may 25 2014

El hundimiento: Lo absurdo llevado a extremos

Si un hombre ha entendido mal una filosofía, una forma de vida o el mundo entero, ese ha sido Adolf Hitler. Y con él arrastró a un pueblo entero. Y arrasó muchos a base de pasar el rodillo de su maquinaria de guerra allá donde llegaba. Todo lo que ocurrió, desde que este hombre comenzó a dirigir Alemania hasta que murió, fue absurdo, cruel, extravagante, salvaje.
El hundimiento es la película que narra los últimos días de Hitler. Es el punto de vista de su secretaria personal, Traudl Junger, desde el que se desarrolla toda la trama. Vemos a un Hitler educado y grosero, histérico y brutal. Vemos a sus hombres que beben sin esperanza, que intentan creer que su jefe será capaz de sacar adelante la guerra, que no entienden la vida sin nacionalsocialismo. También a los que ya no creen en él o los que nunca creyeron aunque, a su lado, encontraron un sitio en el mundo. Todo es violento, sangriento, estúpido. El fanatismo llevado a su máxima expresión. Porque nadie debe equivocarse: lo que ocurrió durante esa etapa de la historia fue la mayor infamia vivida por el ser humano desde que el mundo es mundo.
El hundimiento es la adaptación que realizó Bernd Eichinger de la novela de Joaquim Fest. Oliver Hirschbiegel firma un buen trabajo no exento de controversia por mostrar a Hitler en su faceta bondadosa y gentil. El que escribe cree que nunca nadie debería sembrar la duda acerca de lo que representó ese tipo y lo que era: un monstruo. No obstante, la película está bien dirigida, con cuidado. Por ejemplo, el trabajo con los actores es sobresaliente. Tanto es así que son ellos los que logran que la película termine siendo notable. Bruno Ganz está espléndido. Su caracterización ya es magnífica, pero su interpretación es deslumbrante. Casi todo el peso interpretativo del conjunto recae sobre él. Alexandra María Lara -encarna a su secretaria personal- se mueve delante de la cámara con naturalidad, sin dudas. Corinna Harfouch, interpretando el papel de Magda Goebells, está estupenda. Lo mismo que Juliane Köhler (Eva Braun) o Ulrich Matthes (Goebells). Hay que señalar que el casting es más que acertado. Se suma al bloque de esos aciertos la fotografía de Rainer Klausmann que busca los grises en todas sus gamas para reflejar un sentimiento de final, de muerte y de fracaso.
Es posible que El hundimiento contenga una de las escenas más duras para el espectador de la historia del cine. Ver (aunque sea en el cine y sabiendo que la película es una ficción que agarra hechos reales para crecer) a una madre asesinando a sus seis hijos, con una calma demoledora, con un convencimiento aplastante, no es plato de buen gusto para nadie. Todo en la trama es un locura o está próximo a ello, pero esto es excesivo.
La película cuenta los últimos días de Hitler y de sus hombres, pero habla de lo absurdo del fanatismo, de cómo la falta de esperanza solventada con un falso futuro es el germen del desastre.
Oliver Hirschbiegel logra que se perciban las claras diferencias entre militares y miembros del partido nazi y de las SS; entre los que se arrimaron al poder para medrar y los que cumplían órdenes; entre los fanáticos y los que se vieron envueltos en un conflicto atroz. Y no duda en dejar por el camino planteada la posibilidad sobre si aquello que pasó durante el mandato de Hitler era conocido por todos o no. Tal vez compensación por ese retrato amable (a veces) de uno de los psicópatas más peligrosos de la historia.
Una buena película que no se debe ver con niños cerca. Ya tendrán tiempo de saber.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 6 2014

El único superviviente: Cal y arena

Peter Berg presenta una película que tiene cal y arena a partes iguales.
El único superviviente tiene mucho de patriotismo exagerado, mucho estereotipo machote, buenos y malos perfectamente ubicados (no hace falta que entre en detalles sobre quién es quien); y un título que, sumado a la primera escena de película, nos desvela el desenlace sin miramientos y resta algo de carga emotiva en el desarrollo. Este es un trabajo que podría ser duramente criticado por no alejarse de lo que tantas veces nos han contado, tantas veces nos irritó y en tantas ocasiones nos pareció una extravagancia sin cabida en el cine. Es una de vaqueros e indios con aparatos carísimos, unos efectos especiales muy logrados y un rescate aereotransportado.
Sin embargo sería una injusticia tremenda dejar la cosa de esa manera. Porque El único superviviente tiene cosas muy buenas.
Por un lado, Berg intenta encontrar una redención algo forzada después de dibujar a los afganos como criminales sin escrúpulos y a los soldados norteamericanos como si fueren la señorita Pepis. Lo hace en el último tramo de la narración. Bien sabe el director que estas cosas son difíciles de conseguir, pero lo intenta con ímpetu. Es astuto dejando algunas notas en la despedida que justifican esta parte del relato y debilitan la idea de flojera narrativa. Por otra parte, la zona central de la película es, sencillamente, impresionante.
El tiroteo que se produce entre los soldados norteamericanos y los talibanes (los primeros sufren una emboscada después de que todo salga al revés de lo previsto) tiene al espectador en constante tesión durante media hora. La escena está muy bien rodada. No se abusa de lo imposible. Por ejemplo, ¡los soldados americanos se quedan sin balas! A Rambo nunca le pasó y si las balas se acababan siempre había un machete enorme con el que liquidar a cien tíos más. En este escena podría parecer que los talibanes son excesivamente fallones con sus armas y los americanos unos fenómenos. En realidad, la diferencia en la preparación y en el equipo justifica esta diferencia que, en otras condiciones, parecería una mala broma. El músculo narrativo, aunque alguna pega se podría plantear con el uso de la cámara, crece en la zona central de la película de tal forma que las carencias tienden a perdonarse. La película es dura de ver aunque no se hace un uso excesivo de la sangre, ni se va más allá de lo necesario con detalles escabrosos. Pero risas, poquitas.
Las actuaciones de Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Ben Foster y Emile Hirsch, son buenas. En el caso de los dos primeros son más que buenas. Están bien los actores que hacen de talibanes. La fotografía es preciosa y el maquillador, Greg Nicotero (The Walking Dead), hace un trabajo espectacular. El realismo de los rostros durante y después de la batalla es digno de elogio. La banda sonora acompaña estupendamente la acción, de principio a fin. Sin invasiones, sin buscar protagonismo, logra matizar cada escena de forma acertada.
El guión no es lo mejor de la película y tiene algunas lagunas. Se busca más la trama que la profundidad dramática de los personajes o las razones por las que alguien reacciona de este modo cuando se ve en una situación similar. Es el mensaje del hombre luchando hombro con hombro lo que prevalece. Es poco aunque se consigue con creces.
La película es muy entretenida. Mucho. Los tres actos en los que se divide no aburren en absoluto. El clima que se genera en el primero, la tensión descomunal del segundo y la emoción del tercero, no defraudan. Si el espectador es capaz de descargar la película de patriotismos, cuestiones domésticas que sólo entienden de ese modo los norteamericanos e ideologías algo xenófobas, puede quedar gratamente sorprendido.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 2 2013

La infancia de Iván: La niñez robada


En 1962, Andrei Tarkovski se estrenaba con La infancia de Iván, película que dirigió con la mitad del presupuesto inicial puesto que se le encargó una vez iniciado el rodaje. La condición que puso Tarkovski para hacerse cargo del rodaje fue la de no aprovechar nada de lo filmado y reescribir el guión. Quería que el trabajo fuese suyo sin interferencia alguna. Y no es de extrañar que ese fuese su deseo. Este es un autor único, auténtico e inigualable. Cada una de sus películas rebosa poesía, personalidad, profundidad; todo lo que cuenta Tarkovski se convierte en monumento, en obra de arte; algo que no se podría conseguir utilizando secuencias de cualquier otro autor que no fuera él mismo.
La infancia de Iván es una película bélica. Pero, desde el primer momento, se percibe un claro antibelicismo que toma la forma de la muerte, la locura, la angustia o la tortura. Y, además, se aleja de las explosiones, de las cargas o de la búsqueda de elementos patrióticos que realzasen el poderío militar e ideológico del régimen soviético. Tarkovski demuestra que no son necesarios los elementos militares y propios de una guerra para aterrorizar al espectador.
El director utiliza la belleza para enfrentarla a la zona más oscura del ser humano. Un ser humano capaz de lo mejor y lo peor, de crear incluso lo que está más allá de sus posibilidades. Capaz de destruirse a sí mismo. La belleza de la niñez frente a las zonas oscuras de una existencia sin ella. Pero, también, la belleza de lo que da una guerra a cambio de arrancarte algo si se convierte en poesía.

Tarkovski intenta no señalar con claridad los límites entre realidad y sueño, entre posible e imposible (toda su obra estará marcada por esa ambigüedad). Es lo improbable lo que toma protagonismo durante buena parte del metraje (incluido todo lo mostrado con imágenes documentales al final de la película; cierto aunque increíble). Para ello, introduce zonas narrativas instaladas en la belleza de lo onírico, en una falta de una  consciencia que coloca al personaje dentro de la realidad más cruel. Impresiona comprobar cómo Tarkovski maneja el lenguaje del sueño, cómo el tránsito de un lado a otro se efectúa con una delicadeza asombrosa. Casi siempre ocurre teniendo al agua como conductora. Una gota que cae en la mano del muchacho y llega a un cubo que es la ventana al sueño que comienza en un pozo (este es uno de los ejemplos). El agua como uno de los cuatro elementos de la naturaleza que son tan importantes en el cine del director ruso. El agua como regeneradora, como zona de paso hacia lo espiritual, como nueva vida, como elemento en constante movimiento (lluvia y evaporación), el elemento que no puede faltar para que el ser humano pueda vivir.
Iván (Nikolai Burlaiev) es un niño explorador del ejército soviético. La acción de la película se desarrolla durante los últimos meses de la segunda guerra mundial. Lo primero que sabemos de él (a través de un sueño) es eso, que es un niño, que vive como tal, que ríe como tal, que disfruta como sólo un niño puede hacerlo. La naturaleza –bella, esplendorosa- es su hábitat natural. Pero despierta; en un lugar oscuro, cerrado; peligroso. El rostro del muchacho parece estar esculpido con el cincel del sufrimiento, del dolor, de la falta. La mirada es fría, penetrante. La infancia que Iván perdió sólo puede ser soñada. De esto es de lo que quiere hablar Tarkovski; de cómo el ser humano deja de ser aunque siga existiendo. Aunque siendo ese el tema principal, el director encuentra huecos para la esperanza, para lo que no dejará nunca de existir a pesar de todo. Una de las escenas más bellas que recuerda el que escribe tiene mucho que ver con esa esperanza, con la posibilidad de amar durante los tiempos de destrucción. María (Valentina Malyavina) pasea por el bosque junto a Kholin (Valentín Zubkov). Ambos son militares. Deben cruzar una zanja; él con un pie a cada lado ayuda a su compañera; ella queda colgada de los brazos de él; él la besa apasionadamente sosteniéndola en vilo. Tal vez sea uno de los besos más apasionados, inesperados y bellos, de la historia del cine. Justo antes de este beso, Tarkovski logra crear una tensión sexual entre los personajes poco frecuente en el cine; una tensión sexual tan potente como la violencia que se puede palpar a causa de la guerra; pero ante la pasión de un hombre y una mujer, el mundo puede venirse abajo. Esta esperanza se alterna con la existencia vacía de ser. El resumen más contundente de la idea llega con la escena en la que un viejo invita a Iván a pasar por la puerta de su isba, una casa que ya no existe. Lo único que se mantiene en pie es el marco de la puerta y un horno. Cuando el niño regresa con los militares que han ido a buscarle, el viejo cierra la puerta con llave, agarrado a los recuerdos que funcionan como memoria futuri (¿una verdadera puerta a una pequeña esperanza?).

La puesta en escena está cuidadísima. Tarkovski siempre tuvo fama de ser especialmente puntilloso con los detalles de sus escenarios. Sorprende que parezcan territorios vírgenes los que se utilizan cuando el espectador sabe que allí se rodaron tomas y más tomas de la misma escena. Detallista, sobria. No falta pulcritud de todo tipo que nos acerca al símbolo en lo que se convierte todo lo que usa Tarkovski para narrar. Espejos que reflejan la realidad desde un prisma que sería imposible para el espectador o para los personajes, animales, imágenes religiosas, fuego, agua, frutos. Todo presentado con una excelente fotografía expresionista (Vadim Yusov) que busca planos inclinados, borrosos, muchas veces fijos y largos.
La película está rodada en blanco y negro. No podía ser de otra forma. Los matices desde las sobras convierten el recurso en imprescindible para matizar el estado de ánimo de los personajes. Y los matices desde la claridad (casi siempre en los sueños) que convierten esa zona inaprensible en la única posible para sobrevivir. Cada cosa narrada con un tempo distinto, adecuado.
Impone La infancia de Iván porque es un retrato del horror refugiado en un niño. Impone La infancia de Iván porque es una película de Tarkovski. Impone La vida de Iván porque es un a película excelente. Una película que muestra la realidad desde una premisa escrita en la pared de un refugio militar: Somos 8 jóvenes de 18 años. Dentro de una hora nos llevarán a matar. Vénguennos. El resumen de la historia de la humanidad.


jul 27 2013

La solución final: La maquinaria de la muerte

En la conocida como Conferencia de Wannsee, un grupo de personas decidió que el futuro de millones de personas sería pasar sus últimos días metidas en un vagón de carga, en un campo de exterminio pasando grandes calamidades y/o asesinados en una cámara de gas. Así de sencillo. Esa reunión estuvo presidida por Reinhard Heydrich (conocido, entre otros, por el alias de carnicero de Praga) y organizada por el Teniente Coronel de las SS alemanas Adolf Eichmann (uno de los máximos responsables del exterminio del pueblo judío en los campos de concentración diseminados por Europa). Asistieron otros militares, burócratas, cargos políticos y abogados. Es posible que sea la reunión conocida con más asesinos despiadados presentes de la humanidad. La reunión se alargó unas dos horas y se sabe de ella por la transcripción que se encontró en el despacho de uno de los asistentes y que debería haber destruido. Lógicamente, no lo hizo.
La solución final (nombre que se dio a las matanzas masivas de hombres, mujeres, ancianos y niños de raza judía) es una producción de HBO Films para la televisión. Fue dirigida con mimo por Frank Pierson sin hacer experimentos ni alardes al rodar. Austero, solvente y preciso. Salvo algunas escenas (pocas y elegidas para que la película no pareciese una obra de teatro) la acción se concentra en el salón de reuniones. La sensación de teatralidad, no obstante, es patente. En cualquier caso, la cámara está colocada donde toca y no se cometen errores. La fotografía de Stephen Goldblatt es, también, sencilla y efectiva. No parece que se usen filtros en ningún caso ni lentes especiales. No era necesario para contar esto y de esta forma. El efecto que se busca es ese, el de la sencillez, cuando la decisión que se va a tomar es extravagante en todos los sentidos. El vestuario está cuidadísimo hasta el último detalle.
Con todo ello, lo importante lo encontramos en el guión. Pegado a la realidad de lo que ocurrió (al menos a lo que se sabe de esa conferencia) Loring Mandel construye una trama simple, pero repleta de frases atroces que se repiten sin cesar (no por falta de ideas sino para que los matices de cada personaje aparezcan al decir esto o aquello y el espectador quede estupefacto). Porque lo que resulta insólito y brutal es que esa reunión fuera un trámite más para los nazis; lo que resulta miedoso es que la aniquilación de millones de personas se tratase como un problema jurídico, militar, legal o laboral. Nunca como un problema humano.
El personaje de Adolf Eichmann lo defiende Stanley Tucci. Está creíble y muy contenido. Por su parte, Kenneth Branagh encarna a Reinhard Heydrich. La sensación es otra. Algo excesico en su interpretación aunque, a decir verdad, el personaje tiene unas particularidades que hacen difícil escapar de la sobreactuación. Entre el reparto, destaca Colin Firth con un trabajo sencillo y correcto.
Uno de los asistentes a la reunión dice que el pueblo judío es el escogido, pero para el gas. Un terrible resumen de la película y, por supuesto, de lo que ocurrió en Wannsee.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 11 2013

Apocalypse Now Redux: Todo es un infierno

En 1979, Francis Ford Coppola entregó el espectáculo más abrumador, espeluznante y, si se quiere, extravagante, jamás filmado. El director echó el resto en este trabajo. Todo su trabajo, todo su talento y su prestigio se puso en juego durante un rodaje en Filipinas lleno de baches, falta de presupuesto y problemas diversos por doquier. Y el resultado fue una excelente película que, sin duda, está entre las mejores de toda la historia.
Francis Ford Coppola y John Milius escribieron el guión adaptando (muy libremente) El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Otra época, otra trama, pero manteniendo buena parte de la esencia del relato. ¿Cuál es esa esencia? Fundamentalmente, el regreso del hombre a su estado más primitivo puesto que todos somos lo mismo desde que el ser humano lo es, aunque disfracemos nuestra existencia de una forma u otra. Coppola traslada la historia de Conrad a la guerra de Vietnam, una guerra terrible en la que todo lo que sucede se confunde y termina siendo una misma cosa. La diferencia es el maquillaje, ese disfraz que justifica una crueldad o lo convierte en un acto atroz y punible.
Pero, también, del mismo modo que ocurre en El corazón de las tinieblas, el entorno es un personaje más, con su propia vida, con su coherencia, con su propio latido. Esto es algo que no puede olvidar el espectador.
El guión es espléndido. Alterna momentos de acción con otros de cierta tranquilidad, pero sin perder la tensión en ningún instante. Porque el personaje del coronel Kurtz (Marlon Brando) se va desarrollando sin aparecer hasta el final. Porque la evolución del resto de personajes va desarrollándose a la par. No se puede entender al coronel sin entender y atender a todos los que van apareciendo en pantalla. A todo lo que se enseña.
Desde el principio, Coppola hace una declaración de intenciones. El capitán Willard está siempre en el mismo lugar. Bien porque lo desea, bien porque lo sueña, bien porque, efectivamente, se encuentra allí. Replegado sobre sí mismo, ardiendo en su propio infierno. En él. Un hombre que se asoma al abismo de lo que es -Willard lo ha hecho- jamás regresa. Un abismo en el que todos tenemos parte o la totalidad. Lo sepamos o no.
Una fotografía impecable, una banda sonora convertida en símbolo y un despliegue de medios descomunal y bien gestionado son las señas de identidad de la película. La partitura de Carmine Coppola es inquietante, profunda; se salpica con temas de The Doors, Flash Cadillac, Richard Wagner y de The Rolling Stones, entre otros. La fotografía de Vittorio Storaro logra una conjunción perfecta entre luces, sombras y nieblas, que resaltan los estados de ánimo de los personajes a la perfección. Por otra parte el montaje de Richard Marks, Walter Murch y Gerald B. Greenberg (esta versión Redux la montó Murch) es una clase magistral. Por ejemplo, cómo presenta las escenas que van del ataque al barco en el que muere uno de los personajes hasta la salida de la plantación francesa, es extraordinario.
En Apocalypse Now Redux encontramos escenas inolvidables que ya están colocadas entre las más importantes de la historia del cine. También otras que no parecen ser entendidas del todo y son criticadas por romper el ritmo del conjunto sin aportar nada. Un ejemplo de las primeras es el ataque del regimiento de caballería. Helicópteros, música de Wagner y, sobre todo, el coronel Kilgore al frente de sus hombres. Robert Duvall interpreta el papel aportando una credibilidad impresionante. Y su personaje es el que aclara a Willard (encarnado por un Martin Sheen extraordinario) y al espectador algo fundamental: Si Kilgore está al frente de un regimiento nadie puede acusar a otro de estar loco o de ser un asesino (cosa que ocurre con Kurtz). Kilgore es capaz de arrasar una aldea para que sus hombres puedan practicar surf, no permite que un combatiente sea dejado a su suerte salvo que su propio interés aparezca y todo se reduzca a sí mismo. Es un ser cruel y terrible. Todos en Vietnam son así. Esta escena de la carga con helicópteros está rodada con maestría. Pocas películas bélicas han llegado a este nivel de claridad expositiva y de sentido en las escenas violentas.
El ejemplo de zona expositiva no entendida y criticada con dureza lo encontramos en la que va desde la llegada a la plantación francesa hasta que Willard y sus hombres la dejan atrás. Son muchos los que han dicho que es prescindible y que funciona como una explicación política de la trama. Nada más lejos de la realidad. Tras el ataque que sufre la lancha (la muerte de un compañero; las cartas que habían recibido todos excepto Willard que tiene, a cambio, un informe secreto de sus mandos; la cinta de la madre que escuchamos por encima del resto de sonidos, la pérdida del cachorro de Lance), los soldados descubren un reducto de lo que fue y ya casi no tiene relevancia, poemas recitados por niños, una mesa ordenada y limpia, el discurso vacío del que quiere repetir la historia y está condenado a ello con los matices imponderables. Descubren una buena parte de la realidad olvidada entre tanta locura, pero que sirve a Willard para ver otra parte de su universo (la iluminación es perfecta cuando nos lo enseñan deslumbrado, atónito), otra parte de la verdad. Todo se repite, todo es lo mismo. Una mujer viuda interpretada por Aurore Clément (misteriosa y envuelta por un aura brillante entre lo sucio) representa esa zona del ser humano sensible, conocedor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. Es la normalidad narrada. Preparar la pipa (seguramente de opio) a Williard, como siempre hizo con su marido difunto, es el colofón. Y se presenta como casi irreal, tras la mosquitera, como un fantasma del recuerdo. Destaca, también Christian Marquand interpretando a Hubert de Marais. Desde aquí, queda claro que el enemigo no es el ejército de enfrente. Es la propia esencia del ser humano y el entorno, la naturaleza. La selva se muestra silenciosa, amenazante. Los ataques llegan desde ella aunque no vemos al enemigo que esperamos. Se va cerrando sobre el barco, sobre sí misma. A partir de aquí, todo alcanza profundidad, desesperanza. Un sentido que se forma desde la falta de él. Por tanto, de escenas flojas o innecesarias no podemos hablar.
Apocalypse Now Redux es una película perfectamente dirigida desde el punto de vista actoral. Ni uno solo de los que aparecen en pantalla está fuera de un nivel extraordinario. Incluido Marlon Brando al que algunos acusaron de imitarse a sí mismo.
Un espectáculo impresionante salpicado de momentos que deben contemplarse. El paso por el puente Do-Lung; el campamento en el que se encuentran las chicas Playboy, la ya mencionada carga de los helicópteros, el poblado de Kurtz. Todo en Apocalypse Now tiene importancia, todo es fantástico y hace mella en el espectador.
La versión Redux es muy larga aunque creo que, lejos de restar como se ha criticado tantas veces, añade interés al conjunto. Desde luego, si tienen la oportunidad de ver la película en pantalla grande, no la pierdan. Esta es una de las mejores películas de la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 5 2013

Objetivo: Birmania (Objective, Burma!): La batalla desde la inocencia patriótica

Los norteamericanos tienen una clara tendencia hacia la exaltación de lo propio. De igual potencia que cuando se trata de dibujar a sus enemigos (reales o imaginarios) como monstruos tenebrosos. Y el cine, casi siempre lo han utilizado como vehículo difusor de esas tendencias tan patrióticas. A pesar de todo, alguna vez, y con esta premisa por delante, han logrado películas muy meritorias e inolvidables.
Objetivo: Birmania (Objective, Burma!) es una de esas cintas sobre las que se puede volver sabiendo que el disfrute está asegurado.
Es importante echar un vistazo a la película en versión original. La traducción que se realizó en España es espantosa. No sólo los diálogos se modificaron de forma absurda; la banda sonora perdió calidad en cada nota de la partitura y los efectos de sonido se diluyeron e incluso desaparecieron sin dejar rastro. Habrá que pensar que la censura fue radical y torpe, que el traductor era experto en latín y griego o algo así.
Objetivo: Birmania es una película bélica. Pero fue rodada en 1945. Eso significa que es más inocente que maliciosa o dura o violenta. Inocente en todos su ángulos, casi infantil en algunos aspectos. Ni gota de sangre, ni una sola escena en la que podamos ver algo horrible. Muchos muertos, eso sí. Matanzas en toda regla que, entre otras cosas, comienzan con una realizada por el ejército de EEUU. Lo que ocurre es que se ve compensada con otra mucho más brutal y sangrienta por parte del ejército japonés. En esta película se enfrenta la bondad, heroicidad y glamour de los soldados norteamericanos con la cara de mal genio, los gritos terribles (hasta para dar las gracias) y la maldad de los japoneses. La lealtad ciega, el patriotismo o la valentía de unos queda bien clara. El salvajismo, fealdad y traición de otros es patente.
Norteamérica se dibuja como la gran nación que salva al mundo. Tanto es así que la película se prohibió en el Reino Unido tras el estreno. Los británicos se sintieron insultados al comprobar que, según este guión, sólo el ejército de EEUU recuperó Birmania o eso podía parecer.
La película se presenta sobre la base de un espléndido montaje en el que se elimina lo superfluo y convierte la trama (lineal de principio a fin) en algo perfectamente comprensible y atractivo.
El guión busca desarrollar las psicologías de los personajes aunque no deja cabos sueltos al centrarse en la misión militar. En conjunto es un trabajo minucioso, ofrece una gran cantidad de información y deja sugerido todo lo que puede herir sensibilidades.
Objetivo: Birmania se rodó en las marismas de Orange County (California) y, algunas cosas, en el Jardín Botánico de Los Ángeles. Los escenarios están muy bien conseguidos y el tratamiento del fotógrafo James Wong Howe es extraordinario. Wong saca todo el jugo posible a un blanco y negro que resalta lo frondoso de esa vegetación haciendo creer al espectador que se trata de una jungla verdadera. Se intercalan secuencias aéreas reales que refuerzan la idea de credibilidad escénica. Son muy destacables los efectos sonoros que incluyen cantos de aves, movimientos de agua o ruidos procedentes de la jungla mezclados inteligentemente.
Entre unas cosas y otras, la sensación de verdad es total. Se suma una partitura extraordinaria firmada por Franz Waxman que incide con ímpetu en los picos de tensión o aporta continuidad a las secuencias que muestran el penoso movimiento de los militares.
Pues, con todo esto, el realizador Raoul Walsh, logró una cinta que podría ser una de las tres mejores rodadas inmediatamente después de finalizar la Segunda Guerra Mundial.
La película está bien narrada y muy bien dirigida; astutamente dosificado el material. El trabajo con los actores es espléndido. George Tobias, William Prince o Henry Hull, por ejemplo, defienden sus papeles con solvencia. Pero, claro, es Errol Flynn, con su papel de Capitán Nelson, el que acapara toda la atención. Su personaje condensa el grueso de los valores que se defienden en la película. Es buen jefe, es bondadoso, no duda en llorar si es necesario, es buen estratega, duro en el combate. Todo lo que representa el ejército de los EEUU para los norteamericános. Flynn hace un buen trabajo. Además, cuentan las crónicas que era estupendo trabajar a su lado. Sólo si estaba de buen humor.
La película contiene buenas dosis de moralina. El mal menor antes que un desastre; el fin justificando los medios; pero tratado desde el patriotismo más radical, desde los buenos muy buenos y los malos perversos hasta más no poder. Y eso convierte cualquier idea moral en moralina pura.
El que escribe pudo ver esta película hace muchísimos años, siendo un crío. Resultó inolvidable. A pesar de las pegas descubiertas más tarde, de algún cambio en el punto de vista imposible; a pesar de todo, sigue siendo una película difícil de aparcar para siempre. Debe ser que la atracción de la violencia disfrazada de inocencia funciona.
Prueben. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 23 2012

La zona gris: El precio de las personas

El ser humano no conoce sus límites. Los puede imaginar aunque siempre desde el peligro que supone la equivocación absoluta.
La zona gris es una película que explora esa zona tan desconocida para el ser humano. Puede parecer un disparate, pero si algo está fuera de control son los límites que podemos llegar a cruzar.
El realizador Tim Blake Nelson consigue entregar un producto bien estructurado que no quiere dejar cabos sueltos. La zona más oscura del ser humano existe y puede aparecer en cualquier momento o lugar; hay que mirar a la cara del mal para saber con qué nos enfrentamos; nadie está al margen de la maldad porque todos tenemos un precio. La novela del Dr. Miklos Nyiszli sirve de arranque para que Tim Blake Nelson escriba el guión de una de las películas más difíciles de ver que se recuerdan. Porque eso que cuenta ocurrió, porque eso que cuenta no se evitó por muchas personas que conocían la verdad de lo que sucedía en los campos de concentración alemanes, porque las respuestas a las preguntas que se formulan asustan.
Los sonderkommanders eran los judíos encargados (en el campo de exterminio alemán de Auschwitz-Birkenau) de hacer entrar a miles de personas en la cámara de gas, arrancarles los dientes de oro, despojarles de todo lo valioso, cortarles el pelo después de muertos, introducirles en un horno y tirar sus cenizas a un río. A cambio, esos judíos recibían comida, cierto trato de privilegio y una muerte un poco más allá de la fecha prevista. El penúltimo de esos sonderkommanders es en el que se centra la trama. Porque cuando sus integrantes saben que su propia muerte está próxima deciden rebelarse.
El color azul y gris predomina en todo el metraje. Tan sólo aparece un color vivo cuando la esperanza es cierta. Es decir, cuando llega la muerte. Un enfoque duro y catastrofista que permite tener al espectador un pequeño margen de maniobra ante lo que ve. Muy pequeño. La música multiplica este efecto de forma colosal. La escena en la que los judíos llegados en tren deben entrar en la cámara de gas mientras una orquesta formada por otros judíos (lo que queda de ellos) ameniza la acción es espeluznante. Y si falta la música se escucha el sonido de los hornos funcionando sin descanso, el del gas aniquilando personas. Es un sonido que se lleva puesto cualquiera que ve la película y que difícilmente olvidará. Vestuario, maquillaje y peluquería acompañan con corrección toda la trama.
La dirección actoral es notable. David Arquette, Steve Buscemi, Harvey Keitel, Natasha Lyonne, Mira Sorvino, Daniel Benzali, David Chandler y Allan Corduner se mueven por la pantalla dando vida a personajes sin alma, sin esperanza alguna. Ninguno de ellos las tienen. Sobresale David Arquette. Buscemi y Keitel tienen papeles más secundarios aunque defienden bien el trabajo.
El ritmo es el adecuado y tira del espectador desde el primer momento. Y el director cierra la narración con las pocas opciones que tiene. En ese sentido no se pueden poner pegas. Sin embargo, justo cuando acaba la película, se produce un cambio en el punto de vista que no termina de encajar bien. Con él aparece la poesía (?), una luz de esperanza. Innecesario, traído por los pelos. Estas cosas no suelen funcionar bien.
La zona gris es una buena película. Difícil de encajar, pero que todo el mundo debería ver. Las preguntas que asaltan son terribles y las respuestas que se pueden dar insuficientes. Porque nadie sabe poner precio a su propia vida ni a la de los demás; nadie sabe lo que sería capaz de hacer si.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 28 2012

Adiós a las armas: La guerra sin medios

En 1932, Frank Borzage, rodó Adiós a las armas, basada en la novela homónima y autobiográfica de Ernest Hemingway. Una película protagonizada por Gary Cooper en el papel de Frederick Henry y Helen Hayes en el papel de la enfermera Catherine Barkley.
Durante la primera guerra mundial el periodista Fred Henry (Gary Cooper) se alista al ejército como conductor de ambulancias a fin de poder seguir de cerca los acontecimientos. Durante su estancia en el frente, al que se le destina después de filtrear  con una enfermera (Catherine) en la que está interesado el Mayor Rinaldi (Adolphe Menjou), Fred es herido e ingresado en el hospital militar en el que está destinada Catherine quien durante el conflicto bélico perdió a su prometido. Mientras la enfermera cuida del periodista surgirá el amor, la pasión. La guerra le separara y las cartas que uno y otro se cruzarán durante ese tiempo nunca llegaran al destino y Fred decide abandonar el frente para acudir en busca de Carherine.
La película nos muestra como, en el marco de la contienda bélica, una de las mayores ruinas del mundo habida hasta entonces, un hombre y una mujer, tocados por el horror de la guerra intentan sobrellevar una relación basada en el impulso, en la unión generada por atracción inexplicable de los que nada tienen en común y, al amparo del desastre, se aproximan en búsqueda de una normalidad que ha desaparecido por completo.
Un clásico del cine bélico, de aquel se hacía sin medios, donde la carga y el peso de la película radica en la extraordinaria interpretación de los actores principales quienes, a lo largo de toda la filmación consiguen transmitir los sentimientos y emociones por los que transitan en medio del hostil ambiente que les rodea. No intente ver esta película bajo el prisma de las realizaciones modernas porque nada tiene que ver. Deben verlo con los ojos de quienes en las primeras décadas del siglo XX se acercaban a un cine en blanco y negro, apenas sonoro, con escasos recursos, y que empezaba a gatear, con una fotografía que hoy nos resultaría excesivamente oscura y tosca pero que no fue considerada así en su momento.
Sin embargo, no podemos olvidar que nos encontramos frente a una de las maravillas del cine clásico que hace un verdadero alegato contra la guerra.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 12 2011

300: La magia del cine

El cine debe ser espectáculo. Sea lo que sea que se añada, el resultado final tiene que ser espectacular, entretenido desde el interés imprescindible; si me apuran, inolvidable en el sentido de que el poso que está obligada a dejar una película esté garantizado.
Un cine concebido como tostón experimental (sólo), como coto privado de entendidos o de los que presumen serlo; o pasatiempo con el fondo de un gua; es absurdo y fracaso seguro.
300 es una película que tiene algunos problemas de bulto. Como se sitúa entre lo histórico y lo fantástico, se juega con los diálogos que terminan pareciendo excesivamente irónicos y modernos, una licencia que el guionista no disimula al adaptar el cómic de Frank Miller. Tiene su gracia escuchar a Leónidas (Gerard Butler) cuando se enfrenta a Jerjes (Rodrigo Santoro) por primera vez, por ejemplo. Podríamos decir que le vacila. Pero queda algo extravagante. Como el aspecto del propio rey dios que es más el de una reinona que otra cosa. Lo excesivo de lo explícito es algo que puede terminar rechinando a los amantes de las técnicas narrativas. No se sugiere nada. Todo queda a la vista y eso resta calidad en una trama que pierde fondo a costa de la forma. Aunque se intentan introducir todo tipo de valores para solucionar un problema evidente, la forma gana la partida al fondo. Entre otras cosas porque eso que quiere incluirse en el conjunto narrativo llega forzado y artificial. Y las interpretaciones no son las mejores de la historia del cine. Poca contención. Lema Headey, que es la reina Gorgos, es la que se salva. Lo que pasa es que cruza la otra frontera y su papel queda algo sosito. Lo mismo le sucede a David Wenham. Su papel es el de Dilios y su interpretación, aunque contenida, se vuelve gris y discreta en exceso. Está claro que el director, Zack Snyder, estaba más pendiente de la estética que de cualquier otra cosa.
En fin, puestos a sacar faltas, las saco como en cualquier otra película. Pero no, 300, además de esto, tiene cosas más que buenas. Muchas. El conjunto es una demostración de buena narración, de técnica cinematográfica moderna y de cómo esas cosas de las que nadie se acuerda (vestuario y peluquería, por ejemplo) pueden influir decisivamente en el producto final. Es eso, el conjunto, la suma de lo más costoso y lo menos valorado, lo que convierte 300 en una experiencia inolvidable.
La película se rodó utilizando la técnica de superimposición de croma. Ya saben, eso de poner a trabajar a los actores delante de un fondo de color. Más tarde, con los ordenadores dejan la cosa impecable y nadie diría que todo se trata de un corta pega inmenso. Y le película luce entre tanta técnica elegante y rotunda.
Los tonos oscuros (grises y negros) prevalecen durante todo el metraje salvo cuando la acción tiene lugar en Esparta. Allí predomina el amarillo (casi dorado) iluminado y virado ligeramente para encontrar un contraste más contundente. Y, sobre esas tonalidades, destacan, de principio a fin de la película, las capas rojas de los guerreros espartanos. Snyder es fiel al trabajo de Frank Miller al presentar cada secuencia dentro de una gama de colores y matices que indican el camino seguro hacia la tragedia.
Con un vestuario y peluquería cuidadísimos y ese trabajo con el color para que creamos ver viñetas, Snyder nos arrastra desde el principio hasta el mundo que crea. Un solo tirón es suficiente. El que se queda fuera al principio tiene muy difícil poder entrar en el juego.
Utiliza el director un narrador (Dilios) para poder presentar la historia que quiere contar de forma verosímil. Los seres monstruosos que van apareciendo pueden, así, formar parte de la ficción del propio Dilios. A él se le encarga contar lo que vio en la batalla de las Termópilas por ser alguien con el don de relatar. Astuto, Snyder. En cualquier caso, aunque el narrador aparece, Snyder, no puede evitar pegarse mucho al punto de vista de Leónidas. Salva los muebles aunque a lo largo de la película está a punto de cometer errores irreparables. Astuto y hábil, Snyder.
La trama se ajusta bastante a lo que sucedió en realidad. Pero no importa. Porque la trama (un disparate total) se hace verosímil al instante. Esa es a magia del cine, esa es la magia del relato. Lo verosímil no tiene nada que ver con lo verdadero.
Todo se llena de ejércitos, de miembros amputados, de héroes, de villanos, de traición, de lealtad y honor, de amor. La fascinación es abrumadora en el espectador que se deja llevar. Todo se revela mítico. Aparece lo que echamos en falta hoy como esencia del hombre.
La película, además de batallas y mucha sangre, busca desesperadamente un fondo en el que repose el trabajo. No lo logra del todo. Trata de mostrar al ser humano lleno de valores, de lo que hemos perdido por el camino o terminaremos extraviando. Y no lo logra porque, como ya he dicho, todo llega con demasiado ímpetu, con demasiado artificio.
En fin, una película espectacular, rebosante de un dramatismo universal, realizada con técnicas exquisitas. Una gozada para el que mire.
No deben verla los pequeños. La violencia es extrema y se la pueden ahorrar. Y a los jovencitos se les debe avisar para que presten atención al fondo.
Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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