sep 12 2011

300: La magia del cine

El cine debe ser espectáculo. Sea lo que sea que se añada, el resultado final tiene que ser espectacular, entretenido desde el interés imprescindible; si me apuran, inolvidable en el sentido de que el poso que está obligada a dejar una película esté garantizado.
Un cine concebido como tostón experimental (sólo), como coto privado de entendidos o de los que presumen serlo; o pasatiempo con el fondo de un gua; es absurdo y fracaso seguro.
300 es una película que tiene algunos problemas de bulto. Como se sitúa entre lo histórico y lo fantástico, se juega con los diálogos que terminan pareciendo excesivamente irónicos y modernos, una licencia que el guionista no disimula al adaptar el cómic de Frank Miller. Tiene su gracia escuchar a Leónidas (Gerard Butler) cuando se enfrenta a Jerjes (Rodrigo Santoro) por primera vez, por ejemplo. Podríamos decir que le vacila. Pero queda algo extravagante. Como el aspecto del propio rey dios que es más el de una reinona que otra cosa. Lo excesivo de lo explícito es algo que puede terminar rechinando a los amantes de las técnicas narrativas. No se sugiere nada. Todo queda a la vista y eso resta calidad en una trama que pierde fondo a costa de la forma. Aunque se intentan introducir todo tipo de valores para solucionar un problema evidente, la forma gana la partida al fondo. Entre otras cosas porque eso que quiere incluirse en el conjunto narrativo llega forzado y artificial. Y las interpretaciones no son las mejores de la historia del cine. Poca contención. Lema Headey, que es la reina Gorgos, es la que se salva. Lo que pasa es que cruza la otra frontera y su papel queda algo sosito. Lo mismo le sucede a David Wenham. Su papel es el de Dilios y su interpretación, aunque contenida, se vuelve gris y discreta en exceso. Está claro que el director, Zack Snyder, estaba más pendiente de la estética que de cualquier otra cosa.
En fin, puestos a sacar faltas, las saco como en cualquier otra película. Pero no, 300, además de esto, tiene cosas más que buenas. Muchas. El conjunto es una demostración de buena narración, de técnica cinematográfica moderna y de cómo esas cosas de las que nadie se acuerda (vestuario y peluquería, por ejemplo) pueden influir decisivamente en el producto final. Es eso, el conjunto, la suma de lo más costoso y lo menos valorado, lo que convierte 300 en una experiencia inolvidable.
La película se rodó utilizando la técnica de superimposición de croma. Ya saben, eso de poner a trabajar a los actores delante de un fondo de color. Más tarde, con los ordenadores dejan la cosa impecable y nadie diría que todo se trata de un corta pega inmenso. Y le película luce entre tanta técnica elegante y rotunda.
Los tonos oscuros (grises y negros) prevalecen durante todo el metraje salvo cuando la acción tiene lugar en Esparta. Allí predomina el amarillo (casi dorado) iluminado y virado ligeramente para encontrar un contraste más contundente. Y, sobre esas tonalidades, destacan, de principio a fin de la película, las capas rojas de los guerreros espartanos. Snyder es fiel al trabajo de Frank Miller al presentar cada secuencia dentro de una gama de colores y matices que indican el camino seguro hacia la tragedia.
Con un vestuario y peluquería cuidadísimos y ese trabajo con el color para que creamos ver viñetas, Snyder nos arrastra desde el principio hasta el mundo que crea. Un solo tirón es suficiente. El que se queda fuera al principio tiene muy difícil poder entrar en el juego.
Utiliza el director un narrador (Dilios) para poder presentar la historia que quiere contar de forma verosímil. Los seres monstruosos que van apareciendo pueden, así, formar parte de la ficción del propio Dilios. A él se le encarga contar lo que vio en la batalla de las Termópilas por ser alguien con el don de relatar. Astuto, Snyder. En cualquier caso, aunque el narrador aparece, Snyder, no puede evitar pegarse mucho al punto de vista de Leónidas. Salva los muebles aunque a lo largo de la película está a punto de cometer errores irreparables. Astuto y hábil, Snyder.
La trama se ajusta bastante a lo que sucedió en realidad. Pero no importa. Porque la trama (un disparate total) se hace verosímil al instante. Esa es a magia del cine, esa es la magia del relato. Lo verosímil no tiene nada que ver con lo verdadero.
Todo se llena de ejércitos, de miembros amputados, de héroes, de villanos, de traición, de lealtad y honor, de amor. La fascinación es abrumadora en el espectador que se deja llevar. Todo se revela mítico. Aparece lo que echamos en falta hoy como esencia del hombre.
La película, además de batallas y mucha sangre, busca desesperadamente un fondo en el que repose el trabajo. No lo logra del todo. Trata de mostrar al ser humano lleno de valores, de lo que hemos perdido por el camino o terminaremos extraviando. Y no lo logra porque, como ya he dicho, todo llega con demasiado ímpetu, con demasiado artificio.
En fin, una película espectacular, rebosante de un dramatismo universal, realizada con técnicas exquisitas. Una gozada para el que mire.
No deben verla los pequeños. La violencia es extrema y se la pueden ahorrar. Y a los jovencitos se les debe avisar para que presten atención al fondo.
Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 10 2011

Tres reyes: De la esperanza a la majadería

Yo no sé qué es lo que pasa con algunos guionistas. Son un ejército los que trazan una buena trama, construyen diálogos más que aceptables y, llegado el momento, deciden que todo sea previsible, patriótico hasta la idiotez, que algunos de los personajes se descompongan en su bondad y los villanos, además de malos, queden convertidos en seres medio gilipollas.
Son poco los guionistas que se libran de esto ya que quieren trabajar. Y las reglas del cine actual son las que son. Pero no me explico la razón por la que el aspecto comercial se hace incompatible con las bondades de lo que el cine es y representa. Me parece una estupidez extraordinaria. De verdad. Todo debería caber, todo debería tener su propio espacio sin robar un milímetro del de lo demás. ¿No puede una película funcionar bien en taquilla sin llenarse de majaderías o convertirse en algo absurdo? Pues claro que sí.
Tres reyes es una película dirigida por David O. Russell y escrita por John Ridley. Se rodó en 1999 y podría haber sido una maravillosa muestra de buen cine. Pero, por supuesto, al igual que en la película ganan los buenos, en el proceso de creación ganan los dólares.
El guión va de más a menos, de mucho a casi nada, de lo inteligente a lo más ramplón y tosco. La evolución de los personajes es pequeña, corta e inverosímil. Casi tonta. En realidad, desde la mitad de la película en adelante, no pasa nada. Bueno, vuelan vehículos por los aires, caen aparatos desde el aire y llegan soldados volando por el aire en aparatos que no se caen. Mucho arroz para tan poco pollo. Una pena, porque las expectativas que se abren al comienzo son muchas y buenas.
La cosa va de cuatro soldados que se quieren apoderar de una millonada de dólares en forma de lingotes de oro. Son los que el ejército iraní sacó de Kuwait durante la invasión que derivó en una guerra corta y televisada. Para conseguir el botín se deben adentrar en territorio enemigo (la guerra ha concluido, pero el territorio iraní siempre es el del enemigo). Por supuesto, todo se convierte en lo que no debería ser. Pero (tranquilo todo el mundo) como los buenos son muy buenos y los malos lo peor de lo peor, la cosa se resuelve.
George Clooney, Mark Wahlberg, Ice Cube y Spike Jonze son los protagonistas. Entre tanta explosión, quedan medio escondidos. Cualquier actor de segunda fila hubiera defendido el papel sin problemas. La fotografía no está mal. La música tiene su gracia. El montaje está muy bien. Se introducen elementos (novedosos en el momento en que se rodó la película) que procuran cierta fragmentación en la narración buscando poder narrar pasados con una sola imagen o buscando explicaciones a lo que sucede sin recurrir a diálogos largos y aburridos.
Es verdad que la película es muy divertida. Algo exagerada en su medida (media hora le sobra como mínimo). Pero deja de serlo (divertida) si el espectador piensa sobre lo que le están endilgando.
Algunas de las escenas son muy violentas. Así que los niños lejos.
Por cierto, qué bonitos deben ser los lingotes de oro.
© Del texto: Nirek Sabal


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abr 28 2011

Banderas de nuestros padres

La guerra es algo terrible, un episodio que se repite cada cierto tiempo y destroza la vida de las personas, de pueblos enteros. En la guerra mueren personas, se destrozan objetos, cosechas enteras. En la guerra sobreviven personas, objetos y los campos (pasado un tiempo) vuelven a dar sus frutos. En la guerra hay vencedores y vencidos. Pero ¿es posible saber quién gana o pierde? ¿Es posible tener una vida normal después de combatir en una batalla viendo cómo mueren miles de hombres alrededor? ¿Es el fruto del campo lo mismo que fue cuando, ahora, se abona con miles de muertos?
Sobre esto reflexiona Clint Eastwood en su película Banderas de nuestros padres; sobre el desastre que siempre representa una guerra; sobre el precio que paga un país que batalla; sobre lo estéril que resulta algo tan grotesco como matar a seres humanos. Intenta Eastwood enseñar la cara más sucia de todo esto. Intenta explicar que la historia cambia, no por el valor de los guerreros, sino por el dinero que son capaces de generar para que la maquinaria no deje de funcionar. Porque el valor no lo es casi nunca. Es más el miedo lo que hace que se muevan los ejércitos que cualquier otra cosa.
El escenario elegido es Iwo Jima. El eje central de la narración la famosa fotografía en la que aparece un grupo de soldados elevando el mástil de la bandera norteamericana. Los personajes son los supervivientes de esa batalla, los grandes perdedores del conflicto, los que tuvieron que regresar para dedicarse a cualquier cosa porque la guerra les había arrancado lo que tenían. Héroes efímeros y olvidados con rapidez.
La crudeza con la que narra Eastwood la batalla se contrapone a la crudeza con la que narra la forma de vivir la guerra por parte del pueblo norteamericano. Todo se confunde; malos y buenos, héroes y villanos. La guerra parece un juego. Eso dimensiona el horror de forma espectacular en cada escena en las que no se escatima con el espectáculo, ni con los medios, ni con los esfuerzos técnicos. Y todo ello para dejar claro que las mutilaciones, el miedo, la cobardía, la confusión o la crueldad son los verdaderos generales en las batallas.
La película avanza y retrocede en el tiempo histórico modificando el punto de vista y, así, lograr que conozcamos la guerra individual de cada protagonista. Esto genera varias piezas de un puzzle que terminan encajando con exactitud. De este modo, además, los personajes se van desarrollando con firmeza para que la trama avance sin sobresaltos inexplicables.
Espectaculares las escenas bélicas. Sobre todo las que corresponden al desembarco del ejército norteamericano. El elenco defiende con dignidad sus papeles aunque, a decir verdad, ninguno de ellos entraña una dificultad excesiva.
El conjunto aparece como una película llena de reflexión (a veces con excesiva moralina alrededor) intentando desmitificar capítulos de la historia que fueron un verdadero horror. Tal vez excesiva en su medida ya que el director intenta explicar todo. Una pena, puesto que mucho de lo que aparece en pantalla se explica por sí solo y la intensidad expresiva se resiente con tanto dar vueltas al mismo asunto para que quede claro. Esto desarrolla cierta lentitud en el desarrollo argumental y una repetición de ideas que no aporta nada al conjunto.
En cualquier caso, se trata de una buena película, de la que se pueden extraer ideas interesante.
No conviene verla con niños cerca. Algunas de las escenas son extraordinariamente violentas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 27 2010

Escenas inolvidables del cine bélico (1)

Estas escenas se comentan solas. No hay nada que decir.
Senderos de gloria
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Apocalipse Now
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Salvar al soldado Ryan
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Cartas desde Iwo Jima
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dic 6 2010

Ciudad de Vida y Muerte: La lacra de lo que ya está contado

Cuando alguien se nos acerca y dice que tiene historias como para llenar una novela o hacer una película, se equivoca. El cine o la literatura son cosas muy separadas de la realidad. Los documentales o los diarios son las únicas formas de contar esas historias que tantas páginas llenarían. Empeñarse en agarrar algo de la realidad para contarlo tal y como es, no deja de ser un error disparatado si es que lo que se quiere es hacer literatura o cine. Otra cosa bien distinta es arrastrar una experiencia que hizo, en su momento, que la mirada del autor se modificara y la maneje para contar algo que le interesa. Me explico. Mi padre murió en la cama de un hospital. El padre de uno de mis personajes muere en el salón de casa. Yo no estaba presente en el momento de morir mi padre, pero mi personaje siente lo mismo que yo. Algo así.
El director chino Lu Chuan agarra un hecho histórico para contarlo. La invasión de la que fue capital provisional de China, Nanking. Allí se produjeron barbaridades de una categoría difícil de colocar en una escala. Pensar en ello pone los pelos de punta. Sin embargo, ver la película no pone los pelos, ni de punta, de al revés. Rodada en un blanco y negro que tiene que ver poco con lo artístico, el director revive unos hechos atroces sin saber qué es lo que quiere contar. Se queda a medio camino entre esa faceta histórica de la narración y la creación de unos personajes que deberían haber explicado esto desde un punto de vista mucho más atractivo que el que nos presentan. Suele pasar que un personaje colocado en una situación extrema se convierte en un muñeco vacío que se mueve impulsado por cualquier cosa excepto por sí mismo. Por tanto, poco pueden aportar en esas condiciones.
Me ha recordado excesivamente el cine de este hombre al de otros directores. Steven Spielberg está por ahí. Lo está Roman Polanski. Incluso se puede encontrar a Terrence Malick. Y está menos de lo que se podía esperar el propio Chuan. En el caso del primero, Chuan arrastra lo peor de un Spielberg que abusa de lo explícito justificándolo con una grandiosa puesta en escena, la presencia de una violencia que termina por sobrar. De Polanski un encuadre que intenta recrear en el arte algo horrible. Y de Malick esa llamada a la lírica mientras las balas silban o las mujeres son violadas de forma atroz.
Es verdad que Chuan intenta huir de algo muy facilón y que no es otra cosa que el mostrar a los japoneses como auténticos monstruos. A veces se le va la mano aunque se contiene bastante durante toda la película. La acción es tan estremecedora que el espectador no necesita mucho para entender que el hombre es una fiera salvaje cuando está en plena batalla, que los vencedores son trituradoras de personas sin pizca de compasión.
En cualquier caso, la película se desliza más hacia el documento histórico aunque el esfuerzo del director es grande al cuidar la fotografía y un movimiento de cámara poco histérico.
La película de carácter coral es dominada desde el principio por un punto de vista que busca la mayor objetividad posible. Pero se alternan modificaciones en el narrador que nos llevan a ver el mundo desde un personaje concreto. Es en esas ocasiones es cuando la película eleva el nivel expresivo y la intensidad narrativa. Al desaparecer, la propuesta se vacía y el conjunto, por tanto, es algo dubitativo.
Se deja ver la película. Poco más. Es sorprendente la cantidad de ruido que hizo y los premios y buenas críticas que cosechó. No sorprende tanto lo pronto que dejó de escucharse ese ruido. Tal vez sea porque lo que ya está contado puede sorprender desde la estética o desde algún territorio poco explotado, pero nunca desde la esencia. Y eso, finalmente, es una lacra enorme.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 11 2010

Senderos de gloria: Qué bien mueren los soldados

Una película bélica no tiene porqué estar llena de piernas cercenadas, cabezas rodando por la arena, cuerpos acribillados o explosiones que destrozan personas. Es muy posible que eso esté muy cercano a la realidad. No lo discuto. Pero no se trata de contar las cosas rozando el documental. El cine es mucho más que eso. Puede que cause un efecto demoledor en el espectador, que lo espectacular supere cualquier expectativa abierta, que nos estemos acostumbrando a esas cosas que se han convertido en una carrera ( a ver quién consigue los mejores efectos especiales, a ver quién consigue mayor realismo, a ver quién suma más bajas en menos minutos), pero el cine es otra cosa. Una cámara en movimiento, con el encuadre perfecto, sin una sola gota de sangre, puede mostrar mucho mejor lo que es un campo de batalla que cien kilos de dinamita y seis millones de extremidades repartidas por el escenario.
Stanley Kubrick es un genio. Eso por un lado. Senderos de Gloria es una obra de arte. Eso por otro. Es, posiblemente, la película de género bélico mejor rodada de todos los tiempos. El uso que hace el director de la cámara es, sencillamente magistral. La escena en la que el coronel Dax (Kirk Douglas) camina por las trincheras antes de lanzarse al ataque con su regimiento mientras las explosiones atemorizan a los soldados o la del consejo de guerra que se produce poco después de la batalla, son de una limpieza abrumadora. La tensión que el espectador va a sentir durante el fusilamiento del cabo Philip Pares (Ralph Meeker) y los soldados Maurice Ferol (Timothy Carey) y Pierre Arnaud (Joe Turkel) es desquiciante. La escena final en la que la soldadesca se divierte en una taberna es una de las más enternecedoras que recuerdo. Beben, gritan y ríen hasta que aparece una muchacha alemana que es obligada a cantar entre lágrimas (Christiane Harlan). No parecen dispuestos a escuchar, pero, poco a poco, van quedando en silencio y se unen en el canto. Ven el sufrimiento de la guerra en ella, en sí mismos. Dax que escucha desde fuera recibe la orden de volver al frente, pero le dice al sargento que les deje un rato más allí. Quiere que disfruten de su propia humanidad, la que perderán al entrar en combate poco después. La humanidad y la vida, puesto que la guerra es carnicera y arrasadora. La lírica de la guerra sin grandes aspavientos, a través de planos cortos y medios que nos muestran un desastre total en cada persona. Dicen que Kubrick era capaz de repetir una toma hasta la saciedad, hasta que le parecía perfecta. Una bendición para el cine.
Sin embargo, la secuencia más terrorífica de todas me parece otra diferente a estas que menciono. Los generales franceses, Mireau (George McReady) y Broulard (Adolphe Menjou), almuerzan en los salones de su cuartel general. Es casi obsceno el contraste entre las trincheras y el lujo que envuelve la escena. Dax aparece por allí porque ha sido convocado por Broulard. Le reciben con una frase lapidaria. Qué bien han muerto sus soldados. Se refieren a los ejecutados, a los soldados condenados a muerte por ser cobardes después de un consejo de guerra patético que no da una sola oportunidad a los acusados. Qué bien han muerto sus soldados. La distancia entre los hombres de las trincheras y el mando es infinita. Y lo peor de todo es que entre medias no hay nada. Ni alguien que ponga un punto de cordura, ni un plan que evite desastres, ni nada de nada. Aterrador.
Las película está basada en la novela de Humphrey Cobb, Paths of glory, escrita en 1935. Y el guión adaptado es espléndido. Huye de lo literario y se convierte en un excelente modo de evolución para todos los personajes. Antibelicismo y una pequeña luz de esperanza gracias a esa escena final en la que comprobamos que los hombres, finalmente, son lo que son. Seres humanos.
No exagero (creo) si digo que todo aficionado al cine ha de ver esta película para serlo del todo. No exagero.
© Del Texto: Nirek Sabal
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oct 24 2010

Un puente lejano. Inolvidables (7)

Cornelius Ryan escribió la novela A Bridge Too Far. William Goldman la adapto para el cine. Y Richard Attenborough dirigió la película homónima de la novela original. Una película bélica que no suele aparecer entre las favoritas de los que dicen entender de cine. Tal vez eso obedezca a a que; a pesar de contar con un reparto de auténtico lujo, un buen guión, medios técnicos más que suficientes, un sonido espectacular y una banda sonora magnífica (compuesta por John Addison); la película narra un hecho histórico pegándose mucho a eso (no intenta narrarlo de forma exacta, ni mucho menos) y no a la búsqueda de universos únicos, al uso de recursos narrativos que aumentan la capacidad expresiva de la imagen (por ejemplo, un silencio en medio de la batalla) o al uso de un discurso de los personajes que, francamente, los convierte más en filósofos de barra de bar que en hombres que van a morir poco después (sólo algunos lo han conseguido sin hacer el ridículo como, por ejemplo, Terrence Malick). Quizás sea por eso. No lo sé. El caso es que la película narra cómo una operación militar puede fracasar por la misma razón por la que un ejército cualquiera triunfa. La disciplina; no rechistar ante las órdenes de un superior; no decir lo que se piensa para no contradecir al de arriba. La misma razón para ganar una guerra que para perderla. ¿Cómo nos cuentan todo esto? Desde la estrategia, desde el despliegue de efectivos, desde los errores, desde las órdenes dictadas detrás de un despacho, desde los heridos. La guerra por dentro. Algo mucho menos amable que desde personajes extraordinarios o, incluso, desde el horror. Otra forma de contar, más selectiva. Me pregunto, siempre después de ver la cinta, qué es la guerra. Y la respuesta es la misma, siempre también. Es la suma de todas esas películas bélicas. Y me parece injusto que, cuando hacer cine es representar una realidad cualquiera desde un punto de vista determinado, se menosprecien algunas de ellas por esa razón (hablo pensando en películas de calidad y no de bazofias que encontramos en cualquier rincón).

Pocas películas muestran con tanta solvencia cómo la artillería apoya el avance de una columna de blindados, cómo el despliegue táctico en un ejército puede ser de una belleza pasmosa, cómo las casualidades son la misma guerra o cómo las creencias personales o la egolatría son factores determinantes en una batalla. Al fin y al cabo, los ejércitos son lo que son y no lo queremos que sean. No quiero decir con esto que Un puente lejano sea una especie de documental. No, no es eso. Porque es una película de cine y de las buenas. Con todo esto me refiero a esa zona del cine que se pega más a una realidad y deja de interesar a muchos.
El caso es que pocas veces podremos ver a un grupo de actores como el que forma el elenco de esta película trabajando juntos: Dirk BogardeJames CaanMichael CaineSean ConneryDenholm ElliottElliott GouldEdward FoxGene HackmanAnthony HopkinsJeremy KempRobert RedfordLiv UllmannMaximilian SchellHardy KrügerLaurence OlivierMichael CaineSean ConneryRyan O’Neal. La interpretación de Edward Fox sobresale sobre el resto aunque todos están muy correctos en sus papeles. Y un aviso importante. Pocas películas pierden tanto con el doblaje como esta. Hay que verla en versión original.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 23 2010

El puente sobre el río Kwai. Inolvidables (6)

Durante una guerra ocurren cosa crueles, insólitas, extrañas o inexplicables. Todo puede ser mientras hay miles de hombres dispuestos a morir y, más tarde, un vencedor.
Al acabar la Segunda Guerra Mundial. Los estudios de todo el mundo se lanzaron a filmar películas de género bélico intentando retratar el heroísmo de sus ejércitos. Casi siempre falsos. Por supuesto, los norteamericanos lograron el mayor número de películas (buenas y malas) y, con ello, los que más patria hicieron desde las pantallas de cine. Una de las más aclamadas en su momento (lo sería hoy del mismo modo puesto que se trata de una película enorme) fue El puente sobre el río Kwai. Un reparto de lujo y un presupuesto cósmico para la época (tres millones de dólares). Rodeada de polémica al ser sus guionistas (Michael Wilson y Carl Foreman) dos de los integrantes de las listas negras dictadas por Joseph McCarthy en los años cincuenta. Y por el monumental enfado del autor de la novela Le pont de la rivière Kwaï (Pierre Boulle) en la que se basó el guión de la película, al no respetarse el final y algunos aspectos que Boulle consideraba esenciales.
Lo que se narra en la película no se parece mucho a lo que sucedió en realidad. Lo que pasó con aquel puente es mucho más desastroso, mucho más prosaico. Pero en la película se trata de hacer patria como en casi todas las de esa época. Por eso el resultado final es una historia llena de hombres valientes, de honor sobresaliente, bien plantados, de buena planta a pesar de las calamidades que pasan, grandes amigos y cosas así. Bueno y de justificaciones. Antes, durante y después de una guerra, todo se llena de excusas. En cualquier caso, es una excelente muestra de lo que puede ser una película bélica. Contenida al relatar las zonas violentas, centrada en las motivaciones personales de cada personaje; con una fotografía cuidada y, por ello, espléndida; una dirección de actores (David Lean) que realza lo importante de esa unión entre actor y personaje que siempre debe estar; un guión rebosante de frases que hacen crecer a los personajes después de pronunciarlas y una banda sonora que incluye la mítica Marcha del Coronel Bogey (de no ser por eso pasaría desapercibida).
Durante la Segunda Guerra Mundial, un regimiento británico que ha firmado su rendición, es trasladado a una zona de Tailandia para construir un puente de ferrocarril. Al mando se encuentra el coronel Nicholson (Alec Guinness) convencido de que lo importante para un militar es, además del valor, la disciplina y acatar las normas. Se encuentra en el campo de prisioneros con el comandante Saito (Sessue Hayakawa) que entiende las cosas de un modo muy diferente y con el que tendrá un primer mes de enfrentamientos directos. La construcción del puente se retrasa por la falta de habilidad de los ingenieros y la poca colaboración de los británicos. Esto obliga a un acuerdo entre oficiales.  El comandante Shears (William Holden) logra escapar del campo para regresar formando parte de un comando especial que destruirá el puente que tiene como oficial jefe al mayor Warden (Jack Hawkins). En realidad, lo hace obligado puesto que usurpó la identidad del verdadero Shears, muerto en combate. Nicholson se toma tan en serio la construcción del puente que llega a olvidar que puede ser un acto colaboracionista con el enemigo y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Desvelar más detalles sería una pena.
La interpretación de Guinness es formidable. Creíble, compacta y sobria. Uno de los pilares de la película junto a la dirección. Pero lo que más me llama la atención de esta película (debe ser por la cantidad de veces que la he visto y que permite que fije en cosas pequeñas) es cómo se mueven en cada escena los extras. Parece increíble que siendo tan desastrosos, haciendo las cosas tan rematadamente mal, el conjunto no se vea afectado. Casi al comienzo de la película, al llegar los prisioneros al campo de trabajo, no dejen de fijarse en cómo desfilan. Alguien podría pensar que llegan en condiciones extremas y que fingen esos ademanes, pero no es el caso. Todo lo contrario. Se trata de un desfile de lo más marcial.
El puente sobre el río Kwai ha envejecido más que bien. Sigue siendo una película emocionante, con un punto reflexivo sobre la guerra y la misma vida, francamente, interesante. Ni se pasa en exceso haciendo buenos a los buenos, ni malos a los malos. Y sigue siendo una película que pueden ver los niños y los jóvenes aunque la cosa vaya de guerras. Mucho más inocente que cualquier telediario de la televisión. Quizás sea por eso inolvidable, por ser una película que soporta el paso del tiempo, por ser eternamente moderna. O porque cuenta las rarezas de la guerra desde un lado que casi tenemos olvidado. Desde los valores de las personas y no desde su zona oscura
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 12 2010

La delgada línea roja: Miles de guerras en cada batalla

La única forma posible de conocer las motivaciones, el estado de ánimo o cómo interpreta lo visto un ser humano, es tener acceso a su conciencia. Cualquier filtro (incluido el lenguaje) que aparezca, entre él y quien quiere saber, hace que la información pierda su pureza y obligue (no ya a creer) a una interpretación más o menos inexacta.
En cine o en literatura, el registro que nos lleva a ese pensamiento ordenado es el monólogo interior. Si escuchamos o leemos lo que un personaje se cuenta a sí mismo, podemos saber de él lo que ve, cómo lo ve, qué significado tiene, la razón por lo que hace una cosa u otra. Y lo más importante de todo, sabremos interpretar eso que dice en un diálogo poco después, un gesto que sin esa información sería uno más y, sin embargo, ahora es relevante.
El monólogo interior es lo que dibuja de forma definitiva al personaje, es lo que nos permite conocer el mundo de otro sin tener que trazar líneas que no nos corresponden.
Terrence Malick, después de una largas vacaciones que duraron veinte años, dirigió una película bélica a finales de los años noventa que sorprendió a todos por su calidad narrativa, por los registros utilizados, por el nivel técnico a todos los niveles y por la forma de presentar algo tan terrible como es una batalla. Cuando pensamos en la guerra pensamos, inevitablemente, en los ejércitos, en las armas, en las estrategias estudiadas y perfectas, en las tácticas militares de combate. Pensamos en algo ajeno y lejano a lo que el hombre es en sí (al menos debería). Sin embargo, nos olvidamos de las personas, las motivaciones que les llevaron a un campo de batalla o a no abandonarlo, sus sentimientos (sólo hablamos de valentía o coraje o miedo atroz. Sólo nos compadecemos de los soldados). Y olvidamos, también, un entorno que siempre está para dar o quitar con brutalidad. Con guerra o sin ella.

Malick intentó proponer una nueva poética (si es que existe) de la guerra; una nueva estética de la guerra (esa sí que existe). Eso es algo al alcance de muy pocos. Sólo lo consiguen los que saben que cualquier manifestación artística debe añadir al mundo una nueva forma de mirarlo. El resto repite, una y mil veces, un mundo ya conocido, sin aportar gran cosa o nada.
Hombres que se mueven gracias a su ambición personal, sin dudar un instante al enviar a cientos de personas hacia una sepultura llena de metralla que soporta la ambición personal. Hombres capaces de ver más allá del terror descubriendo que el mundo (desde que suena el primer disparo) mantiene una zona original que se separa del que vivimos guerreando y a la que pertenecemos aunque la abandonemos una y otra vez. Hombres convertidos en bestias salvajes. Hombres aturdidos, miedosos, enloquecidos. Hombres que viven agarrados a un mundo idealizado (el que dejaron al marchar) tan destructivo como el campo de batalla, tan cruel como el estallido de un obús. Hombres moviéndose por un escenario poderoso, hostil, invencible.
Un gran todo formado por cosas pequeñas, casi insignificantes.
¿Cómo consigue Malick que la percepción del espectador no sea la misma de siempre, cómo consigue que sobresalgan las cosas pequeñas? El hecho de poder escuchar unos versos de Walt Whitman no es suficiente. No deja de ser un detalle. Son los monólogos interiores, las voces construidas desde el pensamiento de cada personaje, y los constantes cambios en el punto de vista a medida que se desarrolla la trama. Eso es lo fundamental. Durante todo el metraje iremos viendo la guerra desde uno u otro personaje; aparecerán matices que convertirán la misma cosa en un cataclismo personal y colectivo o en el milagro de la vida de las plantas; la guerra podrá reducirse a un error personal que lleve a la muerte o al sufrimiento que produce ver morir un pájaro.

Malick acompaña todo esto con un guión (firmado por él mismo) magnífico. Cada frase hace que el personaje crezca. Lo acompaña con la partitura de Hans Zimmer acompasada con la acción desde la distancia precisa para no perder comba o sobresalir en exceso, sin alterar la imagen, sin perderse en tierra de nadie. Acompaña la fotografía de John Toll. Inmensa, majestuosa, elegante, profunda (de lo mejor de la película). Y, por su puesto, acompaña la dirección de actores (un grupo extraordinario) con la que logra resultados más que buenos. Adrien Brody es el que consigue una interpretación más discreta; Sean Penn está solvente y creíble; Ben Chaplin muy correcto; Nick nolte da una lección de contención a pesar de la histeria de su personaje; Elias Koteas interpreta el personaje más difícil de todos por estar alejado del cliché militar y lo hace muy bien; y Jim Caviezel se apoya bien en una interpretación tranquila, apoyada en los diálogos y la voz en off del monólogo. Además de estos, aparece John Travolta con un papel de poca importancia (está más para que crezca el de Nolte que para otra cosa). Y aparece George Clooney. En una sola escena, lo que le llevó a pedir que anulasen todo el material en el que aparecía y quitasen su nombre de los créditos. Había rodado mucho más material que en el montaje pago el pato de lo que fuera (ese pato es desconocido para mí). Por supuesto, no hicieron caso al bueno de George.
Creo que es de especial importancia el vestuario de la película. Generalmente, cuando pensamos en un film bélico pensamos en la sencillez del vestuario. Todos visten igual. Y puede ser verdad, no lo discuto. Pero en esta la cosa cambia. Es justo al revés. Todos parecen distintos. No porque los uniformes sean distintos sino porque la personalidad al vestirlo lo hace diferente.
Los personajes desembarcan en Guadalcanal, quieren ganar la batalla. Pero sobre todo quieren entender qué es lo que pasa a su alrededor. Malick les hace recorrer un camino terrible arrastrando el bien y el mal; el miedo, la locura, la idea de Dios. Les hace transitar un camino oscuro que les lleva hasta ellos mismos. Terminan sabiendo más de ellos. Terminamos sabiendo más del hombre y de nosotros mismos.
Una obra maestra.
© Del Texto: Nirek Sabal
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