abr 20 2014

El gran hotel Budapest: Entretenimiento y poco más

La última película de Wes Anderson empalaga los ojos con colores como lo hacen cualquiera de las anteriores del destacado e inconfundible director. Para reconocer sus películas alcanza con la estética de las mismas, que ni falta hace obervarla con ojo agudo, pues entra sola y sin pedir permiso, impregnándonos de sus típicos planos y tonos.
El gran hotel Budapest es una película de entretenimiento, de aventuras, casi infantil. Son gags bastante obvios, pero funcionan. La película no es pretenciosa. Es redonda y bastante previsible, pero cada escena sabe sostener esa trama de enredos. Es sencillamente divertida, y no mucho más. Personalmete, no salí encantada del cine. Su anterior película también se acercaba a lo infantil, considerando además que los protagonistas eran niños. Desbordaba ternura, cosa que en esta se encarna sobre todo en el personaje femenino de la pastelera y en el romance de ella con Zero (Tony Revolori), el aprendiz de botones que es uno de los dos personajes principales de la historia (el otro es el que interpreta Ralph Fiennes). Sin embargo, Moonrise Kingdom (y creo que la mayoría opina lo contrario) a mí me resultó superior y mucho más entrañable. No puedo criticar a El gran hotel Budapest diciendo que falla el guión o que los personajes no están bien delineados; muchísimo menos meterme con cuestiones de dirección (siempre impecable en Anderson). Solo hablo de mi impresión. Disfruté mucho de Vida acuática porque fue la primera película de él que vi y quedé sorprendida. Me fascinaron Los Tenenbaums y adoré a los tres hermanos de Viaje a Darjeeling, incluso al más insoportable (Owen Wilson). Y agradecí la impecable perla que anexa esta última película mencionada: el corto Hotel Chevalier. El gran hotel Budapest también nos transmite cariño, ternura e incluso hasta cierta melancolía; y por supuesto, complicidad. Pero me parece más simple que ninguna (más simple… como si tuviera menos capas… más llana…) y su estética de cuento de hadas me lleva, contra mi voluntad, a la palabra naïf.
Por supuesto, la banda de sonido, como en todas las películas de Anderson, es una pasada.
© Del Texto: Flor Bea


mar 27 2014

Django Desencadenado: ¿Es esto lo que se espera de Tarantino?

Quentin Tarantino se resume a sí mismo en esta película. Lo visto en Kill Bill o Malditos Bastardos aparece en Django Desencadenado ordenado de otra forma, revestido de homenaje al spaghetti western y coloreado con una buena cantidad de litros de sangre que parecen llegados de una viñeta de cómic.
¿Es esto lo que se espera del cine de Tarantino? Pues sí aunque le falta ese paso adelante que suele dar en cada trabajo para ofrecérselo a sus seguidores. Los caminos de la violencia tratada con humor, con absoluta irreverencia; no están agotados y, sin embargo, el realizador se queda en lo que ya nos dejó ver antes.
Tarantino es humor, es extravagancia, es una narrativa llena de matices en su estructura que no da respiro a un espectador al que propone un viaje por una trama retorcida en la que puede pasar de todo. También es un cúmulo de buenos diálogos; inteligentes y llenos de ingenio. Pero esta vez, aunque todo esto aparece, lo que sobresale es una dirección actoral brillante. Es cierto que, con un reparto de esta categoría, lo difícil es hacerlo mal. Porque estos actores y actrices ya resuelven los problemas por sí mismos. La verdad es esa. Aunque Tarantino exprime a su reparto hasta la extenuación, saca lo mejor de todo el que se pone delante de la cámara y logra que se diviertan, se gusten y se dejen la piel encarnando a sus personajes.
Lo de Christoph Waltz es cosa de locos. Se desenvuelve con una facilidad poco normal llenando la pantalla en cada escena en la que aparece. Si a esto le añadimos que su papel es divertidísimo tenemos como resultado un trabajo excelente. Se perdona, incluso, que repita papel (el de Malditos Bastardos es muy similar con matices que le colocan al otro lado, pero similar) porque es un placer verle de principio a fin. Leonardo DiCaprio disfruta de lo lindo con la crueldad y un punto de idiotez que tiene su personaje. Creíble a más no poder. Jamie Foxx logra imprimir el carácter más negro a la trama con su Django (no he sabido decirlo de otro modo aunque parezca que he intentado un chiste malo). Y Samuel L. Jackson logra que el giro argumental tan necesario, llegado el momento en el que se incorpora a la acción, se produzca de forma natural, sin empujones. Por cierto, muchos de los rasgos del personaje de DiCaprio no son de él; le llegan desde el de  Samuel L. Jackson. En narrativa a este tipo de personaje se le llama actante. Aparece para iluminar al resto.
Comienza la cinta con unas dosis de violencia difícil de superar. Pero esto lo firma Tarantino y, por supuesto, lo supera con creces. Y comienza la cinta con unas dosis de humor disparatado que no se supera ya que es imposible.
El guión es original y está muy bien armado. Respeta la linealidad de la trama casi por completo y evita las elipsis a toda costa. Las que hay son pocas y completamente justificadas. Es lo que busca el director y lo encuentra; eso sí, tal vez hace que el metraje de la película sea excesivo. Del mismo modo, la tensión narrativa se ve afectada en algún momento. Nada grave aunque el problema está presente.
Django Desencadenado es un enorme homenaje a Sergio Leone y una crítica descomunal al sistema esclavista norteamericano que tanto ha dado que hablar en el mundo entero. No hay dudas morales en la cinta. Los amos son los villanos. Los esclavos son los buenos. Y los malísimos son esos negros que jugaban a ser amos de otro negros desde un lugar de privilegio en la plantación. En Django Desencadenado no se pueden encontrar fisuras al respecto porque es perder el tiempo. La crítica se barniza con dosis de ridiculez, mostrando a los blancos sucios y salvajes, llevando hasta la extravagancia la falta de humanidad de estos. Para que todo quede bien clarito, las escenas de violencia llegan hasta el límite del descontrol. Tarantino, como es habitual, tiende a la exageración más radical y plantea un juego con el espectador que consiste en dar vueltas de tuerca para que cada uno decida si le repugna este cine o lo ama sin reservas.
Los momentos más reposados coinciden con el uso de una banda sonora formidable que hay que disfrutar. Tarantino da tiempo para ello sobre una fotografía impecable. Ni uno solo de los temas rechina o está mal colocado. Ya es habitual.
Django Desencadenado es una película larga. 153 minutos. Quizás alguien pueda pensar que es excesiva en su duración. Pero, la verdad, es que Tarantino se toma su tiempo para que los personajes crezcan, para que los conflictos se dibujen con trazo fino, para crear la tensión narrativa necesaria y que lo que llega después cuadre.
Django Desencadenado es una imitación del cine de Tarantino. Eso tiene algo de cierto. Y eso no es cualquier cosa. Si con la siguiente película lo vuelve a intentar sabremos que el realizador tiene un problema. De momento, lo que ha hecho es entregar un buen trabajo. Seguramente, una película de tránsito. Ya veremos.
© Del Texto: NIrek Sabal


feb 24 2014

La gran familia española: Me gusta el fútbol

La gran familia española, del director madrileño Daniel Sánchez Arévalo, es una película con aroma a buen cine. Nada de complejos, personajes en los que los rasgos de su carácter son múltiples, diálogos llenos de acidez e inteligencia, un montaje estupendo (la escena en la que los jóvenes protagonistas hablan con sus familias por separado y que nos presentan como una única escena es una obra de arte en sí misma), una música notable y un ritmo narrativo rápido aunque sin atropellos. Eso es La gran familia española. Pero, al mismo tiempo, es una película con algunos cabos sueltos, con momentos que lejos de producir carcajadas lo que hacen es resultar vergonzosas, y algo ventajista puesto que elegir la final de la copa del mundo como vehículo de la trama es jugar sobre seguro entre los espectadores españoles.
Resulta algo irregular el metraje. Sólo cuando los personajes aparecen sin protección alguna es cuando la película marcha a toda velocidad. Y eso coincide con unos diálogos que escapan del chiste fácil y dinamitan los cimientos de los protagonistas.
Sánchez Arévalo intenta indagar en lo que supone el núcleo familiar que ordena la sociedad española desde mucho tiempo atrás. Pero también la necesidad de amor que el ser humano tiene que soportar; un amor que se puede desarrollar de muchas formas incluidas las que nos pueden resultar surrealistas. Desde ese territorio que ocupa el amor, el director da un salto hasta la construcción de la persona como reflejo, como complementario, de otros. Por eso la propuesta crece cuando los personajes se ofrecen sin tapujos. El resto de la película se tambalea. Afortunadamente, esas zonas que soportan el resto son más que las que flojean.
Las interpretaciones son estupendas. Y no sólo eso. Los actores disfrutan mucho con lo que hacen y la complicidad entre ellos es absoluta. Un reparto muy compensado. Suma que alguno de ellos son repetidores con este director y eso se deja notar en el resultado final.
Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro. Casi nada. Destaca Antonio de la Torre como ya es habitual de un tiempo a esta parte. Aunque si De la Torre está bien, Roberto Álamo y Verónica Echegui están espléndidos. La dirección actoral es uno de los fuertes de este director. De eso no hay duda. Y su capacidad para contar una historia. Parece como si el relato hubiera estado siempre ahí esperando a que llegase él para contarlo.
La trama arranca con la boda de una pareja que se celebra el mismo día que España juega la final de la copa del mundo frente a la selección holandesa. Y una declaración de intenciones queda clara desde el principio cuando las imágenes de la película Siete novias para siete hermanos sirven de prólogo a lo que va a pasar. Se suceden escenas disparatadas, se van sumando personajes extravagantes y una historia pasada que puede convertir esa familia en un vertedero.
Aparecen algunos problemas de guión de difícil solución. Por ejemplo cuando una casa desordenada por completo se ve ordenada como por arte de magia. Pero, salvo algún detalle como este, se busca una coherencia interna y una justificación de la acción bastante potente.
¿Es una buena película? Claro que lo es. ¿Le gustará a todo el mundo? Claro que no. Desde luego no es tan buena como para ser la favorita en cualquiera de los premios a los que ha optado y, desde luego, no es tan mala como para quedarse viéndolas venir en cada gala.
© Del Texto:Nirek Sabal


ene 14 2014

El lobo de Wall Street: Las entrañas de lo odioso

Codicia, falta de escrúpulos, sexo, drogas, infidelidades, violencia, dinero, estafa. Todo dentro de la coctelera apropiada (en este caso el recipiente es Jordan Belfort y su mundo) y voilà, tenemos los mimbres necesarios para conseguir algo que merezca la pena. Le entregamos una copia de la novela de Belfort a un maestro, Martin Scorsese, que le dice a otro lo que tiene que hacer y cómo, Leonardo DiCaprio, y, otra vez, voilà. Añadimos un buen reparto, una banda sonora espectacular; fotografiamos todo con gusto y, por si era poco, elegimos un punto de vista (el de Belfort personaje) con toques originales y modernos, haciendo que, incluso, llegue a dialogar con el espectador como si tal cosa. Ahora sí, con todos los ingredientes en su lugar exacto, tenemos una película transgresora, loca, rompedora, muy bien contada y convertida en un ataque directo a las entrañas del mundo financiero de Wall Street. Una excelente película. Un enorme voilà cinematográfico.
Después de ver El lobo de Wall Street, alguien podría llegar a pensar que el trabajo de Scorsese es un homenaje a este tipo de vidas desenfrenadas, disparatadas y ajenas a la realidad. La sensación pudiera ser esa. Aunque la grandeza de la película reside en la elección del narrador y en la apuesta por definir esa figura y su mundo. Lo que vemos es lo que ve el protagonista. Él, su universo. Por ejemplo, no sabemos nada de cómo afecta cada estafa a las víctimas de Belfort y su gente. Tan sólo sabemos que eso es dinero, sexo, drogas y todo tipo de excentricidades para los estafadores. Ese es el mundo del protagonista; eso es lo que el vive, nada hay más allá. Por supuesto, no hay apología alguna. El sarcasmo, el patetismo y la repulsa están en cada fotograma por divertido que sea. Cualquier otra cosa formaría parte de otra película distinta.
La dirección de Martin Scorsese es impetuosa, arriesgada, moderna. Deja que los actores disfruten y saquen lo mejor de sí mismos. Es astuto con el narrador y con el montaje alternando registros que funcionan rompiendo la marcha normal del relato.
Leonardo DiCaprio se convierte en Jordan Belfort desde la primera escena. Del mismo modo que otras veces no logró deshacerse de sus personajes antiguos, de su cara de niño, esta vez, DiCaprio llena la pantalla dejando claro que él y su personaje están en la misma sintonía. Son el uno para el otro. Fantástico el trabajo de este hombre; posiblemente de Óscar. Jonah Hill está muy divertido, loco, desmadrado aunque se contiene lo suficiente como para no ser histriónico. Su personaje termina siendo un contrapunto perfecto para el de DiCaprio. Matthew McConaughey, aunque con un papel corto, defiende lo suyo con gracia y solvencia; entre otras cosas, gracias al maquillaje y a la peluquería puesto que son perfectas.
La trama es un disparate. Pero un disparate que, aunque nos provoca risas y alborozo, nos termina enseñando lo peor de un mundo (tal vez lo único que tiene dentro) odioso, cruel y peligroso. Un mundo que podría ser una invención absurda en la que están instalados muchos profesionales que especulan con el futuro del planeta entero.
La partitura de Howard Shore está en consonancia con todo lo demás (tienen una muestra debajo de este texto). Y el fotógrafo Rodrigo Prieto deja un trabajo de excelente factura.
Para ver la película, conviene dejar los prejuicios en el hall del cine. Y, de paso, el puritanismo si es que alguien lo lleva a cuestas.
Esta película es salvaje, frívola en algunas ocasiones, descarada, electrizante y, también, demoledora. No se les ocurra ver El lobo de Wall Street en versión doblada. Me temo que va a peder la gracia en todos los sentidos.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 26 2013

¿Quién mató a Bambi?: Estupenda comedia española

Cuando un guión se llena de ingenio, de chispa, de situaciones disparatadas e hilarantes y, además, el director logra que los actores se dejen llevar sin pensar en nada que no sea el personaje que encarnan, es muy posible que se consiga una película divertida y gratificante.
¿Quién mató a Bambi? es una comedia, firmada por Santi Amodeo, que resulta arrasadora, loca y presenta situaciones surrealistas que, encajadas en el conjunto, pasan por ser verosímiles. El lío es descomunal, los personajes se colocan en el límite de lo creíble (este es el gran acierto de Santi Amodeo, puesto que no permite que ninguno se vaya hasta más allá de lo debido), el remate de tanto alboroto es más consistente de lo esperado y se narra con un dominio del tiempo y del tempo poco usuales en la actualidad. Para ello, lógicamente, el montador echa el resto facturando un trabajo estupendo.
La dirección actoral es notable. Salvo en el caso de Quim Gutiérrez (algo pasado de vueltas en algún momento aunque bien en general) todo el reparto está bien. Ernesto Alterio destaca con su personaje mezclando idiotez y maldad a partes iguales.
Toda comedia de enredo necesita situaciones divertidas que lleven más allá el lío que finalmente debe resolverse. Esto significa una vuelta de tuerca más a la psicología de los personajes; una vuelta de tuerca más que no puede desvirtuar la esencia de estos ni arrastrarlos con el fin de llegar hasta un límite innecesario. ¿Quién mató a Bambi? es una demostración de cómo una comedia disparatada y negruzca puede avanzar sin llevarse por delante lo conseguido. Tan sólo, en el tramo final, alguna cosa se desmanda (la fiesta que se celebra en casa de una de las protagonistas es el claro ejemplo), pero el peso narrativo es menor y la importancia poca. Parece más una gamberrada del director que un alarde cómico fallido. Y no es extraño que esto sea así. En esta película la sensación de diversión es absoluta.
El único lunar que sorprende mucho es la aparición de Andrés Iniesta. Forzadísima y sin interés alguno.
Esta es una opción magnífica para pasar la tarde en el cine, para reír hasta la carcajada, para comprobar que (a pesar de los ministros) se hace buen cine en España. No dejen de ver ¿Quién mató a Bambi?
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 25 2013

Malavita (The Family): Nada nuevo entre los mafiosos

Películas sobre mafiosos italo-americanos ya se han rodado unas cuantas. Algunas verdaderas obras maestras, otras pasables y muchas insoportables. Intentar algo novedoso en este territorio es difícil.
Luc Besson se animó y entrega un trabajo desigual que va de un arranque prometedor a la explosión ininterrumpida de artefactos, al millón de disparos y al disparate absurdo. Pero antes se pasea entre todos los tópicos conocidos, por los personajes más irrelevantes y por la reiteración de lo que ya nos han contado otras veces.
Malavita (The Family) cuenta el día a día de una familia protegida por el FBI. El padre (Robert De Niro) es un mafioso que ha delatado a la plana mayor de la organización; la madre (Michelle Pfeiffer) es una mujer deprimida por tanto traslado, por haber renunciado a su vida; y suele incendiar, de vez en cuando, alguna tienda local. Los niños (Dianna Agron y John D´Leo) son un par de psicópatas. Allá donde va esta familia deja marcado el territorio con algún muerto, alguna paliza o algún negocio en quiebra. Y a todos ellos les busca la mafia.
A ratos es divertida acumulando disparates y violencia que, acompañada por alguna frase ocurrente, resulta cómica. Pero no encontramos nada nuevo (por cierto, en El Padrino cualquier cosa se acompañaba de una frase inteligente que puede parecer lo mismo sin serlo, claro). Lo más sorprendente es la cantidad de arrugas de la señora Pfeiffer y de Tommy Lee Jones. Porque todo lo demás es de una normalidad excesiva. Nada destaca salvo lo previsible de la trama y el bajón en el pulso narrativo del minuto treinta en adelante.
Los personajes no son tan originales como el director quiere que aparenten. En la serie de televisión La familia Addams ya se dijo todo sobre esto de las familias formadas por seres raritos. No son tan originales y se podría prescindir de alguno de ellos. Del de la hija, por supuesto (no sé qué pinta en todo esto un personaje así). Por lo poco desarrollado, el del hijo, también.
Robert De Niro interpreta su papel sin despeinarse. Tal vez sea este sea un problema. Mucho actor para tan poco personaje, para tan poca exigencia. Y, por qué no decirlo, ya le tenemos muy visto como mafioso. La señora Pfeiffer cumple con el suyo que tampoco exige nada del otro mundo. Tommy Lee Jones se limita a poner cara de póker. Poco más. Los dos jovencitos parecen tener potencial aunque en este trabajo no despuntan.
El montaje deja espacios para algunos flashbacks que resultan interesantes puesto que intentan dibujar a los personajes. Pero no lo consiguen. Cualquier cosa que se quede en la superficie tiene el mismo problema.
El resto pasa desapercibido. Todo el ímpetu del director en el arranque se desvanece entre escenas violentas que procuran disimular las lagunas de un guión más flojo que otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 24 2013

Don Jon: Catecismo y moralina

De esta película se han dicho muchas cosas y, casi todas, buenas. De Joseph Gordon-Levitt, que puede dirigir bien y que logra un papel notable; del guión, que es divertido además de estar bien construido; que la fina ironía cubre cada secuencia; cosas así.
Sin embargo, la película es mediocre; el trabajo de Gordon-Levitt, como actor, es pasable (siendo generoso) y, como director, discreto (siendo muy generoso); la ironía no está por ninguna parte salvo que esa ironía sea el mal gusto, las palabras malsonantes soltadas a diestro y siniestro o el intentar que todos nos veamos reflejados en un tópico tras otro. Pero lo peor es que Don Jon termina convertido en una especie de catecismo fabricado por el director y guionista para obsequiarnos con una filosofía barata y más vista que el TBO. Moralina pura.
La historia que nos endosa Joseph Gordon-Levitt es la de un adicto al porno, infeliz por no poder liberarse por completo cuando experimenta la realidad. Músculos (ya se encarga el director de enseñarnos hasta el último detalle de sí mismo) belleza e insatisfacción. Aparece una rubia explosiva (Scarlett Johansson) que quiere cambiar a nuestro chico. Eso no funciona, claro. Continúa la adicción al porno, a la confesión en la iglesia del barrio y a sí mismo. Mucha adicción y poco de lo demás.
Pero un día aparece otra mujer (mayor, experta en todo tipo de cosas que tengan que ver con la vida misma porque es mayor; lo que supone una auténtica idiotez; es Julianne Moore) que lo arregla todo. Estarán ustedes pensando que les he desvelado la trama. Tienen razón. Pero les aseguro que es tan previsible que esto da igual. Lo hubieran descubierto ustedes mismo al poco tiempo, entre bostezo y bostezo.
La dirección actoral no está mal auqnue contar con la señora Johansson y la señora Moore es una garantía de éxito en este aspecto. El montaje es excesivo en las reiteraciones aunque imagino que, dadas las circunstancias, había que conseguir minutos de metraje medio potables. El guión, salvo algunas cositas, es bastante ramplón. Encontrar alguna frase importante es imposible; se intentan giros argumentales que no aportan nada resultando ridículos y estériles; y el remate del relato busca una importancia moral impostada e inexistente. La música atronadora. Es lo que tiene hacer una película pensando más en uno mismo que en el propio trabajo.
Propuesta fallida y tramposa al intentar colar de rondón lo que, sencillamente, no está. Don Jon no pasará a la historia del cine. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal.


nov 20 2013

Las brujas de Zugarramurdi: Un aquelarre disparatado

Alex de la Iglesia pretende divertirse con cada uno de sus trabajos. Eso se percibe desde los créditos iniciales. Y para ello, no le importa dejarse llevar por los excesos argumentales o visuales. Incluso escribe guiones (esta vez acompañado por Jorge Guerricaehevarria) que contienen altibajos y zonas faltas de sentido. Pero los trabajos de Alex de la Iglesia suelen traer cosas interesantes y mucha diversión.
Las brujas de Zugarramurdi es un disparate absoluto. Sobre todo en su parte final. El arranque es muy divertido, loco e inquietante; está filmado con mucho acierto. De la Iglesia presenta a sus personajes con ritmo frenético, con diálogos chispeantes y escenas de acción bastante notables. Si estos personajes con los que comienza la película son un monumento al surrealismo, los que se van sumando son otro al delirio total.
Hugo Silva y Mario Casas interpretan bien sus papeles. Ambos han evolucionado mucho y bien como actores, especialmente Hugo Silva. La sensación es que se lo pasan bomba. Macarena Gómez está divertidísima encarnando a una madre histérica y con muy mala leche. Pepón Nieto Y Secun de la Rosa, con personajes muy encasillados en el tópico, hacen lo que deben y lo que pueden. Las brujas, en general, están todas bien. Las famosas y las figurantes. También, el director, no escatima en papeles para los amigos, que aparecen en pantalla para hacer un chiste y ayudar al reclamo en las salas. Pero está muy bien porque todos le echan ganas y muy buen humor. El resultado, como ya pueden imaginar, es estupendo.
El guión es desigual. Va de más a menos. De la contención a cierto desbarajuste. El tramo final es excesivo y se remata con prisas y sin acierto. Los dos minutos últimos son espantosos y prescindibles del todo. Sin embargo, el conjunto no molesta porque, metidos en ese lío, los aciertos tapan los errores.
El asunto de las brujas no se agarra para profundizar. Nada de investigaciones. Es la excusa para rodar una película gamberra y, especialmente, entretenida. Nada de maravillas aunque la cosa queda resultona. Es un espectáculo con el que se pasa un rato excelente. No todo es pensamiento profundo o chapuzas indignantes. En el cine hay un espacio reservado para el cine de entretenimiento que se resuelve con cierto arte. Unos se divierten y otros hacen una taquilla notable que les permite seguir trabajando sin grandes agobios.
Alex de la Iglesia sabe lo que quiere. Los productores saben cómo colocar sus inversiones. Los espectadores saben a lo que se enfrentan. Todo en su sitio.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 19 2013

Una cuestión de tiempo: Todos felices y eso

Richard Curtis es experto en filmar películas amables y simpáticas. Los padres son lo más; todo el mundo vive en lugares estupendos; los finales son felices; bodas divertidas; y la parte más sensiblera del espectador, siempre, sale a flote entre alguna lagrimilla emocionada. Richard Curtis hace cine para ser aplaudido. Curtis escribe guiones para ser aplaudido. Y, supongo, que el Sr. Curtis reza todo lo que sabe con el fin de evitar que alguien piense algo, por poco que sea, sobre sus trabajos. Qué cosas tiene este Richard.
Una cuestión de tiempo es una comedia simpática y llevadera. Eso sí, mejor no pensar en la propuesta del guionista y director.
El tiempo, la posibilidad de viajar a través de él, es el motor de la trama que plantea Curtis sin hacer demasiados esfuerzos. La cosa queda bonita y todos tan contentos. Pero si el espectador reflexiona sobre lo que le cuentan no entiende nada y se puede sentir estafado.
Seré buena persona y fingiré no haber pensado sobre ello. Así podré soportar mejor el asunto.
Un chico conoce a una chica -tal vez la escena del primer encuentro y la de la boda sean lo único que se puede salvar- se enamoran y son felices. Aquí todos son felices, damas y caballeros. Ya está. Eso es todo. Bueno, el chico puede viajar a través del tiempo si cierra con fuerza los puños y a oscuras. Pero esto es mejor no tenerlo encuenta como ya he dicho. Qué bonita es la vida y eso. Pero el cine no está ni se le espera.
Richard Curtis, además, acompaña la acción con una banda sonora que no pega ni con cola. Yo diría que pensó primero en los temas musicales y luego escribió el guión. También creo, viendo el resultado, que tardó algo más en elegir la música que en escribir el libreto. Quizás meter los chistes con calzador le entretuvo algo. No lo sé. La partitura original que firma Nick Laird-Clowes es bastante empalagosa y sosa.
Rachel McAdams es lo mejor en Una cuestión de tiempo. Tranquila, contenida y muy guapa. Domhnall Gleson es un actor algo cargante que necesita poner cara de algo para que la cosa funcione (eso si funciona, claro). No remata bien un papel que le habría servido para lucirse. A Bill Nighy no hay quien se lo crea. Muy forzado. El resto pasa desapercibido.
La película se llena de cosas muy, muy, bonitas. Todo es una maravilla. En fin, representa eso que quisiéramos que fuese la realidad. Momentos tiernos, momentos cómicos o que quieren pasar por serlo, momentos emocionantes (sería más adecuado decir que son un pastelón y de una sensiblería apabullante). Y el motor de la acción, el tiempo, maltratado. Porque el vehículo argumental se trata como si fuese una caja que abierta colorea todo de rosa. El amor. Claro, claro.
Es demasiado poco lo que ofrece Richard Curtis. Un rato frente a la pantalla olvidando las preocupaciones. Pero eso es casi nada. El cine es mucho más que un antidepresivo. Carísimo, por cierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 12 2013

Somos los Miller: Gamberradas a medio gas

Algún momento gracioso; pretensiones fallidas de gamberrismo; todos los tópicos habidos y por haber; y una candidatura, más que sería, para poder proclamarse vencedora en cualquier premio a la peor película del año.
El arranque del trabajo es sorprendente por parecer el comienzo de algo que puede merecer la pena. Aunque es eso, un arranque prometedor. Nada más.
Somos los Miller es una comedia más, muy parecida en calidad a todas las que hemos visto (las malas, digo) y que acumula todos los defectos imaginables. La receta de contar con un reparto apañado no funciona por sí mismo; el guión que intenta escapar de las zonas comunes se atasca en sus propias carencias y, además, termina enfangado en todos los tópicos posibles; el humor tosco y facilón sigue sin funcionar. Además, en esta película se intenta colar un mensaje envuelto en moralina sobre la importancia de la familia que está gastado y resulta cargante. Nos lo sabemos de memoria y parece el intento de llenar un vacío absoluto del guión.
Cuando, sea lo que sea lo que se cuenta, nos encontramos entre tópicos, chistes mediocres o situaciones que intentan la transgresión por el camino de la bobada sobre el sexo; no hay forma de encontrar un hueco que merezca la pena. Si existe queda oculto o difuminado por el conjunto desastroso y aburrido.
Jennifer Aniston hace su trabajo. Con oficio y cierta gracia. Pero, en Somos los Miller, esto es como decir que un albañil levanta una pared con maestría colocando ladrillos de papel. Will Pouller está gracioso; Emma Roberts pasa desapercibida y Jason Sudeikis, aunque correcto, tiene problemas para controlarse en algunas escenas. El que interpreta un papel especialmente estúpido de forma especialmente histriónica es Ed Helms. Un auténtico desastre. El director Rawson Marshall Thurber hace con los actores lo que con el resto del trabajo: casi nada. Es verdad que la propuesta es la que es y que no se intenta maquillar de ninguna forma, pero con un poquito de talento, hasta de lo más cutre se puede sacar algo en claro.
Esta es una película que, tal vez, funcione en los formatos caseros. Es posible. Desde luego, como película de cine no pasará a la historia. Como mucho ostentará el premio a lo más flojo del año 2013.
© Del Texto: Nirek Sabal