ene 6 2012

Jackie Brown: El guión inteligente

El cine de Quentin Tarantino es tan apreciado como denostado. Porque no todo el mundo está preparado o tiene ganas de bucear en el lado más oscuro de la realidad. Porque cualquier cosa que cuenta este director en sus películas se convierte en una radiografía ácida y dolorosa. Porque algunos no digieren con facilidad las nuevas formas narrativas y las niegan desde el principio y pase lo que pase. Todo en el cine de Tarantino es un enorme chiste que hace reír a los que pueden asumir que la vida es un tránsito hacia no sabemos donde que no hay que tomar en serio si queremos sobrevivir.
Jackie Brown es una de las películas dirigidas por Quentin Tarantino. Divertida y tremenda. Sesentera en su concepción estética. Muy bien contada. Una película muy pegada a lo que el director entiende que debe ser el cine (aunque la factura final se retira de los trabajos anteriores del director, la esencia queda intacta; algo más reflexivo y maduro el desarrollo narrativo): una mofa de todo lo que se pone por delante en el universo de unos personajes magníficos. El mundo mirado desde los bajos fondos porque el mundo es eso y no otra cosa; una enorme cloaca en la que todo lo que ocurre se articula alrededor de las motivaciones que mueven al ser humano (vanidad, codicia, venganza y un amor que sirve para maquillar todas las miserias). El cosmos es sólo eso y así nos lo presenta Tarantino.
Jackie Brown es una película con un ritmo narrativo esplédido. A través de rupturas temporales y cambios en la focalización de la acción, el espectador va recibiendo toda la información necesaria sobre los personajes que explotan sin contemplaciones desde muy pronto. Al fin y al cabo, los personajes (las personas) son lo que ven otros de ellos. Sin esa mirada no pueden existir. Y en el cine de Tarantino eso está garantizado: personajes en todo su esplendor. Concretamente, en Jackie Brown, Tarantino juega a eso y nada más que a eso. Todo lo importante llega desde el mismo sitio y si algo termina siendo relevante llega desde el personaje. Utiliza con gran acierto los talentos de Samuel L. Jackson (fantástico y creíble, macarra e intimidatorio, grande), Robert De Niro (divertido y correcto en su interpretación aunque con algún pico artístico como, por ejemplo, el momento en que sale del centro comercial junto a la novia del villano), Pam Grier (resucitada, muy bien fotografiada y defendiendo su papel de forma notable); Robert Forster (tal vez el más discreto aunque en un papel que tampoco da para mucho más) o Bridget Fonda (mucho más contenida que en otros trabajos aunque flojita como siempre). En cualquier caso, la dirección actoral en muy buena. De cada uno de los que componen el reparto, Tarantino saca petróleo (lo poco o lo mucho que ahí). Petróleo que hace funcionar el motor de personajes que llevan en el mundo mucho tiempo sin hacer nada importante.
La película se desarrolla con una trama inteligentísima y muy bien desarrollada, con un final verosímil y acertado. Traición, avaricia, crimen, sospecha, violencia, un lenguaje soez y gracioso por su bajeza. Un enredo que pocos pueden resolver sin caer en el tópico y el territorio común y sobado. El guión es cuidadoso con lo fundamental. Y es honesto. Los diálogos son, en su gran mayoría, excelentes.
No hace falta decir que la banda sonora de la película es sensacional. Es de las que quitan el hipo a cualquiera.
Si tienen un rato echen un vistazo a Jackie Brown. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 12 2011

Venganza: Papá es un crack

Hacer una película de acción; llenarla de eso, de acción; y nada más, convierte la propuesta en un rato de entretenimiento (para los que quieren acción porque hay gente de lo más tranquila en este mundo de Dios). Y el cine es algo más que espectáculo o una ayuda para poder pasar los tiempos muertos. Eso (el entretenimiento) es lo que intenta solucionar el mal cine. Si, además, esa propuesta es un refrito de cosas ya conocidas y contadas un millón de veces, la cosa se hace insoportable.
Venganza es una película firmada por Pierre Morel. Su nombre original es Taken. Tiene tres cosas buenas. Es corta, el personaje principal lo interpreta Liam Neeson y no trata de vender lo que no es.
Que la duración de la película no exceda los noventa minutos es muy de agradecer. Llega un momento en que tanto muerto, tanta explosión, tanta valentía y tanta maldad (y todo pasando muy rápido por delante) se hace fatigoso.
Liam Neeson es un excelente actor. Y no lo deja de ser nunca. Ni siquiera al rodar una película como esta. Es sin duda lo mejor que vemos en pantalla. Su personaje se perfila mínimamente y, luego, no se desarrolla en absoluto. Pero, es verdad, comienza siendo una cosa muy distinta a lo que se ve diez minutos después. Del amor de padre pasamos a una especie de Rambo suelto en París. Y eso, para que sea creíble, requiere cierto esfuerzo interpretativo.
Venganza es una película honesta. No tiene otro objetivo que no sea pegar al espectador a la butaca a base de explosiones, carreras y villanos que se vienen abajo frente al héroe. Y ese objetivo (el de mantener la atención de espectador) es muy meritorio después de cien muertos a manos de un solo hombre. Es muy meritorio cuando el guión es predecible a más no poder, cuando los diálogos son completamente prescindibles. Si no dijeran ni una palabra los personajes el resultado sería el mismo.
El resto se puede resumir en que Famke Janssen hace muecas y pone cara de estar muy enfadada y Maggie Grace está, como de costumbre, bastante gris. No me pareció creíble ni cuando parecía querer decirnos que su padre es un crack (es un viejo agente secreto que viaja a París para encontrar a su hija secuestrada por un ejército de personas malísimas. Se convierte en una especie de apisonadora que no deja títere con cabeza). Y en que los efectos especiales están bien.
Después de ver la película, uno no puede dejar de preguntarse sobre la policía francesa. Cuando escuchan un tiroteo de diez minutos ¿no van a ver qué pasa? ¿Cómo sale de un país el tipo que se ha cargado a todos los albaneses malos de una ciudad? ¿Alguien ha sobrevivido a una lluvia de balas, varios accidentes de tráfico y cosas así? En fin, un pequeño desastre entretenido.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 27 2011

13 Asesinos

13 asesinos es un remake de la película de Eiichi Kudo titulada Jusan Nin no Shikaku. Cuenta la historia de un grupo de samurais que se deben enfrentarse a la muerte casi segura para que la paz del Japón feudal del siglo XVIII quede intacta. Paz que, por otra parte, les dejó vacíos de sentido puesto que la vida del samurai no tenía mucho que ver con ella. Aunque es una película muy distinta y muy distante a Los siete samurais de Akira Kurosawa, claro referente en este tipo de cine, 13 asesinos aborda asuntos parecidos incluyendo referencias a a película del genio japonés.
La trama se separa en dos con claridad. La primera parte explica lo que sucede en la segunda incluyendo costumbres y filosofías de los personajes. Una masacre total (eso es lo que sucede después) no se mantiene en pie sin una explicación previa. Takashi Miike (director) lo sabe y no racanea con los detalles. Después de rodar más de ochenta películas es normal que sepa dosificar la información y los tiempos. En esta primera parte, las reflexiones de los personajes tienen cierta importancia.

Quien valora su vida sabe morir como un perro. Me habéis confiado vuestras vidas. Las sacrificaré a mi antojo, dice Shinzaemon, el principal de los samurais que forman el grupo de trece que da título a la película.

Toda la primera parte se encuantra salpicada de frases importantes, de diálogos bien construidos. El ritmo es pausado y los detalles son abundantes. El samurai queda retratado bien.
La segunda parte de la película se llena de sangre, de una acción trepidante. La batalla está filmada muy bien. Lo que va sucediendo se cuenta con detalle, con gran parsimonia entre explosiones, muertes a cuchillo, flechas por el aire, cabezas rodando por el suelo y carreras. Todo es una locura aunque no hay confusión para el espectador. Es emocionante.
13 asesinos es una película que explica bien la decadencia de los samurais sin ser una muestra histórica exacta. Explica bien la mentalidad del japones del siglo XVIII. No es un atlas aunque sirve de pequeña referencia. Muy entretenida (la primera parte es algo más pesada). Una buena película.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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oct 23 2011

No habrá paz para los malvados: Otra vez lo mismo

A mí esto de vender las cosas como nuevas cuando son más viejas que Matusalén me saca de mis casillas. A mí esto de recibir las cosas como si llegase el maná deseado (porque lo dicen un par de críticos de cierta fama y que han demostrado no saber ni lo que dicen en muchas ocasiones) me parece una muestra de la falta de conocimiento grandioso por parte de muchos y muy peligroso para todos.
Una película de cine es el conjunto que se forma con todos sus elementos. Guión, fotografía, escenarios, actores y actrices, peluquería, producción, música y lo que quieran ustedes añadir hasta sumar todos los ingredientes. Para que el producto final sea una obra de arte, todos esos elementos deben estar en su sitio y deben ser exactos. Además, se necesita un punto de originalidad en el uso de todo eso, una forma única de encajar todo el material. De no ser así, ese producto final será más de lo mismo por muy buena factura que encontremos al ver la película.
Y un buen espectador es la persona que se sienta en una butaca y, sin dejarse llevar por lo que ya está dicho sobre el trabajo, es capaz de mirar sabiendo qué es cada cosa, si lo que le presentan pertenece a lo que ya está dicho mil veces o es, en realidad, algo más que la suma irregular de los elementos. El espectador está condenado a tener criterio.
No habrá paz para los malvados es una película dirigida por Enrique Urbizu. Se han dicho de ella cosas fabulosas. Las salas se han llenado de público para ver lo que nos anunciaban como la maravilla de las maravillas. Y es una película con unos problemas más que serios se pongan como se pongan algunos.
José Coronado es el actor principal. Interpreta el papel de Santos Trinidad. Un policía del que no sabemos apenas nada. Urbizu juega a eso de que el espectador imagine. Un juego peligroso, muy peligroso, porque el espectador no tiene que imaginar nada; lo que debe hacer el espectador es recibir la información suficiente y valorar el conjunto. Urbizu juega a que los gestos del resto de personajes, sus silencios, son los que dan la clave para que podamos imaginar ese pasado. Pero no, no es suficiente. Si no sabemos no podemos comprender. Y si no comprendemos todo se viene abajo. O lo que es peor, los personajes se quedan convertidos en estereotipos. En la película de Urbizu todos los personajes, todos sin excepción, lo son. Santos Trinidad es el gran estereotipo. José Coronado hace un trabajo de altura, eso es verdad, pero el actor en cine nunca puede estar por encima del propio personaje. Si la película fuera Santos Trinidad tendría un pase; pero que la película sea José Coronado es un desastre. Y eso es lo que pasa en No habrá paz para los malvados. Que el policía vaya por libre y que intente acabar con la violencia usando violencia ya lo han contado un millón de veces. Que los árabes son malos y traicioneros, más malos y traicioneros que nadie en este mundo, ya nos lo han contado en los informativos un millón de veces. Que una investigación sobre asuntos feos lleva a un callejón sin salida nos lo sabemos de otras veces. Que José Coronado haga un trabajo espléndido no hace de su personaje nada distinto. Porque sin personaje o, lo que es peor, con el personaje de siempre la cosa no funciona.
El guión no es nada del otro mundo. Y la intención de la película tampoco. Los malos son muy malos y los buenos pueden tener muchas caras. Incluida la de los malos. Todos formamos una amalgama de la que salir ileso es casi imposible. Pues qué bien, pero eso ya está dicho.
La estética de la película, eso es verdad, se arrima a lo necesario. El ajuste de tiempo y tempo narrativo es impreciso (esto también es verdad) al querer el director meter con calzador tramas secundarias que explican (es más exacto decir que lo intentan) la principal. Y como lo que cuentan ya lo sabemos, pierde interés todo. Principal y secundarias. Las interpretaciones (siendo la de Coronado excelente) son correctas y poco más. Y el desenlace es ese al que el cine español nos tiene tan acostumbrados. No hay esperanza para nadie.
Decepcionante. Algunos minutos insoportables. El conjunto suspenso. Digan lo que digan algunos que parece que no hayan leído una novela negra en su vida. Para hacer crítica hay que saber de lo que se habla. Y no hay que olvidar que en el cine hay una cosa que se llama guión y eso es una cosa que se escribe. Y si el que escribe cuenta lo de siempre vamos por mal camino.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 14 2011

Acción Mutante: Palitos de cangrejo en el espacio


Acción mutante, ópera prima de Alex de la Iglesia, fue muy, muy aplaudida. El director estuvo nominado en los premios Goya. La película, además, fue nominada en cinco categorías más y consiguió premio en tres de ellas. La crítica recibió, en general, la obra de De la Iglesia con grandes aplausos y entre mimos. En taquilla funcionó divinamente. Todo fue la mar de bien.
Pero qué quieren que les diga. La película no es para tanto. Y, desde luego, vista hoy da para muy poco. Los años no han pasado sin dejar hecho un solar el espacio que se quedó ocupando esta película que satirizaba sobre una sociedad que ha ido a peor. Como ella misma. Tiene sus cosas buenas. El maquillaje está logrado. Algunas escenas resultan graciosas y está llena de topicazos que se intentan desarmar con un ingenio más cercano al chistecillo que a la fina ironía (la escena del pescador vasco espacial y su cargamento de palitos de cangrejo es buena de verdad). No hace falta decir que el guión, con la excusa de entrar en la ciencia ficción hispana y cutre, derrocha licencias por todos lados. El reparto defiende sus trabajos mejor que peor. Pero claro, defienden trabajos que se quedan lejos de lo que es un personaje con un mínimo de profundidad. Salvo el que interpreta Antonio Resines (nada del otro mundo) el resto de personajes son el límite de lo que son, es decir, una exageración sin más pretensión que llenar un hueco entre disparates.
La violencia de la película (muy al estilo del director) es extraordinaria. Y, ni hace torcer el gesto al espectador cuando debería, ni provoca la carcajada esperada. La trama es delirante. Claro, como los personajes son delirantes, los escenarios son delirantes y el espectador debería delirar desde el minuto uno, la trama tiene que serlo también. Y eso no funciona así. Eso es hacer trampas.
Vale, la película la ves y sonríes en algunos tramos. Pero en conjunto es un pequeño desastre que está en el lugar que le corresponde. Dentro del saco en el que se puede leer: olvidados.

El cine de Alex de la Iglesia ha evolucionado mucho. Ahora, es infinitamente mejor. En Acción mutante ya se dejan ver las constantes que este director ha ido utilizando sin descanso en todas sus películas. En ese sentido, la película presenta cierto interés. Pero no se hagan ilusiones. Si ya resultaba algo extraña y no gustaba a todo el mundo, me temo que hoy resulta muy ridícula y no gustará a casi nadie. Tengo dudas con los jovencitos. Igual este rollo cyberpunk sí les hace pasar un buen rato. Aunque no apostaría más de un céntimo de euro por la película. Puestos a que nos cuenten las cosas con esa estética, mejor ver Blade Runner. Vamos, digo yo.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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sep 12 2011

300: La magia del cine

El cine debe ser espectáculo. Sea lo que sea que se añada, el resultado final tiene que ser espectacular, entretenido desde el interés imprescindible; si me apuran, inolvidable en el sentido de que el poso que está obligada a dejar una película esté garantizado.
Un cine concebido como tostón experimental (sólo), como coto privado de entendidos o de los que presumen serlo; o pasatiempo con el fondo de un gua; es absurdo y fracaso seguro.
300 es una película que tiene algunos problemas de bulto. Como se sitúa entre lo histórico y lo fantástico, se juega con los diálogos que terminan pareciendo excesivamente irónicos y modernos, una licencia que el guionista no disimula al adaptar el cómic de Frank Miller. Tiene su gracia escuchar a Leónidas (Gerard Butler) cuando se enfrenta a Jerjes (Rodrigo Santoro) por primera vez, por ejemplo. Podríamos decir que le vacila. Pero queda algo extravagante. Como el aspecto del propio rey dios que es más el de una reinona que otra cosa. Lo excesivo de lo explícito es algo que puede terminar rechinando a los amantes de las técnicas narrativas. No se sugiere nada. Todo queda a la vista y eso resta calidad en una trama que pierde fondo a costa de la forma. Aunque se intentan introducir todo tipo de valores para solucionar un problema evidente, la forma gana la partida al fondo. Entre otras cosas porque eso que quiere incluirse en el conjunto narrativo llega forzado y artificial. Y las interpretaciones no son las mejores de la historia del cine. Poca contención. Lema Headey, que es la reina Gorgos, es la que se salva. Lo que pasa es que cruza la otra frontera y su papel queda algo sosito. Lo mismo le sucede a David Wenham. Su papel es el de Dilios y su interpretación, aunque contenida, se vuelve gris y discreta en exceso. Está claro que el director, Zack Snyder, estaba más pendiente de la estética que de cualquier otra cosa.
En fin, puestos a sacar faltas, las saco como en cualquier otra película. Pero no, 300, además de esto, tiene cosas más que buenas. Muchas. El conjunto es una demostración de buena narración, de técnica cinematográfica moderna y de cómo esas cosas de las que nadie se acuerda (vestuario y peluquería, por ejemplo) pueden influir decisivamente en el producto final. Es eso, el conjunto, la suma de lo más costoso y lo menos valorado, lo que convierte 300 en una experiencia inolvidable.
La película se rodó utilizando la técnica de superimposición de croma. Ya saben, eso de poner a trabajar a los actores delante de un fondo de color. Más tarde, con los ordenadores dejan la cosa impecable y nadie diría que todo se trata de un corta pega inmenso. Y le película luce entre tanta técnica elegante y rotunda.
Los tonos oscuros (grises y negros) prevalecen durante todo el metraje salvo cuando la acción tiene lugar en Esparta. Allí predomina el amarillo (casi dorado) iluminado y virado ligeramente para encontrar un contraste más contundente. Y, sobre esas tonalidades, destacan, de principio a fin de la película, las capas rojas de los guerreros espartanos. Snyder es fiel al trabajo de Frank Miller al presentar cada secuencia dentro de una gama de colores y matices que indican el camino seguro hacia la tragedia.
Con un vestuario y peluquería cuidadísimos y ese trabajo con el color para que creamos ver viñetas, Snyder nos arrastra desde el principio hasta el mundo que crea. Un solo tirón es suficiente. El que se queda fuera al principio tiene muy difícil poder entrar en el juego.
Utiliza el director un narrador (Dilios) para poder presentar la historia que quiere contar de forma verosímil. Los seres monstruosos que van apareciendo pueden, así, formar parte de la ficción del propio Dilios. A él se le encarga contar lo que vio en la batalla de las Termópilas por ser alguien con el don de relatar. Astuto, Snyder. En cualquier caso, aunque el narrador aparece, Snyder, no puede evitar pegarse mucho al punto de vista de Leónidas. Salva los muebles aunque a lo largo de la película está a punto de cometer errores irreparables. Astuto y hábil, Snyder.
La trama se ajusta bastante a lo que sucedió en realidad. Pero no importa. Porque la trama (un disparate total) se hace verosímil al instante. Esa es a magia del cine, esa es la magia del relato. Lo verosímil no tiene nada que ver con lo verdadero.
Todo se llena de ejércitos, de miembros amputados, de héroes, de villanos, de traición, de lealtad y honor, de amor. La fascinación es abrumadora en el espectador que se deja llevar. Todo se revela mítico. Aparece lo que echamos en falta hoy como esencia del hombre.
La película, además de batallas y mucha sangre, busca desesperadamente un fondo en el que repose el trabajo. No lo logra del todo. Trata de mostrar al ser humano lleno de valores, de lo que hemos perdido por el camino o terminaremos extraviando. Y no lo logra porque, como ya he dicho, todo llega con demasiado ímpetu, con demasiado artificio.
En fin, una película espectacular, rebosante de un dramatismo universal, realizada con técnicas exquisitas. Una gozada para el que mire.
No deben verla los pequeños. La violencia es extrema y se la pueden ahorrar. Y a los jovencitos se les debe avisar para que presten atención al fondo.
Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 9 2011

Los próximos tres días: El disparate que se veía venir

Cada uno de nosotros sabemos o podemos imaginar dónde están nuestros límites morales, éticos o físicos. Sabemos o imaginamos que están más o menos cerca, más o menos lejos. Podemos llegar a pensar que esos límites están en lugares extraordinarios, pero eso no significa que nos creamos que, realmente, están si otro nos lo dice. Las cosas se convierten en inverosímiles cuando alguien las intenta hacer realidad. Eso es lo que pasa en cine o literatura. Salvo que la historia se encuadre en el género de ciencia ficción (y no tiene porqué parecer creíble) la reglas de lo verosímil son las que son. Tendemos a levantar la ceja cuando nos encontramos ante una historia convencional que traslada las fronteras hasta más allá de lo que cualquiera de nosotros podemos llegar a creer.
Dicho de otra forma, nos creemos lo que nos parece lógico. Y sólo cambiamos esa percepción ante un género determinado o un lenguaje que reconocemos como vehículo útil para traspasar lo convencional.
Paul Haggis parece no saberlo. Agarra una película de Fred Cavayé (Pour elle) rodadá en 2008 y filma un remake sin aportar nada nuevo (nada es nada, salvo tres o cuatro detalles circunstanciales), dejando el disparate servido. A Cavayé ya se le había ido la mano, pero, al menos, utilizaba un código más cercano a lo que podía convertir lo contado en algo medio sensato. Haggis, no. Utiliza el lenguaje convencional para intentar contar un verdadero disparate. ¿Qué tenemos como resultado? Un disparate sin pies ni cabeza. Es verdad que la tensión durante la película es amplia y que la puesta en escena hace llevadera la cosa, pero el espectador va sumando aspectos increíbles con un único objetivo: pasar un rato frente a la pantalla. Nada más. Los diálogos son pésimos. Algunas de las conversaciones que se pueden escuchar llegan a sonrojar. Todo el código gestual y expresivo que Cavayé intentó utilizar para limar aristas narrativas desaparece. De este modo, Haggis opta por mostrar sin dejar nada por debajo de lo que cuenta, arranca de su sitio al espectador sin miramientos. En fin, Haggis dedica su tiempo a contar una historieta que tiene como único interés para el que mira el saber si aquello terminará como cree. Y, efectivamente, así es. Lo previsible en esta película es lo más notable.
Los límites para los personajes parecen no existir. Todo es posible. Incluso lo imposible. John Brennan (Russell Crowe) ve cómo su mujer ingresa en prisión por un asesinato que no cometió (eso dice ella, eso cree él y eso está condenado a saber el espectador desde el principio). Es profesor de literatura, amable, educado y tranquilo. Pero decide sacar a su mujer de la cárcel. Un tal Damon (Liam Nesson) ha escrito un libro sobre fugas y su estancia en distintos centros penitenciarios. Brennan acude a él para enterarse de qué va eso de fugarse y cómo hacerlo. Mientras, Lara Brennan (Elizabeth Banks) espera que todo se aclare sin saber que no hay nada que hacer. A partir de aquí se produce el milagro. No hace falta que les cuente lo que ocurre.
Con un guión lamentable lo que se puede conseguir es una mala película. No negaré que para alguien que quiere pasar dos horas frente a la pantalla para olvidarse de todo, es una buena opción. Pero nada de pensar en lo que se ve. Si lo hace se acabó lo que se daba. Se salva un Russell Crowe empeñado en hacer lo que puede entre tanta tontería. El resto acompaña el desastre con toda la amabilidad que puede. Por cierto, un aviso para los seguidores de Neeson: aparece tres minutos y su papel es más que secundario. La puesta en escena se libra gracias al despliegue de medios que se realiza. Es más cosmética que otra cosa, pero se salva. El resto, normalucho.
No hace falta decir que el asunto que trata Haggis no queda ni perfilado. Casi hay que inventárselo. Profundidad nula.
Si tienen cosas que hacer, mejor las hacen. Y cuando tengan un rato libre intenten ver Los próximos tres días. A ver que pasa. Pero no piensen sobre lo que ven. Sería una pérdida de tiempo y de dinero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 28 2011

Repentinamente: Cine negro, pero negro de verdad


Suddenly es un pequeño pueblo de Estados Unidos. El presidente de ese país parará de forma inesperada para sus habitantes en la estación de ferrocarril con el fin de visitar la finca de un conocido. Pero un maleante a punto de morir ha dado la alarma. Alguien intentará asesinar al presidente en Suddenly. En el pueblo no ha pasado nada especial desde cuarenta años atrás. En un solo día ocurrirá todo.
Asesinos a sueldo, policias duros, el FBI, una mujer bella e inocente, un niño, su abuelo, héroes y armas. Ingredientes exactos para construir una película del género negro. Una forma de narrar que extrae desde lo cotidiano todo eso que tiene que ver con el pesimismo y con un ser humano descreído. Da igual si el final es feliz o no. Porque durante todo el relato lo que emana de los diálogos y de la sicología de los personajes es oscuro. Repentinamente es una película que guarda dentro ese espíritu. Lewis Allen se encarga desde el principio de ir marcando fronteras que acotan con exactitud los territorios.
Un sicario que fue héroe de guerra. Pero que lo fue porque era capaz de matar sin compasión, porque disfrutaba con cada disparo. Una mujer frágil (por ser mujer) que acabará entre los brazos del héroe del relato. Maldad a raudales por parte de los malos. Y algo de maldad para compensar esa por parte de los buenos. Un niño sin sitio en la sociedad pensada por los adultos. Y un asesinato gratuito que sólo beneficiará al que lo comete haciéndole millonario.
Frank Sinatra es el asesino. Sin que le acompañe el físico (excesivamente delgado y pequeño como para aparentar tanta locura) logra una interpretación creíble. Sterling Hayden es el policía de Suddenly. Un papel de tipo duro que rebosa machismo por los cuatro costados que defiende Hayden con acierto. Nancy Gates es la chica. Más machista que todos los demás juntos. La dirección de actores normalita. Se percibe un clara influencia de la escuela teatral en las interpretaciones de todo el elenco como en todo el cine que se hizo en esa época..
Los diálogos tienen más zonas claras que oscuras. Van perfilando a los personajes con fuerza según avanzan. Y es esto lo más importante de la película puesto que técnicamente no se puede destacar gran cosa.
La película ha envejecido más que bien y puede verse en la actualidad como si se hubiera filmado hace unos meses.
Muy entretenida y algo inocente. Pueden verla entera (en versión original) en el vídeo que tienen más abajo. Disfruten de hora y media de puro cine negro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 31 2011

Sin Identidad: Mil veces contada aunque parece nueva

Esta historia ya está contada. Más de una vez. Y no aporta nada nuevo salvo una habilidad narrativa muy interesante. Sin identidad parece que se fuera a vaciar de sentido en tres o cuatro momentos del metraje (la justificación de lo que sucede parece frágil en exceso), pero el guionista logra dar un giro que salva los muebles y lanza el relato un poco más allá. Quizás esto pudiera parecer una chapuza narrativa aunque no lo es. Cada registro utilizado es el adecuado y el uso que se hace de ellos es preciso. Otra cosa es que todo siga siendo previsible porque ya es conocido. Incluso los tópicos son repetidos. Pero eso es harina de otro costal.
Jaume Collet-Serra llamó la atención con sus cortos y se ha fabricado un hueco en el mundo del cine gracias a su buen hacer. No le han regalado nada a este realizador. Su cine rebosa conocimiento por los cuatro costados. No es que Sin identidad sea un peliculón, pero Collet-Serra saca petróleo de un pozo casi agotado. Con un guión de primera este hombre logrará dar la campanada. No le faltan cualidades para conseguirlo.
Sin identidad cuenta la historia de un hombre que llega a Berlín con su esposa para participar en un congreso científico. Su maletín se extravía en el aeropuerto y debe regresar desde su hotel. Por el camino sufre un accidente de tráfico y pierde la memoria. A partir de ese momento todo se complica de una forma casi delirante. El ritmo narrativo eleva su intensidad y no hay un solo minuto de tregua para los personajes. Por supuesto, los espectadores corren la misma suerte. Ese es uno de los grandes logros de la película puesto que se trata se una historia más que narrada. Pero el director mezcla unos efectos especiales y visuales notables, con una dosificación de la información muy correcta (no hace trampas en ningún momento y eso es de agradecer), apoyado en una dirección de actores correcta y una banda sonora que, sin ser nada del otro mundo, matiza mucho y bien cada secuencia.
Los actores defienden sus papeles con dignidad. Liam Neeson en su línea. O sea, bien. January Jones en la suya. O sea, más sosa imposible. Diane Kruger con sus limitaciones. Y Bruno Ganz estupendo como siempre. Ese actor es una garantía para cualquier director. El resto interpretan papeles menores.
Sin identidad es una película que aguantará más que bien los formatos caseros. Y será una opción estupenda para pasar la tarde de un domingo cualquiera frente al televisor. Es divertida y puede verse en familia. En las salas de cine tendrá una vida más corta que larga.
Cine enfocado al entretenimiento, sin grandes profundidades y bien hecho. Habrá que seguir la pista del director para saber de lo que es realmente capaz cuando pueda hacer lo que tenga en la cabeza.
© Del Texto: Nirek Sabal

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abr 11 2011

Cotton Club: Cuando Ford Coppola se dejó arrastrar por el dinero y no por su intuición

No es lo mismo rodar El Padrino con música que rodar una película de gangsters, música y chicas. Las dos cosas las dijo Robert Evans, productor de Cotton Club, sobre esta película. Francis Ford Coppola, director, no lo tuvo claro desde el principio. Y por esa razón, casi seguro, ni consiguió El Padrino con música ni una buena película de gangsters, música y chicas. Cotton Club se estrenó y consiguió buenas críticas aunque la taquilla fue un desastre total. Eso es lo mismo que decir que le gustó a muy pocos y que sólo se fiaron de la opinión crítica algunos. Desde  luego, al que escribe le parece una película menor y con una importancia muy limitada dentro de la historia del cine. Salvo la banda sonora de la película que rebosa música del enorme Duke Ellington (eso es apostar a caballo ganador), todo es mediocre, todo se puede olvidar un par de minutos después. Destaca, también, la interpretación de Gregory Hines haciendo un bailarín que se abre camino en el mundo del espectáculo. Bueno, en realidad, también destacan Richard Gere y Bob Hoskins por lo fatal de su interpretación. Todos los actores en esta película sobreactúan, parecen estar en otra cosa, se aburren, no se creen nada de lo que hacen o dicen y parecen estar deseando acabar. Ford Coppola tiene buena parte de culpa porque, aunque Richard Gere es lo que es y no se puede pedir más, las cosas se podrían haber hecho mucho mejor. Por ejemplo, no contratando a ese marmolillo. La puesta en escena trata de ser lo más de lo más y se queda en la línea de salida. El vestuario cuela así como el maquillaje. O sea, que más mediocre que otra cosa en su conjunto.
Lo que nos cuentan en Cotton Club es, efectivamente, una historieta de gangsters, chicas y música. Justo antes de la gran depresión, el local de moda es el Cotton Club. Allí se reúne lo mejor del baile y del jazz. Los malos quieren ganar mucha pasta y quedarse con las chicas guapas. Las chicas guapas quieren gastar mucho dinero y se quedan con los malos, pero desean que mueran lo antes posible para estar con los buenos y bondadosos. Durante la proyección mueren bastantes. Y, finalmente, la cosa queda preparada para que puedan ser felices.
De verdad que no se me ocurre un resumen más amable con la película. Tan sólo un detalle. Mientras Sandman Williams baila, el ruido de sus puntas metálicas y de sus tacones se funden con el ruido de las ametralladoras que escupen balas para acabar con los gangsters. Estéticamente lo mejor de la película. Una metáfora estupenda sobre lo que representa llegar al final de cada cosa. Unos a la muerte, otro al éxito, aunque el ruido de fondo es idéntico.
Cuando vi por primer vez Cotton Club me aburrí mucho. Un segundo intento buscando excelencias que algunos críticos habían encontrado, no hizo más que confirmar dos cosas: me aburrí del mismo modo y que algunos críticos hablan de algunos directores como si fueran infalibles. La tercera y última vez significó, para el que escribe, una especie de colapso cerebral. Todo tiene un límite. Hay mucho que hacer y con un par de oportunidades hubiera sido suficiente.
© Del Texto: Nirek Sabal
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