El gran hotel Budapest: Entretenimiento y poco más

La última película de Wes Anderson empalaga los ojos con colores como lo hacen cualquiera de las anteriores del destacado e inconfundible director. Para reconocer sus películas alcanza con la estética de las mismas, que ni falta hace obervarla con ojo agudo, pues entra sola y sin pedir permiso, impregnándonos de sus típicos planos y tonos.
El gran hotel Budapest es una película de entretenimiento, de aventuras, casi infantil. Son gags bastante obvios, pero funcionan. La película no es pretenciosa. Es redonda y bastante previsible, pero cada escena sabe sostener esa trama de enredos. Es sencillamente divertida, y no mucho más. Personalmete, no salí encantada del cine. Su anterior película también se acercaba a lo infantil, considerando además que los protagonistas eran niños. Desbordaba ternura, cosa que en esta se encarna sobre todo en el personaje femenino de la pastelera y en el romance de ella con Zero (Tony Revolori), el aprendiz de botones que es uno de los dos personajes principales de la historia (el otro es el que interpreta Ralph Fiennes). Sin embargo, Moonrise Kingdom (y creo que la mayoría opina lo contrario) a mí me resultó superior y mucho más entrañable. No puedo criticar a El gran hotel Budapest diciendo que falla el guión o que los personajes no están bien delineados; muchísimo menos meterme con cuestiones de dirección (siempre impecable en Anderson). Solo hablo de mi impresión. Disfruté mucho de Vida acuática porque fue la primera película de él que vi y quedé sorprendida. Me fascinaron Los Tenenbaums y adoré a los tres hermanos de Viaje a Darjeeling, incluso al más insoportable (Owen Wilson). Y agradecí la impecable perla que anexa esta última película mencionada: el corto Hotel Chevalier. El gran hotel Budapest también nos transmite cariño, ternura e incluso hasta cierta melancolía; y por supuesto, complicidad. Pero me parece más simple que ninguna (más simple… como si tuviera menos capas… más llana…) y su estética de cuento de hadas me lleva, contra mi voluntad, a la palabra naïf.
Por supuesto, la banda de sonido, como en todas las películas de Anderson, es una pasada.
© Del Texto: Flor Bea


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