ene 13 2014

La vida secreta de Walter Mitty: Perdido entre algodón de azucar

Desenfocada y algo perdida. Así resulta la película de Ben Stiller. Del todo curioso cuando la verdadera protagonista de la trama es una fotografía (concretamente un negativo perdido) y todo el trabajo, todo el conjunto que forma el producto final, se soporta sobre una excelente labor fotográfica. Stuart Dryburgh presenta un trabajo de excelente factura. El que escribe hacía mucho tiempo que no disfrutaba con algo de estas características.
Ben Stiller se pierde junto a su personaje, al personaje que él mismo interpreta. Walter Mitty sueña, a Walter se le va la cabeza entre imaginaciones extraordinarias que van configurando un universo a su medida. Y Stiller pierde la perspectiva con tanto juego entre ficción y realidad, con tanta sensatez mezclada con un surrealismo algo enlatado y manoseado, con tanto aderezo humorístico de una inocencia desproporcionada. Un texto (bueno) se convierte en una fábula -sin interés alguno- en el momento en que la perfección melosa y extravagante de un mundo se apodera de cada fotograma.
Además de la excelente fotografía, la película tiene cosas buenas. Si no fuera así, después de la gran inversión que se ha realizado, sería de juzgado de guardia. La banda sonora es muy atractiva. Escuchar a David Bowie cantando A Space Oddity ya es una garantía por sí msimo y merece la pena (un placer algo caro si va sólo y teniendo en cuenta el precio de la entrada). El montaje, aunque sin grandes novedades, resulta atractivo y ahorra al espectador parte de la trama que se haría pesada por innecesaria. La belleza plástica de una puesta en escena muy elegante, suma. Y algunos golpes humorísticos que hacen sonreír son de agradecer.
La Vida Secreta de Walter Mitty toca, tangencialemente, el dolor de la crisis, el dolor del desamor, el dolor de crecer y dejar la niñez atrás, el dolor de la soledad en una sociedad llena de idiotas que están a los mandos. Pero de refilón, sin querer encontrar problemas que rebajen el tono edulcorado de la película.
Ben Stiller no se anda con miramientos cuando ataca el mensaje principal. Todo es posible si uno lo quiere conseguir; el trabajo, cualquier vida, tiene su recompensa y la vida merece la pena. Les podrá parecer poco a alguno de ustedes. Y es que lo es. Poco y sobado.
Ahora sí, la película se deja ver. Conectando el modo voy a pasar un buen rato que para eso he pagado una pasta puede resultar entretenida. Pero ya les advierto que no deben desconectar el piloto automático. Un desierto de dudas se presentaría ante ustedes y cruzarlo no merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 23 2012

Sherlock Holmes (Juego de sombras): La chapuza disfrazada de esplendor

Las malas tramas detectivescas o policiacas siempre reposaron sobre algo tremendo. La falta de información. El que escribe deja de decir cuatro cosas fundamentales que aparecen al final del relato, justifica esa falta con una milonga que el lector o espectador se traga dado que el desenlace es rápido y explosivo; y aquí no ha pasado nada. El lector o espectador poco habituado a pensar sobre lo que le cuentan queda más que satisfecho. El exigente pide la devolución del dinero de la entrada o intenta encender la chimenea con las páginas impares. Pero no pasa nada. Incluso los exigentes repiten de vez en cuando. No deja de ser esto algo insólito y bochornoso. Es lo mismo que terminar el relato con un giro absurdo o sin él (con cara dura por parte del autor). Sin embargo, la cosa sigue funcionando bien. Sin embargo, el ser humano necesita ser engañado o probado por otra inteligencia para saber hasta dónde es capaz de imaginar, de prever lo imposible. El ser humano necesita cosas completamente absurdas. Sobre todo cuando necesita un momento de reposo respecto a la realidad.
Hay formas de maquillar este tipo de chapuzas. En el cine, los efectos visuales y especiales son la forma más rápida y efectiva de conseguirlo. Sherlock Holmes (Juego de sombras) es un ejemplo de cómo hay que hacer las cosas para que un desastre parezca que no lo es. Son tantos y tan espectaculares los efectos visuales; son tantos y tan bien conseguidos los efectos especiales; que el espectador no piensa en nada de lo que ofrece la película. Una imagen relentizada perfecta; un movimiento de la cámara y unos encuadres lejos de la histeria para que nos podamos recrear en cada escena, en cada toma; hacen que la vista mande sobre la inteligencia. Los sentidos aplastando a la consciencia. Nada nuevo aunque muy efectivo. Sumamos a esto las interpretaciones de Robert Doeney Jr. y de Jude Law (discretas aunque resultan convincentes porque se lo pasan bomba) y, tachán, tenemos una chapuza que parece no serlo, un paquete que te tragas sin darte cuenta.
El guión es un disparate y convierte al personaje principal en un payaso muy listo, en un híbrido muy extraño entre Superman y Aristóteles. Es previsible y remata cada asunto con una frase del tipo yo ya sabía esto por parte de Holmes. Claro, esto después de una persecución larga y espectacular, después de varias muertes, de explosiones o cualquier cosa que hace mucho ruido, pasa desapercibido. Pero lo malo de este tipo de trucos es que uno deja de ver la película y se pone a pensar. Eso es lo malo.
La puesta en escena es elegante y precisa, la ambientación exquisita y muy cuidada, el vestuario estupendo, y maquillaje y peluquería excelentes. Pero falla lo esencial y así no se va a ninguna parte.
Lo que cuenta la película es lo esperado. El malo, la encarnación del mal, es lo peor de lo peor entre los villanos. El héroe, Holmes, es listo, rápido, visionario. Su ayudante es el mejor de los amigos. Y el mal acaba siendo derrotado por el bien. Ni más ni menos. No por ello se hace pesado. La verdad es que uno se traga este tipo de películas con gran facilidad. Tanta como la que tiene el espectador medio para olvidar lo visto a los cinco minutos y medio.
Alguna de las frases que se escuchan son notables. Muy pocas. El resto no llevan a ninguna parte. Y las notables manejan ideas ya sabidas por cualquiera, pero que no está mal recordar.
Un rato frente a la pantalla evadido no es cosa mala en los tiempos que corren. Para eso puede servir este juego de sombras. Si busca algo más no lo encontrará.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 16 2012

Los vengadores: Épica, humor y acción

No podía ser de otra forma. La película dirigida por Joss Whedon es divertida, está llena de una acción deslumbrante, de algunos diálogos más que notables; y de actores estupendos que se creen lo que hacen, que se les nota disfrutar con sus personajes. Hay momentos en los que la carcajada del espectador no puede reprimirse. No hay que olvidar que un grupo de tipos (alguna señorita también) se visten con unos trajes completamente absurdos, se mezclan con seres interplanetarios que son una especie de dioses y se lían a guantazo limpio con los malos entre los que se encuentran seres extraterrestres. Si alguien quisiera hacer en cine algo serio con esto sería un auténtico loco. Todo se mezcla. Épica, humor y acción. Incluso algún asunto profundo. El diálogo entre la Viuda Negra y Ojo de Halcón es un ejemplo de ello.
La cosa podría parecer sencilla sin serlo. Alguien podría pensar que juntar a un grupo de superhéroes es garantía de éxito. Sin embargo son muchos personajes (hay que sumar alguno que no tiene nada que ver con poderes, martillos o escudos). Y muchos actores. Lo difícil es que alguno no sobresalga sobre otro o que alguno se quede en nada dentro del conjunto de la película. El director es muy hábil y consigue que cada uno tenga su puesto, sus momentos brillantes, sus frases bien construidas y sus chistes de calidad. Si añadimos que este grupo de profesionales se lo pasa bomba al rodar (se nota a la legua), el resultado, como ya he dicho, es fascinante. Lógicamente, no estamos hablando de gran cine aunque sí de muy buen cine.
No desvelaré nada de la trama. Ya saben los buenos son muy buenos, los malos son el mismísimo horror. Y se dan leñazos a base de bien. El final tampoco hace falta que se lo sugiera. Ya lo saben. Eso sí, diré que la historia está muy bien contada. Es posible que los aficionados al cómic partan con mucha ventaja con respecto a otro tipo de espectador. Pero no me parece que sea una película estrangulada en ese sentido. Si bien es verdad que un par de señores mayores aguantaron en la sala quince minutos (ni uno más), también lo es que mis dos hijos pequeños (tampoco han leído cómics de Marvel y son muy pequeños) aguantaron la película boquiabiertos y ya tienen superhéroe elegido para jugar a estas cosas del bien y del mal. Muy entretenida y, sin ánimo de exagerar, con un punto de emoción que no se oculta.
Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Mark Ruffalo, Samuel L. Jackson, Clark Gregg y Tom Hiddleston forman parte del reparto de la película. Están muy bien todos. Algo más torpe con las armas la señora Johansson. Debe ser que no jugaba con ellas siendo niña, pero tampoco está mal. Ni uno de ellos se dedica a perder el tiempo delante de la cámara. Uno llega a pensar que se creen superhéroes en algún momento delante de la pantalla. Y eso es de agradecer. Robert Downey Jr. es el que destaca algo sobre los demás aunque su papel es el más vistoso de todos. Todo hay que decirlo. El caso es que defienden sus papeles con gran credibilidad.
Es evidente que, dado que la película se carga de acción trepidante y luchas sin cuartel, los efectos visuales y especiales son de gran importancia. En este caso son, además, de gran calidad. Entusiasman a cualquiera por su perfección. El espectador, a pesar de la rapidez con la que se desarrolla cada escena, sabe lo que está sucediendo en cada momento. Las escenas son claras y dejan ver los movimientos sin formar barullos.
Maquillaje, peluquería y vestuario muy cuidados. La fotografía también aunque no sea, ni mucho menos, lo mejor de la película (creo que esto ya lo sabía medio mundo que iba a ser así).
Y, tal vez, lo más importante de todo. Aunque en este tipo de películas suele prevalecer la imagen, la puesta en escena (impecable, por cierto) y todo lo que tenga que ver con el espectáculo; el mensaje es especialmente agradable. La amistad, la identidad de las personas, el esfuerzo colectivo, la disciplina, la capacidad de sacrificio y alguna cosa más que aparece de forma tangencial, se manejan durante todo el metraje como elementos fundamentales si se quiere triunfar, si hay que pelear por algo importante. Traído desde los cómics es un mensaje que nunca falta en estas producciones de Marvel y se agradece mucho que así sea.
Más de horas de cine. Más de dos horas de diversión. Una película para todos los públicos. Una opción estupenda para pasar la tarde en el cine. No se la pierdan. Es posible que soporte mucho peor el formato casero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 19 2012

La Reina de África: Barcaza Movie

Un buen director de cine, al igual que un buen escritor, debe necesariamente saber contar buenas historias, y aunque las herramientas puedan ser distintas, al final, el resultado debe ser el mismo; una historia creíble, verosímil, que enganche y que una vez terminada la última línea, la última imagen, nos dejen el buen sabor de lo contado y que, eso visto o leído nos modifique en algo.
La diferencia entre los buenos y los malos, escritores o directores de cine, creo, estriba en buena parte, en eso. Por eso podemos decir que John Huston era un excelente director de cine.
La reina de África es una de esas películas que no dejan indiferente a nadie.  Protagonizada por Humphrey Bogard y por Katherine Hepburn. Este tándem se comía la pantalla con su sola presencia, con la interpretación de dos personas absoluta y radicalmente distintas, el capitán de un barco, un tanto pendenciero y borrachuzo, Allunt, y Rose, una misionera, malencarada y amargada que, obligados por las circunstancias, van a tener que convivir, en el escaso espacio de una barcaza, La reina de África, para escapar de los alemanes durante la primera guerra mundial. Juntos huirán por el río. A lo largo de camino, mientras viven las más asombrosas aventuras, las relaciones personales de dos sujetos absolutamente antagónicos evolucionarán hasta aproximarse tanto que, uno y otro quedarán rendidos por el amor.
Una de las excelencias de la película es, precisamente, la configuración de estos dos personajes, porque Huston nos muestra a dos seres que ya no son jóvenes, que se encuentran rodeados de mil calamidades, sucios, ásperos y, sin embargo, nos los transforma en entrañables cada minuto que va avanzando la película gracias a los estupendos diálogos que se suceden entre sus protagonistas. La química entre los actores es increíble y eso traspasa la pantalla  gracias también, a la maravillosa fotografía de Jack Cardiff.
Con  los años,  esta película no ha perdido un ápice del atractivo que pudo tener en su momento aún cuando, como es lógico, la película tenga que ser vista partiendo de la base de que fue rodada hace más de sesenta años.
Por esta película Humphrey Bogart recibió el Oscar al mejor actor y Hepburn fue nominada como mejor actriz, sin que llegara a recoger la estatuilla. Algunos puristas consideran que estas dos actuaciones no fueron las mejores de estos actores, pero el caso es que, uno junto al otro, crecieron enteros enormes.
Hay multitud de anécdotas alrededor de la filmación de esta película y Katherine Hepburn (una de mis actrices favoritas, la que mejor supo lucir los pantalones de talle alto, las más elegante, divertida y estupenda de las actrices), cuenta en sus memorias infinidad de anécdotas del rodaje (les recomiendo que lean las memorias de la Hepburn, son estupendas). Una de ellas cuenta cómo todo el equipo de rodaje enfermó de disentería menos Bogart y Huston porque no bebieron agua en  ningún momento, cuenta con increíble sentido del humor como Huston no tenía interés en rodar en África y como aceptó la dirección de la película porque quería ir de safari, ni más ni menos.  Pero el caso es que fuera por lo que fuera, tuvimos la enorme suerte de que el gran director dirigiera una de las auténticas joyas del cine de todos los tiempos.
De vez en cuando no está mal retomar este tipo de películas de aventuras. En este caso una road movie sobre una barcaza, que nos traslada al continente africano. Películas en las que los  monstruos del cine lo eran de verdad. Puede que por eso, porque eran verdaderos dioses del cine, el paso del tiempo los mantiene igual de magníficos, no envejecen nunca.
Si no han visto La reina de África, no saben lo que se pierden.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 18 2012

Mogambo: Triángulo amoroso en la sabana

Podría empezar con un Once upon a time porque hubo un tiempo en que el cine, el buen cine, se nutría de historias, de buenas historias y de monstruos de la interpretación que actuaban para la gran pantalla. Clark Gable, Ava Gardner o Grace Kelly, entre muchos otros. Pero podría también empezar con aquello de Once upon a time porque la censura de un país cambió diálogos y parentescos de los personajes de una película para que una historia sobre las pasiones amorosas (Mogambo significa pasión en swahili)  se diluyera hasta quedar en una historia sobre las dudas, los celos y el enfrentamiento por amor, en el incomparable marco de del continente africano
Eso que ahora les cuento es lo que ocurrió con Mogambo, película que en 1953 rodó John Ford.  Victor Marswell (Clark Gable), cazador, es el propietario del pequeño hotel África y organiza safaris. El matrimonio (transformado por censura española en hermanos para evitar el espinoso adulterio de la película), formado por el zoólogo Donald Nordley  (Donald Sinden) y por Linda (Grace Kelly), se trasladan hasta África para que el doctor investigue sobre la conducta de los gorilas. En el hotel, el matrimonio coincidirá Eloise Kelly (Ava Gardner) una mujer instalada en África para cambiar su vida. El matrimonio Nordley , de lo más insubstancial y aburrido, se tambalea cuando Linda se enamorará irremediablemente de Marswell quien, por el gusto de lo prohibido empieza a sentirse atraído por la esposa del zoólogo. Sin embargo, el triángulo está servido porque la presencia de Eloisa (Gardner), no es cualquier cosa, sino la de una mujer apasionada. El triángulo amoroso de esta película de aventuras y safaris -en la que los animales no son los que se utilizan de attrezzo en las bellísimas escenas del metraje, sino que lo son los humanos que interpretan a los tres personajes que entre intrigas, celos y amores desenfrenados- intenta llevar adelante su vida.
La película se sostiene sobre las dos actrices: Kelly que encarna la dulzura, la ingenuidad aparente; y Gardner la sensualidad, la chispa. El punto de conexión entre ambas es el macho alfa –Gable- que no es más que un elemento en el que se apoyan la dos actrices para mostrar las posturas de dos mujeres que se enfrentan entre ellas y consigo mismas por el amor a un hombre.
Mogambo es una de esas películas de aventuras intemporales, de la que se dice que su director tuvo muy poco interés por ella, pero lo cierto es que, lo tuviera o no, el resultado fue una película con una fotografía estupenda; la sabana africana da para eso y mucho más; y una historia que, si bien hoy puede parecernos antigua y un tanto ñoña, no ha pasado de moda. Los triángulos amorosos han existido siempre y existirán nos pongamos como nos pongamos.
Una película estupenda a la que yo sólo le veo una pega, el final, sí, pero eso que lo decida cada uno.
© Del Texto: Anita Noire


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feb 16 2012

War Horse: Modern Rin Tin Tin

Steven Allan Spielberg es un hombre dedicado a dirigir películas de cine. De las malas. Es muchimillonario a costa de endilgar bodrios largamente aplaudidos y elevados a los altares de la historia cinematográfica por críticos que deben saber de cine bastante poco. Suele abusar de la lágrima fácil, de los guiones aburridos y simplones, de actores desconocidos y fatales, de grandes medios técnicos desaprovechados y de una desesperante forma de contar las cosas. En War Horse bate cualquier registro anterior y se pierde dando vueltas a la misma cosa de principio a fin. En realidad, es necesario puesto que, si se limitara a mostrar lo justo, la película, en lugar de aburrir durante casi tres horas interminables, duraría unos quince segundos. Quizás algo menos.
La cosa va de un caballo muy listo criado por un chaval todo corazón. La vida, que es muy mala cosa, les separa. Pero, después de grandes padecimientos, aventuras, muertes y bla, bla, bla; el destino une a caballo y jovencito bondadoso. Como colofón, caballo, joven, padre y madre, se reúnen en casita a la luz del atardecer (escena muy de Lo que el viento se llevó; esa en la que la protagonista jura que no volverá a ser pobre o algo parecido). La emoción llega en esta escena acompañada de una música pretenciosa. Es decir, de emoción nada. Nada de nada, como el montón de minutos desperdiciados por el espectador que no sabe como colocarse en la butaca para aliviar sueño, cansancio mental y diversos daños irreparables en su inteligencia.
Es verdad que Steven Allan Spielberg nos ahorra esas dosis de horror y vísceras con las que nos enseña la guerra habitualmente. Aquí se limita a cambiar un perro por un caballo, al cabo Rusty por otro joven blandito que tendrá que emplear lo que ha ganado visitando una buena escuela de interpretación; y se queda tan fresco.
Técnicamente, la película no está mal. Pero siendo tan aburrida, ni siquiera eso la salva mínimamente. El vestuario está muy bien trabajado y las ubicaciones exteriores también. El resto es un auténtico desperdicio de dinero. Debería estar prohibido ser tan derrochón con la pasta tal y como está el patio.
Rin Tin Tin era mucho más divertido. Y el perro era de carne y hueso. Y la escena de Lo que el viento se llevó más conmovedora. Y todo es más que este paquete.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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nov 27 2011

13 Asesinos

13 asesinos es un remake de la película de Eiichi Kudo titulada Jusan Nin no Shikaku. Cuenta la historia de un grupo de samurais que se deben enfrentarse a la muerte casi segura para que la paz del Japón feudal del siglo XVIII quede intacta. Paz que, por otra parte, les dejó vacíos de sentido puesto que la vida del samurai no tenía mucho que ver con ella. Aunque es una película muy distinta y muy distante a Los siete samurais de Akira Kurosawa, claro referente en este tipo de cine, 13 asesinos aborda asuntos parecidos incluyendo referencias a a película del genio japonés.
La trama se separa en dos con claridad. La primera parte explica lo que sucede en la segunda incluyendo costumbres y filosofías de los personajes. Una masacre total (eso es lo que sucede después) no se mantiene en pie sin una explicación previa. Takashi Miike (director) lo sabe y no racanea con los detalles. Después de rodar más de ochenta películas es normal que sepa dosificar la información y los tiempos. En esta primera parte, las reflexiones de los personajes tienen cierta importancia.

Quien valora su vida sabe morir como un perro. Me habéis confiado vuestras vidas. Las sacrificaré a mi antojo, dice Shinzaemon, el principal de los samurais que forman el grupo de trece que da título a la película.

Toda la primera parte se encuantra salpicada de frases importantes, de diálogos bien construidos. El ritmo es pausado y los detalles son abundantes. El samurai queda retratado bien.
La segunda parte de la película se llena de sangre, de una acción trepidante. La batalla está filmada muy bien. Lo que va sucediendo se cuenta con detalle, con gran parsimonia entre explosiones, muertes a cuchillo, flechas por el aire, cabezas rodando por el suelo y carreras. Todo es una locura aunque no hay confusión para el espectador. Es emocionante.
13 asesinos es una película que explica bien la decadencia de los samurais sin ser una muestra histórica exacta. Explica bien la mentalidad del japones del siglo XVIII. No es un atlas aunque sirve de pequeña referencia. Muy entretenida (la primera parte es algo más pesada). Una buena película.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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nov 13 2011

Apocalypto: La gran injerencia del cristiano

Lo peor que le puede ocurrir a un autor es que, con la excusa de hacer ficción, se le vea el plumero. Es decir, cargar ideológicamente una obra sin justificación alguna, convertir el relato en sostén de lo que uno piensa aunque eso no quepa. Maquillar el mensaje para que parezca otra cosa cuando la razón de contar sea difundir una idea personal, es muy peligroso. A eso se le llama injerencia. La narración va por un lado, pero el autor se afana por dejar claro lo que piensa al precio que sea. Aunque su obra se vacíe por los cuatro costados.
Apocalypto es una película dirigida por Mel Gibson. Cuenta la historia de un individuo maya medio bueno que es arrancado de su aldea por otros mayas muy salvajes cuando estos llegan buscando prisioneros para que sean, bien vendidos como esclavos, bien sacrificados por los sacerdotes de una gran ciudad en la que se pide a los dioses que las cosas vayan mejor. Es tal el despropósito histórico que presenta Gibson que es mejor pasar por alto el nombre de ciudades que ya estaban deshabitadas en ese momento, idiomas (en esta películas todos hablan el mismo) o cualquier dato que nos hiciera pensar en la verdadera cultura maya. El caso es que se produce un eclipse (justo cuando llega el turno de morir a nuestro maya medio bueno) que es tomado por los sacerdotes como señal inequícova para dejar de hacer sacrificios. Pero los captores acabarán con él si no lo evita. Y, cuando los malos llegaron a su poblado, dejó a su mujer y a su hijo dentro de un pozo. Hay que rescatar a la familia. Más o menos. Y todo esto ¿para qué se cuenta? Pues para mostrar la llegada de los españoles a bordo de sus naves, para mostrar que la civilización cristiana fue la única posibilidad de libertad para los indígenas americanos (última y breve escena final). Ese estado salvaje en el que se encontraban sólo podía ser mejorado con una cruz, una espada y la viruela. Ese es el objeto de la película. Si hubiera querido el director retratar la cultura maya se hubiera ceñido a los datos históricos más básicos. Si hubiera querido contar las aventuras del protagonista se hubiera ahorrado (y al espectador) escenas de una crueldad infinita (nada, poca cosa, corazones arrancados en vivo, cuerpos mutilados y esas cositas). Parece que Gibson le ha cogido gusto a eso de mostrar sangre y vísceras con la excusa de esto ha pasado de verdad.
Aparte de esa injerencia que destroza el trabajo, ¿cuenta Gibson bien la historia? Pues no lo hace mal del todo. El problema es que esa trama es un disparate absoluto. Yo no recuerdo un héroe de ficción con más suerte que este maya medio bueno. Todo lo que va sucediendo se ajusta con exactitud a las necesidades del personaje. Por ejemplo, corre durante un minuto delante de un felino asesino sin que le alcance. Imposible. Sencillamente imposible cuando arrancan casi desde el mismo lugar. Se produce un eclipse justo cuando le van a sacrificar (vale). El eclipse dura veinte segundos (en fin). Pasados unos minutos la luna que se ve a pleno día en el cielo no corresponde con la que tendría que lucir (esto es lo que hay). Y, mientras, los mayas van recibiendo golpes de todos los colores, mordiscos de felinos, picaduras de serpiente y un largo etcétera con todo lo que puedan imaginar. Gibson nos lo presenta con todo lujo de detalles. Claro, si te dan un palo en la cabeza sale mucha sangre de allí. Pues nada. Que sea a chorros, pensó Gibson.
La música es un desastre descomunal. Cualquiera que tenga un mínimo de conocimientos se llevará las manos a la cabeza. Pero no pasa nada. Porque, entre flechazo y cabeza cortada lanzada por unas largas escaleras, no te enteras de nada. Vestuario y maquillaje son de las pocas cosas que se salvan. Eso está francamente logrado.
Y todo este despliegue de casquería para decirnos que el cristianismo es grande sin que se note mucho la intención. Una pena, porque la idea era estupenda y este director que sabe lo que es el ritmo narrativo podría haber logrado una gran película. Debe ser que le sobró sangre de su anterior película. Sí, esa en la que nos enseña la carnicería que se hizo en Galilea, La Pasión de Cristo.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 9 2011

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio

Los que hemos crecido leyendo los cómics de Tintín celebramos la llegada de esta película firmada por Steven Allan Spielberg con alboroto y entusiasmo. Hemos ido al cine ilusionados y, seguramente, todos hemos regresado a casa satisfechos. Digo seguramente porque alguno habrá levantado la ceja pensando que Tintín es otra cosa; que el carácter de los personajes es distinto en la película que en las viñetas de Hergé, que el mundo que representa un cómic está menos encorsetado puesto que la imaginación del lector puede manejarse con mayor soltura. Y no deja de ser cierto. Pero la película presenta un despliegue técnico de tal categoría que deslumbra a cualquiera que se sienta en la butaca de la sala de proyección. La puesta en escena es espectacular y logra que el mito de Tintín se tambalee lo mínimo. Por otra parte, lo que cuenta la película (al ser mezcla de viñetas de diferentes historietas) tiene su punto de originalidad incluso para los que conocemos bien la obra de Hergé. Todo lujo de detalles sobre el mundo de Tintín, todo lujo de detalles técnicos que hacen agradable la película; eso es lo que ofrece el trabajo de Spielberg.
Los personajes, aunque sobradamente conocidos, van creciendo durante el metraje sin dificultad. El director los trata como si fueran perfectos desconocidos y eso ayuda mucho a que el progreso se produzca con buen ritmo. Es verdad que Spielberg no puede evitar algunas elipsis en la narración que pueden ser una traición a esta estrategia narrativa, pero no se convierten en gran problema. Podríamos decir que se le puede perdonar (en este caso y sólo en este caso). La correlación entre ritmo narrativo y el progreso de los personajes es aceptable. Un ritmo que, por cierto, es algo más pesado al comienzo y se dispara de forma un poco alocada finalmente. Porque al principio se desarrollan los perfiles de Tintín, Milú y Hernández y Fernández, dejando el terreno preparado para la aparición del Capitán Haddock. Y, a partir de ese momento, todo se convierte en una gran y veloz aventura que deja pasmado a cualquiera.
La factura de la película es excelente y los intentos de Spielberg por arrimarse al fondo del original son de agradecer. Poco más. No encontramos un sentido claro en la película salvo el de hacer una cifra en taquilla que quite le respiración. O el de entretener. Pero el cine no es sólo espectáculo. Debe ser algo más. Y no por ser la adaptación de un tebeo se pueden manejar licencias que en cualquier otra película serían consideradas un fraude. Por ejemplo, esas elipsis de las que hablaba, las que ayudaban en algunos aspectos se sostienen sobre una falta de información clamorosa e irritante. La película se llena de cabos sin atar de principio a fin. Se dan por sabidas cosas que son fundamentales. Y eso no puede ser. Del mismo modo que los personajes son tratados como desconocidos, la acción salta de un lugar a otro dando por hecho que eso que no se cuenta ya lo debe conocer el espectador. Y si no es así, da igual. Spielberg juega a maquillar este terrible error con el uso de una técnica abrumadora y escenas de acción que no dejan pensar a nadie. Una película -sea adaptación o no- debe funcionar de forma autónoma respecto a lo que ya existe; tenga que ver o no con ello. El espectador echa en falta cierta profundidad en lo narrado. Todo lo bueno de la construcción del personaje se convierte en un nefasto uso de la técnica narrativa y destroza lo que de cine pudiera tener la película.
Un producto carísimo, una máquina de hacer dinero que tiene como último sentido entretener. Es decir, una película más.
Pero a eso hemos ido al cine muchos. Y, seguramente, repetiremos con las copias en formato DVD. Porque nos gusta Tintín, porque necesitamos divertirnos. Pero cuando queramos disfrutar del buen cine buscaremos otras alternativas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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