feb 5 2012

Acordes y desacuerdos: Cine y Jazz

Un artista es esa persona que vive convencida de su importancia porque sólo él puede crear lo que tiene en la cabeza; porque nadie más podría llegar a escribir, pintar o hacer música del modo que él lo hace. Pero un artista es ese tipo que hizo esto o aquello (una genialidad, una maravilla) y del que muy pocos se acuerdan. Porque un artista es lo que termina dejando atrás, su obra. Él es una anécdota.
Esto es de lo que habla la película de Woody Allen. Acuerdos y desacuerdos. Un homenaje al jazz centrado en la figura de Emmet Ray que presume de ser el mejor guitarrista del mundo después de un gitano que se llama Django Reinhardt. Emmet Ray nunca existió. Django Reinhardt sí. Por ello, Allen se acerca al cine documental introduciendo testimonios de personas enteradas que van aportando datos del guitarrista. Es una forma como otra cualquiera de buscar la credibilidad en la narración. Expertos en jazz y él mismo matizan o presentan parte de la acción entre las dudas lógicas de lo que siempre se contó sobre los genios artísticos.
La película reposa sobre el personaje. Todo lo demás tiene carácter de correlato aunque no por ello pierde importancia. Desde la primera escena se van sumando ingredientes que hacen que el personaje vaya teniendo una evolución necesaria para entender lo que Allen quiere contar. Y, a decir verdad, esa evolución es algo lenta. Por ello, el trabajo de Sean Penn va de menos a más. Hasta que no comprendemos la pasión de Ray por la música y su desprecio por las personas, no comprendemos un abuso del lenguaje corporal por parte del actor que se ve obligado a coquetear con lo histriónico para salir del paso. No les pasa lo mismo a Samantha Morton o Uma Thurman que arrancan bien (sobre todo Morton) sabiendo que su personaje representa una cosa muy concreta que no necesita de grandes recursos interpretativos.
La importancia de la película no llega desde lo que se cuenta sino desde lo que se sugiere sin enseñar. Esa evolución del personaje se produce con lo que quiere ocultar, con lo que se niega a decir de principio a fin. El personaje de Hattie (Morton) funciona con una correlación perfecta respecto a Ray. Ella es muda; no dice una sola palabra durante la película y es el que sirve de nexo entre el deseo y la realidad del protagonista.
No hace falta decir que la partitura de Dick Hyman es fantástica. Muy ajustada a lo que, durante los años 30, fue el jazz. Y no hace falta decir que la puesta en escena es elegante y perfeccionista. El cine de Allen no falla en eso.
Acuerdos y desacuerdos no es la mejor película de este director. Sin embargo, es una opción si se quiere disfrutar de un guión bien diseñado (sin la chispa habitual de Allen puesto que la comedia se enturbia llegando al amargor) y una forma de narrar curiosa en la que los recursos son muy evidentes a la vez que efectivos. Cine de Allen. Buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 2 2012

The artist: La película que deja sin palabras

Magnífica. Esta película es lo mejor que se ha filmado en los últimos tiempos. Atrevida, muy bien contada y arriesgada. Emotiva, simpática y honda. Una verdadera muestra de buen cine.
Reconozco que soy unos de los que la han visto cargado de prejuicios. Eso del blanco y negro y la falta de sonido al mismo tiempo se me antojaba difícil de digerir. Pero no. Y ese es otro de los encantos de The artist. Pone patas arriba al que más reticéncias presenta. No creo que nadie al que le guste el cine se resista a una película como esta.
La historia que cuenta el director y guionista Michel Hazanavicius es de una sencillez y de una inocencia insólita en los tiempos que corren. Y por eso se convierte en un homenaje al cine clásico, al Hollywood más primitivo y a los amantes del cine de todos los tiempos. No pretende ser otra cosa distinta a lo que es: una comedia deliciosa. Es de agradecer que alguien haya sido capaz de renunciar a los efectos especiales y visuales fabricados con un ordenador, al 3D y a la violencia desproporcionada. Es de agradecer que alguien entienda que la ficción (con sus cosas tan lejanas de la realidad) forma parte de nuestras vidas si se consigue emocionarnos.
La banda sonora es fantástica. Desde el primer momento escuchamos la partitura y sabemos qué notas acompañaran a cada uno de los protagonistas. El compositor se ofrece para hacer un trabajo de matices y no para lucir con luz propia. La banda sonora funciona si la escena funciona. Un camino de ida y vuelta. Otro acierto.
La interpretación de Jean Dujardin en el papel protagonista es estupenda. La de Bérénice Bejo en el otro papel principal inolvidable. John Goodman y James Cromwell a la altura que se espera de alguien que participa en una película de esta dimensión. La dirección actoral es otro de los logros, lógicamente. De los grandes logros.
La puesta en escena es perfecta. Y la dirección artística impecable.
Los textos que aparecen en los cartelitos característicos del cine mudo son precisos. Ni uno de más o de menos. Sigue la suma.
Los sonidos elegidos durante una escena que muestra un sueño del protagonista y el tema del final de la película no pueden estar mejor elegidos.
En fin, podría seguir. Pero lo que toca es ver la película por primera vez, por segunda o tercera. No creo que nadie se canse de echar un vistazo de vez en cuando a The Artist.
Una de las cosas que más impresiona de esta película (por terminar aunque me dan ganas de seguir) es que, desde el primer instante, sabes que te va a gustar. Mucha culpa de ello la tiene la habilidad del director. Nos enseña un cine de antes, de esos en los que debajo de la pantalla se encontraba la orquesta. Y lo hace para meternos dentro desde el minuto primero. Y otra de las cosas es la sencillez de los materiales narrativos con los que se juega en el guión. Amor, un lunar, un bigote, dos sonrisas y un perro. Además, el dolor, el fracaso y el éxito. Sencillo y contundente.
No exagero si digo que todos los que se han acercado al cine con mejor o peor suerte deberían ver esta película. Sería una forma de reconciliarse con él, de amarlo por siempre jamás.
Por fin una buena película de gran cine. Ojalá la premien con un buen montón de estatuillas, globos, conchas, espigas u osos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 8 2012

Granujas de medio pelo

La cultura del éxito y la fama, la riqueza material contra la intelectual, el posicionamiento social y la utopía de poder comprarlo todo, hasta una cultura exquisita o una pronunciación aristocrática, da bastante repelús en la vida real, pero le queda muy simpática a Woody Allen en esta película dónde unos granujas, que apenas llegan al medio pelo, intentan aprender en vano a ser nuevos ricos.
Las dificultades culturales con las que se encuentran los personajes son graciosamente sorteadas con una pomposidad abrumadora. Nada más grandilocuente que el volumen de voz de dos maleducados, nada más vistoso que un gnomo enorme multicolor en el dormitorio. Ningún amante más interesante que un trillado galerista de ojos azules engominado y petulante.
La especulación de galletas parece que da para bien poco. La elegancia, la educación y el buen gusto que, de manera obsesiva, persiguen los personajes, resultan inalcanzables y remotos. La delicadeza que exige esa ansiada educación nunca forma parte del premio en los shows televisivos, ni en los millonarios décimos navideños. El poder televisivo se hace patente alimentando a una clase cada vez más asocial y más marciana. Las nuevas tecnologías, tan modernas y funcionales, mantiene a este mismo planeta de marcianos en sus asientos, reproduciendo celulitis y pulgares cada vez más largos. En la educación general básica no cabe el cine, ni la música, ni la filosofía. Le llaman a una pedante por fumar en pipa o leer a Raymond Roussel, una mujer interesante cuando una es una antigua.
La sociedad se perfecciona dentro de un proceso rancio y engañoso. Los modernos resultan un vejestorio y los antiguos una especie futurista.
Ray y Frenchy volvieron a su viejo apartamento arruinados y resacosos de dinero. La lección de las galletas resultó mucho más rica que todo su imperio.
No pude evitar recordar esta película cuando este verano R y yo intentamos el atraco a un banco mediante el socorrido butrón. Despistados entre galerías subterráneas descubrimos la misteriosa receta de las galletas frenchy, fundamos una numerosa familia de yorkshires entendidos en francés y nos mudamos de naturistas al campo, a un bonito prado sembrado de encinas, con gorros de oso polar y piki-pikis de la abuelita N.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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ene 6 2012

Jackie Brown: El guión inteligente

El cine de Quentin Tarantino es tan apreciado como denostado. Porque no todo el mundo está preparado o tiene ganas de bucear en el lado más oscuro de la realidad. Porque cualquier cosa que cuenta este director en sus películas se convierte en una radiografía ácida y dolorosa. Porque algunos no digieren con facilidad las nuevas formas narrativas y las niegan desde el principio y pase lo que pase. Todo en el cine de Tarantino es un enorme chiste que hace reír a los que pueden asumir que la vida es un tránsito hacia no sabemos donde que no hay que tomar en serio si queremos sobrevivir.
Jackie Brown es una de las películas dirigidas por Quentin Tarantino. Divertida y tremenda. Sesentera en su concepción estética. Muy bien contada. Una película muy pegada a lo que el director entiende que debe ser el cine (aunque la factura final se retira de los trabajos anteriores del director, la esencia queda intacta; algo más reflexivo y maduro el desarrollo narrativo): una mofa de todo lo que se pone por delante en el universo de unos personajes magníficos. El mundo mirado desde los bajos fondos porque el mundo es eso y no otra cosa; una enorme cloaca en la que todo lo que ocurre se articula alrededor de las motivaciones que mueven al ser humano (vanidad, codicia, venganza y un amor que sirve para maquillar todas las miserias). El cosmos es sólo eso y así nos lo presenta Tarantino.
Jackie Brown es una película con un ritmo narrativo esplédido. A través de rupturas temporales y cambios en la focalización de la acción, el espectador va recibiendo toda la información necesaria sobre los personajes que explotan sin contemplaciones desde muy pronto. Al fin y al cabo, los personajes (las personas) son lo que ven otros de ellos. Sin esa mirada no pueden existir. Y en el cine de Tarantino eso está garantizado: personajes en todo su esplendor. Concretamente, en Jackie Brown, Tarantino juega a eso y nada más que a eso. Todo lo importante llega desde el mismo sitio y si algo termina siendo relevante llega desde el personaje. Utiliza con gran acierto los talentos de Samuel L. Jackson (fantástico y creíble, macarra e intimidatorio, grande), Robert De Niro (divertido y correcto en su interpretación aunque con algún pico artístico como, por ejemplo, el momento en que sale del centro comercial junto a la novia del villano), Pam Grier (resucitada, muy bien fotografiada y defendiendo su papel de forma notable); Robert Forster (tal vez el más discreto aunque en un papel que tampoco da para mucho más) o Bridget Fonda (mucho más contenida que en otros trabajos aunque flojita como siempre). En cualquier caso, la dirección actoral en muy buena. De cada uno de los que componen el reparto, Tarantino saca petróleo (lo poco o lo mucho que ahí). Petróleo que hace funcionar el motor de personajes que llevan en el mundo mucho tiempo sin hacer nada importante.
La película se desarrolla con una trama inteligentísima y muy bien desarrollada, con un final verosímil y acertado. Traición, avaricia, crimen, sospecha, violencia, un lenguaje soez y gracioso por su bajeza. Un enredo que pocos pueden resolver sin caer en el tópico y el territorio común y sobado. El guión es cuidadoso con lo fundamental. Y es honesto. Los diálogos son, en su gran mayoría, excelentes.
No hace falta decir que la banda sonora de la película es sensacional. Es de las que quitan el hipo a cualquiera.
Si tienen un rato echen un vistazo a Jackie Brown. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 29 2011

Un romance en navidad

Que nuestra civilización está en claro retroceso es un hecho que se constata viendo algunas películas de cine. En concreto, Un romance en navidad, es el claro ejemplo de que todo se va a hundir muy pronto. Alguien debería prohibir cosas como esta. Melaza, amores estúpidos que rebozados en nieve artificial se hacen intragables, interpretaciones nefastas de actores nefastos, diálogos propios de sujetos que no merecen vivir ni un minuto más, una puesta en escena catastrófica que busca más el adorno que otra cosa (la verdad es que no hay otra cosa que buscar). En fin, un auténtico desastre.
Este bodrio se filmó para el formato televisivo. Menos mal que sólo se pudo ver en ese medio. Y no hay una sola escena, una sola secuencia, una sola palabra o un solo gesto de Olivia Newton-John o Gregory Harrison que merezca reseñar. A pesar de ser navidad, les ahogaría con mis propias manos. Además, viendo la primera escena está visto todo. Hacía mucho tiempo que no asistía a un desastre de tal categoría. Sabes como comienza y como acaba antes de sentarte. Es igual si vas al baño, si te llaman por teléfono o si te vas a dar una vuelta. Qué cosa tan mala de película.
Es la semana del cine navideño en Ese Invento del Demonio. No había más remedio que hablar de alguna de las películas que andan sueltas por esos cines de Dios. Y ya está dicho mucho de muchas. Creo que no me arrepentiré nunca lo suficiente de haber elegido esta catástrofe cinematográfica.
¿Es necesario ser cursi en navidad? ¿Es necesario contar tonterías en navidad? ¿Es necesario que exista la navidad? Pido formalmente que encarcelen a Sheldon Larry y Darrah Cloud. Director y guionista. Y que el Grinch se haga con los mandos de esta época del año.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


dic 27 2011

Las luces de la ciudad: Cine universal

¿Puede la curiosidad mover a un adolescente a ver cine mudo? Esta misma pregunta me formulaba mientras un crio removía entre los DVD que tengo por casa. Tras observarlo unos instantes, pude contestarme con un rotundo no, y es una pena, de verdad. Entre un buen número de películas a escoger estaba Luces de la ciudad (City Lights), una de las mejores películas de la historia del cine, en blanco y negro, aún mudas (pese a que en el año 1931, año de su rodaje ya existía el cine sonoro).
Luces de la ciudad es una película protagonizada por el inefable Charles Chaplin (eterno vagabundo), la encantadora y desconocida, en aquellos momentos, Virginia Cherrill (la forista ciega) y Harry Myers (millonario borrachuzo y olvidadizo en momentos de sobriedad).  La película está rodeada de mil anécdotas sobre lo difícil que fue la conexión entre los protagonistas (Charles Chaplin y Cherril no se podían ni ver, de hecho estuvo a punto de ser sustituida y fue obligada a repetir la escena de la entrega de la flor casi 300 veces; el plagio de la banda sonora (la famosa Violetera del Maestro Padilla fue utilizada en la película. Charles Chaplin fue demandado y tuvo que incluir entre los créditos de la película que la canción La violetera era de Padilla), etc. Sobre ello podrán leer en los innumerables libros que sobre uno de los mayores genios del cine existen. Porque Charles Chaplin fue no sólo el personaje Charlot, que ha trascendido incluso a su propio creador, sino uno de los mejores directores de cine, uno de los más exigentes, uno de los más controvertidos en su época.
Algunos se preguntarán ¿por qué si estamos en un ciclo de navidad, incluyen una película como Luces de la ciudad? Pues simplemente porque la que suscribe tiene en su apunte de películas navideñas una como esta. Y ¿por qué? Pues porque, como ya se ha dicho en otros textos escritos en la semana de la navidad, durante estos días nos convertimos en melaza pura, no nos importa creer que el mundo es un poco mejor que lo que en realidad es, y porque,  aunque parezca de ilusos, nos apetece pensar que aún existe la bonhomía, la solidaridad, el amor puro. Y esta película, que tiene casi un siglo nos habla, indirectamente, de todo eso.
El argumento una historia de amor, de solidaridad. Un vagabundo  (Charles Chaplin) pobre de solemnidad, cuya misión es dar vueltas por la ciudad, sin finalidad alguna, tropieza en una de sus andanzas con una florista ciega (Virginia Cherril) que desde una esquina vende sus flores a los transeúntes que por allí pasan. El vagabundo se enamora de ella a primer golpe de vista y con el único dinero del que dispone compra un ramito a la florista. Esta, con el roce de las manos, se enamora de aquel hombre al que no ve, pero que intuye rico, millonario y buen hombre. Una confusión provocada por un taxi casual generará esa creencia que se mantendrá a lo largo de todo el metraje. Mientras tanto, el vagabundo, de manera paralela, anda de correrías por la ciudad con un millonario borrachín (Harry Myers) que  lo prohíja durante sus estados beodos, pero al que olvida tan pronto vuelve a la sobriedad. Los encuentros entre los tres, moverán la historia de modo paralelo. El vagabundo enamorado hasta los tuétanos de la florista buscará, de todos los modos posibles (convertirse en boxeador incluso), el dinero para que la dulce muchacha pueda operarse y recuperar la vista. Mientras las miserias del vagabundo se suceden, la mujer seguirá en la creencia de esta enamorada de un millonario que la va a ayudar. Estas peripecias terminarán con el vagabundo en prisión por culpa del excéntrico millonario. Pero todo tiene una finalidad como llegaremos a ver. El vagabundo continuará soñando con la florista. Y así, con el tiempo, una vez recuperada la libertad, en uno de sus infinitos paseos por la ciudad el vagabundo amable, afable, dará con una floristería en la que reconocerá a su amada que, gracias a él, recuperó la visión. El vagabundo, en un gesto de desolación, gastará sus escasas y últimas monedas en comprar unas flores a la mujer que ama. Se reconocerán, uno y otro, no gracias a la vista, sino al tacto y a algo, estoy segura, que se enciende cuando dos personas que están destinadas a amarse se encuentran. Ella le verá con los ojos del corazón.
Puede que sea porque esta película siempre la veo en navidad, puede que porque me gusten los pasteles de amor aunque en este caso vengan acompañados de unas dosis equilibradísimas de dramatismo, fina ironía y genialidad. Pero me encanta esta película.
Las escenas trufadas de una gran sarcasmo y una enorme carga dramática, como sólo Chaplin era capaz de crear, convierten esta película (de un ritmo narrativo que nada tiene que envidiar a ninguna película sesuda de las que corren por ahí), en uno de los mejores exponentes del cine de una época y, por qué no decirlo, de la historia del cine. Un buen ejemplo de cómo sin palabras puede llegar a expresarse todo, absolutamente todo, si uno tiene enfrente a un grandísimo director, a unos más que excelentes actores y una estupenda historia que contar.
No se la pierdan, engañen a los jóvenes para que se sienten con ustedes a ver esta película, no se arrepentirán. Cine de una época, cine universal.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 25 2011

Love actually: Todo tipo de amor en navidad

Es navidad y hay algunas películas que, aunque pueden verse en cualquier época del año, no hay nada como echarles un vistazo estos días para que las disfrutemos más allá de lo normal, de lo que lo haríamos en pleno mes de agosto. Nada puede sustraerse al influjo navideño, de esas corrientes dulzonas que nos arrastran a lugares que una vez creimos conocer y que, a los que hemos cumplido algunos años, nos parecen que dejaron de existir allá por el pleistoceno. Así que si deciden sumergirse en alguna de estas películas que les digo, no intente alejarse de la melaza con la que vienen impregnadas.
Siguiendo la anterior consigna, me he rendido y, un año más, caigo en la redes de la encantadora Love actually, una historia de historias de amor. Sí, de esas maravillosas historias de amor que, durante unas horas, nos transpotan hasta una felicidad e ilusión ajena.Y es que Love actually, como la propia banda sonosra nos indica con el Love is all arround de Bill Nighy, anuncia que el amor está en todas partes, en una película que, podría parecer un tueste romanticón y se convierte en una de las mejores cintas sobre la navidad. Partiendo del disparate que son algunas de las historias, las tramas que en ellas se suceden son historias de amor, de felicidad enlatada que encuentra su contrapunto en dos historias que nos muestran el punto amargo del desamor. Pero es navidad y por tanto la felicidad debe prevalecer e incluso lo más dramático debe quedar eclipasado por los seres tan absolutamente maravillosos en los que nos transformamos cuando nos acompaña el amor.
Dicho lo anterior y por centrar un poco, decir que corría el año 2003 cuando Richard Curtis y Ben Elton, guionistas de la televisión británica escribieron esta película que, a modo coral, fue interpretada, entre otros, por Hugh Grant, Liam Neeson, Colin Firth, Rowan Atkinson, Claudia SchifferKeira Knightely. Un buen plantel de actores que podemos encontrarlos trabajando juntos en otras producciones. Un plantel de actores en una ambientación totalmente británica que nos subyuga y nos deja sentaditos esperando que la pantalla nos engulla y pasemos a formar parte de esa gente maravillosa que dentro de sus vidas corrientes y vulgares reencuentran, descubren, buscan el amor. Historias cruzadas de amor, de toda clase de amor, del amor de hermano que renuncia a todo por hacerse cargo del que lo necesita, del amor del amigo que renuncia a él precisamente para que no ceje la amistad, por ese amor al infiel que atormenta pero no cede a nada; el primer amor, ese inocente que se descubre en la infancia; el amor de los amigos, de la compañía querida. Porque el amor duele, pero casi siempre nos hace explotar el corazón de alegria.
Hay muchas opciones para comerse los polvorones y los turrones, una puede ser viendo cine y, si deciden que esta última es una buena opción, no descarten Love actually, porque es navidad, porque hay personas maravillosas y porque, aunque a veces cueste creerlo, si tienen dudas y se preguntan si aquello que desean es posible, no duden en contestarse “¿Por qué no? Es casi navidad.
Sean felices.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 17 2011

La Pandilla (Our Gang): La niñez en blanco y negro

Hace ya algunos años, en televisión española, cuando sólo funcionaban dos canales, la VHF y la UHF, es decir la primera y la segunda, cuando aún en algunas casas la caja tonta se veía en blanco y negro, empezó a emitirse un programa llamado La bola de Cristal.  Sé que algunos se sorprenderán de que, a medidos de los años 80, aún existieran televisiones en blanco y negro, pero haberlas las había. En mi casa una.
Los sábados por la mañana, después de que se hiciera el consabido zafarrancho de combate (en casa éramos muchos y no valía la excusa de la corta edad para no arrimar el hombro), llegaba el momento de darnos el gusto con La bola de cristal. Dentro de ese programa se emitían los capítulos de una famosa serie de televisión  americana llamada La pandilla –Our gang- , o Little Rascals.
A algunos, nos cogió creciditos, pero lo cierto es que nos lo pasamos como enanos viendo a una Alaska moviéndose con soltura por un plató, entre la bruja avería y otros personajes que,  los de aquella generación aún recordamos.
Sin embargo, de lo que quería hablar era de aquella serie que, en blanco y negro, nos transporta a momentos de inocencia que nunca volverán. Como he dicho, La pandilla era una serie de televisión  que empezó a filmarse en los EEUU allá por los años 20 del siglo pasado. Empezaron mediante unas filmaciones en cine mudo y, con el transcurso del tiempo, pasaron a incorporarse al cine sonoro. En aquella serie se contaba las peripecias de un grupo de niños y su perro.  La pandilla la formaban un grupo de chavales, todos vecinos y amigos.  Puedo afirmar que no recuerdo los nombres más que de un par de ellos: Spanky, que era el jefe de la pandilla, Alfalfa, Darla y el perro Petey. Pero aunque sólo soy capaz de recordar estos nombres, recuerdo que  eran una infinidad de críos, algunos blanquitos como la nieve, con un churrete por flequillo y otras tan negritas como el carbón.
Una serie sorprendente por la cantidad de niños que trabajaban en ella, que eran sustituidos unos por otros a medida que iban creciendo, y que actuaban con tanta naturalidad que se podía tener la sensación de que lo filmado era el día a día de esos chavales de principios del siglo pasado.
Hace no muchos días, desde Canadá, una persona querida,  me envió, adjunto con un mail, un enlace a esta serie.  Desde entonces me ronda escribir algo sobre ella, no sobre la persona querida (eso queda para mis cosas personales), y hoy, como podría haber sido cualquier otro día, me he decidido a ello. Sé que no es mucho lo que digo al respeto en este texto. Pero lo mejor que pueden hacer es rescatar algunos capítulos a través de youtube  (durante meses intenté localizar alguna grabación en DVD de aquella serie y no lo he conseguido); véanlos, si tienen hijos que juegan con la Playstation, con la Wii y esas otras cosas que no sé cómo se llaman,  siéntenlos con ustedes en el sofá y ríanse con ellos de aquellos juegos y pillería de los colegas de nuestros bisabuelos.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 12 2011

¿Qué les pasa a los hombres?

“¿Te acuerdas de ese chico tan mono que te dijo que te llamaría y nunca lo hizo? Quizás perdió tu número. Quizás está en el hospital. Quizás se ha visto intimidado por tu belleza, inteligencia y éxito. O quizás es que no le interesas”.
Con una sola pregunta y las siguientes respuestas, tres  de ellas misericordes, una cierta como un martillazo en la cabeza, comienza la comedia romántica y de enredo Qué les pasa a los hombres.
Esta comedia escrita por Greg Behrendt y Liz Tucillo ( guionistas de Sexo en Nueva York, una de las series de televisión con más éxito de todos los tiempos), y dirigida por Ken Kwapis, está protagonizada por  un plantel de conocidos actores: Ben Affeck, Jennifer Aniston, Drew Barrymore, Jennifer Connell, Kevin Conolly, Scartlett Johansson y Justin Long.
Una comedia romántica que desde luego no pasará a la historia del cine, pero que ofrece dos horas de diversión y entretenimiento que, con los tiempos que corren, no es mala cosa.  La película se divide en dos líneas argumentales: la de las mujeres que tienen una pareja estable y la de la que la buscan casi desesperadamente. Ambas líneas confluyen en la necesidad de encontrar una estabilidad, un cómplice con el que compartir la vida  y alrededor de todo ello: los engaños, las esperas, la incomunicación, las interpretaciones fallidas y, porque no decirlo,  las estrategias encaminadas a obtener una atención que, no es por desanimar, fracasan siempre. Una película que, pese a ser eso, una película, encierra situaciones tan reales como la vida misma.
Y es que, ¿quién no se ha encontrado en alguna ocasión esperando a que el teléfono suene mientras se arregla las uñas de los pies? ¿Quién no ha comprobado setecientas cincuenta y tres veces si el cable del teléfono sigue en la roseta ante una llamada que se demora? ¿Quién no ha buscado en la lista de fallecidos del periódico si aparece el nombre de ese tipo que prometió que el sábado saldríais a cenar y jamás llamó, pese a que en la primera cita te repitió doscientas mil veces que eras la mujer de su vida? Quien no conteste afirmativamente al menos a una de las anteriores preguntas no es humana.
Es cierto que es una película llena de topicazos, en la que parece que el objetivo máximo de las mujeres sea encontrar un hombre, pero, desengañémonos, eso que negamos cientos de veces con un gesto de suficiencia es, en muchos casos, una de las metas a alcanzar.  No tiene nada de malo, la compañía, la complicidad de la pareja es algo estupendo aunque, de vez en cuando, lo denostemos por formulas aparentemente más modernas que, en el fondo, encierran esa misma necesidad. Porque la búsqueda de una felicidad compartida nada tiene que ver con la independencia, la autosuficiencia.
Una película sin chicha ni limoná, que no pasará, como he dicho, a los anales del cine, pero que permitirá pasar un buen rato, disfrutar de lo guapo de los actores, de lo armónico de la ambientación y, porque no decirlo, vernos retratados durante un rato, lo que nos permitirá concluir que tanto aquí, como en Sebastopol, como en Baltimore, las mujeres seguimos sin comprender a los hombres.
© Del Texto: Anita Noire


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