Nebraska: Transcurrir en el camino

La vejez tiene algo de la infancia. Supongo que en parte es por esa cierta ingenuidad. Creo que otro tanto es porque una de las realidades protagonistas de ambas etapas es algo así como el accidente de la carencia. No es que en toda la vida que está entremedio, entre la infancia y la adultez, no padezcamos la carencia (no carezcamos; ¡vaya si así fuera!), sino que se escabulle entre otras circunstancias e incluso, en ocasiones, destructivamente, la generamos. En cambio, en la infancia y en la vejez esa carencia cobra un papel mucho más protagónico. Eso nos pone en víctimas y artefactos de un paso del tiempo o de una falta del paso de él. Permanentemente, en esas etapas de los extremos del camino de la vida se carece de la posibilidad de, y hay que esperar (en la infancia) o hay que asumir que ya pasó el tren. Creo que en el resto de la vida pasa casi idéntico, pero es un problema mucho menos evidente porque en realidad podemos atribuir la carencia a infinidad de cosas. En la infancia o en la vejez las causas se ponen ante nosotros de maneras tan evidentes como desde lo físico, y entonces ya nadie pone en duda esto a lo que me refiero con la noción de accidente.
El anciano que interpreta Bruce Dern en la última película de Alexander PayneNebraska– quiere dos cosas pero no tiene dinero para conseguirlas: un compresor eléctrico y un camión. Infantilmente las quiere. Caprichosamente. Pero sinceramente las quiere. Como acaba de recibir una carta que le comunica algo así como que ganó un millón de dólares, se propone llegar hasta Nebraska donde debe recoger su premio que le permitirá entonces comprarse lo que desea. Así de sencillo, sencillamente. Pero la carta no es más que una tontería engañosa que cuela perfectamente en la ingenuidad de la vejez, como colaría en la infancia, y entonces su esposa y sus hijos intentan hacerle entrar en razones, aunque sin éxito. Es tierno verlo a Woody empecinado en llegar a Nebraska para poder cobrar su premio. Y algo de esta ternura parece penetar en la sensibilidad de su hijo menor, quien finalmente accede a aventurarse con su padre en las carreteras de esta norteamérica profunda que ya nos había mostrado Payne en About Schmidt.
On the road, Woody y su hijo David atraviesan los pueblos de hamburgueserías con la tensión que supone una aventura hecha por parte de uno con total convicción pero también demencia y senilidad, y por el otro, con reticencias y una carga de mucha responsabilidad. Como Woody sufre un pequeño accidente, deben detenerse en un hospital a descansar y entonces deciden interrumpir el viaje para parar en casa de tía Marta, que está de camino. Aquí llegamos al pueblo de la infancia de Woody y se nos abren las puertas para conocer a toda la familia frente al televisor viendo los deportes, y a toda una serie de personajes que habitaron el pasado de este hombre que no parece haber contado a sus hijos exactamente quién fue.
¿Qué otra cosa se puede hacer a esa edad, en el final de la vida, si no es creer en algo para que ocurra alguna cosa y transcurra el camino? Ir a buscar ese premio inexistente es una aventura, y por ello su hijo decide seguirle el juego: porque alguien tiene que jugar con él como alguien tiene que jugar al menos cinco minutos con un niño si queremos evitar que se aburra y demande más y más atenciones. Alguien tiene que abrir el juego. Pero al llegar al pueblo de la infancia, esto que para la familia de Woody es evidentemente un juego (aunque no por ello lo apoyen o lo avalen todos los miembros), para los habitantes del pueblo, tan viejos como el mismísimo Woody, es real. Tan real como los Estados Unidos y su comida chatarra y la cerveza y el bar de toda la vida. Entonces, cada uno dirá lo que tenga de decir en relación a un millón de dolares latentes e inminentes. Habrá quien se quiera cobrar supuestas deudas pendientes. Y Woody… Woody avanza como un niño al que otros chicos mayores, abusándose de la diferencia de edad, le hacen algunas malas jugadas.
Es imposible no recordar Walking Ned Devine al ver este abanico de viejos ambiciosos rondando como moscardones a un viejo supuestamente millonario en medio de un pueblo en blanco y negro (el pueblo irlandés de la película de Kirk Jones no está filmado en blanco y negro pero funciona entonces la frase como metáfora, mientras que para Nebraska es, además, una referencia literal). Así se sucede una serie de inconvenientes y encuentros entre desagradables y desopilantes en torno a un dinero inexistente.
Pero no son solo los colegas del bar los que quieren su tajada. La familia, la gran familia americana, todos reunidos en casa de Marta, empieza a querer hacer ajustes de cuentas de temas pendientes, que salen a relucir como nunca deja de pasar en las grandes familias. La mujer que pone los puntos sobre las íes es la mujer de Woody, una señora, por cierto, entre clásica y transgresora que abiertamente habla de su sexualidad con su hijo, de su pasado arrasador, pero que cumple, al mismo tiempo, un rol castrador e incluso agresivo con su marido; una rara mezcla. Sin embargo, a la hora de poner orden en este ajuste de cuentas, no le tiembla el pulso y sale a relucir el costado más fuerte y vital de esta mujer que defiende a los suyos, a los más cercanos: a sus hijos, pero por sobre todo, a pesar de todo, y encima de todos, a su marido. Y sentencia algo tan cierto como que en general hay que esperar una muerte para que algo así suceda en las familias; cosa que en este caso, ni siquiera.
Con tantas adversidades y adversarios, es evidente que Woody va a tener que sortear una serie de percances para poder alcanzar su meta que es Nebraska. Tiene que sortear trampas pero además tiene que lidiar con una cosa más: con la realidad, porque todo lo que guía el camino de este antihéroe no es más que una fantasía y cuando no hay obstáculos en esa fantasía, lo que hay son personajes que intentan arrastrarlo al lado de las realidades, de los reales inconvenientes.
Tal vez Woody a pesar de todo consigue lo que quiere. Pero si no, lo que igual no puede negarse es la aventura, el juego. Al fin y al cabo, las cosas no tienen que funcionar en relación a una realidad preexistente. Hay caminos que la van construyendo a medida de que avanzan. El camino a Nebraska es un poco la construcción de una nueva realidad que aunque no cambia las cosas pasadas ni futuras, al menos cambia el transcurso. La vida es un transcurrir, la vejez también. Cada minuto lo es. Y de algún modo habrá que transcurrirlos.
© Del Texto: Flor Bea


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