feb 4 2012

Revolutionary Road: Del amor y la libertad

Me cuesta ser objetiva con casi todas las películas que exploran la psicología humana, especialmente en las relaciones de pareja, y más todavía si le añaden (o así lo he visto yo) la cuestión del género; pero aún desde la posición menos subjetiva es imposible no apreciar alguna de las líneas que Sam Mendes, ganador de un Oscar por American Beauty, dibuja en esta película cargada de tensión emocional.
Kate Winslet y Leonardo Di Caprio se juntan de nuevo para ofrecernos un drama digno de lo que cabe esperar de esta pareja, pero esta vez sin exceso de corazones flotando en el ambiente; más bien una bomba de relojería que desde el principio se intuye, pero no se ve, y que al final termina por explotar sin dejar de intuirse. En Revolutionary Road, April y Frank son una joven pareja que, acomodados en un barrio de clase media, lo hacen resignados por las limitaciones que imponen dos hijos, un trabajo como otro cualquiera en una oficina de cubículos y encargarse de una casa ideal para una familia tan especial como ellos, a la libertad y aires bohemios a los que una vez aspiraron.
Para quien se siente delante del televisor sin pretensiones, sin expectativas, sin saber nada de este largo, puede sentir aburrimiento durante la primera media hora (larga). No se sabe hacia dónde se dirige Mendes con la historia de tan modélica pareja. Poco a poco, el argumento comienza a enredarse a modo de culebrón un nivel por debajo de la típica superficialidad. Precisamente April y Frank buscan salir de ese aburrimiento para lograr cumplir ese sueño que todo ser humano reprimido por las convenciones sociales desea. Sin embargo, estas pretensiones no son las mismas para él que para ella y la forma de ambos de ver y vivir la vida irá divergiendo hasta formar un ángulo de 180 grados que se pierde en el infinito. Mientras ese ángulo se va abriendo, el espectador contemplará un apurado análisis de la psique masculina y femenina, y la que resulta de la fusión de ambas, gracias a la interpretación de un Di Caprio que ya no es el de los pósters de las revistas de adolescentes, maduro, con rodaje, en el papel de un Frank soñador pero orgulloso y sobre todo padre de familia, y una soberbia Winslet en el papel de April, rebelde e igualmente soñadora, anhelante de ser especial por otros motivos muy diferentes de los que sus vecinos piensan. Y para quien quiera hacer una lectura más profunda, Mendes trata, especialmente desde April, la cuestión del género con todo fundamento, y a través de la mejor herramienta: el amor. Desde los roles del hombre y la mujer hasta la dependencia mutua, pasando por lo que representa en esta materia las trifulcas propias de cualquier pareja en busca de ¿la felicidad? y hasta dónde se está dispuesto a llegar por demostrar que, aunque ni contigo ni sin ti, la libertad de pensamiento y acción es inherente al ser humano, ya sea hombre o mujer.
Desde luego, una auténtica bomba de relojería (algo predecible hacia el final y a la que quizás le sobre un cuarto de hora), para disfrutar y hacer más de una lectura.
© Del Texto: Coletas

Si quieres leer otra crítica de esta película firmada por Nirek Sabal pincha AQUÍ


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feb 1 2012

En el séptimo cielo: Vejez corriente

El cine está lleno de películas que hablan de enamoramientos fatales, de las grandes dudas que surgen frente a la aparición de terceras personas en relaciones consolidadas. Hay mucho metraje que muestra las grandes dosis de culpabilidad que siente el que se enamora a destiempo, de las consecuencias fatales del amor.
En el séptimo cielo nos encontramos frente un triángulo amoroso. Sí, un triángulo amoroso, en el que además del apasionamiento de dos que se encuentran, surge la culpa, la angustia y la soledad. Pero lo novedoso de esta película es el tiempo en el que el director, Andreas Dresen (Verano de Berlín, Encuentros nocturnos), sitúa esta historia.
En su vejez una mujer Inge (Ursula Werner), de vida corriente, se enamora de un hombre, Karl (Horts Rehberg) tan corriente como ella, y junto a ellos, Werner (Horst Westphal), el compañero de Inge durante los últimos 30 años. Una vida de rutinas, familia y barrio suburbano. Una historia de amor, pasión, que surge en la última etapa de la vida de dos seres que, sin quererlo, sin buscarlo, se encuentran en medio del camino y, una vez ahí, optan por llevar hasta las últimas consecuencias el reencontrado amor.
Son muy pocas las ocasiones en la que alguien nos muestra el enamoramiento de los ancianos, como viven su sexualidad. Sin embargo, en este caso, Dresen, con una ambientación carente de artificio nos muestra como el sexo sigue siendo sexo, se tenga la edad que se tenga, como el deseo se produce mientras uno siga vivo y como, las historias de amor, los apasionamientos, no tienen edad, ni encuentran límites más allá de los que uno se imponga.
La ambientación es absolutamente sobria, sin ningún acompañamiento musical, sin apenas diálogos, es de un realismo impactante.  La elección de los actores es soberbia. Si esta película es capaz de ofrecer grandes dosis de sensibilidad, de realismo y angustia, es precisamente por los actores que la interpretan. Estoy segura de que esta película no valdría nada si, en lugar de la elección de unos ancianos, con sus cuerpos gastados, con las huellas del paso del tiempo, que muestran sin pudor alguno (porque sienten la naturalidad de lo que viven), no sería lo mismo. Unos ancianos modélicos no habrían servido para transmitir que esta historia podría ser la de cualquiera de nosotros, porque le pasa a gente corriente, con familias corrientes, con ocupaciones igual de corrientes y en vidas totalmente cercanas a las nuestras.
En esta película el director nos muestra las dos caras  de la historia, la de los que vuelven a encontrar el amor cuando pensaban que su tiempo ya había terminado y, pese a ello, no se sienten felices, y la del que queda fuera, sin escogerlo. Andreas Dersen, una vez más, nos sirve en bandeja una historia sobre gente corriente.
Algo está pasando desde hace algún tiempo con el cine alemán. Conviene  no perderlo de vista. Cine, como he dicho otras veces, del bueno.
© Del Texto: Anita Noire


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ene 31 2012

Los descendientes: Sí, pero no

Saltar del sarcasmo al chiste fácil y de ahí a la normalidad. Otra vez. Y otra. Más y más. Ese es el juego que propone Alexander Payne en su última película. Los Descendientes. Naturalmente, lo que sobra es el chiste facilón. Aunque no abusa del recurso. Por eso y porque el trabajo de George Clooney es estupendo, la cinta termina salvándose.
No hace falta decir que ante una tragedia (esta película trata de serlo) caben pocas situaciones para que el humor funcione. Uno de esos espacios es el patetismo, el ridículo. En Los descendientes aparece secuencia sí, secuencia no. Otra de esas zonas es el surrealismo. La cinta se nutre de él sin miramientos. Y todo esto provoca que suenen en las salas de proyección algunas carcajadas y que los más sonrían de principio a fin. Ir al cine para ver esta película es algo así como ir al tanatorio sabiendo que te va a dar la risa. Y eso está muy bien. Pero la cinta tiene muchos problemas aunque algunos se empeñen en decir de ella que es la película del año. No hay que exagerar y, sobre todo, no hay que dejarse llevar por situaciones delirantes, por frases redondas que se vacían con rapidez, una interpretación notable o una partitura agradable (más local que otra cosa y demasiado dispersa al querer llevar un son que le marca lo que no es fundamental de la historia).
No es que sea una mala película. No, al contrario. Pero de obra de arte nada. No es que sea un mal guión, pero las trampas y los guiños a la lágrima fácil y al humor barato ahí están. Clooney está muy bien, de verdad. Pero tampoco es para tanto, no es como para decir que estamos ante la mejor defensa de un papel de los últimos años (tal vez personalmente sí). La fotografía es llamativa y muy eficaz aunque eso lo vemos cada día (no hacer las cosas bien con esos presupuestos es casi imposible). En fin, que es una buena película. Sin más.
Los problemas llegan desde esas repeticiones de las situaciones absurdas que terminan haciendo retroceder a los personajes en su evolución. Desde un narrador que podría ser cualquier otro y no hubiera pasado nada (si un narrador puede ser cualquiera es que la cosa no funciona del todo bien). Desde unos diálogos que terminan siendo difíciles de digerir porque lo que arrastran al principio se lo dejan atrás al llevarnos a zonas similares, una y otra vez. Todo esto rebaja la película desde la excelencia. No pasará mucho tiempo hasta que quede en el olvido. Se puede ver, se puede disfrutar (quiero ser justo a la vez que sensato calificando el trabajo). Pero no se puede elevar algo que tiene limitaciones importantes.
Si George Clooney no estuviera, desde luego, la cosa sería mucho peor. Es la locomotora de la trama, del resto de personajes. Porque el resto del reparto está bien. A secas. El trabajo de expresión corporal de Clooney se lleva por delante el resto. Afortunadamente.
Me pregunto qué es lo que quieren contar los guionistas (el director es uno de ellos). Qué es exactamente. Me temo que todo se reduce a una escena final en la que padre e hijas ven la televisión mientras comen un helado. Demasiado fácil, demasiado poco. Pero se puede ver. Ya que el panorama está como está, se agradece que alguien lo intente con ganas aunque se quede a medio camino. Debe ser por eso por lo que muchos se han lanzado a calificar esta película como lo que no es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 30 2012

Días de vino y rosas: Querer ver el mundo bonito

El ser humano está diseñado para sobrevivir. Ante un temor cualquiera tiende a escapar. Pero, cuando intenta escapar del mundo entero, ese instinto de supervivencia se convierte, de pronto, en un arma mortal. El vehículo que más se utiliza es lo que conocemos como drogas y alcohol. Una forma de convertir el mundo en algo que no es.
De esto habla la película de Blake Edwards. Días de vino y rosas. El director, con suma habilidad, encuentra una historia de amor en la que sujetar la trama; unos diálogos de los que se aprovecha hasta el límite; un movimiento de la cámara elegante y discreto; aunque, sobre todo, se da de bruces con dos interpretaciones de calidad extrema. Jack Lemmon se muestra soberbio, contundente. Lee Remick creíble en su evolución como pocas veces se puede ver. Por si no era bastante, utiliza la partitura de un extraordinario Henry Mancini que acompaña y matiza cada escena en la que podemos escuchar la música de este genio.
La película está salpicada de escenas duras que no esconden un sólo artificio narrativo. En ese sentido, Días de vino y rosas es una película valiente que no hace una sola concesión al espectador, que no esconde nada para que aparezca en momentos determinados buscando una redondez en el argumento tan innecesario como cosmético en la mayor parte de las películas. Y salpicada de escenas inolvidables, de diálogos profundos que no se llenan de palabrería. Un ejemplo perfecto es el final de la película. Joe y Kirsten (Lemmon y Remick) se encuentran para explicarse el futuro uno a otro. Ambos quieren llegar al mismo lugar, pero los caminos son diferentes. Al fin y al cabo, ambos quieren lo que todos nosotros deseamos: un mundo agradable, una vida llevadera. Ella se aleja al terminar su discurso camino de la destrucción; camina por una ciudad vacía, oscura, sin vida. Él se queda mirando a través de la ventana en la que se refleja el cartel luminoso de un bar cercano. Sabe que está destruido, condenado a una infelicidad absoluta. Destrucción maquillada con un mundo algo más bonito.
Vestuario y maquillaje ayudan a dibujar un todo creíble. Y la dirección artística es extraordinaria. La evolución de los personajes necesita que todo sea perfecto y los decorados lo son.
Podría parecer que el guión es algo infantil en algunos tramos aunque no es así. Lo grande de esta película llega, precisamente, de ese terreno. No hacen falta grandes excesos para contar lo excesivo, no hace falta mostrar lo más oscuro para saber que allí está. Es a lo que nos tienen acostumbrados hoy en día, pero no es necesario casi nunca.
Días de vino y rosas es una película grande. Enseña una mirada grande. Unos actores enormes. Y un fondo tan incómodo en su inmensidad como cierto en todas sus aristas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 29 2012

La môme: una interpretación enorme y poco más

Existen muy pocos misterios alrededor de la vida de Edith Piaf. Se ha escrito hasta la saciedad sobre este mito y leyenda de la canción francesa y nada de lo que pueda aparecer será novedad. Es por eso que la película La môme, verdadero título del biopic dirigido por Olivar Dahan, no nos va a aportar absolutamente nada que no sepamos sobre esta leyenda de la música.

Sin embargo, pese a no ser una película que pase a los anales de la historia del cine, son varias cuestiones las que se pueden destacar de esta producción. En primer lugar, la extraordinaria fotografía de Tetsuo Nagata (con direcciones fotográficas en producciones francesas: Paris, Je t’aime, El pabellón de los oficiales, etc.) que no sólo retrata y recrea la atmósfera rotunda y asfixiante del París de la época, sino que consigue que entremos en todos y cada uno de los rincones recorridos por la Piaf; y la espectacular interpretación de Marion Cotillard en el papel proyagonista que, como si de un camaleón se tratara, se transforma hasta el punto que uno tiene la sensación de estar frente a la mismísima Piaf; fajándose con la mujer joven y con la mujer adulta, que no anciana, que finalmente falleció (Edith Piaf pese a la aparente vejez sólo tenía 45 años cuando murió).

Uno de los hándicaps de la película es que su director, Oliver Dahan, da por sentado que todos conocemos la vida de la artista y juega con el desorden de la trama, con flashbacks que, en ocasiones,  parecen colocados con calzador y hacen que el espectador pueda perderse en multitud de detalles y momentos de la vida de la artista que no son menudos. Posiblemente, hubiera sido más adecuado seguir el orden cronológico de la vida de Piaf y la película no hubiera perdido nada en absoluto sino todo lo contrario.

Una película para ver la impresionante construcción del personaje que hace Marion Cotillard, su evolución continua y, sobre todo escuchar, no los diálogos que sostienen los distintos personajes que por ella se suceden, sino para escuchar, de viva voz de Edith Piaf, sus maravillosas canciones. Sin embargo, y pese a ello, pese a la dramática ambientación, pese a la durísima vida de la artista, esta película no va a conseguir arrancarles ni una sóla lágrima, ni tan siquiera va a conseguir emocionarles mínimamente. No sé dónde está el error, o puede que no lo sea, y el director y los guionistas quisieran entregarnos una producción absolutamente aséptica. No lo sé.

Sin embargo, ignoro también el motivo, por el que este paseo por la vida de la diva de la canción francesa, con una vida miserable y desagraciada hasta el final, consiguió tenerme clavada frente a la pantalla durante las más de dos horas de su metraje. ¿Incongruente? Puede que lo sea. ¿Para recomendársela? Pues sí, pero no esperen nada más allá de lo que ahora les digo. Una película para gozar de una interpretación grandiosa y acaramelar nuestros oídos. Poco más.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 23 2012

Amanecer de un sueño: el olvido del futuro

El olvido de los mayores se convierte en la memoria de los jóvenes si participan de la experiencia de la vejez, del alzheimer. La historia de una persona, que ya no sabe ni cómo se llama, se mezcla con la realidad futura. Porque el pasado ajeno del viejo quiebra el presente de uno mismo, dibuja el futuro con trazos menos hermosos. El joven está condenado a olvidar parte de sí mismo. Son las reglas del juego.
Amanecer de un sueño es una película de Freddy Mas Franqueza. Es una película que indaga en el mundo del mayor, de la enfermedad del olvido; pero, también, del abandono, de los callejones sin salida que nos presenta la vida, de lo imposible o de lo posible que se convierte en una tortura cuando se aleja. Emotiva, muy bien contada y resuelta con valentía, sin hacer concesiones innecesarias al público. Cuando la cosa es fea nadie debe empeñarse en que se convierta en bonita. Eso no lleva a ningún sitio.
El director presenta una familia destrozada. Cada uno de los que la integran tienen razones para pisar el freno aunque ninguno lo hace. Todos tratan de avanzar por la senda que tienen a mano. Y sólo la enfermedad y muerte de uno de ellos marca un punto de inflexión que lleva, otra vez, a ninguna parte que los personajes desean. Triste, dura, profunda.
Hector Alterio (uno de los protagonistas, el que defiende el papel de Pascual; abuelo, padre y viudo) está estupendo (sólo se le ve algo descompensado en un par de escenas que invitan al histrionismo y que cualquier otro hubiera convertido en un desastre interpretativo). El resto (Alberto Ferreiro, Sergio Padilla o Mónica López) defienden lo suyo y pasan la prueba. Pero Alterio llena la pantalla y salva los muebles en ese aspecto. Y el movimiento de la cámara es preciso, la iluminación notable, la peluquería estupenda, los encuadres muy acertados y el guión sobresaliente. El resultado es una muy buena película que conmociona si se mira con calma y atención.
¿Qué es el olvido? ¿Se trata de no recordar, de no poder hacerlo, de hacerlo de forma desordenada? ¿No saber es una forma de olvido? ¿No reconocer la realidad teniendo las capacidades mentales intactas es otra forma de olvido? Son preguntas que el espectador se plantea a medida que la trama avanza en dirección a un desastre que salpica a todos los personajes de la película. Todo tipo de olvido lleva al sufrimiento si lo que se deja en el camino es parte de uno mismo. Ya sea por enfermedad, ya sea porque la vida obliga a tomar decisiones tremendas.
El cine debe ser espectáculo. Siempre. Es uno de sus ingredientes principales. Pero nadie dijo nunca que un espectáculo es luz, sonido y color; alegría y diversión. Un espectáculo es eso que alguien piensa y convierte en algo tangible (desde un prisma físico o intelectual) para que el que mira, el que lee o el que escucha entienda lo que pasa a su alrededor. Sea bonito o feo, sea doloroso o un oasis de placer. Amanecer de un sueño es cine y, por tanto, espectáculo. Doloroso, triste y descorazonador. Pero espectáculo al fin y al cabo. Y, además, Héctor Alterio llena la pantalla. Por eso merece la pena aunque se sufra durante cien minutos. O quizás durante toda una vida si el espectador dedica su tiempo a observar el entorno. Porque, a veces, el cine de ficción tiene más de documental de lo que creemos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 22 2012

El lector: Ajenos a todo


George Benson – This Masquerade

¿Hasta dónde estaría usted dispuesto a llevar su comprensión o su perdón? ¿Puede algo o alguien hacer que entendamos una barbaridad? ¿Un asesino lo es menos si de niño le maltrataron? ¿Podemos llegar a entender una matanza provocada por alguien si nos explican la situación crítica en la que se encontraba el individuo que la produjo? ¿Manejamos una doble moral repugnante en la sociedad actual? ¿Son las leyes mecanismo seguro para que esa doble moral no pueda estar presente en los momentos importantes?
Bonitas preguntas, ¿verdad?
La película El Lector está basada en la novela de Bernhard Schlink titulada del mismo modo. En ambas se plantea el problema de esa doble moral, de la angustia de la soledad, de la incomunicación. La adaptación de la novela está muy bien lograda. Rebaja lo justo para seguir contando lo que debe. Ya iba siendo hora que alguien no destrozara una novela de calidad para hacer una mala película.
Una mujer conoce a un muchacho con el que mantiene un idilio (muy bien contando, con elegancia, ni zafio ni cursi). Él lee a la mujer durantes sus visitas. Ella no sabe leer aunque ese es un secreto que sólo ella conoce. Cuando la mujer se ve obligada a un cambio de puesto en su empresa y debe reconocer su analfabetismo, escapa dejando al muchacho y sin reconocer su problema. Se alista en las SS alemanas y termina siendo una de las guardianas implicadas en la muerte de un buen número de mujeres de raza judía. Unos años más tarde, cuando el muchacho estudia derecho, es juzgada. El chico (así le llama ella) entiende el problema y no sabe qué hacer. Podría informar al tribunal puesto que la única prueba que manejan es el testimonio de dos supervivientes y un informe escrito a mano que ella no pudo realizar y de la que está acusada. Se trata de aplicar la ley (si no pudo escribir ese informe la pena será mucho menor) o dejar que alguien pague su culpa ocultando un dato vital ¿Qué hacer se pregunta el muchacho? ¿Qué hacer se pregunta el espectador?

Ralph Fiennes interpreta al personaje en su edad adulta. Un hombre solitario y distante porque dejó que su verdadero amor se pudriera en la carcel. Kate Winslet (extraordinaria por su credibilidad, por su interpretación casi perfecta) es la protagonista que, desde una ignorancia abrumadora, intenta justificar lo que ocurre en el campo de trabajo porque hacía un trabajo como otro cualquiera. Solos, ajenos al mundo, durante toda la película nos enseñan cómo la literatura se puede convertir en el mejor de los anclajes entre las personas. La fabulación, la creación de mundos imaginarios en los que poder sobrevivir, es fundamental en esta película.
Y, mientras, el espectador se ve obligado a plantearse esas preguntas con las que iniciaba este comentario. Pero no en un mundo ficticio. En el real, en el de todos los días. En ese.
Cuando alguien sale del cine diciendo que le ha encantado la película, algo importante ha pasado. Es una expresión que reservamos para las ocasiones en las que algo nos emociona o nos conmociona. Algo provoca un cambio en nosotros. Lo mismo pasa con las novelas o los poemarios. Creemos que el mundo es otro, creemos ser mejores, más humanos. Casi siempre, creemos parecernos a ese personaje que tanto nos ha gustado. A mí esta película me encantó. De verdad que sí. Sin embargo, me inquietó durante algún tiempo sentir algo así. No me gustaba parecerme a los personajes, ni pensaba que el mundo era otro. Pensé sobre ello durante días. ¿Por qué me conmocionó? Como de costumbre hice lo que todo occidental hace en estos casos. Intenté encontrar la solución en la película. Eché un vistazo a la novela buscando lo que se me había escapado. Pero nada. Hasta que no busqué donde tocaba –en mí mismo- no hubo solución. La conmoción venía de elegir desde mi moral. Y un espectador o un buen lector nunca debe hacer eso. Son los personajes los que eligen . Como mucho, estaremos de acuerdo o no con lo que hacen. No entren en ese juego.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 16 2012

El ángel exterminador: Los corderos deben significar algo

Son pocas las veces en las que me he quedado boquiabierto. Por ejemplo, cuando nací fue una de ellas, la primera vez que me besó una mujer otra y, que yo recuerde, después de ver El Ángel Exterminador de Luis Buñuel. Cuando nací, entre otras cosas, me dio por llorar y hacerlo con la boca cerrada siempre me pareció de lo más incómodo; el beso de aquella mujer me dejó con la boca abierta más por querer un bis que por otra cosa; la película de Buñuel fue un descubrimiento y la conmoción por saber qué significaba la palabra genio me dejó perplejo, emocionado, inmóvil, pensando, soñando, descolocado y (lo más importante) ajeno al mundo. Reconozco que no entendí gran cosa, pero me tranquilizaba pensar que tampoco entendí nada cuando me enfrenté al primer cuadro de Miró. A los genios no hay que entenderles, lo que hay que hacer es creerles. Eso me decía siempre (a mí mismo) cuando lograba cerrar la boca.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. Entran dos veces. Sí, dos veces. El servicio sale dejando las cosas preparadas a medias. La cocinera y su ayudante salen justo después de entrar los finolis. Dejan la casa dos veces, claro. Un mayordomo tropieza cayendo con el guiso de bruces. Los finolis creen que es una broma. La señora de la casa (una finolis muy digna) indignada hace que el mayordomo (el más digno de todos, el que se quedará al pie del cañón), indignado, retire unos corderos y un oso que esperaban para ser una broma. Total, que la cosa se complica porque todos los finolis pasan a un salón del que no pueden salir. Durante meses. Los finolis se vuelven salvajes, los corderos regresan para ser sacrificados, el oso se apodera del resto de la casa, los que esperan en la calle intentan entrar aunque no pueden, la señora de la casa (indigna hasta más no poder) no disimula su romance con otro finolis que anda por allí, un par de ellos se suicida y allí pierden los modales y la humanidad todos sin excepción.

Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. El anfitrión brinda y es acompañado por los invitados. El anfitrión brinda de nuevo y no le hace caso ni un solo finolis. En la butaca de atrás un muchacho mira la película boquiabierto. Mueve la espalda despacio. Comienza a levitar. Sobrevuela la sala y entra en la película a través de la pantalla. No puede salir de la sala. Convive con los finolis y pierde los modales y la humanidad. Indignado exige que alguien le saque de allí. Buñuel se acerca. Hablan. El muchacho entiende.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Blanco y negro. O la película está mal montada o las repeticiones deben tener su propio significado. Los corderos deben significar algo. Los que esperan fuera de la casa no pueden entrar. Salvo un niño que a mitad de camino entre la cancela y la puerta de entrada se arrepiente y regresa corriendo. Entre tanto desorden, alguien decide poner algo de orden. Y logran salir. Todos excepto un muchacho que se sienta en un rincón de la pantalla. Boquiabierto mira con curiosidad lo que pasa fuera de la casa.
Termina la película. Ninguno de los que han visto la película en la fila doce, en una localidad centrada, son capaces de salir de la sala. Sólo cuando se unen los tres cierran la boca. Buñuel, desde la puerta de emergencia le dice (el muchacho ya es uno y, supongo, que trino) te lo dije, querido, de lo conmovedor nunca se sale.
Y aquí sigo. Boquiabierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 15 2012

Las Horas: Contar la vida y la muerte

La importancia de cualquier narración (de calidad) llega desde su utilidad para el sujeto. Algo no comunicado es algo muerto. Y algo que se narra (de calidad) conmociona, remueve la conciencia (da igual cómo o su intensidad) y modifica algo del cosmos personal de los que han escuchado, leído o mirado. Porque lo hacen suyo. El universo tiene, a partir de esa reacción un nuevo elemento más. Por eso, las grandes alharacas no siempre sirven. Pueden hacer que alguien pierda un par de horas entretenido, pero poco más.
Michael Cunningham escribió una novela (consiguió el premio Pulitzer el año 1999); David Hare adaptó ese texto creando un guión de cine; y Stephen Daldry dirigió la película. Las Horas. Espléndida conmovedora, profunda, emotiva, bella en su factura. Daldry buscó y encontró a Nicole Kidman (irreconocible y maravillosa en su papel); a Julianne Moore (verosímil, tan frágil como pedía el papel); a Meryl Streep (elegante, sin fisuras en su interpretación); a Ed Harris (perfecto en lo breve de su papel) y a John C. Reilly (en un papel muy secundario, pero con el que consigue una de las escenas más emotivas de toda la película). Y Daldry debió pensar que ya puestos a hacer buen cine, necesitaba una partitura sobresaliente. Contrató a Philip Glass y lo consiguió. El resto del despliegue técnico ayudó, sin duda, a que la película terminara siendo una excelente muestra de lo que es el buen cine.
Contar la vida es complicado. Contar la muerte también lo es. Y hacerlo por separado un error de principiante. El mundo es dual. La pregunta no debe formularse como ¿vida o muerte? La cuestión es tener claro que la vida es muerte y la muerte vida. Vida y muerte. Siempre van unidas. Y esto es de lo que trata esta película. La vida. La muerte. Y las diferentes formas con las que determinados personajes son capaces de enfrentarse a ello.
La novela de Virginia WoolfMrs. Dalloway, sirve de nexo entre tres mujeres, tres tiempos, tres vidas distintas con tres muertes añadidas. Un poeta enfermo será el conductor necesario para que el nexo funcione. La locura, la homosexualidad, el fracaso y el éxito, serán elementos que ayudarán a comprender lo que sucede. Toda una hermosa tragedia rodeada de belleza corporal y espiritual.
El guionista plantea cuestiones dolorosas e inevitables para el que mira desde la butaca. Por ejemplo, ¿hay opciones en la vida cuando un sujeto se plantea ser feliz?; ¿existe el perdón cuando no aparece el arrepentimiento? Y lo hace desde la crudeza que impone la realidad que asusta con su terquedad y que ordena nuestra libertad.
Los diálogos de la película son fascinantes. No dan tregua, cada secuencia encierra frases importantes. Las reflexiones de Virginia Woolf (personaje que interpreta Nicole Kidman) son enormes; los silencios (sí, los silencios) de Laura Brown (personaje que defiende Julianne Moore) son conmovedores; las prisas por decir sabiendo que el tiempo se acaba de Clarisa Vaugham (personaje de Meryl Streep) son descorazonadoras. Todo lo que dice Richard Brown (Ed Harris) tiene importancia. Él es la vida y la muerte. Aunque todos lo somos, ese personaje concentra la esencia de esa conjunción entre un lado de la realidad y el otro.
Pero si los diálogos son importantes las interpretaciones y el trabajo de dirección con los artistas lo son del mismo modo. Todo parece exacto, ajustado, pertinente.
Buena fotografía, una puesta en escena elegante; el vestuario, maquillaje y peluquería, impecables. Todo es su sitio. Todo es lo que tiene que ser. Ni más ni menos.
Las Horas es una película que se presenta con un ritmo pausado, algo lento, aunque es lo que requiere un guión de estas características. Las buenas reflexiones apresuradas suelen terminar en desastre. Y con este ritmo narrativo, el espectador está obligado a ceder ante la propuesta o abandonar. El que cede se garantiza una experiencia estupenda entre personajes difíciles de entender, en épocas diferentes, entre vidas y muertes diversas que terminan siendo la misma cosa. Siempre fue así.
Desde luego merece la pena ver la película, dejarse seducir por ella sabiendo que pisamos la zona gris de la existencia. Pero sabiendo, del mismo modo, que nuestro universo será otro distinto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 14 2012

La cojera del recuerdo. El secreto de sus ojos.


Antes, cuando el cine era cosa de actores, directores, montadores, guionistas y del público, las películas (casi todas) terminaban bien. Los finales felices eran mucho más valorados, mucho mejor recibidos. Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, la cosa es otra. Encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público tienden a encontrarse a gusto entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.
Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.
Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.
El secreto de sus ojos es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo.
Espléndido el guión, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.
Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. El secreto de sus ojos utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.
El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.


Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que tituló “¿De qué pie cojea el recuerdo? Y dice:
El recuerdo se teje
con doble hilo,
y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas
que no han sucedido.
Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.
Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar.
El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente, emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos.
Háganse un favor. Vean la película. Y si ya la han visto háganselo otra vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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