feb 24 2014

Las maestras de la República: Un sueño por cumplir

La película documental Las maestras de la República ya forma parte de esa recuperación de la memoria histórica tan querida por muchos y tan denostada por muchos también.
El documental está realizado con mimo. Se cuida el guión, se presentan valiosos documentos de la época que ilustran la idea que se maneja en cada momento, y se utilizan testimonios de personas involucradas en uno de los hechos históricos más terribles de la historia reciente de España. Es verdad que se echa en falta la presencia de alguien o de algo que intente, no ya justificar una barbarie atroz y en sí injustificable, sino dar fe de lo que sucedió; algo o alguien distanciado de la propuesta para que nadie pueda dudar de la veracidad de lo que se narra. Porque tratándose de algo así, habrá quien siga negando evidencias o tratando de minimizar lo que sucedió. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente.
Arranca el trabajo desde un punto de vista muy concreto. María Sánchez Arbós, maestra de la Institución Libre de Enseñanza, se presenta como guía de lo que será un recorrido por el planteamiento del gobierno republicano en materia de enseñanza. Es decir, la declaración de intenciones es muy clara, la película es un homenaje a las maestras republicanas. Pero la directora del documental, Pilar Pérez Solano, recorre un camino algo más largo analizando la situación de las escuelas públicas españolas poco antes de que se pusiera en marcha una reforma ilusionante y muy ambiciosa durante la II República. Es sencillamente espeluznante conocer la situación de los maestros y de los alumnos hasta el año 1931.
Tras la introducción el documental rompe, y rompe bien, al llegar ideas evocadoras a raudales. Ideas que no deberían representar nada que no fuera la realidad que vivinos, pero no están. No adoctrinar y sí formar. Igualdad y calidad. Más escuelas y mejores maestros. Santo respeto al niño. Educar para la paz, preparar para el futuro, para la libertad. El arte de perder el tiempo. La pantalla se llena de imágenes maravillosas que muestran mujeres dispuestas a enseñar, preparándose, integradas en una sociedad en la que los hombres (por primera vez) aprenden de ellas y en la que la igualdad de género comienza a abrirse paso. Mujeres independientes, con autonomía y capacidad para educar. Pero, poco después todo se oscurece y las vemos en prisión haciendo lo que pueden con la educación del resto de reclusas. Presas o aniquiladas. Gris, muerte.
El testimonio de Hilda Farfante resulta emotivo y nos arrastra hasta las zonas de terror, de la desolación de los vencidos, del silencio eterno. Perdió a sus padres –ambos maestros- durante la guerra civil. Ella y dos hermanas sobrevivieron gracias a su tía, maestra también. Recuerdos de niñez que se limitan a un vestido de flores y poco más porque algún bestia le arrancó la posibilidad de tenerlos.
Las maestras de la República se acerca a la actualidad de la enseñanza española casi sin quererlo puesto que no podemos evitar la comparación de la escuela pública de los diferentes momentos históricos que pasea el documental con la actual. Enseñanza que es asignatura pendiente desde siempre y que no parece tener solución mientras los partidos políticos la utilicen como moneda de cambio.
El montaje de la película es sencillo y efectivo. La fotografía se cuida en cada plano. La dirección es valiente. Y la música resulta emotiva y discreta. El conjunto es especialmente atractivo. Los ideales, intactos a pesar de todo, siguen en el lugar de siempre para que los tome el que quiera hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


feb 2 2014

Stories we tell: Historias, miradas y verdad

Cuando un buen amigo con muy buen juicio para esto del cine y la literatura me ha preguntado de qué iba este documental, más que nunca, no he sabido cómo empezar a explicárselo. Si algo tengo claro es que la historia es lo de menos, aunque siempre tiene que haber una. Stories we tell (Historias que contamos) es precisamente eso, una historia convertida en varias, porque en cada una la mirada es diferente, a pesar de que todas traten simplemente de relatar los hechos.
A saber: cómo Sarah, la directora de esta pieza que irradia pura literatura, averigua quién es realmente su padre biológico reviviendo el espíritu de su madre a través de su padre Michael. Éste le pone la voz principal a un relato que al principio parece escrito por su hija y más tarde parece pertenecerle a él mismo. (Un giro narrativo que para algunos puede chirriar aun comprendiendo la esencia de todo el documental y para otros puede ser la guinda del pastel).
De este modo, Sarah orquesta a toda una serie de personajes reales – padres, hermanos, tías, amigos y amantes de…- a contar en sus propias palabras la historia. Y lo que al comienzo se presentaba como una aburrida retahíla de entrevistas no tarda demasiado en captar la atención del espectador soltando pequeñas sorpresas inesperadamente, y enseñándonos poco a poco a cada personaje, de quienes cuando comenzaron a hablar sólo sabíamos el nombre, y su relación con Sarah. Éstos, quien para un resignado Michael sólo son jugadores secundarios -apenas tangenciales a la historia-, cuentan su versión de la misma, que al final no es más que la propia verdad de cada uno. Porque para Michael sólo hay una historia verdadera y dos jugadores principales; y uno de los dos no está para contarlo.
Sin embargo, al final es la propia Sarah quien conforma la historia, quien selecciona cada parte de verdad de cada jugador y nos la enseña, junto con una serie de saltos audiovisuales al pasado. Pero para entonces ya hay otra mirada más en juego: la nuestra; porque con cada perspectiva, con cada par de ojos proyectando su modo de relacionarse, sus propios problemas a través de un mismo relato, nosotros ya hemos proyectado los nuestros, ya hemos pensado en nuestra historia, en el modo en que nos relacionamos, en cómo lo vivimos y cómo otros lo verán. Unas verdades dan lugar a otras verdades. Una reacción en cadena. Una lección literaria.
© Del Texto: Coletas


may 7 2012

Pina

Wim Wenders firma este documental que recuerda y homenajea a Pina Bausch.
No entiendo mucho de danza. Y, posiblemente, no he logrado entender mucho de lo visto. Pero la plasticidad del documental, el montaje que alterna las coreografías con las intervenciones de los bailarines que estuvieron a las órdenes de Pina Bausch, una fotografía magnífica de Hélène Louvart, y una dirección extraordinaria de Win Wenders, me han cautivado desde el primer minuto.
Los bailarines fundiéndose con el entorno, sus deseos convertidos en realidad mientras están la calle, amores rotos, amores nuevos, la libertad, la soledad, todo tipo de sensaciones convertidas en un movimiento. Los elementos básicos convertidos en vitales para que la danza sea auténtica.
Los encuadres son precisos y preciosos. Wenders mima con la cámara todo lo que los artistas tratan de decir. Los movimientos son delicados. El director quiso rendir tributo a su amiga haciendo un trabajo de primera categoría.
Durante todo el metraje, la figura de Pina está presente. Su forma de entender el baile, su forma de tratar a los bailarines, la libertad que cualquiera que se acercara a ella tenía para trabajar.
Este es un documental excelente. Y lo dice alguien que no entiende la danza, que no sabe valorar adecuadamente algo que, por otra parte, le ha tenido pegado a la butaca de principio a fin.
Me quedo con la escena en la que una mujer intenta que su amado no la abandone. Por su belleza. Y con el hombre que baila sobre la tierra de una cantera. Porque la fusión de entorno y artista aparece con fuerza, sin dejar un milímetro a la duda. Pero, también, me quedo con el conjunto porque es asombroso.
Si pueden verla en una sala de cine y en 3D, mucho mejor. Creo que es la primera vez que alguien utiliza este recurso (que detesto) para hacer que el cine sea algo mejor y no para vender lo que no hay u obligado por las modas.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 12 2011

F FOR FAKE (Fraude): Los mecanismos de la fascinación

Reme, una intima amiga de mi madre, tiene una hermana, la Antoñita, que se fue a Ibiza en los 70 y allí se quedó.
Cuando Antoñita venía a Sevilla, mi madre siempre quedaba con ella y yo siempre quería acompañarla a verla.
Antoñita era lo más cool que te podías echar a la cara: vestía ad-lib, fumaba en boquilla y bebía gin-tonics en las terrazas de las cafeterías.
Sublime.
Me he acordado de ella porque esta tarde su imagen se me esfuma y aparece, en su lugar, la de Oja Kodar.
Decía Baudrillard que “el mundo entero ya no es real, sino que pertenece a la categoría de lo hiperreal y de la simulación. No se trata ya de interpretar falsamente la realidad sino de ocultar que la realidad ya no es necesaria.”
Así que tenemos que Baudrillard, el filósofo y crítico de la postmodernidad y el postestructuralismo, decía esto y lo hacía en 1978.
Más.
Decía Truffaut que siempre había preferido el reflejo de la vida a la vida misma.
Picasso decía que el también podía pintar falsos Picassos, como todo el mundo.
Decía Satie que él se llamaba Erik Satie, como todo el mundo.
Oscar Wilde decía que la mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte.
Esta mañana le he hecho una foto a mi madre con un broche que pone quiero ser Duchamp. Mi madre ha posado impertérrita y ha dicho que el broche era muy bonito.
Clifford Irving, aquel escritor que se inventó enterita la biografía de Howard Hugues, (pasando por ello una temporada a la sombra) y que escribió la biografía de Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de nuestro tiempo, señalaba que lo primero que se ha de distinguir cuando se habla de la calidad genuina de un cuadro, no es si éste es auténtico o una falsificación, sino si es una buena o mala falsificación.
Hace unos días impartía una mesa de trabajo en la Universidad de Sevilla sobre el fraude como actitud artística válida, incluso como disciplina.
Deambulando por la ciudad con el equipo de dicha mesa, nos encontramos con la boda de la Duquesa de Alba (en Sevilla, a poco que salgas, pasan estas cosas). Allí nos reímos mucho con unas amigas que, vestidas con un estilo goyesco-punk, vendían unos preciosos alfileres con la cara de dicha señora.
Un asunto apasionante –el fraude, y también apasionante la que estaban liando mis amigas en un acontecimiento fake pero de otro estilo- del que no se puede sino decir que pertenece a aquellos mecanismos de la fascinación con los que Resnais definía El verano pasado en Marienbad.
Más exactamente lo definía como un documental sobre estos mecanismos.
Orson Welles hizo de Fake una película que no es una película que es un documental, que a la vez es un falso documental haciendo varias películas documentales en una, con un material en su mayoría proveniente de otro (Reichenbach, que lo había filmado años antes, en el 68) sobre tres falsificadores (Elmyr de Hory, Clifford Irving y Orson Welles) y una sobrina falsa de Picasso que en realidad fue su mujer (Oja Kodar) que para mí se encarna ahora en la hermana de la amiga de mi madre.
A poco que se le de la vuelta, la historia del arte se transforma en la historia de un fraude. Una apología del simulacro de la que tenemos que dar gracias ya que si no todo esto sería un estúpido aburrimiento
¿Sería concebible imaginar un original y no recordar su copia, sea física, metafísica o perteneciente al terreno de los sueños? Absolutamente no. Todas las obras son una deliberada manipulación de lo visto y recordado.
La copia es la materia natural de la creación.
La copia. La simulación. Lo falso. El simulacro o la vida como una maravillosa y necesaria mentira. La vida como un falso documental de la vida.
Cuando era pequeño vivía en una casa construida en 1876. Debajo de la casa estaban las Bodegas Sandeman, un establecimiento igualmente de finales del XIX, con un reservado en el que Lola Flores formaba la marimorena cuando venía de algún sarao en el contiguo palacio de los Duques de Medinaceli. A las Bodegas Sandeman nadie las conocía como tales sino como las de el tío de la capa, pues su logo era el de un señor con capa española y sombrero. Igualito a Orson Welles.
Dentro del indispensable funcionamiento del Cuerpo del Misterio, sin el que la vida no tendría más sentido que las de los personajes autistas de Fahrenheit 451 (¿verdad, Linda?) los mecanismos de la fascinación son el engranaje de la magia. Welles, al comienzo de F for Fake, hace aparecer y desaparecer una llave (la que abre siempre el Misterio) a un niño.
No hay posibilidad de arte sin la aparición y desaparición de llaves.
Do you believe in magic?
Pues eso. Si hay algo más ruego me lo digan porque yo, con esto, vivo feliz desde 1876. Un siglo antes que Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de su tiempo, se suicidara en Ibiza, en 1976.
A question mark. F for Fake (Fraude), Orson Welles, 1975
© Del Texto: Ruben Barroso


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ago 2 2011

Inside Job: El robo del siglo o en qué consiste la condición humana

A estas alturas, el cataclismo financiero que estalló en 2008 es algo conocido por todos. Entre otras cosas, porque lo sufrimos millones y millones de seres humanos. Los más afortunados han tenido que apretarse el cinturón a base de bien. Los que menos suerte han tenido (los pobres, los trabajadores sin preparación académica, las mujeres y los jóvenes) han perdido sus casas, sus escasos ahorros y, en muchos casos, las ganas de vivir. Estamos viviendo una de las etapas más tristes de la humanidad. Lo que parecía un sueño de todos (la aldea global y esas cosas que nos vendieron los de siempre) se ha convertido en la peor pesadilla de todos los tiempos. Es un cataclismo conocido por todos, pero que casi nadie puede explicar. ¿Cómo algo de esta relevancia es imposible de colocar en su sitio? Porque nos ocultan la verdad, porque si no formas parte del entramado formas parte de la masa social (de todo el mundo) expuesta a los peligros de los codiciosos.
Inside Job es un documental de Charles Ferguson. Es una película que trata de aclarar las cosas, de señalar a los culpables, de explicar lo que ha sucedido y en manos de quién estamos. Lo hace desde el enfado monumental de su director, productor y guionista. Con un montaje magnífico deja en evidencia a muchos de los que se han enriquecido haciendo que el 95% de las personas sean más pobres, tengan un futuro más incierto y muchas menos posibilidades de acceder a los estudios universitarios. Entre balbuceos, algunos de los entrevistados no atinan a dar respuesta; otros, desde la arrogancia, niegan la mayor; y todos siguen ganando cantidades insultantes de dinero. No han tenido la decencia de tirarse por la ventana o pedir perdón.
Ferguson divide el documental en varios capítulos que se centran en diferentes fases de la gran crisis. Busca el porqué e indaga en la situación actual para prevenir y dibujar el futuro. Los presidentes norteamericanos aparecen como títeres del poder financiero (incluido Obama); los políticos europeos como personajes que no pintan nada de nada; los ejecutivos como tiburones sin escrúpulos que han dejado el mundo patas arriba sin tener que pasar por un tribunal; y el resto de la población mundial como piezas en un tablero que manejan unos pocos a los que no podremos quitar del sitio jamás si la cosa sigue como hasta ahora.
Con una fotografía cuidadísima, Ferguson logra un equilibrio magnífico entre la imagen y la narración. Intercala imágenes de archivo, con las de las entrevistas que va realizando, con gráficos y con tomas de su cosecha que son, francamente, buenas. A veces, es verdad, la explicación es algo compleja puesto que se trata de desenmarañar el mundo financiero. Y esto puede causar cierto rechazo en un tipo de espectador poco preparado o desinteresado. Pero, en general, el ritmo narrativo es impecable. A medida que se acelera el enfado del espectador aumenta. Si baja la intensidad, la depresión aparece en ese mismo espectador.
Magnífico, apabullante, claro y sin concesiones de ningún tipo a nada ni nadie. Un documental que todo ser humano debería ver.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 22 2010

Marchando otra de castañas

Wasteland

Un tal Lucy Walker firma un documental que retrata la vida de un artista brasileño llamado Vik Muniz, cuyas obras se realizan reciclando materiales, y esta vez ha decidido irse al mayor vertedero del mundo, el cual es un islote por el que solo se puede llegar a través de un puente y que está en Río de Janeiro. Todo muy bonito, los ecologistas están de enhorabuena, pueden sacar el champán. Los snobs y cantamañanas también. Pero yo no soy tonto, tal y como rezaba la promoción de una importante franquicia de hipermercados tecnológicos. Es un documental tramposo, hipócrita, falso, y todos los sinónimos que queráis encontrar del mismo estilo. Vale, lo admito, me salí a los 50 minutos, pensé en algún momento si aquello era de verdad una campaña ecologista, incluso tuve esperanza. Pero no, esta obra no es más que un despropósito egocentrista para hacer lucir y promocionar al llamado artista Vik, haciéndose pasar por mártir, creyendo que va a cambiar la vida de la gente que vive hacinada entre montañas de basura, posando para cámara mientras sus congéneres le hablan como si lo hicieran a una pared, un tal Vik que me la suda si es bueno haciendo su trabajo, porque lo único que quise en los 50 minutos que aguanté en la sala fue darle una buena paliza a ese hombre de sonrisa fría, falsa, estúpida. Lo dicho, ecologistas y snobs, seguid premiando este despropósito en festivales como Sundance, pero para mí, esto no es la realidad, es una publicidad de casi dos horas.
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The Temptation Of St. Tony

El argumento nos sitúa en la vida de un hombre que poco a poco lo va perdiendo todo, pero que a pesar de ello, intenta no perder su dignidad, un viaje hacia el infierno donde lo intentarán seducir pecados como la gula o  la lujuria. Una obra basada y estructurada en el Infierno de Dante (La Divina Comedia) llena de metáforas y paradojas sobre nuestra sociedad, una película que nos habla sobre la crueldad del ser humano, de cómo sucumbimos rápidamente a los distintos placeres, una crítica a la falta de moral, todo visto a través de nuestro protagonista que poco a poco se va derrumbando y sumiendo en una locura sin fin, donde las personas que lo rodean están aún peor y lo pondrán entre la espada y la pared. Una historia sobre la pérdida del amor, la frialdad de los sentimientos, pero también de la falta de la lógica, de la razón. La de un mundo sin valores y principios. Ciertamente, tengo sentimientos contradictorios con esta película ya que tiene momentos realmente buenos si vemos las escenas por separado (incluso brillantes, gracias a la música, muy grande ese tema musical y que podéis escuchar en el trailer, y la excelentísima fotografía), pero que en conjunto acaba resultando espesa al espectador menos avispado; y por otro lado, es claramente un ejercicio de rollo yo solo me lo guiso y yo mismo me lo como que encantará a bohemios y demás estamentos sociales pseudoculturetas que parece que solo han visto cine de Haneke y Lynch, y que le van estas películas checoslovakas como digo sarcásticamente a este tipo de películas que no conoce ni Dios. Ni Buda. Ni siquiera Espinete, joder.
© Del texto: Gwynplaine Thor
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nov 10 2010

Dos Caras (I): Armadillo o la guerra de las consolas


Armadillo es un documental realizado por Janus Metz que nos cuenta una vez más la situación del conflicto afgano generado por la caída de dos famosas torres gemelas que ya son historia, y el disparate creado por un presidente americano que aún hoy perdura y carece de sentido alguno. Para ello, el autor decide narrar la historia de unos jóvenes soldados de la ISAF daneses que van a pasar 6 meses en dicho país, en un fortín que da pie al título de la cinta que nos ocupa. Una historia que se adentra psicológicamente en los efectos y consecuencias del conflicto, a través de diferentes visiones, la de los civiles que sufren el chantaje de los talibanes y tienen miedo de los aliados; y unos soldados ávidos de acción que creen estar en misión de paz y nunca arreglan nada, solo generan más muerte y miseria de la que ya hay. Un film que analiza de manera muy subliminal la tecnología punta del ejército aliado, y es que tan solo hay que darse cuenta de todos los aparatos electrónicos que llevan encima cada uno de ellos, de los instrumentos utilizados para captar talibanes desde el cielo y un largo etcétera que a más de uno se le quedará la boca abierta si es buen observador, y es que la guerra ya no es una guerra como las de antes, cada día todo está más informatizado, monitorizado, vigilado (sublime el momento captado desde una cámara en el casco de un soldado…).
Sin embargo, la crítica se centra en la inutilidad de todos esos aparatos frente a un enemigo fantasma (como se nos muestra en diversos pasajes), donde los soldados están siempre con el miedo presente en el cuerpo porque no saben distinguir entre un talibán de un civil, todo el mundo es sospechoso, todo el mundo puede ser un soplón, y a medida que transcurre el relato uno se sorprende de lo listos que son los talibanes a los que nunca se les ve pero que debido a sus estrategias de atacar, esconderse y camuflarse llegan a desgastar a sus enemigos, nuestros aliados; es sorprendente cómo en 6 meses los soldados que protagonizan esta historia acaban psicológicamente más inestables de lo que ya eran antes de entrar en batalla. Por no hablar del aburrimiento que es estar allí en medio de la nada recibiendo órdenes que tienen poca o ninguna coherencia, y es que ya tengo que llegar a la pregunta más obvia:
¿Por qué los aliados siguen allí? ¿Por qué tras casi 10 años no se ve ningún avance?

No es más que una guerra de guerrillas, y lo peor es que no son soldados de verdad los que se envían a aquel inhóspito lugar, sino unos niños hormonados y atolondrados queriendo jugar a videojuegos. Un videojuego donde los enemigos prácticamente van con lanzas y piedras, pero donde nunca se gana. Increíble. Destacar también el hermetismo del ejército en un momento dado, y cómo se insinúan las torturas y actos burlescos que allí se cometen, pero sin caer en lo explícito, una doble cara que no se ve, cruel, inquietante, que se intuye a lo largo del film y cómo se oculta a los medios. Por lo demás, el documental a nivel técnico es sublime, impactante, prácticamente las imágenes de los momentos de batalla parecen sacadas de una película bélica y el apartado sonoro lo acompaña y refuerza. En ese sentido es excelente.
Sin más, sólo les digo que es imprescindible verla para entender en qué se está convirtiendo el mundo en el que vivimos. No se la pierdan.
Game over.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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oct 14 2010

F for FAKE (Fraude): ¿Todo es ilusión?

Orson Welles se lanzó a escribir y dirigir este documental (falso documental) que no deja títere con cabeza. El planteamiento es sencillo: ¿Hasta dónde el arte es arte? ¿Quién sabe de algo en este mundo? ¿Es objetivo algo que no sean las matemáticas? ¿Es la ficción una realidad que engatusa por ser un disfraz más real que la propia realidad?
Este documental de Welles es tramposo y propone sentarse a mirar sin inocencia alguna. El mundo es un enorme truco de magia en el que se puede creer o no. Toma relevancia el montaje del material como maquinaria que permite hacer real lo imaginado o difuminar el mundo hasta que parece un decorado sin importancia en el que ocurren cosas que, creídas, se convierten en nuestro entorno más cercano. Un espectador no avisado o alguien que decide creerse lo que cuentan porque sí no entenderá nada de esta cinta.

Y, por esta razón, nos encontramos ante un trabajo exigente para el que observa y, a veces, excesivamente confuso. Hay zonas brillantes que se mezclan con otras que dilatan en exceso un tempo narrativo ya endeble desde el principio; Welles, contenido en exceso pasa a tener un protagonismo demoledor que impide centrarse al espectador; todo va y viene de un extremo a otro evitando los tránsitos más agradables.
Se plantea muy pronto el asunto y se soluciona con mucha demora, van apareciendo propuestas demoledoras que deberían estar desde el principio y desaparecen como por arte de magia. Un documental incómodo y fallido aunque se arrastre una idea excelente.
Además de Welles, Oja Kodar aparece con una belleza brutal para plantarse en la última fase de la obra (tal vez la más brillante) y recrear junto al director el falso encuentro de Pablo Picasso con su abuelo; la música de Michel Legrand pasa desapercibida y François de Reichenbach acompaña durante todo el documental al director.
Mitos que se vienen abajo por su falsedad. Y, de paso, arrastran al documental a tierra de nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 27 2010

How Much Does Your Building Weigh, Mr. Foster?: Corrección sin vida

HOW MUCH DOES YOUR BUILDING WEIGH, MR. FOSTER? (¿CUANTO PESA SU EDIFICIO, SEÑOR FORSTER?) – NORBERTO LÓPEZ AMADO y CARLOS CARCAS – GRAN BRETAÑA/ESPAÑA – ZABALTEGUI, NUEVOS DIRECTORES

Un documental sobre Norman Foster producido por su mujer, Elena Ochoa. No piensen que es una maldad, pero no deja de ser un hecho cierto. El resultado es lo que podíamos esperar: una cuidada producción, una fotografía impecable con la que las grandes obras de arquitecto, lucen con un esplendor y una grandiosidad incomparables, y un guión encaminado a ensalzar la figura del artista como un visionario, y su dimensión humana, casi como un superhéroe.
El propio Foster es quien lleva las riendas de la narración de esa construcción de sí mismo y del mundo. Es un hombre con una presencia y una elegancia, singulares, gran aplomo como orador y fotogenia. Debe de ser inteligente para llegar a donde ha llegado. La película llega al espectador sin un fallo. Para apoyar la narración aparecen, por aquí y por allá, varios artistas y asociados, cuidadosamente seleccionados, vestidos y maquillados.
El recorrido por la trayectoria vital y profesional de Foster es lineal y previsible: su infancia en una vivienda obrera suburbana de Manchester, sus primeros dibujos y su primera empresa y éxitos; y después un recorrido por sus trabajos más emblemáticos. Aparece en una secuencia muy breve como padre atento y en otras dos recordando momentos vitales decisivos. Sin emoción.
El resultado es un documental… ¿perfecto?
Admiro mucho a Norman Forster. Creo que es un genio como arquitecto y como artista y entiendo que sus grandes construcciones se han convertido en paradigma de un mundo nuevo y referente inevitable. Creo que es una de las mentes que en este momento, en estos últimos años, ha movido la manera de entender el mundo y participado de manera singular en su construcción. Lo ha hecho con sus grandes obras, como el aeropuerto internacional de Pekín, el edificio más grande de la tierra, en las más reducidas actuaciones simbólicas como la reconstrucción del Reichtag, con su cúpula emblemática; y también en los edificios de pequeño formato como el creado para la sede de la municipalidad de Londres, junto al puente. Me parece además que no hay que tener un importante conocimiento de la arquitectura y basta con extender una mirada curiosa sobre sus obras para entender que son maestras, y grandes logros arquitectónicos, y pienso en el viaducto de Millau. Todo esto queda muy bien retratado en la película.
También Elena Ochoa merece mis respetos como productora de cine y editora de arte, labores  ejemplares, a las que debemos un reconocimiento.
Pero falta algo. Lo que previmos que iba a ocurrir al tener conocimiento de cómo surge la gestación de este documental. No hay conflictos ni claroscuros. No hay una parte humana que nos interesa mucho más que las obras a las que podemos acceder con otros recursos y otros audiovisuales. ¿es que nunca ha tenido un fracaso?
A mí, personalmente, me hubiera gustado –y para eso me acerqué al cine- saber cómo vive y como duerme, verle en su entorno familiar o en sus reuniones de trabajo. Recorriendo alguna de sus obras en el detalle de las infraestructuras; en el recuerdo de momentos de dificultad o de ingenios súbitos que hicieron crecer un proyecto. Verle nervioso, triste o desesperado ante el fallo adverso de un concurso. Creo que a ustedes también les hubiera gustado.
Se ve un intento claro de manipulación de imagen, de crear un producto perfecto. Conseguir una imagen, o mejor: pulirla y perfeccionarla. Lo han conseguido.
Imagínense lo que hubiera sido acompañarle en un viaje por el mundo visitando sus obras, hablando con gente que las habita para vivir o trabajar, con los ciudadanos que las sufren y las disfrutan. O recorrer su vida por un día, una semana o un mes de trabajo; en la preparación de un proyecto desde su origen. Para ello hubiera sido necesario que la idea surgiera de alguien más lejano al personaje, capaz de arrojar un foco sobre él que nos iluminase. A nosotros.
Es una pena. Una oportunidad perdida. Aunque se agradece el trabajo y se aprecia. También se entiende el proceso y el resultado.
Se aplaudió brevemente.
A mí me gustó, decepcionándome.
© Del Texto: Ivor Quelch

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sep 24 2010

Genpin: Cuando falta algo más allá de la pantalla

GENPIN – NAOMI KAWASE – JAPÓN – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO


Genpin es una película documental que compite en la sección oficial. Viene de Japón. Se basa en la labor del anciano y sabio Tadashi Yoshimura, un tocólogo que sigue los métodos de la escuela tradicional, para preparar a las mujeres para un parto natural. Lleva a cabo su labor en un sencillo consultorio rural.
Alrededor de ésta figura, la directora-guionista, Naomi Kawase, ha estructurado con imágenes, pensamientos del médico y testimonios de diferentes mujeres, una película que pone el foco sobre la maternidad y el nacimiento, contando con la deshumanización de la medicina moderna y la necesidad de recuperar hábitos de vida perdidos en nuestras sociedades.

Será muy útil para futuros padres que encontrarán identificación, apoyo y consejos interesantes. Debe de ser especialmente necesario poner este tema sobre la mesa en la superpoblada y estresada sociedad nipona, pero también las mujeres en Europa buscan cada vez más alumbramientos responsables y sin traumas.
Sobre estas premisas, la directora desvela los claroscuros de la testaruda personalidad del médico y pequeños dramas humanos. El montaje compone una sugestiva narración que soporta una fotografía que no siempre es de la mejor calidad debido a la utilización de la luz natural.
Las imágenes de un parto y los primeros momentos de la vida de un niño, nos maravillan siempre; y más cuando son recogidas, como aquí, con intimidad y un pudor realista.
El documental está bien planteado desde una posición humilde y respetuosa.
Fue aplaudido, pero el público pide algo más a la pantalla de cine.
A mí me dejó indiferente.
© Del Texto: Ivor Quelch

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