abr 10 2014

Días de pesca en Patagonia: Vientos del sur

La última película de Carlos Sorín tiene dos elementos, dos ingredientes, que remiten a la película uruguaya de Álvaro Brechner, Mal día para pescar. Son dos deportes: el boxeo y la pesca. Pero esto es tan solo una asociación libre por los elementos, aunque también por la cercanía geográfica de los países de origen de ambas películas y por el parecido de los títulos. Porque Días de pesca en Patagonia se diferencia de cualquier otra película de otro director en el hecho de que es muy Sorín. Hay un sello Sorín y se agradece.
El sello Sorín es (primero lo evidente) el escenario de la Patagonia, las carreteras, las estaciones de servicio, las casas de pueblo, el clima del sur de la Argentina. El sello Sorín es el oficio del comerciante que necesita de la labia, del chamullo. Y es un objeto, un paquete, un algo que se carga en las manos y se lleva encima porque es la razón de existencia de un propósito o la consecuencia de este (da un poco igual…). Es, por ejemplo, una tarta de cumpleaños, un perro de verdad, o un perro de peluche a pilas que baila y canta rock and roll.
En Días de pesca en Patagonia, el comerciante en cuestión, alcohólico recuperado, va de vacaciones a Puerto Deseado para realizar allí un hobby (por recomendación de su médico) que será la pesca de tiburones, pero también a visitar a su hija, que acaba de ser madre. En el camino, conoce a un entrenador de boxeo que agrega este ingrediente que me remite a la mencionada película uruguaya. Una vez en el sitio de destino, la existencia del bebé y el ánimo de conquistar a su propia familia, que se siente perturbada con la visita de él, es lo que habilita la aparición del objeto que se carga, del paquete: compra un perro de peluche que baila un rock and roll al oprimirle un botón, lo hace empaquetar en una caja cuadrada con un infantil papel que la recubre y lo carga consigo para poder entregarlo. Es como el pastel de cumpleaños en Historias mínimas: el regalo frustrado pero el que conduce las acciones del pobre hombre, que en los dos casos da algo de pena. El objetivo frustrado es la forma del dilema en la película: la pesca también se frustra. Si no se frustra el boxeo, es solo porque es ajeno.
Carlos Sorín nos muestra las pequeñas miserias. Lo patético de lo sencilla y naturalmente humano. Y nunca lo muestra con burla, siempre con naturalidad. No un patetismo vergonzoso sino comprendido. Somos naturalmente eso. Sinceramente eso. Sorín desnuda algo de la condición humana con tanto arte que ni llega a dar pudor; al contrario, probablemente dé ternura.
© Del Texto: Flor Bea


abr 6 2014

La gran belleza: la gran película

No encuentro otra manera de comenzar esta crítica más que comparando La gran belleza, última película de Paolo Sorrentino, con La dolce vita, de Federico Fellini. O decir que La gran belleza es La dolce vita del siglo XXI. Comenzando por comparar los títulos de ambos films: un artículo femenino, un modificador directo de un sustantivo, y el sustantivo: belleza y vida, respectivamente (Fellini fue bastante más pretencioso, y ya se ve en ese sustantivo; Sorrentino es bastante más sensible y reflexivo). Ambas, coproducciones ítalo-francesas y películas de más de dos horas de duración. Ambas, con una despampanante figura femenina que en realidad no hace mucho a la trama, pero que modifica la película en la compañía que le hace al antihéroe: Sabrina Ferilli para la película de Sorrentino, y la ya sabida Anita Ekberg en la de Fellini. Es evidente, y además sabido, que La gran belleza homenajea a la mencionada película de Fellini. Pero una diferencia: Fellini no ganó el Oscar a mejor película de habla no inglesa con La dolce vita (lo ganó con algunas otras) mientras que Sorrentino sí que se lo llevó recientemente.
Sin quitarle mérito a Fellini, que lo tiene por otras cosas, la verdad es que La gran belleza es una película mucho más llevadera, su personaje protagonista es mucho más interesante; es una película más reflexiva y por supuesto, mucho más poética; y en mi opinión, carece del efecto de aburrimiento que desprende la La dolce vita. Sin embargo, es también una película sobre el hastío; la diferencia es que no es traspasado al espectador sino que se queda en los personajes para que podamos sentir y reflexionar con ellos, pero sin aburrirnos.
Sí, ese es el tema de ambos films: la desazón, el desabrimiento, el hastío, la pesadumbre, la insipidez… ¿de qué? De la vida burguesa. De la vida. De la belleza. ¿Qué hacer? ¿Cómo pasar las horas? ¿Para qué? ¿Con quién? No nos queda más remedio que hacernos un poco de compañía y mirarnos a la cara, dice Jep Gambardella, personaje interpretado por Toni Servillo (¡excelente interpretación!). Se trata de un escritor que ya no escribe, un escritor que llegó a Roma con veintipico de años y decidió ser el rey de la mundanidad. Y ahora, sumergido de lleno en esa mundanidad, ya no decide, solamente padece, la padece.
El comienzo de la película deslumbra: Raffaella Carrá remixada, en una fiesta a toda cocaína, luces, humo y hasta una strepteaser a la que nadie mira, en oposición a una música coral y magníficas escenas poéticas de Roma; escenas que son realmente un poema visual. Es el ruido de la fiesta que intenta tapar lo que de día no puede disimularse: la nada que los inunda (Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, dice la voz en off del protagonista). Fiesta que se repite noche tras noche para demostrar que igualmente siempre se vuelve a esa nada. Jep Gambardella lo dice en una escena agridulce, como casi todas, a la mujer que trabaja en su casa en las tareas domésticas: que Flaubert quiso escribir sobre la nada y no pudo, cómo poder entonces él (Tú no eres nada, le dice la voz de una niña desconocida, que se oculta). La película es de un tono entre cínico y ácido cuando no es melancólica y poética; maneja un sentido del humor perfecto en una medida justa.
Jep Gambardella se propone volver a escribir, pero sobre todo se propone no darse el lujo de perder el tiempo haciendo cosas que no desea a sus 65 años. ¿Pero qué es lo que desea? No por nada la película abre con una cita del texto Viaje al fin de la noche de Céline. Porque nos adelanta el viaje imaginario. El viaje interior para una búsqueda de sentido. Los únicos trenes que vemos en la película son los trenecitos que forman bailando en las fiestas que organiza este escritor en la terraza de su ático, frente al Coliseo. Justamente, esos son los trenes que no conducen a ninguna parte.
Jep Gambardella lo tiene claro, y tal vez por eso tanta melancolía: la belleza viene en destellos, el resto es decadencia, miseria y desgracia. Y ahí habitan estos personajes, miembros de la alta sociedad, con tanto tiempo perdido (y aquí Proust, otro escritor nombrado en la película, que obsesiona a uno de los personajes -el que no casualmente acaba suicidándose- en lo que respecta a este tema del tiempo y la muerte) aunque tanto tiempo todavía por perder: cada día, cada noche. Bla, bla, bla (…) En el fondo, es solo un truco: así termina, y me permito decirlo porque no estoy diciendo nada más que más blablabla; solo un truco para la magia de esta maravillosa película, visualmente impecable, reflexiva, profunda, honesta, frontal, pero poética y metafórica, feroz y real, pero onírica y por supuesto, apaciblemente bella.
© Del Texto: Flor Bea


mar 23 2014

Nebraska: Transcurrir en el camino

La vejez tiene algo de la infancia. Supongo que en parte es por esa cierta ingenuidad. Creo que otro tanto es porque una de las realidades protagonistas de ambas etapas es algo así como el accidente de la carencia. No es que en toda la vida que está entremedio, entre la infancia y la adultez, no padezcamos la carencia (no carezcamos; ¡vaya si así fuera!), sino que se escabulle entre otras circunstancias e incluso, en ocasiones, destructivamente, la generamos. En cambio, en la infancia y en la vejez esa carencia cobra un papel mucho más protagónico. Eso nos pone en víctimas y artefactos de un paso del tiempo o de una falta del paso de él. Permanentemente, en esas etapas de los extremos del camino de la vida se carece de la posibilidad de, y hay que esperar (en la infancia) o hay que asumir que ya pasó el tren. Creo que en el resto de la vida pasa casi idéntico, pero es un problema mucho menos evidente porque en realidad podemos atribuir la carencia a infinidad de cosas. En la infancia o en la vejez las causas se ponen ante nosotros de maneras tan evidentes como desde lo físico, y entonces ya nadie pone en duda esto a lo que me refiero con la noción de accidente.
El anciano que interpreta Bruce Dern en la última película de Alexander PayneNebraska– quiere dos cosas pero no tiene dinero para conseguirlas: un compresor eléctrico y un camión. Infantilmente las quiere. Caprichosamente. Pero sinceramente las quiere. Como acaba de recibir una carta que le comunica algo así como que ganó un millón de dólares, se propone llegar hasta Nebraska donde debe recoger su premio que le permitirá entonces comprarse lo que desea. Así de sencillo, sencillamente. Pero la carta no es más que una tontería engañosa que cuela perfectamente en la ingenuidad de la vejez, como colaría en la infancia, y entonces su esposa y sus hijos intentan hacerle entrar en razones, aunque sin éxito. Es tierno verlo a Woody empecinado en llegar a Nebraska para poder cobrar su premio. Y algo de esta ternura parece penetar en la sensibilidad de su hijo menor, quien finalmente accede a aventurarse con su padre en las carreteras de esta norteamérica profunda que ya nos había mostrado Payne en About Schmidt.
On the road, Woody y su hijo David atraviesan los pueblos de hamburgueserías con la tensión que supone una aventura hecha por parte de uno con total convicción pero también demencia y senilidad, y por el otro, con reticencias y una carga de mucha responsabilidad. Como Woody sufre un pequeño accidente, deben detenerse en un hospital a descansar y entonces deciden interrumpir el viaje para parar en casa de tía Marta, que está de camino. Aquí llegamos al pueblo de la infancia de Woody y se nos abren las puertas para conocer a toda la familia frente al televisor viendo los deportes, y a toda una serie de personajes que habitaron el pasado de este hombre que no parece haber contado a sus hijos exactamente quién fue.
¿Qué otra cosa se puede hacer a esa edad, en el final de la vida, si no es creer en algo para que ocurra alguna cosa y transcurra el camino? Ir a buscar ese premio inexistente es una aventura, y por ello su hijo decide seguirle el juego: porque alguien tiene que jugar con él como alguien tiene que jugar al menos cinco minutos con un niño si queremos evitar que se aburra y demande más y más atenciones. Alguien tiene que abrir el juego. Pero al llegar al pueblo de la infancia, esto que para la familia de Woody es evidentemente un juego (aunque no por ello lo apoyen o lo avalen todos los miembros), para los habitantes del pueblo, tan viejos como el mismísimo Woody, es real. Tan real como los Estados Unidos y su comida chatarra y la cerveza y el bar de toda la vida. Entonces, cada uno dirá lo que tenga de decir en relación a un millón de dolares latentes e inminentes. Habrá quien se quiera cobrar supuestas deudas pendientes. Y Woody… Woody avanza como un niño al que otros chicos mayores, abusándose de la diferencia de edad, le hacen algunas malas jugadas.
Es imposible no recordar Walking Ned Devine al ver este abanico de viejos ambiciosos rondando como moscardones a un viejo supuestamente millonario en medio de un pueblo en blanco y negro (el pueblo irlandés de la película de Kirk Jones no está filmado en blanco y negro pero funciona entonces la frase como metáfora, mientras que para Nebraska es, además, una referencia literal). Así se sucede una serie de inconvenientes y encuentros entre desagradables y desopilantes en torno a un dinero inexistente.
Pero no son solo los colegas del bar los que quieren su tajada. La familia, la gran familia americana, todos reunidos en casa de Marta, empieza a querer hacer ajustes de cuentas de temas pendientes, que salen a relucir como nunca deja de pasar en las grandes familias. La mujer que pone los puntos sobre las íes es la mujer de Woody, una señora, por cierto, entre clásica y transgresora que abiertamente habla de su sexualidad con su hijo, de su pasado arrasador, pero que cumple, al mismo tiempo, un rol castrador e incluso agresivo con su marido; una rara mezcla. Sin embargo, a la hora de poner orden en este ajuste de cuentas, no le tiembla el pulso y sale a relucir el costado más fuerte y vital de esta mujer que defiende a los suyos, a los más cercanos: a sus hijos, pero por sobre todo, a pesar de todo, y encima de todos, a su marido. Y sentencia algo tan cierto como que en general hay que esperar una muerte para que algo así suceda en las familias; cosa que en este caso, ni siquiera.
Con tantas adversidades y adversarios, es evidente que Woody va a tener que sortear una serie de percances para poder alcanzar su meta que es Nebraska. Tiene que sortear trampas pero además tiene que lidiar con una cosa más: con la realidad, porque todo lo que guía el camino de este antihéroe no es más que una fantasía y cuando no hay obstáculos en esa fantasía, lo que hay son personajes que intentan arrastrarlo al lado de las realidades, de los reales inconvenientes.
Tal vez Woody a pesar de todo consigue lo que quiere. Pero si no, lo que igual no puede negarse es la aventura, el juego. Al fin y al cabo, las cosas no tienen que funcionar en relación a una realidad preexistente. Hay caminos que la van construyendo a medida de que avanzan. El camino a Nebraska es un poco la construcción de una nueva realidad que aunque no cambia las cosas pasadas ni futuras, al menos cambia el transcurso. La vida es un transcurrir, la vejez también. Cada minuto lo es. Y de algún modo habrá que transcurrirlos.
© Del Texto: Flor Bea


feb 27 2014

Her: La soledad humana

Después de Where the Wild Things Are, Spike Jonze nos trae Her, tan conmovedora como la anterior e igual de triste y melancólica a la vez. Es curioso, porque las historias no tienen nada que ver a primera vista, pero yo encuentro una palabra para unirlas: soledad, a pesar de que los dos protagonistas encuentran compañías por fuera de lo humano. Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad, dice Sartre en La náusea, y aunque me parece una frase perfecta y cierta, aquí tampoco se podrán prever los inconvenientes de las compañías.
Theodore (Joaquin Phoenix) está solo porque se separó de su esposa y eso no deja de dolerle aunque con la cara apoyada en la almohada y lágrimas en las mejillas aguarde a que llegue ese momento en que acabe, termine de doler. Está solo porque su vida ha quedado vacía. Tiene un trabajo casi envidiable pero tan triste, en un punto, como su soledad: escribe cartas a clientes que contratan los servicios de esta empresa para que escriban por ellos y así lograr cometidos o asegurarse llegar al corazón (cartas de amor, a los abuelos, y más, no hay límites en estos encargos). Entonces, Theodore puede y es capaz de decir preciosas palabras de amor aunque los sentimientos sean en realidad ajenos, aunque las palabras sean a cambio de dinero y por encargo. Está solo porque eso que gestiona tan bien para otros no parece hacerse realidad en la propia vida; más bien al contrario: su ex mujer le asegura que no puede gestionar emociones. Está solo porque está impregnado de una nostalgia de la compañía: Hay algo que se siente muy bien sobre compartir tu vida con alguien, dice.

Hasta que se enamora del sistema operativo de su ordenador (voz interpretada por Scarlett Johansson), comienza un romance con ella y entonces le cambia el modo de estar en el mundo, y le cambia la expresión de la cara: el Theodore solo tiene el ceño fruncido en casi todas las escenas, pero cuando está enamorado y de novio, sonríe, permanentemente sonríe. Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír, otra vez Sartre.
Y aquí empieza la película: en esta peculir relación entre una persona y ella, que es virtual, que es una voz, pero que lo ama como nunca amó a nadie, pero tiene sexo, pero siente celos, pero se pregunta cómo es tener un cuerpo. O sea: pero existe.
Los inconvenientes de estas compañías tendrán que ver con los universos distintos de los que provienen o peor aun, habitan. Mientras uno corresponde al mundo de los mortales en el que el amado necesita sentirse único, el otro habita un universo virtual donde las velocidades y las cantidades son impensables en este mundo físico, y entonces se es capaz de dialogar con más de 4000 personas a la vez o tener una relación con más de 600… Si eres el preferido, ¿para qué quieres ser el único?, pregunta un personaje del escritor mexicano Juan Villoro. Bueno, supongo que para no caer en otro tipo de soledad y perder la sonrisa adquirida, como le sucede a Theodore ante la revelación de esos números; no, al menos, hasta que no tenga razones peores, aun peores, como volver a ser abandonado y estar otra vez solo, solo y serio, en la vieja y conocida soledad.
© Del Texto: Flor Bea


feb 23 2014

Stockholm: Los extremos de la juventud

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena.
Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos.
El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en cada frase sin conseguirlo del todo. Es durante la segunda parte -llega la luz del día para que las verdades y las mentiras se mezclen- cuando el guión saca músculo y consigue que la película se eleve a gran altura. Si algo podía oler a imitación o a algodón de azúcar, se disipan las dudas. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, echan el resto con gracia y, esta vez, una gran dosis de inteligencia. Sin altibajos.
Los actores protagonistas (que casi son los únicos actores de la película puesto que las intervenciones de otros son cortas y sin importancia) están muy, muy, bien. Javier Pereira mantiene su personaje a gran altura durante todo el metraje. Creíble y muy contenido incluso cuando los momentos son especialmente delicados e invitan a la exageración. Aura Garrido, con un papel muy exigente, se mete en el bolsillo a los espectadores con rapidez. Durante la segunda parte de la película, su trabajo es formidable.
Pues bien, todo esto ha sido posible a la aportación económica de muchas personas. El presupuesto con el que contó Sorogoyen era mínimo. La rentabilidad que le han sacado a cada euro es máximo. Stockholm es una muestra de cómo se pueden hacer las cosas cuando el buen cine manda en el proyecto. Da gusto comprobar cómo la gente joven se abre camino sin miedos, con ideas nuevas, y la pasión por el cine como arma definitiva.
Una grata sorpresa. Porque el buen cine siempre lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 22 2014

Caníbal: Ragout de rubia

Ver a un hombre solo, comiendo en silencio un filete, no tiene gran importancia. Salvo que creamos que ese trozo de carne, condimentado previamente con mimo y pasado por la plancha (vuelta y vuelta), sea el muslo de una guapa señorita que poco antes caminase por las calles de Granada. Si presentimos que el plato no es lo que entendemos como comida casera tradicional es posible que nos entren los nervios.
Este es uno de los grandes logros de Caníbal, película dirigida por Manuel Martín Cuenca, ya que es un intenso y poderoso lenguaje visual el que ordena la trama de principio a fin. El espectador sabe porque intuye. El espectador no sabe ni quiere hacerlo porque apenas tienen importancia las cosas que en otro tipo de películas no perdonaríamos si faltasen. En Caníbal nada se conoce del pasado del personaje principal. Ni siquiera podemos intuirlo. La relación del protagonista con una costurera que tiene relación con ese tiempo e imagina su futuro de forma cómplice nos abre caminos hacia una vida que podemos transitar si lo deseamos, sendas inquietantes que nos despiertan la curiosidad y la imaginación. Pero no hay nada concreto en el guión que marque la verdad. Algunos podrán protestar porque no saber significa no comprender y la imposibilidad de crear un vínculo con el personaje. Sin embargo, esa esencia que arrastra todo el guión, todo eso que queda por debajo de lo visto y de lo dicho, es suficiente para soportar el trabajo. Entre otras cosas porque la dirección de Martín Cuenca es exquisita, la fotografía de Pau Esteve es espléndida y la interpretación de Antonio de la Torre supone un esfuerzo, una asimilación de carácter, fuera de lo común.
El personaje principal es un sastre. Pulcro, metódico, solitario. Siente una atracción desbocada por las mujeres desconocidas a las que, por supuesto, asesina y devora. Hace trajes como hace un ragout de rubia rumana. Pero no se siente humano y busca esa condición desesperadamente. Se acerca a la religión intentando parecer lo que él mismo no siente como propio. Y cuando encuentra el nexo que le permite ubicarse en este mundo -el amor, claro- la cosa se tuerce. El arranque de la película consiste en la presentación del sastre (el plano es fijo y larguísimo) que nos parece un fantasma, alguien completamente ajeno a la realidad. El final consiste en dejar las cosas como comenzaron. No hay redención ni en el cielo ni en la tierra.
La trama se desarrolla en Granada. Preciosa desde cada encuadre, con cada detalle llegado de una iluminación que busca convertir las calles en lugares propicios para la caza, que busca mezclar la belleza del campo con la maldad más espeluznante. Lugares tranquilos como lo es el montaje de la película. Un montaje que convierte Caníbal en un trabajo tranquilo, sosegado o, para algunos, lento.
La pareja de actores protagonistas interpretan sus papeles sin dudar en un solo movimiento. Ambos están estupendos. Ahora bien, si Olimpia Melinte se defiende con solvencia, lo de Antonio de la Torre parece cosa de marcianos. Pocas veces conseguirá un papel en el que haga tan creíble a su personaje (personaje sumamente difícil, por cierto).
Es verdad que la implicación del espectador pasa por imaginar y generar vínculos desde la sospecha, desde la intuición, desde el no saber y no querer hacerlo por innecesario. Eso es verdad y complica algo la relación con el patio de butacas. Sin embargo, merece la pena sumergirse en la propuesta y saborear cada secuencia como el sastre hace con cada bocado.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 16 2014

La herida: Lo brusco

Ahora que ya sabemos quiénes ganaron qué Goya, me parece bastante justo que el premio a Mejor Película no se lo haya llevado La herida, del mismo modo que digo que también me parece justo que el premio a Mejor actriz protagonista sí se lo haya llevado Marian Álvarez por interpretar a Anita, la chica atormentada de La herida. O la chica herida, para decirlo de una vez.
En pleno Goyas, la Sala Berlanga está pasando las películas candidatas (o ya podemos decir las vencedoras y vencidas) a solo tres euros la entrada. Esta oportunidad se acaba el próximo domingo 16 de febrero.
La herida, que fui a ver a la mencionada sala de cine de la calle Andrés Mellado, comienza bien: un prolijo guión que dedica los primeros cinco minutos, o tal vez siete o diez, a la presentación del personaje: vemos a Ana, observamos que trabaja abordo de una ambulancia, entendemos que está perturbada, sabemos que es un personaje que tiene una necesidad dramática aunque todavía no sepamos bien cuál es, y eso nos gusta más. Nos atrapa como espectadores, nos emociona, nos acomodamos en la butaca. Terminan estos minutos de presentación, funde la pantalla a negro e imprime título: LA HERIDA, así escrito en mayúsculas, y tensiona y queremos saber más.
Entonces sigue la película: vemos que está perturbada, que vive con su madre, conocemos a su compañero de trabajo, y observamos una cierta rutina patética en su vida: llegar del trabajo, chatear, su madre que llega más tarde y le pregunta si ya cenó y la respuesta siempre idéntica (afirmativa) de ella. Luego, algo de su ritual autodestructivo y adictivo. Su culpa, autocastigo. Y vuelta a empezar. Un padre ausentado. Un reencuentro con el padre. Una madre un tanto pasiva aunque no me atrevo a criticarla. Un novio, un ex novio, un amigo virtual. Algunas noches de alcohol. Y de nuevo: la ambulancia, el compañero de trabajo. Y así, y así.

No sabemos mucho de Ana, porque toda la película se queda en esos diez minutos iniciales. Es como una gran presentación del personaje: que está perturbada, ya lo entendimos. Pero no hay historia. Ni pasada ni presente. La película nunca estalla. Es cierto que hay un salto temporal y que el personaje ha avanzado o crecido en ese período. Pero nada cambia mucho. La película se mueve igual. Algo sí es destacable: que a pesar de su perturbación, Ana es dedicada, sensible y se entrega a lo más humano, su profesión es admirable, es humana y llana, es sincera cuando sonríe y tiene luz en los ojos cuando se le ven los dientes. Espeluznan las escenas de contraste cuando pasa de la sonrisa y esa luz a su oscuridad y la rigidez de las facciones de su rostro. Ese juego de contrastes me parece interesante y destacable. De lo humano al monstruo, pero más un auto-monstruo. Ella es destructiva con ella y no sabemos cuánto tienen que ver los demás en todo esto. También, a pesar de que la película no se esmera en tratar a fondo nada, creo que un tema en ella es la soledad: en la Ana humana hay una necesidad terrible de otros humanos. Una búsqueda de ellos (una búsqueda activa) y una decepción dolorosa detrás de cada encuentro o rechazo. Estamos solos, pienso. Esa es una herida, no solo las literales, las que se ven sobre la piel lastimada.
Es evidente: sin una buena actriz, lo poco que tiene para funcionar esta película no habría funcionado. Cuando acabó la peli, la chica que estaba sentada en la butaca de mi lado derecho exclamó ¡jodeme! A mí no me sorprendió el final ni esperaba más: era evidente que así como bruscamente había fundido a negro para imprimir el título, iba a fundir a negro para imprimir el reparto. En ese sentido, lo brusco funciona de maravillas en la película, que acaba de la única manera posible: de pronto, porque si no, seguiría al infinito, y así, y así.
© Del Texto: Flor Bea


ene 21 2014

Lo duelistas: La magnífica semiolvidada

Los duelistas es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, un de las menos recordadas, Es curioso que esto sea así cuando, junto con Alien y Blade Runner, este trabajo es el mejor del director.
Los duelistas es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guión fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud queda algo desdibujado.
Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, Barry Lyndon, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido.
Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en Apocalypse Now) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.
Los duelistas es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vaya dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 20 2014

Captain Phillips: Los personajes por encima de todo

Tom Hanks vuelve a tenr importancia en la cartelera. Su papel en Captain Phillips es sobresaliente. En la última media hora de la película, que es la mejor, Hanks da un recital de interpretación. Ya, desde el comienzo, en el que la construcción dramática recae sobre su personaje, Hanks parece avisar de su intención, que no es otra que demostrar lo capaz que sigue siendo de enfrentarse a una cámara. Pero es, cuando la tensión narrativa se eleva al máximo, el momento en que el actor deja las cosas claras del todo sobre su enorme calidad interpretativa. El director, Paul Greengrass, tiene bastante culpa. Dirige a Hanks con mimo para poder sacar de él lo mejor. Además, mueve la cámara buscando encuadres originales y valientes. Si a todo esto se le añade un montaje sencillo y atractivo, tenemos como resultado una buena película, muy entretenida y muy bien contada.
Captain Phillips es emocionante y compensada en su composición narrativa. Cada uno de los personajes implicados en el secuestro de un carguero puede ser considerado una víctima. El director trabaja duro para que no se carguen las tintas sobre los piratas somalíes, intentando evitar que terminen siendo vistos como demonios. Tanto los piratas como la tripulación del buque asaltado están secuestrados. Por el hambre, por la falta de esperanza, por los piratas, por el miedo o por la violencia. Otra de las cosas que el director quiere dejar planteada es el trato que recibe el protagonista por parte de su gobierno. Llega a parecer más una molestia que otra cosa. Y esto nivela los lados para que el espectador tome una postura propia. Phillips es una molestia para su gobierno; los piratas lo son para el mundo entero. Pero la cosa no pasa de ahí.
El casting es estupendo. Sobre todo los actores que interpretan el papel de piratas parecen serlo. Hanks es un buen Captain Phillips. Por otra parte, ayuda el excelente trabajo de maquillaje a que esto sea así.
El guión de Captain Phillips es complicado para un director de cine. Este tipo de libretos suelen llevar a los profesionales a buscar más en la trama que en otra cosa. Sin embargo, Greengrass apuesta por los personajes, por dibujar su conflicto interno y colocarlo en el centro del conflicto general. No carga a ninguno de los personajes con un número excesivo de rasgos y con cuatro cositas logra involucrar al espectador sin grandes problemas. Para ello, se toma su tiempo y utiliza la primera hora de película creando perfiles y el clima necesario para que puedan crecer y todo quede encajado perfectamente. La credibilidad, así, es absoluta. El tempo, según avanza la acción, va aumentando en intensidad, al son de la trama que, aunque intuida antes de entrar en la sala de proyección, se hace emocionante hasta el último instante.
Buena película. Bien Hanks.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2014

Agosto: Catarsis familiar

Agosto es una obra de teatro que ha estado en cartelera en varias ciudades como Madrid y Buenos Aires, donde yo la vi. Su autor es Tracy Letts y las actrices que interpretaban a madre e hija protagonista de la historia en Buenos Aires eran nada más ni nada menos que Norma Aleandro y Mercedes Morán. Ahora se estrenó Agosto en los cines de Madrid y la veo una vez más, pero en esta ocasión en esta ciudad y a través de una pantalla, en dos dimensiones. El guionista es el mismo autor de la obra, Tracy Letts, y las mujeres protagonistas ahora son otras dos magníficas actrices: Meryl Streep, en el papel de la madre, y Julia Roberts, en el de la hija a la que me referí antes. El resto del elenco sigue pisando fuerte: Ewan McGregor, Chris Cooper y Juliette Lewis, entre otros.
Oklahoma, más de cuarenta grados centígrados de calor y un padre que se ausenta. Tres hijas que se movilizan para acompañar a su madre en esos momentos, las parejas de dos de las hijas y la hija adolescente de una de ellas; más una tía gorda, su marido y el hijo bobo. Por último, una chica que atiende las tareas de la casa, de raza india o native American. Todos alrededor de esta matriarca llamada Violet.
La película comienza con quien luego se ausenta: el padre y marido de Violet (Sam Shepard) contratando a la chica que cuidará de su esposa enferma de cáncer de boca. Y a los pocos minutos, esta Meryl Streep entra en escena, absolutamente demacrada, con una caracterización espectacular para una enferma de cáncer bajo los tratamientos de la quimio y los rayos. El padre, nostálgico, melancólico, como anunciándonos una despedida, cita a T.S. Eliot y ese plano inicial de la llanura seguido de su biblioteca se quiebra en la acidez, el cinismo y en el sarcasmo de Violet que irónica promete comportarse como una sweet sick.
Con el hombre ya ausente, los miembros de la familia se reunirán en torno a la mesa ovalada del comedor y se desatará la catarsis familiar esperable para este tipo de familias disfuncionales lideradas por una madre drogadependiente e hiriente y tres hijas con caracteres diferentes y situaciones amorosas particulares. El personaje interpretado por Julia Roberts es el de la hija de carácter fuerte, la que pone o intenta poner orden en la familia, la que acarrea con la culpa del dolor depresivo de su padre, pero también la loca, la abandonada y traicionada por su marido, la insoportable, la hostil, la que aleja a quienes más ama; la que se quedará sola, a pesar de todo y a pesar de nada. Las otras dos hermanas son, en cambio, más pasivas pero igual de independientes. Y ninguna de las tres querrá hacerse cargo de esa madre enferma y destructiva. El viaje, la mudanza a ciudades lejanas, es la alternativa de vida para cada una de ellas y ninguna renuncia a ello por la enfermedad de su madre, cosa que no nos hace pensar en ningún momento en egoísmo sino más bien en autoprotección, aunque la salvación al fin de cuentas no sea posible para nadie.
Como dice la narradora del libro La hora de la estrella de Clarice Lispector: Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?, los personajes de Agosto también oscilan entre el lobo y el cordero, el odio y la compasión, la comprensión y la intolerancia, la honestidad y la traición, la solidaridad y el ego, la esencia y la materia. La escena en la que la madre y sus tres hijas están sentadas en el jardín, en una hamaca, escuchando un relato de la infancia de Violet narrado por ella misma, es desgarradora: la lágrima que no llega a rodar por la mejilla derecha de Meryl Streep, la mirada resentida en la interpretación de Julia Roberts, la salida de escena de Julianne Nicholson y la ingenuidad repugnante y algo patética del personaje de Juliette Lewis es una y solo una de las tantas, tantísimas escenas que hacen que salgamos de esta sala de cine devastados, agotados y compungidos. Algunas risas permiten calmarnos durante la película, respirar con más soltura, pero este es un drama, un dramón, y se siente en cada uno de los poros de la piel incluso cuando rítmicamente suena Eric Clapton.
© Del Texto: Flor Bea