abr 15 2012

Luna de Avellaneda: Raíces perpetuas

Somos lo que somos de principio a fin. Podemos modificar nuestra zona más superficial, podemos fingir ser algo distinto a lo real, incluso podemos negarnos una y otra vez. Pero somos lo que somos de principio a fin. Si las raíces desaparecen nos secamos, estamos muertos.
De esto habla la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda. Una buena película que aborda el asunto central desde la depresión social, el fracaso matrimonial, una amistad infinita, el amor arrasador o el pragmatismo más radical. Una mezcla más que interesante (aunque necesita más tiempo de lo deseado por el espectador en el desarrollo de algunos aspectos siendo esto un pero de la película).
Ricardo Darín, en el papel protagonista, está a una muy buena altura artística. Aun sin ser su mejor trabajo no tiene el más mínimo problema para defender el papel con facilidad. Eduardo Blanco interpreta su papel sin esa carga de histrionismo que otras veces gasta y logra estar creíble y muy divertido. Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica y José Luis Lópe Vázquez, dan la talla necesaria para estar a un nivel sobresaliente. Dicho esto, sobra decir que la dirección actoral es impecable.
Se suma a todo esto que Campanella mueve la cámara con mucho respeto hacia el trabajo de su reparto. Eso o busca el encuadre fijo para que los actores se muevan y hagan crecer a sus personajes moviéndolos en el entorno propio de cada uno, dejando que se vayan descubriendo mientras toman una cerveza o se emocionan mirando un vertedero. Ayuda una iluminación muy trabajada que hace brillar lo justo en cada escena y a cada personaje. Especialmente, en exteriores.
El segundo pero de la película es el montaje. Siendo el metraje algo excesivo, el montaje salpica de elipsis la película que no parecen ser la mejor opción. Parece que están para aliviar de minutos el trabajo cuando deberían utilizarse para que esos espacios de tiempo se completasen desde la relevancia de la zona expresiva de la trama. Fundidos a negro que sacan al espectador de la comodidad de un ritmo narrativo que se tiene que recuperar después. Algo incómodo e inexplicable. Tal vez, hubiera sido mejor no querer contar tantas cosas. No es que este sea un problema mayor, pero está. En cualquier caso, la película es divertida y deja momentos muy emotivos. La escena que se desarrolla en una barca de remos (Blanco y Valeria Bertuccelli) es un buen ejemplo de ello.
Arranca la película con un gran despliegue musical y de iluminación. La puesta en escena es espléndida. Servirá como contraste de lo que nos quieren contar a continuación. Todo será más triste, más gris. El pasado pasa a ser un recuerdo de todo lo que fue mejor. Y el director nos hace transitar por un mundo decadente que, a pesar de los toques humorísticos e irónicos, no convierte en chiste de mal gusto o en cosa sin importancia. Es este uno de los grandes aciertos que llega pegado a un guión muy bien construido. Un cementerio de cemento es el escenario para que la amistad se haga protagonista, el amor lo envuelva todo, las bondades convivan con las maldades con naturalidad y, sobre todo, las raíces anclen a los personajes a un lugar en el que siempre estuvieron sin faltar un sólo minuto.
El cine argentino es buen cine. El cine de Campanella es excelente. No se pierdan esta película.
© Del texto: Nirek Sabal


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abr 10 2012

Madame Bovary

Si yo fuese una abuelita octogenaria y algún entrevistador entrometido me pidiese definir mi vida en breves líneas, yo le contestaría que me pasé la mitad de ella leyendo libros y la otra mitad viendo las películas basadas en esos libros, y que las dos mitades las disfruté sentimentalmente y sin freno. De testigos quedarían bibliotecarias y propietarios de viejos video-clubs, libreros de segunda mano y algún centro comercial en el que me fue fácil el robo de lujosos ejemplares.
Cómo una vez intenté adaptar Las afinidades electivas a cine y me resultó un fiasco, lógicamente, ahora intento ir con cuidado a la hora de prejuzgar las versiones que de literatura veo en cine, aunque me es imposible, y me ocurra una cosa muy curiosa, y, es que, suelo olvidar más fácilmente las películas que los libros. Quizá sea mi edad o mi memoria a largo plazo.
Madame Bovary por ejemplo, es un libro que leí hace unos 15 años y que recuerdo fielmente de principio a fin. Madame Bovary de Chabrol es una película que vi hace apenas un par de meses y que recuerdo vagamente, si no fuese por las referencias que ya tengo del libro. Aún así, accedí a ver la película tratándose de Chabrol y no de cualquier otro de cualquier otra nacionalidad.
Me gustó ver a la señora Bovary proyectada en cine en la misma pared dónde un rato antes colgaba el cuadro del Equipo 57. La misma señora Bovary que utilizó a un pobre doctor Bovary como escape a una vida que tenía claramente elegida de ascensiones y libertades.
Emma Bovary me pareció en la novela (quizá por mi corta edad entonces) una mujer de 1.856. Emma Bovary me ha parecido en la película (quizá por mis años ahora) una mujer de 1.856 como de 2.012. Analizando a Emma y analizando al sexo femenino que me rodea incluyéndome a mí misma, no puedo pensar otra cosa que la de que Madame Bovary, con todos sus adjetivos, somos todas las mujeres de todas las épocas y lugares. La firmeza y la tenacidad de sus deseos, la persuasión, el miedo y los obstáculos para lograrlos pueden depender en cada caso, pero las tácticas son las mismas, ensayadas desde hace siglos. El mundo está lleno de médicos rurales dispuestos a jugársela sabiendo que tienen el tiempo contado. Están en la oficina, en el supermercado, en el teatro, en los ayuntamientos. Hay un amante joven y resuelto decidido a invitarte en el autobús, en el apartamento de arriba y hasta en clase de tricota.
La desesperación rindió a una señora Bovary sin salida, quizá porque vivió en 1.856 cuando todavía se tenía acceso al cianuro. A mí, personalmente, me pareció maravillosa la muerte que le facilitó Flaubert a Emma, y que, siglos más tarde, Chabrol me regaló en la pared de mi salón, dónde nunca más se volvió a colgar aquél cartel tan tan colorista del Equipo 57.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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abr 7 2012

Vértigo (De entre los muertos): Fobias y necrofilias

Me encuentro en el ático del edificio Metropol de Sevilla. Hay un agradable restaurante y unas vistas preciosas de la ciudad. Pero ni las delicatessens en la terraza ni la perspectiva a vista de pájaro podrían superar el chute onírico y alucinógeno del escenario. Aquí el blanco resulta más turbador que nunca por la combinación de las claras estructuras que sostienen barandillas, pasadizos y cubiertas, con el mobiliario del restaurante y el cielo celeste medio despejado de algunas nubes que vienen y van, desplegando toda la gama de blancos, los 30 tipos de blanco que sólo podría distinguir un esquimal. Mientras, no dejo de pensar en Vértigo, en Alfred Hitchcock, en Salvador Dalí…  Me acuerdo de aquél  chiste tonto que Hitchcock contaba a Truffaut sobre las dos ovejas que se  están merendando los rollos de una película basada en un best  seller  y una oveja le dice a la otra : Yo prefiero el libro.
En el caso de Vértigo no he tenido el gusto de leer la novela de Boileau y Narcejac (De entre los muertos) que parece escrita especialmente para él, ni tampoco me atrevo a asegurar que mi opinión coincidiese con la de aquella oveja, aunque yo suela estar generalmente más de parte del libro que del film y según he leído, en el libro predomina más la sorpresa que el suspense, y hasta sus últimas páginas no nos percatamos de que Madeleine y Judy son la misma mujer. Sin embargo, en la película, Hitchcock nos hace cómplices de la doble identidad manteniendo el suspense en la siguiente interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madeleine?
Los esfuerzos de Stewart por recrear una mujer a partir de la imagen de una muerta, lo sexopsicológico de la situación fundamental de la película: cuando  lleva a Judy a una modista  que, en vez de vestirla como Madeleine, parece desnudarla poco a poco hasta descubrirla como Madeleine, le dan cierta atmósfera necrófila a la película de resultado perfecto.
Uno de los detalles curiosos en la escena dónde Judy sale del baño, vestida y peinada exactamente como Madeleine mientras Stewart la espera con ojos casi llorosos, es el uso de un reflejo de luz verde proveniente del anuncio de neón del Empire Hotel de Post street, residencia que eligió Hitchcock por asemejar ese reflejo de neón verde a los filtros de niebla utilizados en las primeras escenas en el cementerio, cuando Stewart seguía a Madeleine. Este juego de neones  verdes  y  parpadeantes  le permitió crear el mismo  efecto de misterio sobre Judy en el hotel. Cuando vuelve del baño recompuesta de Madeleine vuelve realmente de entre los muertos. Es entonces cuando Stewart comprende que han jugado con él.
Toda esta trama de fobias y necrofilias concluye con la escena final del campanario. Otra vez, como siempre, se desbarata la idea de crimen perfecto porque al asesino nunca se le ocurrió que un miedoso a las alturas fuese capaz de escalarlas hasta el final. Este, según Hitchcock, es el fallo del relato. Y este plano final, la imagen de Stewart mirando la caja de escaleras en espiral del campanario, el mayor acierto, según mi opinión. Este efecto de distorsión de escaleras basado en una borrachera de Hitchcock en el Albert Hall de Londres, fue una maqueta puesta en horizontal sobre el suelo y tomada en travelling-zoom que le supuso algo más de diecinueve mil dólares. No quedó mal.
Quizá Vértigo, la película que Hitchcock define como ni un éxito ni un fracaso, sino como la película que cubrió gastos, sea una de las poquísimas películas que, de merendarme el libro como la oveja del chiste, yo diría: Yo prefiero la película. Quién sabe.
© Del Texto: Sonia Hirchs


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abr 6 2012

El sabor de las cerezas: En los límites de la realidad

Las buenas películas, las buenas novelas, los buenos cuadros o las buenas esculturas, siempre esconden algo. Sólo en el momento en el que el observador se da por enterado de eso la obra toma una dimensión única. Lo inolvidable es, siempre, lo que requirió una interpretación. Obra y sujeto se funden por siempre jamás.
Si hay una película de esas que se conocen como lenta, si hay una película en la que debemos poner a funcionar los cinco sentidos, si hay una película que logra con casi nada construir un universo intenso, si la hay, se titula El sabor de las cerezas. Habrá muchas parecidas, incluso iguales, pero esta no podrá colocarse un escalón por debajo de las demás.
Un hombre ha decidido suicidarse. Lo único que necesita es alguien que compruebe su muerte para que le entierre a continuación. Busca a alguien que esté dispuesto a realizar el encargo. Irá encontrando individuos que le amenazarán pensando que la propuesta es otra, que se negarán por miedo, por aferrarse a lo escrito en los libros sagrados, o por tener otras obligaciones. Incluso alguno pondrá como excusa que eso no sabría hacerlo. Sólo uno le dice que le parece bien, pero que mejor sería que no lo hiciera.
Abbas Kiarostami mueve la cámara sin obligaciones excesivas para llevarnos junto al personaje principal por caminos de tierra (no abandona este punto de vista excepto en las secuencias finales que ya no tienen nada que ver con la acción), para descubrir la cartografía de un pueblo como otro cualquiera y en el que se repiten lo que podemos encontrar en cualquier lugar del mundo. Repasa con acierto la condición humana. Y recuerda que el mundo reposa sobre las cosas pequeñas.
Además, añade el director algo sensacional. Logra colocar al espectador en el límite entre la realidad y la ficción. Eso ocurre al final de la película. Muestra la grabación del equipo de rodaje mientras se realizan pruebas de sonido. Y descubrimos, entre el polvo del camino, algo inquietante que nos obliga a replantearnos todo lo que hemos ido viendo.
La película fue ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes el año 1.997. No es de extrañar porque, con unas limitaciones técnicas importantes (seguramente arrastradas por un presupuesto ajustado) la película logra, más que de sobra, un objetivo difícil y maravilloso.
No hay versión traducida al castellano, es decir, hay que verla en su idioma original. El persa. Por supuesto, esto es una delicia puesto que la película no pierde un gramo de intensidad y sentido.
Ni una nota musical. No es necesario Ya suena el polvo.
Magnífica película. De las buenas de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 5 2012

Chungking Express: Un mundo sin fisuras

Wong Kar Wai logra con la cámara que el tiempo corra a su gusto, que sus personajes se instalen en un bucle eterno o en el instante más efímero posible. Y no me refiero a que utilice el metraje para contar historias más o menos largas o secuencias ensanchadas por el paso de los segundos. Eso es otra cosa, eso es algo que se logra utilizando elipsis o cualquier otro recurso narrativo que puede manejar hasta el peor de los directores. Wong Kar Wai sabe que el tiempo depende de los estados de ánimo, de las cosas importantes que le ocurren a los individuos; que cuando el mundo se considera un todo, el tiempo se puede modificar para que brillen o se apaguen las vidas que se suman logrando que el universo funcione. Una historia de amor es un instante o la vida entera. Y así lo trata dependiendo de lo que quiere que veamos.

En Chungking Express los personajes aparecen próximos unos a otros sin que ellos lo sepan. Todos, desconocidos, forman ese cosmos al que son ajenos mientras no son protagonistas. Se van acercando unos a otros para iluminarse. Sólo hay que dejar que el tiempo corra. O que deje de correr. Un par de escenas enseñan a uno de los protagonistas (Tony Leung) moviendo lentamente el brazo (para beber en una ocasión y para introducir una moneda en la ranura de una máquina en la otra) mientras a su alrededor todo fluye a velocidad de vértigo. El personaje se ha quedado anclado a un tiempo que le impide avanzar y formar parte del mundo. Este es un ejemplo de lo que digo. Los individuos forman parte del todo si escapan a sus propios recuerdos, a un pasado que les atenaza. De otro modo, el tiempo les deja fuera. Además, todos somos los mismos. El policía con placa número 223 es el policía con placa número 233. Es lo mismo. Ocupan un lugar en el cosmos, el mismo sitio aunque con vidas distintas, pero que suman del mismo modo. El todo otra vez.

Ese policía 223 se siente solo hasta que una mujer le desea feliz cumpleaños. Necesita atención por haber perdido un amor y la recibe de una mujer que sólo puede atenderse a sí misma, dedicada a los negocios turbios y nunca a las cosas del amor. El contrapunto a lo deseado aunque es lo que compensa la balanza. Otro policía, el 233, en el mismo escenario atiende a su pareja de la que está enamorado completamente. Ella le deja. Es azafata. Vuela, viaja. El hombre conoce a una muchacha que desea viajar y que él se enamore de ella. Otro contrapunto. La película se llena de ellos. Porque la vida para este director es eso. Lo bueno o lo malo. Lo claro o lo oscuro. Sí o no. Todos somos una de esas partes y un roce te convierte en lo contrario. Así de sencillo.

La película se llena de planos fragmentados cuando todo se precipita o se detiene en la poética de una lata de conservas, en su fecha de caducidad. Todo tiene una fecha de término. Y, por otra parte, el director inunda la película de planos similares entre ellos para que comprobemos que cambiando de personaje todo sigue igual. El mundo no cambia. El todo no puede modificarse. El vestuario se puede compartir, los escenarios se pueden compartir (otro de los personajes de Wong Kar Wai es Hong Kong, la ciudad misma), incluso las pelucas se pueden compartir para que la vida parezca otra cosa. Los personajes desfilan por la pantalla y si dejan de hacerlo todo puede continuar. Al fin y al cabo, todo buscan formar parte de un universo vivo y único.

La magia de esta película reside es eso, en construir un mundo sin fisuras; en reparar, de inmediato, las que aparecen. No hay posibles modificaciones estructurales. Lo que puede cambiar es el número de sumandos y su posición. Nada más.

Es verdad que los actores no parecen gran cosa (alguno peca de histrionismo buscando una expresión corporal que exige el director como base de la carga expresiva). Eso es verdad, pero en el conjunto no hacen desmejorar la propuesta del director. Esos mismos actores crecen de forma notable en las películas posteriores de Kar Wai. Esta vez todo se sostiene sobre la maravillosa poética que se maneja con precisión, que acerca la cultura oriental al occidente (desde Hong Kong, desde una ciudad plural, que permite un cine casi occidental sin dejar su esencia por el camino).

Memoria, amores perdidos o imposibles, incapacidad de avanzar en un tiempo opresivo, futuro, historias de amor verdadero, el fluir de la vida. Todo frente a todo. Cine y poética. Una maravilla. Y una música tan exquisitamente elegida que dan ganas de escucharla por siempre jamás. Un ejemplo es este tema de Dinah Washington que les dejo para que escuchen.


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abr 3 2012

La guerra de los Rose: El formidable futuro de las cosas pequeñas

“Si un hombre que gana 450 dólares la hora quiere contarle una historia gratis, debe usted escucharla”. Así es como Danny deVito, en su papel de abogado y amigo de Oliver y Barbara Rose detiene el reloj que mide sus honorarios ante su último cliente para contarle la historia de estos infelices cuyo divorcio nunca pudo llevarse a cabo porque acabaron matándose al caer descolgados de una inmensa araña de cristal en su fastuosa residencia.

Michael Douglas y Kathleen Turner convertidos en Oliver y Barbara Rose. Una pareja como otra cualquiera compuesta por un prometedor abogado y una gimnasta que al empezar su relación durante una subasta de arte en una tarde de lluvia en la isla de Nantucket, ignora por completo que no tiene ninguna posibilidad de llevar a buen puerto un proyecto de vida en común. Todo un futuro por delante truncado de antemano.
En la historia que Danny deVito le cuenta a su cliente en su magnífico despacho pintado de verde botella durante una noche de tormenta en la que el viento agita un almendro blanco frente a la ventana no hay reproches ni te lo dijes, no hay grandes argumentaciones ni melodramas. Por el contrario, hay que estar muy atento para percibir, en pasajes que representan simples cuestiones cotidianas, pequeños indicios de lo que se avecina. Un leve temblor de la barbilla, una cesión sin aparente molestia, una mirada penetrante, un silencio oportuno.


La guerra de los Rose llama mi atención porque pone de manifiesto que no hace falta un adulterio, ni malos tratos, ni diferencias irreconciliables, ni infelicidad, ni siquiera desamor, para recorrer el camino que va desde la primera noche de amor hasta no poder soportar el ruido que hace el contrario sobre el plato al cortar el filete con el cuchillo y el tenedor. Una simple historia de la vida normal de una pareja que aunque aparentemente feliz, está salpicada de minúsculas diferencias, detalles insignificantes, diminutos desencuentros que parecen no tener importancia pero que un día cualquiera desembocan en una afirmación sencilla pero inequívoca, tajante, y desde luego inesperada: Esta tarde, cuando supe que te habían llevado al hospital por un posible infarto, tuve una sensación muy fuerte de que habías muerto. Y de pronto supe cómo me sentiría si estuviera sola en esta casa, si no estuvieras a mi lado. Y tuve tanto miedo que quedé paralizada, bloqueada, no podía respirar. Tuve miedo porque me sentí feliz.
Lo de menos, después de esta declaración de guerra, son las carreras por la casa, las cien porcelanas rotas, el secuestro en la sauna, orinar sobre un pescado al horno frente a los invitados o matarse en caída libre desde una lámpara de techo, algo que por otra parte no está nada mal como punto final a un matrimonio. Lo deslumbrante es percibir que lo diminuto, lo inapreciable, lo imperceptible, separa. En ocasiones, hasta decir: quiero una vida sin ti.

© Del Texto: pyyk


abr 2 2012

Mulholland Drive: Sueñen, por favor

Desde que el hombre es hombre, desde que ha tenido que explicarse las cosas, los temas que se manejan en los relatos han sido los mismos. Se les han dado un millón de vueltas, tal vez más, pero son siempre los mismos. Esto significa que todo está contado. Leemos La Odisea y allí está todo. ¿Qué es lo que nos sigue llamando la atención? El punto de vista por un lado. Por otro, el poder conocer la psicología de un personaje. Si el punto de vista es el del personaje del que podemos conocer la consciencia, el interés crece. Porque lo demás, sea como sea que nos lo enseñen, ya lo sabemos.
Pues bien, David Lynch es uno de los autores que mejor manejan esos dos ingredientes al hacer sus películas. Desde luego, sus trabajos son difíciles de entender y no gustan a todo el mundo; entre otras cosas porque son muchos los no se enteran de nada. Más que nada porque las exigencias en las salas de cine funcionan mal. Todo lo que tiene que ver con el sueño del personaje, con la zona psicológica, hace que la comprensión sea un reto. Salvo que todo sea evidente (y esto es lo que se conoce por chapuza narrativa, guste o no guste a los que las realizan pensando que el espectador o el lector es imbécil) la mente del personaje es un puzzle muy difícil de componer encajando las piezas en su sitio y no en uno parecido al bueno.
Mulholland Drive habla del desamor y de sus consecuencias. Es una excelente película dirigida por Lynch. Es una excelente película interpretada por Naomi Watts, Laura Elena Harring y Justin Theroux entre otros. Es una excelente película que habla de un asunto más que tratado en otras obras utilizando una historia sencilla aunque relatada (casi en su totalidad) desde la zona onírica de uno de los personajes, desde las obsesiones ocultas. Y no es que Lynch se limite a dar una vuelta de tuerca a la trama, no, da muchas más y con gran acierto.
Antes de continuar, un aviso para todos aquellos que no conozcan esta película y tengan intención de verla: a partir de aquí se pueden desvelar zonas muy importantes de la trama y se intenta dar una explicación al relato. Dejen de leer si no quieren saber cosas que deberían averiguar ustedes frente a la pantalla.
En Mulholland Drive se cuenta la historia de una joven actriz (sin suerte, sin grandes dotes artísticas, sin casi nada que le pueda hacer triunfar) que acaba de dejar a su pareja (otra mujer) por estar locamente enamorada de una actriz con mucha más suerte, más dotes y un novio director de cine que la puede hacer triunfar. Para nuestra joven actriz esa nueva relación es seria, importante. Para la otra parte es un juego, una frivolidad más. Esta anuncia su próximo matrimonio con el director de cine. Y nuestra joven fracasada decide enviar a un asesino a sueldo para que la liquide. Así es y el arrepentimiento es tan fuerte que la muchacha se salta la tapa de los sesos cuando no puede resistir más. Ni más ni menos. El resto son detalles en los que se apoya un argumento que no tiene más. Pero todo esto lo sabemos al final de la película. Cuando un personaje vestido de vaquero le pide a nuestra chica que se despierte. Todo lo anterior es un sueño, forma parte de la zona onírica del personaje. Un sueño en que están todos los personajes que aparecen, finalmente, y forman parte de la realidad de la chica. Lógicamente, tres cuartos de la película lo configuran los deseos de la muchacha, una vida que debería ser de un modo idílico aunque no es así. Y es cuando despierta cuando todo toma sentido. cada escena, cada palabra, explotan dentro del espectador que comienza a colocar las piezas donde corresponde.
Desde el principio, Lynch avisa de lo que está sucediendo. Escenas en las que aparecen cosas que no encajan (la primera muestra un concurso de baile y a la protagonista que parece haber ganado algo, pero con un vestuario que no corresponde, junto a unos ancianos que aparecen un poco más adelante en actitud, al menos, extraña). Hay situaciones que son hilarantes y a la vez increíbles. Por ejemplo, la escena en la que el sicario comete tres crímenes seguidos metiendo la pata hasta el fondo (este es el deseo de nuestra protagonista; el asesino es el que ella ha enviado a matar a su amor y quisiera que todo fuera mal por puro arrepentimiento). Los mafiosos que llegan a la productora de cine y representan los intereses oscuros, resultan patéticos y hacen que comience una situación desastrosa del director de cine que se casará con el amor de la chica. Un casting en el que nuestra protagonista deja boquiabiertos a todos (claro reflejo de lo que ella quiere que ocurra alguna vez). En fin, un sueño que nunca se hará realidad porque la realidad es la que es. Sólo en el último tramo de la película, comenzamos a entender todo esto. El espectador, también, ha estado soñando con esa realidad ficticia dentro de la cabeza de la protagonista.
Todo es sencillo y, al mismo tiempo, tremendamente difícil de encajar. Podríamos seguir con más ejemplos, pero creo que ya sería excesivo.
Mulholland Drive es, sencillamente, magnífica. Porque el guión es inteligente. Pero, además, las actrices principales defienden sus papeles con gran credibilidad (especialmente Naomi Watts); el montaje es de una astucia poco común; los encuadres son los adecuados y la mano de Lynch se nota presente cada segundo (esto es como tener un cheque en blanco en la mano). De paso, para que todo sea perfecto, la banda sonora resulta de lo más agradable puesto que acompaña la acción sin estridencias, cumpliendo el papel que una banda sonora debe tener en buena parte de las películas: matizar la imagen.
No se la pierdan. Y dejen que la historia les arrastre. Sueñen.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 1 2012

Billy Elliot: Bailando bajo las porras

Billy Elliot, película dirigida por Stephen Daldry, narra cómo un muchacho se encuentra consigo mismo a pesar de que el mundo existe. Para cualquier persona ese mundo lleno de policías golpeando a mineros, lleno de casas más que humildes, de hombretones que ven la sensibilidad como una señal de debilidad, sin una madre necesaria, con una abuela con la cabeza más perdida que otra cosa, un padre muy primitivo que carga con más peso del que se puede soportar y un hermano violento; un mundo en el que el mejor de los amigos es un gay; sería un obstáculo insalvable, un potro de tortura. Para cualquier persona. Pero los artistas existen y son capaces de convertir un entorno hostil en su escenario particular; son capaces de expresar su forma de ver el cosmos modificando la realidad, haciendo el mundo muy pequeño para entenderlo y lanzar eso que experimentan a la realidad con el fin de que esta se modifique haciéndose mucho mayor.
Billy Elliot es una película emocionante, muy bien contada. El guión es potente y está muy bien armado. Presenta un mundo lleno de fracaso como trampolín a un éxito reservado para unos pocos. Los diálogos son concisos; no suman una palabra de más. Y, aunque el vehículo narrativo es el baile, es la ausencia el tema central. La ausencia de oportunidades, de libertades, de la madre, de ternura, de salidas para tener un futuro. De todo, la ausencia de todo. La ausencia es lo que ordena un mundo catastrófico. Aunque, poco a poco, a medida que los personajes van evolucionando (siempre lo hacen si son capaces de mirar a través de Billy) la situación se va aclarando, quedando muy claro que las oportunidades son pocas, para muy pocos y que los que se quedan atrás sufrirán la ausencia de los ganadores.
Billy Elliot es una película tierna, inteligente; una película en la que el uso del tiempo histórico (dentro de la narración, lógicamente) se salpica de pequeñas elipsis (una de ellas es más amplia y el director la utiliza para dar una continuidad necesaria saltando por los tiempos muertos) para que la tensión narrativa no se vea alterada. Comienza con esa tensión en niveles altos y termina en esos mismos niveles. Y eso es muy difícil de conseguir. Sólo los que saben lo pueden hacer. Stephen Daldry es uno de ellos. Billy (Jamie Bell; estupendo y muy bien dirigido) descubre que quiere ser bailarín. Todo se pone en su contra porque su mundo está lleno de mineros que no entienden nada que no sea cosa de hombres. Su padre (Gary Lewis; muy bien en la expresión corporal y muy creíble en un papel que invitaba a cierto descontrol interpretativo) no entiende nada; el hermano de Billy (Jamie Draven, notable en su papel) no quiere entender nada porque no le interesa lo que no sea la huelga en la que está metido; nadie comprende al muchacho. Sólo la señora Wilkinson (Julie Walters; defiende el papel con gran facilidad) es capaz de ver lo que tiene delante y apuesta por ello. Tienen que pasar cosas (que aquí no se desvelarán) para que eso cambie.
La cámara parece no estar. Incluso en las secuencias en las que la acción se acelera con carreras y persecuciones. Daldry la mueve con cuidado, buscando encuadres acertados que van sumándose para que la trama se desarrolle con fuerza. Todo en la película parece colocado en el lugar exacto gracias a una técnica depurada y muy bien elegida. Es notable el vestuario. Y la puesta en escena, aunque sobria, es magnífica.
La banda sonora de la película es espectacular. T – Rex, The Jam o The Clash se llevan buena parte del mérito y de los minutos. Las letras de las canciones parecer escritas para la película sin ser así.
Aunque no se utiliza la lágrima fácil para embaucar al espectador, Billy Elliot es una película que pone el corazón en un puño a cualquiera que tenga una mínima dosis de sensibilidad. En realidad, lo que cuenta es eso con lo que todos hemos soñado: poder ver realizado nuestro sueño más deseado.
Es una película que puede verse en familia. Es una película que resalta lo bello frente a la zona menos amable de la realidad. Es una película que deja claro que la inocencia es eso que nadie debería perder jamás. Es una película estupenda. No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 30 2012

La noche de los girasoles: Una buena película española

Dicen que el cine español suele ser una castaña. Y lo que creo yo que debería decirse es que el cine español que es una castaña es, eso, una castaña pilonga. Porque no todo el cine producido en España es malo ni es mediocre. Es verdad que se subvencionan proyectos más que discutibles que acomodan a los autores mediocres en un territorio penoso, pero, del mismo modo, algunas películas son estupendas, trabajos que no tienen nada que envidiar a lo que se hace en Francia, Estados Unidos o Argentina.
La noche de los girasoles es una de esas películas que manejando un presupuesto modesto termina siendo una excelente muestra de lo que debe ser el cine. Y es un producto español. Dirigida por Jorge Sánchez-Cabezudo (nominado en los Goya del año 2006 como director novel y como guionista), la película logra narrar una historia inquietante, con una tensión narrativa notable, muy bien estructurada desde el punto de vista narrativo. Es verdad que los personajes no quedan bien perfilados en todos los casos porque hay demasiados que van tomando relevancia según avanza la acción, pero podemos perdonar este problema ya que queda, más o menos, camuflado por los aciertos. Por ejemplo, la dirección de actores es estupenda para tratarse de un primer trabajo de gran metraje.
Carmelo Gómez defiende el papel con facilidad. El suyo es un personaje sencillo y requiere una interpretación que se hace fácil para alguien de su experiencia. Celso Bugallo igual. Este es el que sobresale sobre el resto. Manuel Morón, soso como siempre, interpreta un papel que parece pensado a la medida y, claro, está estupendo. Vicente Romero muy bien. Incluso Mariano Almeda (le enseñan poco, todo hay que decirlo) parece que tiene tablas. No puedo decir lo mismo de Judith Diakhate. Sosa y falta de expresividad absoluta. He dejado para el final a una pareja que protagoniza una historia dentro de la película que resulta hilarante, amarga al mismo tiempo y muestra la España profunda: Walter Vidarte y Cesáreo Estébanez. Soberbios los dos.
La noche de los girasoles es un thriller emocionante e inquietante. Gracias a un montaje de la película en la que se juega con el tiempo histórico (recuerda a la técnica utilizada con tanta precisión por Tarantino) que trae y lleva la acción de un sitio a otro utilizando repeticiones de parte de la trama, la película invita al espectador a integrarse en el proceso narrativo. La única pega que se le puede poner es que es algo previsible en alguna de sus partes y una pizca tramposa puesto que trata de escatimar alguna información para que la intriga sea de más potencia.
En cualquier caso, esta es una película notable, de un director que tiene cosas que decir, sin duda. Y es española. Ya va siendo hora que dejemos el victimismo provinciano para valorar nuestras cosas. Lo que es bueno lo es. Lo malo lo es. Da igual del lugar del que proceda.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 30 2012

El jardín colgalte: De cómo regresar para visitar a tus fantasmas

¿Cómo vive un adolescente gay el descubrimiento de su propia sexualidad? ¿Cómo vive una familia ese descubrimiento? ¿Puede mantenerse el mundo en el mismo lugar cuando algo así ocurre? Estas preguntas se plantean en la película del director Thom Fitzgerald, con respuestas que llegan desde un realismo muy sucio y un surrealismo delirante a veces, desconcertante otras.
La propuesta de Fitzgerald es atrevida. Apuesta todo lo que tiene a mano para explorar un asunto que genera grandes angustias a casi todo el mundo aunque la cosa se disfrace de normalidad. Y, tras la apuesta, las ganancias son suculentas. El trabajo tiene mucho de bueno y poco de figuras estereotipadas, de puntos de vistas conocidos o de técnicas narrativas ya usadas.
La película va de lo cómico a lo trágico sin ningún tipo de compromiso moral con los personajes o el espectador. Nada de moralina, nada de clases sobre lo que es el mundo. La película va del presente al pasado sin concesiones a la galería, sin explicaciones. El que quiera o pueda entender lo que ocurre, que lo haga. La película va de lo bello a lo que puede repugnar sin plantear nexos entre ambas cosas porque no los hay. El mundo está formado por micromundos, los sujetos lo viven con lo que pueden, como pueden, como les permiten las circunstancias.

Fitzgerald salpica de situaciones e imágenes surrealistas su película; nos lleva de un momento a otro en el tiempo, nos muestra orígenes y puntos de llegada.
Aún sin ser un gran alarde técnico, el trabajo pasa con nota alta la valoración del montaje, iluminación, dirección actoral, peluquería o vestuario. El guión es notable (a veces se le va la mano al que escribió -no es otro que el propio Fitzgerald- con situaciones extrañas que sacan al espectador de la película de forma violenta y eso es algo que hace perder algo de ritmo narrativo) y profundiza bien en los aspectos más importantes del asunto que trata: el descubrimiento de la sexualidad por parte de un sujeto que es gay.
Los actores que interpretan los papeles protagonistas están muy bien. Destacan Chris Leavins y Troy Veinotte (ambos en el papel de Dulce William, adulto y adolescente respectivemente). Kerry Fox está divertida y muy creíble en el papel de Rosemary; un papel peligroso puesto que tiende a la exageración.
Una realidad distorsionada en la que deambulan fantasmas sin que nadie parezca sorprenderse (todos los miembros de la familia ven las mismas cosas que son invisibles para los demás), una familia desestructurada que sobrevive a todo mientras niega la realidad y que se viene abajo cuando esa misma realidad se pone terca para hacerse presente, un mundo extravagante que termina siendo opresivo e inaguantable.
La película está muy bien. Se adentra bien en los problemas que plantea. Se deja ver y es una opción estupenda para pasar la tarde frente a la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


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