jul 7 2011

Blade Runner: El triunfo de una puesta en escena fatántisca

Rick Deckard es un veterano Blade Runner. Dedicó su tiempo a retirar seres fabricados  a través de la ingeniería genética denominados Nexus 6. Esos seres son réplicas humanas con una inteligencia y fuerzas muy superiores a los propios humanos. Está semiretirado, pero es llamado por su antiguo jefe (Bryant) puesto que media docena de Nexus 6 han llegado a la tierra procedentes de colonias interestelares. Dos de ellos ya han muerto. Quedan cuatro considerados altamente peligrosos por su violencia. Aunque es reacio a aceptar el encargo, bajo presión de Bryant, dice sí al trabajo.
Estamos en Los Ángeles. Noviembre del año 2019. La ciudad se ha convertido en un laberinto de mercados interminables, en una mezcla de razas delirante, en una ciudad caótica y decadente en la que siempre cae una lluvia plomiza. Todo ser vivo puede fabricarse y son casi imposibles de distinguir  de los verdaderos seres vivos.
Deckard persigue a los Nexus 6 que tienen como objetivo llegar hasta su creador para que les otorgue la posibilidad de vivir más tiempo (fueron fabricados para que pudieran vivir cuatro años y, además, están faltos de empatía y sentimientos). Han desarrollado la capacidad de crear sus propios sentimientos al plantearse la posibilidad de morir. Por el camino Deckard irá eliminando a los Nexus 6 y correrá peligro de muerte frente a ellos cada vez que se cruza en su camino. Conocerá a Rachael, otro ejemplar de replicante que no sabe que lo es. Esta, al contrario que el resto, le salvará la vida y terminará enamorada del Blade Runner. Igual que Deckard de ella.
Deckard termina su trabajo eliminando a los replicantes (uno de ellos, el lider Roy le perdona la vida) aunque no termina con Rachael. El Blade Runner y Rachael terminan huyendo hacia un futuro incierto y desconocido para ellos (y para el espectador) puesto que  Gaff (ayudante de Bryant) les permite escapar en el último momento.
Este podría ser el resumen argumental de la famosísima y algo sobrevalorada Blade Runner del director Ridley Scott. Me temo que muchos dejarán de leer este análisis después de encontrarse con el sacrilegio que consiste en decir que está sobrevalorada. Pero estoy convencido de ello y, por eso, lo digo.
En dos de los diálogos de la película se concentra buena parte del tema principal que Scott quiere tratar.
La conversación entre Tyrell (director de la compañía que crea los Nexus 6) y Roy Batty (lider de los replicantes) es, con seguridad, la que expresa mejor el objetivo temático de la película. Es este:
RB: No es cosa fácil conocer a tu creador.
T: Y ¿qué puedo hacer yo por ti?
RB: Puede el creador reparar lo que ha hecho.
T: ¿Te gustaría ser modificado?
RB: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.
T: ¿Qué es lo que te preocupa?
RB: La muerte.
El creador, Dios, frente a lo creado. Un replicante o un ser humano. El silencio de Dios. Lo inaccesible que puede llegar a ser. ¿Puede Dios cambiar las cosas? El tiempo que se acaba con la muerte y hace preguntarse a los seres vivos (¿lo es un Nexus 6?) sobre su futuro. El miedo a lo desconocido. La necesidad de encontrar respuestas en la filosofía y en la teología.
Sobre esto es sobre lo que se ordena el fondo ideológico de Blade Runner. Y, a decir verdad, lo deja enunciado, pero no termina de profundizar. Plantea, pero no resuelve casi nada.
En otra intervención de Roy Batty se enuncia el problema del tiempo que corre sin parar hacia la nada:
RB: Es toda una experiencia vivir con miedo ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.
Hace referencia a la llegada de la muerte, a la imposibilidad de modificar la fecha de caducidad que un replicante tiene, que un hombre tiene aunque no sepa cual es. Es muy interesante el planteamiento que hace Scott sobre la falta de pasado (a los Nexus 6 se les implantan recuerdos falsos) que lleva a la imposibilidad de un futuro cualquiera y que convierte el presente en algo sin sentido, vacío de cualquier contenido y torturador.
El resto de la película no deja de ser una historia de amor, una historia policiaca con un antihéroe (el Blade Runner) que lucha contra el que se convierte en héroe desde su villanía y el relato de una sociedad que puede terminar con su esplendor al vaciarse de humanidad
En la película todo es afixiante, tétrico y oscuro. El mundo se ha convertido en una masa informe decadente en la que se mezclan columnas griegas y pirámides con escaparates iluminados por neón y edificios que fueron estandartes de un progreso que desapareció. Las luces de la policía aparecen en cualquier habitación de la ciudad puesto que los vehículos no dejan de sobrevolar todo el espacio. Es un mundo que se sobreprotege de sí mismo.
Blade Runner presenta una estética cyberpunk (esto no era novedad aunque alguno piensa lo contrario) que encaja muy bien con el escenario y la puesta en escena de la película. Los Sex Pistols ya habían tomado como suya la expresión no hay futuro. Y es eso lo que parece defender Scott durante todo el metraje.
Conviven en la pantalla los grandes edificios que representan la modernidad con los viejos que representaron lo mismo y ahora se caen a trozos. Y dentro de ellos, viven los representantes de eso mismo.  Las calles se llenan de personas que mezclan un vestuario muy parecido que les hace similares entre ellos, parecen uniformados y carentes de personalidad.
Scott es un gran director, pero lo que mejor hace es convertir la idea en imagen. Su puesta en escena es magnífica. Por ello, crea un clima perfecto para desarrollar lo que quiere decir. Y es esto uno de los grandes logros de Blade Runner.
En Blade Runner el tiempo es un contador que te hace saber o intuir cuanto te queda para morir. Ni más ni menos.
Los seres humanos viven en un espacio lleno de individuos que parecen formar parte de una sociedad, pero, en realidad, están solos, hartos de un mundo del que terminan huyendo a bases construidas fuera de la Tierra. No parece que vivan ilusionados por un futuro puesto que allí no cabe nada ni nadie (esto es literal puesto que nos encontramos con una superpoblación inmensa y todo lo que había se deshace por una decadencia absoluta. Tan sólo brilla aquello que es ficticio y ajeno al propio ser humano). El tiempo es un viaje a ninguna parte.
Los replicantes son creaciones de los hombres. Incompletos. Carecen de pasado, sólo tienen presente y con ello no pueden imaginar un futuro. Además, ese futuro tiene un límite temporal puesto que fueron diseñados para que vivieran durante cuatro años.  El tiempo reside en un contador que suma segundos y les resta existencia de forma irremediable. El tiempo, otra vez, es un viaje a ninguna parte.
Los humanos van perdiendo su condición y, cansados, no parecen temer a la muerte.  Nada tiene sentido. Los Nexus 6, al contrario, cuando desarrollan la capacidad de sentir, cuando se van pareciendo a lo que es un hombre, comienzan a necesitar tiempo para vivir. El temor a la muerte aparece para amargarles la existencia. Viene bien un poema de Rubén Dario en el que se expresa esa sensación de vértigo que sólo el ser humano es capaz de sentir. Se titula Lo fatal y dice así:
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
/y más la piedra dura porque ésa ya no siente,/
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
/ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
/y el temor de haber sido y un futuro terror…
/¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/
y sufrir por la vida y por la sombra y por
/lo que no conocemos y apenas sospechamos,
/y la carne que tienta con sus frescos racimos,
/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos/
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…
Parece que los Nexus pueden llegar a ser personas en el momento de tener alma (esto queda representado por la paloma que Roy tiene en las manos justo antes de morir y que suelta justo antes de que ocurra; una imagen gastada y bastante flojita) y eso sólo se consigue si aman, odian, se enternecen, perdonan o sienten miedo ante la muerte. Sólo pueden ser hombres cuando se preguntan si lo son. Los seres humanos de la película parecen haber olvidado esa pregunta y se dejan llevar. Se desintegra y con ellos la sociedad. Tal vez sea al revés. Eso en la película no queda claro. El caso es que el problema se plantea en términos de destrucción individual y colectiva cuando desaparece la humanidad de las personas.
Es curioso que sean los replicantes los que representan la búsqueda filosófica y teológica del sentido de la vida, los que se hacen la pregunta que se hace el hombre desde que lo es: ¿qué soy?
La puesta en escena que lleva a cabo Scott es espléndida, Ya estaba dicho. Las interpretaciones, salvo la de Rutger Hauer que está soberbio, son el reflejo de lo que debió ser el rodaje de la película. Algo aburridas. Sean Young guapa y sosa. Harrinson Ford hasta las narices. La estética es deudora excesiva de Metrópolis. La música de Vangelis algo excesiva dependiendo de los tramos. Y el ritmo es desigual en exceso, tanto argumentalmente como en su carga de contenido.
En definitiva, una muy buena película, sin duda. Pero que se queda a medias en sus propuestas filosóficas y en la que no encontramos nada que la puedan convertir en esa obra maestra indiscutible que muchos dicen que es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 22 2011

12 Monos: La doble lectura obligada

Siempre que veo 12 Monos, recuerdo un cuento de W. W. Jacobs titulado La pata de mono (curioso que ambas obras introduzcan el mismo animal en el título). Ese relato deja la posibilidad de hacer distintas lecturas (todas las buenas narraciones lo permiten). Una de ellas consiste en que el lector crea al leer lo que le presentan. Sin rechistar. Otra, sin embargo, consiste en intentar (el lector) poner un punto de cordura en lo que parece que está sucediendo, o lo que es igual, no dejarse embaucar por Jacobs haciendo una lectura reposada y pegada a una realidad que se comparte por todos. Si Jacobs hubiera querido dejar clara cuál era su postura, lo hubiera hecho desde el principio. Planteando la narración de esa forma, la posibilidad de otra lectura aporta al relato una fuerza extraordinaria.
Pues bien, al ver 12 Monos pienso en el texto de W. W. Jacobs puesto que ocurre lo mismo en ambas obras. La lectura más cómoda de la película, por sencilla, es la que podemos hacer arrimándonos a lo que vemos, dando por bueno que es eso y no otra cosa lo que sucede en la realidad creada por su director Terry Gilliam. Sería algo parecido a esto: En un futuro no muy lejano, lo que queda de raza humana, se encuentra en el subsuelo intentando sobrevivir a un virus que acabó con la vida del 99% de la especie. Sólo los animales son capaces de vivir en la superficie terrestre al ser inmunes. James Cole se presenta voluntario (forzoso) para conseguir información en el pasado sobre lo que ocurrió y, así, poder ordenar el presente que le toca vivir. Viajará a través del tiempo. Hasta 1990; hasta 1996; hasta la primera guerra mundial. En su primer viaje llega por equivocación a 1990. Conoce a Jeffrey Gaines en un manicomio. También a la siquiatra Kathryn Railly. Logra escapar del centro médico gracias a que, desde su presente, los científicos le rescatan con su máquina del tiempo. En fin, no sigo por si alguien todavía no ha visto la película. Estaríamos, por tanto, frente a una película encuadrada en el género de la ciencia ficción. Máquinas del tiempo, la humanidad prácticamente aniquilada; bucles temporales que anulan el presente, futuro, y pasado, convirtiéndolos en la misma cosa; una estética extraña en un mundo extraño, el futuro frente a nosotros.
Muchas personas (casi todas, a decir verdad) ven 12 Monos de este modo. Lo que significa que creen en la posibilidad de que un crío pueda contemplar su propia muerte siendo adulto. Uno se sienta frente a la pantalla dando por bueno todo lo que ve y listo. En realidad, es así como hay que ver películas de ciencia ficción. Además, es posible que Terry Gilliam quisiera contar eso y no otra cosa cuando filmó la película. Pero ¿es 12 Monos eso o la cosa es distinta? Como siempre ocurre, cualquier manifestación artística puede interpretarse de distintas formas. Y el autor no puede hacer nada para que eso no ocurra. ¿O tal vez la lectura correcta es la que casi nadie hace? A veces, incluso los autores se apuntan a lecturas alejadas de lo que quisieron viendo que la obra toma una dimensión más amplia. Por ejemplo, cuentan que el escritor Julio Cortazar escribió su relato Casa tomada intentando narrar un sueño que tuvo. Algún crítico dijo que era una formidable manera de describir el peronismo argentino y Cortazar terminó por aceptar esa lectura como buena viendo que la cosa funcionaba cuando no tenía nada que ver con su intención al escribir.
Supongamos que Gilliam quiso hacer una película sobre la decadencia de las sociedades actuales centrando su atención (de forma fundamental) en una mente sometida a una autodestrucción feroz, una mente capaz de inventar un mundo entero y condicionada por el síndrome de Casandra. En definitiva, una película sobre la locura en la que el personaje principal está como unas maracas. Si fuera así la cosa cambia porque habría que ver todo como un delirio descomunal que, a base de ser recurrente en la mente del protagonista, llega a una perfección narrativa también descomunal.
A decir verdad, esta lectura es sencilla. Fijando la atención en algunas cosas, es casi obligada. Por ejemplo, los científicos del presente del protagonista son completamente ridículos. Por ejemplo, si atendemos al guión, el disparate (leído en clave de verdad verdadera) roza lo ridículo. Todo es ridículo. Lo que ocurre es que Gilliam es un director que sabe contar historias y sabe lo que es necesario para que esas historias no se vacíen en cualquier momento. Un par de detalles pueden servir como ejemplos. El punto de vista está centrado en Cole mientras el personaje se va perfilando. Pero cuando el personaje ya está presente en todo su esplendor, el punto de vista se coloca en el hombro de la siquiatra. Esto permite dar credibilidad a la acción (si lo cuenta el loco aquello no funciona ni a la de tres) y, a la vez, se consiguen introducir aspectos ocultos hasta el momento que ayudan a explicar y cerrar la trama. Esto se llama chapuza narrativa. Pero funciona más que bien. Otro ejemplo. Si, además de un siquiatra al que tenemos que creer porque para eso es lo que es, introducimos una fotografía (algo material sea lo que sea) que demuestre que nuestro protagonista ha estado en un lugar y en un tiempo imposibles, nadie puede dudar de lo que ve. Pero a Gilliam se le olvida un detalle: alguien puede hacer la lectura correcta y decir que un loco se puede inventar todo, incluso esa fotografía. Esto no es una chapuza, pero si un elemento algo tramposo. Sea como sea, 12 Monos se puede convertir en un ensayo sobre la locura. Y es un excelente ensayo sobre la locura. La dimensión de la película es otra y su grandeza se eleva mucho.
El guión de la película se redondea bien (quizás en exceso al explicar tanto y de forma atropellada al final). Vestuario y maquillaje son notables. La música es una maravilla. La estética (muy cercana a Brazil) acompaña la acción más que bien. La dirección de actores es un gran logro. Y las interpretaciones son magníficas. Bruce Willis pierde ese único gesto que utiliza para todo y llega a mezclar la dureza con la fragilidad consiguiendo un personaje creíble y sólido. Brad Pitt se muestra algo histriónico, pero defiende su papel con gracia y sin altibajos. David Morse hace poco (su papel es muy limitado) y lo hace bien. Por su parte, Madelaine Stowe interpreta con corrección exquisita. Todo esto quiere decir que la película funciona. Funciona muy bien.
A estas alturas, habrá quien piense que todo esto que digo no tiene demasiado sentido. Pues bien, los que estén en esa situación, piensen en esa voz que llama Bob al personaje que interpreta Willis. El que luego aparece en forma de indigente. Piensen en la viabilidad del mundo subterráneo. Y luego intenten cambiar la clave de interpretación. Tal vez comprueben que las partes encajan con perfección.
Como es una excelente película, merece la pena echar un vistazo. Los que se acerquen por primera vez deben tener paciencia. El comienzo es algo confuso para el espectador. Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 16 2011

Star Wars: El imperio contraataca

Tras la destrucción de la Estrella de la Muerte, Luke y sus amigos se ven obligados a huir incansablemente de la persecución por parte de las hordas imperiales; en su periplo se encontrará con muchísimos problemas; empezará su entrenamiento Jedi a manos de Yoda; y será testigo de una gran verdad que se le tenía oculta hasta ahora. No hace falta decir que todo lo que diga aquí, ya estará escrito en miles de sitios web, libros, conferencias y más, hasta la saciedad.
Lo más importante es saber por qué es la más importante de toda la saga. Dicho de otro modo, el viaje iniciático de Luke que tanto éxito tuvo en su principio empieza a naufragar en esta secuela, una época oscura de la que muchos podríamos hablar y haber vivido, esa época en la que todo es pura inestabilidad. Por eso, no es de extrañar que se usen elementos para enfatizar esa inconsistencia, ese vacío que todos los personajes del film viven. Un planeta que es un desierto helado (Hoth), un campo de meteoritos que va y viene, un planeta (Dagobah) que es una ciénaga gigantesca con una espesa niebla y con monstruos de variada índole, una ciudad en las nubes sustentada por una columna fínisima, el Halcón Milenario falla, los personajes están irascibles, todo se estropea y sale mal, y así un largo etcétera de elementos fríos, un vaivén de claros-oscuros donde Luke y el resto de personajes se encontrarán a sí mismos.

Nuestro aprendiz de Jedi, como cualquier otro joven será instruido en el arte de la espada y el poder de la Fuerza por un nuevo maestro, Yoda. Allí descubrirá en compañía de este nuevo amigo que no todo es lo que parece ni cómo se lo han contado, empezará a ver el mundo de otra forma, a sembrar una cierta madurez, a entender qué es lo importante: si él y su egoísmo, o su amistad con Han, Leia, RD-D2, C-3PO y Chewbacca. Y también descubrirá, que todo hijo no es más que un reflejo de su padre, como se detalla en la magnífica e importante paradoja que es la escena donde Luke se enfrenta al espejismo de Vader, el chico le corta la cabeza y descubre que es él mismo. Todo para sembrarnos esa gran verdad que traspasó las pantallas de medio mundo allá por el año 1980, donde Darth Vader le revelaba a Luke: Yo soy tu padre.
Es una historia donde lo que prima es esa desilusión y desencanto cuando te enfrentas con la realidad, cuando descubres que la verdad que a uno le habían contado no era la verdad, o era la verdad, pero a medias. ¿Quién no puede haberse sentido traicionado cuando lo que uno tenía idealizado descubre que no es tal?
En otro orden de cosas, el equipo técnico del film es totalmente modificado y George Lucas queda relegado a labores producción y supervisión, eso sí, a día de hoy, y sin que me tiemble el pulso, voy a decir que gracias a la dirección de Irvin Keshner, y el guión del buen Lawrence Kasdan se llevó a buen puerto esta space ópera. Solo hay que ver las películas que ha dirigido/escrito en solitario el tio Lucas para darse cuenta de ello (sí, las últimas tres de esta saga, donde su ego masturbatorio ha llegado a cotas altísimas, y poco más). Técnicamente, ahora para muchos no será gran cosa, pero un servidor se sigue maravillando con todos los elementos en pantalla; sabes que los personajes están ahí, que hay decorados reales y construidos por expertos en escenografía, y no todo se reduce a meterlos en un chroma a hacer piruetas. Hay una historia, y los efectos se ponen a su disposición (no al contrario, como pasa mucho ahora), la música de John Williams es una jodida maravilla de principio a fin.
En definitiva, hay muchísimo por hablar de esta película, pero siempre nos quedarán grandes escenas como la de Yoda levantando con su poder el X-Wing hundido de Luke; la pelea final entre Darth Vader y Luke al borde del abismo; los sarcasmos de Han y Leia; la congelación en carbonita de Han Solo; el gusano del meteorito; los AT-AT invadiendo Hoth…
Es un maldito clásico (muchos de esos que van de intelectuales ya quisieran haber hecho lo mismo), guste o no, las aventuras, como la ciencia ficción o el terror, siempre hablan de nuestra realidad, no todo se reduce a un mero pasillo de esperpentos y situaciones variadas sin ton ni son. Es un prejuicio tan estúpido y tan tópico como que los Western son solo películas de indios y vaqueros o que la animación es tan sólo cosas de niños. Todo depende de nuestra capacidad de percepción para ver más allá de lo que se nos pone en una pantalla plana.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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may 15 2011

Atmósfera Cero: Solo ante el peligro en Io

La luna de Júpiter Io es una colonia. Allí un buen número de hombres y mujeres trabajan en la extracción de mineral. Allí pasan las mismas cosas que podrían pasar en la tierra. Hay mineros, médicos, policías, jefes, malos, buenos, putas, maltratadores, drogadictos y camellos.
Un nuevo jefe de policía, O’Neil (interpretado por un excelente Sean Connery) llega a la colonia minera Con-Am 27. Han sucedido cosas de las que nadie quiere saber nada. Él sí. Comienza a investigar con el único apoyo de la doctora Lazarus (Kika Markham). Y se ve inmerso en un lío morrocotudo en el que tendrá que jugarse la vida cada minuto.
Atmósfera Cero es la versión espacial de Sólo ante el peligro. Es una película de buenos y malos, de sensatez frente a locura, de tranquilidad frente a violencia, de inteligencia y maldad. Es una película muy entretenida en la que se nos muestra una sociedad carente de valores, de la humanidad que debería estar por encima de cualquier otra cosa. Una película de policías que atrapan a cacos, drogadictos y delicuentes de guante blanco.
La puesta en escena es, francamente, buena. Los escenarios; repletos de jaulas en las que viven tumbados los habitantes del centro minero, los lugares oscuros y peligrosos, rodeados de un espacio exterior mortal; están diseñados con acierto y muestran la idea del director Peter Hyams (guionista también) sobre el futuro de una sociedad desestructurada y vacía. Los efectos especiales y visuales tienen una importancia extraordinaria. Están muy bien logrados (ahora se quedarían cortos como casi todo en el mundo).
Desde un punto de vista narrativo, la película se estructura alrededor de la trama que avanza sin estruendos aunque con ligereza. Tal vez, el personaje de O’Neil queda algo apagado si le alejamos de la acción. Eso no debería ser así puesto que todo podría vaciarse de sentido, pero cuela entre persecuciones y disparos (la falta de construcción de los personajes se sitúan en la frontera de lo permitido). El ritmo es ágil y la resolución de la trama, aunque predecible, cierra bien el relato.
La ciencia ficción sirve para explicar, no lo que sucede en las estrellas, sino para lo que sucede aquí. Atmósfera Cero lleva a cabo esa misión más que bien. Aunque algo exagerada en algún momento, merece la pena verla.
Buen viaje hasta Io.No tomen nada que les ofrezcan allí si no saben lo que es con exactitud.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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may 12 2011

Aliens: El Regreso

No sé qué especie es peor. Ellos no se putean por un maldito porcentaje. Esto lo dice Ellen Ripley en un momento de la película Aliens: El regreso (ya saben que escapó del horror y ahora, después de más de cincuenta años durmiendo como un angelito, es rescatada). Se refiere a uno de los tripulantes de la nave que ha llegado al planeta LV-426, el sujeto que envía la compañía junto al resto de la tripulación. Y resume uno de los asuntos centrales de la película. Tal vez soy muy generoso al hablar en plural puesto que el resto es más cosa de trama que de cualquier otro activo de la narración. En realidad, quitando algunos momentos muy concretos, la película intenta ser una suma de acciones que la conviertan en una de aventuras. Los diálogos son puramente informativos. Y es que la puesta en escena es lo que manda acompañada de un ritmo delirante que no da tregua, acompañada de aliens terroríficos, de soldados indefensos y de Newt (una niña adorable que está a punto de ser devorada en diversas ocasiones encarnada por Carrie Henn). Durante el desarrollo de la acción, siempre ocurre algo que dilata la agonía de personajes y, por supuesto, de espectadores. Con ello, James Cameron, intenta hacer creíbles las convicciones de los personajes sustentadas en cosas que ya sabíamos en Alien: El octavo pasajero o acabamos de conocer unos minutos antes. Todo ocurre con rapidez. Y todo se resuelve con la misma prisa.
Podría parecer que esto que digo se pone enfrente de la película de Cameron. Sin embargo, no es así. Es muy entretenida, muy terrorífica, mantiene al espectador pegado a la butaca en constante tensión pendiente de principio a fin. Es una película que quiere presumir más de esto que de profundidad de pensamiento. Por ello, la puesta en escena debía ser espectacular. Cameron lo logra, entre otras cosas, con colores azules muy oscuros e intensos y una iluminación bajo mínimos que hace de cada escena un momento inquietante. Los efectos especiales son los justos y los visuales magníficos. La partitura adecuada porque todo se ordena alrededor de los efectos de sonido. De hecho, la película obtuvo un óscar por los efectos visuales y otro por los de sonido de sonido. Justos premios.
Aliens: El regreso es la primera de las secuelas de Alien: El octavo pasajero. Y es magnífica si la encuadramos dentro de esas expectativas que se nutren del terror y la trama aventurera sin más. Repite Sigourney Weaver haciendo de Ellen Ripley. Francamente, las cuatro películas de la serie sin ella serían otra cosa bien distinta. Y destacan Michael Biehn, Bill Paxton y Jenette Goldstein. Es una película muy violenta. Mucho. Esta vez, no sólo los aliens se muestran hostiles. Los soldaditos reparten lo suyo a lo largo de todo el metraje. Desde luego, los niños no deberían ver algo así. Ni los miedosos porque la película pone los pelos de punta. El resto no dejen de verla. Pasarán un par de horas estupendas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 10 2011

El experimento del Dr. Quatermass: La deliciosa inocencia

Hubo un tiempo en el que los cohetes espaciales (los que aparecían en las películas de cine o en los cómics) tenían la forma de un cohete. Ya saben, esos que terminaban en punta y se sostenían sobre tres enormes patas. Y hubo un tiempo en el que los seres monstruosos eran pura gelatina, tenían ojos de pulpo y se movían dejando un rastro de materia amorfa. Babas, diría yo.  Era cuando el terror a lo desconocido llegaba en forma de seres extraterrestres que podían acabar con la humanidad. El hombre aún no era consciente de ser ese monstruo con capacidad destructiva ilimitada.
El Experimento del Dr. Quatermass es una película deliciosamente inocente aunque terrorífica hasta límites insospechados. Dirigida en 1.955 por Val Guest, cuenta cómo un cohete, enviado a la órbita terrestre, regresa a la tierra. Dos de sus tripulantes han desaparecido. El tercero, el astronauta Víctor Carroon (Richard Wordsworth), llega en condiciones extrañas y sufre una mutación que le convierte en un ser agresivo y monstruoso. Serán policías británicos, científicos y el propio Dr. Quatermass (Brian Donlevy) los que inicien la captura de Carroon.
Es emotivo ver estas películas cargadas de inocencia. Al menos una inocencia superficial. Los malos son malos; los buenos muy buenos; y los tontos más tontos que pichote. Pero es tan emotivo como interesante echar un vistazo a lo que queda bajo la superficie. En concreto, en El experimento del Dr. Quatermass, los personajes van creciendo desde las contradicciones internas (es el caso de Víctor Carroon), desde las convicciones absolutas (lo representa el Dr. Quatermass) o desde la duda metódica o la improvisación más absoluta (pareja formada por el médico y el comisario de policía). De este modo, el guión del propio Val Guest y Richard Landau, nos da una visión poliédrica del comportamiento humano ante una situación desconocida y extrema. El terror aparece en esa zona en la que nada se ve con claridad porque faltan puntos de vista complementarios. Es el conjunto, la suma de todos ellos, lo que puede resolver el entuerto.
La película tiene un ritmo narrativo maravilloso, consistente y ágil. Los diálogos chisporrotean sin parar, cargados de ironía, contrapuestos a una situación terrorífica que quita el habla. El elenco defiende sus papeles a la antigua cuando se trataba de cine de género. Con soltura y sin grandes sorpresas. Interpretaciones algo planas, pero suficientes.
Es verdad que algunas cosas están poco o mal justificadas en la trama (la llegada de una sola esposa al lugar del accidente, curiosamente la del superviviente cuando nadie sabía si quedaba alguien vivo, por ejemplo). Pero hay que tener en cuenta las limitaciones presupuestarias, las del metraje estandar del momento y el tipo de cine que se quería conseguir.
La película carece de efectos especiales espectaculares. Y los pocos que se muestran son muy ridículos (hoy en día, claro). Pero el director consigue una película exquisita que pone los pelos de punta. Por cierto, no falta el niño que eleva la carga dramática de la narración, ni el tonto de capirote que merece rellenar el hueco de los fallecidos. Por listillo. Qué contradicción.
En familia se puede disfrutar sin problemas. Incluso los más pequeños (esos ya no se asustan con tan poca cosa). Palomitas, refrescos y hora y cuarto de buen cine. Corran, corran en busca de una copia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 9 2011

Alien: La perfección de la hostilidad

Tenía yo quince años cuando vi, por primera vez, Alien: El Octavo Pasajero. No sabía muy bien qué era eso que me esperaba en la sala de proyección. Supuse que algún marciano con cara de cera lanzando rayos ultrasónicos y un montón de tipos rudos y valientes repartiendo leña al ser extraterrestre. Sin embargo me encontré con un ser extraordinario, violentísimo, astuto y demoledor frente a una tripulación mixta que disponía de un lanzallamas medio casero y una red para lograr salir con vida de la nave espacial. Si tuviera que elegir un momento de mi vida en la que me sentí indefenso y aterrado, creo que no dudaría en referirme a aquella tarde.
La nave Nostromo (en aquella época los efectos especiales nos resultaban asombrosos) era inmensa. El alien era la misma maldad. La tripulación del Nostromo podría estar compuesta por cualquiera de nosotros. Pobres Dallas (Tom Skerritt), Ripley (Sigourney Weaver), Lambert (Veronica Cartwright), Brett (Harry Dean Stanton), Kane (John Hurt) y Parker (Yaphet Kotto). Ash (Ian Holm) resultó ser un androide traidor y odioso. Con esa película se podía sentir exactamente lo que se debe experimentar durante un viaje espacial. Y después de ver algo así, la ciencia ficción ya no sería lo mismo, nunca más. Miedo, incertidumbre hasta la última toma, nervios esperando un desenlace con una mínima esperanza, emoción sin límite, asfixia. Inolvidable.
Ridley Scott, el director de la película, tomó prestado el nombre de la nave. Al escritor Joseph Conrad. Hace referencia a una de sus novelas y, como todo el mundo sabe, este escritor tenía en su literatura un hueco permanente para el viaje, la sabiduría que provoca el movimiento, la posibilidad de vencer a todo tipo de contratiempo y salvar la vida el viajero por ello. De eso va la película aunque la acción se produzca en el espacio y veamos un monstruo terrible. Esa nave, la USCSS Nostromo, será el escenario de buena parte de la película. La tripulación es despertada, antes de tiempo, durante su viaje de regreso desde Thedus a la Tierra. Les encargan la misión de investigar la procedencia de una señal desconocida que llega desde un planetoide. Cuando a Kane se le agarra a la cara un bicho de aspecto horrible y perfecto en su hostilidad, todo se desboca.
Las interpretaciones de los actores son todas correctas. La de Sigourney Weaver es especialmente buena. Y se desarrolla con fuerza al enfretar su personaje con el que interpreta Veronica Cartwright. La debilidad del carácter de una hace más fuerte el de la otra. La decisión de una hace que las dudas de la otra la conviertan en una heroína. El trabajo del director es este aspecto es impecable. La música de Jerry Goldsmith acompaña como un guante la acción. La partitura es perfecta, pero no pretende en ningún caso nada que no sea matizar lo que se ve en la pantalla. Extraordinaria la puesta en escena que nos lleva aunque nos neguemos a un mundo oscuro, hostil, vacío de humanidad y que se convierte en un enorme reto para el ser humano. El montaje es inteligente y no deja que los tiempos destrocen los tempos narrativos. Por ejemplo, los viajes de un sitio a otro se convierten en elipsis para no demorar las cosas mientras se pierde una intensidad narrativa impecable.
No sé si los jóvenes de hoy mirarán esta película con la ceja levantada preguntándose por qué hizo tanto ruido en el momento de estrenarse. Yo tengo la respuesta. En ese momento nadie había viajado al espacio. Y la primera vez que haces cualquier cosa deja huella.


may 8 2011

La invasión de los ladrones de cuerpos: Paranoia colectiva

Las buenas películas no pasan nunca de moda. Es posible que hoy se pudieran filmar incluyendo unos efectos especiales asombrosos, que el maquillaje fuera una exquisitez y que se consiguieran resultados igual de buenos. Pero no dejarían de ser copias de excelentes películas conseguidas con medios técnicos muy cortos y presupuestos infinitamente menores.
La invasión de los ladrones de cuerpos es una de esas películas que funcionan desde el primer día y que no dejará de hacerlo nunca. A pesar de rodarse con un presupuesto muy bajo para la época, Don Siegel logra crear un clima perfecto de histeria colectiva y de opresión inaguantable, tanto en sus personajes como en los espectadores. Mejorando la novela de Jack Finney que abusaba de diálogos absurdos y, sobre todo, de personajes descontrolados, cuenta cómo unas semillas que vagan por el espacio terminan cayendo en la tierra (en un pequeño pueblo de Estados Unidos). Logran arraigar y crean unas vainas gigantes que son capaces de crear réplicas de cuerpos humanos y de robar la mente a los individuos. Si duermes junto a una de esas vainas, la mañana siguiente paseará por tu pueblo una réplica de ti.
Esta es una lectura literal a la que se le pueden sumar el clima obsesivo, la extrañeza que causa todo, lo horrible de la situación y la sensación de irremediable que aporta la trama. El guión original era mucho más brusco y no dejaba hueco a la esperanza. Pero la productora obligó a rodar un prólogo explicativo (de paso la voz narrativa se hace mucho más solvente al tener un momento de reposo ante un desastre de tal magnitud y, con ello, mucho más fuerte puesto que narra desde le recuerdo, sabiendo lo que ha pasado) y un epílogo que, aún dejando abierto el desenlace, deja ver luz al final del túnel.
Conviene ver la película haciendo una lectura paralela. El miedo al stalinismo (persecución de los disidentes, al entramado soviético de espías, deshumanización de la sociedad y del propio individuo) está presente de principio a fin. Es una característica muy común de un cine determinado rodado en Estados Unidos en esa época. La guerra fría se colaba por todos los huecos posibles. Pero también se aprovecha para hablar de una paranoia descomunal y general generada tras la caza de brujas promovida por un senador de aquel país llamado Joseph McCarthy.
Con ambas lecturas el disfrute está garantizado. Porque la defensa que hacen de sus papeles Dana Wynter y Kevin McCarthy no están mal. Porque el ritmo narrativo es el adecuado. Porque la ideal es original y aterradora. Y porque nos muestran la posibilidad de que lo lejano se encuentre frente a nosotros. Muy cerca. Tal vez, la normalidad, vista desde el prisma adecuado sea lo más horrendo que uno puede mirar.
Los jóvenes; tan acostumbrados a las grandes producciones, a lo espectacular de los efectos; pueden disfrutar de esta excelente película. De paso se pueden enterar de qué era eso de la guerra fría, de cómo se las ingeniaban antes para crear terror entre el personal y, sobre todo, que el hombre siempre fue capaz de imaginar aunque fuera en blanco y negro. Espero que no pasen mucho miedo, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 1 2011

Código fuente

Es difícil conseguir tanto con tan poca cosa. Esto se le podría decir a Duncan Jones acerca de su película Código fuente. Pero ese tanto no es gran cosa. También se le podría decir. Un experimento. Un bucle temporal que cambia todo. Poco más. Da la sensación que esta película ya está vista mucho antes. Y lo peor de todo es que no es cierto. Se distancia de ideas similares con cierta originalidad, pero no logra ese efecto diferenciador tan necesario cuando se trata de un relato de ciencia ficción.
Ducan Jones trabaja con un par de localizaciones fundamentales durante toda la película. Y son cuatro actores los que soportan el relato. Menos es difícil.
Monta la película de forma muy acertada. Lo repetitivo de la trama podría ser una dificultad y, sin embargo, no es así gracias a ese montaje cuidadoso e inteligente. Pero esto no es suficiente porque el guión va de más a menos y termina convertido en un disparate aunque se le disfrace de futuro posible.
Jeffrey Wright defiende bien un papel menor. Vera Farmiga más o menos lo mismo aunque su papel se eleve al final de la película. Jake Gyllenhall y Michelle Monaghan están bien.

El guión de Ben Ripley es prometedor y desilusionante. Intenta un espectáculo final que no termina de cuajar. Cuenta cómo un militar norteamericano es mantenido con vida cerebral parcial para que pueda ir y volver a un tren virtual que ha sufrido un atentado (dentro de la mente de un hombre muerto, durante sus ocho últimos minutos de vida). La idea es que descubra al terrorista para evitar nuevos ataques. Algo así. De modo que la película, en más del noventa por ciento, suma repeticiones de la misma cosa añadiendo las modificaciones lógicas según aumenta el conocimiento del militar. Eso es lo fundamental puesto que los diálogos son bastante mediocres.
Sí llama la atención la estética de la película que recuerda al cine rodado hace veinte o treinta años. Por ejemplo, el manejo de la saturación de los colores es lo más sorprendente.
En definitiva, una película más en la que se explotan bien los recursos sin resultados contundentes. Se deja ver, que no es poco tal y como está el patio. Una película más en la que se explora el terreno del tiempo como posible dimensión cambiante. Una película normal y corriente. Sólo eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 26 2011

Equilibrium: La nulidad del pensamiento

Inicios del siglo XXI, acontece la Tercera Guerra Mundial, dejando al ser humano en la más absoluta miseria. Como solución para una paz duradera, se establece un sistema de gobierno con el objetivo de suprimir todo tipo de sentimientos, esto es: celos, ira, amor, odio, alegría, tristeza, pasión, y un largo etc. Todos aquellos defectos humanos que lleven a una guerra. Como consecuencia de ello, es también denegado todo acceso a la cultura anterior a la última gran guerra, arte, literatura o música son prohibidos a favor de la construcción de un Estado fuerte y soberano, donde todos los ciudadanos son iguales, solo existe una mentalidad y una ley: no sentir. Para ello el Gobierno establece la normativa de un medicamento que se tiene que ingerir cada X horas, llamado Prozium, para anular todo comportamiento emocional. Todo bajo la figura de un líder (llamado Padre) que constantemente aparece en pantallas y hologramas, con discursos sobre el porqué es mejor no-sentir. Obviamente, fuera de los muros de la gran ciudad (Libria), existen grupos de resistencia a este nuevo orden autoritario con el fin de conservar todo tipo de obra artística, y son perseguidos sin remisión, comandados por la élite de Libria, una serie de pseudo-monjes armados hasta los dientes con una extraordinaria capacidad para las artes marciales: Los clérigos de Gammatron. Y he aquí que surge nuestro héroe, Preston. Un clérigo más, que aparentemente no tiene sentimientos, viudo y con dos hijos, que a partir de la muerte de su socio (supuesto traidor a la patria por guardar en secreto obras artísticas) empezará un viaje donde irremediablemente se encontrará consigo mismo, y con todo aquello que el ser humano ha perdido por construir una utopía minimalista y autoritaria, aquello que pocas veces apreciamos y puede que el día de mañana no vuelva a existir: escuchar a Beethoven en un tocadiscos, apreciar el tacto suave y la simpatía de un perro, el amor por una mujer, ver caer la lluvia a través de la ventana de tu cuarto y sentirla, el olor de un perfume, y un largo etcétera de sensaciones y percepciones.

Es destacable cómo se critica de una forma simbólica a todo tipo de religión y autoritarismo, pues ambas cosas son una anulación de la personalidad a favor de un ideal abstracto o intangible, e incluso hipócrita. Y Kurt Wimmer (el director) lo hace presentando a los Clérigos de Gammatron como unos super-inquisidores que prohíben y destruyen todo a su paso, todo lo que no sea agradable ni conveniente al líder. Unos iconoclastas en potencia (impresionante el principio, quemando la Mona Lisa sin compasión alguna…), el nihilismo llevado al extremo. Preston (un fabuloso Christian Bale, me encanta este actor, lo borda en todas sus películas) utilizará todos sus conocimientos adquiridos como clérigo para ir contra el sistema y destruirlo, como ya haría nuestro querido Winston en la homónima obra 1984 del escritor George Orwell, con la cual comparte estética y mensaje casi al cien por cien. Y de referencias vamos a hablar, porque el detonante de todo se inicia con un libro de poemas del escritor William Butler Yeats, pues este hombre fue importante para la poesía irlandesa al librarse de los arquetipos establecidos por los británicos, utilizando el simbolismo constantemente, rozando el surrealismo y lo onírico. Porque esto último es la base para todo el film, el ser humano es un ser imaginativo, irracional (y toca recordar la definición aristotélica de que el hombre es un animal racional, es una dicotomización un tanto errónea), pasional, libre, rebelde por naturaleza, un ser que es incapaz de no-sentir.

También se critica la hipocresía inherente a toda forma de gobierno, a la promulgación de unos ideales que ni siquiera los mismos líderes se creen, y esto es tan aplicable a estados absolutistas como a las supuestas democracias que conocemos y en las que vivimos. Y cómo la gente se deja llevar por lo que dice un tío a través de una pantalla cuadrada, de cómo se dejan influir por los medios de comunicación, generando una legión de autómatas sin pensamiento ni juicio crítico (¿de qué me suena esto? ¿Estaré hablando de nuestra realidad nacional sin pretenderlo?), es decir, la ceguera y el conformismo de la gente, y de cómo incluso pueden engañarse a sí mismos. La nulidad del pensamiento como forma de vida. Destacable su propuesta existencialista, su ambición estética, heredada del álbum The wall de los grandes Pink Floyd, su cuidada factura, sus escenas de acción emulando a Matrix, pero a la enésima potencia y con más estilo, así como un guión que no decae, y una dirección más que notable, hacen de esta película una pequeña obra de culto entre cinéfilos, que nunca llegó a nuestros lares por problemas con las distribuidoras (allá por 2002).
Una lástima.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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