feb 24 2014

Las maestras de la República: Un sueño por cumplir

La película documental Las maestras de la República ya forma parte de esa recuperación de la memoria histórica tan querida por muchos y tan denostada por muchos también.
El documental está realizado con mimo. Se cuida el guión, se presentan valiosos documentos de la época que ilustran la idea que se maneja en cada momento, y se utilizan testimonios de personas involucradas en uno de los hechos históricos más terribles de la historia reciente de España. Es verdad que se echa en falta la presencia de alguien o de algo que intente, no ya justificar una barbarie atroz y en sí injustificable, sino dar fe de lo que sucedió; algo o alguien distanciado de la propuesta para que nadie pueda dudar de la veracidad de lo que se narra. Porque tratándose de algo así, habrá quien siga negando evidencias o tratando de minimizar lo que sucedió. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente.
Arranca el trabajo desde un punto de vista muy concreto. María Sánchez Arbós, maestra de la Institución Libre de Enseñanza, se presenta como guía de lo que será un recorrido por el planteamiento del gobierno republicano en materia de enseñanza. Es decir, la declaración de intenciones es muy clara, la película es un homenaje a las maestras republicanas. Pero la directora del documental, Pilar Pérez Solano, recorre un camino algo más largo analizando la situación de las escuelas públicas españolas poco antes de que se pusiera en marcha una reforma ilusionante y muy ambiciosa durante la II República. Es sencillamente espeluznante conocer la situación de los maestros y de los alumnos hasta el año 1931.
Tras la introducción el documental rompe, y rompe bien, al llegar ideas evocadoras a raudales. Ideas que no deberían representar nada que no fuera la realidad que vivinos, pero no están. No adoctrinar y sí formar. Igualdad y calidad. Más escuelas y mejores maestros. Santo respeto al niño. Educar para la paz, preparar para el futuro, para la libertad. El arte de perder el tiempo. La pantalla se llena de imágenes maravillosas que muestran mujeres dispuestas a enseñar, preparándose, integradas en una sociedad en la que los hombres (por primera vez) aprenden de ellas y en la que la igualdad de género comienza a abrirse paso. Mujeres independientes, con autonomía y capacidad para educar. Pero, poco después todo se oscurece y las vemos en prisión haciendo lo que pueden con la educación del resto de reclusas. Presas o aniquiladas. Gris, muerte.
El testimonio de Hilda Farfante resulta emotivo y nos arrastra hasta las zonas de terror, de la desolación de los vencidos, del silencio eterno. Perdió a sus padres –ambos maestros- durante la guerra civil. Ella y dos hermanas sobrevivieron gracias a su tía, maestra también. Recuerdos de niñez que se limitan a un vestido de flores y poco más porque algún bestia le arrancó la posibilidad de tenerlos.
Las maestras de la República se acerca a la actualidad de la enseñanza española casi sin quererlo puesto que no podemos evitar la comparación de la escuela pública de los diferentes momentos históricos que pasea el documental con la actual. Enseñanza que es asignatura pendiente desde siempre y que no parece tener solución mientras los partidos políticos la utilicen como moneda de cambio.
El montaje de la película es sencillo y efectivo. La fotografía se cuida en cada plano. La dirección es valiente. Y la música resulta emotiva y discreta. El conjunto es especialmente atractivo. Los ideales, intactos a pesar de todo, siguen en el lugar de siempre para que los tome el que quiera hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


feb 24 2014

La gran familia española: Me gusta el fútbol

La gran familia española, del director madrileño Daniel Sánchez Arévalo, es una película con aroma a buen cine. Nada de complejos, personajes en los que los rasgos de su carácter son múltiples, diálogos llenos de acidez e inteligencia, un montaje estupendo (la escena en la que los jóvenes protagonistas hablan con sus familias por separado y que nos presentan como una única escena es una obra de arte en sí misma), una música notable y un ritmo narrativo rápido aunque sin atropellos. Eso es La gran familia española. Pero, al mismo tiempo, es una película con algunos cabos sueltos, con momentos que lejos de producir carcajadas lo que hacen es resultar vergonzosas, y algo ventajista puesto que elegir la final de la copa del mundo como vehículo de la trama es jugar sobre seguro entre los espectadores españoles.
Resulta algo irregular el metraje. Sólo cuando los personajes aparecen sin protección alguna es cuando la película marcha a toda velocidad. Y eso coincide con unos diálogos que escapan del chiste fácil y dinamitan los cimientos de los protagonistas.
Sánchez Arévalo intenta indagar en lo que supone el núcleo familiar que ordena la sociedad española desde mucho tiempo atrás. Pero también la necesidad de amor que el ser humano tiene que soportar; un amor que se puede desarrollar de muchas formas incluidas las que nos pueden resultar surrealistas. Desde ese territorio que ocupa el amor, el director da un salto hasta la construcción de la persona como reflejo, como complementario, de otros. Por eso la propuesta crece cuando los personajes se ofrecen sin tapujos. El resto de la película se tambalea. Afortunadamente, esas zonas que soportan el resto son más que las que flojean.
Las interpretaciones son estupendas. Y no sólo eso. Los actores disfrutan mucho con lo que hacen y la complicidad entre ellos es absoluta. Un reparto muy compensado. Suma que alguno de ellos son repetidores con este director y eso se deja notar en el resultado final.
Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro. Casi nada. Destaca Antonio de la Torre como ya es habitual de un tiempo a esta parte. Aunque si De la Torre está bien, Roberto Álamo y Verónica Echegui están espléndidos. La dirección actoral es uno de los fuertes de este director. De eso no hay duda. Y su capacidad para contar una historia. Parece como si el relato hubiera estado siempre ahí esperando a que llegase él para contarlo.
La trama arranca con la boda de una pareja que se celebra el mismo día que España juega la final de la copa del mundo frente a la selección holandesa. Y una declaración de intenciones queda clara desde el principio cuando las imágenes de la película Siete novias para siete hermanos sirven de prólogo a lo que va a pasar. Se suceden escenas disparatadas, se van sumando personajes extravagantes y una historia pasada que puede convertir esa familia en un vertedero.
Aparecen algunos problemas de guión de difícil solución. Por ejemplo cuando una casa desordenada por completo se ve ordenada como por arte de magia. Pero, salvo algún detalle como este, se busca una coherencia interna y una justificación de la acción bastante potente.
¿Es una buena película? Claro que lo es. ¿Le gustará a todo el mundo? Claro que no. Desde luego no es tan buena como para ser la favorita en cualquiera de los premios a los que ha optado y, desde luego, no es tan mala como para quedarse viéndolas venir en cada gala.
© Del Texto:Nirek Sabal


feb 23 2014

Cara de ángel: Influencias del cine en una mujer

Desde sus inicios, el cine en Hollywood se presenta como una fábrica de productos para ser consumidos por las masas. Manufacturas, de la que es considerada, la primera industria cultural en la historia de la humanidad.
La exportación de mercancías culturales, es una de las fuentes más importantes de acumulación de capital y de beneficios mundiales para el mercado económico norteamericano y, casi ha desplazado a las exportaciones de bienes manufacturados más clásicos.
(Extraído del interesante artículo, de Sergio Zadunasky: “We speak (and think) in English).

Muy grande, ha sido la influencia del cine norteamericano en mi vida. Intentaré ser ordenada en el relato de los hechos. Mi amiga María Algara, se burla de mí, porque en Facebook, solo comparto fotos de actores y actrices que, ya han pasado a mejor vida. Pero antes, una pequeña reflexión de gran calado: ¿Hace falta, realmente, estar muerto/a para ser considerado divo o diva? Yo creo que sí.
Toda mi vida, me he esforzado en parecerme a esas mujeres fatales, buenas y malas, que aparecían en las pelis en blanco y negro que tanto me fascinan.
La primera que me viene a la cabeza, es Jean Simmons, en Cara de Ángel, dirigida nada más y nada menos que, por Otto Preminger, allá por el año 1952. Ella es Diana, una malvada hijastra, millonaria, delicada y sensual que, intenta engañar a su chófer, el apuesto Robert Mitchum, para ella, un empleado más, conduciéndole a un viaje al infierno, sin retorno.
No me costó demasiado, dejarme unas cejas parecidas a las suyas: Forma muy definida y mucha personalidad, ya que las mías también son bastante pobladas. Lo del flequillo muy corto, dejando respirar a ese par de cejas, sólo fue cuestión de tijeras.
Ahora viene lo más difícil: FUMAR. Sí, porque aunque a casi todo el mundo, fumadores y no fumadores, les parezca algo malo, yo, por mi influencia cinéfila, siempre he encontrado glamurosa esta práctica.Si me tragaba el humo tres veces seguidas, me mareaba y, a la cuarta, me entraban ganas de vomitar. Intentaron intimidarme: aunque no me tragase el humo, si lo dejaba alojado en mi boca, podría acabar con algún tumor maligno en esa zona, pero este, tampoco fue el motivo…
Lo peor del mundo mundial, en relación a mí y, a ese afán por querer imitar, fue mi torpeza y mi pinta de pardilla. Llegué a una dolorosa conclusión: jamás sería, ni de cerca, tan estilosa como la Garbo, la Gardner o la Bacall, con sus sensuales maneras de seducir fumando.
Aún me quedaba enfrentarme a otro gran reto: CONDUCIR. Yo soñaba con ser como ellas, conduciendo un impresionante descapotable de enorme volante por la pacífica (entre comillas), costa de Los Ángeles, huyendo de algún peligro o al encuentro de algún amante furtivo, con fular en ristre, a lo Grace Kelly.
Cuando empecé con mis clases prácticas, allá por los cuarenta (los cuarenta años de edad, I meant), embarazada de casi ocho meses, (me gusta dejar todo para el último momento), el profe de autoescuela, me regañaba, sí, por ese vicio adquirido viendo películas de cine negro.
El no entendía por qué, yo movía el volante con ese ligero balanceo, cuando uno va en línea recta, como el que hacían mis divas. Como este profe, no destacaba precisamente por sus buenas formas, y yo, debía estar sensiblona, por mi estado, decidí abandonar ese estilo hollywoodiense y empezar a conducir como la gente normal.
Para acabar, sé que dos bodas, no son suficiente para ser considerada una diva, aunque tampoco haga falta casarse 8 ó 9 veces, como la Taylor. Mi amigo Juanjo me incitaba, a que si no me casaba tres veces, habría fracasado. Tampoco es cuestión de hacer mi vida añicos por el cine, me considero una persona bastante feliz, especialmente después del golpe en la cabeza contra un bordillo. Desde entonces, lo veo todo mucho más claro, pero esa, es otra cuestión…
En fin, que nunca es tarde. Quizá cuando sea una viejecita, arrugadita y flaca, al salir de mi lujoso apartamento, del Upper East Side de New York, del brazo de mi atractivo y amanerado secretario, enfundada en un clásico Channel azul marino, algún que otro transeúnte, se detendrá a mirarme y se preguntará: “¿Qué fue de Baby Jane?”. That’s all Folks!
© Del Texto Mar Franco


feb 23 2014

Stockholm: Los extremos de la juventud

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena.
Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos.
El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en cada frase sin conseguirlo del todo. Es durante la segunda parte -llega la luz del día para que las verdades y las mentiras se mezclen- cuando el guión saca músculo y consigue que la película se eleve a gran altura. Si algo podía oler a imitación o a algodón de azúcar, se disipan las dudas. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, echan el resto con gracia y, esta vez, una gran dosis de inteligencia. Sin altibajos.
Los actores protagonistas (que casi son los únicos actores de la película puesto que las intervenciones de otros son cortas y sin importancia) están muy, muy, bien. Javier Pereira mantiene su personaje a gran altura durante todo el metraje. Creíble y muy contenido incluso cuando los momentos son especialmente delicados e invitan a la exageración. Aura Garrido, con un papel muy exigente, se mete en el bolsillo a los espectadores con rapidez. Durante la segunda parte de la película, su trabajo es formidable.
Pues bien, todo esto ha sido posible a la aportación económica de muchas personas. El presupuesto con el que contó Sorogoyen era mínimo. La rentabilidad que le han sacado a cada euro es máximo. Stockholm es una muestra de cómo se pueden hacer las cosas cuando el buen cine manda en el proyecto. Da gusto comprobar cómo la gente joven se abre camino sin miedos, con ideas nuevas, y la pasión por el cine como arma definitiva.
Una grata sorpresa. Porque el buen cine siempre lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 22 2014

Caníbal: Ragout de rubia

Ver a un hombre solo, comiendo en silencio un filete, no tiene gran importancia. Salvo que creamos que ese trozo de carne, condimentado previamente con mimo y pasado por la plancha (vuelta y vuelta), sea el muslo de una guapa señorita que poco antes caminase por las calles de Granada. Si presentimos que el plato no es lo que entendemos como comida casera tradicional es posible que nos entren los nervios.
Este es uno de los grandes logros de Caníbal, película dirigida por Manuel Martín Cuenca, ya que es un intenso y poderoso lenguaje visual el que ordena la trama de principio a fin. El espectador sabe porque intuye. El espectador no sabe ni quiere hacerlo porque apenas tienen importancia las cosas que en otro tipo de películas no perdonaríamos si faltasen. En Caníbal nada se conoce del pasado del personaje principal. Ni siquiera podemos intuirlo. La relación del protagonista con una costurera que tiene relación con ese tiempo e imagina su futuro de forma cómplice nos abre caminos hacia una vida que podemos transitar si lo deseamos, sendas inquietantes que nos despiertan la curiosidad y la imaginación. Pero no hay nada concreto en el guión que marque la verdad. Algunos podrán protestar porque no saber significa no comprender y la imposibilidad de crear un vínculo con el personaje. Sin embargo, esa esencia que arrastra todo el guión, todo eso que queda por debajo de lo visto y de lo dicho, es suficiente para soportar el trabajo. Entre otras cosas porque la dirección de Martín Cuenca es exquisita, la fotografía de Pau Esteve es espléndida y la interpretación de Antonio de la Torre supone un esfuerzo, una asimilación de carácter, fuera de lo común.
El personaje principal es un sastre. Pulcro, metódico, solitario. Siente una atracción desbocada por las mujeres desconocidas a las que, por supuesto, asesina y devora. Hace trajes como hace un ragout de rubia rumana. Pero no se siente humano y busca esa condición desesperadamente. Se acerca a la religión intentando parecer lo que él mismo no siente como propio. Y cuando encuentra el nexo que le permite ubicarse en este mundo -el amor, claro- la cosa se tuerce. El arranque de la película consiste en la presentación del sastre (el plano es fijo y larguísimo) que nos parece un fantasma, alguien completamente ajeno a la realidad. El final consiste en dejar las cosas como comenzaron. No hay redención ni en el cielo ni en la tierra.
La trama se desarrolla en Granada. Preciosa desde cada encuadre, con cada detalle llegado de una iluminación que busca convertir las calles en lugares propicios para la caza, que busca mezclar la belleza del campo con la maldad más espeluznante. Lugares tranquilos como lo es el montaje de la película. Un montaje que convierte Caníbal en un trabajo tranquilo, sosegado o, para algunos, lento.
La pareja de actores protagonistas interpretan sus papeles sin dudar en un solo movimiento. Ambos están estupendos. Ahora bien, si Olimpia Melinte se defiende con solvencia, lo de Antonio de la Torre parece cosa de marcianos. Pocas veces conseguirá un papel en el que haga tan creíble a su personaje (personaje sumamente difícil, por cierto).
Es verdad que la implicación del espectador pasa por imaginar y generar vínculos desde la sospecha, desde la intuición, desde el no saber y no querer hacerlo por innecesario. Eso es verdad y complica algo la relación con el patio de butacas. Sin embargo, merece la pena sumergirse en la propuesta y saborear cada secuencia como el sastre hace con cada bocado.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 16 2014

La herida: Lo brusco

Ahora que ya sabemos quiénes ganaron qué Goya, me parece bastante justo que el premio a Mejor Película no se lo haya llevado La herida, del mismo modo que digo que también me parece justo que el premio a Mejor actriz protagonista sí se lo haya llevado Marian Álvarez por interpretar a Anita, la chica atormentada de La herida. O la chica herida, para decirlo de una vez.
En pleno Goyas, la Sala Berlanga está pasando las películas candidatas (o ya podemos decir las vencedoras y vencidas) a solo tres euros la entrada. Esta oportunidad se acaba el próximo domingo 16 de febrero.
La herida, que fui a ver a la mencionada sala de cine de la calle Andrés Mellado, comienza bien: un prolijo guión que dedica los primeros cinco minutos, o tal vez siete o diez, a la presentación del personaje: vemos a Ana, observamos que trabaja abordo de una ambulancia, entendemos que está perturbada, sabemos que es un personaje que tiene una necesidad dramática aunque todavía no sepamos bien cuál es, y eso nos gusta más. Nos atrapa como espectadores, nos emociona, nos acomodamos en la butaca. Terminan estos minutos de presentación, funde la pantalla a negro e imprime título: LA HERIDA, así escrito en mayúsculas, y tensiona y queremos saber más.
Entonces sigue la película: vemos que está perturbada, que vive con su madre, conocemos a su compañero de trabajo, y observamos una cierta rutina patética en su vida: llegar del trabajo, chatear, su madre que llega más tarde y le pregunta si ya cenó y la respuesta siempre idéntica (afirmativa) de ella. Luego, algo de su ritual autodestructivo y adictivo. Su culpa, autocastigo. Y vuelta a empezar. Un padre ausentado. Un reencuentro con el padre. Una madre un tanto pasiva aunque no me atrevo a criticarla. Un novio, un ex novio, un amigo virtual. Algunas noches de alcohol. Y de nuevo: la ambulancia, el compañero de trabajo. Y así, y así.

No sabemos mucho de Ana, porque toda la película se queda en esos diez minutos iniciales. Es como una gran presentación del personaje: que está perturbada, ya lo entendimos. Pero no hay historia. Ni pasada ni presente. La película nunca estalla. Es cierto que hay un salto temporal y que el personaje ha avanzado o crecido en ese período. Pero nada cambia mucho. La película se mueve igual. Algo sí es destacable: que a pesar de su perturbación, Ana es dedicada, sensible y se entrega a lo más humano, su profesión es admirable, es humana y llana, es sincera cuando sonríe y tiene luz en los ojos cuando se le ven los dientes. Espeluznan las escenas de contraste cuando pasa de la sonrisa y esa luz a su oscuridad y la rigidez de las facciones de su rostro. Ese juego de contrastes me parece interesante y destacable. De lo humano al monstruo, pero más un auto-monstruo. Ella es destructiva con ella y no sabemos cuánto tienen que ver los demás en todo esto. También, a pesar de que la película no se esmera en tratar a fondo nada, creo que un tema en ella es la soledad: en la Ana humana hay una necesidad terrible de otros humanos. Una búsqueda de ellos (una búsqueda activa) y una decepción dolorosa detrás de cada encuentro o rechazo. Estamos solos, pienso. Esa es una herida, no solo las literales, las que se ven sobre la piel lastimada.
Es evidente: sin una buena actriz, lo poco que tiene para funcionar esta película no habría funcionado. Cuando acabó la peli, la chica que estaba sentada en la butaca de mi lado derecho exclamó ¡jodeme! A mí no me sorprendió el final ni esperaba más: era evidente que así como bruscamente había fundido a negro para imprimir el título, iba a fundir a negro para imprimir el reparto. En ese sentido, lo brusco funciona de maravillas en la película, que acaba de la única manera posible: de pronto, porque si no, seguiría al infinito, y así, y así.
© Del Texto: Flor Bea


feb 11 2014

La última llamada:

No descubro nada si digo que sólo sorprende lo que no se conoce y llega de forma inesperada. Pues bien, algo tan simple no parecen saberlo algunos guionistas de cine. Resulta patético e irritante que alguien se quede tan ancho después de intentar colar una idea vieja y gastada como si fuese la gran novedad cinematográfica.
La última llamada es una película que arranca bien. Muy bien. La primera media hora resulta electrizante, inquietante. Todo funciona a las mil maravillas. Los encuadres son los que tienen que ser, el ritmo narrativo es espléndido, Halle Berry está bien, el guión se mantiene a un nivel más que notable. Pero claro, la imaginación del guionista se queda sin fuelle y eso, en cine, no puede ocurrir. Si el guión se viene abajo todo tiende a desplomarse como un castillo de naipes. En La última llamada llega un momento en que los intentos de giro argumental se convierten en un insulto a la inteligencia por ser previsibles y chapuceros. Del mismo modo que la tensión te ha pegado a la butaca durante un buen rato, las ganas de salir corriendo se hacen irresistibles con esas trampas tan evidentes.
La cámara del director Brad Anderson (excelente en sus series; irregular en la gran pantalla), sigue en un sitio privilegiado, pero da igual; el desastre arrolla todo lo que encuentra a su paso.
La última llamada cuenta cómo viven un par de situaciones terribles en el centro de llamadas de emergencia de la policía. Un tarado, un par de jovencitas y la operadora (Halle Berry), son los ingredientes fundamentales. Lo terrible del argumento en su arranque es angustioso. Hasta que la cosa se convierte en una idiotez. El desenlace es, sencillamente, bochornoso.
Una pena de trabajo porque con un poquito de imaginación todo hubiera sido estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 2 2014

Stories we tell: Historias, miradas y verdad

Cuando un buen amigo con muy buen juicio para esto del cine y la literatura me ha preguntado de qué iba este documental, más que nunca, no he sabido cómo empezar a explicárselo. Si algo tengo claro es que la historia es lo de menos, aunque siempre tiene que haber una. Stories we tell (Historias que contamos) es precisamente eso, una historia convertida en varias, porque en cada una la mirada es diferente, a pesar de que todas traten simplemente de relatar los hechos.
A saber: cómo Sarah, la directora de esta pieza que irradia pura literatura, averigua quién es realmente su padre biológico reviviendo el espíritu de su madre a través de su padre Michael. Éste le pone la voz principal a un relato que al principio parece escrito por su hija y más tarde parece pertenecerle a él mismo. (Un giro narrativo que para algunos puede chirriar aun comprendiendo la esencia de todo el documental y para otros puede ser la guinda del pastel).
De este modo, Sarah orquesta a toda una serie de personajes reales – padres, hermanos, tías, amigos y amantes de…- a contar en sus propias palabras la historia. Y lo que al comienzo se presentaba como una aburrida retahíla de entrevistas no tarda demasiado en captar la atención del espectador soltando pequeñas sorpresas inesperadamente, y enseñándonos poco a poco a cada personaje, de quienes cuando comenzaron a hablar sólo sabíamos el nombre, y su relación con Sarah. Éstos, quien para un resignado Michael sólo son jugadores secundarios -apenas tangenciales a la historia-, cuentan su versión de la misma, que al final no es más que la propia verdad de cada uno. Porque para Michael sólo hay una historia verdadera y dos jugadores principales; y uno de los dos no está para contarlo.
Sin embargo, al final es la propia Sarah quien conforma la historia, quien selecciona cada parte de verdad de cada jugador y nos la enseña, junto con una serie de saltos audiovisuales al pasado. Pero para entonces ya hay otra mirada más en juego: la nuestra; porque con cada perspectiva, con cada par de ojos proyectando su modo de relacionarse, sus propios problemas a través de un mismo relato, nosotros ya hemos proyectado los nuestros, ya hemos pensado en nuestra historia, en el modo en que nos relacionamos, en cómo lo vivimos y cómo otros lo verán. Unas verdades dan lugar a otras verdades. Una reacción en cadena. Una lección literaria.
© Del Texto: Coletas


ene 27 2014

Colonia V: Refrito

Colonia V es un refrito de ideas que quieren parecer una película de ciencia ficción algo terrorífica. Pero Colonia V se queda en refrito y ya. A secas. Desde luego se encuadra dentro del cine de ciencia ficción porque en alguna parte hay que colocarla. Y trata de ser algo terrorífica, pero ni lo es ni lo será en época alguna de la humanidad.
La historia que cuenta es apocalíptica. En 2045, la tierra pasa por un período glacial. Los pocos humanos que sobreviven lo hacen metidos en viejas estructuras bajo el suelo. Aunque el frío no es el único peligro. Caníbales malísimos buscan víctimas entre los hombres y mujeres que están pasando frío. Y ya está.  Bueno, el guionista abre una puerta a la esperanza. Un grupo de personas ha logrado poner en marcha una máquina que puede modificar el clima. Y allí donde están hace calorcito. Aunque no tienen semillas y hacen una llamada a nuestros protagonistas que sí tienen esas semillas aunque ni un rayo de sol. La máquina que han puesto en marcha es una de las que provocaron la catástrofe, pero modificada. En fin, una serie de bobadas extraordinarias.
La memez es grande. El guión prescindible al máximo. La dirección de Jeff Renfroe, aunque aseada, no encuentra nada nuevo que decirnos. Los actores se defienden y hacen lo que tienen que hacer sin más. Lawrence Fishburne, Kevin Zegers y Bill Paxton, son los que tienen mayor peso peso en la trama.
Poco más se puede decir de una película tan floja como lo es esta. Y lo poco que queda me llevaría a un ensañamiento estéril. Así que lo dejo aquí mismo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 26 2014

Brokeback Mountain: El amor imposible desde la frialdad

El Teatro Real de Madrid estrenará la ópera Brokeback Mountain, compuesta por Charles Wuorinen, el próximo día 28 de enero. Una producción muy esperada por los aficionados, que servirá para que se carguen de razón unos y otros. Por un lado, los que prefieren que las ideas de Gerard Mortier queden en el olvido por creer que representan la falsa modernidad y, por otro, los que defienden el trabajo de este hombre como si les fuera la vida en ello. Porque eso será de lo que se hable. Si alguien espera que el gran debate se articule desde las relaciones homosexuales o desde el escándalo que representa una producción en la que pueden verse a un par de señores luciendo ropa interior, quedará decepcionado. El que escribe cree que eso es cosa personal y que si para alguien representa un problema cualquiera de las dos cosas, debería plantearse algunas cuestiones. Me temo que es mucho más alarmante lo que se puede ver y escuchar en algunos programas de televisión que son vistos por muchos de los que ponen el grito en el cielo cuando la homosexualidad (que no es cosa demoniaca, ni peligrosa) aparece por cualquier esquina de nuestra realidad. El debate se planteará, por parte de los aficionados y críticos, más en la zona artística (es lo lógico). Y, desde luego, razones hay para que así sea.
Este estreno mundial, tendrá poco recorrido. No es, ni mucho menos, un trabajo brillante. Nada destaca del conjunto, nada destaca si analizamos cada una de sus partes.
Wuorinen dice haber escapado de todo sentimentalismo. Eso es verdad. Pero, también, de todo rasgo emocionante en su música. La partitura resulta fría, muy técnica, muy alejada. No es que sea un mal trabajo aunque carece de ese anclaje al patio de butacas que estremece a los que asisten a un espectáculo como es la ópera. Esa evocación primera que se hace desde el foso al entorno de los personajes (la montaña, la naturaleza, el mundo alejado de la estructura social) vuelve a hacerse presente al final del segundo acto por última vez, cuando Ennis del Mar (uno de los personajes principales) siente el peso de un amor que no supo gobernar durante años. El peligro, lo árido de su realidad, se mezcla, por siempre jamás, con un amor imposible y demoledor. Esto está muy bien, pero está muy alejado de la percepción media del espectador que se queda con la ceja levantada intentando comprender lo que ha pasado. La historieta es fácil y el libreto se entiende sin problemas. Pero hablamos de ópera; esa manifestación artística en la que muchos elementos se mezclan para formar una unidad comprensible. La belleza fabricada para eruditos parece que es cosa exclusiva, de eso, de eruditos. No sé yo si es lo que busca el público del Teatro Real o de cualquier otro lugar. Me temo que no.
Musicalmente, Brokeback Mountain se empareja, en algunos aspectos técnicos, con Wozzeck (Alban Berg) aunque es en el territorio del dolor, de la aridez, donde se hace más evidente para el aficionado. La aspereza musical en algunos tramos de la obra y la falta de concesiones al público por parte del compositor provoca cierta sensación de orfandad en los que ocupan su localidad. Una sensación que no se alivia sin la emoción necesaria y que en Brokeback Mountain no aparece hasta la última escena y con cierta timidez. Todo se hace difícil para el espectador.
La puesta en escena es tan simple como efectiva. Tanto que termina siendo simplona y práctica. Ivo Van Hove soluciona los problemas que se plantean en la partitura y en el libreto. Sin duda, lo hace. Los cambios espacio-temporales son muchos y bruscos. Lo que hace el director de escena es optar por instalar los materiales que soporten las diferentes situaciones compartiendo espacio escénico. Aprovecha todo lo que puede y vuelve a intentarlo con otro bloque de escenas. Pero los muebles son de baratillo (juraría que estuve a punto de comprar algunos de esos muebles en IKEA y no lo hice porque me parecieron algo cutres), la acumulación se hace incómoda y los elementos audiovisuales son tan evidentes y tan ramplones que no ayudan en absoluto. Otra de las cosas que sorprende es la poca imaginación del señor Van Hove al mover personajes por el escenario. O se pasan media hora sin saber qué hacer o, si les pone en movimiento, todo parece a una representación de colegio.
La importancia de esta ópera reside, sobre todo, en su tema principal. La imposibilidad de amar, bien porque el entorno lo impide, bien porque las personas nos negamos (a nosotros mismos), una y otra vez, hasta que ya es tarde. El enfoque, aunque con matices, es muy parecido al de la película y al del relato. Ya era conocido por casi todos. Y este es el enorme problema de esta ópera. No aporta nada de nada en ese sentido. La película era estupenda, el relato no estaba nada mal; esta ópera no.
El bajo barítono Daniel Okulitch y el tenor Tom Randle están correctos. Heather Buck y Hannah Esther Minutillo también lo están (estos personajes se presentan en escena como contrapunto a sus parejas, desde la partitura, y, para ser justos, el efecto es hermoso y solvente). Jane Henschel, en un papel muy corto, hace todo más que bien. Y Titus Engel, director musical, está sobresaliente. Sabe qué hacer en cada momento y logra que todo encaje sin problemas. El problema es que lo que hay que encajar no es nada del otro mundo.
Si las cosas no son extraordinarias no generan debates. Si las cosas no son extraordinarias todo se hiela, todo decepciona, todo es monótono.
© Del Texto: Nirek Sabal