ene 27 2014

Colonia V: Refrito

Colonia V es un refrito de ideas que quieren parecer una película de ciencia ficción algo terrorífica. Pero Colonia V se queda en refrito y ya. A secas. Desde luego se encuadra dentro del cine de ciencia ficción porque en alguna parte hay que colocarla. Y trata de ser algo terrorífica, pero ni lo es ni lo será en época alguna de la humanidad.
La historia que cuenta es apocalíptica. En 2045, la tierra pasa por un período glacial. Los pocos humanos que sobreviven lo hacen metidos en viejas estructuras bajo el suelo. Aunque el frío no es el único peligro. Caníbales malísimos buscan víctimas entre los hombres y mujeres que están pasando frío. Y ya está.  Bueno, el guionista abre una puerta a la esperanza. Un grupo de personas ha logrado poner en marcha una máquina que puede modificar el clima. Y allí donde están hace calorcito. Aunque no tienen semillas y hacen una llamada a nuestros protagonistas que sí tienen esas semillas aunque ni un rayo de sol. La máquina que han puesto en marcha es una de las que provocaron la catástrofe, pero modificada. En fin, una serie de bobadas extraordinarias.
La memez es grande. El guión prescindible al máximo. La dirección de Jeff Renfroe, aunque aseada, no encuentra nada nuevo que decirnos. Los actores se defienden y hacen lo que tienen que hacer sin más. Lawrence Fishburne, Kevin Zegers y Bill Paxton, son los que tienen mayor peso peso en la trama.
Poco más se puede decir de una película tan floja como lo es esta. Y lo poco que queda me llevaría a un ensañamiento estéril. Así que lo dejo aquí mismo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 19 2014

El juego de Ender: Chapuza sideral

Los buenos libros no suelen adaptarse bien para llevarlos a la gran pantalla. Como todo lo bueno, incluyen matices, detalles y mecanismos propios de la literatura, que no se pueden o no se saben trasladar con el mimo suficiente a los guiones. El juego de Ender, la novela, sin ser literatura profunda, es un magnífico libro que, al publicarse en 1985, fue todo un éxito por su originalidad. El juego de Ender, la película, es un tostón, un trabajo soso que confunde casi todo lo que se dice en el libro. Por ejemplo, los valores que el protagonista (Ender) maneja en la novela lucen ridículos en la película al envolverlos (el director, Gavin Hood) en lloriqueos del protagonistas. Alguien debería decir a este hombre que las cosas son emotivas, o no independientemente, de la cara de pena que ponga el actor.
La dirección actoral es pésima. Tanto los jovencitos que componen el elenco (el protagonista es Asa Butterfield y no se libra del ridículo) como el mismísimo Harrison Ford están de pena. Rígidos, inexpresivos. aburridos. Un desastre. Técnicamente, la película no está mal auqnue todo termina pareciendo un vídeojuego. Uno que aparece en durante la trama, que toma cierta importancia, y al que juega el propio Ender, no se diferencia nada del resto de la película. La sensación es que todo es lo mismo. La música es algo invasiva; se incide con ella sobre el espectador de forma descarada; parece obligatorio emocionarse o estar en tensión al ritmo de la partitura.
El guión busca más lo superficial de la trama o lo espectacular de la ciencia ficción. Los diálogos son penosos sin que se libre una sola frase. Todo resulta farragoso, irrelevante, aburrido. Todo se encuentra vacío, todo busca un entretenimiento facilón soportado en rayos láser y naves espaciales. Los que leímos la novela hace años no encontramos nada nuevo en esta adaptación cinematográfica. Lo único que se consigue con este tipo de chapuzas es que volvamos al texto original buscando el reeancuentro con eso que tanto nos gustó y que en la pantalla no se ve por ninguna parte.
Lo peor de todo es que habrá secuela con seguridad. Alguien abrirá la segunda novela de la serie y la destrozará para hacer una película de cine. Una mala película ya que, considerando que la segunda novela no es -ni mucho menos. tan buena como la primera, todo hace suponer que el trabajo será un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 1 2014

El increíble hombre menguante: Otro viaje a la semilla

El viaje a la semilla de Alejo Carpentier es el viaje del tiempo: relojes que marcan las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media… El viaje de la muerte a la placenta. Pero este otro viaje a la semilla, el de la película de Jack Arnold, de 1957, no es un viaje del tiempo, en principio, sino el viaje de un cuerpo. De una sola persona que viaja hacia el origen. De una persona que mengua. Sin embargo, los dos viajes acaban en una especie de nada, eso que no podemos figurar. La angustiosa nada más infinita que la muerte, que al menos sabemos pintar de negro.
Cuando era pequeña vi con enorme satisfacción Querida, he encogido a los niños. La vi varias veces, me volvía loca cuán inmenso se volvía lo pequeño: el césped, los insectos… Cuando el fin de semana pasado vi El increíble hombre menguante volví a volverme loca con emociones parecidas (tristeza, nerviosismo, impotencia, pena y fascinación). Pero como yo ya tengo otro tamaño, me atrevo a aseverar (aunque sea ciencia ficción, tan ciencia y tan ficción como estas pelis) que vi la pantalla y la trama de otra manera.
El hombre mengua; va perdiendo su cuerpo tamaño a raíz de un extraño suceso ocurrido abordo de un barco. Primero le queda grande su ropa, luego tiene el tamaño de un niño, más tarde actúa como un enano en lo que una mujer enana que conoce una noche llama un mundo de gigantes, hasta al fin ser minúsculo, habitar una pequeña casa de muñecas y tener que pelear primero con un gato doméstico pero luego con una araña para una simple (¿¡¡¡simple!!!?) supervivencia.
Excelente, maravillosa, extraordinaria, una obra maestra de la ciencia ficción esta película de la década del 50. Y una reflexión pronfunda y dolorosa sobre el ser y la nada, sobre la insignificante existencia del ser humano: Tan cerca lo infinitesimal y lo infinito. Pero de repente supe que eran los dos extremos de un mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo vasto acaban encontrándose como si un círculo se cerrase, reflexiona el hombre menguante mientras desaparece. Desaparece el hombre menguante mientras reflexiona sobre la naturaleza y la humanidad. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a la altura de hombre, dice, optimista y crítico, el narrador de Alejo Carpentier en su Viaje a la semilla y entonces también reflexiona sobre el Hombre.
Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera, dice el mismo narrador. Pues sí, parece que de eso se trata en estas obras maestras de mediados del siglo XX: de volver al polvo y al origen y sin embargo ya no sentir miedo, sino una dulce y merecida resignación.
© Del Texto: Flor Bea


dic 8 2013

La cabaña en el bosque (The cabin in the woods): Homenaje al género

Divertida y, a veces, terrorífica, propuesta de Joss Whedon y Drew Goddard. La cabaña en el bosque es una película que pretende un homenaje sincero y auténtico al género de terror y al de ciencia ficción.
Posesión Infernal y Viernes 13 están presentes sirviendo de hilo conductor (aunque están muchas más); todos los monstruos, los malos sueños y el sarcasmo propio del género de bajo presupuesto; las sangre, las rubias tontas, los fumados, los intelectuales y los musculosos atletas que la palman por ir de héroes sin tener un pelo de ello. Todo está y todo es tratado como se merece. Y como colofón ese concepto del mundo oscuro que llevó a Lovecraft a escribir para crear un universo (con un cameo maravilloso incluido).
Los sustos son pocos (tampoco se buscan demasiado). La sangre corre, pero menos que otras veces. Es más la sonrisa de satisfacción que luce el espectador lo que toma relevancia. Los guiños constantes dirigidos a cada rincón del género son estupendos y se acompañan de giros argumentales bien manejados que nos hacen deslizarnos hacia un final extravagante, loco y arrasador. Tal vez se eche en falta un momento de reflexión sobre el cine de terror o sobre la propia película. En este sentido el guión queda algo desamparado. Es el pero de la película que, si bien no es pequeño, se perdona por como que se cuenta la acción y el gran entusiasmo que se le echa al asunto.
Sería una canallada desvelar un solo instante de la trama. Esta película hay que verla sin saber nada de ella, sin contaminaciones innecesarias. Pero sepan que se van a encontrar con el grupo de jóvenes arquetípico que van a pasar un fin de semana a una cabaña ubicada en mitad de ninguna parte. Una rubia (ya saben, más tonta que pichote), un chico listo que fuma drogas, un musculitos sobrado de hormonas, el atleta caballeroso e inteligente y la chica que siempre se salva. Supongo que les resulta familiar. Lo que no lo es tanto (tampoco en nuevo del todo) es un elemento distorsionador que convierte la película en otra cosa y que no desvelaré. Un recurso que lleva la trama al límite y que podría ser motivo suficiente para que la tensión narrativa se vaciase por aligerar mucho la zona misteriosa. Pero no llega a traspasar la línea roja y termina funcionando muy bien. Aquí lo dejo.
Los actores y actrices lo hacen bien. Lo que se pide en estos casos. Maquillaje y peluquería, muy bien. La fotografía, correcta. El montaje, notable. La música, ni fu ni fa. Y el guión bien armado aunque falto de profundidad y lleno de giros que se gobiernan con solvencia y mucho sentido del humor. La dirección está encaminada hacia un lugar muy claro que no se pierde de vista en ningún momento. Todo funciona bien, todo parece original aun sin serlo; el humor negruzco y el sarcasmo en policromía llegan con facilidad al espectador. Y el remate del trabajo, siendo algo disparatado, deja muy buen sabor de boca.
La película no es tan inteligente como Whedon y Goddard creen. Pero lo es mucho más que la mayor parte de trabajos vistos en los diez últimos años. Es un trabajo que termina resultando atractivo y embaucador. Merece la pena echar un vistazo a La cabaña en el bosque. Ya lo verán.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 28 2013

Lobezno inmortal: Demasiado previsible

Lobezno inmortal es una película divertida. La dirige James Mangold que no intenta, ni una sola vez, descargar peso dramático alguno en el desarrollo de la trama.
Poco más se puede decir de esta película. Algunos efectos especiales son notables (como en todas las grandes producciones actuales), las escenas de acción están bien construidas y permiten al espectador saber qué es lo que ocurre. Poco más. Entre otras cosas, porque se dan por sabidas cosas que no todos tenemos que saber necesariamente. Si alguien se acerca, por primera vez, a este tipo de películas que tienen a los superhéroes de Marvel como protagonistas, es posible que no se entere de nada. Y no comprender, por ejemplo, la motivación o los orígenes de un personaje, es un desastre.
Esta es la razón por la que la carga dramática aparece con cuentagotas y se incide más en explotar lo divertido.
Aun siendo la trama entretenida, no se libra del suspenso por ser terriblemente previsible. No hay nada importante que no se intuya y sólo los detalles aportan alguna novedad visual o a la acción. Lógicamente, esto resta mucho interés a este Lobezno Inmortal.
Todo el ímpetu del director se centra en las persecuciones y en reflejar con exactitud las coreografías de los combates. Lo más destacado es el encuentro de Lobezno con los criminales cuando viaja a bordo de un tren bala.
Hugh Jackman hace de Lobezno poniendo cara de Lobezno. Ya he dicho que el perfil del personaje es inexistente. Por tanto, con poner un gesto es suficiente. El resto del reparto cumple. Incluidos los actores japoneses que hacen de malos. Ni gritan a lo tonto, ni el gesto es cómico cuando se pegan.
Bien, muy bien, la fotografía de Ross Emery. Logra planos extraordinarios por sus encuadres, su nitidez y el acierto con la luz.
Lobezno Inmortal es peor película que otras de superhéroes. Divierte, eso sí, aunque no termina de cautivar al espectador. Demasiado previsible.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 27 2013

Elysium: Propuesta fallida

De una buena idea puede surgir un buen producto o una castaña pilonga. En el caso de una película de cine, es el guión el que provocará que sea una cosa u otra ya que el guión es lo fundamental, en lo que no se puede fallar. La idea convertida en libreto es el secreto para conseguir una buena película.
No es el caso de Elysium. Una magnífica idea. Un producto final torpón, mediocre; una película que transita por los territorios de siempre, un guión lleno de baches que deja sin contestación un gran número de preguntas y siembra dudas sobre su consistencia a base de abusar de gazapos inexplicables.
El gran problema es el cambio que se produce en una trama que comienza cercana al tono más lírico y que genera una épica de la construcción del individuo como parte de la humanidad. De esa zona poética se salta, sin aviso o razón alguna, a las batallitas de siempre, a lo sobado otras veces. Y la película termina siendo la historia de un héroe necesario para que el ser humano tenga alguna posibilidad. Lo mismo que un millón de veces.
Los efectos especiales y visuales están a gran altura. Algunas escenas (por no decir todas) alcanzan buenos niveles en el ritmo narrativo cuando se incorporan estos efectos. Cuando no los hay todo se viene abajo. Porque, aunque la ambientación es notable, no pasa casi nada que nos interese. Todo huele a conocido, todo se desliza hacia la zona gobernada por la desidia.
Matt Damon es lo mejor de la película. Solvente; muy profesional, intenta arrastrar con él a su personaje sin escatimar esfuerzos. No luce más porque es imposible. Jodie Foster debería interpretar un papel protagonista; sin embargo, su personaje es plano, es un misterio del que no entendemos gran cosa y deja de interesarnos a las primeras de cambio.
Neill Blomkamp (qué buena su película District 9 y qué esperanzas dejó entre los aficionados al cine) se enreda más en la estética que en otra cosa. Y fracasa.
Parece que, ahora, lo que se estila es reunir a un grupo de actores de primera fila, hacer un planteamiento en el que la informática es esencial y comenzar a rodar. Yo no sé cómo son capaces de filmar una película sin un guión bien rematado, sin una buena frase que echarse a la boca. A veces la sensación es que el cine se está convirtiendo en una vía de escape para el espectador que quiere evadirse de este mundo durante un par de horas. Y el cine es mucho más que eso. Un mal montaje, una banda sonora encajada con calzador o un guión en el que todo vale, es una estafa. No se puede pensar que el espectador es tontito o algo así.
Fallida propuesta por su falta de contenido, de sentido y de seriedad. Neill Blomkamp debería pensárselo dos veces antes de aceptar este tipo de trabajo.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 5 2013

Stalker: Lo mágico de uno mismo

Hay quien necesita que pasen cosas en una pantalla de cine para que lo ve le interese o, simplemente, le agrade. Planos cortos que hacen que la acción avance con gran rapidez, una trama divertida, la música acompañando para que ayude a entender. Cosas así. Y hay quien necesita sentir cosas cuando mira la pantalla. La trama tiene una importancia relativa (no es lo más importante); la acción, el ritmo narrativo, se imprime desde la comprensión personal; la música es una ayuda para matizar lo visto. Cosas así.
Son opciones igual de buenas. No seré yo el que critique una u otra. Pero lo que sí me atrevo a afirmar es que la primera impide llegar a entender un tipo de cine que roza la genialidad. Y es una pena. También es verdad que el criterio personal comienza a formarse en territorios superficiales de la realidad observada. Es decir, que pasar por esas primeras fases, buscando entretenimiento y poco más, es necesario. Incluso, no deben olvidarse nunca jamás porque cada momento demanda algo distinto y una de las cosas pedidas puede estar en esa zona de arriba. Dicho esto, conviene recordar que un buen espectador ha de ir dando los pasos necesarios para encontrarse con el cine de peso, con un tipo de cine que propone, más allá de pasar el rato, un encuentro íntimo con nuestra forma de entender algunas cosas.
Que el que escribe es amante del cine de Andrei Tarkovski no es noticia. Que el que escribe recomienda acercarse a las películas del director ruso sin complejos, con la mente abierta y en disposición de encontrarse con asuntos arduos y feos, está dicho antes. Ya he hablado de Solaris y de Nostalgia. Que el que escribe mira el cine de Tarkovski convencido de que pocas películas superan las suyas es algo habitual en sus opiniones. Porque el que escribe intuye que los asuntos que trata este director están muy próximos a la búsqueda de sentido, a la expresión de preocupaciones que el hombre tiene desde que lo es (hombre) y que lo hace desde una simbología y un lenguaje poético que convierte el mundo en algo mucho más importante de lo que algunos quieren que sea. Tarkovski no hubiera filmado jamás una película sin incluir la exploración del alma humana. Estoy convencido de ello.
Afortunadamente, filmó Stalker que es una película inmensa, grandiosa, genial y, por ello, mal entendida por muchos, incomprensible para otros, aburrida para casi todos. Y no digo que sean más o menos listos o que su gusto esté atrofiado. Ni mucho menos. Creo que el problema está en ese aprendizaje del que hablaba antes, tan necesario para llegar al lenguaje poético, a la expresividad.
El guión de Stalker nace del relato de Arkadi y Boris Strugatski titulado Picnic en el camino. El mismo Tarkovski lo escribió junto a los autores del original para rebajarlo en gran medida de los materiales propios del género de ciencia ficción. En la antigua Unión Sovietica se consideraba cosa de niños este género y Tarkovski no mostraba agrado por él. Lo que se cuenta (en la película) es cómo un Stalker acompaña a dos hombres hasta lo que se conoce por La Zona y dentro de ella a una habitación (aquí se puede cualquier deseo y, por eso, las autoridades lo tienen prohibido. ¡¿Quién sabe lo que puede desear una persona?!). La Zona es un territorio prohibido por las autoridades en la que se cree que cayó un meteorito y en la que, sin lugar a dudas, se produjo una gran conmoción. No puede transitarse en línea recta, no puede hacerse el regreso por el mismo camino que se hizo al llegar. El agua ocupa gran parte de La Zona, la vegetación es virgen, el silencio es total, las construcciones están derruidas o en un estado muy precario. Allí pueden verse los restos de armas oxidadas e inservibles, lo que podrían ser cadáveres de personas. El Stalker (Aleksandr Kajdanovsky) acompaña a un escritor (Anatoli Solonitsin, actor preferido del director) y a un científico (Nicolai Grinko). Sólo sabemos su ocupación. Nunca nos dicen el nombre de los personajes. ¿Qué es ese viaje? ¿Dónde lleva? ¿Para qué ha de realizarse? Poco a poco descubrimos que es un viaje en busca del yo personal de cada uno de ellos, que es un viaje que hace bajar a las bodegas de la conciencia; que el sentido de la existencia está al alcance de unos hombres (el escritor y el científico) incapaces de pegarse a la realidad, cegado por lo material uno y por su ego teñido de falsa belleza el otro. Logran hacer el viaje. Logran regresar. El Stalker sabe lo que supone ser feliz. Los otros se acercan a esa felicidad y se verán obligados a modificar sus miradas. Esto es, de forma muy resumida, el asunto que trata de ventilar Tarkovski. El hombre y Dios. El hombre y el entorno. El hombre y el hombre. La Zona es el lugar en el que se entabla la conversación con uno mismo. La habitación el lugar en el que se habla con Dios.

Planos interminables (Tarkovski hace que la cámara se pare tanto como sea necesario para que lo relevante aparezca sin posible error), diálogos profundos, una fotografía impresionante ( Alexander Kniajinski hizo un trabajo que casi roza lo perfecto y dejando que el director invadiese ese terreno, casi sagrado y exclusivo, del director de fotografía que tanto le gustaba pisar a Tarkovski), un sonido evocador y cuidado al máximo (Vladimir Sharun acostumbrado al director logró que todo lo escuchado se acompasara con la imagen hasta extremos delirantes) y unas interpretaciones maravillosas (hay que sumar a la de los tres protagonistas la de Alisa Freindlich que hace de esposa del Stalker). Eso es Stalker.
Las obsesiones de Andrei Tarkovski. Todas están en esta película. Nostalgia y Sacrificio también las recogen, pero ya de una forma menos pura puesto que el director rueda la primera condicionado por su ausencia de Rusia y la segunda sabiendo que la muerte (la suya) estaba por venir con rapidez.

Hay una escena al final de la película que llama poderosamente la atención. Es de una belleza aplastante, pero creo yo que induce a error si no se mira con atención. La hija del Stalker lee un libro. Cuando deja de hacerlo, mira los vasos que hay sobre la mesa. Comienzan a moverse sobre el tablero. Uno llega a caerse al suelo. De fondo el ruido del tren se hace más fuerte. Podría parecer que ese movimiento es producido por la fuerza mental de la niña. Al fin y al cabo, es hija de un Stalker. Sin embargo, al comienzo vemos una escena muy similar. Vasos en movimiento y el paso de un tren cercano. El espectador; al principio, cuando aún no sabe qué es lo que van a contarle; mira la secuencia y ve vasos en movimiento por el efecto de un tren que pasa cerca. Al final, tiende a ver algo sobrenatural aunque si reflexiona se planta ante la secuencia sabiendo que está viendo algo normal y corriente convertido en belleza pura. Y eso es el cine de Tarkovski. Cuando se mira lo cotidiano intentando ver más allá, buscando lo profundo, todo se puede convertir en milagroso, en algo especial y único. Es magia. La del lenguaje que transporta al interior de cada uno de nosotros. Magia de la de verdad. Sin trucos.


oct 2 2013

Solaris: ¿Siesta o reflexión?


Si el que escribe fuera un cinéfilo con alguna importancia dentro del mundillo crítico, debería comenzar este texto diciendo que Solaris de Andrei Tarkovski es una obra maestra del cine de ciencia ficción. A continuación, llenaría cada párrafo de palabras subidas de tono (sobre todo pedantes), frases difíciles de entender y referencias exquisitas encontradas en las secuencias de la película. Como da la casualidad de que no soy cinéfilo con importancia en el mundillo crítico, voy a intentar acercar el cine de este director ruso al común de los mortales sin utilizar expresiones grandilocuentes ni pretenciosas. Las cosas son, casi siempre, mucho más sencillas de lo que parecen o de lo que nos quieren hacer creer algunos.
La película de Tarkowski llega de la mano de una magnífica novela escrita por Stanilaw Lem. Se ajusta en lo que puede y en lo que quiere el director ruso al texto original. Y, según el propio Lem, no fue una adaptación que le hiciera mucha gracia. Le pareció excesivamente melancólica, simbólica y reflexiva. Esto suele pasar cuando se encuentran poetas y novelistas. Tarkowski es poeta además de director de cine. Lem es novelista con unas características muy especiales. En la película se incluye una primera parte y un final que en la novela no aparecen. Son los lugares en los que Tarkowski reflexiona más y nos muestra su propia lectura. Pero esto debe quedar en anécdota. Tanto la novela como la película son autónomas y deben valorarse por separado. Una anécdota.
Kris Kelvin (Donatan Banionis) es psicólogo. Ha de viajar a un planeta lejano llamado Solaris para decidir si la misión espacial instalada en ese planeta es viable o no. Los tres tripulantes que habitan la estación (aunque su capacidad en mucho mayor sólo quedan ellos) envían mensajes confusos y alarmantes. Cuando Kelvin llega se encuentra con un panorama desolador. Uno de los tres tripulantes, su amigo Guibarián, ha muerto. Encuentra a Snawt (Anatoli Solonitsin) y a Sartorius (Yuri Yavet). Ambos intentan ocultar lo que tienen en sus habitaciones, tienen un comportamiento alterado y casi violento. Kelvin descubre que Snawt tiene un bebé en su habitación y Sartorius un enano. No entiende nada, claro. Pero él mismo recibe la visita de su esposa Hary (Natalia Bondarchuck) que murió diez años antes después de ingerir veneno por no sentirse querida (por Kelvin). A cada uno se les aparecen recuerdos, sueños o cualquier fragmento de su mente. La tesis que manejan los científicos es que el océano del planeta Solaris es un ente vivo y pensante que puede influir en la mente de los tripulantes. Las materializaciones se componen de neutrinos (no de átomos) que se estabilizan por la influencia del planeta. Pues, sin entrar en detalles, eso es, más o menos, lo que cuenta esta película. Me refiero a la trama, claro, porque la película de Tarkovski va mucho más allá.

En la antigua Unión Soviética, el cine de ciencia ficción se consideraba cosa de jovencitos. Nadie lo tomaba muy en serio. Tarkovski tampoco. Debe ser por eso que la estética de la película no se parece a la habitual de este género. Ni vemos efectos especiales maravillosos (en realidad no los hay ni buenos ni malos), ni los trajes espaciales son sofisticados (en realidad los personajes visten del mismo modo que podrían hacerlo para comprar en unos grandes almacenes) y el mobiliario llega a ser clásico en algún momento (candelabros en las mesas, obras de arte en las paredes, libros…). Sirvan estos apuntes para que imaginen esa estética de la película. Pero Tarkovski es Tarkovski y conviene mirar despacio y con cuidado lo que enseña en pantalla. Por ejemplo, la geometría tiene una importancia notable. El círculo; eso que hace del hombre un ser en constante movimiento, eso que puede convertir el mito de Sísifo en nuestro día a día si no le ponemos remedio, si no vamos más allá de lo material; se dibuja constantemente en el espacio en el que se desenvuelven los personajes (ventanas, la propia estación espacial). Si sumamos el encuadre de la pantalla podríamos ver un intento de representación de lo que conocemos como cuadratura del círculo. Son frecuentes, por ejemplo, las tomas en las que la figura humana aparece con el círculo detrás. Sin entrar en más profundidades, lo que quiero decir es que el espacio acompaña al mensaje. Lo evoca y de esa zona debería llegar la reflexión del que mira. Ya sé que esto es difícil de ver. Por eso, pasados treinta minutos de proyección un quince por ciento del aforo, duerme plácidamente y se pierden el resto de la película.

Estamos frente a una película de ciencia ficción con personajes que caminan en calzoncillos, vestidos con ropa convencional, mesas de comedor adornadas con candelabros. Nos explican el mundo desde un lugar lejano y perdido en el cosmos. Un lugar que no podemos entender sin entender el entorno más cercano, nuestro pequeño mundo, el personal. Y es que, en realidad, eso es lo que significa el género de la ciencia ficción. Y todo esto aderezado, bien con el preludio coral en Fa menor de J. S. Bach, bien con los sonidos electrónicos de Eduard Artemiev. Los espectadores van cayendo como moscas. Duermen o se aburren terriblemente. Todo es tremendamente lento, evocador, reflexivo, difícil de comprender. Para muchos un auténtico coñazo. Si no van más allá de lo que se ve en la pantalla no hay nada que hacer. Esa es la propuesta de Tarkovski. Pero, claro, los hay que lo intentan sin intuir qué evocan las imágenes, la música, por qué hay que reflexionar…
¿Qué es eso que quiere contar el director de la película? ¿Qué esconde tanto rectángulo y tanto círculo? ¿A qué viene tanta melancolía en los personajes? ¿Por que Tarkovski añade un prólogo y un epílogo en su película si en la novela no parece? ¿Qué es Solaris? ¿Es necesario ser tan lento al narrar? ¿O es que no tan lento ni tan insoportable? A estas alturas del texto (del que están leyendo) muchos ya pueden ir contestando a algunas de esas preguntas. No se me duerman que yo no soy el ruso.
Voy a elegir algunas secuencias que creo que pueden servir de resumen (imperfecto) de la película y, por tanto, del tema que trata.
Vuelvo a insistir en algo muy importante. Hablo de una película y no de la novela.
Primeras escenas que se desarrollan en casa del padre de Kris Kelvin. Antes del viaje espacial. Tarkovski se recrea en mostrar la relación del protagonista con la naturaleza, con su planeta, se recrea en su pequeñez y en su incapacidad para comprender lo que oye o lo que ve. También en la falta de comunicación con su familia. Me gusta, especialmente, una escena que no parece importante y, sin embargo, a mí me parece una de las claves para entender todo lo demás. Dos niños se encuentran. Se saludan y comienzan a jugar. Sin más. No hay prejuicios. Los adultos, sin embargo, huyen unos de otros, no logran entenderse entre ellos. La conexión de los seres humanos con su entorno y entre ellos se ha perdido. ¿Se puede progresar como persona en esas condiciones? Los niños se comunican entre ellos, quieren saber de los animales, reaccionan ante algo inesperado (una tormenta hace que corran divertidos junto a su perro mientras Kelvin ni se mueve, ni entiende lo que le pasa). La soledad del ser humano dibujada con una categoría fuera de serie. Un personaje que ya ha estado en Solaris le pregunta a Kelvin si quiere destruir lo que todavía no comprenden anulando la misión. Kelvin dice que tiene muy claro su objetivo y para ello ha realizado un estudio técnico mastodóntico. Sólo cree lo que ve, no le interesa nada más. El problema de lo trascendente, la mística de Tarkovski que se acompaña de música sacra, de la música de Bach. ¿Qué es conocer? ¿Hay algo más allá del objeto, es importante lo simbólico o sólo cuenta lo científico? Ni Tarkovski ni, por supuesto,el que escribe dan respuestas. Eso es mucho más apetecible que un afán por enseñar. Llega la reflexión del espectador. O una siesta monumental.

Kelvin llega a la estación espacial y escucha un mensaje grabado para él de parte de su compañero Guibarián (muerto). En el mensaje se deja entrever la causa de la muerte. No ha sido por miedo. Eso es lo que sabemos. Da igual cómo sucedió. Lo importante es el porqué. Sabremos junto a Kelvin que la muerte se produjo por vergüenza. Esta vez alguien acaba con su vida por vergüenza. La que le causa ser de ese modo, sus recuerdos, los conflictos sin resolver, la cobardía para afrontar su propia vida, por no entender, la incapacidad de amar, de cuidar el entorno; en definitiva, la falta de humanidad. Otro de los conflictos que plantea Tarkovski. La solución en la mente del individuo. Sólo. El hombre ha de sentirse estafado por sí mismo. Durante la película, el propio Kelvin experimenta esa vergüenza, pero descubre que es a través del amor, del no renunciar a sí mismo, la única forma de remediar el desastre. El camino es el arrepentimiento, la búsqueda dentro y la proyección sobre otros es la única solución. Amar.
Kelvin regresa a la Tierra. Y este es el final que presenta Tarkovski, el culmen de esa expiación desde el yo. Kelvin vuelve al mismo escenario del que partió hacia Solaris. Ahora escucha, entiende. En la casa ve a su padre. Dentro de la casa llueve. Ahora comprende que todo es lo mismo, la lluvia, el padre, el paisaje. Agua cargada de simbología que cae sobre el padre. El agua tan necesaria para que la vida se produzca, para que pueda seguir su curso. El se reconoce en ese microcosmos en movimiento, donde creó dolor y quiere que desaparezca. Arrepentimiento. Esta escena es una de las escenas más emotivas e intensas que recuerdo.

Kelvin, enfermo, fuera de sí, vestido con la ropa interior y poco más, habla con su compañero en el pasillo de la estación espacial. Le dice “Al mostrar piedad nos vaciamo. Quizás sea cierto que el sufrimiento da a la vida un aire sombrío, lleno de sospechas. Pero yo no lo reconozco”. Aquí está la clave de toda la propuesta de Tarkovski. Piedad, amor, entrega. De ese modo la plenitud del hombre es total. Para eso nace un ser humano. Sin ello todo es puro trámite, deja de tener sentido. A través del arte, de la literatura, del conocimiento del cosmos individual, de todo lo material sabiendo que hay algo más de lo que vemos. Todo es simbólico. Detrás de lo que se ve está la realidad. Detrás de lo que queremos ver de nosotros mismos está el yo auténtico. Ya sé que esta lectura es muy antropológica y cargada de mística. Esto es lo que le molestaba a Lem. Tarkovsky se aleja mucho de la ciencia para adaptar la novela.
Por último, Kelvin flota en el comedor de la estación espacial junto a la materialización de Hary. La falta de gravedad hace que floten entre candelabros con sus velas encendidas, entre libros. Un baile armonioso, casi perfecto. Kelvin ha comprendido cuál es el camino. Hary, también, el suyo. Todo sufrimiento es inútil. Se cierra el ciclo. Poco después, el océano de Solaris deja de materializar esos fragmentos de pensamiento de las personas. Sólo falta que Kelvin asimile que ese amor debe ser proyectado sobre la realidad. Por eso regresa a su casa.
Muchos se duermen viendo la película. Es lenta, muy exigente. Los que no ceden y aguantan hasta el final hacen un viaje, un viaje parecido a esos que alguna vez hemos hecho pasando calamidades, a un lugar extraño y lejano, queriendo volver a casa de inmediato, de esos que, una vez digeridos, nos parecen fascinantes porque sabemos que ningún otro nos aportará nada semejante. Así es el cine de Tarkovski. Una maravilla. Pura reflexión. Una invitación a ella.


sep 24 2013

After Earth: Mi papá me mima

Will Smith dijo que esta era la película que quería hacer; que entretenía y, además, contenía un claro mensaje. Creo yo que olvidó decir que, esta película, está diseñada por completo para que su hijo, Jaden Smith, pudiera protagonizar un trabajo sin saber lo básico sobre interpretación. Entre el padre -con cara de estar cabreado y medio muerto durante toda la cinta- y el hijo -con cara de pánfilo- consiguen que un guión muy flojo se convierta en un auténtico desastre. El director y guionista, M. Night Shyamalan, pone su granito de arena, un poderoso granito que arrasa con todo rastro de cine que pudiera existir. Por si no lo saben, les recuerdo que la historia es original de Will Smith. Y digo yo que cuando este hombre habla de mensaje se refiere a esto: El peligro es real, el miedo es una opción. Esto encaja con la cienciología, pero que nadie se haga un lío; esto está dicho desde que el hombre es hombre. En fin, el mensaje es ese. Y la película es todo lo que encierra. No hay nada más, se lo garantizo.
No hay una sola escena en la película que merezca la pena. Es verdad que la potencia visual en algún tramo es importante, pero se queda en eso; algo que es muy poca cosa en el cine actual. No hay una sola frase que merezca la pena. No hay nada de nada que merezca la pena. La trama es previsible a más no poder, la música no dice gran cosa y el mensaje es eso del miedo como opción. El resultado es un tostón vacío, prescindible y ridículo.
El único descubrimiento es que Jaden Smith es un adolescente con poco futuro si no cambian mucho las cosas. Lo del director ya se sabía de antes y se estaba viendo venir esta auténtica hecatombe. Y lo de Will Smith es conocido por cualquier aficionado al cine con cierto criterio: no tiene gran talento. Cae bien al personal y poco más.
Lo que nos cuentan en After Earth es que los humanos tuvieron que buscar un lugar en el que vivir. Ya saben, cataclismos y un mundo imposible. La Tierra se convierte en un lugar peligroso para el hombre. Aunque el nuevo mundo también lo es. Por peligros que no sea. El caso es que un accidente lleva a padre e hijo hasta la Tierra (los Smith son padre e hijo en la película; que no sea por padres e hijos). Y el chico (el padre está malherido) tiene que realizar (siendo cadete, indisciplinado y un llorón) su primera gran prueba. Le ayuda papá a través de los aparatos futuristas que llevan en la nave. El final se lo pueden imaginar. Y el gran mensaje queda claro, claro, claro. El peligro es real y el miedo una opción. Qué pasada.
El director recurre al flashback con frecuencia. Lo malo no es el uso del recurso. Lo malo es que siempre nos enseña lo mismo, como si fuéramos un poco lelos y no nos enterásemos de nada. El recurso resulta agotador y aburrido. Aunque, a decir verdad,  no hace falta que nos lleven de acá para allá a través del flashback para que nos aburramos como otras.
El resto de la película resulta igual de penoso. Si tienen algo que hacer, no pierdan el tiempo con este bodrio. Y si no tienen nada mejor que hacer, tampoco.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 1 2013

Pacific Rim: Los buenos siempre ganan

En realidad, casi todo se puede perdonar en el cine. Las equivocaciones las puede tener cualquiera; los gustos son los gustos y sabemos que, muchas veces, el problema no es de la película y sí tiene que ver con que no le damos una oportunidad a esta o aquella película. Casi todo se puede perdonar. Excepto la soberbia o la falta de honestidad. Esto es aplicable al resto de las manifestaciones de carácter artístico, sean cuales sean. Si se detecta que la intención del autor es engañosa o quiere colocarnos en un lugar que no es el adecuado para salvar el expediente, nadie, con un criterio mínimamente formado, lo perdona. Eso de querer parecer una película llena de ideología estando vacía no cuela, por ejemplo.
No es el caso de Pacific Rim. Ni mucho menos. Guillermo del Toro no juega a nada que no sea entretener, a trasladar a muchos a sus tiempos de niño o a montar su película sobre una idea muy sencilla, un guión sin aristas y el espectáculo visual. Eso es lo que intenta y lo consigue. Desde luego, esta película no es una obra maestra. Tan sólo es un espectáculo divertido. Ni siquiera se siente terror, ni interés por el desenlace (desde el principio intuimos lo que va a pasar casi al milímetro), ni gran empatía con los personajes (quedan bastante planos puesto que no interesan mucho más que los robots jaeger o los bichos enormes llamados kaijus). Del Toro nos presenta un mundo hecho trizas gracias al poco cuidado del ser humano; un mundo en el que, en esas circunstancias, sigue haciéndose negocios de lo que va a destruirlo. Y coloca a jaegers y kaijus enfrente, unos de otros, para que se líen a golpes. Si alguien busca algo que no sea esto no lo encontrará.
Lo que sucede es que el mimo con el que lo hace el director, su pasión por contar esta historia, es más que notable. Cada imagen está cuidada al máximo, cada combate es una coreografía perfecta. Eso sí, el guión ni está cuidado con mimo ni deja notar esa pasión de Del Toro. Más bien su fijación casi obsesiva con lo visual, con el detalle.
El trabajo de los actores queda eclipsado por todo lo demás. Será por eso que no se esfuerzan en exceso o se les exige lo mínimo. Con servir de percha para los trajes futuristas es suficiente. Del mismo modo que el realizador se afana en unas cosas, desprecia otras. Pero insisto en que no lo oculta de ninguna de las maneras. Del Toro es honesto con su propuesta y sabe que tiene su público. Bueno, por nombrarles, Charlie Hunnam, Idris Elba o Rinko Kikuchi son algunos de esos actores y actrices. Santiago Segura hace un cameo insustancial. El mismo Del Toro aparece en la pantalla.
El ruido es ensordecedor, la potencia de las imágenes (alejadas por completo de la lírica aunque, a veces, da la sensación que se busca) en importante, y el exceso digital es manifiesto. La trama es muy simple. El mundo nos lo hemos cargado. Ha llegado el momento de la destrucción final aunque el ser humano sabe reaccionar ante el mal. Los malos son horrendos y los buenos siempre ganan.
Pacific Rim es una buena película ya que se trata de colocar en un lugar muy concreto sin truco alguno. Insisto, honesta. Es de esos trabajos que necesitan de palomitas y ganas de disfrutar para que gusten. Porque si lo que se busca por parte del espectador es hondura, lírica o un guión lleno de frases inteligentes o ideas profundas, hay que buscar en otra parte.
© Del Texto: Nirek Sabal