ago 30 2011

Doctor en Alaska: La vida deseada

Hablar de cine no es hablar, sólo, de películas. Hablar de cine es contarnos nuestra propia vida. Recordar lo que vimos es recordar lo que sentimos. Unas carcajadas, un nudo en el estómago, terror, un soponcio de aquí te espero. Eso es hablar de cine.
Si tuviera que elegir entre todas las películas que he visto no sabría por dónde empezar. Son muchas y de ellas quedan pequeños retazos, ideas difusas. Sin embargo, no tendría ni la más mínima duda si quisiera contarme una vida que no he tenido. Curiosamente, no se trata de una película. Es una serie de televisión.
Yo era muy joven. Los viernes por la noche salía a divertirme con mis amigos. Pero siempre llegaba tarde. Vosotros me esperáis que llego un poco después. Eso solía decir. No es que tuviera otros compromisos con gente distinta. No. Lo que pasaba esos viernes a media noche es que en la televisión podía ver un nuevo capítulo de Doctor en Alaska. Quería vivir en Cicely, ser un personaje más, vivir el mundo desde un surrealismo demoledor. Soñaba (por aquel entonces no conocía a la que es ahora mi esposa) con tener un romance como el que disfrutaban Joel Fleischman y Maggie O’Connell. Hubiera dado mi brazo derecho por sobrevivir en una emisora de radio, la de Chris Stevens, que iba de una música extraordinaria a la filosofía más aguda. Soñaba con tener una amiga como Marilyn Whirlwind. Aprendí que los tipos despotas esconden un yo que puede ser antagónico. Maurice Minnifield representaba eso. Aquella escena en la que Holling Vincoeur se despedía del oso al que tanto había perseguido y tanto admiraba me hizo pensar en el sentido de la vida durante semanas mientras otros se dedicaban a pensar en como alargar la juerga diez minutos más. En fin, Cicely se convirtió en un paraíso que nunca pisé. Pero es un lugar que existe porque lo construí y me lo quedé en propiedad. El lugar y sus habitantes.
Esa es la magia del cine. Hasta lo más imposible se hace real, se transforma en parte del mundo porque lo interiorizas y tu forma de entender las cosas se ve condicionada para siempre.
Es posible que puestos a analizar la serie pudiéramos sacar faltas. Es posible. Pero mi Cicely es perfecta. Esa nadie la puede tocar. Desde esos años, en los que me divertía cada fin de semana con mis amigos, no se ha movido un ladrillo, los personajes son idénticos a los que conocí y yo cambié para siempre. Soy capaz de relatar esa vida imposible en un pueblo remoto de Alaska sin dejar escapar detalle alguno. Una vida imposible que forma parte de mi propia vida.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 9 2011

¿Por qué me gusta el cine francés? (1)

La culpa la tuvieron mis padres.
¿A quién se le ocurre preguntarle a un niño como yo a qué colegio quería ir?
La cosa, allá por 1970, era que tenía que hacer la EGB y decidir si iba a un colegio salesiano o a las Escuelas Francesas. No voy a contar por qué eran solo dos las opciones, pero eran las que había.
A los niños como yo -niños bajo la influencia, vaya usted a saber de qué, pero bajo la permanente influencia- no se les hacen esas preguntas, aunque nunca agradeceré lo suficiente a mis padres que me dejaran opinar.
Desde luego un colegio bilingüe con resaca reciente de mayo del 68, era justo lo que me faltaba para mi educación sentimental.
Las Escuelas Francesas se encontraban, además, en un vetusto palacio sevillano, con fantasmas y todo. Cuando lo ví dije que enseguía me iban a meter a mí en uno de esos colegios modernos de la época llenos de curas enrollaos que me daban una grima espantosa.
Me hice afrancesado de por vida.
Todo el mundo sabe que, hoy día, el francés es un idioma tan inútil como lo son los artistas.
Un idioma que sólo sirve para decorar.
Eso sí, decora tan estupendamente (al igual que el arte), que nadie se sorprende porque cualquiera tenga un first certificate en un prestigioso college o que se haya pasado cuatro años en Chelsea y hable un perfecto inglés, pero todo el mundo dice “oh, la la…!” y pone cara de interesante y de embelesado/a (mas as que os) al escucharte hablar en francés.
Lo mismo que cuando dices que eres artista.
Es la fascinación por las cosas inútiles.
Un sentimiento que, por otro lado, da todo el sentido a la vida, si no ya me dirán de qué.
En fin, que ahí comenzó mi interés por la cultura francesa y por el cine de un país que es capaz de empezar una revuelta porque destituyen al director general de la Cinematographie.
Y es que el cine, al contrario de lo que se piensa, no es americano: el cine es francés.
Del colegio francés -aparte de aprender un estupendo francés del que he sacado un magnífico provecho a lo largo de mi vida en una amalgama de cosas maravillosamente tontas e inútiles-, saqué en claro, parafraseando a Godard, que esto no es que sea la cultura, es que esto es exactamente la cultura y supe que mi vida iba a ir por ahí. Aún sigo sin saber exactamente por dónde, pero si sé que por ahí.
La época (los 70) también acompañaba, eso no hay que obviarlo. Mi educación alternó a Félix Rodríguez de la Fuente, a la moda de los ovnis (inciso: hay que ver lo que gustaban los ovnis en esa época) y la llegada de la democracia, con la chanson, las poses de Gainsbourgh, la voz ronca de Brel, la triste de Françoise Hardy, los cómics que me traía mi primo de Bélgica, la literatura y un sinfín de cosas que no enumero por no aburrir y entre las que estaba, por supuesto, el cine.
Odio la nostalgia y me distancio enconádamente de ella, lo que no quita que la referencia y el ejercicio de situación sea absolutamente necesario. Lo digo porque ya que me había pasado mis primeros años cantando bajito La Marsellesa (mi madre me decía que no lo hiciera muy alto, que estaba prohibido; y yo la cantaba bajito, pero a todas horas, para fastidiar a quién fuera que se le había ocurrido prohibirme algo); a partir de los once años comencé a descubrir los cine-clubs y las salas de arte y ensayo. Algo tan francés como aquella canción de Boris Vian donde hablaba del snobismo de ir a ver películas suecas mientras soñaba que cuando muriera lo cubrirían con un pañuelo de Dior.
Por cierto, que Boris Vian murió en una sala de cine mientras veía de incógnito una adaptación de su novela Escupiré sobre vuestra tumba.
Y justo el mismo año que se inauguraba la veda de la Nouvelle Vague con A bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1959)
Las cosas de la vida, que dice mi madre…
Me tragué sin pestañear ciclos enteros de todo lo que ponían en aquellas salas llenas de tipos con Sartre bajo el brazo y de chicas con bolsos con la cara del Ché.
Y es que cuando eres pequeño te tragas de todo, más si intuyes que eso te va a gustar aún sin saber muy bien entonces de que iba. Los nombres de Chabrol, Truffaut, Godard, Malle, Resnais, Cocteau, Vigo y sus congéneres europeos como Fassbinder, Fellini, Antonioni, Bergman o Pasolini; comenzaron a formar parte de mi imaginario, mi lenguaje y mi forma de visitar el mundo. Fue entonces cuando casi todos mis amigos comenzaron a decir que era un plasta y un pedante.
En líneas generales se podría decir que el cine francés es la avant-garde de la cultura francesa, una continuación exacta de las demás artes. Eso no sería decir mucha novedad, ya que el cine es un compendio de todas ellas y más cosas, pero aquí es exactamente eso, y además se lo toman como algo muy serio.
O al menos se lo tomaban entonces, en el atardecer brillante del cine. Porque el cine murió, pero lo hizo de una forma espectacular sin duda.
Total, que como casi todo en la vida, las cosas te las construyes tú mismo, adaptándolas a tu forma y a tu visión. Así que yo me construí mi film francés y me declaré afrancesado por la misma razón que, sin gustarme el fútbol ni haber pisado jamás un estadio, me declaro incondicional del Barça.
Es un estado de sitio, más o menos.
Y eso que nunca se me ocurrió pedir la doble nacionalidad, aunque sería divertido.
Digo la doble nacionalidad compartida entre Francia y la República de San Marino, claro.
© Del Texto: Rubén Barroso


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jun 13 2011

Lo excelente, lo bueno, lo malo y lo catastrófico

Siendo jovencito dividía casi todas las cosas en buenas o malas. Incluidas las películas de cine, a sus directores o a los actores y actrices que trataban de defender sus papeles. Ya no. Ahora (me centraré ahora en los directores) lo que hago es meter en un pequeño grupo a los grandes de verdad (Woody Allen, Andrei Tarkovsky, Billy Wilder, Akira Kurosawa, Alfred Hitchkock o Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, aunque no pasan de quince). En otro a los buenos directores que, si bien han logrado muy buenas películas, no terminan de convencerme por una cosa u otra (Steven Spielberg, Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, Oliver Stone, por poner un ejemplo. Aquí se quedan sin nombrar muchos). El tercer hueco lo reservo para los directores del montón. Estos no me dicen ni fu ni fa. No nombraré ninguno porque no me acuerdo de sus nombres o me da pereza escribirlos. Un último grupo lo forman los directores desastrosos (a estos no los nombraré por pura prudencia aunque no creo que merezcan este privilegio).
Parece que es una forma algo más lógica de dividir las cosas. No es posible meter en el mismo saco a Jack Nicholson y a Will Smith. Las carencias de este último convierten en una injusticia la agrupación. Y, además, echando un vistazo a cada grupo, puedo sacar conclusiones sobre el tipo de cine que gusta a un grupo de espectadores u otro. Por otro lado, permite entender el desastre en el que se ha convertido el mundo del cine. Piensen en un director, en una película o en algún actor que les parezca horrible. Ahora busquen en la red, por ejemplo, la taquilla de esa película. Millones. Incomprensible ¿no? Ahora piensen en Tarkovski. ¿Quién le conoce de sus amigos? ¿Cuántas veces le han invitado a pasar la tarde en casa viendo una película de él? ¿Cuántas veces lo han hecho para ver una de Bruce Willis? Si dividimos la cosa entre buenos y malos tendemos a equivocarnos.
Pues bien, todo esto que les he contado no era más que una excusa para que vean un cosa que me parece excelente. Es de Federico Fellini. Este director está en el primer grupo sin duda alguna. Y, para el que quiera sufrir, dejo una muestra de eso que llamo desastre. Es un poupurri de un director actual que gana una pasta, que malgasta un dineral haciendo que el cine sea una risión y que es reflejo de lo que pasa hoy por hoy. No hace falta que les explique nada. Comprueben ustedes mismos que es cierto y verdadero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 9 2011

Montxo Armendariz: El hombre que lo fue antes de serlo

Con puntualidad nos encontramos en el Café de Oriente. Dos cafés cortados es todo lo que nos hace falta para comenzar una conversación sobre cine, sobre literatura o, dicho de otra forma, sobre esas vidas que arrastramos desde que las ilusiones se acercaron a nosotros para que pudiéramos agarrarlas por siempre jamás. Pasados que fueron dibujando con el trazo exacto lo que quisimos ser.
Montxo Armendariz es un magnífico conversador. Después de estrechar las manos, una sola palabra y el tiempo se dilata haciendo parecer que el pasado es cosa común. Todo es ahora con derecho a un después. Sonríe al explicar que las lágrimas son producto de una alergia a no sabe qué.
Mientras hablamos pienso en lo que me puede interesar de él que no sepa ya. Sus películas están contadas por muchos; su vida más conocida es eso, su vida conocida. Definitivamente, me interesa la razón por la que Montxo Armendariz se hace mayor sin dejar de ser él. Y, definitivamente, descubro que este director de cine habla de todo como si fuera sagrado, como si fuera eso que nos conmociona para siempre. El mundo tiembla si habla de su hija y de la generación entera a la que pertenece. Un altar para ella, pero, también, colocado para mis hijos y para los de todos que tienen un futuro descoyuntado por delante que terminarán compartiendo. Sagrados los miembros de su equipo de rodaje, del actual y del que fue. Todos arrimando el hombro, con cara de circunstancias tras cincuenta y seis tomas, pero pegados unos a otros para que las películas sean cine. Conmocionan el universo. Sagradas las anécdotas divertidas y disparatadas, la electrónica, el montaje de una película, Tarkovski, Elias Querejeta, el operador de cámara que no dejó de discutir hasta que lo dejó de hacer, el grupo de teatro del barrio, las cámaras súper 8. Todo hace que Montxo Armendariz sea él desde antes de serlo. Y lo más impresionante es el respeto con el que habla del trabajo ajeno. Porque lo convierte en sagrado. También.
Da gusto comprobar que quedan personas que tienen claro lo que son, lo que quisieron ser. Hombres auténticos.
El tiempo ha pasado casi sin avisar. Ha dado tiempo a construir un puzzle con las piezas de sus cosas y de las mías. Ha sido suficiente como para hablar de todo. Suficiente para echar de menos el doble.
Cualquier otra cosa que diga sobre nuestra conversación ya está contada en otro sitio. Cualquier análisis de sus películas ya lo hicieron otros. Sobran esta vez. Pero yo podré contar siempre que estuve con Montxo Armendariz comprobando que las lágrimas de unos ojos enrojecidos por una alergia a no sé qué pueden ser auténticas, sagradas.


mar 28 2011

Solo en el cine

¿Ha ido usted alguna vez al cine solo? Es una experiencia fascinante ¿verdad?
Uno entra en la sala. Apenas hay gente porque es un día de diario. Dos muchachas tienen las piernas sobre las butacas delanteras y comen palomitas. Un tipo está parado en mitad de la escalera pensando en cual de las trescientas treinta butacas libres se sentará. Una pareja se besa sin atender a nada. Ocupa un asiento cualquiera. Las luces tenues le permiten echar un vistazo a los asientos vacíos, a la pantalla blanquecina. Alguien entra en la sala. ¿Será un loco? ¿Será que viene buscando sexo fácil? ¿Tendrá un machete en la espalda con la que descuartizará a los espectadores uno a uno? Comienza la proyección. Siete personas en la sala y ruido de palomitas, papel de caramelo y refresco que se acaba. El caso es que no pasa nada por poner los pies en el asiento delantero. Total no hay nadie. La película es un paquete. Una cabezada. Nadie se enterará. La estridencia de la música le despierta. Es lo que tienen las películas de terror que no valen un pimiento. El director lo arregla todo con ruidos y casquería. Oh, Dios santo. El vigilante de seguridad en la puerta. Mira fijamente. A usted. Pone los pies en su sitio y finge estar más fresco que una lechuga. Durante una escena muy luminosa echa un vistazo atrás. La pareja no está. ¿Tal vez tumbados? Las chicas se besan. El hombre solitario se cambia de sitio. Debe ser que no termina de encontrar un lugar cómodo. Y el posible asesino duerme a pierna suelta. Usted piensa. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo? Acaba la película.
Como las cosas no pueden ser tan extrañas, lo intenta una segunda vez. Al llegar al cine (que está en el culo del mundo) advierte con asombro que la cola de la taquilla es inmensa. ¿Cómo puede ser? Las cuatro menos cuarto de la tarde. Imposible. Se acerca. Cientos de venerables ancianitos esperan su turno. La espera es una tortura. Entra diez minutos tarde. No encuentra una butaca libre y se sienta en las escaleras. La película va de algo, por lo visto, muy gracioso. Los ancianitos se parten de risa. A usted no le hace ni puta gracia. Sentado en un escalón nada le puede hacer reír. Una mujer (ancianita, claro) le dice que allí hay una butaca para usted. El problema es que la mujer está en el otro extremo del cine. Los demás se animan. Pero hombre, no se quede usted ahí, vaya, vaya. Todos los espectadores dejan de mirar la pantalla para mirarle a usted. Por supuesto, va. Es aclamado por el camino. Incluso le ofrecen un bocadillo que no se pueden comer por la dentadura. Acaba la película y los ancianitos tardan tres cuarto de hora en salir. Usted se queda en la butaca. Petrificado. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo?
Pero a la tercera va la vencida. Vuelve a presentarse. Sesión de las cuatro de la tarde. Quiere ver una de dibujos animados. Entra en la sala y siente que todos los padres le miran con desprecio. Se sienta en la localidad que le ha tocado y el padre de familia dice al niño (al que tiene a su lado) que le cambie el sitio. Miradas llenas de sospecha. Parece que se preguntan (todos los adultos) ¿será pederasta este cabrón? Un niño pequeño se pone pesado. Delante de usted. Y con toda su buena voluntad le ofrece un caramelo para que deje de dar el coñazo. Se masca la tragedia. Los padres miran. Y usted, fingiendo un ataque de pis, se despide amablemente y deja su localidad.
¿Qué tipo de gente va al cine a estas horas y, encima, solo?
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 22 2011

Jean-Luc Godard: Un encargado para la misión de la búsqueda científica

Digamos, que, para mí, el cine es un instrumento de pensamiento original que está a medio camino entre la filosofía, la ciencia y la literaturay que implica que uno se sirve de los ojos y no de un discurso ya hecho.
Se han privilegiado los derechos del cine y no sus deberes. No se ha podido, o no se ha sabido, o no se ha querido dar al cine la función que se asignó a la pintura o a la literatura. El cine no ha sabido cumplir con sus obligaciones. Es un útil respecto al cual nos hemos equivocado. Al principio se creyó que el cine se impondría como un nuevo instrumento de conocimiento, un microscopio o un telescopio, pero muy pronto se le impidió desempeñar su función y se hizo de él un sonajero. El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar en grande ante varias personas y en varios lugares al mismo tiempo.
Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho, este lado espectacular no constituye más que el diez o el quince por ciento de la función del cine: sólo debería haber representado el interés del capital.
Ahora bien, rápidamente, pasaron a servirse del cine sólo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron.
(Jean-Luc Godard).

Digamos, que, para mí, pueden llegar a convivir todas las formas de expresión posibles dentro del cine y el arte en general. Está claro que cada uno tenemos la nuestra, inevitable y personal, y está claro que todas ellas tienen cabida, pero siempre cumpliendo con sus obligaciones.
Se puede hacer un cine de investigación bajo la forma de espectáculo, o se puede no hacer cine y hacer directa y sencillamente espectáculo.
No me interesa tanto el contenido como las formas, y Godard, en el cine, me parece el más hábil científico de las formas. Capaz de establecer un pensamiento a partir de una imagen de gente leyendo un buen libro en un jardín; de un grupo de snobs comunistas divulgando sus ideas en pizarras; de una encantadora chica americana vendiendo el New York Herald Tribune en los Campos Elíseos; de los 20 minutos de diálogo que le da a Belmondo para convencer a una chica que haga el amor con él…
Porque la intención es filmar cualquier cosa que provoque un pensamiento y Godard lo consigue haciendo películas que se acercan a la vida. La cotidianidad habitual, todo está ahí.
Quizá sería uno muy atrevido si pretendiese hacer una película de una huelga en la que los obreros piden un aumento de sueldo y un aumento de sus posibilidades culturales. Nosotros, los directores de cine, no vivimos el problema, y los obreros, lo que podían haber hecho la película, no saben hacer cine.
Godard define la Nouvelle Vague como una nueva relación entre ficción y realidad. También como la nostalgia de un cine que ya no existe. Resulta, que en el momento en que finalmente podemos hacer cine, ya no podemos hacer el cine que nos dio ganas de hacer cine.
Ellos quisieron hacer clásicos y, ante la imposibilidad, surgió la Nouvelle Vague. Nosotros, a los que nos gustaría hacer Nouvelle Vague, a los que la Nouvelle Vague nos ha provocado las ganas de hacer cine, nos encontraríamos ahora haciendo otra cosa. Quizá una bonita película, una reflexión reformista, pero otra cosa.
Esta reflexión de Godard sobre las formas me parece clave en estos tiempos cinematográficos. Sobre todo, porque cambiar las formas puede llevar milenios, y me parece un verdadero coñazo soportar estas formas durante tanto tiempo. Y porque pienso que el cine en general (con algunas excepciones) vive ahora acorde a su generación: de forma violenta, ordinaria y antiestética.
Nada más lejos de un instrumento de pensamiento. Nada más lejos del cine.
Espero el final del cine con optimismo. (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 23 2011

Introducción al cine experimental

No hay cine sin experimentación. No hay cine sin creadores capaces de ir a contracorriente, sin miedo a llegar a los límites.
Somos muchos los que detestamos la cartelera actual, los que nos salimos de los caminos trillados convencionales, los seguidores de obras imprescindibles de la historia del cine que nunca se verán en una sala comercial.
Una película artística es la que se aparta del circuito comercial y popular por su estética y su contenido ideológico o político. En el cine comercial no se deja nada abierto, incompleto. Jamás hay lagunas ni atisbos de profundidad por descifrar. Es posible que Hollywood sea el maestro en la forma más visceral de cine, de sonido, montaje y argumento más imponente, pero el cine artístico domina otro recurso irrebatible: el de la imagen en sí misma.
En esta época de declive, sin nuevas corrientes ni tendencias de interés, yo estoy de acuerdo con Guy Debord: Es necesario destruir el cine. Deshacer y rehacer de nuevo creo que sería el renacimiento que el cine (entre otras muchas cosas) está pidiendo a gritos. Porque es en su forma más pura dónde el arte pega fuerte.
Experimentar con el rollo de película, descomponerlo, desdibujarlo. Hacer un cine sin forma, sin historia que narrar ni mensaje que comunicar.  Un cine dónde las palabras sean imágenes y los sonidos suenen de forma fortuita. Sin la cárcel que conlleva una estructura narrativa o cualquier código cinematográfico. Toda historia tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente en ese orden (Godard).
Porque el cine jamás debe verse, sino experimentarse, experimentarse libre de cualquier análisis para dejarnos absorber por razones inexplicables.
Candice Breitz decía, y yo estoy de acuerdo, que las imágenes tienen peso y valores diferentes. Que el significado cambia según el momento, en lugar de ser inherente a ellas. Así podemos pasarnos la vida viendo la misma película pero experimentando distintas impresiones cada vez.
Cómo el cine, yo ya estoy un poco necesitada de aire fresco, así que como me considero una persona altamente temeraria, amante de todo lo absurdo y estrambótico, me preparo para los próximos dias un bonito ciclo de cine experimental, desde Val del Omar y Carles Santos hasta Buñuel y Godard.
Y ahora les dejo con unas bonitas líneas de Pío Baroja:
No hay que respetar nada, no hay que respetar tradiciones que tanto pesan y entristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de los filósofos, de todos los mixtificadores que nos han entristecido la vida sometiéndola a una moral absurda. Tenemos que inmoralizarnos. El tiempo de la escuela ha pasado ya; ahora hay que vivir.
© Del Texto: Sonia Hisch


feb 20 2011

Un día en el cine: Quiero matar a alguien

Ayer estuvimos viendo la magnífica Enredados. Pero como ya se ha dijo todo lo que era necesario sobre la película en este blog, hablaré de la vergüenza que pasé en la sala de proyección.
Ciné Cité. Méndez Álvaro. Sala cinco. Sesión numerada. Seis y media de la tarde. Las taquillas hasta los topes. Y las dos (sí, dos) máquinas en las que se pueden recoger las entradas reservadas a través de internet, hasta los topes también. Me quedo esperando mi turno mientras mi mujer va a intentar comprar palomitas y refrescos. Yo tardo veinte minutos en llegar a las máquinas dichosas. Ella y los niños no logran comprar palomitas. Un solo mostrador (el resto sin servicio), cientos de personas. Convencemos a los críos que, aburridos, acceden a entrar en la sala sin palomitas, sin agua y cansados de esperar.
He dicho sala cuando debería haber dicho estercolero. Palomitas en los asientos, en el suelo. Vasos en los asientos, en el suelo. Cada pisada era un chof. No sabría decir si se pisaban restos de comida, de comida o restos humanos. Una madre (en la fila anterior) dice a sus hijos que no apoyen la cabeza en el asiento mientras se queja de lo asqueroso que está todo. Nos sentamos con cara de asco y nos preguntamos sobre el paro en España. En ese cine caben unos cuantos desempleados. Faltan personas en los mostradores, en el servicio de limpieza y algún acomodador (de los antes) que ponga orden. Porque lo peor está por llegar.
Comienza la película. Entran tres maleducados (sus niños ya están sentados con las mamás) cargados de palomitas y refrescos. Se pasean por su fila diez minutos. Sí, diez minutos repartiendo la compra. Y no crean que se agachaban o algo. No, no. Como si estuvieran en su casita. Tranquilos. Cuando se sientan, el tipo que hay detrás ¡¡hace una llamada desde su teléfono!! Increíble, pero cierto. Cinco minutos. Un niño con un catarro de mil demonios no para de toser durante toda la proyección (¿no estaría mejor en la camita?), si los niños hablan allí no hay un padre que les invite a estar en silencio. Un auténtico desastre. Y, todo esto, entre porquería y soportando un olor a ñu que jamás olvidaré.
Desde luego, no volveré a pisar ese cine. Pero, además, se me están quitando las ganas de ir a cualquier otro para soportar como comentan la película los de la butaca de al lado, para escuchar cómo suenan las patatas fritas al crujir, para soportar la mala educación de los bobos que no saben guardar las formas durante hora y media. Es vomitivo, de verdad. Luego dicen que ya no vamos al cine. ¿A quién le gusta acudir a lugar de irritación?
Aunque (estás son las buenas noticias) a pesar de estar rodeado de chusma, disfrutamos de una película encantadora, entrañable, divertida, inquietante, una película que aporta a uno de los personajes más malos de la historia de la animación, de una excelente banda sonora. No se pierdan la historia de Rapunzel. Es extraordinaria.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 17 2010

¿Cine o literatura?

El mundo está cambiando muy rápidamente. Y el mundo es todo. Es absurdo intentar dar la espalda a algo tan evidente; intentar que algunas áreas de lo que nos toca vivir queden como están; esgrimiendo la excusa de querer conservar la esencia de la cosa. ¿Nadie va a decir a los puristas de cada trocito de mundo que la esencia de las cosas (incluidos ellos) suma con la evolución natural? Yo comprendo que es difícil para alguien apalancado en una zona conocida, a veces dominada, que se ponga en marcha al ritmo que marcan las tendencias desconocidas. Y lo entiendo porque alguien que no domina pasa a ser uno más, a ser otro colono que tiene que buscarse la vida sin saber hacia dónde va. Pero el inmovilismo lleva hasta situaciones absurdas como, por ejemplo, que todo lo que va apareciendo es un desastre, no se entiende y es arrinconado por los que dicen saber y ejercen como salvadores de lo puro y verdadero. Afortunadamente, cosas que sufrieron esta especie de lapidación injusta se han terminado convirtiendo, con el paso del tiempo, en referente para casi todos. Muchas veces para los que lanzaban piedras. No querer desplazarse convierte en idiota al más pintado. Y en un ser peligroso. Los reyes indiscutibles son los clérigos (sea cual sea su religión) que suelen ir con un retraso de uno o dos siglos y suelen repartir leña a base de bien. Aunque no son los únicos. Ya sé que no estoy descubriendo nada nuevo, pero sirve para plantear un asunto que me parece muy importante.
Imaginemos que un muchacho de trece o catorce años se aburre en casa, o pasa más tiempo del deseado por sus padres frente a la consola. Ya sabemos lo que va a pasar. Tarde o temprano, le dirán que sería mejor que se pusiera a leer un buen libro. Vamos a seguir imaginando. El muchacho, que está en edad difícil, decide, por una vez, buscar un libro en la estantería de su padre. Los recomendados para su edad le parecen relatos para anormales. Casi al azar, agarra un ejemplar de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Se sienta y comienza la lectura. A los quince minutos, la humanidad ha perdido a un posible lector. No le interesa nada de lo que le cuentan; el lenguaje le parece anacrónico, difícil; es todo un esfuerzo pasar de línea. Alguien puede decir que ese libro no es para un chico de su edad. Yo digo que esa es la excusa estúpida que se utiliza para justificar que nuestros jóvenes lean (sólo) libros de niños magos. Si papá o mamá se ocupasen de guiar cualquier tipo de lecturas otro gallo cantaría. Ah, claro, es que papá y mamá no leen, o leen otras cosas o no tienen tiempo. Perdón, no me acordaba.
Puestos a imaginar, sigamos los pasos de nuestro jovencito por la casa. Decide ver una película. Busca y encuentra una copia de Apocalypse Now. Esta es de guerra, piensa. Y se anima con ella. Se la traga de principio a fin. Alguna parte le aburre algo más, pero termina viendo todo. Alguien puede decir pero bueno, si esta película es violenta y horrible. ¡Cómo mi niño va a ver algo así! Lo dicen  porque no se acuerdan de que su niño ha estado matando miles de enemigos en su consola y que si no lo ha hecho -porque en casa lo tiene prohibido- lo hará en casa de un amigo y sin ningún tipo de control. Oh, pero se produce un milagro. El chaval pregunta a su padre sobre la película. Comentan algunas cosas y nuestro jovencito se queda fascinado cuando su padre le dice que la película es una adaptación de la novela de Conrad. El muchacho vuelva a ver la película un par de veces sin terminar de entender lo que le cuentan y, voilà, un buen día lo intenta con El corazón de las tinieblas, por si caza algo más.
Creo que, más o menos, en este lugar es en el que estamos. Las generaciones nuevas saben ver las cosas muy bien. Igual que antes se contó de maravilla mientras otros escuchaban con atención o se leyó en soledad. Ahora, la puerta de entrada es la imagen. Entonces, la pregunta obligada es ¿por qué no intentamos que los muchachos lleguen al mundo de la ficción a través del cine para que luego traspasen la frontera hacia la literatura? ¿Qué peligro vemos en ello?
Un niño puede tardar en leer un libro entre dos o tres semanas. Eso si lo acaba. Un niño puede tardar en ver una película lo que dura esta. Hora y media. Dos horas. Lo que sea. El mundo se mueve a toda velocidad. ¿Se perderá por el camino la literatura? No. Rotundo. Quien se interesa por un aspecto concreto del arte termina interesado por el arte entero. Se trata de descubrirlo. Porque quien aprende a ver un mundo nuevo en una película quiere descubrir otro más donde tenga que buscar. Ese esfuerzo para buscar pasa a ser accesorio.
He de decir, por no ser tramposo, que todo esto es el resultado de observar los progresos de mis cuatro hijos con respecto al relato. Con el primero intenté que la literatura fuese la primera de las opciones. La cosa salió regular. El segundo es el que está leyendo a Conrad. Y los pequeños harán lo que quieran. Sólo les tengo prohibido leer algunos libros que parecen estar escritos para tontitos y las obras de teatro en las que el actor sale al escenario dando voces para que ellos hagan lo mismo al contestar pregutas idiotas. Tonterías las justas. Ah, y son chicos de lo más normales. Buenas notas, capacidad para debatir los asuntos de su interés, tienen amigos y se relacionan con normalidad. En fin, normales y corrientes.
Piensen sobre ello. Tal vez estemos más de acuerdo de lo que pueda parecer en principio. Ya me contarán.
© Del Texto: Nirek Sabal
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ago 1 2010

Cine en la playa o cerca de ella

En verano tendemos a perder el tiempo. De lo lindo. Una forma de fingir que se pierde sin que sea verdad (así no tendremos que dar explicaciones a los que lo pierden a conciencia y nos pueden tachar de raros) es ver películas con un reproductor portátil que podemos llevar incluso a la playa. En el apartamento por el que nos han cobrado una pasta corremos el riesgo de dormirnos y pasar a engrosar las filas de perdedores de tiempo incontrolados.
Hay muchas películas que ver. Pero yo voy a recomendar unas cuantas que no son especialmente conocidas o están algo olvidadas por si alguien quiere echarles un vistazo durante las vacaciones. Escribiré sobre ellas durante el verano aunque (como ya habrán podido observar) mi opinión no les será de gran ayuda.
Si quieren dejarse llevar por un plató y llegar a intuir como funciona esto del cine, no tienen más remedio que ver la película que Cesc Gay dirigió y tituló V.O.S. Pasarán un rato muy agradable. Muy divertida.
¿Les gusta Woody Allen? Pues busquen una copia de La comedia sexual de una noche de verano. Si ya les gustaba su humor se lo pasarán en grande. Si nunca terminó de convencerles su cine, esta vez, caerán rendidos a sus pies.
Recomendar algo de Billy Wilder es algo que puede hacer cualquiera. Da igual la película que sea. Siempre se acierta. Supongo que ya han visto un millón de veces Con faldas y a lo loco o El apartamento. No estoy tan seguro de que hayan tenido ocasión de disfrutar con una película deliciosa que incluye un tema musical inolvidable (Senza Fine de Gino Paoli). Se titula ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (lamentable traducción del original Avanti). Exquisita y divertida.
En verano nos podemos poner exquisitos como si fuera invierno. Parece que es obligatorio liarse a beber cervezas y comer bocatas olvidando lo que nos gusta. Si tienen tiempo y ganas agarren la copia de Solaris. La que firmó Andrei Tarkovsky. Inolvidable. Una buena alternativa podría ser Sacrifio del mismo autor. Si les pescan viendo esto puede que les tomen por loco. No pega nada con la arena de playa este tipo de cine.
Si quieren probar cosas nuevas y no conocen el cine de Michael Haneke pueden hacerlo con Caché. El concepto que maneja este director no deja indiferente a nadie. Se enamoran de él, le quieren asesinar por estafador o le hacen un monumento que cuando se inaugura es derribado por otros que echan espuma por la boca. Una tarde de calor que no quieran salir a sudar pueden aprovechar. No les confesaré en qué bando estoy hasta que pasen unas horas.
Y una última recomendación. ¿Recuerdan aquella película con estética de cómic en la que trabajaba Leonardo DiCaprio, Cameron Diaz y Daniel Day-Lewis? Sí, esa en la comienzan peleándose y terminan peleándose, esa en la que todo se resuelve a guantazos, esa que nos trataba de enseñar los orígenes de Nueva York. Gangs of New York. No es una mala opción. A mí me pareció fascinante. Ya les contaré el porqué.
Pues con estos títulos tienen suficiente para pasar los primeros días del mes de agosto. Prometo comentar cada una de ellas a lo largo de la semana. Mientras, disfruten de la arena, del mar y del cine. Sean buenos.

© Del Texto: Nirek Sabal