dic 17 2010

¿Cine o literatura?

El mundo está cambiando muy rápidamente. Y el mundo es todo. Es absurdo intentar dar la espalda a algo tan evidente; intentar que algunas áreas de lo que nos toca vivir queden como están; esgrimiendo la excusa de querer conservar la esencia de la cosa. ¿Nadie va a decir a los puristas de cada trocito de mundo que la esencia de las cosas (incluidos ellos) suma con la evolución natural? Yo comprendo que es difícil para alguien apalancado en una zona conocida, a veces dominada, que se ponga en marcha al ritmo que marcan las tendencias desconocidas. Y lo entiendo porque alguien que no domina pasa a ser uno más, a ser otro colono que tiene que buscarse la vida sin saber hacia dónde va. Pero el inmovilismo lleva hasta situaciones absurdas como, por ejemplo, que todo lo que va apareciendo es un desastre, no se entiende y es arrinconado por los que dicen saber y ejercen como salvadores de lo puro y verdadero. Afortunadamente, cosas que sufrieron esta especie de lapidación injusta se han terminado convirtiendo, con el paso del tiempo, en referente para casi todos. Muchas veces para los que lanzaban piedras. No querer desplazarse convierte en idiota al más pintado. Y en un ser peligroso. Los reyes indiscutibles son los clérigos (sea cual sea su religión) que suelen ir con un retraso de uno o dos siglos y suelen repartir leña a base de bien. Aunque no son los únicos. Ya sé que no estoy descubriendo nada nuevo, pero sirve para plantear un asunto que me parece muy importante.
Imaginemos que un muchacho de trece o catorce años se aburre en casa, o pasa más tiempo del deseado por sus padres frente a la consola. Ya sabemos lo que va a pasar. Tarde o temprano, le dirán que sería mejor que se pusiera a leer un buen libro. Vamos a seguir imaginando. El muchacho, que está en edad difícil, decide, por una vez, buscar un libro en la estantería de su padre. Los recomendados para su edad le parecen relatos para anormales. Casi al azar, agarra un ejemplar de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Se sienta y comienza la lectura. A los quince minutos, la humanidad ha perdido a un posible lector. No le interesa nada de lo que le cuentan; el lenguaje le parece anacrónico, difícil; es todo un esfuerzo pasar de línea. Alguien puede decir que ese libro no es para un chico de su edad. Yo digo que esa es la excusa estúpida que se utiliza para justificar que nuestros jóvenes lean (sólo) libros de niños magos. Si papá o mamá se ocupasen de guiar cualquier tipo de lecturas otro gallo cantaría. Ah, claro, es que papá y mamá no leen, o leen otras cosas o no tienen tiempo. Perdón, no me acordaba.
Puestos a imaginar, sigamos los pasos de nuestro jovencito por la casa. Decide ver una película. Busca y encuentra una copia de Apocalypse Now. Esta es de guerra, piensa. Y se anima con ella. Se la traga de principio a fin. Alguna parte le aburre algo más, pero termina viendo todo. Alguien puede decir pero bueno, si esta película es violenta y horrible. ¡Cómo mi niño va a ver algo así! Lo dicen  porque no se acuerdan de que su niño ha estado matando miles de enemigos en su consola y que si no lo ha hecho -porque en casa lo tiene prohibido- lo hará en casa de un amigo y sin ningún tipo de control. Oh, pero se produce un milagro. El chaval pregunta a su padre sobre la película. Comentan algunas cosas y nuestro jovencito se queda fascinado cuando su padre le dice que la película es una adaptación de la novela de Conrad. El muchacho vuelva a ver la película un par de veces sin terminar de entender lo que le cuentan y, voilà, un buen día lo intenta con El corazón de las tinieblas, por si caza algo más.
Creo que, más o menos, en este lugar es en el que estamos. Las generaciones nuevas saben ver las cosas muy bien. Igual que antes se contó de maravilla mientras otros escuchaban con atención o se leyó en soledad. Ahora, la puerta de entrada es la imagen. Entonces, la pregunta obligada es ¿por qué no intentamos que los muchachos lleguen al mundo de la ficción a través del cine para que luego traspasen la frontera hacia la literatura? ¿Qué peligro vemos en ello?
Un niño puede tardar en leer un libro entre dos o tres semanas. Eso si lo acaba. Un niño puede tardar en ver una película lo que dura esta. Hora y media. Dos horas. Lo que sea. El mundo se mueve a toda velocidad. ¿Se perderá por el camino la literatura? No. Rotundo. Quien se interesa por un aspecto concreto del arte termina interesado por el arte entero. Se trata de descubrirlo. Porque quien aprende a ver un mundo nuevo en una película quiere descubrir otro más donde tenga que buscar. Ese esfuerzo para buscar pasa a ser accesorio.
He de decir, por no ser tramposo, que todo esto es el resultado de observar los progresos de mis cuatro hijos con respecto al relato. Con el primero intenté que la literatura fuese la primera de las opciones. La cosa salió regular. El segundo es el que está leyendo a Conrad. Y los pequeños harán lo que quieran. Sólo les tengo prohibido leer algunos libros que parecen estar escritos para tontitos y las obras de teatro en las que el actor sale al escenario dando voces para que ellos hagan lo mismo al contestar pregutas idiotas. Tonterías las justas. Ah, y son chicos de lo más normales. Buenas notas, capacidad para debatir los asuntos de su interés, tienen amigos y se relacionan con normalidad. En fin, normales y corrientes.
Piensen sobre ello. Tal vez estemos más de acuerdo de lo que pueda parecer en principio. Ya me contarán.
© Del Texto: Nirek Sabal
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ago 1 2010

Cine en la playa o cerca de ella

En verano tendemos a perder el tiempo. De lo lindo. Una forma de fingir que se pierde sin que sea verdad (así no tendremos que dar explicaciones a los que lo pierden a conciencia y nos pueden tachar de raros) es ver películas con un reproductor portátil que podemos llevar incluso a la playa. En el apartamento por el que nos han cobrado una pasta corremos el riesgo de dormirnos y pasar a engrosar las filas de perdedores de tiempo incontrolados.
Hay muchas películas que ver. Pero yo voy a recomendar unas cuantas que no son especialmente conocidas o están algo olvidadas por si alguien quiere echarles un vistazo durante las vacaciones. Escribiré sobre ellas durante el verano aunque (como ya habrán podido observar) mi opinión no les será de gran ayuda.
Si quieren dejarse llevar por un plató y llegar a intuir como funciona esto del cine, no tienen más remedio que ver la película que Cesc Gay dirigió y tituló V.O.S. Pasarán un rato muy agradable. Muy divertida.
¿Les gusta Woody Allen? Pues busquen una copia de La comedia sexual de una noche de verano. Si ya les gustaba su humor se lo pasarán en grande. Si nunca terminó de convencerles su cine, esta vez, caerán rendidos a sus pies.
Recomendar algo de Billy Wilder es algo que puede hacer cualquiera. Da igual la película que sea. Siempre se acierta. Supongo que ya han visto un millón de veces Con faldas y a lo loco o El apartamento. No estoy tan seguro de que hayan tenido ocasión de disfrutar con una película deliciosa que incluye un tema musical inolvidable (Senza Fine de Gino Paoli). Se titula ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (lamentable traducción del original Avanti). Exquisita y divertida.
En verano nos podemos poner exquisitos como si fuera invierno. Parece que es obligatorio liarse a beber cervezas y comer bocatas olvidando lo que nos gusta. Si tienen tiempo y ganas agarren la copia de Solaris. La que firmó Andrei Tarkovsky. Inolvidable. Una buena alternativa podría ser Sacrifio del mismo autor. Si les pescan viendo esto puede que les tomen por loco. No pega nada con la arena de playa este tipo de cine.
Si quieren probar cosas nuevas y no conocen el cine de Michael Haneke pueden hacerlo con Caché. El concepto que maneja este director no deja indiferente a nadie. Se enamoran de él, le quieren asesinar por estafador o le hacen un monumento que cuando se inaugura es derribado por otros que echan espuma por la boca. Una tarde de calor que no quieran salir a sudar pueden aprovechar. No les confesaré en qué bando estoy hasta que pasen unas horas.
Y una última recomendación. ¿Recuerdan aquella película con estética de cómic en la que trabajaba Leonardo DiCaprio, Cameron Diaz y Daniel Day-Lewis? Sí, esa en la comienzan peleándose y terminan peleándose, esa en la que todo se resuelve a guantazos, esa que nos trataba de enseñar los orígenes de Nueva York. Gangs of New York. No es una mala opción. A mí me pareció fascinante. Ya les contaré el porqué.
Pues con estos títulos tienen suficiente para pasar los primeros días del mes de agosto. Prometo comentar cada una de ellas a lo largo de la semana. Mientras, disfruten de la arena, del mar y del cine. Sean buenos.

© Del Texto: Nirek Sabal


jul 28 2010

Brillar con luz propia

Esta mañana me apetecía escribir sobre una película que no he visto nunca. No sé quién la dirige, por ejemplo. Ni cuál es su reparto de actores. No imagino su banda sonora, ni su fotografía. Tampoco conozco al osado que se atrevió un día a adaptar ese guión. Ni idea.
Yo quería referirme, quiero escribir esta mañana, sobre el significado de la química según Goethe. La química entre las personas, el feeling que todos sufrimos cada tres o cuatro siglos, unos más desenfrenados y ardientes que otros, pero siempre incontenible y huracanado. Inexcusable.
Una vez, hace ya unos años, después de superar varios episodios químicos con finales inútiles e infructuosos todos, y rendida ya ante mi desastrosa vida sentimental, yo me propuse escribir en serio sobre el asunto y no se me ocurrió otra cosa que escribir el guión de un corto-homenaje a Goethe con la intención de vomitar todas mis catástrofes amorosas. De gritarle a todo un planeta lo que yo, desde mi perspectiva cada vez más pesimista, pensaba sobre el amor, esa palabra tan rotunda que todos pronunciamos tan alegremente sin saber muy bien de dónde proviene, cuál es su significado exacto, las infinitas connotaciones que posee…
Para escribir mi osado guión, yo me basé en Las afinidades electivas de Goethe, novela basada en el tratado químico (De attractionibus electivis) de un tal Torbern Bergman, un químico sueco del XVIII que pretendía una explicación de ciertas reacciones químicas. El tal Bergman buscaba la razón por la que, por ejemplo, si se pone un trozo de una tierra calcárea unida a un ácido débil en una solución diluida de ácido sulfúrico, éste toma la cal y el ácido débil se desprende de forma gaseosa.
Goethe representa en su historia la atracción y la afinidad, el abandono y la unión, en forma de doble descomposición química. En una cruz dónde cuatro elementos químicos hasta entonces unidos dos a dos, entran en contacto, dejando su anterior unión para unirse de otro modo. Las afinidades empiezan a ser interesantes cuando producen separaciones…
La tierra calcárea, el ácido débil, el sulfúrico y las formas gaseosas son perfectamente sustituidos por personajes: Eduard, Charlotte, Ottilie y el Capitán.

Mi pretencioso y personalísimo homenaje a Goethe fue escrito con todo mi amor hacia él un invierno etílico y nublado bajo luz naranja, y rodado un verano de resacas y tempestades marcado por mi ausencia y un bonito tratado científico.
El fugaz rodaje de mis afinidades electivas, que observé de lejos y con unas enormes gafas de sol, el visionado posterior de esa cinta, y la incomprensión de ésta por parte de la audiencia, me llevó a la siguiente conclusión:
Es inútil pretender adaptarlo todo a imágenes. Es más conveniente dejar estas cosas por escrito. Los tratados químicos como los ensayos metafísicos. Las novelas brillantes deben permanecer intactas e inadaptables. Brillantes.
No existe casting posible para escoger a un Eduard o a una Ottilie. No existe secuencia que describa a un ácido débil desprendiéndose de forma gaseosa. Ni iluminación que ilumine soluciones diluidas de ácidos sulfúricos.
O, a lo mejor, sí, pero como decía la última frase de mi guión: No acostumbro a destrozar las novelas de las que hablo aquí.
Dejemos a los químicos poetas en paz.
Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia (Walter Benjamin).

© Del Texto: Sonia Hirsch


may 16 2010

Verdades universales


Llaman “Depresión” a la melancolía; “Ansiedad generalizada” a la urgencia de los impacientes; “Fóbicos” a los cobardes; “Obsesivos” a los insistentes; “Histriónicas” a las seductoras excitables y emotivas…
Toda emoción natural es patológica y anómala en psiquiatría. Todas están denominadas con algún apelativo más o menos morboso y crónico.
Yo, relativista, escéptica y morbosa-crónica psiquiátrica durante los últimos 35 años, me confieso víctima de la psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda. Fanática de Freud y Jung, por herencia paterna, y entusiasta del inconsciente y la interpretación onírica, me someto, optimista, cada primavera, a interminables y fatigosas sesiones psicoanalíticas con el inútil afán de descifrar cada sueño, temor e inquietud que me atormenta. Y, nunca, nunca llego al verano…
Me gusta observarme a mí misma, examinarme. Es cómodo desnudarse ante un desconocido, o desconocida, practique la terapia cognitivo-conductual, la idiota de Gestalt, de Beck o de Ellis. Eso da igual.
Nadie, realmente consciente, soporta más de 4 sesiones de esas cosas. A la 5ª, normalmente, desobedecemos, nos desconocemos, nos negamos al centrifugado cerebral, a la verdad absoluta. Nunca llegamos al verano. No existe moral universal de ninguna naturaleza. No existen verdades universalmente válidas. Existimos nosotros, con nuestras manías, catatonias y esquizofrenias. Una verdad es psicológicamente válida sólo cuando se puede cambiar. Y esas verdades psicológicas nuestras raramente “queremos” cambiarlas.
En cuanto a la terapia electro-convulsiva, esa que le aplicaron forzosamente a Randle, y a miles de “locos” entonces y ahora, sólo decir que tengo verdadero pavor a perder mi memoria. Que mi memoria es lo único que me queda. Los recuerdos, los sueños, los pensamientos… Es lo único que nos queda. Que todas las enfermeras Ratched se vayan al infierno. Yo no quiero desconocerme nunca a base de descargas eléctricas ni propiedades electrofísicas. De ninguna manera. Los electrodos, la amnesia y el estado confusional agudo que se lo prescriban al Dr.Hipócrates, con todos sus delirios y alucinaciones griegas.
Nosotros a lo nuestro.
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 6 2010

El bibelot sin suelo



Keith Jarrett – In Love in Vain

Ingmar Bergman. Un hombre muerto del que me enamoré sin remedio un mes de octubre en una montaña de piedras volcánicas, loros tropicales, lagartos exóticos y un mar siempre agitado, sin sosiego.
Una curiosidad ilimitada, casi enfermiza, me llevó una vez a recluirme en una montaña sobre el mar al norte de Tenerife dónde me dediqué, exclusivamente, a beber Doradas y conocer y descifrar a Ingmar Bergman con la ayuda de sus diarios y apuntes de trabajo.
Con este emocionante recorrido por su biografía y creación artística yo pretendía, ansiaba de verdad, entender su cine. Ser consciente de él. Y es que su cine me ha afectado siempre especialmente, desde pequeña, en que de forma totalmente instintiva, yo me sobrecogía con “Fanny y Alexander” o “Gritos y susurros”.
“Persona” es una película que ya vi de adulta. Que me dejó horas petrificada en mi sofá, mirando al techo, sin saber muy bien qué pensar de ella.
Tiempo más tarde, volví a verla y volví a caer en el mismo estado de shock del primer visionado. Y así una media docena de veces. Todos, absolutamente todos, mis compañeros de sofá en cada proyección de “Persona” a lo largo de todos estos años quedaron profundamente dormidos en los primeros 30 minutos de película. Aunque hubo alguno que se anticipó y cerró los ojos en el minuto 0, justo al aparecer Svenk Filmindustri en los créditos iniciales. Y es que el sueco debe ser un idioma sedante, narcótico, analgésico de verdad, y yo una insomne crónica, desvelada de por vida…
Al norte de una isla llena de locos, con lagartos horripilantes en mi baño, olas gigantes inundando mi terraza y un chiflado disparando con su escopeta a todo pájaro que se posaba en mi tejado, yo leía a Bergman en busca del significado exacto de “Persona”.
“Persona” trata de dos mujeres. Elisabeth Vogler, una actriz que no habla, y Alma, su enfermera, que habla de más.
Sé que “Persona” fue escrita en un hospital bajo los efectos de la penicilina debido a una pulmonía mal curada que sufrió Bergman y que lo obligó a internar por un tiempo en el hospital de Sophia. Sé que empezó a escribir “Persona” para “entrenar su mano”. Sé que “Persona” está basada en una obra de August Strindberg (“La más fuerte”). Sé que Bergman desayunaba a las 7:30 con los demás pacientes del hospital; que luego daba su paseo matinal; que no permitió, durante este tiempo, prensa, cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Pero que sí admitía algunas visitas por la tarde. Sé que, entonces, estaba fuera de combate; que su trabajo como director del Teatro Dramático obstaculizaba su creatividad. Sé que fue necesario escribir “Persona” para disipar esa sensación de futilidad y estancamiento provocada por esa actividad suya en el teatro. Sé que la crisis era profunda; que “Persona” surge de una extraña fiebre y un montón de reflexiones solitarias. Sé que “Persona” le salvó la vida, que llegó al límite de sus posibilidades. Y que rozó esos secretos sin palabras que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz. No sé nada más.

Los que me conocen saben que enmudecí hace un tiempo. Que llevo meses en silencio, ausente aún presente. No ha habido diario ni apunte de trabajo de Ingmar Bergman que me haya esclarecido más “Persona” que este estado mío actual. En ninguna isla, con ningún loro ni ninguna Dorada yo hubiese entendido mejor a Elisabeth Vogler que ahora en este bibelot mío, tan clausurado e impermeable.
Ansío la verdad. La busco por todas partes. A veces he creído encontrar algo sólido, algo duradero, pero de pronto el suelo ha cedido. La verdad se ha diluido y desaparecido o en el peor de los casos se ha convertido en un espejismo. Es cierto que estoy muerta de miedo. Que mi perfíl más cobarde se ha fundido, de repente, con el perfíl más desconocido de una “Alma” extraña e incierta, aún por calificar. Me parece que este autismo y esta sordera mía, como la de la señora Vogler, se traduce como una fuga de la mentira, del vacío, el hastío, la frivolidad… Y nada mejor que el silencio para salvarme de la desesperación y el colapso. Nada mejor.
© Del Texto: Sonia Hirsch


mar 23 2010

Escuchando a Charlie Haden

Hace ya seis años que cambié de teléfono, de identidad, de apartamento. Hace ya mucho tiempo que me escondo tras un antifaz y unos tapones de oídos a lo Holly Golightly. De esos blanditos y rosas. De esos que te excluyen, te impermeabilizan, te arrinconan muy lejos del sonido, el compromiso, las borrascas.
Yo quería esquiar, montar en moto, conocer gente… Compartir apartamento con un gato sin nombre, seducir a especuladores, novelistas… Quería volver a casa al amanecer con traje de noche, croissants y café en vaso térmico.
Yo no quería extrañar a nadie. Quería disparatadas y caprichosas fiestas en mi pasillo. Una constante pasarela de figurantes, novelescos y utópicos todos, que dispersaran esa sensiblería mía que tanto miedo me daba. Abrasar con mi boquilla todos los sombreros, todo afecto aderezado.

Yo quería beber vino en mi bañera con desconocidos. Destrozar la cristalería, desbaratarme en cada baño.
Me gusta callar mi teléfono en la maleta. Enfurecer al vecino de arriba cada noche que pierdo mi llave. Provocar al estudiante de abajo cada madrugada que toco su timbre para suplicarle tabaco.
Hay huellas de cigarrillos en mi sofá, en mis visillos, en mi suelo flotante, y hasta en la tecla “X” de mi ordenador.
No existe ya fórmula alguna de neutralizar los humos de este bibelot mío. Mi bañera se vuelve amarillenta. Restos de vidrio atascan mi desagüe.
Esta mañana vuelvo con zumo de tomate y sobras de brownie. Escucho a Haden. Espero en mi sillón voltaire. Espero.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Charlie Haden – En la orilla del mundo


mar 14 2010

Mí no entender

El mundo cambia. Y lo hace, cada vez, más velozmente. Nunca antes la humanidad había avanzado tanto en tan poco tiempo; nunca la humanidad había destruido su hábitat con tanta saña y con tanta prisa. Cada descubrimiento supone un avance equivalente a siglos anteriores.
Conocí un mundo muy distinto al de mis padres aunque pude entender buena parte de lo que allí pasó. Mis hijos conocen un mundo que nada tiene que ver con el mío. Y no entienden nada de nada. Ya no se trata de entender. Ahora el objetivo es avanzar, cueste lo que cueste.
Antes, las salas de cine eran enormes. Una puerta, un cine. Nada de multisalas. Al entrar (detrás de una cortina de terciopelo granate y enorme) te recibía una persona vestida con un uniforme completamente anacrónico que sostenía una linterna en la mano. Te colocaba en tu asiento. Lo iluminaba para que pudieras sentarte sin equivocación posible. Porque al cine se podía llegar tarde a cambio de una propinilla. Si se trataba de una sesión doble con más razón. Entrabas y si la película había empezado no pasaba nada. Veías lo que restaba, veías la siguiente, seguías sentado y asistías a la proyección de la parte no vista de la primera de las películas. Entre película y película se visitaba el bar del cine. Aguantar la cola formaba parte del rito. Y, de regreso a la butaca, te encontrabas sobre las piernas el abrigo, la bebida y las palomitas. No había hueco para cada cosa porque donde acababa tu localidad empezaba la siguiente. Bien pegadita.
Durante la proyección podía pasar cualquier cosa. Problemas de sonido, el proyector descacharrado, la película que se quemaba. Y a eso se contestaba con gritos y silbidos. Con grandes escándalos.
En las últimas filas se refugiaban tres tipos de espectadores muy significados. Los novios para aprovechar lo negro de la sala, los fumadores y los gamberros. Aunque el lugar preferido para fumadores y gamberros era el gallinero. Allí las persecuciones de los acomodadores eran duras. Con sus linternas buscaban culpables sin parar. Y los expulsados salían del cine pensando que, al menos, la localidad del gallinero era más barata que la de butaca de patio.
Qué emoción pasar por la puerta del cine de barrio teniendo menos de dieciocho años cuando la película estaba calificada para mayores (en la España puritana y mojigata aquello era una heroicidad para un chico que no era mayor de edad). Qué olor a ozono pino. Aún podría describir el aroma y el asco que me producía si lo acababan de soltar con una de esas máquinas que también se utilizaban para regar las plantas con insecticida.
Pero la gran estrella era la Gran Vía madrileña. Aquello era otra cosa. Un cine de barrio era insignificante si lo comparabas con cualquiera del centro de Madrid. Las colas para asistir a los estrenos eran gigantescas. Incluso hubo reventa de entradas en muchos de ellos. Terremoto, El coloso en llamas, Grease, Fiebre del sábado noche, Rocky, Las guerra de las galaxias; Alien, el octavo pasajero. Aplausos al acabar la película. Emociones nuevas que nos traían mundos imposibles de imaginar hasta ese momento.
Ir al cine era un rito, era importante. No existían el vídeo ni el Dvd. Los ordenadores estaban en la NASA. El cine era único, era el universo prometido. Era igual si King kong tenía pinta de peluche porque el espectador no iba a comprobar cómo evolucionaba la técnica sino a descubrir. Todo era mágico. No estoy seguro de que ahora lo sea tanto. O será que no entiendo la magia moderna. No lo sé.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 12 2010

Unicornios falsos. Blade Runner.

Entro en mi oficina masticando un Orfidal. Mi crisis nerviosa dura ya varias semanas.
Todo me provoca taquicardias. El café me da taquicardias, el hombre me da taquicardias, el gazpacho me da taquicardias, los autobuses, las matemáticas, las farmacias…
Enciendo el ordenador, apago todas las luces, descuelgo el teléfono, me quito los zapatos mojados y me tapo los oídos con dos bolas rosas de algodón.
No pienso trabajar hoy. No podría concentrarme. Así que despejo mi mesa de papeles, plantas inútiles y calendarios caducos. Odio los calendarios. Me recuerdan el tiempo que me queda. Eso también me da taquicardias. En su lugar pongo una pila de libros y apuntes sobre “Blade runner”. Pretendo escribir sobre ella. Siempre quise escribir sobre ella.
Miro fijamente al monitor del ordenador. Aparecen agendas de médicos de todas las especialidades, listas de pacientes en espera, en proceso, en histórico, y miles de actos médicos por facturar.
Pienso en un ático en Islandia, en semi retirarme, en que me dejen en paz, como decía el poeta. Estoy perdiendo la memoria, el juicio, la fuerza de voluntad, el intelecto…

Bostezo, y a los pocos segundos mi cabeza cae sobre el teclado dando varias vueltas de campana.
Entra una luz brillante, cegadora, por la ventana. Son naves de ataque ardiendo a espaldas de Orión. Distingo a mi padre que me observa desde una ventana del edificio Bradbury. Él fue quién me diseñó.
Una oveja eléctrica trata de psicoanalizarme sometiéndome una y otra vez al mismo test de empatía. Todos los resultados son positivos, claro. “El tiempo de reacción es primordial”, me advierte.
Me pinto las uñas de rojo delante del espejo, me hago un recogido retro-futurista mientras fumo a destajo y un buho de mentira me mira fijamente desde la ducha.
Ahora todo es art decó. Ahora siempre son las 4:30 de la madrugada. Ahora yo vivo sola en un hotel. Ahora llueve sin parar. Ahora, de la trituradora de papel surge un “Love theme” delicioso, sublime… Ahora, la fotocopiadora escupe sin descanso antiguos fotogramas que sobrevuelan mi oficina. Son mis recuerdos. Intento conservar alguno, pero es inútil. Me he pasado la vida intentando olvidar. Ahora mi memoria está en verde. No hay implante posible ya.
Una luz cálida, vieja, amarillenta, ilumina toda la oficina. Un precioso unicornio de mentira cabalga a cámara lenta sobre la moqueta azul. Pisotea todos mis recuerdos, se sacude, me mira, se aleja. Abro los ojos. Veo la pila de libros intacta a mi lado. No he podido escribir sobre “Blade runner”.
Cuando levanto mi cabeza del teclado, éste, está inundado en lágrimas que no sé si son las mías, o las de la sobrina de Tyrell, el desastroso ingeniero que me diseñó…
© Del Texto: Sonia Hirsch



mar 10 2010

Altamente peligrosa para la sociedad

- ¿QUÉ SUELE HACER USTED EL DÍA QUE ESTÁ DE SERVICIO?
- NADA DE PARTICULAR, CORTAR EL CÉSPED…
Adoro la Nouvelle Vague, la luz natural, la cámara al hombro… El estilo “reportaje”, los rodajes cortos y baratos, la súper 8…
Adoro a Truffaut, porque él, como yo, prefirió ver la vida a través de los libros y el cine; porque él eligió emborracharse de Cinemateca y pasar de la vida social y la política; por autodidacta y antiacademicista; por alejarse de las modas y el esnobismo; por sus historias tan, tan, tan personales; por sus finales tan ambiguos, y porque va directo al corazón del corazón humano.
Ah, y porque yo también creo firmemente que en la historia de Inglaterra del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que Winston Churchil. Eso creo.
Adoro esta película porque adoro leer. Y, aún con sus carencias técnicas, sobresale el honesto intento por parte de Truffaut de mostrarnos el amor que siempre sintió por los libros y la literatura; porque me provoca un insomnio terrible cuando la veo; porque me da la risa cuando veo sus créditos sin créditos y sus comics llenos de bocadillos vacíos; porque me alerta sobre la amenaza de la televisión, y yo no tengo antena…
Decía su protagonista, Guy Montag, que quemaban los libros porque éstos distraían a las personas y las hacían “elementos insociables”. Que se trataba de mantenerlas entretenidas a base de gimnasia y televisión interactiva. Será por eso que odio la gimnasia y la televisión, que siempre me he sentido Clarisse McClellan, y nunca guardé a Dickens en la lámpara ni a Bukowski en mi tostadora. Así que me declaro un “elemento insociable” y altamente peligroso para la sociedad, dispuesta a repantigarme con mi libro en el primer árbol que vea, allí dónde me dejen en paz los bomberos, y alejada de las antenas.
Muchas son las preguntas que me hice en el visionado de esta película:
¿Qué pasaría si en nuestro mundo fuesen prohibidos los libros? ¿Cambiaríamos la cocaína por leer a Platón? ¿Soñaríamos con los prados de Jane Austen, con bailar una mazurca con Anna Karenina, con llorar leyendo las desgracias del pequeño Copperfield?
¿Dónde preferirías vivir: en la ciudad, con la televisión, el Orfidal y las comodidades, o en el bosque, pasando hambre y frío convertido en un hombre-libro?
A mí me gustaría, mientras ustedes cortan el césped, recitar a Bradbury bajo la nevada en los campos de “Amanecer” de Murnau, y llamarme “Farenheit 451”.
© Del Texto: Sonia Hirsch