ago 27 2014

Eppur si mueve: La captura del movimiento

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Ver una película, una secuencia de animación, un video, es algo hoy en día tan sencillo como encender la televisión, el ordenador, o ir al cine. Tan fácil, que parece haber perdido ese encanto, esa capacidad ilusoria, ese sentido de excepcionalidad que tenía, sin ir más lejos, cuando éramos niños. No digamos ya cuando los primeros espectadores salían corriendo para evitar que un tren los arrollara. Ahora nos fijamos (y hacemos bien), en la calidad de la historia, la forma de narrarla, en la fotografía, la buena o mala interpretación de los actores. En que sea o no creíble. Tan acostumbrados, como decía, a encender un botón o un proyector y que esté, que ya no somos ni conscientes de la magia que hace que sea posible. Y, sin embargo, sigue estando ahí. Esa misma ilusión de movimiento que tenía encandilados a los victorianos. Esta es una pequeña selección de aquellos juguetes con los que se empezó a re-crear la realidad. Puede que no fuese de forma tan nítida y perfecta, pero era mágica. La mayoría de ellos pueden encontrarse a la venta hoy en día, e, incluso, construirse de forma artesanal sin demasiado esfuerzo. El resultado merece la pena, auque solo sea por ver con ojos nuevos un caballo saltando una valla.

El ser humano necesita la ilusión. Necesita, desde siempre, ese concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos. Conjurar la realidad, despiezarla y crear una nueva. Y es este un proceso tan inherente al mismo, que ni siquiera es necesaria su intervención voluntaria, como sucede, por ejemplo, con los espejismos en el desierto. Hay ilusiones que se escapan a su control consciente. Los sentidos tienden a engañarse por sí mismos. Pero lo que sí ha hecho, desde el inicio de los tiempos, es tratar de provocarlos, bien por supervivencia pura, por necesidad de dominación de otro, o como vía para el desarrollo de la fantasía, tan necesaria también, para que el mundo no sea, siquiera figuradamente, una cueva sin salida. Para excitar la imaginación, que no deja de ser otra forma de supervivencia. Nos fascina lo que nos engaña. Lo que nos engaña, cuando participamos del engaño, con el simple propósito de dejarnos maravillar por lo imposible. No en vano la magia es el arte del ilusionismo. Sabemos que son ilusiones, y, a pesar de ello, nos dejamos arrastrar por ellas. Incluso, por ello mismo, porque sabemos que lo son, y sin embargo. A mí siempre me fascinaron las ilusiones ópticas. Líneas paralelas que divergen, imágenes estáticas que giran, pájaros dentro de una jaula en que no están. Lo que es cierto y no lo es a la vez; lo que está vivo y no al tiempo, como el gato de Schrödinger. O el cine. Claro que sabemos que no es cierto; que la historia a la que asistimos no está ocurriendo de verdad, que los que aparecen en ella no son personas, sino personajes representados por actores, que hay lugares maravillosos que solo existen en la pantalla, y en nuestra imaginación mientras los recordemos, pero, al mismo tiempo, todo ello es real. Y se muestra ante nuestros ojos gracias a una de las ilusiones que más han fascinado al hombre desde el inicio de los tiempos: la ilusión del movimiento.

En realidad, la fascinación por capturar el movimiento, y por crear la ilusión del mismo, es tan antiguo como la existencia humana. El jabalí de ocho patas de la cueva de Altamira no nos habla de una posible realidad en la que los animales tenían más extremidades, quizá por adaptación al medio, sino del intento ancestral de representarlo. Las pinturas prehistóricas ya intentan capturar la realidad de forma no estática, mediante volúmenes y sombras, que a la luz de la hoguera cobraban vida, tratando de aprehenderla. Literalmente, en este caso, pues su supervivencia dependía de ello. Los habitantes de Java, hace más de 7000 años, van más allá cuando crean el antecedente más remoto del cine, creando el teatro de sombras chinescas. Narrar historias es algo consustancial al hombre. Utilizarlas en provecho propio, también. Las 110 columnas del templo de Isis, encargado por Ramsés II en el 1600 AC, tenían, cada una, una figura de la diosa, en una posición ligeramente distinta en cada una, secuenciada, de modo que, si un jinete se acercaba a la suficiente velocidad, veía claramente a Isis moverse. Como mínimo, si no sobrecogido, quedaba convencido de la grandeza del faraón, y de su grado de protección divino. Aún no le habían puesto nombre, pero utilizaba el mismo principio para crear esa ilusión de movimiento que los  «flip-book» o folioscopios, el zootropo, la linterna mágica, y otros inventos y técnicas surgidas para ello, incluyendo el cine actual: el de la persistencia retiniana, que hace que nuestros ojos retengan por un instante la imagen que han visto después de haber desaparecido, y la encadenen a la siguiente, produciendo la ilusión de movimiento. Para lo cual, bien sea mediante un dibujo o una fotografía, el movimiento se secciona, se separan sus partes, que es lo que veríamos si las extendiéramos una a una, y se vuelven a unir en la retina, mediante el uso de un proyector, o algún instrumento que permita que se produzca dicho fenómeno. Como un mago separando en trozos a una persona dentro de una caja, y volviéndolos a unir. Todo sigue en manos de la ilusión, aunque nos hayamos acostumbrado a ella de tal manera que ya ni la percibimos.

1 Linterna mágica

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El primer proyector de la historia. Atribuido al jesuita Athanasius Kircher, debido a la descripción del mismo que hace en su libro Ars Magna Lucis et Umbrae (La gran ciencia de la luz y la oscuridad), cuya primera edición data de 1646. Sin embargo, no fue hasta la edición de 1671 cuando incorpora dicha descripción, doce años después de que el científico holandés Christiaan Huygens lo inventara realmente. Se basaba en el principio de la cámara oscura, y posibilitaba proyectar imágenes en cualquier superficie lisa. Estas eran pintadas sobre láminas de vidrio, que se colocaban en una ranura especial justo antes del objetivo, entre las dos lentes. La luz provenía de una lámpara de aceite. Dichas imágenes representaban secuencias de movimiento, que se desplazaban manualmente. Quien se ocupase de hacerlo, seguro que sentía la misma emoción que yo cuando mi padre me dejaba encargada de colocar las diapositivas en el carro, en los tiempos en que enseñar las fotos de las vacaciones, en vez de en el smartphone mientras tomamos un café, requería un ritual que las hacía cobrar vida en la penumbra de la sala.

2 Taumatropo

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Recién enunciada en 1824 la teoría de la persistencia retiniana, John Ayrton Paris construye este pequeño dispositivo, para demostrar a sus colegas físicos la misma. Consiste en un disco con una imagen en cada una de sus caras, en cuyos extremos se ponen dos cuerdas o gomas que se retuercen mucho, de forma que, al estirarlas, el disco comienza a girar a toda velocidad. El rápido giro crea en el espectador la ilusión óptica de que ambas imágenes están juntas. El taumatropo o maravilla giratoria de Ayrton Paris tenía en una de las caras un papagayo, y en la otra, una jaula vacía, de modo que, al superponerse ambas, lo que veía el espectador era al pájaro enjaulado. Magia. También se atribuye su invención a Peter Mark Roguet, que afirmaba que con él lo que buscaba no era lograr una representación naturalista, sino ilustrar una ilusión, y que veía su juguete como un instrumento que podría ser utilizado para enseñar los clásicos a los niños, con el que se podría, por ejemplo, a la hora de ilustrar La Metamorfosis de Ovidio, mostrar los navíos de la flota de Eneas cambiados en ninfas. Anda que no me lo he pasado yo poco bien ni nada con uno casero.

3 Fenaquistiscopio

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Creado en 1829 por Joseph-Antoine Ferdinand Plateau para demostrar su teoría de la persistencia retiniana, el fenaquitiscopio (espectador ilusiorio) es el primer dispositivo capaz de proporcionar la ilusión de una imagen en movimiento a partir de una secuencia de imágenes fijas. Dichas imágenes estaban impresas o dibujadas sobre una placa circular lisa, que debía verse reflejada en un espejo, a través de un orificio central. Posteriormente, Ferdinand Plateau mejoró el diseño, incorporando un segundo disco coaxial con pequeñas aberturas para sustituir al espejo, a través del cual podía mirar el espectador, y que, rotando a la velocidad adecuada, hacía que pasaran ante sus ojos las imágenes fijas en el otro, de modo que la sincronía creada entre las aberturas y las imágenes provocaba una ilusión de animación de las mismas, especialmente cuando, como descubrió, el número de estas era de 16.

4 Zoótropo

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Inventado en 1834 por William George Horner, y uno de los juguetes más populares de la época, consistía en un tambor con unas ranuras, por las que se miraban las imágenes dispuestas en tiras en su interior, las cuales se unían al hacerlo girar, creando la ilusión óptica de movimiento.

5 Praxinoscopio

Praxinoscopio

Similar al zoótropo, fue patentado por Emil Reynaud en 1877, recibiendo una mención honorífica en la Exposición Universal de París de 1878. A diferencia de este, las imágenes tenían una nitidez asombrosa, gracias a la combinación de espejos rotatorios con los que se complementaba su invento. Reynaud lo comercializó de forma masiva como juguete, con tal éxito, que creó numerosas variantes del mismo: praxinoscopio-juguete, praxinoscopio miniatura, praxinoscopio teatro, con motor, con resorte, con resorte eléctrico, de proyección…

6 Libro animado, flip-book o folioscopio

Libro animado, flip-book o folioscopio

Básico, simple y efectivo. Se dibuja un mismo suceso o personaje, en posturas consecutivas y ligeramente diferenciadas, en el mismo punto de varias hojas. Dichos folios se agrupan y se pasan a toda velocidad, creando la ilusión de que el personaje se mueve, o de que el suceso pasa ante nuestros ojos. El principio básico de los dibujos animados. El primero patentado fue el de John Barnes Linnet en 1868, quien le dio el nombre de kineógrafo. Comenzaban así las animaciones en las que las ilustraciones, al igual que los actuales fotogramas, eran dispuestas de forma lineal, en vez de circular.

7 Zoopraxiscopio

Zoopraxiscopio

Fue tan llamativo el resultado obtenido por Eadweard Muybridge al conseguir realizar la serie de fotografías que demostraban (y zanjaban, con ello, una larguísima polémica) que al galopar, hay un momento en el que ninguna de los cascos se apoya en el suelo, que la revista de 1878, Scientific American incluyó en su número de octubre de 1874 seis negativos ampliados de la misma, sugiriendo a los espectadores recortarlos y montarlos dentro de un zooótropo. Al verlo el propio Muybridge decidió que el resultado podía mejorarse, lo que le llevó a crear un aparato que utilizaba la luz para proyectar imágenes secuenciales sobre una pantalla mediante el uso de un disco de cristal, al que bautizó con el nombre de zoopraxiscopio , y que sería la inspiración para el kinetoscopio de Edison, considerado el primer cinematógrafo moderno.
© Del Texto: Beatriz Silva