oct 27 2013

2 Guns: Bienvenidos los palomiteros del mundo entero

Mark Wahlberg y Denzel Washington juntos. La pareja funciona más que bien. Entre otras cosas porque el señor Washington decide no hacer de sí mismo. El guión de Blake Masters adaptando la novela gráfica (tebeo, cómic o como prefieran llamarlo) es divertido, dinámico, ocurrente, lleno de tensión narrativa desde el minuto uno.
La dirección de Baltasar Kormákur comienza con una idea muy clara que no traiciona en ningún momento. Maneja con acierto a los actores, busca los mejores encuadres (sin grandes alardes, eso sí) y juega con los tiempos para explicar con detalle lo necesario una trama que no es retorcida, pero suma muchas pequeñas aristas.
Todo esto convierte 2 Guns en una película muy entretenida que gustará a muchos. Tal vez a casi todos. No es una obra exigente y sí muy generosa con el espectador que pasará un rato agradable.
La acción mezcla a un agente de la DEA norteamericana, a su coordinadora y al jefe de ambos; a un miembro de la inteligencia militar junto a un pelotón de hombres bien entrenados dispuestos a cumplir órdenes; a la mafia mejicana más brutal; a la CIA en su faceta sucia; todo bien agitado y bien servido.
El espectador acompaña a los protagonistas sabiendo, a veces, más que ellos sobre lo que está sucediendo. Eso es algo que siempre agradece el que come palomitas frente a la pantalla. Y genera un efecto muy atractivo: la sorpresa que deben vivir los personajes y que el espectador ha imaginado; cuando no es la normal, cuando ha sido una predicción errónea; se convierte en un giro dramático efectivo y efectista.
Como no podía ser de otra forma, hay una chica muy guapa en la pantalla (impresionante, Paula Patton), un número de armas desproporcionado; dinamita para parar un tren; vehículos que terminan siendo chatarra; miles de billetes para robar y grandes dosis de espectacularidad por minuto.
Se plantea bien la trama, se desarrolla con acierto y se cierra sin dudas por parte del guionista. Es verdad que todo transita por la frontera de lo tópico o cruzándola sin temor, pero se perdona por el ritmo y lo divertido de la película.
Mensaje, ninguno. Profundidad, ninguna. Alardes técnicos, los propios de este tipo de películas. Pero diversión, ironía y acción trepidantes, sobran.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 11 2013

Esas mujeres: Borrador para lo imprevisible

Toda filmografía contiene triunfos y fracasos, todo autor aun de la talla del sueco Ingmar Bergman ha llevado a cabo proyectos portentosos como el extraordinario y rupturista film Persona, y otros fallidos como la no menos original pero deficiente comedia Esas mujeres. Casualmente este juguetón film es el que precede en el tiempo a aquella obra maestra protagonizada por Liv Ullman y Bibi Andersson, aunque en Bergman pocas cosas resultan ser casuales.
Esas mujeres es a todas luces un experimento. El propio género de comedia ya la delata; tocado en muy pocas ocasiones por su autor y casi siempre (con excepción de la genial Sonrisas de una noche de verano) con negativos resultados, sus infructuosas comedias parecen salpicar la filmografía del director sueco como momentos de voluntaria relajación antes de abordar proyectos mayores que conlleven una evidente intención de reinventar su escritura fílmica. Ocurrió con Tres mujeres antes de Un verano con Mónica, con El ojo del diablo antes de Como en un espejo y por supuesto con Esas mujeres que precede al estallido  de Persona.
Pero ¿es realmente Esas mujeres un fracaso? Como película sin duda, la autoparodia es un recurso interesante siempre y cuando el autor sea sincero en ella; y todos sabemos que Bergman se sabía genio y dueño de toda razón. Las piezas no terminan de fluir con naturalidad en este film un tanto deslavazado y el tono de vodevil que tan bien funcionó en Sonrisas de una noche de verano queda anulado por el surrealismo de la cinta. Sin embargo este aparente fracaso se vuelve mucho mas disfrutable si lo consideramos el entretenimiento que fue para su autor, un divertido cuaderno de bocetos que garabatear con su colega Sven Nykvist y sin duda un perfecto banco de pruebas para la concepción radical con que Begrman abordaría la construcción de Persona, el resultado es un film disperso, pero encantadoramente inocente;, una obra ineficaz, pero embaucadora por su concepción casi naif de la vanguardia visual.
Efectivamente si todas las películas anteriores de Bergman sostenían su propuestas con una envoltura cinematográfica que podríamos denominar barroca (en un sentido no sólo de puesta en escena elaborada y recargada llena de claroscuros caravaggescos, sino también de bifurcación de los intereses del clasicismo que lo  aleja de la exposición clara y diáfana de los acontecimientos hacia rincones mas oscuros que provienen de la subjetividad del autor), estas no dejaban de ser films clásicos en la correlación tradicional de forma/contenido y la estructura del relato con inicio, nudo y desenlace. En Esas mujeres el cineasta sueco comienza, sin embargo, a abrazar algunos de los elementos mas característicos de la incipiente modernidad cinematográfica y construye su relato sobre un estilo mucho más libre y descarado, sin titubeos a la hora de mostrarnos el artificio cinematográfico. Se trata de hecho de una obra tremendamente teatral que se emparenta en este sentido con Sonrisas de una noche de verano, aunque si  aquella constituía una perfecta simbiosis de teatro y cine que conseguía articular un discurso tremendamente original, aquí la originalidad reside en la abrupta inclusión de elementos teatrales  (decorados nada disimulados, abundancia de planos generales fijos, personajes entrando y saliendo del cuadro…) en el relato cinematográfico exponiendo su trucaje. Si Esas mujeres resulta teatral es porque pretende ser brechtiana.
El film, que narra el último día de vida de un famoso compositor a través de las personas que lo rodean, disecciona el mundo artístico de forma humorística e irónica en todos sus ámbitos, el de la crítica (contra la que efectúa el más duro ataque bajo la ridícula figura de Cornellius, el biógrafo), del autor, del mercado del arte…; pocas veces se ha mostrado Bergman tan autocrítico como en esta obra en la que demuestra saber reírse de sí mismo aunque no convenza demasiado de su sinceridad. El director se retrata en la forma en que es visto por los demás bajo la figura de Félix, un gran compositor, un autor solitario y excéntrico recluido en su torre de marfil y en los temas que le obsesionan, tocando siempre de forma constante  la suite nº 2 de Bach  y rodeado de un numeroso grupo de mujeres: esposas, exesposas, aprendices y amantes (cabría decir que en aquel momento Bergman ya se había casado en cuatro ocasiones y mantenido varias relaciones extraconyugales con sus actrices, algunas de las cuales aparecen en el film). Estamos por tanto ante  una obra que se carcajea de la mitificación a la que su autor estaba expuesto y en la que se muestra como un ser aislado de la sociedad, encerrado en la prisión de su propia creatividad y atrapado, como Elisabeth Vogler estará un año mas tarde, en un personaje que nunca habla,  una mascara: en todo el film no se nos muestra su rostro de forma directa, solo lo vemos a través de representaciones, de numerosos bustos de concepción romana que solo podrían contener un enorme ego, podemos ver lo que él nos permite, su propio rostro como obra de arte, como piedra esculpida que no obstante sangra cuando se le dispara.
Pero la mayor aportación que Esas mujeres hace a la película que la seguirá en el tiempo es, como hemos dicho, una nueva concepción del relato cinematográfico mucho más atrevida; Bergman parece divertirse realmente mientras juega a manipular las leyes básicas del cine clásico. Hay que destacar primero que se trata del primer título en color de la filmografía bergmaniana aunque el uso de este dista mucho de acercarse a las condiciones del realismo que generalmente caracteriza a la mayoría de producciones, aquí los colores están cargados de intención y recrean atmósferas completamente irreales. Pero el cúmulo de recursos distanciadores que la película despliega va mas allá de un uso efectista del cromatismo y llega a resultar  sorprendente: carteles a la manera del cine mudo, discontinuidad espaciotemporal, sobreactuación de los actores, aceleraciones de la imagen, miradas a cámara… todos elementos que pretenden enunciar los mecanismos de construcción del propio film y que anticipan lo que sería uno de los mas fascinantes elementos de Persona (y de cintas de vanguardia posteriores como la divertida y recargada Las Margaritas de Vera Chytilova), su descarada enunciación metalingüística
Esas mujeres nos presenta un relato plenamente plegado a la forma, todo en ella es representación, los personajes apenas si tienen personalidad y funcionan como arquetipos bidimensionales a los que su dueño pone nombres, el film deconstruye su propio lenguaje mezclándolo de forma despreocupada, casi anárquica por momentos, con los procedimientos teatrales y de paso haciéndolo hermético al tradicional análisis, liberándose de antiguos corsés y advirtiendo la manera en que más tarde construiría con sólo dos personajes y una isla un nuevo tipo de espacio-tiempo puramente fílmico.
Esas mujeres funciona por tanto como obra taller, como entretenido y radical campo de pruebas de quien se propone cambiar su forma de realizar películas. El tropiezo necesario antes del gran salto.
© Del Texto: David Mayo


ago 30 2013

Memorias de un zombie adolescente: O te comunicas o te muerdo

Jonathan Levine, director de Memorias de un zombie adolescente, nos quiere contar que la comunicación entre los seres humanos es escasa. Nos quiere contar que eso hace que parezcamos más muertos vivientes que otra cosa. Y nos quiere contar que el amor es lo único que puede lograr que todo se modifique para que el mundo se convierta en un lugar agradable en el que merece la pena vivir. Vale, muy bien.
Además, intenta echar humor a la cosa para que el asunto funcione sin problemas. Y, por si era poco, le pone un punto de bestialidad zombie a la trama. Es decir, intenta abarcar todo, todas las esquinas posibles, para que los espectadores (todos, sin excepción) queden contentos y salgan de la sala de proyección agarrados de la manita, hablando de cosas importantes y besándose con ardor.
Debería saber el señor Levine que no se puede agradar a todo el mundo. Debería saber que meter en el mismo trabajo tanta cosa es convertirlo en un desastre seguro.
Memorias de un zombie adolescente arranca bien. Es un chiste enorme, un guiño constante a la serie B. Pero a mitad de la película todo se comienza a derrumbar por previsible, por ñoño, por sabido. Lo único que sale ileso es la banda sonora (Sitting in Limbo; Missing You, Be the Song o Shelter From the Storm, son algunos de los temas que suenan y que encajan bien sin ser invasivas en exceso). La película se convierte en una auténtica tortura.
Nicholas Hoult, Teresa Palmer y John Malkovich, son los actores principales. Hoult (incluido el físico bien trabajado por los maquilladores) está bastante verde, Palmer lo mismo aunque le digan lo contrario y Malkovich no sé qué demonios pinta en todo esto. Hoult es la bestia, Palmer es la bella y Malkovich es el padre de la chica (de verdad, no sé qué pinta en todo esto). La dirección actoral es flojita.
Es una pena tanto desperdicio porque la idea podría servir. Centrando los esfuerzos en lugares concretos, apostando por una cosa u otra, Memorias de un zombie adolescente podría haber funcionado bien. Porque, finalmente, parece que el guión es insípido e insuficiente, los zombies ni son zombies ni nada, el humor se convierte en un montón de chistecillos de tres al cuarto que se olvidan al salir de la sala de proyección y todo se desliza hacia un lugar en el que el poso no existe.
Aunque no es uno de sus mejores trabajos, Javier Aguirresarobe presenta un trabajo limpio que, sin alardes, cumple con lo que la película necesita.
Y ya. No se puede decir nada más de Memorias de un zombie adolescente. Tal vez ya he dicho demasiado sobre tan poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 31 2013

El lado bueno de las cosas: Sin profundidad y sin casi nada

La propuesta que ofrece David O. Russell en El lado bueno de las cosas podría ser estupenda si no fuera porque él mismo (también es el guionista) termina por colocarse en la zona facilona, olvidando lo importante del planteamiento. Cuenta con un reparto de altura que, si bien no desaprovecha, no puede hacer mucho más con la materia prima de la que dispone. A mitad de película todo se hace prescindible y, casi, estúpido. Una pena, una verdadera pena, porque, sobre todo, Jennifer Lawrence es una mina de oro interpretativo.
Asume cierto riesgo (sobre todo aparente) David O. Russell eligiendo un asunto delicado para soportar la trama. El guión es la adaptación de la novela de Matthew Quick. Y ese libro habla del amor y la locura, es decir, del amor entre personas con algún tipo de desequilibrio. Estas cosas hay que tratarlas con todo el cuidado del mundo, con gran prudencia. Eso lo hace bien el realizador, pero pone tanto cuidado que convierte la película en algo más cercano a un circo amoroso que a otra cosa.
Comienza bien. Nos presenta un personaje que puede dar juego y de posible largo recorrido. Van incorporándose, poco a poco, otros que no interesan en absoluto (la gracia está en que, en realidad, todos están igual de locos aunque el sistema social no lo considera del mismo modo, pero, aunque esa sea la gracia, el resultado es mediocre). Y aparece ella (esto va de parejas) que tiene rasgos interesantes aunque sirve de poco tal y como se desarrolla la acción. Entre diálogos que no aportan lo más mínimo, todo avanza hacía el lugar que ocupan los pastelazos azucarados en exceso.
Bradley Cooper; sí, ese actor que está en todas las películas actuales; no lo hace mal aunque defiende un papel que no permite mucho más de lo que da. Jennifer Lawrence, también con un personaje del montón, logra un resultado muy por encima de lo que cabría esperar. Se defiende con uñas y dientes y logra escapar de un perfil muy gastado. Lo mismo pasa con Robert DeNiro que, con un papel secundario y flojito, llena la pantalla él solito. Para ser justos, el trabajo con los actores del realizador es muy bueno.
La banda sonora, firmada por Danny Elfman, es especialmente agradable y encaja muy bien en el desarrollo de la película. Merece la pena hacerse con ella.
¿Qué tratan de contarnos con esta película? Pues, francamente, poca cosa. Si ese lado de la integración de un enfermo mental en la sociedad, si la injusticia de tratar como verdaderos locos a personas que son parecidas a la mayor parte de los demás (a unos se nos va la cabeza un poco más extravagantemente que a otros aunque todos andamos por la misma senda), si el valor terapéutico del baile y del amor; si esto era el objetivo (no parece que exista otro) queda agarrado con alfileres, se visita como de puntillas. No se profundiza lo más mínimo en el problema y eso hace que los personajes se dibujen con trazo grueso en exceso. El guión busca más el divertimento y la ligereza que el compromiso con el problema planteado. Y eso no funciona ni en cine, ni en literatura, ni en familia.
El lado bueno de las cosas es una película entretenida que no soporta un análisis de cierta profundidad (poca). Si usted busca detrás de lo que se ve en pantalla, si necesita encontrar un sentido a lo que le cuentan, mejor vea otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 26 2013

Llévame a la luna: Aburrimiento cósmico

Hoy, tal y como está el mundo del cine, calificar una película como comedia ligera, es casi lo mismo que decir esta película es un paquete. Eso de comedia ligera es un eufemismo con el que decimos que la película es graciosilla, bastante estúpida y vacía de cabo a rabo. Pues bien, Llévame a la luna del director Pascal Chaumeil es eso, una comedia ligera de las de ahora. Con lazo rosa.
El guión de Laurent Zeitoun y Yoann Gromb está cerca del ridículo. El sistema narrativo intenta ser original y, en realidad, está más visto que el TBO. Intentan estos señores ser simpáticos y crueles al mismo tiempo, pero logran un desbarajuste insultante que se encuentra entre lo grotesco y lo humillante.
Por si era poco, el actor principal es Dany Boon. Quizás uno de los actores más histriónicos que anda suelto por los estudios de rodaje. Recuerda mucho a nuestro Fernando Estero y tiene la misma gracia con sus cosas. Es decir, ninguna. Le acompaña como protagonista Diane Kruger. No estoy seguro de que la comedia sea lo suyo.
Llévame a la luna es aburrida. No sabría decir si los personajes dicen una sola frase con sentido, con cierta profundidad. Aunque me extraña que sea así porque se les dibuja toscamente, sin buscar mínimamente su verdadera sicología.
Técnicamente, la película es muy simplona. La fotografía parece acartonada en algunas secuencias, los planos son muy corrientes y no se busca nada nuevo (hace bien el director porque para presentar esta castaña mejor no hacer esfuerzo alguno).
Y dicho esto, creo que lo mejor es no continuar. Es un gasto de tiempo y esfuerzo inútil.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 17 2013

Un invierno en la playa: Relatar el universo

Cada escritor redacta la vida desde el lugar en el que se encuentra. Desde la experiencia, siempre. Crea un mundo, corrige en la ficción lo que quisiera que fuera de otro modo en la realidad y da forma a sus esperanzas. Lo que un escritor espera de la vida se encuentra en su obra. De esto habla Un invierno en la playa, película escrita y dirigida por el joven Josh Boone, que presenta un trabajo más maduro de lo que se podía esperar en un nuevo autor. Es verdad que no le falta algún tópico, algún personaje algo estereotipado y algún laberinto más lacrimógeno de lo deseado; eso es verdad. Los padres tan modernos, los hijos tan extraordinarios y las situaciones tan extravagantes chirrían algo. Aunque también es cierto que algunos diálogos (buena parte de ellos) son excelentes, las interpretaciones están a una altura considerable y la cámara de Boone está colocada buscando encuadres necesarios y moviéndose con elegancia y delicadeza. Quedarse en el territorio de las tres tramas que conviven en la cinta sin buscar nada por debajo de ellas es un error. Todo buen relato sugiere una búsqueda en su esencia. Y no moverse hacia ese territorio hace que la película pierda mucho de su encanto. No es una película profunda, pero algo queda sin decir que la hace entrañable, inteligente y atractiva. Todo lo que hace evolucionar a los personajes, de un lado a otro, debe tenerse en cuenta: la muerte, el amor, el miedo, las drogas, la ausencia. Todo evidente como vehículo, no tanto el lugar hasta el que transporta a cada personaje implicado. Y todo envuelto en la necesidad de narrar del ser humano. Por eso es tan importante y tan acertado que sean escritores los personajes principales o que tengan una relación tan íntima con la literatura. La película se hace importante al transitar este terreno. Sólo cuando se relata el mundo el mundo se mueve, sólo cuando se relata el mundo se puede sobrevivir.
Greg Kinnear se desenvuelve como pez en el agua en su papel; Jennifer Connelly interpreta una madre sin una duda en su lenguaje corporal; Lily Collins, Nat Wolff, Liana Liberato y Logan Lerman están muy bien dirigidos logrando un nivel interpretativo creíble, lleno de espontaneidad.
La banda sonora compuesta por Nathaniel Walcott y Mike Mogis se salpica de temas propios y ajenos. Junto a Big Harp interpretan el tema At Your Door, por ejemplo. Un excelente tema que inaugura la partitura. Elliott Smith (Between The Bars) y Bear Driver (No Time To Speak) destacan sobre el resto de intérpretes.
El cine indie tiene un nuevo inquilino al que habrá que seguir la pista de cerca. El trabajo de Josh Boone, salvo algunas dudas al principio de la cinta, tiene un aspecto mucho más sólido de lo que es habitual en un primer trabajo. Todo hace pensar que sabe hacer cine y que la experiencia le convertirá en un realizador a tener muy en cuenta. Esperemos que el próximo guión este mejor armado para comprobar si esto es cierto o no.
Un invierno en la playa recoge esa parte de la comedia romántica que tanto gusta a un tipo de espectador, pero que no deja de incluir elementos dramáticos que le dan cierta profundidad y prepara la cabida a un público más numeroso. Es una película muy agradable y, sobre todo, un comienzo muy esperanzador del joven Boone.
A ver si es verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 4 2013

Las ventajas de ser un marginado: cine genuino, cine de género

Ya en su título Las ventajas de ser un marginado esconde el acento agridulce que recorre una película tan típica como única, una película que domina el tono de voz del  mejor Morrisey, ese que canta melodías arrebatadoramente  tristes cubiertas de un halo de  optimismo y viceversa. Y no solo eso, este primerizo film de Stephen Chbosky también obra el milagro de abrazar cada tópico de ese subgénero que es el cine para adolescentes y hacerlos vibrar de forma sutilmente diferente para hacernos sentir como si fuese la primera vez que asistimos a este espectáculo.
Chbosky adapta su propia novela y nos ofrece una cinta indie que por momentos parece no querer serlo, que huye de ser demasiado rara y abraza el cine mas convencional para ofrecernos un metraje intenso que no deja de sumergirse en todos y cada uno  de los mecanismos narrativos que caracterizan un género, no para subvertirlos, sino para extraer de ellos imágenes y palabras cargadas de sinceridad. Podríamos decir que Las ventajas de ser un marginado es para el cine adolescente lo que 500 días juntos a la comedia romántica o Zodiac al trhiller, nunca deja de pretender ser un film para un determinado tipo de público y ofrece todo lo que a priori esperamos de él: un instituto, fiestas adolescentes llenas de alcohol y drogas, el primer amor, el héroe del equipo de fútbol y el empollón, el padre no demasiado enrollado y el profesor que sustituye su figura,  la chica guapa y el amigo gay;  todos los clichés posibles para contar la misma historia de siempre que aquí parece distinta, tan única como el vidrio de una botella de Coca Cola en la que grabaron  las letras del revés, un film para adolescentes que no tiene miedo de serlo, pero tampoco a ser inteligente y sensible como pocas películas estrenadas en lo que va de año, una historia contada desde la perspectiva no del chico cool, ni siquiera del estudiante poco agraciado que ansia ser popular, sino desde la del marginado que no desea dejar de serlo; solo crecer y experimentar el presente.
Charlie es  un chico con aparentes problemas psicológicos y con muchas dificultades para relacionarse que escribe cartas a alguien que no existe (posiblemente a ese Yo aun no construido) y cuyo mayor temor es el incipiente comienzo de su primer año en secundaria, conocer a un grupo de compañeros de instituto del ultimo curso,  tan poco populares como él, pero orgullosos de esa marginalidad; le hará sentirse integrado por primera vez y experimentar el amor y la vida como no lo había hecho nunca. Una historia de iniciación en toda regla que realmente es lo de menos, ya la habíamos oído. Lo que importa en Las ventajas de ser un marginado es el tono justo alcanzado, cómo consigue construir con toda naturalidad una finísima línea  entre lo obvio y lo mágico, una línea en la que  el primer beso a la chica de tus sueños deja de ser un momento empalagoso para  transformarse en un instante excepcional gracias a un ritmo pausado, al constante deje melancólico y, sobre todo, a unos  diálogos tan simples y directos como brillantemente emocionantes.
Unas actuaciones estupendas de los chicos, especialmente de Ezra Millar, una banda sonora llena de grandes momentos que reúne a gente como Sonic Youth o The Smiths (y sin un ápice de pseudopunk a lo Blink 182), e incluso alguna sorpresa final que firmaría el propio Shyamalan, enriquecen un film que todo fan del género no debe perderse y que todos sus detractores deben ver obligatoriamente.
Si la apropiación y el reciclaje continuo en que nos envuelve  la posmodernidad tiene alguna función es esta, la de construir algo con verdadero sentido a partir de lo que habitualmente consideramos clichés, la de encontrar en esos imaginarios que el cine ha construido para nosotros durante décadas el espacio perfecto para hablarnos de lo importante.
El monólogo final de Charlie, en realidad toda la última secuencia, es el mejor ejemplo de lo que intento decir, la hemos  vistos demasiadas veces, pero nunca con tanta intensidad: los chicos son jóvenes y guapos, conducen bajo las luces brillantes de  un túnel mientras  la voz en off nos dice verdades como puños y en el radiocasette suena Bowie.
Un tipo de perfección que solo existe en la gran pantalla, o en los sueños aun no disueltos por la madurez.
© Del Texto: David Mayo


may 26 2013

Lola Versus: Un sello indie para lo convencional

Lola Versus se presenta con el sello indie americano. Y tiene de todo menos de indie.
Daryl Wein nos plantea una propuesta muy manoseada, poco atractiva, pesada y muy alejada de lo que debería ser cine indie. El guión, firmado por el realizador y la actriz Zoe Lister Jones, es más una acumulación de chistes ramplones y situaciones sin interés que otra cosa.
Los personajes son tan arquetípicos, tan cercanos al tópico más irritante, que dejan de interesar desde muy pronto. Lo que quiere ser normalidad se convierte en tostón, la falta de profundidad en las psicologías de los personajes hace imposible cualquier posibilidad de empatía con ellos; la música se inserta por las buenas para que aquello parezca una película independiente y moderna, pero no termina de funcionar bien (mejor escuchar un disco y te libras del paquete).
Lola Versus intenta narrar la separación de una pareja y cómo afecta esto a la vida de los implicados, que son él, ella y los amigos de ambos. Lógicamente, esto es algo que nos han contado un millón de veces y hace falta una gran dosis de originalidad en el punto de vista para conseguir algo nuevo. Lola Versus carece de originalidad. Además, absolutamente. Todo son clichés, situaciones conocidas y causas más que suficientes para el rechazo.
Greta Gerwig es Lola. Una acriz con pinta encantadora y que está por descubrir. El día que le den un papel importante sabremos si es verdad o no que tiene el potencial que se intuye. Zoe Lister Jones hace de amiga de Lola. Se supone que es la graciosa. Por esa razón la actriz se quedaría con el papel en el reparto. Pero resulta ridícula, histriónica y estereotipada. Los chicos, Joel Kinnaman y Hamish Linklater, meros acompañantes sin espíritu.
Prescindible. Muy prescindible. Tal vez los adolescentes se puedan divertir con alguna escena. Por pura empatía, no porque sean tontos. Por lo que me temo que no será así.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 1 2013

El chef, la receta de la felicidad: Opereta sin peso

La propuesta del realizador Daniel Cohen; que firma, también, el guión de El chef, la receta de la felicidad; es muy simple: mire la pantalla y relájese, se trata de pasar un rato agradable. Así de sencilla. Aunque estas cosas tan simples, incluso estas, deben conseguirse. El que quiere hacer una película profunda debe echar toda la carne en el asador. El que quiere conseguir entretener y poco más debe echar toda la carne en el asador. Otro tipo de carne, otros condimentos, pero todo lo necesario sin faltar nada. Ya que la cosa va de recetas, hay que decir que a la de Daniel Cohen le faltan cosas o que, al menos, las cantidades están equivocadas.
La excusa de repasar los excesos y ridiculeces de la Nouvelle Cuissine no está mal aunque no basta con intentar chistes o situaciones algo desastrosas. Se necesita una dosis mínima de inteligencia y algo de elegancia, unos personajes con cierto empaque que no se reduzcan a la oportunidad de que los actores se paseen por la pantalla. Sin una pizca de sal en los diálogos no funciona nada. Y esa sal no llega de poner caras graciosas al decir cualquier frasecilla ingeniosa (¿?). La sal se encuentra en las palabras utilizadas. En El chef, la receta de la felicidad no está. Ya les digo yo que no se encuentra por ningún sitio.
La cinta trata de ser una comedia ligera y se queda en una especie de opereta sin gracia ni peso. La baza de colocar como protagonista a Jean Reno (que no se defiende mal en la comedia, pero que nadie podría explicar qué pinta en este trabajo) no sale del todo bien. Parece que quiera hacer su trabajo, cobrar y salir corriendo. Aunque lo peor es colocar a su lado a Michaël Youn. Histriónico y fuera de control. Recuerda mucho este actor a los españoles que repetían, película tras película, en los años 70, 80 y 90. Un Fernando Esteso con bonito acento francés. Santiago Segura hace una aparición que coincide con lo peor de la cinta. Ya nos explicará alguien a qué venía esto. Incomprensible del todo.
La película es previsible desde el primer momento. Es cierto que, en este tipo de películas, eso no importa demasiado, pero un poquito, sólo un poquito de tensión narrativa no está mal. La sensación que deja El chef, la receta de la felicidad es la misma que deja cualquier película de esas que nos endosan los domingos por la tarde en la televisión. Les voy a recomendar que vean (mucho mejor) Ratatoille. Va de fogones y es mucho más película. Donde va a parar.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 13 2013

Una pistola en cada mano: Un silencio en cada frase

Lo sugerido, lo implícito, lo que no se dice de forma directa, es un recurso narrativo tan difícil de utilizar como impactante, expresivo y efectivo. Complicado de usar y extraño en los creadores actuales que buscan más hacer caja y ser famosos que cualquier otra cosa (me refiero al 80% de los que se mueven en los circuitos más comerciales del mundo de la creación. El resto son rarezas muy necesarias o no les conoce nadie).
Siempre he defendido que la idea de que los diálogos en una película son fundamentales. Si son malos no hay nada que hacer aunque el reparto sea impresionante, aunque la fotografía o los efectos especiales sean una maravilla. Pero esa idea incluye el silencio, la evocación o la expresión llegada desde la palabra que esconde detrás de su aparente superficialidad toda una forma de entender el mundo. Lo que no funcionan son las frases rimbombantes o pretenciosas, la falsa ironía o un discurso rodeado de cosmética que es una enorme pata de gallo.
Cesc Gay es un excelente realizador. Sus películas son una demostración de lo que debe ser la dirección actoral, el movimiento cuidadoso y elegante de la cámara o la inteligencia al desarrollar personajes. Una demostración, también, de originalidad y de vocación por hacer buen cine. Con Una Pistola en cada mano se adentra en la franja de edad de los hombres en la que todo se puede venir abajo si no se asume como lo que es. Lo hace desde una serie de encuentros entre distintos personajes que apenas dicen nada aunque hacen explotar sus universos o lo que queda de ellos. Es curioso que, en esta película, cuanto más se habla de asuntos importantes más se roza el tópico y el personaje que lo hace se asoma al precipicio del ridículo. Cuanto más se silencia mejor se entiende lo que sucede, con qué ánimo se enfrenta el personaje a la realidad. Narra el realizador cinco encuentros en los que los egos chocan, los logos rozan provocando situaciones inaguantables para el personaje; cínicas, divertidas , patéticas, tristes casi todas.
El reparto es excepcional. Y el trabajo de Cesc Gay con él es impresionante. Es verdad que con este elenco la cosa es más sencilla de lo normal, pero que todos estén sobresalientes no es fácil. Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia, Cayetana Guillén, Candela Peña, Clara Segura, Alberto San Juan, Eduard Fernández y Jordi Mollá. Casi nada. Por si era poco, la fotografía de Andrés Rebés cuida hasta el último detalle y todo parece estar diseñado para que no deje de encajar una sola pieza.
Tan sólo la escena final desentona. Demasiado traída de los pelos, demasiado aparatosa para que un personaje diga pues estamos buenos lamentándose entre un grupo de hombres que viven diferentes situaciones a cual más trágica. Y, quizás, Gay se arrima más de la cuenta a algún tópico que no deja de serlo a pesar de enfrentarlo desde la zona inteligente. Alguien podría pensar que la película quiere decir que los hombres son más tontos que pichote y las mujeres muy, muy listas. Y algo de eso hay. Pero hay muchas más cosas. Hay universos enteros que explican situaciones, por ejemplo, de desventaja en las que alguien puede parecer eso, más tonto que un cubo, aunque lo que sucede es que la desesperación es grande y los errores acompañan muy bien en esos momentos. Se enfrentan personas en situaciones distintas en las que las desventajas son muy severas.
Cesc Gay hace buen cine. Cada uno de sus trabajos es una grata sorpresa. Un excelente realizador que ha madurado su cine y terminará triunfando. Es cuestión de tiempo. Y de presupuesto.
© Del Texto: Nirek Sabal