El hundimiento: Lo absurdo llevado a extremos

Si un hombre ha entendido mal una filosofía, una forma de vida o el mundo entero, ese ha sido Adolf Hitler. Y con él arrastró a un pueblo entero. Y arrasó muchos a base de pasar el rodillo de su maquinaria de guerra allá donde llegaba. Todo lo que ocurrió, desde que este hombre comenzó a dirigir Alemania hasta que murió, fue absurdo, cruel, extravagante, salvaje.
El hundimiento es la película que narra los últimos días de Hitler. Es el punto de vista de su secretaria personal, Traudl Junger, desde el que se desarrolla toda la trama. Vemos a un Hitler educado y grosero, histérico y brutal. Vemos a sus hombres que beben sin esperanza, que intentan creer que su jefe será capaz de sacar adelante la guerra, que no entienden la vida sin nacionalsocialismo. También a los que ya no creen en él o los que nunca creyeron aunque, a su lado, encontraron un sitio en el mundo. Todo es violento, sangriento, estúpido. El fanatismo llevado a su máxima expresión. Porque nadie debe equivocarse: lo que ocurrió durante esa etapa de la historia fue la mayor infamia vivida por el ser humano desde que el mundo es mundo.
El hundimiento es la adaptación que realizó Bernd Eichinger de la novela de Joaquim Fest. Oliver Hirschbiegel firma un buen trabajo no exento de controversia por mostrar a Hitler en su faceta bondadosa y gentil. El que escribe cree que nunca nadie debería sembrar la duda acerca de lo que representó ese tipo y lo que era: un monstruo. No obstante, la película está bien dirigida, con cuidado. Por ejemplo, el trabajo con los actores es sobresaliente. Tanto es así que son ellos los que logran que la película termine siendo notable. Bruno Ganz está espléndido. Su caracterización ya es magnífica, pero su interpretación es deslumbrante. Casi todo el peso interpretativo del conjunto recae sobre él. Alexandra María Lara -encarna a su secretaria personal- se mueve delante de la cámara con naturalidad, sin dudas. Corinna Harfouch, interpretando el papel de Magda Goebells, está estupenda. Lo mismo que Juliane Köhler (Eva Braun) o Ulrich Matthes (Goebells). Hay que señalar que el casting es más que acertado. Se suma al bloque de esos aciertos la fotografía de Rainer Klausmann que busca los grises en todas sus gamas para reflejar un sentimiento de final, de muerte y de fracaso.
Es posible que El hundimiento contenga una de las escenas más duras para el espectador de la historia del cine. Ver (aunque sea en el cine y sabiendo que la película es una ficción que agarra hechos reales para crecer) a una madre asesinando a sus seis hijos, con una calma demoledora, con un convencimiento aplastante, no es plato de buen gusto para nadie. Todo en la trama es un locura o está próximo a ello, pero esto es excesivo.
La película cuenta los últimos días de Hitler y de sus hombres, pero habla de lo absurdo del fanatismo, de cómo la falta de esperanza solventada con un falso futuro es el germen del desastre.
Oliver Hirschbiegel logra que se perciban las claras diferencias entre militares y miembros del partido nazi y de las SS; entre los que se arrimaron al poder para medrar y los que cumplían órdenes; entre los fanáticos y los que se vieron envueltos en un conflicto atroz. Y no duda en dejar por el camino planteada la posibilidad sobre si aquello que pasó durante el mandato de Hitler era conocido por todos o no. Tal vez compensación por ese retrato amable (a veces) de uno de los psicópatas más peligrosos de la historia.
Una buena película que no se debe ver con niños cerca. Ya tendrán tiempo de saber.
© Del Texto: Nirek Sabal


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