete. Yo no soy como ellos) y Helena Bonham-Carter ha encontrado definitivamente su registro como cabezudo malvado.
No merece la pena compararla con las obras que se supone que la inspiran. Todo es una burda utilización comercial y hasta los retazos que quedan de aquellas han sido pervertidos y despojados de su naturaleza.
Es rebuscadamente difícil hacer algo tan mal con tan grandes antecedentes y tan ingentes recursos. Resulta inconcebible cuando son tantas las cabezas que piensan y deciden en una producción de ese tipo. ¿Cómo se habrán convencido unos a otros de lo que estaban haciendo? ¿O será más bien que nadie hizo nada confiando en que los equipos de efectos especiales iban a resolver el desaguisado? Pues hasta la postproducción y los efectos digitales requieren un planteamiento previo y serio.

Una película ínfima. No es de extrañar que estuviera yo solo en el cine. Ni siquiera la reinvención de las tres dimensiones (por cierto que no son tres, son cuatro) le aporta nada.
Es previsible, burda, llena de tópicos sacados de los peores filmes de hadas y con un tufo a mundos medievales desquiciados y mal interpretados. Un totum revolutum infame. Es seria candidata a competir, desde mi humilde punto de vista, en los Razzies 2011 como peor película, peor secuela, peor director, peor guión y peores actores y actrices, protagonistas y de reparto.
Cuando descongelen a Walt Disney le va a dar algo.
Lo único que se salva es la interpretación de Madonna en el papel de Mad Hatter…
¡Ah, que no era Madonna!
Me hubiera ido del cine.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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