dic 23 2013

The Berlin File: Bourne con los ojos rasgados

Bourne ha dejado una enorme huella en el cine de espionaje. Fue una forma de narrar con personalidad propia, muy efectiva y más que suculenta. Tanto es así que muchos tratan o tratarán de arrimarse a esta forma de hacer cine buscando un hueco en las pantallas.
Ryoo Seung-wan es un director surcoreano que quiere hacer cosas y procura hacerlas bien. Sabe mover la cámara para que esté, siempre, en un lugar privilegiado; sabe aprovechar los medio técnicos hasta exprimirlos. Pero escribiendo guiones es bastante más normalito. Al menos, todo esto es lo que se deja ver tras The Berlin File. Aunque intenta solucionar lo farragoso del relato con un montaje que va y viene en el tiempo narrativo (respetando los tempos bastante bien), no logra evitar cierta confusión en el espectador. Es necesario no confundir lo complejo con lo confuso. Esta no es una película compleja. Es confusa, un auténtico lío en algunos tramos de la narración. Las escenas de acción -muchas de ellas- son espectaculares y están muy bien rodadas. Las coreografías son exquisitas aunque los occidentales tendremos algún problema para poder reconocer a los personajes vestidos (todos) de negro (a ellos les pasa lo mismo con nosotros, que nadie se alarme) por lo que hay que estar muy atento a la pantalla.
Los villanos se mueven gracias a motivaciones que recuerdan mucho a las de los malísimos contra los que luchaba James Bond. Aunque, en realidad, en esta película todos son villanos. Por una cosa u otra todos lo son, algo que aporta un sabor especial a la película.
Uno de los problemas del guión es la gran cantidad de ingredientes que utiliza el director. CIA, servicios secretos surcoreanos; los norcoreanos, también; los judíos que aparecen por allí repartiendo de todo menos madalenas, la policía alemana que nunca está, comandos árabes, un traficante de armas ruso. En fin no falta nadie y eso hay que saber manejarlo para que la cosa salga bien.
A pesar de todo, a pesar de contener secuencias casi idénticas a las de Bourne, a pesar de tener que dar explicaciones cada tres minutos para que el espectador se entere de lo que sucede; The Berlin File termina funcionando razonablemente bien. Los actores no hacen gala de lo que en occidente entendemos como histrionismo y se agradece, la trama se cierra con corrección (huele a secuela) y toma sentido, por lo que se perdonan los errores que no son pocos. Esta es una película de entretenimiento con una trama superficial y previsible. Otros trabajos que arrastran algo así son tachadas de paquete inmediatamente y con razón. The Berlin File se libra por los pelos si consideramos lo bueno (que es bastante).
De lo tendenciosa que resulta con los norcoreanos, a los que pinta como si fueran demonios; con los árabes que se representan como un grupo de locos armados; con los israelitas que se dibujan desde el egoísmo y la falta de solidaridad o con los los chicos de la CIA que aparecen como vulgares y fantasmas; de eso no hablamos por no empeorar las cosas.
Película entretenida que no soporta un análisis narrativo serio, bien dirigida y soportada sobre un guión confuso. Técnicamente impecable. Una opción como otra cualquiera para pasar la tarde.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 27 2013

2 Guns: Bienvenidos los palomiteros del mundo entero

Mark Wahlberg y Denzel Washington juntos. La pareja funciona más que bien. Entre otras cosas porque el señor Washington decide no hacer de sí mismo. El guión de Blake Masters adaptando la novela gráfica (tebeo, cómic o como prefieran llamarlo) es divertido, dinámico, ocurrente, lleno de tensión narrativa desde el minuto uno.
La dirección de Baltasar Kormákur comienza con una idea muy clara que no traiciona en ningún momento. Maneja con acierto a los actores, busca los mejores encuadres (sin grandes alardes, eso sí) y juega con los tiempos para explicar con detalle lo necesario una trama que no es retorcida, pero suma muchas pequeñas aristas.
Todo esto convierte 2 Guns en una película muy entretenida que gustará a muchos. Tal vez a casi todos. No es una obra exigente y sí muy generosa con el espectador que pasará un rato agradable.
La acción mezcla a un agente de la DEA norteamericana, a su coordinadora y al jefe de ambos; a un miembro de la inteligencia militar junto a un pelotón de hombres bien entrenados dispuestos a cumplir órdenes; a la mafia mejicana más brutal; a la CIA en su faceta sucia; todo bien agitado y bien servido.
El espectador acompaña a los protagonistas sabiendo, a veces, más que ellos sobre lo que está sucediendo. Eso es algo que siempre agradece el que come palomitas frente a la pantalla. Y genera un efecto muy atractivo: la sorpresa que deben vivir los personajes y que el espectador ha imaginado; cuando no es la normal, cuando ha sido una predicción errónea; se convierte en un giro dramático efectivo y efectista.
Como no podía ser de otra forma, hay una chica muy guapa en la pantalla (impresionante, Paula Patton), un número de armas desproporcionado; dinamita para parar un tren; vehículos que terminan siendo chatarra; miles de billetes para robar y grandes dosis de espectacularidad por minuto.
Se plantea bien la trama, se desarrolla con acierto y se cierra sin dudas por parte del guionista. Es verdad que todo transita por la frontera de lo tópico o cruzándola sin temor, pero se perdona por el ritmo y lo divertido de la película.
Mensaje, ninguno. Profundidad, ninguna. Alardes técnicos, los propios de este tipo de películas. Pero diversión, ironía y acción trepidantes, sobran.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 24 2013

Asalto al poder: Disparar a matar… al cine

Asalto al poder es una película tan estúpida como entretenida, tan vacía como bien facturada (si sólo tenemos en cuenta los efectos visuales, especiales y sonoros).
Parece que la moda en el circuito comercial norteamericano marca la tendencia más victimista, patriota y sangrienta. La cartelera va de ataque terrorista a otro mucho más terrible y de ese a un posible ataque nuclear. Y, puestos a marcar tendencia, a realizar un cine mediocre.
Asalto al poder es un buddy film en el que Roland Emmerich hace un alarde prodigioso de mala dirección, de falta de ideas y de chapoteo en los tópicos. Es verdad que, con un guión como este, poco se puede hacer, pero es alarmante que el trabajo no tenga nada, absolutamente nada, que merezca la pena. Incluso los efectos especiales y visuales se hacen pesados. Inquieta que una película con este presupuesto no contenga una sola frase inteligente. Es un desastre absoluto. Eso sí, entre chorradas y explosiones, el tiempo se pasa volando (es lo único que no vuela por los aires hecho añicos, por cierto).
Channing Tatum y Jamie Foxx liquidan a un pequeño ejército armado hasta los dientes. Uno con valentía y violencia asombrosos. El otro con una calma y una heroicidad que sólo un presidente de los Estados Unidos puede manejar con acierto (en una película de cine, claro). Eso es lo que intentan colarnos. En realidad, nada es verosímil; todo parece la gran estafa del mes. Eso sí, muy entretenida. Maggie Gyllenhaal y James Woods (qué mayor está) y otros, se mueven por la pantalla sin pena ni gloria. Les matan al poco tiempo o interpretan papeles insignificantes o, sencillamente, no pintan nada en la película.
Asalto al poder es una película prescindible en la que todo apesta a mal cine. Prescindible y totalmente predecible. El espectador puede intuir lo que pasará en cada escena y desde el principio. Tal vez, por eso resulta tan entretenida. A todos nos gusta medir nuestras dotes adivinatorias y tener éxito en el intento. Con esta película nos convertimos en visionarios perfectos. No fallamos ni una.
Si esto es todo lo que se les ocurre a los productores para gastar su dinero, estamos arreglados. Es posible que recuperen la inversión haciendo buenas taquillas, pero destrozarán, de paso, lo poco que queda de la industria cenematográfica. Pronto empezarán los quejidos, las lágrimas, las lamentaciones. Y será tarde.
Asalto al poder es tan catastrófica como la historia que quiere vender. Eso sí, el tiempo pasa volando.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 31 2013

Ahora me ves: Un gran truco que se ve a la primera

Todo en Ahora me ves está diseñado para que el espectador esté pegado a la butaca sin moverse hasta que los créditos aparecen en pantalla. Para no dejar que piensen. Si lo hicieran se levantarían, como muy tarde, en el minuto treinta. Una trama que promete y se reduce con el paso del tiempo en un disparate increíble. Un asunto -la magia- que siempre gustó al ser humano y que se convierte en una excusa estúpida para que las escenas parezcan brillantes siendo oscuras y estando vacías. Una música que puede funcionar durante una escena, pero que se convierte en la gran invasora formando parte, desde muy pronto, del gran engaño (nada mágico) que es esta película. Una cámara que comienza histérica y termina loca de remate arrastrando con sus movimientos inexplicables a todo y a todos. Un reparto prometedor del que no se aprovecha ni un gesto. Esto es Ahora me ves.
¿Es divertida? Pues sí. ¿Es irritante? En el momento de intentar saber qué te han contado (nada) lo es y mucho. ¿Merece la pena? Pues si te invita un amigo puede colar, pero pagar un dineral no (lo que cuesta ir al cine empieza a ser cosas de locos y no parece el mejor camino para que la industria cinematográfica pueda seguir adelante).
El guión es flojo. Todo se intenta solucionar con giros argumentales completamente ridículos. Por supuesto, la trama se cierra en falso con una idiotez. Los diálogos son explicativos por lo que los personajes quedan planos. No se sabe casi nada acerca de ellos y no interesan en absoluto. No están perfilados en ningún caso. Si alguno de ellos fuera cambiado por cualquier otro, no pasaría nada. Y eso al narrar es algo que destroza cualquier relato. Por supuesto, ni una sola frase merece la pena, ni una idea, ni nada de nada. Boaz Yakin, Ed Solomon y Edward Ricourt logran una estafa perfecta y carente del más mínimo interés desde muy pronto.
La dirección de Louis Leterrier es completamente desquiciante. Arranca con cierto brillo, con cierta elegancia, para quedarse sin ideas con las que defender la propuesta. Y toma la peor de las decisiones: mueve la cámara con un frenesí apabullante para tapar los defectos. eso convierte el trabajo en una locura imposible. A los actores no les saca ni lo mejor ni lo peor. Tan sólo los coloca delante de la cámara (sería más exacto decir corriendo delante de la cámara para no quedar fuera de campo) y deja que la suerte y el marketing llene las salas de proyección mientras se pueda.
Melanie LaurentMichael Caine, Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Morgan Freeman, Mark Ruffallo, Isla Fisher y Dave Franco enfrentan su papel como pueden. Pero si el personaje no existe no hay nada que se pueda hacer. Actores, actrices y personajes son la misma cosa: nada.
Lo de la banda sonora merece un comentario aparte. Hacía mucho tiempo que un director no consentía una burla como la que se vive en esta película. La música intenta obligar al espectador, se entromete, en lugar de matizar prevalece y, además, no es de gran calidad. Es una cosa muy normalita colocada con el volumen a tope.
Un desastre que se olvida a los diez minutos. Por fortuna.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 10 2013

Objetivo: La Casa Blanca – Grite usted USA USA USA

Izar la bandera de los Estados Unidos de América mientras se escucha un patriota y contundente discurso del presidente de ese país. Este es el que parece ser único fin de películas como esta; poder incluir una escena llena de patriotismo casposo al final de la película. Otra cosa no se me ocurre.
Objetivo: La Casa Blanca es una película de acción que narra como los coreanos (los del norte, los demonios sin escrúpulos, según los guionistas Creighton Rothenberger y Katrin Benedikt) atacan la Casa Blanca. Su plan es espectacular y el despliegue de armamento y personal monumental. El de los americanos lo es del mismo modo, pero reciben las derrotas una tras otra. Pero no pasa nada porque el que fue jefe de seguridad de la Casa Blanca logra llegar dentro del edificio para poner las cosas en su sitio. Mientras que Banning (así se llama esa especie de superhéroe) va matando sin piedad a los malos, rescata al hijo del presidente, es capaz de desconectar todos los sistemas nucleares y esas cosas, el pobre presidente y sus colaboradores tienen tiempo para demostrar su heroicidad. No sabría decir con exactitud cuantos muertos van quedando en el camino aunque de trescientos no baja. Más o menos los mismos tópicos que arrastra el guión.
Este tipo de películas ejercen un tremendo magnetismo sobre los espectadores. No dan tregua, no dejan pensar en nada que no sea el instante narrativo. Explosiones espectaculares, armas sofisticadas, peleas violentísimas. Todo hace que el ritmo sea extenuante. Pero de cine nada, pero nada de nada.
Objetivo: La Casa Blanca se sostiene sobre un guión muy endeble que intenta giros argumentales absurdos y deja cabos sueltos cada minuto. Por ejemplo, una de las líneas argumentales que mueven la acción desde el principio gira alrededor del hijo del presidente; si es capturado la cosa se pondrá imposible. Pues bien, es rescatado a tiempo, pero da lo mismo porque los malos consiguen su objetivo sin él; es decir, que lo del hijo era un truco para crear tensión y aumentar los minutos de la cinta. Y los guionistas cobraron hasta el último céntimo haciendo estas chapuzas. El director, Antoine Fuqua, intenta salir airoso moviendo la cámara con cuidado, pero eso es algo incompatible con este guión. Todo es histérico. Aaron Eckhart es el presidente, Gerard Butler es Mike Banning y Rick Yune es Kang (el malo malísismo). También histéricos entre tanto golpe repartido (por otros o por ellos mismos) y tanto disparo (si los muertos no bajan de trescientos, los disparos sobrepasan los cien mil). Morgan Freeman también actúa. Defiende un papel menor que no le causa el menor problema porque su personaje es plano e insignificante.
La película no es otra cosa que eso, que un exceso de violencia. Los diálogos son intrascendentes, las actuaciones mediocres, la fotografía muy normalita y el montaje facilón. Para pasar el rato puede colar. Para cualquier otra cosa mejor no intentarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 5 2013

Fast & Furious 6: Pim, pam, pum & catapom 6

Bueno, bueno, bueno. Salgo del cine con ganas de coger un coche y estamparlo contra un muro, saltar con él desde un puente muy alto o declarar la guerra a Corea del Norte. Porque no pasa nada. Todo es posible. Si eres calvo o guapo o estás cachas o eres tonto de remate, cualquier cosa que te propongas es posible. Después de ver la peor película del año (sin miedo a equivocarme digo esto e, incluso, afirmo que deberían detener de inmediato al director, al productor y al reparto enterito, por tirar el dinero de forma criminal), decía que después de ver la peor película del año, pienso en la cantidad de dinero que se malgasta en el mundo del cine. Y me resulta insoportable.
Justin Lin vuelve a la carga con otra entrega de Fast & Furious. Es la sexta. No dirigirá la siguiente, afortunadamente. Aunque lo más sano para la humanidad es que no hubiera más. El guión está escrito por Chris Morgan. Este señor repite, también. Desconozco que es lo que puede gustar de semejante bodrio aunque el caso es que la película funciona muy bien en taquilla. Habrá que pensar que al ser humano le gusta eso de lanzarse con un automóvil contra un carro de combate, conducir a velocidades improbables o ser perseguido por la policía del mundo entero. No voy a entrar a valorar gustos, pero si hablamos de cine esto es una estafa, un trabajo menos que mediocre.
El argumento arrastra asuntos de entregas anteriores aunque la película se puede ver sin saber dónde tienes la mano izquierda. Es tal el disparate que sólo cuenta el ruido de los motores, los golpes entre unos y otros (con vehículo o a puñetazos) y nada más. Encontrar una frase de diálogo que merezca la pena es tan imposible como lo que se cuenta en este trabajo del señor Lin. El trabajo de los actores y actrices (si es que se les puede llamar así) se reduce a poner cara de duros, a enseñar biceps en tensión y a evitar que se les note que están sonados.
Algunas escenas son una calamidad. Por ejemplo, ver un carro de combate de no sé cuantas toneladas corriendo a todo correr delante o detrás de automóviles rápidos y manejados por especialistas es desconcertante. Aquello no cuadra ni a la de tres. Pero, además, la cosa se desarrolla con saltos imposibles de los personajes, con contradicciones con la física más elemental. Espectacular, tanto como tonta, la escena. Y la final, en la que un avión tarda veinte minutos en despegar (qué pista de despegue tan larga, oiga) ocurren, sin exagerar, seis millones de cosas completamente ridículas. Yo no había visto una cosa igual en mi vida. Por cierto, y como cualquier aficionado al cine habrá intuido, el montaje es lamentable. No se puede recrear ese despegue aunque se alternen escenas que ocurren al mismo tiempo (esa es la idea aunque ni se acerca al éxito) haciendo que la cosa se extienda durante veinte minutos.
No soy de los que critican a otros por ver un tipo de cine u otro. De hecho me parece muy bien que la gente se mate por una entrada de cine siendo la película esta u otra parecida. Eso no es motivo de crítica. Pero que haya profesionales dedicados a sacar músculo (como los protagonistas) con escenas trepidantes y dejen vacío el trabajo me parece lamentable. ¿No podrían hacer un esfuerzo y escribir un guión con un poquito, sólo un poquito, de sentido?
Si le gusta el cine evite este desastre. Si le gusta el mundo del motor o el de los músculos y la testosterona, no se la pierdan.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


jun 27 2013

El hombre de acero: El cine no es un videojuego

Todo aquello que nazca para ser comercial terminará siéndolo. Por ejemplo, en un guión se pueden incorporar buenas ideas, seriedad narrativa, una estructura coherente. Lo que sea. Pero el afán comercial, ese querer vender a toda costa, lo estropea todo. Un buen guión como locomotora comercial es carne de marketing.
El hombre de acero tiene cosas muy buenas. Un guión que quiere tratar al personaje como el mito que es, unos medios técnicos deslumbrantes; una banda sonora muy bien diseñada (Hans Zimmer firma una partitura muy personal en la que sobresalen los graves para apabullar, una partitura que sin saber el nombre del autor se le adjudicaría a él; le acompaña Junkie XL); y un reparto que cumple más que bien (la sosería infinita de Henry Cavill habrá que perdonarla). Pero todo esto se lo entregan a un histérico que quiere deslumbrar moviendo la cámara sin parar (este no es otro que el realizador Zack Snyder) y todo se viene abajo. Todo a todo volumen, todo a toda velocidad. Y todo se reduce a un alarde vacío que termina por arruinar lo que podría ser un excelente trabajo.
El estruendo constante hace que lo demás -que es lo importante- pase a segundo plano. El ruido ensordecedor y la cantidad de puñetazos, explosiones, edificios derrumbados y aeronaves derribados. El final de la cinta es delirante en este sentido. Muy bien los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Pero El hombre de acero es una película de cine y no un videojuego. Y tanto alboroto no funciona bien.
Si ven la película comprobarán que faltando el ruido, quedando la cámara quieta unos instantes, pasan muchas cosas en la pantalla. Muchas e importantes. Una pena que el guión de David S. Goyer se quede en menos de lo que podría ser. La historia original fue escrita por este guionista y por Christopher Nolan. Como estarán comprobando, hay mucho nombre y mucho ego para un solo trabajo. Este ha podido ser un problema y de los grandes.
La película es irregular. Al querer dejar justificado y explicado casi todo, se pasa de momentos de gran vértigo a la calma absoluta, de una acción frenética a la reflexión profunda, de no decir nada a querer decirlo todo. Una historia que reinventa el mito de Superman aunque incluye todos los elementos que hacen del superhéroe lo que es.
Henry Cavill se podría haber quedado dormido en cualquier toma. Más parado, más inexpresivo y más soso no se puede ser. De hecho, ni se inmuta cuando aparece por allí Amy Adams que no está mal en su papel, pero que no hace pareja con este chico ni a la de tres. Michael Shannon es el villano. Creíble y contenido cuando su papel invita a todo lo contrario. Russell Crowe y Kevin Costner defienden papeles muy cortos aunque están bien plantados frente a la cámara. Hacen lo que les toca.
El hombre de acero es una película excesivamente larga. Lo que cuenta hubiera podido colocarse en una cinta de cien minutos como máximo. Pero como todo se envuelve con grandiosidad técnica y visual, la cosa se va alargando hasta causar pereza. ¿Es una película entretenida? Sí; los golpes, las explosiones y las naves espaciales que explotan, son muy agradecidas. Pero no deja de ser decepcionante. Las expectativas de muchos no han sido cubiertas en absoluto. Demasiados egos en la misma coctelera. Y, sobre todo, demasiado alboroto en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 18 2013

Gangster Squad: Estereotipos a barullo

Salinger leyó a Chéjov; Carver a Salinger. Los autores son lo que han leído. En cine pasa lo mismo. Esto es algo normal e, incluso, bueno. No pasa nada por ser deudor de uno de los grandes salvo que seas muy pequeño y tu obra una burda imitación de lo anterior.
Gangster Squad es una película que debe lo que es a L. A. Confidential y a Los intocables de Elliott Ness. Seguramente a alguna de las películas de los años 40 ó 50. Y esto no sería mejor ni peor si no fuera porque la película de Ruben Fleischer es una fotocopia borrosa de esas otras. En cualquier escena de L. A. Confidential hay más cine que en la película entera de Fleischer. Cualquier escena de Gangster Squad acumula un número de estereotipos abrumador. Ni uno solo de los personajes logra alejarse del cliché o de la imitación ridícula. Una pena puesto que el reparto es estupendo, porque el talento que se derrocha es grande (derrocha en el sentido más peyorativo del término); porque un buen guión hubiera convertido el intento en algo más grande.
En Gangster Squad todo tiene un tufo extraño a conocido; un aroma a semiplagio que termina siendo molesto y desagradable. El villano de siempre, los policías corruptos de siempre, los que son honrados de siempre, la rubia tonta eterna, la guapa que termina en brazos del policía guapo y valiente. La gran diferencia con otros trabajos son las caras.
En el guión de Will Beall -del que sabemos todo desde el principio- escuchamos dos o tres frases bien construidas y con sentido. El resto forma parte de lo que se puede esperar de una película de gangsters. Chascarrillos, frases sobadas y, por tanto, nada nuevo. Diferencias que hagan especial el trabajo de Ruben Fleischer: ni una.
Entre tanto estereotipo, sobresale un personaje. Es la mujer del protagonista -John O’Mara, jefe de los policías honrados y encarnado por Josh Brolin-, un ama de casa que intenta, a toda costa, proteger a su marido. Es un personaje que ya se vio alguna vez, pero lo interpreta Mireille Enos estupendamente. Logra una gran credibilidad en sus escasas y cortas apariciones. El resto, arquetípico. Sean Penn es un villano con pinta de muñeca de cartón piedra, Ryan Gosling está correcto aunque su personaje está muy visto y resulta aburrido, Emma Stone (guapísima) hace de chica boom, Nick Nolte se deja ver un par de veces o tres y nadie se explica por qué (sin estar nada hubiera cambiado). Y etcétera.
Todos son buenos actores y actrices aunque no imprimen carácter particular a sus personajes; entre otras cosas porque no hay personajes que puedan desarrollarse mínimamente. Imposible con este guión.
La música de Steve Jablonsky se soporta sobre buen jazz aunque la partitura original es algo estridente a veces, algo exagerada en los matices. No obstante, es de lo poco que se puede salvar de la cinta.
Gangster Squad no es una película aburrida. Tampoco es una buena película. Un rato de entretenimiento si puede llegar a aportar. Eso sí, no se le ocurra pensar en ella. Un análisis de treinta segundos no lo soporta. Para pasar la tarde de un domingo en casa puede colar.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 14 2013

Trance: Un follón muy bonito

Desde que un señor llamado Homero contó La Iliada y La Odisea, todos los autores han tenido problemas para ser originales. Porque ya estaba todo contado. Desde Homero, el reto es encontrar un punto de vista original que, contando lo mismo, muestre el mundo de forma distinta y enriquecedora. James Joyce terminó de rematar la faena narrando desde la propia consciencia del personaje. Con él se cerraba el círculo. Y en cine el problema es similar. Al fin y a la postre, es una forma de narrar como puede ser la novela o un relato breve.
Pero ser original se ha ido convirtiendo en algo así como ponerse exquisito -una veces- o ponerse raro -muchas veces. La transgresión confundida con hacer que el personaje diga tacos o hable con la boca llena es una herramienta muy utilizada para parecer extravagantemente original. Las rupturas espacio-temporales otra. En fin hay varias opciones. Y no son malas en sí. Lo malo aparece cuando la falta de talento se intenta maquillar con estas cosas. La falta de talento o el intento de salir de un laberinto imposible creado por el propio autor o realizador.
A priori, Trance tiene todo lo necesario para ser un película atractiva. Danny Boyle como director. Los guionistas Joe Ahearne y John Hodge. La banda sonora en manos de Rick Smith. Y la fotografía en las de Anthony Dod Mantle. Se suma un reparto encabezado por James McAvoy, Vincent Cassel y la imponente Rosario Dawson. Todo parece que debe ir bien. Y, efectivamente, la fotografía es excelente, la banda sonora cumple con su labor matizando la imagen de forma notable y los actores no están nada mal. Pero, como todo el mundo sabe, si falla el guión, si el libreto trata de ser original a base de proponer alternativas narrativas que terminan aburriendo, que terminan por dejar huecos para explicar lo que ya se ha contado porque aquello está lleno de cruces, vueltas de 180º, túneles sin salida y todo tipo de obstáculos; si el libreto, decía, se pone imposible, todo se enreda sin remedio. Boyle se intenta inventar el crimen desde la deconstrucción hipnótica y su película comienza a vaciarse por los cuatro costados.
Está muy bien hacer pensar al espectador y ofrecer un juego inteligente en el que tenga que implicarse. Pero pedir un curso intensivo sin posibilidad de preparar un examen ya es otra cosa. El gran y único logro de Trance es que muchos estén deseando saber cómo termina aquello. El desastre es que lo desean para salir de la sala de proyección corriendo. Si un gran logro es querer ver por segunda vez la película, un desastre absoluto es querer hacerlo para intentar sacar alguna conclusión de importancia.
La dirección actoral es buena. Eso es cierto. Y el trío protagonista pone ganas y consigue un buen trabajo. Y la película tiene un arranque vigoroso y excitante. Pero dura poco. Tras veinte minutos, todo se convierte en una propuesta fatigosa. Ya no por ser algo enrevesado el guión. Eso es lo de menos porque prestando un poco de atención se descubre que es mucho más sencillo de lo aparentado. El problema es que ni se profundiza en la psicología de los personajes, ni evolucionan lo más mínimo, ni la trama tiene un sentido que nos haga reflexionar sobre un tema u otro. Boyle quiere que montemos un rompecabezas. Ni más ni menos; eso es todo. Si el espectador dedica cinco minutos a pensar sobre Trance descubre que el esfuerzo que le han pedido no ha servido para casi nada.
Esta vez lo original es exquisitez fotográfica acompañada de buena música. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 20 2013

Jack Reacher (One Shot): Sin moverse del sitio

Pues nada. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Otra vez, sí. Lamento decirlo en cada crítica, pero es lo primero que se me viene a la cabeza. Intento pensar en algo distinto y, como lo que he visto está vacío del todo, la idea recurrente de que Cruise hace de Cruise y solamente de Cruise me envuelve sin dejar posibilidad alguna a la imaginación.
Jack Reacher es un papel a medida para el actor. Lo hubiera podido hacer sin moverse del sitio. ¡Anda, si, ahora que lo pienso es lo que hace! La falta de expresividad es mucha y constante. Se trata de un policía militar licenciado (del ejercito, digo) que aparece en escena para investigar un caso de asesinato múltiple. Superlisto, superfuerte, superastuto, superconductor, supergalán, supermarmolillo. ¡SuperCruise! Le acompaña en sus correrías una abogada rubia algo más tonta, algo más débil, que se maneja peor en situaciones difíciles, conduce con prudencia, ansiosa por beneficiarse a Reacher y supermarmolilla; gracias a que el papel lo interpreta Rosamund Pike.
Aunque, seré justo, he de decir que la película es muy entretenida. Uno pulsa el botón de encefalograma plano y se pone a disfrutar entre muertes, persecuciones y peleas (por cierto, la que se produce en el baño de una casa trata de ser cómica y, aún en modo necesito desconectar del mundo, se hace patética). Pero claro, eso de entretenerse no es suficiente cuando te proponen pasar más de horas frente a una pantalla. Todo tiene un límite. Para perder el tiempo entretenidos ya tenemos todo tipo de cachibaches electrónicos. Es una ofensa al cine eso de que el espectador trague con lo del entretenimiento como si fuera un gran valor de una película.
Jack Reacher es entretenida e irregular. Porque las escenas de acción se distancian mucho unas de otras en el tiempo; porque después de un arranque magnífico (todo hay que decirlo) la cosa va de lo interesante al bostezo, del diálogo sugerente a los que convierten el guión en una catástrofe monumental. Lo que no es irregular es el personaje encarnado por Cruise. Ya saben, supertodo. Los villanos son otra cosa. Son malos, malísimos. Aunque terminan siendo torpes, torpísimos. Werner Herzog es el que impone más, pero su papel es muy corto y superficial.
La trama es inverosímil. Sobre todo porque va desarrollándose a través de las deducciones de Jack Reacher. Vale, todo cuadra, pero el espectador tiene la sensación de estar ante un guión que se arma para que no se le cierre la boca nunca más ya que asiste al milagro de la inteligencia norteamericana. Y esto no puede ser. El cine no puede recibirse como una realidad ajena a la propia realidad; el cine forma parte de ella y si el espectador detecta que, al apagarse las luces de la sala, está en el cine; el fracaso, el olvido y la indiferencia están garantizados.
Todo esto lo dirige Christopher McQuarrie (el guión es, también, cosa suya y de Josh Olson; la novela que se adaptó la firmó Lee Child y es mejor no acercarse a ella). Comienza muy bien la cinta. Los cinco primeros minutos tienen todos los ingredientes nacesarios para presentar una propuesta sobresaliente. Pero no. Rápidamente, estamos en zonas comunes, en fórmulas mil veces usadas. Nada nuevo y nada de posos.
Pues eso. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Y poco más. Muy poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal