mar 2 2012

Beginners: Nacer, morir, empezar

Durante nuestra vida nacemos miles de veces. Morimos otras tantas. El primer nacimiento y la última muerte son las que suman en los registros civiles, los que nos afilian a la sociedad de forma oficial, pero son las innumerables muertes y vueltas a la vida las que nos aportan personalidad e importancia. Cada cambio, cada toma de decisiones (sea errónea o afortunada) nos hace ser otros, nos convierte en fantasmas que adoptan lo anterior como equipaje obligado. Al fin y al cabo, eso es lo que somos; nuestro propio equipaje, algo que debemos colocar perfectamente para que entre en el espacio que tenemos, casi a diario.
Nacer. Morir. Empezar.
Esto es lo que cuenta una de las comedias más infinitamente tristes de los últimos tiempos. Y lo cuenta para eso, precisamente para hablar de lo extravagantemente triste que es la vida entendida como sucesión de muertes y nacimientos. Aunque, lo grande de esta película también llega arrasando al convertir todo eso en algo agradable y divertido. Lo triste es divertido. También lo es aunque parezca mentira.
Beginners narra una historia disparatada. Está basada en una historia real y, por tanto, es mucho más disparatada que cualquier invención. Oliver (Ewan McGregor) es diseñador gráfico. Conoce a Anna (Mélanie Laurent) que es actriz. El padre de Oliver (Christopher Plummer) acaba de morir; la madre murió poco tiempo antes. Los padres de ella es como si no existieran. Oliver y Anna se conocen y desean amarse. Pero para que eso pase todo debe cambiar. Se deben convertir en fantasmas de lo que son. Y eso es duro. Oliver nos trae y nos lleva y nos saca de sus propios recuerdos. Quiere entender, que le entendamos, que ella entienda. Busca ser lo que es. Anna hace lo mismo. El padre de Oliver también (declara su homosexualidad a los 75 años después de una vida entera casado con una mujer y una vida aparentemente heterosexual).
Toda la trama se desarrolla apoyándose en las imágenes que Oliver va dibujando y que dan sentido a lo que va pasando, a lo que sucedió; apoyándose en fotografías de diferentes épocas, en nombres de personas relevantes. Y ese es un punto de apoyo muy inteligente que permite al espectador acompañar al personaje sin hacer grandes esfuerzos. Todo lo matiza una banda sonora muy apropiada que tiene un protagonismo justo. Y todo se redondea con las interpretaciones de los actores principales. El premiado Christopher Plummer está fantástico (su papel podría provocar cierto histrionismo y, sin embargo, se controla en todo momento consiguiendo un personaje creíble al máximo) y sus dos jóvenes compañeros de reparto -McGregor y Laurent- más que bien.
La película es muy, muy entretenida. Bajo la apariencia de comedia ligera sin grandes profundidades, el espectador que indaga encuentra cosas interesantes, ideas de importancia y puntos de vista diversos que convierten la realidad de los personajes en un lugar lleno de colores con significado propio. Y emociona que podamos tratar asuntos que fueron prohibidos (no hace mucho) con naturalidad, sentido del humor y sin complejos. Una película recomendable que se puede ver en familia y que garantiza un rato espléndido que deja su huella.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 25 2012

Rumores y mentiras: Batiburrillo para jovencitos

Rumores y mentiras aporta al cine poco. Más bien nada.
Trata de ser un homenaje al cine juvenil que se hizo en Estados Unidos durante los años ochenta y se queda en un chiste que, si bien es amable y no produce naúseas, forma parte de lo sabido y, por ello, aburrido y prescindible. Nada que ver con el baile de Matthew Broderick en Todo en un día, el puño en alto de Judd Nelson en El club de los cinco o la cortadora de césped de Patrick Dempsey en No puedes comprar mi amor. Aquello era novedoso y marcó un punto de inflexión en el modo de hacer cine para jóvenes. Lo de Rumores y mentiras es un intento de mezclar y servir al espectador que se queda en un batiburrillo algo estúpido.
Lo que cuenta es que una chica siente que no es popular en su instituto. Buena estudiante, recatada al vestir, con una vida sexual inexistente y cosas por el estilo. Sus padres son lo mejor de lo mejor (casi llegan al absurdo porque hasta los padres más extraordinarios muestran algo de sensatez), la chica tiene una amiga que se pone enfrente al ser superada por la protagonista, un grupo de muchachos ultrarreligiosos y horteras hacen la vida imposible a Olive (así se llama la criatura) y bla, bla, bla. Y decide contar a su amiga (la que luego se la lía) que ha tenido un fin de semana de muerte con un chico que ni siquiera existe. Todo se desboca, pero (aquí llega la explosión de luz y de color) nuestra querida protagonista termina con el que siempre fue el hombre de su vida.
Hay algunos momentos de la película que son divertidos. Pocos y poco. Uno sabe lo que va a pasar treinta segundos después. Y del resto se puede decir poco. Emma Stone se mueve con gracia delante de la cámara. Es una chica muy guapa. No se me ocurre nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 12 2012

Desmontando a Harry: La construcción de un escritor

El mejor cine de Woody Allen aglutina asuntos diversos. La relación entre hombre y mujer siendo pareja; el sexo, Dios y la religión; el psicoanálisis; la crítica mordaz a los intelectuales que hacen gala de serlo al usar frases redondas y el proceso creativo del narrador. Asuntos recurrentes, repetidos, vistos desde aquí o desde allí. Pueden llamarlo como quieran. Pero lo cierto es que el cine de Allen no sería lo mismo sin todo esto.
Desmontando a Harry es una comedia deliciosa y una de esas películas que gustan a cualquiera. Con Allen de protagonista, la trama se va llenando de personajes episódicos que representan la realidad en la obra de Harry (escritor que triunfa con un best seller y cuenta la historia íntima de todo su entorno). Y esa trama lleva a desmontar la estructura de la ficción para ordenar la de la propia realidad. Es decir, se desmonta una novela y aparece el autor; se desmonta lo ficticio y aparece lo real. Porque, al fin y al cabo, todo es la misma cosa. Eso es lo que trata de explicar Allen en su película.
El guión es extraordinario, está lleno de frases con chispa que indagan en territorios difíciles que se hacen más transitables desde la ironía y el sarcasmo. Buscando en él, desmenuzando con cuidado el conjunto, apenas hay nada que pueda modificarse sin que el sentido cambie. Y cuando algo no puede cambiarse, cuando algo no permite variaciones si no es a costa de convertirse en otra cosa, es que es bueno. Y para dar lustre al libreto, Allen elige lo mejor entre lo mejor. Por la pantalla circulan Billy Cristal, Mariel Hemingway, Robin Williams, Demi Moore, Richard Benjamin o Kirstie Alley (entre otros). Logra un reparto compensado y generoso en sus pequeñas participaciones. Todos saben que están allí para que otro personaje vaya apareciendo en plenitud, a la luz de todos.
La puesta en escena, aún sin ser lo mejor de la película, es notable. La música adecuada. El vestuario, la peluquería y el maquillaje más que correcto. Pero la dirección de actores magnífica, el montaje extraordinario y el guión (ya está dicho) excelente. Eso es lo que hace grande la película.
En Desmontando a Harry lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Allen, con gran habilidad, va mostrando escenas que pertenecen a un libro mezcladas con lo que el personaje entiende que es la realidad. Pero, claro, el espectador sabe, al mismo tiempo, que esa realidad del personaje es nuestro mundo de ficción. Todo se mezcla para ser lo mismo. El escritor que interpreta Allen va asumiendo eso y termina yendo y viniendo de un lugar a otro de su universo con tranquilidad, sin grandes conmociones. El espectador, también. Y lo importante de esta película no es lo que se cuenta sino de lo que trata. Por ejemplo, la libertad del artista se analiza con cierta profundidad aunque sea desde la ironía o el chiste. Una libertad que de no existir impide la aparición de lo importante de la creación de cualquier artista: su forma de entender lo que le pasa, lo que sucede a su alrededor.
La película es muy divertida e invita a la reflexión. Por momentos es delirante. En ocasiones se vuelve tierna (entendemos a un personaje mezquino al principio que termina revelándose como lo que es, una persona normal y corriente que escribe). Y es una opción más que agradable para pasar la tarde de un frío domingo o una calurosa noche de verano. Porque el cine de Allen no falla casi nunca. Es lo que nos dan los grandes directores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 5 2012

Acordes y desacuerdos: Cine y Jazz

Un artista es esa persona que vive convencida de su importancia porque sólo él puede crear lo que tiene en la cabeza; porque nadie más podría llegar a escribir, pintar o hacer música del modo que él lo hace. Pero un artista es ese tipo que hizo esto o aquello (una genialidad, una maravilla) y del que muy pocos se acuerdan. Porque un artista es lo que termina dejando atrás, su obra. Él es una anécdota.
Esto es de lo que habla la película de Woody Allen. Acuerdos y desacuerdos. Un homenaje al jazz centrado en la figura de Emmet Ray que presume de ser el mejor guitarrista del mundo después de un gitano que se llama Django Reinhardt. Emmet Ray nunca existió. Django Reinhardt sí. Por ello, Allen se acerca al cine documental introduciendo testimonios de personas enteradas que van aportando datos del guitarrista. Es una forma como otra cualquiera de buscar la credibilidad en la narración. Expertos en jazz y él mismo matizan o presentan parte de la acción entre las dudas lógicas de lo que siempre se contó sobre los genios artísticos.
La película reposa sobre el personaje. Todo lo demás tiene carácter de correlato aunque no por ello pierde importancia. Desde la primera escena se van sumando ingredientes que hacen que el personaje vaya teniendo una evolución necesaria para entender lo que Allen quiere contar. Y, a decir verdad, esa evolución es algo lenta. Por ello, el trabajo de Sean Penn va de menos a más. Hasta que no comprendemos la pasión de Ray por la música y su desprecio por las personas, no comprendemos un abuso del lenguaje corporal por parte del actor que se ve obligado a coquetear con lo histriónico para salir del paso. No les pasa lo mismo a Samantha Morton o Uma Thurman que arrancan bien (sobre todo Morton) sabiendo que su personaje representa una cosa muy concreta que no necesita de grandes recursos interpretativos.
La importancia de la película no llega desde lo que se cuenta sino desde lo que se sugiere sin enseñar. Esa evolución del personaje se produce con lo que quiere ocultar, con lo que se niega a decir de principio a fin. El personaje de Hattie (Morton) funciona con una correlación perfecta respecto a Ray. Ella es muda; no dice una sola palabra durante la película y es el que sirve de nexo entre el deseo y la realidad del protagonista.
No hace falta decir que la partitura de Dick Hyman es fantástica. Muy ajustada a lo que, durante los años 30, fue el jazz. Y no hace falta decir que la puesta en escena es elegante y perfeccionista. El cine de Allen no falla en eso.
Acuerdos y desacuerdos no es la mejor película de este director. Sin embargo, es una opción si se quiere disfrutar de un guión bien diseñado (sin la chispa habitual de Allen puesto que la comedia se enturbia llegando al amargor) y una forma de narrar curiosa en la que los recursos son muy evidentes a la vez que efectivos. Cine de Allen. Buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 2 2012

The artist: La película que deja sin palabras

Magnífica. Esta película es lo mejor que se ha filmado en los últimos tiempos. Atrevida, muy bien contada y arriesgada. Emotiva, simpática y honda. Una verdadera muestra de buen cine.
Reconozco que soy unos de los que la han visto cargado de prejuicios. Eso del blanco y negro y la falta de sonido al mismo tiempo se me antojaba difícil de digerir. Pero no. Y ese es otro de los encantos de The artist. Pone patas arriba al que más reticéncias presenta. No creo que nadie al que le guste el cine se resista a una película como esta.
La historia que cuenta el director y guionista Michel Hazanavicius es de una sencillez y de una inocencia insólita en los tiempos que corren. Y por eso se convierte en un homenaje al cine clásico, al Hollywood más primitivo y a los amantes del cine de todos los tiempos. No pretende ser otra cosa distinta a lo que es: una comedia deliciosa. Es de agradecer que alguien haya sido capaz de renunciar a los efectos especiales y visuales fabricados con un ordenador, al 3D y a la violencia desproporcionada. Es de agradecer que alguien entienda que la ficción (con sus cosas tan lejanas de la realidad) forma parte de nuestras vidas si se consigue emocionarnos.
La banda sonora es fantástica. Desde el primer momento escuchamos la partitura y sabemos qué notas acompañaran a cada uno de los protagonistas. El compositor se ofrece para hacer un trabajo de matices y no para lucir con luz propia. La banda sonora funciona si la escena funciona. Un camino de ida y vuelta. Otro acierto.
La interpretación de Jean Dujardin en el papel protagonista es estupenda. La de Bérénice Bejo en el otro papel principal inolvidable. John Goodman y James Cromwell a la altura que se espera de alguien que participa en una película de esta dimensión. La dirección actoral es otro de los logros, lógicamente. De los grandes logros.
La puesta en escena es perfecta. Y la dirección artística impecable.
Los textos que aparecen en los cartelitos característicos del cine mudo son precisos. Ni uno de más o de menos. Sigue la suma.
Los sonidos elegidos durante una escena que muestra un sueño del protagonista y el tema del final de la película no pueden estar mejor elegidos.
En fin, podría seguir. Pero lo que toca es ver la película por primera vez, por segunda o tercera. No creo que nadie se canse de echar un vistazo de vez en cuando a The Artist.
Una de las cosas que más impresiona de esta película (por terminar aunque me dan ganas de seguir) es que, desde el primer instante, sabes que te va a gustar. Mucha culpa de ello la tiene la habilidad del director. Nos enseña un cine de antes, de esos en los que debajo de la pantalla se encontraba la orquesta. Y lo hace para meternos dentro desde el minuto primero. Y otra de las cosas es la sencillez de los materiales narrativos con los que se juega en el guión. Amor, un lunar, un bigote, dos sonrisas y un perro. Además, el dolor, el fracaso y el éxito. Sencillo y contundente.
No exagero si digo que todos los que se han acercado al cine con mejor o peor suerte deberían ver esta película. Sería una forma de reconciliarse con él, de amarlo por siempre jamás.
Por fin una buena película de gran cine. Ojalá la premien con un buen montón de estatuillas, globos, conchas, espigas u osos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 8 2012

Granujas de medio pelo

La cultura del éxito y la fama, la riqueza material contra la intelectual, el posicionamiento social y la utopía de poder comprarlo todo, hasta una cultura exquisita o una pronunciación aristocrática, da bastante repelús en la vida real, pero le queda muy simpática a Woody Allen en esta película dónde unos granujas, que apenas llegan al medio pelo, intentan aprender en vano a ser nuevos ricos.
Las dificultades culturales con las que se encuentran los personajes son graciosamente sorteadas con una pomposidad abrumadora. Nada más grandilocuente que el volumen de voz de dos maleducados, nada más vistoso que un gnomo enorme multicolor en el dormitorio. Ningún amante más interesante que un trillado galerista de ojos azules engominado y petulante.
La especulación de galletas parece que da para bien poco. La elegancia, la educación y el buen gusto que, de manera obsesiva, persiguen los personajes, resultan inalcanzables y remotos. La delicadeza que exige esa ansiada educación nunca forma parte del premio en los shows televisivos, ni en los millonarios décimos navideños. El poder televisivo se hace patente alimentando a una clase cada vez más asocial y más marciana. Las nuevas tecnologías, tan modernas y funcionales, mantiene a este mismo planeta de marcianos en sus asientos, reproduciendo celulitis y pulgares cada vez más largos. En la educación general básica no cabe el cine, ni la música, ni la filosofía. Le llaman a una pedante por fumar en pipa o leer a Raymond Roussel, una mujer interesante cuando una es una antigua.
La sociedad se perfecciona dentro de un proceso rancio y engañoso. Los modernos resultan un vejestorio y los antiguos una especie futurista.
Ray y Frenchy volvieron a su viejo apartamento arruinados y resacosos de dinero. La lección de las galletas resultó mucho más rica que todo su imperio.
No pude evitar recordar esta película cuando este verano R y yo intentamos el atraco a un banco mediante el socorrido butrón. Despistados entre galerías subterráneas descubrimos la misteriosa receta de las galletas frenchy, fundamos una numerosa familia de yorkshires entendidos en francés y nos mudamos de naturistas al campo, a un bonito prado sembrado de encinas, con gorros de oso polar y piki-pikis de la abuelita N.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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ene 6 2012

Jackie Brown: El guión inteligente

El cine de Quentin Tarantino es tan apreciado como denostado. Porque no todo el mundo está preparado o tiene ganas de bucear en el lado más oscuro de la realidad. Porque cualquier cosa que cuenta este director en sus películas se convierte en una radiografía ácida y dolorosa. Porque algunos no digieren con facilidad las nuevas formas narrativas y las niegan desde el principio y pase lo que pase. Todo en el cine de Tarantino es un enorme chiste que hace reír a los que pueden asumir que la vida es un tránsito hacia no sabemos donde que no hay que tomar en serio si queremos sobrevivir.
Jackie Brown es una de las películas dirigidas por Quentin Tarantino. Divertida y tremenda. Sesentera en su concepción estética. Muy bien contada. Una película muy pegada a lo que el director entiende que debe ser el cine (aunque la factura final se retira de los trabajos anteriores del director, la esencia queda intacta; algo más reflexivo y maduro el desarrollo narrativo): una mofa de todo lo que se pone por delante en el universo de unos personajes magníficos. El mundo mirado desde los bajos fondos porque el mundo es eso y no otra cosa; una enorme cloaca en la que todo lo que ocurre se articula alrededor de las motivaciones que mueven al ser humano (vanidad, codicia, venganza y un amor que sirve para maquillar todas las miserias). El cosmos es sólo eso y así nos lo presenta Tarantino.
Jackie Brown es una película con un ritmo narrativo esplédido. A través de rupturas temporales y cambios en la focalización de la acción, el espectador va recibiendo toda la información necesaria sobre los personajes que explotan sin contemplaciones desde muy pronto. Al fin y al cabo, los personajes (las personas) son lo que ven otros de ellos. Sin esa mirada no pueden existir. Y en el cine de Tarantino eso está garantizado: personajes en todo su esplendor. Concretamente, en Jackie Brown, Tarantino juega a eso y nada más que a eso. Todo lo importante llega desde el mismo sitio y si algo termina siendo relevante llega desde el personaje. Utiliza con gran acierto los talentos de Samuel L. Jackson (fantástico y creíble, macarra e intimidatorio, grande), Robert De Niro (divertido y correcto en su interpretación aunque con algún pico artístico como, por ejemplo, el momento en que sale del centro comercial junto a la novia del villano), Pam Grier (resucitada, muy bien fotografiada y defendiendo su papel de forma notable); Robert Forster (tal vez el más discreto aunque en un papel que tampoco da para mucho más) o Bridget Fonda (mucho más contenida que en otros trabajos aunque flojita como siempre). En cualquier caso, la dirección actoral en muy buena. De cada uno de los que componen el reparto, Tarantino saca petróleo (lo poco o lo mucho que ahí). Petróleo que hace funcionar el motor de personajes que llevan en el mundo mucho tiempo sin hacer nada importante.
La película se desarrolla con una trama inteligentísima y muy bien desarrollada, con un final verosímil y acertado. Traición, avaricia, crimen, sospecha, violencia, un lenguaje soez y gracioso por su bajeza. Un enredo que pocos pueden resolver sin caer en el tópico y el territorio común y sobado. El guión es cuidadoso con lo fundamental. Y es honesto. Los diálogos son, en su gran mayoría, excelentes.
No hace falta decir que la banda sonora de la película es sensacional. Es de las que quitan el hipo a cualquiera.
Si tienen un rato echen un vistazo a Jackie Brown. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 29 2011

Un romance en navidad

Que nuestra civilización está en claro retroceso es un hecho que se constata viendo algunas películas de cine. En concreto, Un romance en navidad, es el claro ejemplo de que todo se va a hundir muy pronto. Alguien debería prohibir cosas como esta. Melaza, amores estúpidos que rebozados en nieve artificial se hacen intragables, interpretaciones nefastas de actores nefastos, diálogos propios de sujetos que no merecen vivir ni un minuto más, una puesta en escena catastrófica que busca más el adorno que otra cosa (la verdad es que no hay otra cosa que buscar). En fin, un auténtico desastre.
Este bodrio se filmó para el formato televisivo. Menos mal que sólo se pudo ver en ese medio. Y no hay una sola escena, una sola secuencia, una sola palabra o un solo gesto de Olivia Newton-John o Gregory Harrison que merezca reseñar. A pesar de ser navidad, les ahogaría con mis propias manos. Además, viendo la primera escena está visto todo. Hacía mucho tiempo que no asistía a un desastre de tal categoría. Sabes como comienza y como acaba antes de sentarte. Es igual si vas al baño, si te llaman por teléfono o si te vas a dar una vuelta. Qué cosa tan mala de película.
Es la semana del cine navideño en Ese Invento del Demonio. No había más remedio que hablar de alguna de las películas que andan sueltas por esos cines de Dios. Y ya está dicho mucho de muchas. Creo que no me arrepentiré nunca lo suficiente de haber elegido esta catástrofe cinematográfica.
¿Es necesario ser cursi en navidad? ¿Es necesario contar tonterías en navidad? ¿Es necesario que exista la navidad? Pido formalmente que encarcelen a Sheldon Larry y Darrah Cloud. Director y guionista. Y que el Grinch se haga con los mandos de esta época del año.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


dic 27 2011

Las luces de la ciudad: Cine universal

¿Puede la curiosidad mover a un adolescente a ver cine mudo? Esta misma pregunta me formulaba mientras un crio removía entre los DVD que tengo por casa. Tras observarlo unos instantes, pude contestarme con un rotundo no, y es una pena, de verdad. Entre un buen número de películas a escoger estaba Luces de la ciudad (City Lights), una de las mejores películas de la historia del cine, en blanco y negro, aún mudas (pese a que en el año 1931, año de su rodaje ya existía el cine sonoro).
Luces de la ciudad es una película protagonizada por el inefable Charles Chaplin (eterno vagabundo), la encantadora y desconocida, en aquellos momentos, Virginia Cherrill (la forista ciega) y Harry Myers (millonario borrachuzo y olvidadizo en momentos de sobriedad).  La película está rodeada de mil anécdotas sobre lo difícil que fue la conexión entre los protagonistas (Charles Chaplin y Cherril no se podían ni ver, de hecho estuvo a punto de ser sustituida y fue obligada a repetir la escena de la entrega de la flor casi 300 veces; el plagio de la banda sonora (la famosa Violetera del Maestro Padilla fue utilizada en la película. Charles Chaplin fue demandado y tuvo que incluir entre los créditos de la película que la canción La violetera era de Padilla), etc. Sobre ello podrán leer en los innumerables libros que sobre uno de los mayores genios del cine existen. Porque Charles Chaplin fue no sólo el personaje Charlot, que ha trascendido incluso a su propio creador, sino uno de los mejores directores de cine, uno de los más exigentes, uno de los más controvertidos en su época.
Algunos se preguntarán ¿por qué si estamos en un ciclo de navidad, incluyen una película como Luces de la ciudad? Pues simplemente porque la que suscribe tiene en su apunte de películas navideñas una como esta. Y ¿por qué? Pues porque, como ya se ha dicho en otros textos escritos en la semana de la navidad, durante estos días nos convertimos en melaza pura, no nos importa creer que el mundo es un poco mejor que lo que en realidad es, y porque,  aunque parezca de ilusos, nos apetece pensar que aún existe la bonhomía, la solidaridad, el amor puro. Y esta película, que tiene casi un siglo nos habla, indirectamente, de todo eso.
El argumento una historia de amor, de solidaridad. Un vagabundo  (Charles Chaplin) pobre de solemnidad, cuya misión es dar vueltas por la ciudad, sin finalidad alguna, tropieza en una de sus andanzas con una florista ciega (Virginia Cherril) que desde una esquina vende sus flores a los transeúntes que por allí pasan. El vagabundo se enamora de ella a primer golpe de vista y con el único dinero del que dispone compra un ramito a la florista. Esta, con el roce de las manos, se enamora de aquel hombre al que no ve, pero que intuye rico, millonario y buen hombre. Una confusión provocada por un taxi casual generará esa creencia que se mantendrá a lo largo de todo el metraje. Mientras tanto, el vagabundo, de manera paralela, anda de correrías por la ciudad con un millonario borrachín (Harry Myers) que  lo prohíja durante sus estados beodos, pero al que olvida tan pronto vuelve a la sobriedad. Los encuentros entre los tres, moverán la historia de modo paralelo. El vagabundo enamorado hasta los tuétanos de la florista buscará, de todos los modos posibles (convertirse en boxeador incluso), el dinero para que la dulce muchacha pueda operarse y recuperar la vista. Mientras las miserias del vagabundo se suceden, la mujer seguirá en la creencia de esta enamorada de un millonario que la va a ayudar. Estas peripecias terminarán con el vagabundo en prisión por culpa del excéntrico millonario. Pero todo tiene una finalidad como llegaremos a ver. El vagabundo continuará soñando con la florista. Y así, con el tiempo, una vez recuperada la libertad, en uno de sus infinitos paseos por la ciudad el vagabundo amable, afable, dará con una floristería en la que reconocerá a su amada que, gracias a él, recuperó la visión. El vagabundo, en un gesto de desolación, gastará sus escasas y últimas monedas en comprar unas flores a la mujer que ama. Se reconocerán, uno y otro, no gracias a la vista, sino al tacto y a algo, estoy segura, que se enciende cuando dos personas que están destinadas a amarse se encuentran. Ella le verá con los ojos del corazón.
Puede que sea porque esta película siempre la veo en navidad, puede que porque me gusten los pasteles de amor aunque en este caso vengan acompañados de unas dosis equilibradísimas de dramatismo, fina ironía y genialidad. Pero me encanta esta película.
Las escenas trufadas de una gran sarcasmo y una enorme carga dramática, como sólo Chaplin era capaz de crear, convierten esta película (de un ritmo narrativo que nada tiene que envidiar a ninguna película sesuda de las que corren por ahí), en uno de los mejores exponentes del cine de una época y, por qué no decirlo, de la historia del cine. Un buen ejemplo de cómo sin palabras puede llegar a expresarse todo, absolutamente todo, si uno tiene enfrente a un grandísimo director, a unos más que excelentes actores y una estupenda historia que contar.
No se la pierdan, engañen a los jóvenes para que se sienten con ustedes a ver esta película, no se arrepentirán. Cine de una época, cine universal.
© Del Texto: Anita Noire


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