oct 12 2010

La delgada línea roja: Miles de guerras en cada batalla

La única forma posible de conocer las motivaciones, el estado de ánimo o cómo interpreta lo visto un ser humano, es tener acceso a su conciencia. Cualquier filtro (incluido el lenguaje) que aparezca, entre él y quien quiere saber, hace que la información pierda su pureza y obligue (no ya a creer) a una interpretación más o menos inexacta.
En cine o en literatura, el registro que nos lleva a ese pensamiento ordenado es el monólogo interior. Si escuchamos o leemos lo que un personaje se cuenta a sí mismo, podemos saber de él lo que ve, cómo lo ve, qué significado tiene, la razón por lo que hace una cosa u otra. Y lo más importante de todo, sabremos interpretar eso que dice en un diálogo poco después, un gesto que sin esa información sería uno más y, sin embargo, ahora es relevante.
El monólogo interior es lo que dibuja de forma definitiva al personaje, es lo que nos permite conocer el mundo de otro sin tener que trazar líneas que no nos corresponden.
Terrence Malick, después de una largas vacaciones que duraron veinte años, dirigió una película bélica a finales de los años noventa que sorprendió a todos por su calidad narrativa, por los registros utilizados, por el nivel técnico a todos los niveles y por la forma de presentar algo tan terrible como es una batalla. Cuando pensamos en la guerra pensamos, inevitablemente, en los ejércitos, en las armas, en las estrategias estudiadas y perfectas, en las tácticas militares de combate. Pensamos en algo ajeno y lejano a lo que el hombre es en sí (al menos debería). Sin embargo, nos olvidamos de las personas, las motivaciones que les llevaron a un campo de batalla o a no abandonarlo, sus sentimientos (sólo hablamos de valentía o coraje o miedo atroz. Sólo nos compadecemos de los soldados). Y olvidamos, también, un entorno que siempre está para dar o quitar con brutalidad. Con guerra o sin ella.

Malick intentó proponer una nueva poética (si es que existe) de la guerra; una nueva estética de la guerra (esa sí que existe). Eso es algo al alcance de muy pocos. Sólo lo consiguen los que saben que cualquier manifestación artística debe añadir al mundo una nueva forma de mirarlo. El resto repite, una y mil veces, un mundo ya conocido, sin aportar gran cosa o nada.
Hombres que se mueven gracias a su ambición personal, sin dudar un instante al enviar a cientos de personas hacia una sepultura llena de metralla que soporta la ambición personal. Hombres capaces de ver más allá del terror descubriendo que el mundo (desde que suena el primer disparo) mantiene una zona original que se separa del que vivimos guerreando y a la que pertenecemos aunque la abandonemos una y otra vez. Hombres convertidos en bestias salvajes. Hombres aturdidos, miedosos, enloquecidos. Hombres que viven agarrados a un mundo idealizado (el que dejaron al marchar) tan destructivo como el campo de batalla, tan cruel como el estallido de un obús. Hombres moviéndose por un escenario poderoso, hostil, invencible.
Un gran todo formado por cosas pequeñas, casi insignificantes.
¿Cómo consigue Malick que la percepción del espectador no sea la misma de siempre, cómo consigue que sobresalgan las cosas pequeñas? El hecho de poder escuchar unos versos de Walt Whitman no es suficiente. No deja de ser un detalle. Son los monólogos interiores, las voces construidas desde el pensamiento de cada personaje, y los constantes cambios en el punto de vista a medida que se desarrolla la trama. Eso es lo fundamental. Durante todo el metraje iremos viendo la guerra desde uno u otro personaje; aparecerán matices que convertirán la misma cosa en un cataclismo personal y colectivo o en el milagro de la vida de las plantas; la guerra podrá reducirse a un error personal que lleve a la muerte o al sufrimiento que produce ver morir un pájaro.

Malick acompaña todo esto con un guión (firmado por él mismo) magnífico. Cada frase hace que el personaje crezca. Lo acompaña con la partitura de Hans Zimmer acompasada con la acción desde la distancia precisa para no perder comba o sobresalir en exceso, sin alterar la imagen, sin perderse en tierra de nadie. Acompaña la fotografía de John Toll. Inmensa, majestuosa, elegante, profunda (de lo mejor de la película). Y, por su puesto, acompaña la dirección de actores (un grupo extraordinario) con la que logra resultados más que buenos. Adrien Brody es el que consigue una interpretación más discreta; Sean Penn está solvente y creíble; Ben Chaplin muy correcto; Nick nolte da una lección de contención a pesar de la histeria de su personaje; Elias Koteas interpreta el personaje más difícil de todos por estar alejado del cliché militar y lo hace muy bien; y Jim Caviezel se apoya bien en una interpretación tranquila, apoyada en los diálogos y la voz en off del monólogo. Además de estos, aparece John Travolta con un papel de poca importancia (está más para que crezca el de Nolte que para otra cosa). Y aparece George Clooney. En una sola escena, lo que le llevó a pedir que anulasen todo el material en el que aparecía y quitasen su nombre de los créditos. Había rodado mucho más material que en el montaje pago el pato de lo que fuera (ese pato es desconocido para mí). Por supuesto, no hicieron caso al bueno de George.
Creo que es de especial importancia el vestuario de la película. Generalmente, cuando pensamos en un film bélico pensamos en la sencillez del vestuario. Todos visten igual. Y puede ser verdad, no lo discuto. Pero en esta la cosa cambia. Es justo al revés. Todos parecen distintos. No porque los uniformes sean distintos sino porque la personalidad al vestirlo lo hace diferente.
Los personajes desembarcan en Guadalcanal, quieren ganar la batalla. Pero sobre todo quieren entender qué es lo que pasa a su alrededor. Malick les hace recorrer un camino terrible arrastrando el bien y el mal; el miedo, la locura, la idea de Dios. Les hace transitar un camino oscuro que les lleva hasta ellos mismos. Terminan sabiendo más de ellos. Terminamos sabiendo más del hombre y de nosotros mismos.
Una obra maestra.
© Del Texto: Nirek Sabal
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ago 31 2010

La caza del Octubre Rojo: Pisos y adosados

Con el cine me pasa lo mismo que con la literatura. Después de ir buscando entre lo nuevo cosas que me puedan interesar y fracasar con estrépito, la fatiga hace que regrese a los clásicos para no perder el poco criterio que me queda. Eso o mirar las películas que, por alguna extraña razón, me hacen pasar un rato divertido y, ya puestos, logran que piense sobre un asunto determinado.
Me ocurre con La Caza del Octubre Rojo de John McTiernan. No es una obra maestra. Ni mucho menos, pero es ejemplar en algunos aspectos.
La trama (traída de un best seller que firmó Tom Clancy, tan brillante elaborando historias como mal escritor) es, francamente, entretenida. Carente de lágrimas, enamoramientos edulcorados o trampas narrativas imperdonables, nos cuenta cómo un submarino soviético cargado de misiles nucleares y muy silencioso, navega rumbo a la costa este de los Estados Unidos de América sin que nadie conozca sus verdaderas intenciones. Cuando todos, rusos y americanos, saben que se trata de una deserción de los oficiales de a bordo, comienza una persecución frenética para alcanzar la nave. De eso va, poco más o menos, la película. Ya sé que esto parece un resumen elaborado por algún personaje de Salinger porque, dicho así, podría parecer un auténtico tostón. Pero no lo es. La película podría parecer sosa, aburrida, aunque lo cierto es que presenta un buen montón de cosas que le libra de esa aparente mediocridad.
En primer lugar, Sean Connery. Más que correcto en su interpretación, muy creíble. Le acompaña Alec Baldwin que da de sí lo máximo (esto quiere decir que interpreta más mal que bien). Pero se produce el milagro y todo funciona a la perfección. Se carga el peso narrativo sobre el personaje de Connery y todo parece perfecto. El resto de actores (apenas aparecen mujeres) van y vienen iluminando en la misma dirección: Sean Connery. La película es él y el personaje Marko Ramius. Incluso el submarino, majestuoso, enorme, está al servicio del lobo de mar. Además, el guionista, con suma habilidad, hace que las motivaciones de todos los personajes principales sean la misma. Los rusos una, los americanos otra. Los buenos una, los malos otra. Motivaciones compartidas. Esto parece muy fácil y un recurso muy atractivo, pero, en realidad, es un arma de doble filo y puede convertir la narración en un nido de trampas que no se trague nadie. Sólo siendo esa motivación poderosa (muy, muy poderosa) o una interpretación por parte de los actores que sea creíble, sin fisuras, se puede sacar algo en claro del uso de algo así porque las motivaciones suelen ser distintas y son las que configuran al personaje. En esta película se unen ambas cosas, interpretación y poderío. Esto ya me gusta mucho. Aunque me gusta más lo eficaz y eficiente de la narración que disfrutamos en la película de McTiernan. Puede tenderse más a la lírica o deslizar lo contado al feísmo, eso lo elige cada uno. Pero la efectividad, la rapidez al contar son imprescindibles. Narrar y dar el coñazo no son compatibles. Nunca funcionó algo así.
Los diálogos no son brillantes. Sin embargo, el uso de elipsis (otra vez con inteligencia) rebaja mucho el problema. Si a eso le sumamos la potencia visual de la película se nos olvida en parte el problema (al menos somos capaces de perdonarlo). No obstante, alguna conversación del militar ruso con sus oficiales o con el agente de la CIA que interpreta Baldwin no está nada mal. El resto se limita a jerga militar y poco más.
La caza del Octubre Rojo obtuvo el óscar a los mejores efectos de sonido el año 1990. Después de veinte años, siguen siendo magníficos. Los efectos especiales sí han quedado algo viejos aunque dan el pego. Los de sonido espléndidos, sin peros posibles.
¿Por qué regreso a esta película siempre que puedo? Por todo lo que he ido diciendo y, sobre todo, por el clima. Es esto una de las claves que olvidan a menudo los autores. Si queremos un personaje vivo hay que construirle una casa, si queremos que el espectador o el lector se integren hay que construirle el adosado. Tengo la sensación de navegar en esa nave, de sentir lo mismo que la tripulación. Tengo la sensación de hacerlo desde siempre. A McTiernan no se le escapa un solo detalle. Desde el principio hasta la última secuencia todo parece poderse tocar. Y eso es producto de encerrar a los personajes en un submarino, pero, sobre todo, de encerrar al que mira. Unos decorados muy escasos a la vez que muy cuidados, el uso de la iluminación, un lenguaje austero, el movimiento (fuera una locura intensa y dentro la calma más absoluta). Todo colabora. Y un último detalle. La acción comienza justo un año después de morir la esposa del militar protagonista. Nada tiene sentido para él y, menos aun, manejar un arma de destrucción total. Sólo regresar a la calma de la pesca. Como cuando era niño. Me gustan los personajes que se dejan ver aunque sea renunciando a lo que son.
© Del Texto: Nirek Sabal.
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ago 24 2010

Black Hawk Derribado: Disfrutando entre la basura

Me gustan muy poco las películas por las que se pasean los soldaditos con pinta de valientes, con cara de poder conseguir cualquier cosa si entran en combate, compañeros inolvidables de otros grandes soldaditos y patriotas grandiosos. Hacer patria (intentar hacerla) con estas cosas me parece bisutería pura. Lo peor es que de estas se filman cada año unas cuantas y, encima, algunas se convierten en éxitos clamorosos. Suelo huir cada vez que veo un casco, una ametralladora o lo que sea, pegados a una bandera (casi siempre norteamericana). Tengo poco tiempo para malgastar.
Sin embargo, con la película Black Hawk Derribado de Ridley Scott me pasa justo lo contrario. Regreso a ella cada cierto tiempo. No sólo porque narra un desastre militar descomunal, no sólo porque muestra lo que puede ser un grupo de personas aterrorizadas y desmoronado, no por eso. Detrás de la trama se puede ver un trasfondo muy interesante que implica a esa aldea global tan falsa como lesiva que nos venden a diario como si fuera la solución de continuidad para esta civilización que padecemos. Porque la aldea global integra a unos cuantos ricos. Los pobres siguen estando aislados con intenet, un mercado global o cualquier otro invento. Siguen siendo la cloaca global. Allí las guerras no se ganan ni se pierden. Son eternas. Y, desde luego, no podemos solucionar nada mientras no abramos los ojos y la mente. El desastre que enseña Scott es el que se produce en cada desencuentro cultural, es una hecatombe diaria. La secuencia que más me gusta ver de la película es esa en la que un grupo de vehículos blindados que recibe plomo para parar un tren y que suelta matando a todo lo que se mueve, está detenido. Antes de continuar, un hombre negro, con el cadáver de un niño ensangrentado en los brazos, cruza entre las máquinas de guerra completamente ausente. Ni se ocupa de mirar. Su mundo se acaba no más allá de ese niño muerto. Y los soldaditos que quieren ser héroes pensando que van a librar una gran batalla que salvará la humanidad. Qué cosas.

En la película de Scott, los soldados temen por sus vidas, los civiles y milicianos no. Los primeros tienen un lugar al que regresar, los segundos manejan la muerte como una posibilidad más. En la película de Scott las cosas salen muy mal. Los soldados norteamericanos reaccionan mal ante una adversidad desproporcionada e improbable. Intentan escapar como pueden. A los milicianos y civiles las cosas les salen tal y como se esperaba. Mueren a cientos. Más de hambre que por el fuego enemigo. La elección es fácil. Desapareces con un arma en las manos o sin ella, pero todo acaba cada día. No hay posibilidad de escapar. Me gusta la película de Scott porque pinta el mundo tal y como es; como una enorme, cruel y extravagante mierda; como planos paralelos en los que hay vida o muerte.
La película fue galardonada con un premio Oscar al mejor montaje y otro al mejor sonido. Fuen el año 2001.
La acción es trepidante. Los personajes se quedan muy en lo superficial casi siempre y los diálogos son más bien flojos, pero el conjunto da mucho juego porque el director carga más la fuerza narrativa en la imagen que en lo que se dice. Creo que son más fundamentales el escenario, la pobreza, la muerte o la guerra. Las personas no dejan de ser fichas distribuidas por un tablero que enmudece lo que digan e, incluso, lo que puedan pensar. Por eso Ewan McGregor o Tom Sizemore pasan desapercibidos, forman parte de las figuritas desplegadas en un campo de batalla en el que el que organiza todo es la mismísima muerte.
La guerra es un asco, el mundo es un asco y hay vidas que son una verdadera mierda. Eso es lo que pueden ver y con lo que disfrutar durante más de dos horas y media.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 3 2010

En tierra de nadie: Desasosiego

Hay que ser muy inteligente y tener un agudísimo sentido del humor para, a los pocos años de vivir una de las experiencias más demoledoras que puede vivir un ser humano (una guerra), rodar una película donde se denuncie a todos los que se comportaron como una panda de tontos en aquel conflicto, en este caso el de los Balcanes, ser capaz de reírse de ello y colocar esta película dentro del abanico de las mejores películas de principios del siglo XXI.
Supongo que Danis Tanovic, el director de la película, sabía muy bien lo que quería hacer. Creo intuir que quería hablar de la guerra sin explicarla, poniendo de manifiesto una realidad muy concreta: los ejércitos se componen de un montón de hombres, divididos en bandos, que tienen más en común que cosas que le diferencien; que la mayoría de los conflictos bélicos se fundamentan en grandilocuentes gilipolleces, que sostienen cuatro, y empujan a sus ciudadanos a morir como si fueran animales; que la prensa se forra a fuerza de noticias que relaman el sabor de las historias dramáticas que sufren las gentes; que las organizaciones (como, por ejemplo, las Naciones Unidas con sus renombrados Cascos Azules) son de patio de colegio y que la industria armamentista se forra a base de sembrar la muerte con cientos de miles de minas antipersona.
Decir todas esas cosas y no caer en los típicos tópicos es muy difícil. Creo poder afirmar estar antes una de las mejores películas bélicas (a mí no me apasionan) de los últimos tiempos. Una coproducción entre Bosnia-Herzegovina-Francia-Italia-Bélgica-GB-Eslovenia que utiliza muy pocos recursos (pocos escenarios, sin efectos especiales, poquísimos personajes), alejado totalmente de las típicas producciones de Hollywood. Pueden hacerse trabajos realmente estupendos con la inteligencia y un par de aparatos para filmar.

Dos soldados de dos bandos diferentes, Ciki (Branko Djuric) y Nino (Rene Bitorajac), uno bosnio y el otro serbio, se encuentran atrapados entre las líneas enemigas, en tierra de nadie, durante la guerra de Bosnia de 1993. Mientras Ciki y Nino tratan de encontrar una solución a su complicado problema, un sargento de los cascos azules de las Naciones Unidas se prepara para ayudarles contraviniendo las órdenes de sus superiores. Los medios de comunicación son los encargados de transformar una simple anécdota en un show mediático de carácter internacional. Mientras la tensión entre las diferentes partes va en aumento, y la prensa espera pacientemente nuevas noticias, Nino y Ciki tratan por todos los medios de negociar el precio de su propia vida en medio de la locura de la guerra.

Debo decir que ganó el Oscar a la mejor película extranjera, desbancando a la famosa Amelie. Muchos no lo entendieron en aquel momento, pero lo cierto es que pese a que soy una fan incondicional de Amelie, no se pueden comparar una y otra. En Tierra de Nadie mereció ganar el galardón (ya sé que cada vez es menos indicativo de nada que una película gane el Oscar). Es una de las críticas más mordaces que he visto sobre la guerra, el sensacionalismo de los medios de comunicación y sobre la arrogancia de los que manejan nuestros designios desde las altas esferas.
Un auténtico peliculón, con un final desasosegador, pero la vida es así, un chiste de mal gusto aderezado por auténtica gilipollez humana.
© Del Texto: Anita Noire


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jun 25 2010

La batalla de Hadiza: Desde Hadiza con amor

Me senté a ver La Batalla de Hadiza después de sufrir un golpe en la cabeza. Nada serio, pero si lo suficiente como para que me doliera y condicionara el día convirtiéndolo en momento de reposo. Debió de ser producto de este porrazo por lo que abandone mi tendencia a ver películas pastelosas. Esta vez, bélica, Iraq.

Y ahí me pregunto yo ¿Quién me mandaría a mí meterme en semejante vergel? La película de Nick Brooomfield adopta la forma casi de un documental. El argumento de la misma es un hecho verídico sucedido en Hadiza (Haditha – Iraq), en concreto la matanza ocurrida el 19 de noviembre de 2005. Aquel día los insurgentes iraquíes colocaron una bomba en la cuneta de una carretera por la que tenía que transitar un convoy de marines estadounidenses. La colocación de la bomba, a los márgenes de una carretera que cruzaba el pueblo de Hadiza hizo que sus moradores observaran la colocación de aquel artefacto y que nadie, de aquella población civil, hiciera absolutamente nada por salvaguardar su integridad física. Temían denunciar este hecho a los propios insurgentes y ser acusados de colaboracionistas, con las consiguientes torturas por parte de los suyos, y temían avisar a los soldados americanos y ser acusados de insurgentes. Al final, el artefacto explotó provocando la muerte de un soldado americano y graves heridas al resto de ocupantes de uno de los vehículos del convoy. A partir de este momento, los Marines inician una acción de represión contra la población civil, que termina con la muerte de veinticuatro personas, casi todas mujeres y niños.

La película no me gusta por tendenciosa. Es cierto que escoge muy bien cada uno de los momentos en que se desarrolla las acciones, que separa muy bien, la intervención del bando americano del de los propios iraquíes. Que intenta retratar sus personajes. Pero no me gusta. Sé que la finalidad de la película era mostrarnos que, en el día a día, en el cuerpo a cuerpo, es difícil separar la línea de lo que es la defensa de los intereses de una nación, de lo que es salvar la propia vida o la de los que tienes a tu lado o a tu cargo. Que una cosa son las guerras vistas desde los despachos, a cientos de miles de kilómetros y otra muy distinta, vivirlas a pie de calle.

Pero como digo no me gusta por tendenciosa. Los americanos son malos, muy malos, tontos, imberbes, maleducados y los iraquíes son buenos, buenísimos, incluso cuando ponen una bomba que puede matar no sólo a los americanos, sino a los suyos que pasen en aquel momento por allí. Por eso no me gusta. Porque estoy segura de que el mensaje que Broomsfield quiere transmitir es el de  la existencia de una inmediatez brutal en la guerra que puede desatar, de una manera irracional, la fiereza del ser humano, con independencia de que lo que defienda sea muy o poco legítimo, pero lo transmite fatal. O eso me parece a mí.

El inicio de la película deja claro este mensaje cuando el cabo Ramírez (Elliot Ruiz) dice que su aspiración es llegar vivo cada noche a su barracón, que ignora en realidad cual es el motivo por el que está en Iraq.

Las guerras al final se convierten en algo individual. El insurgente iraquí, el que coloca la bomba, como un amante padre de familia, donde pone de manifiesto que tras estar más de un montón de años en el ejercito, no le quedaba otra que jubilarse con una pensión ridícula y se suma a la Guerra Santa. Un soldado americano, que tras sufrir unas gravísimas lesiones en una anterior estancia en Iraq se reengancha al servicio porque sólo le queda una paga de  300 dolares USA. La situación de Iraq, de sus habitantes, del país, es lo de menos. Lo que mueve a los que están sobre el terreno son cuestiones bastantes más domésticas.

No acostumbro nunca a recomendar nada. Hagan lo que quieren, si quieren ver una película donde a uno se los tacha de tontos muy tontos, y a otros de buenos, buenísimo pues aquí la tienen. Una película bélica, con un formato de documental que, por mí, pueden tirar al cubo de la basura por muchos premios que se le hayan concedido, entre ellos, (información para forofos de los premios) la Concha de Plata del festival de San Sebastian.
© Del Texto: Anita Noire


may 11 2010

Cartas desde Iwo Jima: Todos abominables, todos nobles

No acostumbro a ver películas de contenido bélico, al menos no las que únicamente se desarrollan a base de mostrarnos soldados librando feroces combates para conquistar territorios hostiles, matando a diestro y siniestro. No me interesan pues, en este caso, como en muchos otros, la realidad que acostumbra a superar la ficción y, por tanto, en estos menesteres, me basta con poner el telediario de las nueve y ver unas cuantas imágenes de Afganistán, Ingusetia, Liberia, la Franja de Gaza, Indonesia o cualquier rincón del mundo en el que las personas han dejado de importar para que lo hagan otros intereses bastante más estúpidos.
Sin embargo, como en todo, hay excepciones. Tenía mucho interés en ver “Cartas desde Iwo Jima”, quería ver como se cuenta la historia de los vencidos en un conflicto de la magnitud del que se trata y quería ver como Clint Eastwood (que, francamente, me parece mejor director que actor), resolvía este tema, teniendo en cuenta su origen estadounidense, es decir, el mismo de los que integraron el bando ganador.
Debo decir que el último empujón para que viera esta película es que conocía la estupendísima música de esta película. Música compuesta por Kyle Eastwood, uno de los mejores compositores de los últimos tiempos, y que, como puede observarse por la coincidencia del apellidos, es hijo del director del film. De hecho, muchas de las bandas sonoras de las películas de Clint Eastwood están compuestas por Kyle Eastwood.
Cartas desde Iwo Jima” se rodó totalmente en japonés y en ella se ofrece la versión nipona de la batalla más cruenta de la II Guerra Mundial en el Pacífico. Como dato histórico decir que en aquel enfrentamiento fallecieron más de 20.000 japoneses y 7.000 estadounidenses. La famosa fotografía de los seis soldados americanos alzando la bandera de los EEUU en la ladera de Suribachi, en la isla de Iwo Jima, ha dado cientos de veces la vuelta al mundo. En la película se nos muestra la férrea resistencia japonesa dirigida por el general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe).

Debo confesar sin pudor ninguno que esta película me fascinó, me parece una de las mejores películas que trata el tema de la guerra, en realidad de la anti guerra, de las que he visto.
Es terriblemente intensa, te sacude y sientes, a lo largo de su visionado, como el honor reside, en muchas ocasiones, en los perdedores, en aquellos que saben que su final está ahí y están dispuestos a asumirlo. En este sentido, es verdad que Eastwood demuestra una total inteligencia en la gestión del film, una fotografía espléndida, la música no podría ser mejor, la sobria interpretación de los actores espectacular. Esta película no puede dejar a nadie indiferente. Retrata, como pocas, la condición humana, la contraposición entre lo abominable y la nobleza de las personas en situaciones límite.
Conseguí estar sentada en el sofá durante todo su desarrollo, sin pestañear, sintiendo un tumulto de sensaciones. Todo lo que veía me parecía importante. Todo se tenía que contar y eso, no es sencillo. Me invadió la tristeza y la desolación, no pude evitarlo, la guerra no sirve para nada, absolutamente para nada o, tal vez, sólo para demostrarnos la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.
Si quieren ver el otro lado de la moneda pueden ver “Banderas de nuestros padres”, pero yo, que soy muy mía, me quedo con “Cartas desde Iwo Jima”, creo que es una muy buena película que, ni siquiera a los que no les gusta el cine bélico, deben perderse. Altamente recomendable, a mi entender.
© Del Texto: Anita Noire


abr 14 2010

Cita con Venus: Salvar a la vaca


brad mehldau – martha my dear

Siempre he pensado que el sentido del humor tiene mucho que ver con la inteligencia. Creo, también, que no podemos ser permanentemente sesudos y que hasta los temas más espinosos pueden ser, en realidad, deben ser tratados con sentido del humor. Lo cortés no quita lo valiente y hay tiempo para todo.
Rebusco en mi cajón de “desastres” algo que ver esta tarde. Quiero unas risas fáciles o una sonrisa fácil, tampoco me voy a poner exigente. La primera de todas las cintas las de la película “Cita con Venus” de Ralph Thomas y que protagonizan David Niven y Glynis Johns.

La sinopsis de la película, a mi me parece muy original, sobre todo si tenemos en cuenta que los hechos se sitúan durante la época de la Segunda Guerra mundial, en el año 1940, y la película se rodó en 1951. Apenas habían transcurrido seis años desde la finalización del conflicto armado más grande y sangriento de la historia del mundo. De ahí que no sólo sea original por la trama en sí misma sino por el momento en que fue rodada.

El 10 de Julio de 1940 los nazis invaden Amorel, una estratégica isla británica. La ocupación causa gran consternación al ministro de agricultura de Gran Bretaña, ya que en la pequeña isla se encuentra ”Venus”, una vaca de extraordinario pedigrí y de gran valor. El ministro presiona a la oficina de guerra para que intervenga en la recuperación del preciado animal.

Mezclar el tema de los nazis y el rescate de una vaca me parece una genialidad. La película, pese a su desarrollo que pretende ser bélico es una auténtica comedia. Debo tener un día tonto porque sé que no es el mejor film del mundo, pero me parece una genialidad, no cinematográficamente hablando, pero sí como un reflejo de la manera en que se actúa desde las altas esferas.

El dialogo sobre el linaje de la vaca y su descendencia, tratado como una cuestión de estado no tiene desperdicio. Pero es que seguro que cuestiones tan estúpidas se tratan así. Un auténtico despliegue de medios (submarinos, movilización de soldados, preparación de estrategias), todo para rescatar a una vaca preñada.

Una gran boutade pero es que así son muchas cosas que en los Estados se debate. Grandes chorradas que nos hacen perder el tiempo, el dinero, la paciencia y la confianza en las personas que dirigen nuestros designios.

Ya saben, si tienen una tarde tonta y creen que el mundo es lo más serio que alguien puede tener entre manos, busquen esta película y verán como pareciendo los más serios del mundo, manteniendo diálogos la mar de profesionales, se puede estar hablado de las bobadas más colosales que nadie puede llegar a imaginar.

Ah, y a ver si descubren cuantas manchas tiene Venus sobre su lomo.
© Del Texto: Anita Noire


mar 7 2010

Regalos envenenados. Salvar al soldado Ryan.


Cuando se estrenó esta película en el año 1998 yo estaba trabajando en Warner. Se trataba de una mega producción de la que se esperaba una recaudación más que millonaria, y nos invitaron a un pre-estreno en un pase privado al que solo asistimos unas 40 personas.
La Sra. Ryan va a recibir en un mismo día tres telegramas comunicándole la muerte en combate de tres de sus cuatro hijos. El cuarto se encuentra en algún lugar de Normandía, por lo que el General Marshall ordena que lo encuentren inmediatamente y lo envíen de vuelta a casa.
Tengo muy nítidas en mi retina las primeras imágenes de la película. Cientos de enormes barcazas grises aproximándose a la playa de Omaha el día del desembarco. Un cielo gris sobre un mar gris. En cada barcaza, un buen puñado de hombres en silencio. Un hombre joven con uniforme de combate gris vomita en el mar, y una vez se abren las compuertas de las lanchas y saltan a la orilla, la escena de guerra más larga y verosímil jamás filmada. No nos ahorraron nada. Piernas y brazos amputados, hombres muriendo en soledad en medio del frío, del caos y de un terrible dolor físico.
La escena de la playa, de 22 minutos de duración marcó un antes y un después en la historia del cine bélico. Ya nada volverá a ser en Technicolor. En Salvar al soldado Ryan, una técnica de cámaras al hombro y velocidad de obturación muy elevada, dotan a las escenas de un subjetivismo tan real, que lo convierten en un referente dentro del género. La guerra se muestra por primera vez tal y como todos intuimos que debe ser en la realidad: atroz, inexplicable y carnicera, porque en la playa de Omaha de Salvar al soldado Ryan, los hombres no mueren en paz recostados sobre el regazo de su mejor amigo y compañero que les sujeta la cabeza mientras les jura que irá al fin del mundo si hace falta para entregar a su novia el relicario que llevan sobre el pecho. En la Omaha de Ryan, los hombres mueren solos mientras otros les pasan por encima, aullando de dolor, temblando de miedo, y sin saber por qué mueren ni qué les ha llevado hasta allí.


El hecho de que se no se tratara de una sala de cine al uso, con luces de emergencia que indicaran la salida, y la vergüenza de levantarme ante un puñado de desconocidos y mostrar mi debilidad me impidió salir de aquélla segunda fila y me obligó a quedarme durante las casi tres horas que dura la película. Hubo un cocktail después, pero yo me fui de allí sin probar una almendra. Llegué a casa, reuní a mis dos hijos pequeños de diez y trece años en mi cuarto, y les dije que tenía algo importante que decirles. Recuerdo que me miraron con los ojos muy abiertos y yo supe entonces que no me entenderían, pero aún así les supliqué que disfrutaran mientras pudieran, que apreciaran lo que tenían alrededor, que se sintieran seguros en casa, que dejaran de pelearse y que yo lucharía para fabricarles recuerdos en los que pudieran refugiarse si alguna vez en la vida pasaban por una situación de miedo y desamparo. Una cama limpia, una casa caliente, el abrazo de una madre, luces encendidas. Creo que fue a partir Ryan cuando empecé a malcriar a mis hijos. Todo me parecía insignificante: los suspensos, los retrasos, el desorden. Sólo quería que fueran felices.
Poco me importa el argumento de la película, en el que cada uno de los hombres que conforman el pelotón que ha de encontrar a Ryan se cuestiona las órdenes que recibe. Puede ordenarse arriesgar la vida de 8 hombres para salvar la de uno sólo? No lo sé. La vida es un regalo del universo que con demasiada frecuencia se convierte en un caramelo envenenado que nos coloca ante lo inhumano, lo injusto, lo atroz, el infierno, la guerra.
Y nosotros, como muñecos de trapo.
© Del Texto: pyyk


feb 26 2010

Un mundo del que reírse. Malditos Bastardos.

Taratino es violencia. Ironía. Acidez. Cómic. Cine. Tarantino es Tarantino.
Hasta ahora los nazis eran una banda de malvados que luchaban contra un ejército de damiselas que lanzaban granadas de algodón dulce (estos son los americanos). Y los judíos un pueblo pusilánime sin arrojo alguno. Desde Tarantino los nazis son unos ridículos que se tienen en píe gracias a un discurso tramposo y les permite ser violentos y exquisitos al mismo tiempo dirigidos por el más anormal, ridículo y violento de todos ellos. El ejército norteamericano un ejército como otro cualquiera (esto es, lleno hasta arriba de zumbados) capaz de cometer las mayores atrocidades. Y el pueblo judío gente normal y corriente que puede llegar a sacudir leña como, pongamos por ejemplo, el alemán y tan dispuesto a morir como a matar. Será más o menos discutible, pero es lo que nos muestra Tarantino en su última película.
Me gusta el cine de Tarantino porque me gusta el mundo que nos entrega en cada una de sus películas. Me gusta el mundo de Tarantino porque es el universo en el que me puedo reír del universo. Y me gusta poder mirar el mundo con cinismo porque no se me ocurre mejor forma de hacerlo.
Malditos Bastardos es un disparate igual que lo fue la segunda guerra mundial. La película se llena de locos, de personajes que buscan venganza, de cosas que salen mal porque nunca salieron bien en las guerras. De vida y de muerte. De escenas magníficas. De diálogos interminables que vienen a decir “les mataré”, pero que se alargan manteniendo una tensión narrativa que sólo un director brillante puede conseguir. Y todo, sin excepción, en clave de humor. Mirar lo que hace Tarantino con una libreta en la mano buscando la esencia del cine clásico, de lo ajustado o alejado de los cánones que se encuentra, es un error. Claro que hay guiños al cine de todos los tiempos. Por ejemplo, la escena que se desarrolla en el hall del cine con Brad Pitt vestido con un smoking blanco nos lleva hasta Brando en “El Padrino” y uno no puede dejar de reír escuchando el diálogo patético que se produce. Pero el guiño es transgresor y como todo lo que rebasa los límites del orden deja de gustar a medio mundo de un golpe.
De lo que he visto de este director (todo) esto no es lo mejor. Superar una película como “Pulp Fiction” es muy, pero que muy complicado. Aunque merece la pena echar un vistazo a estos Malditos Bastardos. A mí siempre me ha gustado ironizar sobre lo más asqueroso y sobre lo más sagrado de este mundo. Es la única forma de soportar tanta mierda. Y Tarantino es como un inhalador lleno de ese sentido del humor tan sano que me deja respirar mejor.
Hay que ver el cine de Tarantino. Hay que reírse del mundo, de uno mismo, de los nazis, del ejército norteamericano y de todo, incluidos nosotros mismos y el señor Tarantino. Tal vez la vea esta noche de nuevo.
© Del Texto: Nirek Sabal