13 asesinos es un remake de la película de Eiichi Kudo titulada Jusan Nin no Shikaku. Cuenta la historia de un grupo de samurais que se deben enfrentarse a la muerte casi segura para que la paz del Japón feudal del siglo XVIII quede intacta. Paz que, por otra parte, les dejó vacíos de sentido puesto que la vida del samurai no tenía mucho que ver con ella. Aunque es una película muy distinta y muy distante a Los siete samurais de Akira Kurosawa, claro referente en este tipo de cine, 13 asesinos aborda asuntos parecidos incluyendo referencias a a película del genio japonés.
La trama se separa en dos con claridad. La primera parte explica lo que sucede en la segunda incluyendo costumbres y filosofías de los personajes. Una masacre total (eso es lo que sucede después) no se mantiene en pie sin una explicación previa. Takashi Miike (director) lo sabe y no racanea con los detalles. Después de rodar más de ochenta películas es normal que sepa dosificar la información y los tiempos. En esta primera parte, las reflexiones de los personajes tienen cierta importancia.
Quien valora su vida sabe morir como un perro. Me habéis confiado vuestras vidas. Las sacrificaré a mi antojo, dice Shinzaemon, el principal de los samurais que forman el grupo de trece que da título a la película.
Pocas veces he salido tan emocionado de una sala de proyección. Era, tan sólo, un niño. El hombre que pudo reinar de John Huston. Quizás uno de los recuerdos más nítidos de mi niñez. La experiencia de vivir las aventuras de Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine) hicieron casi imposible que dejara de jugar a ser un sargento del ejército británico durante una larga temporada. Es verdad que, en aquel momento, no entendí qué era eso de la masonería, el vínculo que se creaba con Alejandro el Grande y algunas frases que decían los protagonistas. Era difícil que un muchacho de once o doce años se enterara de esas cosas. El guión nacido de la novela de Rudyard Klipling (personaje de la película interpretado por Christopher Plummer), aunque excelente, incluye algunas frases muy literarias. Me temo que detrás del resultado final se esconde un afán importante por ceñirse al texto original. Pero todo aquello no me causó el más mínimo probema. Lo que me habían contado era algo parecido a lo que soñaba con vivir, a lo que soñaba con narrar yo mismo algún día.
La película de Huston es impresionante. Es cine del bueno, del auténtico. Connery y Caine interpretan de forma magistral a los dos suboficiales británicos que llenos de ambición, de arrogancia y de valor, dedicen conquistar un país y convertirse en reyes. Ellos solos. Consiguen una credibilidad abrumadora. Los escenarios están perfectamente elegidos (la película se rodó, en su mayor parte, en Marruecos y en Chamonix). La partitura firmada por Maurice Jarre acompaña a los protagonistas perfectamente y, aunque no es una banda sonora de esas inolvidables, es muy efectiva al derramar carácter británico en cada secuencia. Creo que fue la primera película que vi con final trágico. Estaba acostumbrado a soportar las películas de Walt Disney que eran dramáticas en su desarrollo, pero felices en el desenlace. O lo que es igual, acostumbrado a las películas del gran psicópata del cine, del mayor torturador de mentes jóvenes y personajes propios. La cantidad de padres y madres muertos en esas películas, la cantidad de tragedias impensables que tuvimos que vivir y siguen soportando los niños de todo el mundo.
La película de Huston cuenta cómo Daniel Dravot y Peachy Carnehan (sargentos del ejército británico destacado en la India) entablan relación con Rudyard Klipling (corresponsal del períodico The Northeen Star). Los militares son unos rufianes ambiciosos, caraduras y bien plantados. Firman un contrato entre ellos, con Kipling como testigo, en el que dictan las normas a seguir mientras conquistan un país al norte de India para coronarse reyes. Los tres son masones. Comienzan su viaje y una serie de acontecimientos hace que confundan a Dravot con un Dios en el territorio en el que quieren reinar. Alejandro el Grande ya fue tomado por tal mucho antes. Dravot sería su hijo. Esto hace que el militar quiera quedarse en el trono (la idea era agarrar el botín y regresar), que modifique su actitud incluso frente a su compañero de viaje, que se confunda entre tanto poder. Aunque supongo que serán pocos los que no hayan visto la película, lo dejo aquí. Por si las moscas.
El guión de la película es sensacional. Es una excelente adaptación de la novela de Kipling titulada The Man Would Be King. Las interpretaciones de protagonistas y secundarios maravillosa (Saceed Jaffrey en su papel de Billy Fish está más que bien). El conjunto es emocionante, muy divertido, gracias a un ritmo narrativo perfecto producto de un montaje exquisito. Pero, sobre todo, es una película de cine imposible de olvidar. Durante nuestra vida, podemos ver un número muy importante de ellas. Unas las colocamos en la sección “Buena película”, otras en “entretenida”, muchas la etiquetamos como “castaña”. Sólo unas pocas (poquísimas, piense en ello) las dejamos colocadas en un lugar especial que podemos llamar inolvidable u obra maestra. Y son menos las que nos cambian la vida. Películas como El hombre que pudo reinar son de estas últimas para el que escribe. Descubrir que hay una ventana por la que se puede mirar el mundo, distinta de todas las demás, una ventana por la que sólo los privilegiados pueden echar un vistazo para enseñar lo que ven después, dinamita la vida de cualquiera. Quizás sea uno de mis primeros recuerdos nítidos porque el día que salí de aquella sala tuve claro lo que terminaría siendo en la vida. Y, sobre todo, lo que nunca llegaría a ser. Dios.
Bien saben los que me conocen que si algo me parece terrible para un autor (da igual si es literario, del mundo del cine o musical) es que no pueda resistir el impulso de imitarse a sí mismo. Una cosa es tener un estilo propio bien marcado. Otra bien distinta es contar lo mismo, de la misma manera y con los mismos materiales narrativos. Esas cosas se intentan camuflar, generalmente, eligiendo temas muy grandes o mitos enormes que deberían tapar el autoplagio, pero, casi siempre, es peor el remedio que la enfermedad porque el autor se carga el tema, el mito, su película, su reputación, y a sí mismo. Ridley Scott es Ridley Scott y nos ha hecho descubrir algo terrible. Ahora ya sabemos que Robin Hood es el mismo personaje que aparecía en Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe. Por cierto, Crowe es Crowe y ha colaborado para que nuestro descubrimiento se produjera echando muy pocas ganas al asunto.
Les garantizo que las películas son muy parecidas. Mucho. Las similitudes son tantas como perjudiciales. Brian Helgeland, el guionista, se ha lucido. Y Scott se ha lucido. Pero el problema de ser una película ya vista la convierte en previsible, aburrida y prescindible. Desde el principio sabemos qué va a pasar, quién morirá, quién se enamorará. No se le escapa un detalle al espectador.
El reparto defiende como puede la bazofia que les entregó un Scott pletórico al decir que esta versión de Robin Hood sería memorable. Eso sí, bazofia envuelta en dólares y más dólares. No es que estén especialmente mal los actores, no, pero eso de repetir las cosas parece aburrido. Crowe imita a Crowe. Oscar Isaac imita a Joaquin Phoenix. Y, así, sucesivamente.
La gran novedad que presenta la película es que focaliza la acción en el periodo anterior al que nos tienen acostumbrados. Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Aún no es el ladrón que robaría a los ricos para repartirlo entre los pobres poco después. Está llamado a ser un gran héroe pero, el rey Juan (sucesor de Ricardo) le convierte en traidor y perseguido después de un ataque de celos reales. No diré más sobre la trama por respeto a los que tengan intención de ver la película aunque me dan ganas por si puedo evitarlo. En cualquier caso, si han visto Gladiator ya saben qué pasará.
Un último aviso. Las escenas bélicas son lamentables. Por aburridas, porque no dejan ver lo que pasa y porque nunca sabemos quién está dando matarile. Lo intuimos, pero sólo eso.
Y no voy a gastar un minuto más de mi tiempo en esta castaña pilonga. Queda dicho.
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